Otro de los episodios que más rédito político ha sacado la izquierda de este país, para tapar y desviar la atención sobre sus propios crímenes, es la que hace referencia a lo que la propaganda comunista y socialista denomina como matanza de Badajoz, y se refiere a los sucesos acaecidos el 14 y 15 de agosto en la ciudad extremeña, después de haber liberado las tropas nacionales la ciudad.
En la página 10 del diario Hoy Extremadura, fechado el 16 de agosto del 2018, se hacían eco de unas declaraciones de un tal Rafael Lemus (1975), senador y diputado autonómico en el parlamento extremeño, donde calificaba que los sucesos de Badajoz y Guernica fueron “las dos masacres que removieron las conciencias durante la guerra civil española”, al tiempo que sobre la represión de Badajoz dijo que se podría considerar como “el primer genocidio de la Europa occidental del siglo XX, en la que algunos estudiosos (sin especificar quiénes son esos estudiosos) afirmaban, se llegó a diezmar a la población”.
El señor Rafael Lemus no debe considerar como víctimas dignas de su mención las purgas llevadas a cabo en la Unión Soviética y que costaron la vida a millones de personas, mucho antes del inicio de nuestra contienda civil, y que continuaron a lo largo de toda su existencia como país, y que sus métodos fueron exportados a la España controlada por la República y el Frente Popular, del que formaba parte su partido en el que actualmente milita.
Lo cierto es que los sucesos de Badajoz constituyen uno de los episodios más controvertidos de nuestra guerra civil española, sobre todo por la manipulación que de ellos se ha realizado. Al igual que en el caso de Guernica, las cifras de muertos varían ostensiblemente, desde afirmar que la población fue diezmada, cosa poco creíble, hasta hablarnos de entre 1.800 muertos a 4.000, dependiendo del interés que se persiga por parte de quien las da. Francisco Espinosa Maestre va más allá y habla de más de 8.000 muertos, a falta aún de conocer lo ocurrido en 73 pueblos de la zona oriental de la provincia, en la represión franquista, frente a los 2.964 que ofrece Ramón Salas Larrazábal.
El 19 de julio se producen los primeros desórdenes en el sur de Badajoz. A pesar de que el gobernador civil de la provincia, Granados, aconsejaba que no se produjeran detenciones, las denominadas formaciones obreras hicieron caso omiso y comenzaron a detener a todo aquel que consideraran enemigo del régimen. El responsable de Falange Española en la comarca, Agustín Carande Uribe, ya había sido detenido el día anterior. Se formaron comités revolucionarios, se apoderaron de armas, se incautaron numerosas escopetas de los socios del coto de caza de la finca conocida como “Canta el Gallo”. La legalidad republicana había desaparecido y dado paso al caos, donde las detenciones de los que consideraban desafectos al Frente Popular se contabilizaban por miles. Se reparte numeroso armamento entre las personas consideradas de izquierda.
En Fuentes de Cantos, los milicianos detienen a 89 personas; 58 de estos detenidos son llevados a la sacristía de la iglesia parroquial, donde prenderían fuego a la iglesia, muriendo 12 de ellos y los supervivientes llevados a la cárcel del partido. En otras muchas localidades, las atrocidades se sucedían de forma similar. En Monesterio se prende fuego a la iglesia y se saquean domicilios y comercios. En Bienvenida pasa exactamente igual: se detienen a 40 personas, se las encierra en la iglesia y se la prende fuego.
Este descontrol inicial, estos crímenes llevados a cabo de forma indiscriminada, hace que varios acuartelamientos de guardias civiles de otras poblaciones se sumen al alzamiento. Desde este momento, las milicias socialistas y cenetistas pasaron a controlar la mayoría de los pueblos.
El 2 de agosto, Franco ordena el avance hacia Madrid. La primera columna debía partir de Sevilla en dirección Mérida para establecer contacto con Cáceres y evaluar la situación en Badajoz. Según se producía el avance de las tropas nacionales y ante su imposibilidad de contenerlos, los comités revolucionarios se ceban con los desafectos en la retaguardia. Esto es la tónica general a lo largo de toda la contienda por parte de la izquierda: no dan la talla en el frente, pero se ensañan de forma muy cruel en la retaguardia. Badajoz no fue una excepción.
Según llegan las noticias del avance nacional, los comités revolucionarios organizan el asalto a la prisión de Badajoz. Avisado el gobernador, Miguel Granados, de lo que iba a suceder, este resta importancia y credibilidad a lo que se avecinaba. El director de la cárcel, Miguel Pérez Blasco, ante la falta de ayuda del gobernador, ordena a la guardia del exterior que entrara en el edificio para proteger a los más de 200 presos que estaban en su interior.
