“La democracia es incompatible con el socialismo, mucho dudo que se pueda conseguir el triunfo dentro de la legalidad, y en tal caso habrá que obtenerlo por la violencia. Hay que apoderarse violentamente del poder político…
Si triunfan las derechas, no nos vamos a quedar quietecitos ni nos vamos a dar por vencidos… Si triunfan las derechas, no habrá remisión: tendremos que ir a la guerra civil”.
-Francisco Largo Caballero-
En diciembre de 2008 se intervino por el Grupo de Patrimonio Histórico de la Guardia Civil, un conjunto documental relacionado con Niceto Alcalá-Zamora y Torres. Esta documentación fue depositada en el Ministerio de Cultura para su estudio y análisis, entregándose a la Subdirección General de los Archivos Estatales en junio de 2009. Tras un estudio y valoración de la citada documentación, y una vez resuelto el proceso judicial que se puso en marcha tras su intervención por la Guardia Civil, la documentación se incorporó al Estado como dación en pago de impuestos. Esta documentación había permanecido oculta desde su desaparición en 1937. El propio Niceto Alcalá-Zamora, en la introducción de sus memorias publicadas por la editorial Planeta en 1977 Alcalá-Zamora, Niceto. Memorias. (Segundo texto de mis Memorias). Barcelona: Planeta, 1977. mencionaba que sus memorias originales le fueron sustraídas, junto con otra documentación y objetos personales, de una caja de seguridad del banco Crédit Lyonnais en febrero de 1937.
Según su relato, había nueve sobres depositados en esta caja, de los cuales siete correspondían a sus memorias, y los otros dos sobres contenían dos originales de libros, uno sobre política exterior y otro titulado El Silogismo y el Foro (de esta obra no se ha localizado ningún documento). Junto a esta documentación le fueron sustraídos una serie de documentos, la mayoría copias mecanográficas, aunque había algunos originales, que iba a utilizar como apéndices de los distintos capítulos. La documentación ingresó en el Archivo Histórico Nacional el 28 de julio de 2010. Archivo Histórico Nacional. Portal de Archivos Españoles. Archivo de Niceto Alcalá-Zamora Torres.
¿Qué había sucedido? Como en capítulos posteriores veremos con más detenimiento, en 1937 el Gobierno del Frente Popular decidió apoderarse del contenido de las cajas de seguridad de los bancos privados, para incrementar el contenido de la llamada “Caja General de Reparaciones de Daños y Perjuicios de la Guerra”, un organismo creado específicamente “para la reparación de los daños causados por la rebelión” dependiente del ministerio de Hacienda. Para ello promulgó un decreto gubernamental de fecha 6 y 18 de agosto que ampliaba el promulgado en octubre de 1936, buscando convalidar el expolio de forma legal.
El decreto decía lo siguiente: “Artículo 1: En el plazo de siete días, toda persona española, individual o colectiva, entregará al Banco de España… oro amonedado o en pasta, así como las divisas y valores extranjeros de toda clase… bien de su propiedad o en custodia… Los contraventores de la presente disposición serán considerados como enemigos del régimen a todos los efectos… Madrid 3.10.36. Manuel Azaña. Martín Almagro-Gorbea. El expolio de las monedas de oro del Museo Arqueológico Nacional en la II República española. Publicado en el Boletín de la Real Academia de la Historia CCV,1, 2008: 1-72.
De tal forma más de cinco mil cajas de seguridad de la banca privada fueron desvalijadas. Una enorme cantidad de joyas, alhajas y objetos de valor de muy difícil, por no decir imposible, cuantificación, pasaron a manos del Gobierno y de sus anónimos secuaces. Entre el contenido de estas cajas de seguridad se encontraba el de una del Crédit Lyonnais de Madrid, donde el ya expresidente de la República Niceto Alcalá-Zamora, había depositado sus memorias, en la ingenua creencia de que serían bien protegidas.
El propio Alcalá Zamora lo refiere en unas nuevas memorias que escribió: ”La última y vana pista que tengo al escribir estas líneas, el 8 de marzo de 1940, es que mis Memorias, después de arrebatadas y de rodar de mano en mano, fueron a parar a las Juventudes Socialistas” y continúa explicando las circunstancias del robo de sus objetos personales: “Cuando el 6 de julio de 1936 salimos de Madrid para realizar el viaje proyectado hacía mucho tiempo, que consistía en un crucero por los mares árticos, sentimos, ante la anarquía imperante y las violencias que el Gobierno excitaba contra mí, el temor de dejar las Memorias en nuestra casa. No quise, sin embargo, ocasionar a ningún pariente o amigo la molestia y el riesgo de un registro, que alguno se practicó sin efecto. Preferimos, como solución más segura, dejar las Memorias en la agencia madrileña de Credit Lyonnais, banco extranjero del que yo había sido abogado desde 1915 a 1930. Allí alquilamos dos cajas, dejando en ellas las Memorias, así como la mayor parte de las alhajas y objetos de valor y algunas antigüedades.” Memorias: Segundo texto de mis memorias. Espejo de España. Serie Biografías y memorias. Planeta. 1977.
Como con el contenido de muchas otras cajas, de las que nunca se volvió a saber nada, en 2008 la perteneciente a Alcalá-Zamora salió a la luz merced al interés para su venta en el mercado de las antigüedades por el heredero de la persona que en su momento se las había apropiado ilegítimamente, que fue detectada por los investigadores de la Guardia Civil. Las vicisitudes seguidas hasta entonces por los documentos necesitarían un libro aparte.
Gracias a ellos, los investigadores pudieron conocer hechos hasta entonces solo supuestos, pero que los documentos de un testigo presencial directo como el presidente de la República, hicieron patentes documentalmente:
Las elecciones de 1936 con la supuesta victoria del Frente Popular habían sido un fraude.
