1. De Indalecio Prieto.
En un articulo titulado «El falangismo tardío de Indalecio Prieto», publicado por Fernando Zamacola en la revista En pie (número 313, enero de 1972), se dice: «De la curiosa correspondencia de Prieto, que endulzaba su exilio entre prolongadas residencias en Toulouse y en México y el firmísimo propósito de reacondicionar su biografía, extraigo una carta memoria dirigida a don Agustín Mora. Está datada el 20 de junio de 1942, y apareció difundida por la agencia Excelsior. El documento reza así:
“Mi querido amigo: Cuando el domingo último, muy de mañana, nos abrazamos en el andén de la estación de México… hacía cinco años que no nos veíamos. La última vez fue a fines de la primavera de 1937, sentados en la terraza del hotel Samper, en la explanada de mi queridísimo Alicante. ¿Se acuerda? Hablamos de José Antonio Primo de Rivera, fusilado meses antes en l patio de la prisión alicantina. Por usted supe que al ser sentenciado preguntó con interés si yo formaba parte del Gobierno. y yo conté detalles curiosos que usted ignoraba. Por ejemplo, mi intervención decisiva para evitar que el Fundador de Falange Española, su hermano y su cuñada (sic), presos con él en la misma cárcel, fuesen muertos sin juicio previo, a comienzos de agosto anterior. El gobernador había comunicado a Madrid lo que se tramaba. Pretendíase sacar aquella misma noche de la prisión a los detenidos, bajo pretexto de conducirles a Cartagena y a mitad de camino pasarlos por las armas. El Presidente de la República, don Manuel Azaña, y el Jefe del Gobierno, don José Giral, luchaban de modo inútil a fin de evitarlo. El gobernador se veía impotente para complacerles. Sus esfuerzos eran nulos ante el llamado Comité de Orden Público, que ejercía la autoridad efectiva, como otros comités en diferentes territorios. Entonces, aunque yo no formaba parte del Gobierno, se apeló a mí. Llamé al teléfono a Antonio Cañizares, prestigioso líder proletario… y le pedí que hiciese lo posible para ahorrar a la República semejante bochorno. Cañizares, echando sobre los componentes del Comité sindical toda la fuerza de su trayectoria política y sindical, logró persuadirles de que no debían interponerse en la acción de la justicia: Si no la vida de José Antonio, ejecutado luego en cumplimiento de fallo legal (sic), se salvo la de su hermano Miguel y la de su cuñada Margot.
“¿Conocieron los falangistas aquella gestión mía? Acaso. ¿La tuvieron por indicio de que ni siquiera después de la sentencia condenatoria había sido fusilado su caudillo? Probablemente. Yo sólo había cruzado la palabra con José Antonio Primo de Rivera en una ocasión. Fue en el Congreso, cuando me levanté a impugnar el suplicatorio para procesarle. Concluía yo de defender a mi correligionario el diputado Lozano contra idéntica acusación de tenencia de armas. Me pareció que el rasero debía ser el mismo para amigos y adversarios, y defendí con igual vehemencia al Fundador de Falange. Este, terminada la votación, que le fue favorable, atravesó los bancos de los diputados de la CEDA, dirigiendo duras frases a quienes de éstos votaron en contra, y llegado hasta mi escaño me tendió la mano y me dio las gracias muy conmovido. Días después, el semanario órgano de las Juventudes Socialistas, ya socavadas por la infiltración comunista (sic), me insultaba groseramente, tildándome de traidor. El epíteto fue escrito, sin duda, por quien, más tarde, estampó las mayores vilezas contra su propio padre, porque éste continuaba siendo socialista (¿Santiago Carrillo?)
“Pero prosigamos el relato. Cierto día, instalado ya el Gobierno en Valencia, el ministro de Justicia, Manuel de Irujo, me rogó que recibiese a uno de sus hermanos que traía misión urgente y reservada. Pero su hermano -pregunté a Irujo- ¿no estaba preso en Pamplona?. “Le han puesto en libertad para hablar con usted -me contestó-; él se lo explicará” A los pocos minutos el hermano de Irujo hallábase en mi despacho. Se le acababa de excarcelar, mediante acuerdo entre los falangistas y los requetés navarros, para comprobar si era cierto que a José Antonio no se le había fusilado, sustituyéndosele en el acto de la ejecución por otro reo, y si yo le tenía oculto y bien guardado. Esto, según mi visitante, era convicción firmísima entre los falangistas y precisamente por eso daban en llamar El Ausente a José Antonio. Mas querían corroboración oficial de mi parte, dispuestos a mantenerla en secreto. Yo desengañé al emisario, diciéndole que en el fusilamiento no hubo simulación y que la sentencia capital se había cumplido.»
2. De Julián Zugazagoitia.
En el número de Arriba del 20 de noviembre de 1969 se reproducía de Pueblo el Siguiente texto, tomado a su vez del libro de Julián Zugazagoitia, director que fue de El Socialista y secretario de Defensa del Gobierno de Negrín durante la guerra:
«Primo de Rivera se batió por su vida con denuedo juvenil. Puso en su palabra de abogado la emoción del político. En Alicante habían pasado de los furiosos arrebatos colectivos en que se pedía la inmediata ejecución del caudillo falangista, a la convicción de que en tanto viviera la ciudad no sería bombardeada… Pero, además, por una de esas reacciones tan fáciles en la sensibilidad del pueblo español, el odio se había trocado en simpatía. Simpatía por el hombre que, sin vacilación ni debilidad, se encaraba con un destino acedo. Su conducta en la prisión era liberal, cariñosa. En las horas de encierro tejía sueños de paz: esbozaba un gobierno de concordia nacional y redactaba el esquema de su política.
