Tras la apoteósica proclamación de la II República el 14 de abril de 1.931, se inicia una etapa política dominada por la inestabilidad, los enfrentamientos y desórdenes públicos, huelgas y asesinatos, consecuencia del radicalismo y sectarismo, dirigido especialmente contra la Iglesia católica y los Ejércitos. Censura, cierre de periódicos, detenciones, depuraciones, vandalismo en las ciudades y en el campo, agresividad verbal y física, organización de milicias de partidos y sindicatos… constituyen el caldo de cultivo para sangrientas insurrecciones locales, como las acaecidas en diciembre de 1.931 en Castilblanco (Badajoz) o en enero de 1.933 en Casa Viejas (Cádiz.
Mayor importancia tuvo el intento de levantamiento de un sector del Ejército encabezado por el general Sanjurjo y cuyo foco más importante estuvo en la ciudad de Sevilla. Pero el estallido revolucionario más grave por su planificación, preparación, extensión y objetivos -auténtico inicio de la guerra-, se produce en octubre de 1.934. Aunque fracasó en la mayor parte de España, en Cataluña se alcanzó a declarar la independencia y la constitución de la Generalitat por parte de los separatistas, y Asturias se vio dominada por turbas armadas dirigidas por los socialistas y secundadas por comunistas y anarquistas que sembraron el terror mediante matanzas, destrucciones e incendios.
La situación en Barcelona se restituyó con rapidez, gracias a la decidida intervención de las unidades del Ejército de guarnición en la propia ciudad. La entidad y actitud de los grupos armados, dueños de la situación en Oviedo y las cuencas mineras, obligó a desplazar fuerzas profesionales (legionarios y regulares) desde la zona del Protectorado, que tuvieron que emplearse a fondo para reducir a los rebeldes y restablecer el orden.
Sofocada militarmente la sublevación, el enfrentamiento político, sindical y social continuó con más virulencia aún, si cabe, culminando, tras unas elecciones fraudulentas que dieron el poder al Frente Popular promovido por los marxistas, con el asesinato -con nocturnidad y alevosía- del jefe de la oposición Calvo Sotelo, sacado de su domicilio el 13 de julio de 1.936 por fuerzas de seguridad del Estado muy próximas a las máximas autoridades gubernamentales.
Ante la dramática situación, en la tarde del 17 de julio y durante la jornada del 18, varias guarniciones militares declaran el estado de guerra, alzándose contra la autoridad del Gobierno del Frente Popular.
En la zona norte de la península el movimiento alcanza el éxito en Galicia, Castilla la Vieja, La Rioja y Navarra, así como en las capitales aragonesas que quedan en una precaria situación por la presión ejercida desde Cataluña. En la costa cantábrica (Asturias, Santander y Vascongadas) las autoridades locales se imponen, aunque no pueden impedir quedar aisladas del núcleo central frentepopulista, y que las ciudades de Oviedo y Gijón, así como Álava, se decanten por los nacionales.
La zona central, a pesar de que son bastantes las guarniciones que se pronuncian, es fácilmente sometida por la cercanía de Madrid, que amplía su dominio a Castilla la Nueva, Extremadura y Valencia, extendiéndose hacia el sur por la casi totalidad de Andalucía.
En la franja meridional, los núcleos aislados de Sevilla, Cádiz y Granada, se mantienen y amplían gracias al apoyo reducido pero eficiente de las fuerzas del norte de África, las más determinantes del Ejército, que, bajo la dirección de Franco -incorporado desde las islas Canarias-, habían iniciado la insurrección.
La casi totalidad de la escuadra y de la aviación de guerra han quedado en manos del Gobierno.
El panorama inicial para los sublevados es desalentador. Las ciudades más importantes, Madrid, Barcelona y Valencia, han quedado en poder del Gobierno, sufriendo los alzados y sus presuntos o supuestos partidarios una sangrienta represión. El levantamiento no tiene un mando único tras la muerte en Lisboa del general Sanjurjo, y los territorios alzados han quedado divididos en dos áreas separadas por una amplia franja central de terreno, donde el adversario puede desplazar con facilidad los cuantiosos medios disponibles en comparación con los alzados (muy escasos sobre todo en la zona norte). El dominio del aire y el mar por las fuerzas gubernamentales imposibilita, además, el traslado a la península de las aguerridas tropas del Protectorado, lo que agrava -más aún- la situación.
En esta perspectiva, Toledo constituye un caso singular, pues a pesar de carecer en 1.936 de una mediana guarnición militar, tres días después, fracasado el alzamiento en Madrid y sus cantones, así como en las poblaciones cercanas de Alcalá de Henares y Guadalajara, declara -en una decisión sublime y desafiante- el estado de guerra, el 21 de julio de 1.936.
LA PELÍCULA
Se trata de una coproducción hispano-italiana filmada nada más acabar la guerra (1.940), donde los transalpinos tienen un peso claramente superior: director, guionistas, técnicos, productor, estudios, actores principales (excepto Rafael Calvo). La aportación española está integrada por la base histórica, los escenarios exteriores -principalmente el propio Alcázar-, y los asesores militares (tenientes coroneles Villalba y Carvajal), ambos destacados defensores de la fortaleza.
Con una producción más que correcta, buena interpretación y puesta en escena, y notable fotografía, alcanza momentos de excelente realismo, contagiando al espectador una emoción profunda en secuencias como -entre otras muchas- la conversación de Moscardó con su hijo, la única misa celebrada en el interior del recinto durante el asedio, la tensión durante las arriesgadas salidas, o la reposición de la bandera nacional en lo más alto de los escombros en el asalto desencadenado tras la explosión de la mina.
Obtuvo el premio a la mejor película en el Festival de cine de Venecia.
El guión recoge buena parte de los momentos más significativos de la heroica defensa, pero con las ineludibles limitaciones que impone, por una parte, el propio relato cinematográfico, y por otra, la trama sentimental novelada que se superpone a los acontecimientos generales, para compensar la crudeza de los hechos y hacer más atractivo el film.
En consecuencia, son demasiados los aspectos, episodios, trances, sucesos, vicisitudes, datos anécdotas y detalles que han quedado fuera de “Sin novedad en el Alcázar”, y que son indispensables conocer, para entender debidamente la historia de unos acontecimientos cruciales para nuestra patria.