El libro de los profesores Manuel Álvarez Tardío, profesor titular de Historia del Pensamiento Político y de Roberto Villa García, también profesor de Historia Política en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid: 1936 Fraude y Violencia en las elecciones del Frente Popular Espasa libros. S.L.U. 2017. es el mejor estudio sobre aquellos acontecimientos fraudulentos de febrero del 36. El suyo es un libro de referencia que demuestra definitivamente el fraude, desvelando las maniobras de coacción que los partidos del Frente Popular pusieron en marcha para hacerse con el control del Gobierno por la vía rápida y sin esperar a los resultados definitivos de las elecciones, manipulándolas descaradamente. Fue una alteración suficiente, según afirman los historiadores, para que el Frente Popular alcanzase una mayoría absoluta de la que no gozaba. Al menos 50 escaños de los 240 logrados por la coalición de izquierdas serían dudosos, fruto de la alteración de urnas, con más votos que votantes, escrutinios sin testigos, actas cuajadas de tachaduras y reescrituras. No fue una alteración radical, pero sí suficiente para que el Frente Popular consiguiera una mayoría absoluta de la que no gozaba.
Pero empecemos por el principio…
A finales de 1935 las desavenencias entre los socios del Gobierno radical-cedista motivadas por el alcance de la reforma de la Constitución, y la cuestión de la devolución a la Generalidad de Cataluña de algunas de las competencias de Gobierno que habían sido suspendidas con motivo de la rebelión de octubre. Así como el asunto del indulto a los principales responsables de la revuelta de Asturias, Ramón González Peña y Teodomiro Menéndez, unido a la presión crítica ejercida por las izquierdas y su aparato de propaganda acerca de la represión y el castigo a los responsables de los desmanes de octubre, abrió una importante crisis gubernamental. En esta coyuntura, el presidente de la República, Alcalá-Zamora, aprovechó para sustituir en la Presidencia del Consejo de Ministros (Presidencia del Gobierno) a Alejandro Lerroux por un hombre de su confianza, el financiero liberal Joaquín Chapaprieta, que mantuvo la alianza radical-cedista con Lerroux y Gil Robles de forma inestable, como buenamente pudo.
En realidad, Alcalá-Zamora, un individuo resentido y orgulloso, y con un concepto de la vida política más propio del siglo XIX, estaba encantado de desactivar a las dos personas objeto de su aborrecimiento personal, y de menoscabar el poder electoral de lerrouxistas y cedistas.
Pero el estallido de los escándalos Estraperlo y Nombela, dos episodios de corrupción en los que el Partido Radical de Lerroux se enfangó por su propia estulticia, hábilmente manejados por la propaganda de izquierdas y aireados a los cuatro vientos por la demagogia de Azaña y de Indalecio Prieto, provocó el descrédito de los radicales y la salida de Lerroux del gabinete. Situación que aprovechó Gil Robles para retirar su apoyo al presidente Chapaprieta y exigir para sí mismo la presidencia del Gobierno, apoyado en la solidez parlamentaria de la CEDA, la minoría más numerosa.
Alcalá-Zamora contraatacó negándose a las pretensiones de Gil Robles, encargando la formación de Gobierno al pontevedrés Manuel Portela Valladares, con la intención de gestionar unas futuras elecciones, y en la medida de lo posible, estructurar una fuerza política de centro capaz de frenar los radicalismos de izquierda y derecha, sustentada en la persona de Portela y su influencia política desde el más alto puesto de Gobierno, pero con el propio presidente Alcalá-Zamora manejando los hilos de todo el tinglado. En realidad, se trataba de una clásica maniobra caciquil, habitual en los tiempos de la Restauración, cuando era posible crear fuerzas políticas de la nada, organizadas rápidamente desde la cúpula del poder.
Pero los tiempos habían cambiado, y semejantes operaciones ya no eran posibles, de tal forma que la realidad se encargaría de destrozar aquellas vanas ilusiones, en parte por la propia dirección de los desbocados acontecimientos políticos y en parte por la incompetencia, necedad y cobardía del propio Portela. Diríase que existe un desesperante fatalismo en el origen pontevedrés de los presidentes de Gobierno. El caso de Mariano Rajoy es otro fenómeno paradigmático, que casi supera en cobardía e inutilidad política a Portela Valladares. Este, formó un gabinete republicano de centroderecha excluyendo a la CEDA, pero aquello era un brindis al sol sin apoyo parlamentario, y en última instancia, el golpe de gracia definitivo al Gobierno, que hizo decidir al presidente de la República la disolución del parlamento el 7 de enero, y la convocatoria de elecciones, que fueron fijadas para el 16 de febrero de 1936.
A esa convocatoria electoral, las izquierdas decidieron acudir unidas en una sola plataforma que denominaron Frente Popular, compuesto por socialistas, comunistas (Partido socialista-PSOE, Partido Comunista-PC, Partido Obrero de Unificación Marxista-POUM) y las izquierdas republicanas (Izquierda Republicana, Unión Republicana, Esquerra Republicana de Cataluña y otros partidos menores). En realidad, se trataba de los mismos partidos que se habían sublevado contra la República dos años antes y que, con total impunidad tras su criminal acción, regresaban a la vida política con renovadas expectativas electorales de alcanzar el poder. Esta coalición de partidos de izquierda fue presidida por Manuel Azaña.