Sobre las 21 horas del 5 de agosto de 1936, unos 500 milicianos procedieron al asalto de la prisión con la intención de asesinar a todos los presos detenidos en virtud de la proclamación del estado de alarma. Entre los presos se encontraba el padre de Cristina Almeida, conocida diputada comunista de los años 80 y hoy reconvertida en tertuliana profesional. Su padre, Miguel Almeida, después de salvar su vida, se alistó a la Legión y narraba los hechos tal y como él los había vivido:
“Los milicianos empezaron a disparar indiscriminadamente contra los muros de la prisión, y desde ambulancias requisadas. El tiroteo se alargó durante más de dos horas, y de forma continuada se pedía auxilio al gobernador, para que enviara refuerzos, puesto que la munición se estaba agotando”.
Hablamos de un asalto de milicianos contra la autoridad penitenciaria republicana que defendía a los presos de ser asesinados. Así es como la izquierda entendía la tan manida legalidad republicana. Mientras, en el interior, los detenidos se preparaban para morir. Cuatro sacerdotes que se encontraban entre los presos (el Padre Camino, Isidro Lomba, José María Martínez e Inocente Grillo) fueron absolviendo a todos los detenidos.
Al cabo de dos horas, llegó una sección de guardias de asalto que puso en fuga a los “valientes milicianos”, que huyeron despavoridos. A punto estuvieron de conseguir su propósito, tal y como ya había sucedido en el Cuartel de la Montaña de Madrid o en las localidades de Fuente de Cantos o Almendralejo.
El principal instigador del asalto a la prisión de Badajoz era el concejal socialista Pedro Cienfuegos Bravo, el cual huyó y abandonó la ciudad, como también harían, días después, otros dirigentes socialistas y comunistas ante el avance de las tropas nacionales. El intento de asalto a la prisión consiguió el efecto contrario, y es que varios miembros de las fuerzas del orden se pasaran a los sublevados.
El acuartelamiento de la Guardia Civil se subleva el 6 de agosto. Una vez sitiados y ante la negativa de rendirse, amenazan a los guardias civiles con asesinar a la mujer del responsable de la comandancia y hacer lo mismo con el resto de familiares de los guardias civiles sublevados. Al final, ante la confusión reinante y la falta de apoyo, los guardias civiles se rinden. Muchos de ellos serían asesinados en los días posteriores.
Se inician los asesinatos masivos de ciudadanos civiles en Badajoz por parte de milicianos “descontrolados”. Se asesinan religiosos, médicos, profesores…
El 6 de agosto, la columna de Madrid avanza hasta Mérida; el 8, Almendralejo; el 9, Villafranca de los Barros. Mientras, en la ciudad de Badajoz, continúan los asesinatos y crímenes de forma indiscriminada.
El día 10, la columna Tella llega a Almendralejo y la columna Cartón ataca Villafranca de los Barros. Ante estos avances, se multiplica la represión y la venganza por parte de los comités revolucionarios. Los milicianos, que son incapaces de contener el avance nacional, se dedican al asesinato indiscriminado de presos políticos.
En Don Benito, el día 11 de agosto, se producen más de 60 asesinatos; en Guareña, más de 70; en Cabeza del Buey, unos 40; en Talavera Real y en Zalamea de la Serena, más de 20 en cada una de esas localidades. Aproximadamente, entre el 7 y el 13 de agosto, se pueden contabilizar más de 350 asesinatos realizados por los comités revolucionarios adscritos al Frente Popular.
La respuesta de las fuerzas nacionales fue la de ir fusilando a los responsables de estas matanzas según se iban liberando localidades.
El 12 y 13 de agosto, la aviación nacional bombardea Badajoz para preparar el asalto a la ciudad por las tropas comandadas por el entonces teniente coronel Yagüe. La aviación republicana bombardea Mérida. La intención de Yagüe era tomar la ciudad el mismo día 13 de agosto.
El 14 se reanuda el asalto a Badajoz y en Mérida se inicia un contraataque republicano. Como hemos comentado, son muchos los miembros de las fuerzas del orden que, tras ver cómo actuaban los milicianos, estaban esperando la oportunidad de pasarse al bando nacional. Las fuerzas del Regimiento Castilla no lo dudan y cierran el Cuartel de la Bomba para poder pasarse a las fuerzas rebeldes, ya muy cerca de la ciudad.