APUNTES PARA UNA GESTA: ALCÁZAR DE TOLEDO 1936
Destaquemos tres puntos en la defensa: 1) su carácter colectivo, con íntima unión entre Ejército, Guardia Civil y pueblo llano; 2) el éxito de la acción militar, a pesar de las enormes dificultades a las que tuvo que enfrentarse; y 3) la fe patriótica y religiosa, exteriorizada en el esfuerzo conjunto y cimentada en arraigadas convicciones personales.
El desarrollo de la gesta fue seguido en el mundo entero, y su desenlace influyó decisivamente en la victoria del Ejército Nacional sobre el frentepopulista. Sirvan estas líneas de homenaje, sobre todo, a los heroicos defensores, combatientes o no, pero también a las sufridas familias que permanecieron en Toledo, a las columnas libertadoras, y a cuantos les apoyaron de alguna forma con sus esfuerzos y oraciones desde sus puestos de combate, trabajo o la intimidad de los hogares. El recuerdo, también, para quienes, desde el otro lado, noblemente, en defensa de sus ideales, con generosidad y valor, ofrendaron su vida o la pusieron en riesgo en los ataques al Alcázar.
CARACTERÍSTICAS DEL ASEDIO
- Cercanía a Madrid.
Resulta imprescindible destacar que, en la capital de España, a 70 Km. de Toledo y sin ningún obstáculo natural entre ellas, se encontraba en 1.936 el Gobierno de la Nación (totalmente centralizado) con sus principales órganos y todos los Ministerios (incluidos los de Guerra y Gobernación), la sede principal de los partidos, sindicatos y milicias izquierdistas, el poder y los medios económicos y financieros (Bancos, Banco de España, Cajas de Ahorro etc.), parte sustancial de las capacidades militares, y la más numerosa población de España en aquellas fechas. Además, era el punto central del sistema radial de transportes, tanto por ferrocarril como por carretera, y albergaba numerosos y destacados medios de comunicación (diarios, revistas, radio, correos, telégrafos…). Acogía, naturalmente, la totalidad de las representaciones diplomáticas acreditadas.
Se entiende, por tanto, fácilmente que el alzamiento cívico-militar, tanto en Madrid como en sus alrededores, incluso en lugares más alejados que Toledo, fuera sofocado con rapidez y sin mayores dificultades, aún exigiendo un notable número de bajas por ambas partes. Es el caso del Cuartel de la Montaña o de las guarniciones de Campamento, Leganés, Getafe, Vicálvaro, El Pardo…o como ocurrió en Alcalá de Henares, Guadalajara o Aranjuez.
- Valor militar de la plaza de Toledo.
A pesar de estar situada en el centro de la península y de sus peculiares ventajas defensivas, al estar rodeada en sus tres cuartas partes por los fuertes taludes, que configura en su perímetro el río Tajo, Toledo en 1.936 no reunía -en un principio- un especial valor militar en los aspectos estratégico, táctico o logístico.
Únicamente el gobierno del Frente Popular exigió, desde el primer momento, disponer de la producción de la Fábrica de Armas (cartuchería esencialmente) y del armamento de la Academia y de la Guardia Civil. Además, quiso reducir -de inmediato- una resistencia cercana, de escasa entidad, pero alto poder simbólico. (el mito de los “cadetes” creado por los atacantes)
- Guarnición de Toledo.
La llamada Ciudad Imperial no contaba en 1.936 con unidades operativas. Los principales Centros Militares allí ubicados estaban dedicados a la enseñanza:
– Academia de Infantería, Caballería e Intendencia.
– Escuela Central de Gimnasia.
– Colegio de Huérfanos.
Dichos Centros, por la finalización del curso escolar y encontrarse en periodo de vacaciones estivales, carecían de alumnos y el personal presente estaba reducido al mínimo para asegurar los servicios indispensables.
Como organismo del Ejército de cierta importancia destacaba en Toledo la Fábrica de Armas, con un cuadro militar de mandos muy reducido y numerosos trabajadores civiles controlados por los sindicatos izquierdistas.
Otros organismos militares eran: la Comandancia Militar, la Caja de Reclutas, la Farmacia e Intervención.
Las Fuerzas de Seguridad estaban compuestas por: la Comandancia de la Guardia Civil, mandada por el Teniente Coronel Romero Basart, cuya contribución fue decisiva en la hazaña toledana, con dos compañías en la capital y otras dos desplegadas en la provincia (16 líneas y 92 puestos); y una compañía de Guardias de Asalto, Seguridad y Vigilancia (parte de ella se encontraba en Madrid a mediados de julio de 1.936).
- Defensa inicialmente improvisada.
Hasta el mismo 18 de julio por la tarde no se empiezan a tomar en Toledo las primeras medidas en previsión de una actuación militar, dado que la guarnición toledana no estaba conectada con la organización del Alzamiento. El Comandante Militar accidental coronel Moscardó (director de la Escuela Central de Gimnasia), se niega -desde un principio- a entregar armamento y munición a las milicias partidistas, tal y como le ordena el Gobierno del Frente Popular.
El 21 de julio, al ser declarado en Toledo el estado de guerra, la información sobre lo que estaba pasando en Madrid y en el resto de España es muy escasa y confusa, lo que dificulta sobremanera la adopción de medidas adecuadas, ignorándose realmente lo que está sucediendo. Cuando cae la ciudad -al día siguiente 22 de julio- en manos del Frente Popular, quedan drásticamente reducidas las posibilidades y alternativas, aunque de forma optimista se sigue creyendo que la situación de asedio se alargará -como máximo- diez días o a lo más un par de semanas.
La contención de la columna atacante a las afueras de la ciudad (Hospital de Tavera), durante dos escasas jornadas, permitió a los defensores dos objetivos fundamentales: la concentración de la Guardia Civil de la provincia sobre la capital y el traslado de la munición desde la Fábrica de Armas hasta el Alcázar.
Mantener más tiempo la actividad bélica fuera de los edificios exclusivamente militares del interior del casco urbano hubiera resultado no sólo inconveniente sino prácticamente imposible, por los siguientes motivos: escasez de información, efectivos claramente insuficientes, medios inadecuados para una defensa abierta, potencia de la columna atacante, precaria situación interna de la Fábrica de Armas, control armado de buena parte de la población por el Comité de Milicias Populares, y -factor determinante- las cuantiosas bajas y gravísimos daños que se hubieran producido entre la población civil en caso de incluir el resto de la ciudad histórica dentro del recinto defensivo.
A finales de julio, el mando encabezado por el coronel Moscardó y los Tenientes Coroneles Valencia, Tuero y Romero Basart, había organizado eficazmente no sólo le defensa sino también la vida diaria de los asediados, plena de dificultades.