Enseguida, durante la campaña, se pudo comprobar cuál era la perspectiva de las izquierdas y sus esperanzas para el futuro de España. Los elegantes, y a veces agudos, discursos de Azaña, más adecuados para ser apreciados en las Cortes, sin embargo, fueron escuchados con fervor e interrumpidos por aplausos entusiastas, como demostración del hecho de que, al margen de sus contenidos, existía una incontenible voluntad de revancha entre los oyentes, que encontraban su mejor expresión en las palabras de Azaña, presentado como el líder capaz de satisfacerla. El gran miedo de 1936. Cómo España se precipitó en la Guerra Civil (La grande paura del 1936: Come la Spagna precipitò nella Guerra Civile). Madrid: La Esfera de los Libros. Ranzato, Gabriele (2014). Ciertamente, Azaña, al margen de su soberbia personal, disponía del prestigio intelectual, y de la oratoria para subyugar a unas masas ideologizadas por consignas de baratillo, y envenenadas por un rencor inconsciente fomentado por las izquierdas. Pero Azaña, como luego se demostró, no sería más que una figura decorativa, con tanta cobardía personal como fealdad física.
Eran los dirigentes del PSOE, sin embargo, los que tenían claras las circunstancias y el diseño postelectoral, y los que veían en las masas enfervorizadas la materia prima para acceder por primera vez al control del Estado. El diario del PSOE, El Socialista, había publicado por esas mismas fechas: “Estamos decididos a hacer en España lo que se ha hecho en Rusia. El plan del socialismo español y del comunismo ruso es el mismo”. Ibíd.
Por su parte, Largo Caballero, como líder del PSOE, había manifestado poco antes de la firma del manifiesto de la coalición de izquierdas en un mitin en Madrid:
“Nosotros, los trabajadores, entendemos que la República burguesa hay que transformarla en una República socialista, socializando los medios de producción… Entiéndase bien que al ir con los republicanos de izquierda no hipotecamos absolutamente nada de nuestra ideología y de nuestra acción”. Ibíd.
En el mitin celebrado en Linares, Jaén, el 25 de enero, Largo Caballero insistía en sus manifestaciones “democráticas”:
“Llamarse socialista no significa nada. Para ser socialista hay que ser marxista; hay que ser revolucionario… La conquista del poder no puede hacerse por la democracia burguesa… Nosotros, como socialistas marxistas, discípulos de Marx, tenemos que decir que la sociedad capitalista no se puede transformar por medio de la democracia capitalista. ¡Eso es imposible!” Romero, Luis (1982). Por qué y cómo mataron a Calvo Sotelo. Premio Espejo de España 1982. Barcelona: Planeta.
Y el 30 de enero, en Alicante, dejaba claras las intenciones de los socialistas si vencían las derechas en la contienda electoral:
“Si triunfan las derechas, no nos vamos a quedar quietecitos ni nos vamos a dar por vencidos… Si triunfan las derechas, no habrá remisión: tendremos que ir a la guerra civil”. Ranzato, Gabriele (2014). El gran miedo de 1936. Cómo España se precipitó en la Guerra Civil (La grande paura del 1936: Come la Spagna precipitò nella Guerra Civile). Madrid: La Esfera de los Libros.
Es decir, nada nuevo bajo el sol de las izquierdas. La democracia comprendida solo cuando favorece sus intereses, de lo contrario, guerra civil… o alarma antifascista. Como podemos ver sus viejos hábitos nunca se han olvidado.
Por otra parte, los comunistas, por boca de su secretario general José Díaz en un mitin celebrado en el Coliseo Pardiñas de Madrid, el 2 de noviembre de 1935, también lo exponían claramente: “Nosotros luchamos por la dictadura del proletariado, por los soviets… Pero en los momentos actuales comprendemos que la lucha está planteada, no en el terreno de la dictadura del proletariado, sino en el de la lucha de la democracia contra el fascismo como objetivo inmediato”. Elorza, Antonio; Bizcarrondo, Marta (1999). Queridos camaradas. La Internacional Comunista y España, 1919-1939. Barcelona: Planeta.
El diario oficial del PCE, Mundo Obrero, en plena campaña electoral hizo un llamamiento a la lucha extraelectoral, pues concebía las elecciones como “una gran batalla revolucionaria que abra el camino para acciones de tipo superior”. Ranzato, Gabriele (2014). El gran miedo de 1936. Cómo España se precipitó en la Guerra Civil [La grande paura del 1936: Come la Spagna precipitò nella Guerra Civile]. Madrid: La Esfera de los Libros.
El programa del Frente Popular incluía, como primer punto, la amnistía para los delitos “políticos y sociales”, es decir, el excarcelamiento de todos los detenidos por la rebelión de octubre de 1934.
Por tanto, el punto fundamental era el “olvido” de la rebelión de Asturias, la eliminación de las penas impuestas a los sediciosos y la conversión del episodio en la memoria colectiva como un acto heroico de solidaridad social.
Su primer punto del programa electoral decía así:
“I. Como suplemento indispensable de la paz pública, los partidos coaligados se comprometen:
- A conceder por ley una amplia amnistía de los delitos político-sociales cometidos posteriormente a noviembre de 1933, aunque hubieran sido considerados como tales por los Tribunales”.
Frente a las izquierdas revanchistas y revolucionarias, las mismas que una numerosa historiografía denomina democráticas, y que gran parte de los medios de comunicación define casi como promotores de la arcadia feliz, se erigía la figura implacable de José Calvo Sotelo, un político sin pelos en la lengua, con una sólida formación cultural y con un patriotismo fuera de dudas, que el 12 de enero pronunció en Madrid un discurso tan contundente como sincero, recogido por el ABC al día siguiente:
“Una gran parte del pueblo español, desdichadamente una grandísima parte, piensa en la fuerza para implantar una ola de barbarie y anarquía: aludo al proletariado. Su fe y su ilusión es su fuerza numérica, primero, y la de la dictadura roja, después.
