Ramón Bartra, moreno y amable, de una serena paz en el semblante y de una recia figura predispuesta a la solicitud otorgación de favores, nos habla del glorioso general Sanjurjo de quien fue fidelísimo asistente. Con emoción sentida nos descubre algunas bellas páginas que encierran la vida íntima del heroico guerrero… Sean estas líneas homenaje a su figura gigantesca, tal cual anhela su antiguo asistente, prototipo de lealtad, de la que tan por menudo depende el éxito de los laureles. Y bien que causa pasmosa sorpresa la inquebrantable lealtad de ese hombre humilde hacia su general, dado que no es moneda corriente de la época, máxime cuando va aunada a la noble gratitud y al desinteresado amor.
De ahí lo espontáneo de esas manifestaciones que amablemente nos brinda, a la sola insinuación de homenaje al glorioso general.
En contestación a ello sonríe tristemente y resume:
—Todo es poco para mi general. En cuanto a mí, estas páginas vendrán a ser algo muy grande que legaré a mis hijos.
Queda meditabundo y a poco manifiesta:
—Conocí al general siendo yo camarero del Hotel Majestic, de Ceuta, donde fui destinado al servicio exclusivo del glorioso militar. Tanto le agradó mi modo de ser, que me propuso quedarme con él. Acepté y más tarde, al entrar en quintas, me tomó de asistente. El año 21, al estallar el conflicto de Annual, le seguí a Melilla y en todas partes donde hubo de residir.
—¿Sufrió muchas penalidades en aquel entonces?
—Bastantes, pero sabía superarlas. Amaba a España por encima de todo y por ella sufría con verdadero estoicismo. Llevaba vida muy dura.
Dormía al raso como cualquier otro soldado, no permitiendo que ningún oficial durmiese en cama. Únicamente se permitía una manta extendida en el suelo. Por almohadón, yerbas. Esto le acarreaba serios disgustos, toda vez que muchos oficiales no se avenían a ello aunque, claro está, no les cabía más remedio que cumplir. Si algún general usaba cama de campaña, se ponía furioso; no lo podía soportar. En la vida de campamento sí que usaba de su tienda de campaña, regalo del Jalifa de Tetuán. Contaba cincuenta años en aquel entonces y poseía una bizarría y agilidad nada comunes. Era íntimo del general Varela por coincidir en la sencillez de trato, en la cordialidad, en el buen corazón y en la dura disciplina militar. Ambos eran verdaderos soldados de campaña. En cuanto a su indumenta, no le diré sino que en tanto duraban las operaciones iba vestido como un soldado, no usando jamás de condecoración alguna.
Con sus amistades, franco, cordial y atento siempre que se tratase de personas de buenos y patrióticos sentimientos. Siendo así, les quería entrañablemente; de lo contrario retiraba en seguida la amistad. ¡Qué gran hombre! Carácter muy español, corazón de oro y muy militar, eso sí, muy militar. En cuanto a temperamento, poseía un genio pronto, arrebatado, pero en el acto se arrepentía. En acabando de dar una demostración de violencia, no se recataba de manifestar cuánto sentía lo ocurrido. Por otra parte era risueño, campechano, valiente y afanoso de la gloria de España.
—Y una vez terminada la campaña de África, ¿qué vida llevaba el general?
—Siempre austera. Se levantaba a las siete, y a las siete y media yo le afeitaba invariablemente. Tomaba el baño y desayunaba. A las diez se ponía a trabajar hasta las dos de la tarde. Luego de comer iba al Casino Militar, donde tomaba café y cambiaba impresiones con algunos amigos hasta las cinco, hora en que volvía al despacho hasta las nueve o las diez de la noche. Luego cenaba y al teatro o a dormir. Al cine nunca. En la comida era muy frugal y jamás exigio nada ni se quejó vez alguna. Se limitaba a comer lo que le presentaban, siendo en esto tan sencillo como en todo, si bien se ocupaba de los demás, pareciéndole todo poco para cuantos le rodeábamos. Realmente, vivía enamorado de su familia: su hermana Rosario, que vivía con ellos, le adoraba.
