POR aquel tiempo tiene, lugar la única conversación de José Antonio con el doctor Marañón. Completamente inédita, quiero dar los detalles que de ella poseo, por considerarlos de gran interés biográfico. Han llegado a mí por fuente de indudable autenticidad.
El encuentro -con gran sorpresa de ambos, a quienes no se había anunciado iban a ser comensales de la misma mesa- tuvo lugar una noche de diciembre de 1935, en casa de los Condes de Artaza, caseros del doctor en la calle de Serrano, número 49, quienes invitaron juntos a ambos, un poco por el buen deseo de aproximar los dos talentos y otro por curiosidad de ver las reacciones del gran enemigo de la Dictadura y el hijo del Dictador. Como digo, ni uno ni otro sabían que iban a encontrarse. José Antonio llegó algo más tarde que el doctor y se sintió levemente cohibido en el momento de la presentación, recordando tal vez algunas páginas de su espléndido ensayo sobre la timidez, quizá recientemente releídas.
Al pasar al comedor, después del cock-tail, Baltasar Hidalgo, casado con una hija del dueño de la casa, dirigiéndose a ambos invitados, preguntó intencionado si iba a «pasar algo». José Antonio, recobrado su aplomo totalmente, sonrió y dijo: «¿Por qué? Ni Marañón es tan terriblemente republicano como se dice, ni yo tan terriblemente «fascista» como creen muchos.»
Distanciados en la mesa, entablaron contacto al tomar el café. El diálogo, que empezó hablándose de Fernando Primo de Rivera -discípulo predilecto de Marañón-, se desvió hacia temas de arte, literatura y política, coincidiendo plenamente la clarísima inteligencia del médico-ensayista y el potente genio del profeta-creador. La conversación se prolongó deliberadamente por los interlocutores hasta más allá de la medianoche. Sin duda, pensaban los dos que era menester aprovechar la coincidencia, ya que la vida ofrece tan raras posibilidades de encuentro, sin gentes indiscretas que lo tergiversen, a personas selectas y distanciadas quizá por falta de conocimiento. Además, el porvenir español entraba en un largo túnel en el que sería difícil pudieran verse otra vez los ojos. La despedida fue francamente cordial y amistosa. Al volver a su casa, Marañón corrió a la alcoba de su hijo Gregorio – nuestro gran camarada, a quien debo estos datos preciosos- para contarle la entrevista y regalarle el menú de la comida, impreso en letras de púrpura bajo un haz de siete flechas con el yugo en oro. El detalle de los platos -que dejarían con hambre al gran comedor que era José Antonio- era: consomé, pato con arroz y ensalada de naranja. En el hijo de Marañón, fanático de José Antonio, produjo gran alegría el juicio admirativo de su padre sobre nuestro Jefe, juicio al que don Gregorio estaba de antemano muy predispuesto, a consecuencia de lo mucho y bien que de José Antonio le había hablado don Miguel de Unamuno, durante ocho días que pasó en Madrid a raíz del famoso mitin de la Falange en Salamanca. El ilustre vasco-salmantino, al hablar encendidamente a Marañón de José Antonio, olvidaba al General, a las redacciones de los periodicuchos antifascistas y al número de Arriba en que tan denodadamente le vapuleara Bravo.
Es muy probable que de no haberse precipitado los acontecimientos políticos en los comienzos de 1936, sucesivas conversaciones de los dos ilustres españoles hubiesen terminado por una hondísima colaboración intelectual de envergadura desconocida en España: nada menos -quizá- que la entrada de todo lo mejor de aquella famosa agrupación «al servicio de la República», en el servicio de España, encontrando así aquella magnífica colección de cabezas pensantes lo que no habían encontrado jamás: una cabeza actuante en política de profundidad y altura: de arriba abajo. Un Jefe, que no hubiera podido ser otro que el Nacional de la Falange.
Pero no tuvieron ocasión de verse más, aun cuando les sirvieran de enlaces espirituales seres tan inteligentes y queridos de ambos como Fernando Primo de Rivera y Gregorio Marañón Moya. Sin embargo, llegada la primavera de 1936, ya preso en Alicante José Antonio, se cruzaron dos cartas.
La primera fue del doctor al prisionero acompañando a un ejemplar dedicado de su magistral estudio sobre la pasión de mandar del Conde-Duque de Olivares.
Marañón salía al paso, con toda sinceridad, de las falsas acusaciones de algún comentarista derechoide, que veía alusiones a la Dictadura del General Primo de Rivera en aquel libro histórico-biográfico. José Antonio, después de leerlo detenidamente, contestó a Marañón una larga carta llena de sincero entusiasmo por la obra y amistad por el autor, conviniendo con él en que el juicio malévolo de algunos no debían tenerlo en cuenta quienes, como ambos corresponsales, eran hombres de honor. Hasta la fecha en que escribo, las dos interesantísimas cartas no han aparecido. Como otros muchos documentos del archivo contemporáneo de España, han debido abrasarse entre las llamas de la Revolución.
Lo que más impresionaría a cada uno de los interlocutores del hombre con quien se enfrentaba sería, ciertamente, la falta de actitud violenta para sostener con energía sus puntos de vista que, por proceder de la inteligencia y la comprensión, no habían de defenderse con los puños o la voz exasperada. No se sorprenderían de ello, pues una mutua corazonada les había advertido tiempo atrás de la calidad humana de ambos.
El estupor debió ser tan grande en los curiosos anfitriones que no les oían disputar -lo mismo que hablaba José Antonio suavemente, hablaba con dulzura el médico-biógrafo-, y les veían sonreír con gravedad, inteligentemente, mientras fluía el diálogo, como lo será en algunos lectores, totalmente ignorantes del modo de ser de José Antonio, y que al llegar este momento pensarían en una «cólera bíblica» del Jefe contra el adversario de su padre y partero de la República. Pero hay que decirlo de una vez para siempre: a José Antonio lo único que verdaderamente le sacaba de quicio era la estupidez, la incomprensión cerril o la bajeza. Toleraba todos los errores de la inteligencia y de la buena fe, porque, humanísimo y sencillo, no creía en los hombres «que no se equivocan». «El que no es capaz de equivocarse, es también incapaz de acertar», decía. Y sostenía, apoyado en ejemplos de la Historia, que los grandes triunfos de los hombres han de llegar precedidos de largos y grandes fracasos. Nunca creyó en los niños prodigios, en los hombres providenciales «porque sí», ni en otras bobadas ingenuas. Por ejemplo, pensaba que si el General Primo de Rivera hubiese podido volver al Poder después de su caída, no se habría equivocado y hubiese realizado la verdadera revolución nacional española. En realidad, no inventaba un profundo pensamiento político al meditar así en voz alta sobre la complejidad de las cosas políticas, sino que modificaba la frase de Napoleón de que no habría sido vencido de ser hijo de sí mismo, en el sentido de considerar al hombre «hijo de sus hechos y experiencias auténticas».
Para muchos, incapaces de comprender a José Antonio, será una desilusión saber que no amenazó a Marañón con el ricino jonsista. Para quienes tienen la preocupación fundamental de esforzarse en comprenderle, el relato de esta entrevista será una norma, como cada uno de sus pasos por la vida (Con fecha 1 de enero de 1942, don Gregorio Marañón me escribía desde Lisboa comentando este libro, y decía: «El relato de mi conversación con José Antonio me ha impresionado. Es exactísimo, y al verlo ahora convertido en Historia, lo he vuelto a revivir con el dolor infinito que hay desde entonces hasta hoy.»).