Pues bien: para que la sociedad realice una defensa eficaz, necesita apelar también a la fuerza. ¿A cuál? A la orgánica; a la fuerza militar, puesta al servicio del Estado… Hoy el ejército es base de sustentación de la patria. Ha subido de la categoría de brazo ejecutor, ciego, sordo y mudo, a la de columna vertebral, sin la cual no se concibe la vida… Me dirán algunos que soy militarista. No lo soy, pero no me importa que lo digan. Prefiero ser militarista a ser masón, a ser marxista, a ser separatista e incluso a ser progresista. Dirán que hablo en pretoriano. Tampoco me importa… Cuando las hordas rojas del comunismo avanzan, sólo se concibe un freno: la fuerza del Ejército y la transfusión de las virtudes militares ―obediencia, disciplina y jerarquía― a la sociedad misma, para que ellas descasten los fermentos malsanos. Por eso invoco al Ejército y pido patriotismo al impulsarlo”.
Este era el ambiente que se respiraba en la sociedad española de aquel año 36, que tenía en los antecedentes del fracasado golpe de estado del año 34, organizado por los socialistas, su referencia violenta más inmediata.
Las elecciones se desarrollaron el 16 de febrero en un inusitado clima de violencia y de falta de respeto por el adversario político, convertido en enemigo de clase por una izquierda sectaria y guerracivilista que aplicaba los planteamientos de la revolución soviética con una naturalidad que no se recataba en ocultar. Enfrente estaba una derecha conformista, temerosa, cobarde, clerical y conciliadora. Los días dedicados al recuento electoral resultaron especialmente agitados. Eran momentos decisivos para configurar una mayoría parlamentaria que permitiese el control del poder. El lento escrutinio y las dificultosas comunicaciones favorecieron el fraude y la coacción.
Las primeras noticias fueron aparentemente adversas para las derechas, y las masas del Frente Popular se lanzaron de inmediato a la calle para celebrar el triunfo y poner en libertad a los encarcelados de la revolución de octubre de 1934, cuando aún faltaba finalizar el recuento y una segunda vuelta por efectuar.
En efecto, ya el propio día de las elecciones hubo numerosos incidentes en toda España, con 10 muertos y 16 heridos de gravedad, casi todos por arma de fuego. Manuel Álvarez Tardío. Roberto Villa García. 21936. Fraude y Violencia en las elecciones del Frente Popular. Espasa libros, S.L.U.2017. Tras el comienzo del recuento, el mismo día 16, a las pocas horas comenzó la presión callejera de las masas del Frente Popular, estimuladas por sus dirigentes políticos, que habían esparcido el rumor de una victoria electoral de las izquierdas, con su característica competencia para la propaganda. La realidad, como la historia se ha encargado de demostrar, ofrecía un resultado muy ajustado, y la victoria se dirimiría por un puñado de votos. Sin embargo, la izquierda ya había decidido el resultado, y lo impondría por la fuerza y por la intimidación.
En un tiempo de malas comunicaciones, que dificultaban y enlentecían el recuento electoral, imposibilitando la estimación global de resultados con fiabilidad, ya esa misma noche, solo unas horas después del cierre de los colegios electorales, comenzaron los desórdenes y las manifestaciones en la Puerta del Sol, en el centro de Madrid. Que a altas horas de la madrugada continuaban incrementándose, amenazantes contra el Gobierno al que ya exigían la dimisión y su sustitución por otro, fruto de un resultado electoral aún inexistente. Lo mismo estaba sucediendo en muchas otras ciudades españolas.
En aquel momento, las turbas se habían adueñado de las calles y ya no las abandonarían hasta ver satisfechos sus propósitos.
La situación comenzaba a ser tan grave que el Gobierno de Portela Valladares tomó el acuerdo de declarar el estado de guerra, que en última instancia fue frenado por el presidente de la República, Alcalá-Zamora, ante un intento infructuoso de enfriar la situación. Con esa decisión del presidente se impedía que el escrutinio pudiera llegar a su fin sin ser directamente coartado por la presión callejera, como de hecho ocurrió.
La mañana del 17, las manifestaciones izquierdistas eran generales en todo el país, basándose en una victoria completa y arrolladora del Frente Popular, que ni por asomo había sucedido, y éstas ya no aceptarían otro resultado que la proclamación de su victoria. La presión sobre las autoridades locales, gobernadores y alcaldes, se iba incrementando interesadamente, llegando a la intimidación personal y directa sin que las fuerzas de orden público pudieran hacer frente a la situación.
Solo en Madrid se desarrollaron casi cien manifestaciones, muchas en actitud muy agresiva. Alguna alcanzó la cárcel Modelo con intención de liberar a los presos, y en la refriega con los guardias de asalto se produjeron un muerto y dieciocho heridos. Ibíd.
Este día 17 de febrero fue especialmente violento, con muertos en muchas provincias, a las que se unieron huelgas propiciadas por la UGT y la CNT en algunos lugares. Dentro de las cárceles se produjeron motines con intentos de los presos, envalentonados por la situación, para forzar su liberación. En el penal de San Miguel de los Reyes en Valencia, los reclusos llegaron a incendiar parte de la prisión y a hacerse con el control, intercambiando disparos contra la fuerza pública con varios heridos. Ibíd. Tres días después, en la cárcel de Gijón, durante la tarde del día 20, habían salido a la calle prácticamente todos los llamados presos sociales, en un ambiente de confusión tal que también se escaparon decenas de presos comunes. Todo esto había ocurrido a la vez que se desarrollaba en los alrededores una manifestación presidida por símbolos comunistas y cánticos de la Internacional, con una destacada participación de la comunista Dolores Ibárruri, y la colaboración de los candidatos socialistas y de izquierda republicana Mariano Moreno Mateo y José Maldonado González, respectivamente. En total, abandonaron la cárcel gijonesa algo más de 300 reclusos. El desordenado empuje del Frente Popular. Movilización y violencia política tras las elecciones de 1936. (Manuel Álvarez Tardío. Universidad Rey Juan Carlos).
