Así definia Carrero Blanco el franquismo
El discurso en el que Carrero Blanco resumió la esencia política, religiosa y social del franquismo en los últimos años del régimen.
LAS ESENCIAS DEL FRANQUISMO
El almirante Luis Carrero Blanco fue el hombre del acompañamiento político y militar permanente del general Franco. Hubo un período inicial —en la guerra civil y en la posguerra civil— que hubo otros hombres en su proximidad: Fuset en lo militar y Serrano Súñer en lo político. Pero Carrero Blanco compuso esa entidad de la confianza máxima del General a lo largo del tiempo.
El texto que doy a continuación es históricamente muy valioso. Es el discurso que pronunció el almirante Carrero Blanco con ocasión de cumplirse los 80 años de Franco. En este discurso está recogido el franquismo en sus esencias y, especialmente, aparece el acento religioso, porque ya estábamos tras el Concilio Vaticano II y las relaciones con la Iglesia ya no eran buenas.
A la pregunta de un extranjero sobre qué era el franquismo, la respuesta es bien sencilla: esto.
«Señor: Permitidme, antes de comenzar este Consejo, que, en nombre de todos los miembros de vuestro Gobierno, os reitere, con todo afecto y respeto, nuestra felicitación por vuestro ochenta cumpleaños, felicitación que preferimos no expresaros personalmente el pasado lunes con el fin de no turbar vuestra intimidad familiar.
El sentimiento de todos nosotros, y el de todos los españoles de tal nombre, es, en estos momentos, un profundo sentimiento de gratitud hacia vuestra persona. No es fácil encontrar en la Historia un caso en que un pueblo tenga más motivos para estar agradecido a un gobernante.
Como Vuestra Excelencia señalaba a las Cortes, el 22 de noviembre de 1966, al presentarles el proyecto de Ley Orgánica del Estado, la España de 1936, regida por una República en la que nadie creía y utilizada como puente de transición hacia el caos o hacia la dictadura comunista, era una España en trance de agonía.
El objetivo de los que utilizaban como instrumento al Gobierno del Frente Popular era, evidentemente, convertir a España en un país ateo, vasallo del imperialismo comunista. Y contra esto, lo que pretendían era la total destrucción de España y contra esto se alzaron las reservas espirituales de nuestro país pidiendo vuestra capitanía.
En nuestra guerra de 1936 a 1939 no se ventilaban ni pleitos dinásticos, ni cuestiones de régimen político interno, ni intereses privados o colectivos de ninguna especie; se trataba, simplemente, de defender nuestra independencia como nación y nuestra fe como cristianos.
GUERRA DE LIBERACIÓN Y CRUZADA
Nuestra guerra no fue, pues, una guerra civil; fue una guerra de Liberación y una Cruzada. Fue una guerra de Liberación, porque lo que estaba en juego era nuestra independencia como nación; ¿es que alguien puede dudar que si no nos lanzamos a la guerra o si la hubiéramos perdido, España no sería desde entonces un país comunista?; ¿y acaso los países comunistas tienen independencia política?
En cuanto al calificativo de Cruzada, son cruzadas las luchas en defensa de la Fe. ¿Acaso no es el comunismo un enemigo declarado de Dios?
En la España roja se arrasaron los templos, en una segunda edición, corregida y aumentada, del sistemático incendio de iglesias con que se inauguró la II República española; se prohibió toda manifestación religiosa y, por el solo hecho de creer en Dios, fueron asesinados 13 obispos, 7.933 sacerdotes, religiosos y religiosas y muchos millares de seglares, sin que, felizmente y para gloria de estos mártires, ni los pelotones de ejecución, ni los tormentos de las checas soviéticas, fueran capaces de producir ni un solo caso de apostasía, no ya en los religiosos, sino tan siquiera en los seglares, entre los que se contaban mujeres, ancianos y muchachos casi niños.
Su Santidad Pío XI decía en su Encíclica Divini Redemptoris, el 17 de marzo de 1937:
«El furor comunista no se ha limitado a matar obispos y millares de sacerdotes, de religiosos y religiosas, buscando de un modo particular a aquellos y aquellas que precisamente trabajaban con mayor celo con los pobres y los obreros, sino que, además, han matado a un gran número de seglares de toda clase y condición, asesinados, aún hoy en día en masa, por el hecho de ser cristianos o al menos contrarios al ateísmo comunista.
Y esta destrucción tan espantosa es realizada con un odio, una barbarie y una ferocidad que jamás se hubiera creído en nuestro siglo. Ningún individuo que tenga buen juicio, ningún hombre de Estado consciente de su responsabilidad pública puede dejar de temblar si piensa que lo que hoy sucede en España tal vez podría repetirse mañana en otras naciones civilizadas.»
