Miguel de Unamuno fue uno de los grandes profesores del primer tercio de este siglo y figuraba en el grupo de intelectuales que hicieron la crítica a la Monarquía, fue proclive a la República, y deportado por la dictadura del general Primo de Rivera y exiliado en París.
En los finales de 1931, desilusionado por la República, envió una carta a Francisco Cerdeira, director de la revista puertorriqueña Los Quijotes, que publicó a continuación. El caso es que luego en 1934 la República le hizo un gran homenaje en Salamanca, aunque después aceptó de buen grado el Alzamiento militar de 1936 y poco tiempo después tarificaría con las gentes del propio Alzamiento, como ya se recuerda. Pero así era Unamuno, y su respetabilidad era la de no casarse con nadie y ser un crítico permanente, desde sus posiciones de desdén o de aplauso puramente intelectuales.
El propio Azaña ha tenido la mala suerte histórica de decretar la separación de Unamuno como Rector vitalicio de la Universidad de Salamanca y de «cuantos otros cargos o comisiones desempeñara». También publicó este texto denigratorio para la República y para el Presidente Manuel Azaña en su reacción contra Unamuno.
«Francisco Cerdeira. Puerto Rico. Distinguido amigo mío:
En esta inmensa piara recibí su carta que tuvo a bien enviarme, salmantica, inmensa ya estoy viejo para que me guste el incienso, no por eso dejo de darle las gracias por todas sus bondades. Me pregunta usted que cómo va la República, o res-pública, si he de serle fiel a mi pensamiento, tengo que decirle cómo va: se nos va. Esa verdad. El suspensorio que el año 23 le puso a la monarquía aquel “boy-scout” sesentón que Dios confundió no era tan malo. Si lo comparamos con el indecente braguero que nos pusieron estos pinches de Impía República, con el cual acabarán por estrangular la hernia putrefacta de la nación.
No cabe duda que Ortega y Gasset divaga bonachonamente al decir que a la República hay que defenderla de payasos, tenorios y jabalíes. Eso era antes. Ahora de lo que hay que defenderla es de bufones, Scarpia y Capones. Del caos presente, así como del horizonte sombrío que ya palpamos, ¿quién tiene la culpa? La culpa la tiene esta insolente plutocracia jubilada que no sabe curar el mal del 98, año de la vergonzosa derrota. El 23 era tarde. Ahora es más tarde todavía. Tiene usted razón al decir que en el Parlamento contamos con un grupo selecto que honra a España. Pero ese grupo minorista es muy reducido; tan reducido es que no puede contener, por muchos esfuerzos que haga, el empuje arrollador de la crápula que lo integra. Así va todo. De los improvisados genios del banco celeste, ¿qué quiere que le diga? Ahí está ese Alcalá Zamora, que habla más que el loro de Robinson; y esa arrepentida hermana clarisa del Ministerio de Justicia, que no sabe hacer más que «pose» ante la cámara fotográfica; y ese Azaña, que ha destrozado el Ejército dejando indefensa a la República, creyendo, el muy iluso, que España es un pueblo de santos; y ese hipopótamo cuñero que está llevando a la ruina al Ministerio de Hacienda; y ese fantasmón musulmán, emperador sin «panalones» por ser Jefe de gobierno ha rodeado a la República de enemigos dentro y fuera de la nación. Sin embargo, nos queda el consuelo de tener a ese bueno de Domingo, que vale por toda una semana; tal es su gigantesca labor que no saben comprender los esbirros que le rodean en el Gabinete sin excepción.
En fin: esto dura poco. El pobre Hamlet tiene su fiel representación en ese falso templo de la Ley: palabras, palabras, palabras. No hemos cambiado. Medio siglo de dura experiencia de nada nos ha servido. Si con la Primera República acabó un Pavía, con la Segunda acabarán dando al traste con todo lo constituido, que es bien malo. ¡Es la inevitable evolución de los tiempos, que no queremos comprender!
Consérvese bueno, y sabe le aprecia su amigo, Miguel de Unamuno. 17 de octubre de 1931.»
«El Gobierno ha visto con dolor que don Miguel de Unamuno, para quien la República había reservado las máximas expresiones de respeto y devoción y para quien había tenido todas las muestras de afecto, no haya respondido en el momento presente a la lealtad a que estaba obligado sumándose de modo público a la facción de las armas.
En vista de ello, de acuerdo con el Consejo de Ministros y a propuesta del de Instrucción Pública y Bellas Artes, vengo en decretar:
Artículo 1.º Queda derogado y nulo en todos sus extremos el decreto (…) por el que se nombraba a don Miguel de Unamuno y Jugo rector vitalicio de la Universidad de Salamanca.
Artículo 2.º Queda asimismo separado de cuantos otros cargos o comisiones desempeñara.
Firmado: Manuel Azaña. Gaceta de Madrid, 23-VIII-1936.»

Por mucho que se esfuece la propaganda de izquierdas en atraer para sí a Unamuno, se estrella en lo básico: Unamuno era una persona profundamente católica. La «República de obispos» que prometió Alcalá Zamora quedó en evidencia desde el minuto uno cuando al
mes siguiente de su proclamación estaban ardiendo las iglesias y conventos de Madrid. Los señorones que trajeron la Republica pecaron de bobos de manual al pretender una republica burguesa y hermanada con la Iglesia. Unamuno, como tantos otros , se sumó al carro del
cambio en un primer
momento sin calibrar que en
un regimen abierto politicamente, las
necesidades de la clase
obrera eran tan apremientes que enseguida prendieron como la llescablaafiliacion a sindicatos anarquistas y al
siguiente en importancia, la UGT del megalomano Largo Caballero. Todos los no izquierdistas, como era el
caso de Unamuno, o Queipo de Llano, o detentadores de cargos políticos de relevancia, se pusieron en contra de esa republica de asalto a las criptas de los conventos y exposición de las momias de las monjas muertas . Ortega decia aquello de «no es esto, no es esto» El mas abominable era Azaña que le pasa como al que tenemos en la Moncloa: por el poder mata a su padre . Aliandose con la izquierda llevó al régimen a la ruina y a la guerra.