Los incidentes graves fueron numerosos, y no habría espacio en esta somera descripción para mencionarlos en su totalidad, pero el ambiente callejero era de todo menos de feliz manifestación democrática por el triunfo electoral de una fuerza política, como estamos acostumbrados a presenciar en la actualidad. Todo lo contrario. Los gritos eran de venganza contra las fuerzas derechistas, y las consignas buscaban la sustitución inmediata del Gobierno, la entrega del poder sin esperar resultados definitivos, y la amnistía para los presos de la Rebelión de Octubre, demanda que luego se extendería también a los presos comunes por intercesión de los anarquistas. La radicalización iba en aumento a toda velocidad: “Exijamos la amnistía, la readmisión de todos los represaliados y la formación de un Gobierno del Bloque Popular”. Ibíd.
En esa tumultuosa situación, el PSOE se movía como pez en el agua. Largo Caballero no se recataba en expandir sus reivindicaciones con su grosera rudeza habitual: “Que se abran las puertas de las cárceles y de los penales. La ley la hace el pueblo. Y el pueblo ha decretado la amnistía”. O “El Gobierno dimitirá. Los presos saldrán y los republicanos ocuparán el Poder, respaldados por las masas, cuyo entusiasmo, si alguien se opusiese, arrollaría todos los obstáculos”. El Heraldo, 17 de febrero de 1936. La Vanguardia 18 de febrero de 1936. Tomado de: Manuel Álvarez Tardío. Roberto Villa García. 21936. Fraude y Violencia en las elecciones del Frente Popular. Espasa libros, S.L.U.2017. Para él, como para el PSOE postmoderno de Pedro Sánchez, las formalidades legales eran un estorbo completamente prescindible, y el acatamiento a ley pura obligación exclusiva de derechistas y fascistas en general.
En aquel momento lo importante era forzar el cambio de Gobierno en pleno proceso de recuento electoral, y no la legalidad del proceso en sí. Se trataba de hechos consumados, de la razón de la fuerza y de imponer la coacción en las calles mediante una presión popular que soslayase todas las trabas legales. Que sólo hubiesen pasado 48 horas desde el cierre de los colegios electorales, y que aún no hubiese finalizado el recuento y no existiese un resultado oficial de las elecciones era lo de menos. La izquierda se estaba autoproclamando dueña de la situación, por pura convicción moral y por pura fuerza bruta. La derecha tendría que atenerse a las consecuencias…
El 18 de febrero los desórdenes continuaron en todo el país. En Madrid continuaban los altercados, y en muchas ciudades y pueblos de España comenzaba la sustitución de muchas corporaciones municipales y alcaldes por las supuestas fuerzas triunfantes de izquierdas, se atribuían una nueva legitimidad acorde con sus programas electorales, que incluían la sustitución de alcaldes de derechas. Las noticias que llegaban al Gobierno de Madrid eran alarmantes por lo agitado de la situación. Comenzaban los incendios de iglesias, el derribo de cruces, los asaltos de ayuntamientos e incluso la quema de archivos municipales. Todos los empleados destituidos como consecuencia de su participación y apoyo a la revuelta de octubre reclamaban sus puestos, jaleados por las fuerzas del Frente Popular.
El presidente, Portela Valladares, comenzaba a dar muestras de desfallecimiento y a mostrar su clara intención de abandonar el puesto en una situación tan complicada. Desmoralizado por su fracaso electoral y el de su fuerza política, el Partido de Centro Democrático, e impotente por su incapacidad para hacer frente a los desmanes de la izquierda, manifestó al jefe del Estado, Alcalá-Zamora, su deseo de dimitir. Portela era un hombre cobarde, pusilánime, deprimido y derrotado, cuya única intención era plegar velas y desaparecer del panorama político.
En la calle, las izquierdas aumentaron su presión sobre el Gobierno de la nación. Esa misma tarde, en la Puerta del Sol, las manifestaciones y los tumultuosos mítines improvisados, ya sin ningún control policial, alcanzaron el ayuntamiento de la capital acompañando a los ediles socialistas destituidos en octubre de 1934, que demandaban su retorno al poder. Se anunciaba de forma pública y semi oficial que el destituido exalcalde de Madrid, Pedro Rico y su antigua corporación, tomaría posesión del ayuntamiento. En otras ciudades de España estaba pasando algo similar.
El día 19 en el Consejo de Ministros celebrado esa mañana, Portela planteó su opinión favorable a la dimisión del Gobierno al completo. La preocupante situación de orden público, los motines carcelarios, sobre todo en el Dueso y Larrinaga, los asaltos a los ayuntamientos y a los domicilios particulares de derechistas, y la debilidad de las autoridades locales y provinciales, sin capacidad para ejercer el poder real (al no tener el control de unas fuerzas del orden cuyos jefes no querían extremar su acción sobre personas que en breve podrían ser sus nuevos dirigentes), aconsejaba abandonar un Gobierno interino, para dejar paso a uno nuevo según la demanda popular de la izquierda. Argumentaba que ello sosegaría los ánimos y tranquilizaría la situación.
Es decir, se trataba de ceder al chantaje de unas fuerzas electorales autoproclamadas vencedoras de los comicios, aún sin conocer los resultados finales de estos, y abandonar la responsabilidad al frente de un barco que se hundía. Un extraordinario ejemplo de torpeza y cobardía.
A la una de la tarde, Portela presentó su dimisión irrevocable al presidente Alcalá- Zamora. Ninguno de los ministros de su Gobierno quiso sustituirlo en la presidencia.