Y en la Carta colectiva del Episcopado español, de 1.º de julio de 1937, para explicar al mundo el carácter religioso de la guerra y rebatir los infundios lanzados por nuestros enemigos, aquellos obispos, que vivieron la realidad de la tragedia, afirmaban de una manera terminante:
«Los templos ardieron porque eran casas de Dios y los sacerdotes fueron sacrificados porque eran ministros de Dios.»
En esta carta se decía también:
«Quiera Dios ser en España el primer bien servido, condición esencial para que la nación sea verdaderamente servida.»
SERVIR A DIOS
Pues bien; de cómo la España regida por Vuestra Excelencia quiso servir a Dios sirviendo a su Iglesia puede dar medida, aunque sólo sea en el orden material, el hecho de que desde 1939 el Estado ha gastado unos 300.000 millones de pesetas en construcción de templos, seminarios, centros de caridad y de enseñanza, sostenimiento del culto, etc., etc.
Ningún gobernante, en ninguna época de nuestra Historia, ha hecho más por la Iglesia católica que Vuestra Excelencia y ello, y esto es muy importante, sin otra mira que el mejor servicio de Dios y de la Patria, al que habéis consagrado vuestra vida con ejemplar entrega.
Es lamentable que, con el transcurso de los años, algunos, entre los que se cuentan quienes por su condición y carácter menos debieran hacerlo, hayan olvidado esto, o no quieran recordarlo, pero este hecho es lamentable principalmente para ellos, porque Dios sabe bien lo que hay en el corazón de los hombres…, y Dios no olvida. Esto es lo que verdaderamente importa.
Porque Dios conocía bien vuestra rectitud de intención al lanzaros a la guerra en defensa de la Fe y de la independencia de España, no sólo os concedió la victoria de 1939, sino que os inspiró la prudencia política necesaria para librarnos de las peripecias de la Segunda Guerra Mundial, manteniendo en ella nuestra neutralidad; empresa nada fácil que requirió una difícil dosificación de habilidad y firmeza para resistir a las instigaciones de dentro, que no faltaron, pues no pocos creyeron en 1941 que era el momento de encaramarse en el carro del vencedor, y las presiones de fuera, que se hacían, no se olvide, con el respaldo de un Ejército que acababa de derrotar en unas semanas a lo mejor de Europa. Hoy, no hace falta ser muy agudo para comprender que si hubiéramos entrado en la Segunda Guerra Mundial, lo que el marxismo no había conseguido en 1936 lo hubiera logrado en 1945.
Los vencedores de 1945 fueron la URSS y los liberales «democracias occidentales», es decir, el comunismo, que sale de la guerra notablemente fortalecido, y el liberalismo, que es el sistema político más favorable para debilitar a los pueblos y favorecer con ello que puedan caer en las garras del primero; pero liberalismo y comunismo habían sido nuestros vencidos en 1939 y sobre España se cernía de nuevo un peligro, que en no pocos produce justificada angustia. En aquella ocasión dais la consigna de «orden, unidad y aguantar», y el pueblo español, con ciega confianza en su Caudillo, se agrupa alrededor vuestro como un solo hombre y la cumple. Poco después las nubes empiezan a disiparse porque las potencias occidentales se dan cuenta de la realidad del peligro que Su Excelencia había señalado a Mr. Churchill en octubre de 1944.
MOTIVOS DE GRATITUD
Ganar nuestra guerra, librarnos de entrar en la contienda mundial que inmediatamente se produce y salvarnos de las consecuencias del final de la misma son, indudablemente, tres enormes motivos de gratitud por parte de todos los españoles, pero donde verdaderamente está el inconmensurable servicio que España os debe es en haber comprendido desde el primer momento lo que realmente fundamental era al construir un nuevo Estado; en tener el convencimiento de que, para que la Victoria de 1939 fuese realmente eficaz, había que levantar, de nueva planta, sobre el solar lleno de los escombros del derrumbamiento de los sistemas políticos anteriores, el edificio de un nuevo Estado en el que no pudieran repetirse las causas que habían llevado a España a la trágica situación de 1936.
Al año siguiente, en plena Guerra de Liberación, fundasteis, con el decreto de Unificación, el Movimiento Nacional, cuya doctrina, que viene a ser como el denominador común de la doctrina falangista, concretada en los 26 puntos programáticos redactados por José Antonio en 1934, y de la tradicionalista sintetizada en la trilogía «Dios, Patria y Rey», ha sido capaz, y esto no se suele destacar con todo el énfasis que merece, de rectificar los graves errores de las fórmulas con las que se ha venido pretendiendo reaccionar contra la injusticia.