Ese mismo día 14, multitud de milicianos huyen de la ciudad con destino Portugal. La mayoría de los líderes marxistas dejan a su suerte a sus compañeros, a los que instan a resistir, a la vez que ellos se escapan. Muchos de los que huyen son detenidos en la frontera, sobre todo asesinos culpables de las matanzas llevadas a cabo en los días anteriores.
La mitad de la ciudad ya está en manos nacionales. El alcalde de la ciudad y varios de sus concejales ya habían huido, a los que se les suman varios mandos militares republicanos, incluido el coronel Puigdegondolas, máximo responsable militar, que es interceptado en la frontera con Portugal.
La desbandada de mandos militares, dirigentes políticos y responsables de los comités revolucionarios hace que la defensa de Badajoz recaiga en milicianos sin mandos ni organización, a la vez que fracasa de forma estrepitosa el contraataque republicano en Mérida.
Los últimos reductos de resistencia republicana en Badajoz fueron el Teatro López de Ayala y la Catedral. La ciudad fue liberada definitivamente el 14 de agosto. La liberación de Badajoz y Mérida era fundamental. De esta manera quedaban unidas las zonas sublevadas del norte y del sur.
Para entender los sucesos posteriores a la toma de Badajoz, me veo en la obligación de hacer primero una cronología de los hechos. En julio, en Badajoz se respiraba una tensa calma, que se rompió con la llegada de milicianos para reforzar la ciudad a primeros de agosto. La derrota en Los Santos de Maimona inicia los asesinatos y crímenes masivos e indiscriminados por parte de los comités revolucionarios. Los bombardeos gubernamentales y nacionales hicieron que muchos civiles huyeran a refugiarse en Portugal o zonas rurales.
Durante los combates de estos días de agosto cercanos a la liberación, la lucha se recrudece, costando grandes pérdidas, sobre todo entre defensores, y esto a su vez provocó la ira de los milicianos, recrudeciendo los asesinatos en la retaguardia. Por parte del ejército nacional, los prisioneros de guerra que no pertenecían a fuerzas regulares eran fusilados, así como los responsables de los desmanes y crímenes cometidos contra los disidentes al Frente Popular.
Como nos recuerda mi gran amigo Moisés Domínguez en su libro “La matanza de Badajoz ante los muros de la propaganda” o en otro libro igual de magnífico, “Balas de Agosto, Badajoz 1936”, escrito junto a Francisco Pilo Ortiz y Fernando de la Iglesia Ruiz, los combates en Badajoz eran intensos y se luchó por las calles. Los fusilamientos de los milicianos hechos prisioneros el día 14 se realizaron en la Plaza de San Juan, en un número aproximado de 80, y frente a la comandancia militar, en un número de 14.
Las instalaciones anejas a la plaza de toros fueron utilizadas como centro de detención de los que inicialmente eran considerados contrarios a los nacionales y hechos prisioneros a las afueras de la ciudad. De aquí salen decenas de prisioneros que serían fusilados por haber participado en los crímenes anteriores a la toma de Badajoz.
El mismo Moisés Domínguez nos recuerda que el total de fallecidos en combate y fusilados en Badajoz hasta el 18 de agosto podría cifrarse entre 450 y 500, pudiendo aventurarse que la mitad sería los pasados por las armas. Muy lejos de las cifras que ofrecen los propagandistas de la izquierda, omitiendo sus propios crímenes y ocultando que la represión posterior es fruto y consecuencia de su actuación anterior.
En Badajoz hay censadas 41.122 personas en 1930. No se puede hablar de diezmar a la población ni de matanza de Badajoz. Hubo la represión lógica contra los criminales después de unos sucesos como los que aquí hemos relatado.
A la izquierda no le salen las cuentas; quizá por eso se las invente. Nunca citan la toma de Teruel por los frentepopulistas y la carnicería llevada con posterioridad, de la matanza que se perpetró y de los cautivos que desde allí se llevaron al paso fronterizo del Collet, en Gerona, donde los fusilaron masivamente, quedando como único superviviente el falangista Rafael Sánchez Mazas, que huyó burlando las balas y protegido por la cantidad de prisioneros que eran asesinados indiscriminadamente. El resto de prisioneros de Teruel fueron abatidos.
Desde el estallido de la guerra se habían producido en toda la provincia de Badajoz sucesos muy sangrientos, que son los que ahora la izquierda desea borrar, conocidos como “represión republicana”. Para tapar estos hechos, nace el mito de la matanza de Badajoz. La posterior represión, como aquí hemos recordado, trata de castigar estas matanzas.