»El había ido a injertar su doctrina, confusa, en las Universidades y en las tierras agrícolas de la Vieja Castilla. Su seminario estaba constituido por discípulos de aulas y laboratorios, y por jóvenes de la gleba. Su escepticismo por las armas, que le atraían por otra parte, debía tener antecedentes familiares. El respeto y la devoción por su padre no excluían en él la critica de errores en que incurrió. El, capitán de hombres jóvenes, proyectaba cosa distinta. De momento, para salir de la guerra, un Gobierno de carácter nacional…
»La vista del proceso, varias veces diferido, le colocó ante una realidad adversa. No se inmuta. Su palabra tiene una fuerza inusitada. La del hombre que está solo. Intuye cuál será la pena a que le condenen sus jueces y, sin embargo, se esfuerza por convencerles de que no deben ser injustos ni para él ni para con sus hermanos. Increpa ásperamente a una persona que, en su concepto, ha enturbiado la claridad del proceso. El interesado escucha la admonición sobrecogido. El relámpago de iracundia pasa y queda, en la carne del increpado, un desasosiego que será permanente. Explicación de una doctrina y ratificación de una fe. El resto es conocido. Se dicta la sentencia de muerte. No hay conmutación de pena. Primo de Rivera se encierra a escribir su testamento. Se despide de sus hermanos… Cuando se repone, él es quien consuela. Pide que le consientan morir con la entereza que le cumple, atendido su magisterio moral sobre tantos compañeros que han muerto y están muriendo en el combate. Cuando le llega la hora, su templanza es perfecta.
» ¡Palabras ejemplares de un adversario, que, llegada la hora, habría sabido aprender de la actitud de José Antonio, la tremenda verdad de las palabras de Horacio: “dulce et decoro est pro patria mori,” para aceptar impávido la muerte!
3. De Stanley G. Payne, historiador americano.
En una entrevista sostenida a principios de 1971 por Elvira Daudet para la Gaceta ilustrada con el autor del libro Falange, dijo Payne: «Creo que traté demasiado bien a José Antonio. Pero la realidad es que últimamente he revisado mi libro (quiero reescribirlo dándole una dimensión más real y corrigiendo algunos errores que tiene) y sigo encontrando a José Antonio irresistible. Un falangista franciscano; un intelectual serio y romántico. José Antonio era por formación un aristócrata inglés que no apreciaba profundamente a los españoles y que a pesar de ello quiso salvarlos. Pero pienso que no habría podido nunca ser caudillo por su gran dosis de escepticismo.»
4. De José Plá. (En Arriba, 25 de junio de 1967.)
«Estaba influido por Sánchez Mazas y Mourlane. Dos de gran cultura, ¿eh? Era honrado y liberal, trataba de comprender a los demás. Era un gran patriota. Venia mucho… por la Redacción de El Sol a charlar. Primo de Rivera odiaba al señorito andaluz. Era muy sensible. Cuando le mataban un chico de Falange quedaba destrozado.»
5. De don Miguel de Unamuno (a un periodista argentino el 14 de agosto de 1936).
«Le he seguido con atención. Puedo asegurar a usted que se trata de un cerebro privilegiado, tal vez el más prometedor de la Europa contemporánea. Le funciona perfectamente la cabeza.»
6. De Salvador de Madariaga (en su libro España, pág. 426, VII edición, Buenos Aires, 1964).
«Valiente, inteligente e idealista, sobraba a José Antonio para ser dictador un humorismo agudo e irreprimible; pero opinaba que, por ser inevitable el triunfo final del comunismo, convenía ir hacia él por la vía autoritaria del fascismo.»
7. De Víctor d’Ors (En Arriba.)
«Hablando de la filosofía política de su padre, el ilustre y ¡ay! olvidado don Eugenio, el notable arquitecto dijo: “El único que absorbió bastante de su pensamiento fue José Antonio, el mayor hombre que ha tenido nuestra generación”.»
8. De José María Salaverría. (En El Pueblo Vasco, de San Sebastián, 9 de enero de 1935.)
¡Otro olvidado como d’Ors! «La juventud asociada a la simpatía, a la inteligencia, a la nobleza y al valor: he aquí los signos evidentes de ese muchacho bien portado, bello de rostro y de figura, que lleva sobre su persona la grave responsabilidad de un nombre apasionadamente discutido y el no menos grave compromiso de continuar la obra nacional que su padre dejó interrumpida. Este “yo no temo nada” que Primo de Rivera pronuncia con toda naturalidad, le va muy bien a un joven que es hijo de guerrero y aristócrata y ha tomado la vida en un sentido combatiente y heroico. Pero en sus palabras no se disimula el menor acento de fanfarronería muchachil. Estoy por asegurar que Primo de Rivera es la negación de la jactancia y el empaque.»