Contra la injusticia evidente que entrañaban las Monarquías absolutas del siglo XVIII, se alza el liberalismo, pero el liberalismo tiene la tara congénita de su ateísmo y de poner las libertades del individuo por encima del bien común de la colectividad nacional; y las consecuencias son: la atomización de la sociedad, la constitución de banderías en la figura de los partidos políticos, la lucha permanente de unos contra otros y la debilidad del conjunto de los pueblos.
Contra la enorme injusticia social que representa el capitalismo liberal surge el marxismo, pero el marxismo, también ateo, se fundamenta en dos errores de bulto: la lucha de clases y la anulación del estímulo como motor del trabajo.
EL MOVIMIENTO NACIONAL
El Movimiento Nacional, desarrollado en la estructuración de nuestro régimen político mediante las Leyes Fundamentales, elaboradas a lo largo de un período de nada menos que treinta años, que ha merecido el refrendo popular de dos Referéndums nacionales en el intervalo de veinte años, tiene como conceptos claves: la unidad, la justicia social y la supeditación al bien común de todos los intereses personales y colectivos.
Estos tres conceptos son básicos e irrenunciables. Por ello, todo lo que propenda a la creación de banderías en el seno de la sociedad atentando a su unidad; todo interés que trate de frenar la marcha hacia la plena justicia social y todo lo que trate de supeditar el bien común a los individualismos, es intrínsecamente malo y debe ser evitado y corregido.
La intransigencia es un defecto humano cuando se trata de cosas accesorias, pero es un deber indeclinable cuando lo que está en juego son cuestiones fundamentales. Confundir lo fundamental con lo accesorio es un peligro contra el que hay que estar permanentemente prevenidos.
CONTINUIDAD DE LA OBRA POLÍTICA
En vuestros desvelos por el futuro de España destaca vuestra preocupación por asegurar la continuidad de vuestra obra política. El mismo año 1947, en que el pueblo español aceptaba en clamoroso Referéndum la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado que constituía la Nación en Reino, os preocupasteis ya del futuro Rey. Ese año entraba en España, a la edad de nueve años, el príncipe Don Juan Carlos para iniciar sus estudios de Bachillerato.
El 22 de julio de 1969 decíais a las Cortes españolas:
«Valorando con toda objetividad las condiciones que concurren en la persona del príncipe Don Juan Carlos de Borbón y Borbón, que perteneciendo a la dinastía que reinó en España durante varios siglos, ha dado claras muestras de lealtad a los principios e instituciones del Régimen, se halla estrechamente vinculado a los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire, en los cuales forjó su carácter, y al correr de los últimos veinte años ha sido perfectamente preparado para la alta misión a que puede ser llamado y que, por otra parte, reúne las condiciones que determina el artículo 11 de la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado, he decidido proponerle a la Patria como mi sucesor».
Y poco después añadíais:
«Se trata, pues, de una instauración y no de una restauración, y una vez instaurada la Corona en la persona del Príncipe, continuará el orden regular de sucesión a que se refiere el artículo 11 de la misma Ley.»
PROGRESO ECONÓMICO Y SOCIAL
Vuestra decisión instauró una Monarquía nueva en un Estado nuevo; un Estado cuyo Régimen político ha producido en estos treinta años un progreso económico y de justicia social que a la vista de propios y extraños está y que no tiene comparación posible con ningún otro período de nuestra vieja Historia.
Innumerables datos podrían aportarse como confirmación de esta realidad, pero señalaré sólo dos bien significativos: en 1936, el 25,9 por 100 de la población adulta era analfabeta; en 1970, esta proporción se había ya reducido al 3,2 por 100. La renta por habitante era en 1935 sólo 13 veces la de 1906; en 1970, la renta por habitante era de 3,3 veces la de 1940 y 2,3 veces la de 1960.
En estos momentos, Señor, al expresaros en nombre no sólo nuestro sino en el de todos los españoles, nuestra devoción, nuestro profundo agradecimiento y nuestra fe ciega en las decisiones de vuestra autoridad, os ofrecemos lo único que podemos ofrecer: nuestra firme voluntad de servir con la mayor eficacia vuestra ingente obra política.
En la marcha hacia las metas que ella señala habrá evidentemente las deficiencias humanas de los ejecutantes, y somos conscientes, porque lo contrario sería vivir fuera de la realidad, de que, en el complicado mundo en que vivimos, habremos de hacer frente de una manera permanente a la ofensiva del exterior, porque el marxismo y la masonería son enemigos tenaces, pero tenemos la firme convicción de que todas las dificultades serán superadas, porque tenemos fe en vuestra persona y en la solidez de vuestra obra.
Y nada más, Señor, sino reiteraros nuestro agradecimiento, nuestra inquebrantable lealtad y desearos, de todo corazón, que Dios os colme de bendiciones y os conceda muchos años de una vida feliz.»
