Julio Rodríguez Martínez fue una especie de político y ministro de sopetón. Lo hizo Carrero Blanco ministro de Educación Nacional. Estuvo poco tiempo en esa función; fue el que dio la espalda, o negó la mano, al cardenal Tarancón, cuando los funerales del almirante Carrero Blanco y moriría poco tiempo después, también de sopetón, en América. Era catedrático de la Facultad de Ciencias, en la Universidad Autónoma, y envió un artículo al diario Arriba, que no sé si se publicó, y que tenía este gracioso título: «La sonrisa de Europa.» Pero lo más ocurrente es el tema. Con esto quiero concluir este capítulo porque Europa, verdaderamente, no ha sido otra cosa que despectiva contra España y también fue quien generó la gran conspiración —aunque los españoles nos la mereciéramos— para arrebatarnos el protagonismo de América. Finalmente, Europa puso como pretexto el régimen político de España cuando solicitamos nuestro ingreso en la Comunidad Económica Europea, como si los españoles merecieran también ser implacablemente juzgados por eso. Así es que cuando, por fin, hemos entrado en la colaboración global con Europa, lo hemos hecho de mala manera y en situación de inferioridad. El artículo de Julio Rodríguez es excesivo y algunas de sus partes no son aceptables; pero un poco sí el espíritu. Merecía la pena la inclusión en este libro.
«Europa sonríe, pero a un precio. Por supuesto que me refiero a la Europa que se extiende desde las alambradas y campos de minas que dividen a la sufrida Alemania hasta la católica Irlanda.
La otra Europa, la que empieza en los “vopos” fronterizos y se extiende hasta la tundra rusa, ésa no sonríe, aunque a veces se emborracha y trata de olvidarse de sí misma.
La Europa “nuestra” sonríe, pero cobra su sonrisa. Con respecto a España esa sonrisa es espontánea si nos van mal las cosas. Si pasamos hambre o si luchamos entre hermanos (lucha que ellos mismos alimentaron en el trienio, a la vez lejano y próximo 1936-39), sonríe cuando nos ve divididos. ¡Y eso es tan fácil tratándose de españoles! O cuando nos matamos por las calles o se nos combate en el Sáhara.
Es fácil para la sonrisa compasiva, que es con la que disfruta Europa, hacer con Portugal, al que da la limosna de unos dólares para que no se muera de hambre y no se acabe el espectáculo lastimoso de un pueblo que fue grande y ahora se deshace en luchas intestinas.
España un día, no tan lejano, por la libertad de Polonia y sólo logró que en su cautiverio cambiara de amo. En la empresa se dejó además, en la misma celda, a medio Continente.
A pesar de eso no se quitó el traje de libertadora, ya raído y descosido. Se tapó los oídos cuando el pueblo húngaro trató de sacudirse las cadenas y pedía auxilio desgarrador, en medio del tableteo de las ametralladoras rusas.
Volvió a quedarse sorda ante los gritos de libertad del pueblo checo, en la primavera de Praga.
No oyó los lamentos de un mariscal francés, héroe de Verdún, que se mantuvo firme ante la invasión alemana para salvar lo insalvable. Lo dejó morir tras los barrotes.
Fusiló a unos héroes del Ejército francés en Argelia, porque seguían fieles a sus convicciones patrióticas.
Asistió al abominable juicio de Nuremberg, en el que los responsables eran los vencidos, con impunidad total de los vencedores.
La sonrisa de esta media Europa costó 56 millones de muertos y el cautiverio de la otra media.
Pero los suecos, con su limosnero Olof, los daneses, los holandeses, los belgas, etc., se siguen considerando adalides de la libertad. Se olvidan de la prisión de Spandau tras cuyos muros sólo existe un anciano que en la Segunda Guerra Mundial trató de concertar la paz. Y de ese otro cautiverio de las drogas: Amsterdam, la ciudad elegante de antaño, ofrece ahora la plaza del Dam atestada de drogadictos.
Las sexyshop, las pornoshow, los liveshow, son exponentes de la degradación humana.
Europa, sonriente, va recorriendo el camino que condujo a la ruina del imperio romano.
Inglaterra sigue manteniendo en cautiverio al norte de Irlanda y desencadena el terrorismo del IRA. Secuestros, robos, incendios, asesinatos, son un claro exponente de la “libertad”. Y mercancía de exportación.
Si queremos la sonrisa de Europa tendremos que dejarnos “liberar” por ellos. Habremos de aceptar sus drogas, sus huelgas, sus abortos, su insensatez. Hundámonos en la miseria y Europa nos sonreirá.
Importemos sus sistemas políticos impotentes y la haremos feliz. Reneguemos de nuestra historia, abjuremos de nuestros principios, borremos el Spain is different que tanto les molesta, seamos vulgares, renunciemos a nuestra misión hispánica, convirtámonos en gusanos pedigüeños. Europa nos sonreirá.
Como antaño los afrancesados, hoy los europeizados especulan con la buena cara que nos pondrá Europa cuando reneguemos de nuestra historia, de nuestra independencia, personalidad y grandeza.
Olvidan que sigue habiendo alcaldes de Móstoles, Empecinados, Velardes y Daoíz. Y que en cada español hay un Hernán Cortés en potencia.
La Europa que fue responsable de dos guerras mundiales, que asolaron al mundo y que nos pidió a Laval para fusilarlo inmediatamente, nos negó después la extradición de los asesinos del presidente de nuestro Gobierno y quiere imponernos el mimetismo político.
Ese Hemicontinente obsoleto y periclitado quiere hacernos una transfusión de su vieja y caduca sangre política. Precisamente a nosotros que somos un pueblo joven y victorioso, con fe en nuestro propio destino.
Unidos por una vinculación fraternal con los jóvenes pueblos hispanoamericanos que llevan nuestras venas, credo y lengua. Abiertos hacia los países africanos, tanto tiempo desheredados de la fortuna y de los que depende el porvenir y hasta el presente de Europa. Dispuestos a dialogar, de tú a tú, con cualquier interlocutor de buena fe, pero no de rodillas, que esa actitud la reservamos para con Dios, en el que creemos y confiamos.
Admiramos lo bueno de Europa. Su ciencia, su técnica, su sacrificio. Su catolicismo, en muchos casos insobornable. El esfuerzo que ha desarrollado en su reconstrucción.
Apoyamos la unidad de Europa, de su totalidad, y nuestra integración en ella, pero sin horcas caudinas. La sagrada libertad de Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Bulgaria, etc.
La gran federación europea, respetuosa con la personalidad y características de los países federados.
Sin que nos lean la cartilla de lo que debemos hacer de puertas adentro. Tenemos nuestra historia, creadora de pueblos y de naciones, cuyos hijos han escrito también las páginas brillantes de su independencia. Gestas heroicas insuperables.
Llevamos cuarenta años de paz que nos han colocado entre los primeros países del mundo. Y cuando la mano del viejo timonel cede su puesto, surge otra joven y vigorosa que sabe su oficio y conoce su destino histórico, sin que nadie se lo tenga que explicar. Él resistirá como una roca granítica a la sonrisa corrompida de la vieja Europa. Será a la vez caballero de lealtad y de gallardía.»