- Aislamiento total.
Se corta el suministro de energía eléctrica, de agua corriente, así como la comunicación telefónica. La falta de alimentación eléctrica adecuada impide la emisión por los aparatos de radio que, de forma limitada y esporádica, pueden funcionar solo con carácter receptivo.
Las fuerzas nacionales, posiblemente las más cercanas, se encuentran en la divisoria del sistema central, a más de cien Km. de distancia en línea recta, y contenidas en su posible avance por las numerosas tropas enviadas desde Madrid.
El cerco se va completando paulatinamente con obstáculos de todo tipo, parapetos, sacos terreros, alambradas, emplazamientos de armas automáticas, artillería, reflectores, altavoces, pequeñas destrucciones e incendios, etc.
- Duración: 70 días. Del 21 de julio al 28 de septiembre de 1.936.
Del calor tórrido de julio y agosto se pasa al fresco y la lluvia del mes de septiembre.
En cuanto a las condiciones del cerco y los ataques se pueden distinguir hasta ocho etapas diferentes:
- Del 18 al 20 de julio, que comprende reuniones de mandos, estudios previos, concentración de la guardia civil, presiones telefónicas, incorporación de voluntarios, acogida de familias y enfrentamientos en la ciudad. En definitiva, se trata de ganar tiempo.
- Defensa y control de la ciudad. 21 y 22 de julio. Declaración del estado de guerra, traslado de la munición desde la Fábrica de Armas, primeros bombardeos, defensa en el hospital de Afuera y repliegue sobre la fortaleza. Se producen los primeros muertos y desaparecidos.
- Establecimiento del cerco. Hasta finales de julio. Se perfecciona el cerco y se bombardea con aviación y artillería. “Paseos” y saqueos en Toledo, capital y provincia.
- Consolidación del cerco. Primera quincena de agosto. Se confía en la rendición de los defensores en base a la falta de subsistencias, a la acción continua de los medios de fuego y a las escasas posibilidades de que puedan ser socorridos.
- Destrucción progresiva. Segunda quincena de agosto y primera semana de septiembre. Empleo sistemático de la artillería, bombardeos aéreos, empleo de gases, derrumbe de la fachada norte y de ambos torreones de la misma orientación.
- Destrucción total. Del 8 al 20 de septiembre. El Gobierno de Largo Caballero convierte en esfuerzo prioritario del Frente Popular la rendición del Alcázar, utilizando cualquier medio que sea necesario: emisarios, minas, asaltos.
- 20-21 de septiembre. Abandono del recinto de defensa exterior del Alcazar por los defensores, al ser imposibles los relevos del personal, las evacuaciones y el abastecimiento.
- Últimos días y liberación. 22 a 28 de septiembre. Asaltos casi desesperados, mina final, aproximación y llegada de las fuerzas nacionales.
7Defensores.
En el recinto defensivo del Alcazar se alojaron un total de 1.800 personas en números redondos. De éstas, 1.200 fueron combatientes y el resto familiares refugiados (mujeres, niños y ancianos) y doce retenidos, no combatientes. Curiosamente no figuraba ningún sacerdote entre quienes se acogieron entre sus muros, siendo asesinados (más de un centenar) la casi totalidad de los que permanecieron en el exterior.
La procedencia de los combatientes era muy diversa:
- Academia de Infantería, Caballería e Intendencia: 259. Profesores, auxiliares, cadetes (9), músicos, tropa (ordenanzas, rancheros, camareros, escribientes, mozos de cuadra) y personal civil, incluidas 5 monjas Hijas de la Caridad (Enfermería).
- Escuela Central de Gimnasia: 47.
- Caja de reclutas: 10.
- Fábrica de Armas: 21. Destacan el comandante Méndez Parada y 18 tenientes de Artillería incorporados para un periodo de prácticas.
- Comandancia militar: 31. (transeúntes, retirados…)
- Guardias de Asalto Vigilancia y Seguridad: 25.
- Guardia Civil: 693. Consigna de concentración: “Siempre fiel a tu deber”.
- Voluntarios: 110. procedentes de Falange, Acción Popular, Renovación Española, Tradicionalistas…
Con ocasión de los combates murieron 110 defensores, otros 11 fallecieron de muerte natural, contabilizándose 3 suicidios. El número de heridos superó los 500 y, durante el asedio, nacieron un niño y una niña. Se produjeron 35 deserciones.
- Espacio defensivo.
Además del propio edificio alcazareño, los defensores ocuparon un espacio defensivo exterior, integrado por diversas dependencias de la Academia, así como otros organismos militares. Dicho espacio comprendía:
- Al norte: a través del llamado zig-zag y hasta la puerta de hierro un conjunto de edificios que englobaba el Gobierno Militar, la Farmacia, los Pabellones de la Caridad y la cuarta cuadra.
- Al este, en una doble explanada a la que se accedía por la puerta de la piscina, se encontraban las cuadras y el Picadero.
- Al sureste, y accediendo por el llamado paso curvo, se situaban las cocinas, el comedor de cadetes, el edificio de Santiago y Capuchinos.
A pesar de su aparente fortaleza la construcción del Alcazar no estaba pensada ni diseñada como elemento de combate. Su actual estructura fue iniciativa de Carlos V para ser empleada como residencia imperial. A lo largo de los años había sufrido incendios y reformas, siendo variados sus destinos, incluido el alojamiento de tropas durante las guerras de Sucesión e Independencia. A mediados del siglo XIX empezó a ser utilizado para fines relacionados con la enseñanza militar.
En cualquier caso, ofrecía a sus defensores la gran ventaja del dominio de la observación y la seguridad de sus sótanos. Pero presentaba al mismo tiempo, el gran inconveniente de ser un objetivo muy fácil y rentable para el fuego de la aviación y la artillería.
La destrucción progresiva del edificio principal y sus anexos con la reducción angustiosa del espacio disponible para la lucha y la vida cotidiana, obligó a un traslado continuo de asentamientos de armas, puesto de mando, dormitorios, capilla, cocina, enfermería, alojamiento de ganado, enterramientos, etc. El 21 de septiembre la defensa quedó reducida al Alcazar, o sus ruinas, propiamente dicho.
El ambiente de los sótanos era permanentemente irrespirable por la escasa ventilación, la trilita de los explosivos, el polvo de las destrucciones, el humo de las lámparas de sebo de caballo la suciedad personal y los excrementos.