De tal forma, Alcalá-Zamora decidió entregar el poder a Manuel Azaña, el líder intelectual del Frente Popular, que pasó a ser nombrado presidente del Gobierno. Ciertamente, para nadie era un secreto que, tanto la dimisión de Portela, como el nombramiento de Azaña sin conocer el resultado electoral, eran procesos radicalmente anómalos, fruto de la presión callejera, y completamente ajenos a cualquier principio de legalidad democrática. Pero todo era igual, la izquierda tenía prisa por hacerse con el poder y controlar definitivamente el proceso electoral, y eso es lo que se disponía a hacer.
A las once de la noche, y con la calle inflamada de activistas de izquierda, Azaña, ya convertido en presidente del Gobierno, tuvo su primera reunión con los dirigentes socialistas Largo Caballero, Álvarez del Vayo y Wenceslao Carrillo, cuya primera demanda al nuevo presidente era pedir que “vea el medio de que se ponga en libertad cuanto antes a los presos políticos, por tratarse de un problema que constituye nuestra mayor preocupación”. La Libertad y el Siglo Futuro. 20 de febrero de 1936. Azaña. Págs, 16-17. Tomado de: Manuel Álvarez Tardío. Roberto Villa García. 21936. Fraude y Violencia en las elecciones del Frente Popular. Espasa libros, S.L.U.2017.
Ya de madrugada, Azaña se vio obligado a asomarse al balcón de la Puerta del Sol para arengar a las masas izquierdistas enfervorizadas y anunciar que, haciendo honor a los compromisos adquiridos, al día siguiente “serían repuestos todos los ayuntamientos republicanos de España”, y que la primera preocupación del nuevo Gobierno “sería obtener la amnistía”. Evidentemente daba a entender que los obstáculos legales y jurídicos serían poco menos que papel mojado para la nueva realidad que se pensaba imponer en el país.
En el primer consejo de ministros celebrado la mañana del día siguiente, día 20 de febrero, cuando aún seguía sin finalizar el recuento electoral, se aprobaba la reposición de todos los ayuntamientos suspendidos por acción gubernativa, por su apoyo a la rebelión de 1934, y se acordaba agilizar la amnistía. Con la natural desfachatez de la izquierda, aquel Gobierno se consideraba ya postelectoral y no, como correspondería, un transitorio Gobierno de gestión. El paso siguiente era la reposición de la Esquerra Republicana de Cataluña en el Gobierno de la Generalidad sublevado también en 1934. Poco tiempo después, Companys y los exconsejeros de la Generalidad serían recibidos en Madrid como héroes de la libertad.
Para el nuevo Gobierno debía darse prioridad a las demandas populares antes que al respeto de los procedimientos legales. Se trataba de no extraviarse entre “la maraña de un legalismo entorpecedor, pasando por encima de lo que haya que pasar, sin tener ningún miedo a ignorar los artilugios jurídicos”. Solidaridad Obrera, 22 de febrero de 1936. La Libertad, 26 de febrero de 1936. Tomado de Manuel Álvarez Tardío. Roberto Villa García. 21936. Fraude y Violencia en las elecciones del Frente Popular. Espasa libros, S.L.U.2017. Esa es una característica que la izquierda mantiene hasta nuestros días, inserta en su ADN ideológico. Para los disconformes, partidarios de cumplir y aplicar la ley, siempre estará disponible la guillotina o el paredón.
El resultado de esas primeras horas de Gobierno izquierdista fue significativo y premonitorio de lo que estaba por venir. Las ocupaciones de ayuntamientos, los motines carcelarios, los saqueos de iglesias y los asaltos a sedes políticas, periódicos y centros de reunión de las derechas, así como las agresiones físicas a sus dirigentes, tuvieron un balance aterrador: 16 muertos y 39 heridos graves. No menos de 50 iglesias y casas rectorales fueron incendiadas y destruidas completamente con todo lo que contenían, y más de 60 centros políticos de derechas fueron asaltados y quemados sin que mediase provocación alguna. La casuística pormenorizada es exhaustiva e inacabable. En todos estos sucesos se mantenía un patrón definido y constante en toda España: primero el asalto a sedes y periódicos de derechas, luego la violencia antirreligiosa y las agresiones a católicos y los asaltos y saqueos de iglesias, y finalmente los ataques a los domicilios sociales y particulares de la patronal o de dirigentes derechistas destacados. Manuel Álvarez Tardío. Roberto Villa García. 21936. Fraude y Violencia en las elecciones del Frente Popular. Espasa libros, S.L.U.2017.
En realidad, como era previsible, la dimisión de Portela Valladares significó echar más leña al fuego del desorden social. La mayoría de los gobernadores civiles abandonaron su puesto, en unos casos ante la incapacidad de hacerse obedecer y en otros por puro temor a las amenazantes masas izquierdistas envalentonadas por la eficacia coactiva de su acción. El desbordamiento y la impotencia eran la norma en todas las autoridades públicas.
Por tanto, sintetizando la intrahistoria de las elecciones de 1936:
El hecho cierto es que la presión callejera, así como la intimidación de las fuerzas de izquierda sobre las autoridades legítimas, provocaron la dimisión del entonces presidente del Gobierno, el liberal y centrista Portela Valladares, el 19 de febrero de 1936, en pleno recuento electoral y justo antes de la celebración de la segunda vuelta. Esto facilitó la ocupación del poder por el Frente Popular sin la evidencia de resultados definitivos, y permitiendo la consiguiente manipulación posterior de alrededor de 50 escaños vitales a favor de las izquierdas. Si bien estos no significaron una alteración radical del resultado, sí fueron suficientes para que el Frente Popular alcanzara una mayoría absoluta que no había conseguido, convirtiendo las elecciones en un pucherazo que cambió la historia de España.
Como ya se ha comentado, el libro de los profesores Álvarez Tardío y Villa García, Fraude y Violencia en las elecciones del Frente Popular, recoge con detalle la manipulación de las actas de la época, en un extraordinario trabajo de investigación histórica, que desmonta definitivamente el mito de la victoria del Frente Popular.
