INTRODUCCIÓN
En los meses que precedieron al estallido de la Guerra Civil española, el clima político y social alcanzó uno de los momentos más tensos de la historia contemporánea de España. Manifestaciones multitudinarias, enfrentamientos entre milicias, asesinatos políticos y ataques a edificios religiosos o sedes políticas reflejaban una creciente descomposición del orden público.
En ese contexto de radicalización y violencia, la Falange Española se vio obligada a reorganizarse en la clandestinidad. Con su líder, José Antonio Primo de Rivera, encarcelado y numerosos militantes perseguidos o detenidos, el movimiento intentó mantener su actividad mediante redes clandestinas, publicaciones ocultas y la reorganización de sus cuadros, especialmente entre los estudiantes del S.E.U.
El 1.° de mayo de 1936 fue la gran jornada del odio, corroborada por impresionantes manifestaciones que alcanzaron en la capital su cima apasionada. Jamás había presenciado Madrid nada semejante: una masa apretujada ocupaba, desde Atocha a la Cibeles, los paseos centrales, llevando, por cientos, banderas con la hoz y el martillo, retratos de Stalin y Lenin, y, lo que era más importante, milicias en las que formaban miles de jóvenes, los socialistas con camisa roja, que era azul claro con corbata roja en los comunistas. El madrileño medio escuchó atónito consignas, cantadas a coro, como éstas:
«No queremos catecismo, que queremos comunismo.»
«Hijos, sí; maridos, no.»
«Rusia, sí;
España, no.»
Aquellas milicias, movidas con voces militares, pedían la cabeza de Gil Robles, para ellos el fascista número uno. Fue un día triunfal para Largo Caballero.
El ensayo político gilrroblista, cuyo fracaso José Antonio había anunciado incluso en las fechas en que iba a producirse, tuvo, no obstante, un valor inapreciable. Su propósito de cooperación republicana, aun a costa de ceder en cuestiones tan hondamente entrañables como la colocación de crucifijos en las escuelas, demostró la imposibilidad de alcanzar un clima de convivencia. Por estas fechas, la máquina subversiva estaba tan lanzada que hombres como Indalecio Prieto hubieron de renunciar a sus salidas públicas en virtud de los ataques, no solamente verbales, de que era objeto por parte de la fracción socialista de Largo Caballero, especialmente después del discurso pronunciado en Cuenca, en donde Prieto declaró que era preciso concluir con aquel estado de desquiciamiento. Si esto ocurría dentro del marxismo, quiere decir que los situados fuera de él no tenían seguridad personal, cualquiera que fuere su significación. Así es asesinado el que había sido ministro de Trabajo, del grupo liberal demócrata de Melquíades Álvarez, don Alfredo Martínez. Y en Barcelona morían, a tiros de los hombres de Durruti, Miguel y José Badía, jefes de la Policía separatista, pero vulgares burgueses para los anarquistas.
La Falange no perdió su moral combativa, ni un solo día dejó de mostrar que no se entregaba. Los camaradas de Valladolid colocan, el 20 de abril, varios petardos y, el 21, una bomba en la Casa del Pueblo, y dos días después sostienen un tiroteo con los socialistas en el Prado de la Magdalena. El 27 y 28, los estudiantes del S.E.U. de Madrid llevan sus gritos a las calles. El 3 de mayo se propaga entre los marxistas la especie de que las monjas repartían en Cuatro Caminos caramelos envenenados entre los hijos de los obreros, con este pretexto infame el día 4 arden las iglesias y conventos de la barriada. Ese mismo día, José Antonio lanzaba su «Carta a los militares españoles», repartida clandestinamente:
«¿Es esto España? ¿Es esto el pueblo de España? Se dijera que vivimos una pesadilla o que el antiguo pueblo español (sereno, valeroso, generoso) ha sido sustituido por una plebe frenética, degenerada, drogada con folletos de literatura comunista. Sólo en los peores momentos del siglo XIX conoció nuestro pueblo horas parecidas, sin la intensidad de ahora. Los autores de los incendios de iglesias que están produciéndose en estos instantes alegan como justificación la especie de que las monjas han repartido entre los niños de obreros caramelos envenenados ¿A qué páginas de esperpento, a qué España pintada con chafarrinones de bermellón y tizne hay que remontarse para hallar otra turba que preste acogida a semejante rumor de zoco? Ha sonado la hora para una gran tarea nacional. Cuando hereden vuestros hijos los uniformes que ostentáis, heredarán con ellos el orgullo de recordar: España no se nos hundió porque mi padre y sus compañeros de armas la salvaron en el momento decisivo.»