Puntos clave para la defensa fueron, entre otros, el paso curvo, la puerta de hierro, el zigzag y el túnel del simplón.
- Escasez de armamento, material y equipo.
Los defensores dispusieron, en un principio, de:
- 200 fusiles.
- 13 ametralladoras.
- 13 fusiles ametralladores.
- 200 granadas de mano.
- 100 petardos de trilita.
- 2 cañones de 70 Mm. Con 50 disparos.
- 1 mortero ligero con 50 disparos.
- 25 máscaras de gas.
- 000 cartuchos de fusil.
Que sufrieron una acelerada disminución y deterioro como consecuencia del combate, uso continuo e imposibilidad del mantenimiento adecuado.
No disponían de medio alguno para contrarrestar el fuego de la artillería y la aviación enemigas. La vista y el oído de los centinelas avisaban de la actuación contraria, permitiendo las alertas y la protección en los sótanos. El material de transmisiones era casi inexistente y su empleo limitado por las desfavorables circunstancias. Carecieron de los medios de fortificación militar más elementales.
- Condiciones de vida:
– Agua. Inicialmente los defensores se suministraron de un pozo situado en Santiago. Cegado éste por las explosiones, recurrieron al agua depositaba en los aljibes, racionada a un litro diario por persona. El ganado bebió del agua de la piscina.
– Alimentación. Ante la escasez de las reservas existentes y la prolongación del asedio, se recurrió a:
- Organizar salidas al exterior para abastecerse de cuanto se encontraba.
- Trasladar el trigo (30.000 Kg.) situado en un almacén próximo al Alcazar, de cuya existencia se tuvo conocimiento a través de uno de los civiles acogidos en el Alcazar.
- Sacrificar los caballos y mulos de dotación de la Academia y de la Guardia Civil. Unos 200 aproximadamente, con un consumo inicial de cuatro diarios, reducido posteriormente a dos.
- Con esta materia prima se confeccionaban por una parte panecillos de pan con trigo molturado de 150 gr., (uno diario por persona); y por otra un guiso “especial” que se cocinaba y distribuía dos veces al día.
- Los alimentos que se salían del menú general (existencias previas, requisas en las salidas, abastecimiento aéreo) se reservaban para los enfermos, heridos y niños.
- Gravedad especial tuvo la carencia de tabaco que obligó al aprovechamiento integral de las colillas y el consumo alternativo de cualquier tipo de hoja disponible.
La falta de una alimentación y descanso adecuados, unida al esfuerzo continuo realizado, se tradujo en un acuciado debilitamiento físico de los combatientes.
– Alojamientos. Los sótanos se convirtieron en refugio permanente utilizados como dormitorio, enfermería, capilla, cocina, almacenes y cuadras para el ganado. La iluminación, a parte de la natural, casi inexistente en los sótanos, se conseguía por medio de latas y mechas alimentadas con el sebo de los caballos sacrificados.
– Sanidad. En el Alcazar hubo cuatro médicos (ninguno cirujano), un farmacéutico, dos auxiliares y cinco hermanas de la caridad. No dispusieron de material quirúrgico adecuado y el depósito farmacéutico resultó insuficiente para las necesidades que surgieron.
– Higiene. No se dispuso de agua para el aseo personal ni fue posible mudarse de ropa o lavarla. Los deshechos fecales, depositados en diferentes recipientes, eran, inicialmente y mientras se pudo, enterrados en fosas cavadas al efecto y finalmente, arrojados durante la noche al exterior por las ventanas. A pesar de las extremas condiciones no se produjo ningún tipo de epidemia.
El barbero pudo mantener el servicio de corte de pelo, no así el de afeitado por exigir el empleo de agua.
– Enterramientos. En un principio se realizaban en el Picadero. Más tarde, cuando ya no fue posible por la acción del fuego enemigo, se utilizó la zona de duchas de la piscina.
- Intimidación y presión psicológica.
Este tipo de acción se llevó a cabo a través de:
– Llamadas telefónicas de diversas autoridades desde Madrid y Toledo, hasta el día 23 de julio, cuando la conexión quedó cortada tras la conversación del coronel Moscardó -por un lado- y su hijo y el jefe de las milicias populares coronel Moscardó -por un lado- y su hijo y el jefe de las milicias populares (Cándido Cabello) por otro. Resulta imprescindible reproducir el contenido de dicha conversación:
– Habla el jefe de las milicias populares.
– Aquí el coronel Moscardó.
– Son ustedes responsables de todos los crímenes que se están cometiendo y de todo lo que está ocurriendo en Toledo. Le doy diez minutos de plazo para que rinda el Alcázar. Si no lo hace fusilaremos a su hijo Luis, que está prisionero y lo tengo aquí a mi lado.
– Lo creo.
– Para que usted vea que es verdad lo que le digo, ahora se pone al aparato.
– ¡Papá!
– ¿Qué hay hijo mío?
– Nada, que dicen que me van a fusilar si el Alcázar no se rinde.
– Pues encomienda tu alma a Dios, da un viva a Cristo Rey y muere como un patriota.
– ¡Un beso muy fuerte papá!
– Adiós hijo mío un beso muy fuerte.
– Puede usted ahorrarse el plazo que me ha dado, porque el Alcázar no se rendirá jamás.
– Altavoces, reflectores y bombardeos nocturnos o a las horas de descanso y distribución de la comida.
– Amenazas y represalias sobre las familias que habían quedado en Toledo. Destacan principalmente: los numerosos “paseos” de los días finales de julio, el fusilamiento masivo el 23 de agosto de los 70 detenidos en la Diputación Provincial (entre ellos Luis, el hijo del coronel Moscardó), y la “limpieza” con motivo de la evacuación de la población civil el día previo a la explosión de la mina.
– Lanzamiento de gases y gasolina para provocar incendios.
– Envío de emisarios:
– Comandante Rojo, 9 de septiembre. (45 minutos)
– Padre Vázquez-Camarasa, 11 de septiembre. (3 horas)
– Intento del embajador de Chile, Núñez Morgado, 13 de septiembre.
– Intento de la Cruz Roja Internacional, 18 de septiembre.
- Incertidumbre.
Provocada principalmente por el desconocimiento de lo que acontece en Toledo y en el resto de España, así como la imposibilidad de dar conocer al Ejército nacional que la defensa del Alcázar continuaba, pues los medios de comunicación de la zona roja informaban reiteradamente de su rendición. No podían emitir por radio y escuchaban con dificultad las emisoras de Madrid y esporádicamente Radio Club Portugués.