Como nos recordaba el exalcalde socialista y diputado provincial Cayetano Ibarra en su libro “La otra mitad de la historia que no nos contaron”, localidades como Almendralejo, Azuaga, Burguillos del Cerro, Campanario de Llerena, Quintana, etc., fueron escenarios de la represión republicana en los primeros momentos del alzamiento. Pero en ninguno de estos lugares, como Fuente de Cantos, los hechos ocurridos como reacción de las izquierdas ante la sublevación militar se producen de forma inmediata.
Los hechos a los que hace referencia Ibarra son la quema de iglesias con personas dentro, como ya hemos recordado, sucesos que se repitieron también en otras localidades como Almendralejo y Badajoz.
Otros historiadores, como José Luis Gutiérrez Casalá, mantienen que la plaza de toros, de la que tanto se habló y se especuló, se utilizó como lugar de encierro de prisioneros.
La repercusión que tuvieron los sucesos de Badajoz se debe a la publicidad que le dieron periodistas extranjeros en sus crónicas, cuando muchos de ellos ni siquiera fueron testigos. El norteamericano Jay Allen, al igual que el posterior premio Nobel François Mauriac, mienten en sus crónicas buscando ganar la batalla de la propaganda y conseguir simpatías hacia el bando del Frente Popular, después de las atrocidades cometidas y las que faltarían por venir.
La propaganda republicana publicitó enormemente este suceso para sacar rédito político, teniendo como colaboradores necesarios a corresponsales internacionales, conocidos militantes de izquierda, que se pusieron al servicio de la causa. Se buscaba perjudicar la imagen de los sublevados y justificar sucesos posteriores como las matanzas de Paracuellos o la matanza de la cárcel Modelo de Madrid. El mismo Hugh Thomas duda de las cifras dadas por Jay Allen, al igual que duda de la versión que nos hablaba de la matanza dentro de la propia plaza de toros.
En Jay Allen, periodista muy cercano al PSOE, encontramos el origen del mito de la matanza de Badajoz. En su crónica enviada al Chicago Tribune, titulada “Carnicería de 4.000 en Badajoz, ciudad de los horrores”, afirmaba haber llegado a Badajoz unos días después de los hechos, los cuales conoció por haber tratado a oficiales del ejército franquista que le habrían contado las mayores atrocidades, como el fusilamiento ceremonial de miles de milicianos con banda de música y toda la parafernalia y ante 3.000 espectadores. Los mismos oficiales le habrían comentado que la sangre empapaba más de un palmo de arena en el lado más alejado del ruedo.
Como nos dice Pío Moa, es de todo punto imposible el hecho de que los militares del bando nacional se prestaran generosamente a abonar la propaganda más perjudicial para ellos con un periodista extranjero que ya había publicado una entrevista al propio Franco en la cual le trataba de “enano con aspiraciones de dictador”. El propio Pío Moa, en su libro “Los mitos de la guerra civil”, duda de que, después de esa entrevista a Franco, Allen se hubiera atrevido a volver a la España nacional, y que todo lo que cuenta de Badajoz eran invenciones, ya que en la España nacional podría haber sido acogido más calurosamente de lo que hubiera deseado.
En el ya mencionado libro de Moisés Domínguez, Francisco Pilo y Fernando de la Iglesia, “La matanza de Badajoz ante los muros de la propaganda”, estos tres historiadores demuestran que Allen no estuvo en Badajoz y que nunca cruzó la frontera con Portugal.
La creciente popularidad de Franco debía contrarrestarse a toda costa, sobre todo a nivel internacional, después de las noticias que llegaban desde Madrid, donde las matanzas y crímenes con extremado sadismo eran la norma habitual de conducta dentro de la España ocupada por el Frente Popular.
Otro periodista amigo de Allen, John Whitaker, contribuye al engrandecimiento del mito de la matanza de Badajoz con una entrevista inexistente que dijo haberle realizado a Yagüe, donde este afirmaba con rotundidad: “Claro que los fusilé, ¿qué esperaba, que me llevara conmigo a 4.000 rojos?”
La columna que salió de Sevilla con destino Badajoz iba comprobando las atrocidades cometidas por el Frente Popular, desde familias enteras quemadas vivas, castraciones, mutilaciones y violaciones, hasta todo tipo de delitos indescriptibles. Los crímenes cometidos por el Frente Popular en eso que conocemos como represión republicana fueron extremadamente graves.
En definitiva, no existió la famosa matanza de la plaza de toros de Badajoz, y el número de muertos, entre fusilados y caídos en combate, es muy posible que no supere los 500.
Franco vuelve a quedar absuelto de las acusaciones y crímenes que la izquierda desea imputarle.