Se requería entereza para hacer frente a las milicias marxistas; en Calzada de Calatrava asesinan al falangista Rafael León; en Carrión de los Condes, a José Fierro, y en Santander, a José Olavarrieta. Los encuentros adquirían, por días, mayor importancia. En Calatayud hubo doce heridos en un tiroteo y catorce en Titulcia. El día 7 es asesinado el capitán Faraudo, instructor de las milicias socialistas. Ese día hace estallar un petardo en Valladolid el estudiante José María Moro; la explosión hizo intervenir a los bomberos.
Después de anular el acta conseguida por José Antonio en las elecciones parciales de Cuenca, es elegido presidente de la República Manuel Azaña. Al día siguiente, 11 de mayo, encarga a Prieto la formación de un nuevo Gobierno, pero Largo Caballero consigue publicar una desautorización del Partido Socialista; no era posible el ensayo de fórmulas de convivencia, ni siquiera encabezadas por un socialista. El 13 forma Gobierno Casares Quiroga. Azaña pasa a ser «el prisionero de la República» y Prieto sufre agresiones de sus huestes, siendo herido con una botella cuando intentaba convencer en Erija de la necesidad de no confundir la revolución con el vandalismo.
A partir de la formación del Gobierno de Casares Quiroga se acentúa el sangriento caos: son asesinados los falangistas Francisco Gutiérrez, en Zamora; Pascual López, en Madrid; Manuel Rodríguez, en Castilleja de la Cuesta. El muestrario gana en trágica variedad: en Yecla, el Ayuntamiento se incauta de la Basílica de la Purísima y la dedica a mercado. Los de Miranda de Ebro prefieren hacer una hoguera con la iglesia de San Nicolás. En Escucha se forma un tribunal en las minas y juzga a su propietario. En Puebla de Fadrique, la Guardia Civil tiene un muerto al rechazar un asalto a su cuartel. En una taberna de la calle Cartagena, de Madrid, los falangistas vengan la muerte de Pascual López. En la cárcel de Valladolid, los presos falangistas declaran la huelga del hambre.
La clandestinidad a que se vio obligada Falange, así como la constante afluencia de gentes que acudían a sus filas, hizo que, madrugadores de la política, intentasen pescar en el revuelto río. De las varias mixtificaciones surgidas, el llamado Haz de Juventudes Españolas llegó a tirar un manifiesto encabezado, con notable impudicia, con el yugo y las flechas, fechado el 2 de mayo; terminaba con un «¡Arriba España!» Maniobras que, a fin de cuentas, demostraban la atracción falangista. El propio Gil Robles reconocía en las Cortes: «Empezamos a perder el control de nuestras masas; empezamos a aparecer ante ellos como fracasados.»
Aludiendo al confusionismo surgido, comentó José Antonio: «Ahora todos se vuelven fascistas, y — prosigue— «jamás» Falange se ha llamado fascismo en el más olvidado párrafo del menos importante documento oficial ni en la más humilde hoja de propaganda.»
El Tébib Arrumi, indudablemente influido por su hijo, Alberto Ruiz, afiliado al S. E. U., hacía a Franco, en el Gobierno Militar de Tenerife, un encendido elogio de José Antonio y de la juventud que le seguía. Franco le contestó:
«Esa juventud, esos que son como tu hijo, que adoran a José Antonio y por lo que él ordene lo dan todo, serán los que salven a España.»
Llegada la época de los exámenes, Alejandro Salazar solicitó permiso para verificarlos en su Facultad de Filosofía y Letras, en donde se había preparado un plan para su fuga; pero no fue autorizado a salir de la cárcel.
En la última semana de mayo, a través de Juan Ramírez, estudiante mallorquín, preso en Alicante, José Antonio recibió el primer número del periódico clandestino Aquí Estamos, editado por la Falange de Palma. En él se publicaba un artículo de José Antonio: «Prieto se acerca a la Falange.» Este título y la afirmación de Gordón Ordás de una promesa hecha directamente por el jefe de la Falange al diputado socialista de pasarse a su campo si hacían una declaración previa de primacía nacional dieron lugar a erróneas especulaciones.
Conviene aclarar de forma terminante que no sólo es falsa la promesa de José Antonio, sino que jamás sostuvo conversación política alguna con Prieto. Por lo demás, cualquiera que hubiera vivido aquellos años podría percibir la imposibilidad de un transvase de tal naturaleza, lo que nada tenía que ver con el reconocimiento por parte de José Antonio de los aspectos positivos del socialismo.
La terminación del curso supuso una merma importante en la organización y encuadramiento falangista. No sólo se perdía el centro normal de reunión de los estudiantes, sino que se producía una dispersión que precisaba un difícil trabajo de reorganización. Aguilar, en Madrid, trasladó su cuartel de milicias al Museo de Reproducciones Artísticas. Desde allí, mientras contemplaban la belleza clásica, se transmitían órdenes a los mandos y enlaces, conservándose el aire universitario. El día 3 de junio, el estudiante Amadeo Pico Rodríguez moría de un tiro en la cabeza, en Santander, después de haber puesto una bomba en el centro de Izquierda Republicana y haber disparado contra Luciano Malumbres, socialista, director del periódico La Región.