El 25 de julio sale voluntario del Alcázar el capitán Alba, profesor de la Escuela de Gimnasia, con la intención de alcanzar Ávila para informar a las fuerzas de Mola sobre la situación de Toledo. Dos días después es descubierto y asesinado. Aunque no logró hacer llegar el mensaje a su destino, su muerte no fue en vano, pues fue tan grande la difusión mediática dada por el Frente Popular a la ejecución del capitán que había salido del Alcázar que el bando nacional pudo confirmar que la resistencia continuaba.
El Alcázar tuvo la enorme alegría de recibir dos vuelos nacionales. El primero el 22 de agosto procedente del sur, con un mensaje de Franco y cuatro paquetes de alimentos. Este día al ver en su contenido una cinta con los colores rojigualdas se deciden a cambiar la franja morada que hasta aquel momento tenía la bandera que alzaban. El segundo vuelo tuvo lugar el 6 de septiembre, venía del norte y traía un mensaje de Mola.
La incertidumbre va desapareciendo progresivamente al recibirse información del avance nacional desde Badajoz, siguiendo la cuenca norte del río Tajo, y sobre todo cuando la cercanía de las tropas libertadoras obliga la artillería enemiga a cambiar los asentamientos de sus piezas y las trayectorias de sus proyectiles.
Los últimos días del asedio se establece comunicación con las columnas nacionales a través del heliógrafo, pudiéndose observar desde el Alcázar el avance de las avanzadillas nacionales por los altos de Bargas.
- Capacidades y acciones de los atacantes.
La columna Toledo enviada desde Madrid y reforzada por las milicias locales fue mandada sucesivamente por el general Riquelme, el coronel Álvarez Coque, el general Asensio Torrado, el teniente coronel Barceló y el teniente coronel Burillo. El peso político se dejó ver en las intervenciones de personajes como Largo Caballero, la Pasionaria, Margarita Nelken, Koltsov…
Inicialmente estuvo compuesta por 2 compañías de infantería de los Regimientos 1 y 2, un Grupo de Guardias de Asalto (2 compañías de fusiles y 1 de ametralladoras), zapadores y artillería que, sumados a las milicias regulares e irregulares, madrileñas y locales –siempre variables en número- sumaban un total que oscilaba entre los 3.000 y 5.000 hombres.
Este número se fue incrementando en cantidad y calidad a lo largo del asedio, alcanzando su mayor nivel en el mes de septiembre, particularmente en la tercera semana. Así encontramos más unidades de Guardias de Asalto, el batallón Murcia 3, y los batallones Pasionaria y “Thaelman” del V Regimiento (Lister).
Si tras el inicio del cerco se adoptó una táctica de desgaste, pues los atacantes confiaban en que el Alcázar cayera como fruta madura por hambre, sed y desesperanza de recibir ayuda, la tenacidad de los defensores y el avance de las columnas del sur, obligaron a cambiar drásticamente los procedimientos, asumiendo entonces una actitud mucho más agresiva. Con el desarrollo de la lucha y la propaganda triunfalista desarrollada por el gobierno, el Frente Popular no podía permitir que el Alcázar se le escapara de las manos y menos aún que fuera liberado.
Durante los 70 días la presión ejercida sobre el Alcázar por el fuego fue constante, aunque con el paso del tiempo fue aumentando en cantidad y sobre todo eficacia, con la incorporación de nuevos materiales y cuadros profesionales. Cuatro fueron los tipos de medios empleados: aviación, artillería y morteros, proyección de cargas (explosivas e incendiarias) y minas.
Los asaltos, aunque se intentaron varias veces sobre el Gobierno Militar, se desataron con extremada violencia a partir de la explosión de la mina el 18 de septiembre.
Las razones del fracaso del asedio, aparte de la tenacidad y el espíritu inquebrantable de los defensores, podemos encontrarlas en:
– Temor, inicial, ante los sublevados.
- Después, exceso de confianza en el éxito, menospreciando al enemigo.
- Supremacía del aspecto político (revolución), sobre el militar.
- Falta de unidad y continuidad de mando, que se traduce en interferencias, desorganización y descontrol.
- Indisciplina, frivolidad y sectarismo particularista en las filas milicianas.
- Diversificación del esfuerzo con la depuración de la retaguardia.
- Dureza del cerco y los ataques.
Como resumen reseñamos:
- 000 disparos de artillería.
- 000 disparos de mortero
- 500 granadas de mano
- 000 petardos de trilita.
- 500 bombas de aviación.
- Vehículos blindados
- Mangueras para el bombeo de gasolina.
- 200 botellas de gasolina.
- 10 incendios.
- Gases tóxicos.
- Tres minas, con más 5.500 kilos de explosivos.
- 8 asaltos generales.
El puesto de mando de los sitiadores se estableció en el Palacio arzobispal, siendo sus bases principales el Hospital de la Santa Cruz, la Diputación Provincial, el convento de la Concepción y el colegio de los Maristas. Los orígenes de fuego de ametralladoras y fusilería se distribuyeron por el castillo de San Servando, San Juan, San Nicolás, torre de la Magdalena, terraza de los Maristas y tejados de las casas colindantes.
La artillería, a lo largo del asedio, tiraba impunemente asentada en Pinedo al norte, y en Alijares al sureste. Los morteros se situaban en San Servando, casas fortificadas de su alrededor y ermita del Valle. Los ataques de la aviación en ningún momento tuvieron posibilidad de réplica al carecer los defensores de armas antiaéreas.
El 18 de septiembre, tras la explosión de la mina -convertida en macabro espectáculo-, los asaltantes llegaron a poner los pies en el interior del Alcázar, sobre las ruinas del torreón noroeste, donde plantaron una bandera roja con la hoz y el martillo. Desalojados los atacantes en inmediato y brioso contraataque, fue restablecida la bandera nacional.
Al finalizar el asedio, las bombas -principalmente- y también las minas, habían destruido los cuatro torreones, la totalidad de las fachadas -más expuestas- norte (principal) y este (explanadas), un tercio de la sur y la mitad de la oeste. El patio del Alcázar y la escalera principal eran un montón de ruinas. Las edificaciones exteriores de la defensa (Pabellones de la Caridad, Gobierno Militar, Santiago, Capuchinos, cocina, comedor de cadetes, picadero, habían desaparecido prácticamente.
- Organización, cohesión, disciplina, abnegación, sacrificio e iniciativa.
