INTRODUCCIÓN
La retirada de la estatua del comandante Franco en Melilla en febrero de 2021 marcó el final de una etapa simbólica en el espacio público español. Más allá de su significado político contemporáneo, este monumento tenía su origen en un episodio concreto de la historia militar: el socorro de Melilla en 1921, en el contexto de la Guerra de Marruecos. Su eliminación ha reavivado el debate sobre la memoria histórica, el significado de los símbolos y la interpretación del pasado en la España actual.
Los enemigos de España suelen ser aficionados a las cábalas. Quizás por eso no sea simple casualidad que un 23 de febrero de 2021, exactamente en el cuadragésimo aniversario del vodevil que liquidó la Tra(ns)ición, se retirase la última estatua de Francisco Franco expuesta en la vía pública. Aquello de 1981 se quedó en un vodevil y no, como se pretendía, en un “golpe de timón”, porque un hombre de honor, llamado Antonio Tejero, lo abortó al descubrir entre el asombro y la indignación que querían jugar con él, con sus hombres, con su Benemérito Instituto y con su amada España. No sirvió de mucho; todo acabó como tenía que acabar, porque la suerte ya estaba echada: el pueblo tragaba lo que hiciese falta de unas élites políticas que danzaban acompasadas la misma pieza, aunque vistiesen diferentes colores para el baile. Pero el teniente coronel Tejero sí salvó su honor, a costa de su carrera y de su libertad. Cuarenta años después, ya no quedaban hombres de honor en institución alguna con capacidad de oponerse notoriamente, con o sin eficacia, a la retirada de una estatua.
Si, en general, podemos afirmar que todo lo que tiene que ver con la discusión, promulgación y puesta en ejecución de las Leyes de Memoria Histórica (2007) y Democrática (2022) es un cúmulo de vilezas, la retirada del homenaje escultórico al Comandante Franco en Melilla probablemente sea el suceso más ignominioso de cuantos tienen relación con ellas. Se trata del ejemplo más palmario de que los enemigos de España no sólo redactan y dan fuerza a una ley de suyo inicua, sino que se la saltan sin rubor para conseguir sus fines deletéreos, cuando el texto no va lo suficientemente lejos. La demostración es tan simple como considerar el tenor literal del artículo 15 de la ley 52/2007: “Las Administraciones públicas, en el ejercicio de sus competencias, tomarán las medidas oportunas para la retirada de escudos, insignias, placas y otros objetos o menciones conmemorativas de exaltación, personal o colectiva, de la sublevación militar, de la Guerra Civil y de la represión de la Dictadura”. En aquella estatua de Melilla, Franco aparecía joven, con uniforme de campaña de comandante de la Legión; una reproducción fiel de lo que debía de ser su figura en el momento en que dirige la acción por la que la ciudad de Melilla le homenajea. No se menciona en la inscripción ni aparecen representados de ninguna forma ni el Alzamiento, ni la Cruzada, ni los años de su Régimen, ni siquiera nada relacionado con los méritos militares posteriores a aquel hecho. Es el recuerdo agradecido a un héroe por un hecho muy concreto que nada tiene que ver con los supuestos objetos de la Ley de Memoria Histórica. No sólo eso: la estatua de Melilla es la última que se erige a la persona de Franco en toda España. Se lleva a cabo por suscripción popular en 1977, y se coloca por primera vez en 1978, es decir, con Franco muerto, con la Ley para la Reforma Política vigente, y gobernando Adolfo Suárez tras las primeras elecciones llamadas democráticas. No existía el menor resquicio por el que cupiese aplicar aquella infame ley; ninguno.
Resulta tan evidente su nula vinculación con las etapas en las que Franco, como Generalísimo y Caudillo, dirigió las operaciones bélicas en la Guerra de Liberación y fue Jefe del Estado, que a esta estatua le corresponde todavía otra circunstancia excepcional: es la única relacionada con el personaje, de forma más o menos remota o cercana, colateral o directa, que, habiendo sido retirada temporalmente por obras, fue repuesta en una ubicación diferente, pero no menos visible, en fecha tan tardía como 2005. Para entonces, y sin ninguna ley que lo obligara, ya estábamos muy habituados a esas “necesidades temporales” que acababan siendo las excusas perfectas para eliminar toda clase de símbolos desagradables para la progresía. Labor, por cierto, que nunca fue exclusiva de la izquierda, ni mucho menos; el Partido Popular siempre se mostró servil y obsequioso a la hora de secundar las labores iconoclastas (pienso, sin ir más lejos, en la retirada en al año 2000 del monumento a Matías Montero en Santander, de la que fui personalmente testigo).
Volviendo a las cábalas, en 2021 se cumplía también el centenario del Socorro de Melilla, el verdadero y único motivo por el que esa estatua tan singular se financió y se colocó. En lo más caluroso del verano de 1921, Abd-el Krim aplastaba a las tropas españolas en Annual, hundiendo a toda la Comandancia General de Melilla y amenazando seriamente la propia ciudad. En la misma madrugada del 22 de Julio, el teniente coronel Millán Astray da orden a la II Bandera del Tercio de Extranjeros, al mando del comandante Franco, de emprender una marcha forzada desde su campamento en Rokba el Gozal hasta Tetuán: 101 kilómetros que cubren a pie en 33 extenuantes horas, para embarcar inmediatamente hacia Melilla. Llegan allí al amanecer del día 24, lo que hace a los melillenses estallar de júbilo, tras unas jornadas de zozobra en la que se veían indefensos y a merced del brutal enemigo que se aproximaba. Inmediatamente se despliegan y ocupan posiciones defensivas. Aunque no pudieron salvarse el resto de los enclaves más al sur y todavía hubo que sufrir la cruel matanza de Monte Arruit, Melilla estaba salvada y en agosto empiezan las operaciones de recuperación de territorio. A partir de ese momento, la Legión y el propio Franco como destacadísimo oficial (desde el 17 de septiembre asume el mando de todas las unidades legionarias, dos Banderas, al ser herido Millán Astray en la toma de Nador) se cubren de gloria y forjan su leyenda militar, hasta alcanzar a finales de año las líneas más avanzadas a las que se había llegado en 1912. Son los hechos que aparecen tan vivamente descritos en su “Diario de una bandera”, un libro que es imposible leer sin emocionarse.
Con tanto cabalista suelto, quizás no sea casualidad que los representantes de todos los partidos políticos en la Asamblea de Melilla, con la abstención cobarde y nauseabunda del PP, y el voto en contra de Vox (al César lo que es del César), diesen luz verde a la retirada del homenaje al salvador de Melilla exactamente cien años después de su hazaña. Quizás no sea casualidad que ello se haga mientras la Moncloa está ocupada por un rehén del sultán de Marruecos, que tantos años lleva observando nuestras plazas africanas con ojos de bestia carroñera.
CONCLUSIÓN
La desaparición de la estatua del comandante Franco en Melilla refleja cómo los símbolos del pasado siguen siendo objeto de reinterpretación y controversia en el presente. Más allá de las distintas lecturas políticas, este episodio pone de manifiesto la dificultad de gestionar la memoria histórica en una sociedad plural. Analizar estos hechos desde una perspectiva histórica permite comprender mejor tanto el contexto en el que se originaron como el significado que adquieren en la actualidad.
