La orden de bombardear Guernica sigue siendo objeto de distintas controversias. A pesar de las muchas evidencias que indican lo contrario, todavía quedan autores que intentan cargar las culpas al general Franco, que por entonces ya era el jefe supremo de los ejércitos nacionales, o incluso al general Mola, comandante del ejército del norte. Además de no existir pruebas de ello, por otra parte sería ilógico. Ni el ejército del norte, y mucho menos todo el ejército nacional, tenían necesidad de atacar Guernica.
Lo más razonable, y como así nos indican distintos estudios, sería pensar que esa necesidad táctica venía del Coronel Vigón, jefe de Estado Mayor de las brigadas navarras, para abrir un frente a una de sus brigadas, la 4ª, pero ni mucho menos con el propósito de destruir la ciudad de Guernica. Las órdenes que reciben los aviadores son las de inutilizar el puente y el nudo de carreteras al este de la villa, así como otros objetivos de interés militar. Esta decisión de Vigón es puesta en práctica por otro jefe de Estado Mayor alemán, el teniente coronel Von Richthofen, primo del conocido héroe alemán de la Primera Guerra Mundial, conocido como el barón rojo, de la Legión Cóndor.
La decisión de la forma de realizar la misión era cosa exclusiva del jefe alemán. El jefe aéreo es quien debe determinar los medios y armamento que deben ser utilizados en función de los objetivos marcados. Para esta misión, Von Richthofen decide utilizar una bomba que estaba en pruebas, la conocida como “termita”, una bomba pequeña incendiaria de aproximadamente un kilo de peso, junto con las habituales “rompedoras” de 50 y 250 kg.
Las primeras bombas en caer fueron las termitas, las cuales provocaron un gran incendio. Los aviones que intervinieron fueron Heinkel 111 y Donier 17; después intervendrían los italianos. Los últimos en caer sobre la ciudad serían los Junkers, aparatos de bombardeo que atacaron sobre una gran nube de humo, sin poder distinguir objetivos claros. El fuego se extiende por las casas de la ciudad. Llegan bomberos de Bilbao que abandonan su trabajo a las pocas horas y sin haber extinguido el fuego. Esto sigue siendo un misterio sin aclarar. El viento del nordeste durante la noche hace que el incendio afecte a más viviendas, con el agravante de no tener a nadie para que lo extinga.
Desde este momento se crea un mito, una exageración en el número de muertos y en el objetivo de destruir los símbolos de la tradición vasca. Es falso que se buscara dañar o destruir los símbolos de la denominada personalidad vasca; los aviones ni siquiera lo intentan. De hecho, tanto la casa de juntas como el conocido árbol de Guernica quedan intactos. Además, su destrucción hubiera traído más perjuicio que beneficio.
Otro de los mitos hace referencia a la fuerza aérea utilizada. Se hablaba de más de 100 aviones, cuando la verdad resulta mucho más modesta. La ciudad no podía ser atacada por un número mayor de aeroplanos de los que existían en España.
Como nos recuerda el general de caballería Rafael Casas de la Vega en su libro Franco Militar, en Burgos, el 12 de abril, había 31 bombarderos y 12 aparatos de reconocimiento. En Vitoria había 6 cazas y 27 aviones de ataque a tierra y reconocimiento. Total: 76 aviones.
En Guernica es muy posible que actuaran no más de 25 aviones. La duración del ataque no llegó a las tres horas, y ni mucho menos fueron continuas. Los aviones de la época no tenían tanta autonomía de vuelo.
La propaganda de combate achaca a Franco el defectuoso bombardeo a la ciudad de Guernica y un número exagerado de muertos que en ningún caso se produjeron.
El bombardeo de Guernica se debió única y exclusivamente a la decisión táctica de mandos locales, que tenían como objetivo el puente sobre la ría y el cruce de carreteras al este del mismo. El primer avión da en el blanco, pero provoca una gran humareda que hace que los siguientes aviones, junto con el fuerte viento del nordeste y las bombas de caída libre, se desplacen hacia el casco urbano, provocando el conocido incendio.
El bando republicano, que por otro lado nunca ofreció explicaciones convincentes de la retirada de los bomberos llegados de Bilbao, cifraba el número de muertos en más de 1600 personas. Algunos ignorantes incluso se atrevían con 2000 o 3000 muertos. Hoy sabemos que el número de fallecidos no alcanzó la cifra de los 130 fallecidos, muy inferior a los muertos ocasionados por la aviación republicana, la conocida como “la gloriosa”, en bombardeos contra cascos urbanos en la denominada zona nacional. Jesús Salas Larrazábal, posiblemente el mejor estudioso sobre el tema, nos hablaba de 126 víctimas demostrables y nos ofrecía una serie de datos, fruto de una larguísima investigación, difícilmente refutables.
Guernica representa el episodio de la guerra civil española que mayor atención ha recibido por la prensa internacional. Es el gran mito de nuestra contienda civil. Se pretendía presentar el bombardeo como ejemplo de la barbarie fascista. Se magnificó hasta tal punto que ningún historiador serio puede dar credibilidad a las falsedades que sobre Guernica se han dicho. Son los británicos los que inventan el mito de Guernica, en concreto un periodista del periódico conservador The Times. En ese momento, el gobierno conservador inglés deseaba aumentar la partida de los presupuestos generales destinados a defensa, con la oposición del partido laborista. Los medios de comunicación conservadores necesitaban una excusa para ganarse a la opinión pública; esa excusa fue el bombardeo de Guernica. En las primeras crónicas se hablaba de un bombardeo exclusivamente alemán (nazi) con miles de muertos. Alemania era el gran peligro; nada se decía de la participación italiana.