Constituyen las claves, junto a la fe patriótica y religiosa, para la consecución del éxito, tanto por parte de los defensores como de los libertadores.
El mando de la defensa logró, de forma manifiesta y exitosa cohesionar un personal tan diferente y heterogéneo. Profesores, mandos subordinados, personal de organismos, oficiales en prácticas, retirados, tropas, músicos, voluntarios y guardias civiles de capital y provincia formaron un todo organizado y eficaz que supo hacer frente a las cuantiosas dificultades y penurias que afrontaron.
La organización táctica de la defensa, con la ocupación de espacios exteriores, la correcta distribución de efectivos y la demostrada capacidad de reacción, definen la eficacia alcanzada.
La puesta en marcha de los servicios de personal, alimentación, sanidad, mantenimiento, alojamiento, municionamiento, alerta, contra incendios…. fortaleció y favoreció las acciones de combate, aprovechando al máximo los escasos medios disponibles gracias a un estricto control y racionamiento.
Se demostró, al mismo tiempo, una gran flexibilidad adaptando continuamente la logística al creciente empeoramiento de la situación.
Buena parte del éxito obtenido se debe a la ausencia de conflictos internos, frecuentes en las extremas condiciones en que se vivió, combatió y murió.
Un ejemplo de la organización: el indicio inicial de ruidos sospechosos, que fue escuchado por los niños, mientras jugaban en los sótanos. Sus madres informan. El teniente Barber (del Arma de Ingenieros) y el cabo de la guardia civil Cayetano Rodríguez Caridad (antiguo minero), realizan el seguimiento de los trabajos de perforación. Se detecta la perforación de una mina para volar el Alcázar. Se toman dos medidas: localizar y tratar de destruir la boca de la mina (que no se consiguió), y desplazar de la zona probablemente afectada (según el trazado deducido) a las personas y pertrechos para minimizar los efectos de la explosión, objetivo plenamente alcanzado.
Nunca se renunció a la iniciativa y al espíritu ofensivo. Las numerosas salidas realizadas, a las que tanto temor tenían los atacantes, tuvieron un carácter diverso:
- Logísticas. (alimentos, trigo (8), conexión eléctrica, etc.).
- Tácticas: cegar la mina, desbaratar acciones de asedio o asalto…
La presencia de las familias y refugiados civiles, que podía ser considerada como una pesada carga, se convirtió en un inapreciable apoyo y estímulo para los combatientes, por su plena colaboración y demostrado espíritu de sacrificio.
- Fe patriótica y religiosa.
La defensa fue posible gracias al excelente espíritu que existió en todo momento entre los sitiados. No se explica, de otra manera, la tenaz resistencia ante las duras condiciones de vida, las presiones psicológicas y la potencia de los ataques. Demostración patente de estos sentimientos son una serie de hechos significativos que enumeramos a continuación y que reflejan el ejemplar ambiente y relaciones existentes entre los sitiados:
- Creación de la Hermandad de Defensores del Alcazar de Toledo. 8 de agosto de 1.936.
- Edición de un periódico diario “El Alcazar” desde el 26 de julio al 27 de septiembre de 1.936. Realizado en la multicopista de la Academia distribuyó inicialmente 200 ejemplares diarios, reducidos después a 100 por escasez de papel. Incluía información general y local, humor y pasatiempos, orden del día de la comandancia, con mención de distinguidos, ascensos, premios y servicios.
Constituyó, además, un importante estímulo moral para los cercados.
- Himno de la defensa. Compuesto durante el asedio por el maestro Martín Gil, director de la música de la Academia, correspondiendo la letra al comandante de Infantería Martínez Leal.
- Imagen de la Virgen Inmaculada. Perteneciente a la Capilla de las Hijas de la Caridad que atendían la enfermería de la Academia, se convirtió en el centro de la devoción y rezos continuos de los defensores, especialmente de los que no participaban de forma directa en los combates
- Antonio Rivera. Joven voluntario de Acción Católica, conocido como “el Ángel del Alcázar” que se distinguió en la primera línea de fuego y apoyo espiritual permanente al resto de defensores, y que repetía a sus compañeros de lucha: “Tirad, pero tirad sin odio”. Le fue amputado un brazo sin anestesia, a raíz de una herida en combate, falleciendo como consecuencia de ella varios días más tarde (20 de noviembre), una vez liberado el Alcázar.
Su proceso de beatificación sigue en marcha.
- Fuerzas de liberación.
Procedían esencialmente de las guarniciones del norte de África, que tuvieron que superar -en un principio- la dificultad de cruzar el estrecho de Gibraltar, con la flota en manos del Frente Popular y sin apenas aviación.
Aseguradas las provincias de Sevilla, Huelva y Cádiz, a primeros de agosto, dos columnas de poco más de 2.000 hombres en total inician la marcha hacia el norte apoyando su flanco izquierdo en la frontera portuguesa.
El ritmo de la progresión inicial es portentoso por la sorpresa estratégica de la dirección escogida y por la capacidad combativa de las escasas pero selectas unidades que la llevan a cabo. En 11 días avanzan 262 Km. tomando el 14 de agosto la ciudad de Badajoz, primera resistencia fuerte encontrada.
Reiniciado el avance, con la incorporación de una nueva columna y venciendo a un enemigo cada vez más numeroso y mejor organizado, el 3 de septiembre se toma Talavera de la Reina, ya en la cuenca del río Tajo. La progresión se va ralentizando, siendo el factor más negativo el dominio aéreo del adversario.
Se penetra ahora con ambos flancos en poder del enemigo, habiéndose alargado significativamente las distancias a las bases de suministro. Una nueva columna, la cuarta, refuerza las diezmadas unidades, que en un esfuerzo supremo van tomando Santa Olalla, Maqueda, Torrijos, Bargas y por fin, la noche del 27 de septiembre, dos pequeñas unidades de Regulares y el Tercio rompen el cerco y duermen en el Alcázar. Al día siguiente los defensores pueden salir de sus refugios entre un montón de escombros, con apariencia de espectros supervivientes a la sed, el hambre, la fatiga, el fuego y los asaltos, pero con la profunda satisfacción y el atisbo de sonrisa que proporcionan el cumplimiento del deber en su grado máximo.
Sucesivamente correspondió el mando de las columnas nacionales a los tenientes coroneles Asensio Cabanillas y Yagüe, y al general Varela.
- Consecuencias de la defensa y la liberación.
El ataque al reducto del Alcázar absorbió una importante cantidad de efectivos y medios durante un dilatado periodo de tiempo, detrayéndolos de otros escenarios donde hubieran resultado más determinantes para sofocar el levantamiento.