Una interesante entrevista con uno de ellos, Manuel Álvarez Tardío, en el periódico El Español, el 14 de marzo de 2017, efectuada por Peio H. Riaño, aporta las claves de su trabajo de investigación:
“—¿A qué conclusiones llegan?
Sobre todo, reconstruimos la votación y el escrutinio. El dietario de Alcalá-Zamora también es importante, así como el de Portela. Hemos reconstruido de una forma más precisa aquel periodo… con el Archivo del Congreso, los reconstruimos al completo. Los resultados oficiales a nivel nacional no se conocían hasta ahora.
–¿Por qué se decidieron a investigar el desarrollo de las elecciones?
Cuando se publicó el dietario de Alcalá-Zamora hace unos años leímos la parte del fraude. El propio presidente de la República es el que habla de fraude. Sin ese dietario no nos habríamos metido en la investigación. Antes éramos muy escépticos. Hasta que encontramos las pruebas y documentos cotejados. Veíamos claro el fraude en La Coruña y Cáceres, pero sólo con estos votos la mayoría no cambiaba. Y aparecieron los casos de Tenerife, Las Palmas, Lugo, Pontevedra, Valencia, Jaén, Murcia y hasta Málaga
—Prefieren hablar de fraude que de pucherazo?
En este caso hablamos de una falsificación postelectoral, sobre la documentación hecha sobre las mesas. Hay una falsificación electoral urdida la noche anterior a la reunión de la Junta Provincial en algunas provincias. Un fraude localizado.
—¿Son capaces de determinar el número de votos fraudulentos?
No a nivel nacional. Pero sí a nivel provincial en Valencia, Jaén y Las Palmas. En cuatro provincias, la madrugada del 19, se arrebata el poder a las derechas (La Coruña, Lugo, Tenerife y Cáceres). Y lo importante no es el número de votos, sino el reparto de escaños. No podemos saber cuántos votos fueron fraudulentos a nivel nacional, quizá más de 150.000 votos, sobre más de 8.000.000 de votos. Los que fueran bastaron para determinar el reparto, porque el resultado estaba muy apretado. El fraude en Cáceres fue de 10.000 votos. En Jaén, si ganabas te llevabas 10 y si perdías, 3. Se jugaban la mayoría.
—¿Fue un movimiento orquestado o espontáneo?
Está orquestado desde las provincias. Es una dinámica que se repitió en muchos sitios: empezaron celebrando y acabaron asaltando Gobernación Civil. Son las 36 primeras horas de Azaña antes de la reunión de la Junta del Censo. La iniciativa la llevan las autoridades provinciales. El día 19, cuando Manuel Azaña accede al poder, el Frente Popular y las derechas no tienen mayoría parlamentaria, la cosa está muy abierta. Si el Frente Popular consigue la mayoría final fue gracias a la manipulación.
—En el libro insisten en que las marchas de aquellos días no eran festivas, sino intimidatorias.
La documentación y las fuentes demuestran que las avalanchas hacia los centros de poder no fueron celebratorias, ni festivas, sino para hacerse con el control.
—Pero ¿hay documentación de las protestas?
Las protestas que hubo en estas provincias fueron tumultuarias. El Frente Popular no estaba dispuesto a dejar perder ni una sola provincia. Tal y como aparece en el archivo de Pablo Iglesias, Prieto dice de las actas de La Coruña que son indefendibles. Cuestionó anular Granada (resultado a favor de la derecha, con denuncia de la izquierda), si no se hacía antes con La Coruña y Cáceres”.
Así pues, el abandono de Portela Valladares, deprimido por los malos resultados de su formación y por las movilizaciones callejeras promovidas por las fuerzas políticas que componían el Frente Popular, que daban por hecho, sin serla, una victoria aplastante, posibilitó que asumiera la Presidencia de Gobierno Manuel Azaña, líder de Izquierda Republicana, y del propio Frente Popular, uno de los partidos en pugna por el poder.
El nuevo Gobierno, convertido de esta manera en juez y parte, heredaba del anterior la gestión del proceso electoral (lo que es mucho heredar) y su primera labor era asegurar el recuento oficial. Sin embargo, la impresionante oleada de violencia entre la tarde del 19 y la mañana del 22, apenas contenida, propició que este se realizase en un notorio ambiente de coacción, con efectos indudables en los resultados de varias provincias.
Por consiguiente, lo que fue una votación generalmente limpia se convirtió en un recuento adulterado que, en un contexto de resultados apretados y aún abiertos, influyó decisivamente en el reparto final de escaños, otorgando una victoria al Frente Popular por la que tanto habían presionado en las calles las izquierdas obreras.
Esta circunstancia, fíjese el lector en la desmesura, permitió que antes de existir resultados definitivos, accediese al poder unos de los partidos en liza, en una especie de asalto fáctico apoyado en la tumultuosa presión callejera, que el Frente Popular se había preocupado de impulsar desde el primer momento para conseguir el necesario trampolín que le permitiese el control de la situación.
Una vez en la presidencia del Gobierno, el Frente Popular tenía muy fácil modular el final del proceso electoral según sus propios intereses. Un caso insólito en el universo político europeo, pero muy congruente con el habitual grosero comportamiento de la izquierda española. Ya demostrado en 1931 con su derribo del régimen monárquico, mediante unas elecciones municipales en las que no se dirimía explícitamente el tipo de régimen, y en las que el voto mayoritario en el conjunto del cuerpo electoral en todo el país fue para las derechas no republicanas, es decir para los partidos dinásticos.