Para construir el mito no solo era necesaria la exageración y la mentira. Bombardeos sobre población civil ya se habían producido durante la Primera Guerra Mundial por parte de los aliados, y por parte de la aviación republicana nada más iniciarse la contienda civil sobre las plazas españolas en Marruecos, los días 17 y 18 de julio. El gobierno republicano pensaba que estos bombardeos conseguirían que la población civil se sublevara contra los alzados. Nada más lejos de la realidad. Está demostrado que cuando se ataca a la población se consigue el efecto contrario. Cosa distinta fueron los ataques aliados durante la Segunda Guerra Mundial, en los últimos días de contienda, con la guerra ya ganada y prácticamente terminada, contra poblaciones indefensas, como las ciudades de Dresde o Hamburgo, por no hablar de Nagasaki e Hiroshima, donde se podría hablar de miles y miles de víctimas.
La construcción del mito fue inmediata, pero para ello era necesario un elemento que le diera una mayor expansión mediática, y en eso colaboró el pintor malagueño Pablo Picasso con la realización de un cuadro de dudoso gusto artístico, conocido como “el Guernica”. El cuadro de Picasso es posiblemente el más importante e influyente del siglo XX. Un Picasso que pasó la mayor parte de la guerra en París y que luego no tuvo ningún problema en la Francia ocupada por los alemanes en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Un Picasso que dijo que el Guernica solo volvería a España con la llegada de una nueva república, pero que su deseo fue tergiversado. El cuadro llegó a España con la monarquía el 10 de septiembre de 1981; se depositó en el Museo del Prado, en el Casón del Buen Retiro, y fue recibido por el entonces rey Juan Carlos I.
A la propaganda, mentiras y exageraciones sobre el bombardeo de Guernica por parte de la prensa anglosajona, a la colaboración de Pablo Picasso con la realización de su cuadro, se le suma la utilización de la izquierda como motivo de propaganda. No importaba que los bombardeos del gobierno del Frente Popular sobre poblaciones indefensas como Cabra, con la guerra ya perdida (noviembre de 1938), con 109 muertos, o sobre la ciudad de Cáceres con casi 40 muertos, o sobre Córdoba, Granada u Oviedo, o los comentados inicialmente sobre el protectorado español en Marruecos, hubieran sido más espantosos que el producido sobre Guernica; era necesaria la construcción de un mito que ha perdurado hasta nuestros días. El bombardeo de Guernica ni mucho menos fue el primero sobre población civil. Un diputado del Partido Nacionalista Vasco comentaba indignado que el cuadro de Picasso debería haberse depositado en tierra vasca, pues ellos pusieron los muertos, y no en Madrid. Recordarle que Picasso no era vasco precisamente, era malagueño. Pero la propaganda, la mentira y la mitología no saben de razonamiento, y mucho menos de inteligencia. La campaña de propaganda buscaba un efecto directo sobre la opinión pública. Atrás quedaron los partes de guerra de la República, donde se enorgullecían de bombardear poblaciones civiles para desmoralizar a la población.
La villa de Guernica contaba con unos 5000 habitantes; cerca de 400 jóvenes fueron movilizados para ir al frente. El lunes, día del ataque, había previsto mercado, lo que hacía que en muchas ocasiones se duplicara la población. Ese lunes el mercado se suspendió hacia el mediodía; también quedó suspendido el partido de pelota vasca. Lo que significa que ni hubo mercado ni hubo partido. Era importante decir que había muchos habitantes y muchos muertos para elevar todo a la categoría de genocidio. Ni una cosa ni la otra fueron ciertas. Guernica contaba con distintos acuartelamientos, contaba con fábrica de armas y el frente se encontraba a escasos 14 km. Nunca se trató de un bombardeo de aniquilamiento estratégico, pero sí podemos hablar de un importantísimo efecto militar indirecto sobre el ataque a la ciudad de Guernica: la caída de Bilbao en junio de 1937, la primera gran ciudad en ser liberada, apenas dos meses después del bombardeo sobre la villa. Mientras el lehendakari José Antonio Aguirre llamaba a la resistencia numantina, negociaba con los italianos su rendición. Aguirre comete una doble traición: a los suyos, a los que pide que resistan hasta el final, y al gobierno de la República, pues su rendición no llevó aparejada la destrucción de la industria pesada y, sobre todo, armamentística, que le pedía el gobierno. Toda esta industria fue entregada a los nacionales de forma intacta. Solo así se entiende la poca represión ejercida contra el PNV en los años posteriores y, una vez concluida la contienda civil, la industria armamentística vasca fue fundamental para el posterior desarrollo de los acontecimientos y para la victoria del bando nacional.
Francisco Franco nunca autorizó este ataque, y Franco, de forma expresa, prohibió todo ataque aéreo a la población civil después de este bombardeo que le causó gran malestar. Franco, como gran militar, sabía que este tipo de ataques produce más perjuicios que beneficios, y sobre todo cuando se pretende gobernar para todos los españoles y con la visión puesta en el futuro.
El mito del bombardeo de Guernica sigue vivo en nuestros días; sigue presente, incluso marcó parte de lo que conocemos como la Transición. El estatuto autonómico recibió la denominación de estatuto de Guernica, en lugar de vasco. ETA nos decía que basaba su legitimidad en el bombardeo de Guernica. No deja de basar su legitimidad en un fraude, en una farsa, en un mito, para justificar sus casi mil muertos.
