INTRODUCCIÓN
La conferencia pronunciada por Ernesto Giménez Caballero en Berlín, coincidiendo con la celebración del Día de la Hispanidad, se sitúa en un contexto europeo marcado por el auge de las teorías raciales y los nacionalismos excluyentes. En este escenario, el autor presenta una interpretación singular del concepto de “raza” desde la tradición española, defendiendo una visión que él considera universalista y de raíz cristiana.
Frente a las corrientes que enfatizaban la pureza racial, Giménez Caballero expone la idea de la Hispanidad como un proceso histórico de mezcla, integración y expansión cultural. Su discurso no sólo pretende definir una identidad española, sino también diferenciarla de otros modelos ideológicos dominantes en la Europa de entreguerras.
La «Fiesta de la Raza» en España significa la Fiesta de la no raza en el mundo. El genio español es universal y cristiano. El problema judío sólo fué para España un problema de fe.
Ernesto Giménez Caballero ha pronunciado una conferencia en Berlín coincidiendo con la fiesta gloriosa de la Hispanidad, el 12 de octubre pasado. La Revista J. A. P. se honra insertando una reseña de la magnífica conferencia de este auténtico intelectual y amigo de la J. A. P., cuyo nombre ha pasado en estos días a primer plano de la actualidad con la publicación de su nuevo libro Arte y Estado, que constituye una vibrante protesta de la espiritualidad cristiana y europea, frente al monopolio estandarizado del arte semíticomarrista.
En la sede del racismo, ante un público en el que estaban presentes destacadas personalidades nazis y en el día de nuestra Fiesta de la Raza, Giménez Caballero ha expuesto el concepto hispano sobre la raza y sobre el imperio español, que consiste en infectar una cultura, un espíritu y una civilización en las razas inferiores, fundiéndolas a todas por encima de diferencias etnográficas, en el crisol universal de la hispanidad.
Quizá sea España el único pueblo que tiene como fiesta nacional la Fiesta de la Raza. Se celebra –como es sabido– el 12 de octubre, conjuntamente en España y en América española, en recuerdo del descubrimiento, ese día, del Nuevo Mundo. Y queriéndose aludir con esa fiesta ¿a qué? ¿A la expansión de la raza española por un nuevo continente? ¿A una afirmación rotunda de la raza española como raza única y aparte de las otras razas? No.
Si España es el único pueblo que tiene una Fiesta de la Raza –solemne y nacional también es el único pueblo España que no tiene sobre “la Raza” prejuicio alguno.
Esa fiesta del 12 de octubre quiere significar lo contrario de su título. Quiere significar que España se fundió con todas las razas de América. Como se había fundido y se fundiría con razas africanas, asiáticas y europeas.
Para España –una paradoja más de España– la “Fiesta de la Raza” significa “Fiesta de la no raza en el mundo”.
Entonces, ¿por qué se utilizó la palabra “raza” para designar a esa fiesta? Pues por un simple motivo circunstancial. Esa fiesta se instituyó en España en aquellas épocas finiseculares en que las teorías de un Chamberlain, y aquellas de la supremacía de los anglosajones estaban en su auge. En que era una moda hablar de las Razas, su diferenciación y sus superioridades. Y a ello se debió que los institutores de esa fiesta utilizasen ese término de “raza”. Equívoco especialmente para el genio español.
¿Cuál era y es el genio español? Justamente: el no racista. El no hacer distinción de razas, como un pecado. Un genio esencialmente cristiano. Un genio “fraternizante”. El español genuino jamás tuvo reparos en unirse mujeres de color y en procrear hijos mestizos. ¿Se explicaría de otro modo el que hoy hablen español cerca de cien millones de almas? ¿Se explicaría sino el que la América española sea hoy un continente civilizado y autónomo? El criterio sobre la Raza ya lo expresó Lope en La Cortesía de España y lo expresó de un modo clásico, eterno, para siempre:
Aunque es el español por sus blasones en guerra y paz y por su gloria y fama aborrecible a todas las naciones, él, a todas las quiere, estima y ama; con todos trata en todas ocasiones, con todas casa, y de su sangre, llama.
Para España el problema judío no fué, ni es ni será nunca, un problema de raza. Sino un problema de fe. Es cierto que en la Alta Edad Media española y en el Renacimiento, cuando ya la unidad política de la nación se acercaba a su triunfo (1492), se hizo una teórica clasificación de sangres, de limpieza de sangre. Y se distinguieron los cristianos viejos –o verdaderos cristianos– de los cristianos nuevos, o conversos. Es cierto que la Inquisición se basó a veces para sus pesquisas en ciertos caracteres somáticos. Pero no pasó de la forma de las narices. Como lo testimonian escritores coetáneos. Así Lope, en su comedia Lealtad en el agravio, decía:
No hay en toda la Corte que encubra cierto defecto.