Para el bando nacional fue una enorme inyección de moral y confianza en sus posibilidades, que hizo asegurar al propio Franco: “Ahora la guerra está ganada”.
El Frente Popular, que en repetidas ocasiones había anunciado públicamente la rendición y conquista del Alcázar, recibió una importante derrota política, militar y propagandística.
Pretender que la liberación del Alcázar prolongó innecesariamente la guerra al impedir a los nacionales ocupar Madrid, carece de razones fundadas para sostenerlo. La realidad demuestra que la capital de España -con los cuantiosos medios disponibles- constituía, a finales de septiembre de 1.936, un objetivo inalcanzable para las desgastadas cuatro columnas que tan esforzadamente habían alcanzado Toledo.
Lo que si puede afirmarse rotundamente es que la liberación del Alcázar supuso un impacto decisivo en el devenir de la contienda, abriendo el paso hacia la victoria –hasta ese momento bastante dudosa- al Ejército Nacional.
- Laureadas.
A la totalidad de defensores del Alcázar (combatientes y no combatientes) les fue concedida la Cruz Laureada de San Fernando con carácter colectivo.
Por su actuación durante el asedio se concedieron tres laureadas individuales:
- Coronel de Infantería D. José Moscardó Ituarte, jefe de la defensa.
- Capitán de Infantería D. Luis Alba Navas, muerto heroicamente al intentar enlazar con las fuerzas nacionales.
- Alférez de Artillería D. Carlos Durán Garlito. Desplazado a Toledo para bombardear el Alcázar, desvió intencionadamente el fuego para impactar desde Alijares sobre la Fábrica de Armas. Fue fusilado en la misma línea de piezas.
20 Y además…
Los combatientes supervivientes del Alcázar continuaron prestando sus servicios en primera línea, a lo largo de la guerra de Liberación. Un buen número de ellos selló con su sangre el compromiso con España.
Por si no fuera suficiente, bastantes tuvieron el coraje de apuntarse voluntarios a la heroica División Azul, quedando algunos para siempre en las lejanas tierras rusas.
Años más tarde se reconstruyó el Alcázar, que se convirtió en el museo nacional más visitado por españoles y extranjeros. Al mismo tiempo, al otro lado del río Tajo, se iniciaron las obras de la nueva Academia de Infantería, cuya principal referencia ética -en la formación de los nuevos oficiales- sería la gesta inconmensurable de la defensa del Alcázar.
Los héroes del asedio están enterrados en su cripta, y sobre lo que fue el picadero de la Academia (lugar de entierro de los primeros caídos) se eleva la escultura de la Victoria que ofrece la espada del triunfo a los defensores del Alcázar que ya han alcanzado el cielo.
Un Regimiento de Infantería Acorazada lleva el nombre de “Alcázar de Toledo” como homenaje, recuerdo y reconocimiento al histórico acontecimiento. Legión y Regulares exhiben con orgullo en sus historiales haber sido la vanguardia de los libertadores.
ANECTOTAS Y TRAGEDIAS PERSONALES
- Cadete Cruz Boullosa.
Nada más iniciarse el Alzamiento se incorpora desde Madrid al Alcázar. Su padre, general al servicio del Gobierno, le pide a Moscardó que lo devuelva a Madrid, para lo que envía a Toledo una escolta que lo recoja. Acceden, tanto el comandante militar como el cadete, a regañadientes, pero este, nada más llegar a Madrid, se presenta en el cuartel de la Montaña, donde encuentra la muerte.
- Estatua de Carlos V.
En los primeros bombardeos sobre el Alcázar, los efectos de una granada hacen volar por los aires la estatua de bronce de Carlos V, situada en un pedestal en el centro del patio de la Academia. Milagrosamente, al caer al suelo tras la explosión, la figura del emperador -con ligeros daños-permanece en pie, aunque alejada de su pedestal.
Los asombrados defensores interpretan lo sucedido como un augurio favorable al desafío emprendido.
- Disparo en la tregua,
Como se recoge en la película, los atacantes efectuaron un disparo -tan certero como traidor- durante la tregua concertada para la visita espiritual del canónigo Vázquez Camarasa. Pero la víctima no fue un cadete, sino un voluntario falangista: Nicolás Hernández Rodríguez.
- Granada en el despacho de Moscardó.
En las primeras jornadas, cuando el puesto de mando de la defensa se mantenía en el despacho del Director de la Academia, y mientras tenía lugar una reunión de los principales mandos de la defensa (prácticamente todos los jefes), hizo explosión -en una de las paredes interiores- una granada que había penetrado por la ventana, esparciendo sus esquirlas por toda la habitación. Resultaron heridos -aunque no de gravedad- todos los presentes, en lo que pudo convertirse en una matanza, de graves consecuencias.
- Comerciante.
La información sobre la existencia de un importante depósito de trigo en las cercanías del Alcázar, fue proporcionada por un comerciante de origen francés, Isidoro Clamagiraud, refugiado en el Alcázar y emparentado con los Ratié, propietarios de una fábrica de harina.
En una de las salidas para retirar el trigo se desplazó hasta su domicilio, donde se habían refugiado un grupo de religiosas, con la desgracia de que una de ellas había fallecido. Consiguió enterrarla, pero resultó detenido por los milicianos y condenado a muerte. Su nacionalidad francesa y la intervención del cónsul de este país le libraron del fusilamiento, pero no pudo -obviamente- regresar al Alcázar, por lo que fue declarado desertor.
- Teniente Barrientos.
Destinado en la Escuela de Gimnasia, se incorpora con sus compañeros al Alcázar donde se comporta como uno de los más valientes. Estaba casado y su esposa -de gran belleza- se había quedado fuera del encierro cuidando a un hijo pequeño y a punto de dar a luz. Esta situación fue aprovechada por los milicianos que gritaban a Fernando cómo estaban disfrutando de su preciosa mujer.
Angustiado por la situación familiar que estaba sufriendo, aprovechó la salida a por trigo del 16 de septiembre para intentar conectar con los suyos. Fue hecho prisionero, recibiendo la oferta de respetar su vida y llenarle de honores si revelaba los puntos clave de la defensa, a lo que contestó: “He salido del Alcázar únicamente para ver a mi esposa, no para traicionar a los míos”. Juzgado y condenado a muerte, el tribunal popular -recién constituido- no pudo ejecutar la sentencia, al salir huyendo a Madrid ante la llegada de los nacionales. No obstante, un grupo de milicianos de la CNT, lo fusiló la tarde del 25 de septiembre.