Muchos años más tarde, tras los criminales atentados del 11 de marzo de 2004, pudimos comprobar un comportamiento similar en la izquierda, utilizando el mayor atentado terrorista en suelo europeo para asaltar el poder mediante la presión callejera en la jornada de reflexión, rodeando las sedes del partido rival y promoviendo manifestaciones que buscaban deslegitimar el proceso electoral y cualquier resultado no favorable para sus intereses.
La historiografía izquierdista, con su hipocresía habitual, se ha empeñado en vender la violencia callejera de aquellas fechas como un simple alboroto fruto del deseo de celebración cívica por una victoria electoral, por la recuperación de la libertad perdida, o por cualquier majadería propagandística para consumo de incautos, despistados o seguidores incondicionales. Pero la verdad es otra.
Porque la verdad es que nada más cerrar los colegios electorales, existió una clara intención de buscar la intimidación para hacerse con el dominio total de la calle. Una evidente decisión de efectuar una demostración coactiva, que permitiese primero llevarse por delante al Gobierno de Portela Valladares para sustituirlo por el de Azaña, y finalmente llevar a cabo con total impunidad la manipulación de las actas electorales en las Juntas Provinciales del Censo, que les habrían de dar el control del Parlamento y del Estado.
Tal era, y es, el concepto de formalismo democrático que la izquierda atesoraba, y tal fue la tan glorificada legalidad republicana del Frente Popular. Una legalidad autoimpuesta, una burda falsificación convertida en mito que la propaganda izquierdista ha diseminado como alimento conceptual dogmático para los creyentes de su corrompida realidad, que aún siguen comulgando con ruedas de molino tantos años después.
El hecho es que tal estado de cosas convirtió la atmósfera de la vida nacional en un ambiente irrespirable. En un hedor de arbitrariedades y de ignominias cuya relación excedería con mucho los límites de este libro. Y cuya culminación tuvo lugar con el asesinato de José Calvo Sotelo.
Miguel Maura, uno de los promotores de la República y ministro de su primer Gobierno, analizó la cada vez más desesperada situación en una serie de seis artículos, muy leídos, que publicó El Sol, el más destacado periódico del país en aquellos años. Sorprende tanto la lucidez crítica como el pesimismo premonitorio que aletea entre sus palabras. Uno de ellos decía como conclusión:
“En la vida provincial y rural, son las masas anónimas y exaltadas las que mandan y gobiernan a través de gobernadores sometidos a los comités jacobinos del Frente Popular, cuyos excesos y desmanes tiene aquella autoridad que refrendar a través de los alcaldes y presidentes de gestoras, verdadera plaga bolchevizante que está asolando el país. Los ciudadanos pacíficos viven con la sensación de que las leyes son letra muerta y que los incendios, asaltos, allanamientos de morada, homicidios, insultos y agresiones a la fuerza armada han dejado de figurar en los preceptos del Código Penal para quienes pueden alegar como eximente el uso de una camisa roja y azul, *Los colores de la camisa de las Juventudes Socialistas Unificadas. o la insignia estrellada con la hoz y el martillo”.
El puño en alto es un salvoconducto y talismán que permite los mayores excesos.
“Hoy, la República no es otra cosa que la parte exaltada y revolucionaria de la masa proletaria, que, al socaire del sistema democrático y liberal y de la ceguera de algunos hombres representativos de los partidos republicanos, prepara con prolija minuciosidad el asalto al poder y el exterminio”. Tomado de Stanley Payne. El camino al 18 de julio.
En la misma línea interpretativa se expresa Pío Baroja, que definió a la República como una merienda de negros en la que los republicanos y socialistas se repartían todos los empleos. El ácido escritor vasco escribió palabras similares sobre los más distinguidos dirigentes republicanos:
“Azaña es un enamorado de la pompa y la grandiosidad. Cuando era presidente del Consejo amuebló el palacio de la Presidencia, según dijeron, con los mejores muebles de la Granja y de Riofrío. En el Palacio Real y en el Pardo tenía proyectos de hacer jardines suntuosos. No comprendía que, si se trataba de suntuosidad y de estética, para esto valía más que sirvieran de fondo a un príncipe decorativo que no a un señor de un tipo vulgar como él. Algo de esta ansia de magnificencia tenían todos los políticos de la República. Cuando al principio se compraron automóviles soberbios, que valían cerca de veinte mil duros, Largo Caballero se quejó al comisionista de Irún porque no tenían el aparato de radio que debían tener según el catálogo, y lo reclamó imperiosamente”. Tomado de Jesús Laínz. La Gran Venganza. De la memoria histórica al derribo de la monarquía. Ediciones Encuentro. Madrid-2021. ISBN: 9788413390666.
Por su parte, los socialistas, a través de Luis Araquistáin (director del periódico socialista Claridad, amigo íntimo de Largo Caballero, y considerado como el ideólogo de la radicalización “caballerista” del PSOE durante la República) también querían dejar clara la situación con sus propias palabras: “La paz y la concordia con las clases vencidas en las urnas el 16 de febrero son quiméricas, y no menos quimérica una política de conciliación o de centro. A un bando o a otro, la revolución o la contrarrevolución, no hay término medio”. Ranzato, Gabriele. 2014. El gran miedo de 1936. Cómo España se precipitó en la Guerra Civil (La grande paura del 1936: Come la Spagna precipitò nella Guerra Civile). Madrid: La Esfera de los Libros. p. 166.
Indudablemente las cosas no iban bien para la nación, y se estaba caminando en una peligrosa dirección cuyo destino final era un precipicio abismal. La izquierda, envalentonada con sus sans-culottes en las calles, había decidido sacar las guillotinas para engrasarlas y ponerlas en funcionamiento. Pronto su filo segaría el cuello de cualquier sospechoso de antirrepublicanismo o de escaso fervor revolucionario en una ceremonia sangrienta revestida de cínica autoridad moral.