El 17 se produjeron en Valladolid varios encuentros entre falangistas y comunistas. Fue herido gravísimamente de una puñalada el estudiante Julio Guerra Peinado. Un cartel representando a un falangista con un fusil, con la inscripción «¡Viva la Revolución Nacional!» y «¡Viva J. A. Primo de Rivera!» , que había sido dibujado por Jesús Fragoso, fue colocado en un cable del tranvía, teniendo que intervenir los bomberos, custodiados por la Fuerza de Seguridad, para descolgarlo. La gravedad de Julio Guerra hizo temer por su vida. Los falangistas manifestaron su indignación, originándose varios encuentros y tiroteos en las calles de Zapico y Nicolás Pérez. Enun bar, lugar habitual de reuniones marxistas, hubo cinco heridos y un muerto. El gobernador fue destituido y laCasa del Pueblo decretó una huelga general, que resultó pródiga en heridos.
Víctor Fragoso y José María Gutiérrez del Castillo lograron llevar a buen fin, después de varias peripecias, la misión de poner a salvo los ficheros de la Falange vallisoletana. Destacaron en esta etapa final los grupos de choque que mandaban los estudiantes de Medicina Rico y Miró, este último dirigió un asalto a la Radio de Valladolid para transmitir desde ella consignas falangistas. Como entraran unos escuadristas en el Casino pidiendo para la organización, les hicieron abandonar el local, dando dando algún «gracioso» cinco céntimos. Al día siguiente colocaron unos petardos, reanudándose después la cuestación con muy distinto éxito. Dueñas de la calle, las centurias que mandaba Girón disolvían a vergajazos una reunión de «chíribis» desnudistas, que practicaban, ibéricamente, aquella moda anglosajona. En Santander, ya en la mitad de junio, son asesinados los falangistas José Luis Obregón y Luis Cabanas.
Desde el 16 de febrero hasta el 16 de junio, en cuatro meses, pudo hacer Gil Robles ,en las Cortes, un dramático balance:
Iglesias totalmente destruidas: 160.
Asaltos a templos, incendios sofocados, destrozos, intentos de asalto: 251.
Muertos: 269.
Heridos de diferente gravedad: 1.287.
Agresiones personales frustradas o cuyas consecuencias no constan: 215.
Atracos consumados: 138.
Tentativas de atraco: 23.
Centros particulares y políticos destruidos: 269.
Centros asaltados: 312.
Huelgas generales: 213.
Huelgas parciales: 228.
Periódicos totalmente destruidos: 10.
Asalto a periódicos, intentos de asalto y destrozos: 33.
Bombas y petardos explotados: 146.
Recogidos sin explotar: 78.
El ambiente de peligro suscitó un temerario desprecio por la vida que se extendía peligrosamente entre los falangistas. Dos estudiantes, Victoriano Aguilar y Romero Girón, hijo de un ministro de la Monarquía, llegaron como demostración de valor a realizar la prueba de la «ruleta rusa», que consistía en meter una bala en el tambor del revólver, haciéndolo girar y disparándose a continuación.
En tal dramática situación, unos estudiantes dieron lugar a una graciosa noticia que, transcrita de un diario levantino, reprodujo el periódico clandestino falangista No Importa en su tercer número, fechado el 20 dejunio:«Seis estudiantes de provincias, para justificar ante sus padres que no pudieron examinarse en la Universidad de Murcia por haber transcurrido el segundo llamamiento, dieron anteayer, frente al edificio del Gobierno Civil, unos vivas al fascio.»
Inmediatamente fueron detenidos y permanecieron un día en la cárcel, siendo puestos en libertad al comprobarse que no pertenecían a la Falange Española; por el contrario, dos de ellos, de Alicante, están afectos a Unión Republicana.»
Estaba encargado de la publicación de No Importa, que se subtitulaba «Boletín de los días de persecución», Carlos Juan Ruiz de la Fuente, que tuvo misión similar en la última etapa de Arriba. No Importa se editaba en la imprenta donde se había publicado Haz, dado que el trabajo, casi familiar, facilitaba su ocultación a la Policía, que no sospechaba pudiera utilizarse para periódicos clandestinos el lugar donde se tiraba una revista de la propia Dirección General de Seguridad. Las pruebas de imprenta fueron llevadas más de una vez a la cárcel para que fueran vistas por José Antonio, siendo portadores Gaceo y Cadenas.