De acuerdo con la estricta legalidad fue declarado desertor -a todos los efectos- por la autoridad militar competente, bajo cuyas órdenes había combatido, y por lo cual había sido condenado a muerte por sus adversarios.
- Sagrario Muro Álvarez.
Salió de Toledo el 18 de septiembre, observando las órdenes de las autoridades frentepopulistas de evacuar la ciudad, ante la inminente explosión que volaría el Alcázar y cuyos efectos repercutirían sobre la población. La trágica circunstancia sería aprovechada por los milicianos para efectuar una nueva purga de quienes hasta ahora habían logrado pasar desapercibidos.
Sagrarito, nacida en 1.919, era la jefe de la Sección Femenina de la Falange Española toledana. Junto a su madre y a su tía regresaban a su domicilio en la c/ de la Plata, entrando por la puerta del Cambrón. Al pasar ante el templo de las Carmelitas Descalzas y santiguarse de forma instintiva, atraen la mirada de un grupo de milicianas que, al reconocerlas, las insultan, vejan, persiguen y arrinconan, cada vez con mayor violencia. Las agresoras, animadas por nuevas incorporaciones, multiplican los tirones de pelo, puñetazos, patadas y golpes contundentes con piedras, ensañándose en extremo cuando logran derribarlas.
La tía, mayor y enferma, no tarda mucho en fallecer, por lo que concentran sus esfuerzos y sadismo con Sagrarito y su madre, arrastradas hasta una cuneta en la Fuente Salobre. La agresión es tan terrible que ellas mismas reclaman la muerte ante los grandes sufrimientos que están padeciendo. Un miliciano, atraído por el tumulto, accede a su petición, y entre risas y carcajadas, les da un tiro en la nuca, lo que no resulta suficiente para las desalmadas que, a continuación, las despojan de la ropa y de cuanto de valor llevaban encima.
- Familia Medes Lajusticia.
Mariano Miedes Clemente y Petra Lajusticia Sanjuan, originarios de Calatayud y Tudela respectivamente, eran propietarios de una droguería en la c/ del Comercio de Toledo. Tenían siete hijos. Carmen, doctora en medicina (nacida en 1.902), era muy conocida y querida entre los humildes y los pobres de la ciudad, a quienes atendía con todo cariño y entusiasmo de forma gratuita.
Carmen presenció, la madrugada del 23 de agosto se 1.934 el atentado contra los hermanos Moraleda, propietarios de un bar en Toledo, como consecuencia de un conflicto laboral. Uno de los hermanos falleció a causa de las heridas recibidas.
A pesar de las tremendas amenazas y presiones recibidas, que hicieron mella en el resto de los testigos, Carmen declaró con entereza en el juicio, lo que valió una condena de treinta años a cada uno de los tres autores. El mismo día de su valiente testimonio (14 de octubre de 1.934), Carmen y su familia. que la apoyó en todo momento, iniciaron su calvario, multiplicado tras las elecciones de febrero de 1.936, cuando los asesinos fueron puestos en libertad. El clima prerrevolucionario propiciaba que las amenazas públicas se convirtieran en realidad, ante la pasividad o colaboración de las autoridades.
El 22 de julio la familia se dispersó. Ese mismo día Luis -el abogado- fue asesinado, y su padre D. Mariano fue tiroteado delante de la droguería, donde murió desangrado 24 horas después sin que nadie se atreviera a atenderle. Otros dos hermanos, Mariano y Joaquín, entraron en el Alcázar y continuaron luchando tras la liberación. Joaquín, falangista, se encuadró en la División Azul, entregando en Rusia su vida por Dios y por España.
Carmen no entró en el Alcázar, como tenía decidido, por atender a una niña gravemente enferma que requería cuidados médicos permanentes, alojándose en el domicilio de la paciente. Alcanzada la mejoría y pasado el apuro, los padres de la niña echaron a Carmen de casa (3 de agosto), porque con la ola de terror desencadenada, su presencia les comprometía.
Aunque varias personas se ofrecieron a acogerla, no quiso complicar a nadie más, sabiéndose objetivo preferente, y, al día siguiente, se presentó ante El Comité de Milicias Populares. Esa misma tarde, un pelotón de seis milicianos la fusilaba en la granja de la Diputación Provincial. Carmen murió con serenidad, con su camisa azul y con su crucifijo.
Los otros hermanos varones, José y Jaime, presos en la Diputación, formaron parte de la numerosa saca efectuada el 23 de agosto, y fusilados con el hijo de Moscardó, el deán de la catedral y otras setenta personas, en las inmediaciones de la puerta del Cambrón.
La madre, Dª Petra, murió de pena y desolación al cumplirse el año de la muerte de su esposo. En este ambiente sobrecogedor, Petra, la hermana farmacéutica, logró sobrevivir.
- Combatientes del Seminario.
Cuando el 28 de septiembre las fuerzas nacionales entraron en Toledo, no encontraron excesiva resistencia, produciéndose una veloz retirada hacia Madrid de las unidades que pocas horas antes asediaban las ruinas del Alcázar.
La excepción la constituyeron un grupo de milicianos, que, abandonados por sus camaradas, se atrincheraron en el Seminario en una defensa numantina, que se prolongó durante 24 horas, hasta sucumbir el último de ellos, llegando a prender fuego a las dependencias donde se encontraban, antes de entregarse.
- Emilia González Ampudia, viuda del capitán Alba.
Relatado por su hijo Luis Alba González:
“Acabada la guerra, mi madre nos llevó a los cuatro hijos al penal de Ocaña y entrevistada con el “Checa” le dijo que ella, como cristiana, le perdonaba de todo corazón; le pidió a continuación que extendiera sus manos, aquellas manos que mataron a su marido, y las besó; a continuación, sus hijos besábamos a ese hombre, del que solo recuerdo pincharme en la cara con los pelos de su barba a medio afeitar. Poco después entregaba la primera paga, que como viuda cobraba, a la familia de el “Checa” y regalaba a la parroquia desbastada del Burujón un Sagrario nuevo”.
El mismo testimonio lo escuché -de viva voz y con profunda emoción- de la boca de Emilia Alba González, en el acto de presentación de un libro sobre el Alcázar, refiriéndose a los auténticos fundamentos de la -impúdicamente manoseada- reconciliación.
Blas Piñar Gutiérrez
General de Brigada de Infantería (R)