¿Cuál es?
Las narices grandes.
Y Quevedo, en El Buscón: “Hay muy grande cosecha de esta gente y de la que tiene sobradas narices y sólo les faltan para oler tocino.” Y el mismo Quevedo, atacando a Góngora, le maliciaba de ser judío por esa razón de las narices:
En lo sucio que has cantado
y en lo largo de narices,
demás de que tú lo dices,
que no eres limpio has mostrado.
Pero la Inquisición española no iba mucho más allá de las narices, de ese rasgo elemental, por lo demás muy común en la raza morena de los más rancios cristianos españoles.
El español no tenía ni tiene esa sensibilidad racista de los nórdicos. Yo recuerdo el caso de un amigo mío holandés. Una vez, yendo conmigo, se nos acercó un estudiante negro, y se acercó sin que el holandés lo advirtiera, poniéndole una mano en la espalda. Y con el mayor asombro mío observé que el holandés se estremecía involuntariamente como si una descarga misteriosa le corriera por las venas. Ese estremecimiento era señal de raza pura, me explicó luego un amigo etnólogo de gran prestigio.
Los españoles no nos estremecemos más que por lo contrario. Cuando vemos a un inglés, a un irlandés, o a un escandinavo rehuir el contacto del hombre de color.
Yo, por ejemplo, tengo en mi familia parientes nacidos en Cuba, en la India, en Filipinas, en Italia. ¿Como voy a hacer cuestiones de razas en mi familia? Pues mi caso es el corriente de todos los más castizos españoles que descienden de los emigrantes, aventureros, conquistadores de América, Asia y África. Mi caso es el típico del “cristiano español”. Por eso tuvimos los españoles “capacidad universal de expansión”. España interpretará el movimiento político juvenil del mundo con su genialidad cristianamente humana, y zanjará con su corazón como con una espada celeste los nudos gordianos de “la raza aria” y de “la raza latina”.
Nosotros, los españoles, comprendemos que un alemán sueñe y crea firmemente en eso de lo ario. Conocemos la profundidad sagrada y antigüedad de ese mito germánico. Remonta nada menos que a los orígenes indogermanos de las primeras emigraciones europeas. Sabemos que ya desde aquella remota época la palabra arya significaba “señor” (o sea la gente alta y rubia) y dasya (moreno) significaba “esclavo”. Esa idea primigenia y fundamental persistiría a través de la Historia: desde Lutero hasta Hitler. Nosotros lo sabemos y lo comprendemos. Pero no lo compartimos. Porque compartirlo sería dejar de ser “universalistas”. Por tanto: españoles.
No sólo son los arios el único pueblo racista. Hay otro pueblo que cree en la raza y hace de la raza una razón de ser, de existencia y perduración: el pueblo judío. Es otro pueblo, el judío, somaticista, con culto del jus-sanguinis. Por eso judíos e hitlerianos tienen tan fieras luchas unos con otros.
En su último libro ha recogido esta idea mía, citándola, el conde de Keyserling y dando validez a mi afirmación.
Para un español el protestante alemán o el judío talmúdico se convierten en hermanos desde el momento que abjuran sinceramente de sus Credos, somáticos. Sólo así se explica que altos inquisidores y dignatarios famosos de la Iglesia española, y gran par te de la nobleza hispánica, procedan, no sólo de los godos germánicos, sino también de conversos judíos. No hubo católicos más fervientes, por ejemplo, que aquellos Alonso de Espina o Jerónimo de Santa Fe, judíos conversos que persiguieron a sus hermanos de raza con más celo que Torquemada, de quien también se duda de su pureza de sangre.
J.A.P. Órgano Nacional de las Juventudes de Acción Popular de España,
Año II, 16 de noviembre de 1935.
CONCLUSIÓN
La intervención de Giménez Caballero en Berlín refleja las tensiones intelectuales y políticas de su tiempo, especialmente en torno al concepto de raza y a la construcción de identidades nacionales. Su propuesta de una Hispanidad entendida como fusión cultural y espiritual se presenta como alternativa a los discursos raciales excluyentes que proliferaban en Europa.
Más allá de su carga ideológica, el texto resulta relevante como testimonio histórico de los debates sobre identidad, cultura y universalidad en el primer tercio del siglo XX. La contraposición entre modelos —racial, nacional y universalista— permite comprender mejor las distintas respuestas que los intelectuales europeos ofrecieron ante los desafíos de su época.
En definitiva, esta conferencia constituye una pieza clave para analizar el pensamiento de Giménez Caballero y su intento de situar a España dentro de un marco ideológico propio, en diálogo —y en contraste— con las corrientes predominantes del momento.