No se prohibían publicaciones en las que se incitaba al asesinato de los «fascistas», considerando como tales a sacerdotes y monjas. Aun cuando cualquier persona nacida posteriormente pudiera, guiada por un elemental sentido de humanidad, considerarlo como imposible, reproducimos de La Traca, un semanario valenciano repleto de dibujos de la más soez pornografía, en la que siempre eran protagonistas frailes y hermanas de cualquier convento, algunas respuestas a una encuesta en la que preguntaban a sus lectores «¿Qué haría usted con la gente de sotana?»:
«Les llenaría el cuerpo de pequeños cortes hechos con un bisturí, los curaría…, los volvería a herir de la misma manera, los volvería a curar… y así hasta la consumación de los siglos. Amén.» Y firmaba una mujer, Casilda Farré.
Otra mujer, Dolores Trena, de Córdoba, escribía: «Castrarlos. Molerlos. Hervirlos. Hacerlos zurrapa. Echarlos a la estercolera.» «Una vez degollados y sacadas las tripas, hacer un montón en medio de la Plaza Mayor de cada pueblo y hacer una hoguera la víspera de San Juan», opinaba así Antón Requeséns.
Que no era intrascendente verborrea lo demostrarían cumplidamente.
La Traca no era el único periódico que se enjaezaba con tal literatura, que tenía continuación en editoriales como la «Biblioteca de los Sin Dios», domiciliada en Madrid, bajo la dirección de Augusto Viudo, de la que bastaría para no ensuciarse demasiado citar dos de sus títulos: «Jesucristo, mala persona» y «Los apóstoles y sus concubinas».
El 5 de junio, José Antonio es trasladado a la cárcel de Alicante; al enterarse los demás falangistas detenidos organizaron un motin.
Con Onésimo Redondo y Luis González Vicen, Anselmo de la Iglesia y otros estudiantes, son trasladados de la cárcel de Valladolid a la de Avila. José Antonio Girón, que tenía encomendado un importante servicio en San Sebastián, en donde fue detenido, pasó a la cárcel de Valladolid. y Agustín Aznar, a la de Vitoria, desde la Modelo madrileña. El Gobierno pretendía desarticular la Falange, que centraba su organización en la prisión madrileña.
En julio no quedan más organizaciones civiles dispuestas a no amilanarse ante la avalancha marxista que las de tradicionalistas y falangistas. Pero cada vez son más frecuentes y violentos los hechos de las milicias rojas. En Villarrubia de los Ojos, el jefe local de Falange, defendiendo su casa, resulta herido con su hermano, los dos son asesinados y su padre muere junto a ellos. En Villanueva de San Juan es asesinado el falangista Juan Martínez Pichardo, y en Miguelturra, Claudio Fernández. El 21 de junio muere, a consecuencia de los golpes recibidos el 28de abril, Antonio Menéndez, del S. E. U. de Oviedo. Pasaban de cuarenta los falangistas asesinados cuando en Madrid, el día 3, mueren los estudiantes Miguel Arrióla y Jacobo Galán. Estaban sentados en la terraza del barPekín, en la calle de Torrijos, cuando desde un automóvil les hicieron una serie de disparos que hirieron a otrascinco personas. Al atardecer del día 4, frente al local socialista de la calle Gravina, tres falangistas, en un tiroteo, hacen a sus contrarios dos muertos y siete heridos. Al día siguiente son detenidos ciento diez falangistas. Y en la carretera de Carabanchel aparece el cadáver del camarada Justo Serna; tenía setenta y tres heridas de arma blanca y las muñecas heridas por fuertes ataduras. Era el primer «paseo>.
El día 10, seis falangistas, pistola en mano, interrumpen el programa nocturno de Unión Radio Valencia para dar fe de vida: «En estos momentos, Falange Española ocupa militarmente los estudios de Unión Radio Valencia.
¡Arriba los corazones!» Como respuesta, las juventudes socialistas incendiaron los centros delaDerechaRegionaly de los Patronos, ambos tan distantes de las ideas de quienes ocuparon Radio Valencia como el propio marxismo.
CONCLUSIÓN
La clandestinidad de la Falange en 1936 fue el resultado directo de un clima político cada vez más polarizado y violento en la Segunda República. Los enfrentamientos entre organizaciones políticas, las detenciones de dirigentes y la escalada de atentados y represalias contribuyeron a crear una situación de inestabilidad generalizada.
En este contexto, distintas organizaciones se preparaban para escenarios cada vez más extremos mientras el sistema político republicano mostraba signos evidentes de desgaste. Los meses previos al verano de 1936 se caracterizaron por una acumulación de conflictos, tensiones y violencia que acabarían desembocando en uno de los episodios más dramáticos de la historia de España: la Guerra Civil.
