Pese a su corta edad, el autor de estas líneas tiene muy vivo el recuerdo de la enfermedad y la muerte de Franco. Recuerdo la retransmisión en color de la multitudinaria manifestación a su favor en la Plaza de Oriente, expresión de respaldo popular que no se circunscribió, como casi todos los historiadores se limitan a mantener con clara intencionalidad, a Madrid, sino que estas se dieron por toda la geografía movilizando a millones de españoles en protesta también por los asesinatos ese día, 1 de octubre, de cuatro policías por parte del GRAPO. Se hablaba de las manifestaciones contra Franco en otros países, promocionadas por la izquierda. Entonces ignoraba que también había habido manifestaciones a favor de Franco tanto en Francia, donde el pintor Salvador Dalí hizo una encarecida defensa del Generalísimo, como en Italia, desaparecidas en los libros de historia. El gobierno de Arias fue incapaz de contrarrestar en el exterior la campaña contra España cuando tenía argumentos suficientes.
Si los historiadores se recrean a la hora de relatar las protestas por las ejecuciones de los terroristas en septiembre, suelen preferir pasar de puntillas por la ola de indignación que causaban los atentados, los entierros y funerales multitudinarios y las protestas en la calle. Pero también la solidaridad. Por ejemplo, tras el asesinato de los policías en octubre, el día 6 el diario ABC publicaba la carta de tres españoles que donaban 100.000 pesetas para las familias de los asesinados abriéndose una suscripción popular: “Somos tres españoles que queremos paliar, en lo posible, el dolor irreparable de las viudas, hijos, padres y demás familiares de las fuerzas de orden público fallecidos últimamente en acto de servicio. Firmado: José Mari, Pepe y Eduardo”.
El 21 de octubre los españoles pudieron conocer el primero de los partes médicos sobre la salud de Franco. Unos textos escuetos que les acompañarían hasta el 20 de noviembre de 1975. Aunque se decía que estaba bien se anotaba que había sufrido una “insuficiencia coronaria aguda”, no pocos entendieron que Franco había tenido un infarto pero que lo estaba superando. Tras su anterior enfermedad, dada su edad y estado, el Generalísimo había decidido que en caso de recaída o nuevas complicaciones no saldría de El Pardo, no iría a ningún hospital, lo que había comunicado a su hija y a su mujer. Quería otro tipo de muerte, lo había dejado escrito: en el frente o en la cama. Como sudario, su uniforme y sus condecoraciones. Según el doctor Mínguez reveló a la periodista Victoria Prego: “no quería ninguna nueva experiencia hospitalaria. Quería morir en su cama”. Algo que confirma el ministro Utrera Molina al anotar unas palabras de Franco: “A mí me gustaría morir en el oficio, cumpliendo el deber, a bien con Dios y en una hora corta. Comprendo que es pedir demasiado, pero no deja de ser una petición razonable”.
Lo cierto es que, desde su enfermedad en el verano anterior, Franco había mantenido una agenda bastante abultada. Como anota su médico personal, tras superar la parte depresiva de su enfermedad, “tenía unas tremendas ganas de vivir, de hacer cosas y de trabajar”. Siguió con su ritmo de recepciones que mostraban, pese a lo tardío, el apoyo que seguía teniendo. Delegaciones que le entregaban medallas como la de los juegos náuticos en la bahía de Cádiz, la conmemorativa del cuerpo de intervención del Estado, la de la Escuela de Maestría Industrial José María Fábregas, de la Sociedad de Transportes Urbanos, del Congreso Internacional de Pesca Deportiva del Atún, de varios pueblos… Aunque solo tenga valor anecdótico señalemos la audiencia que concedió al padre Ángel, a quien había recibido en 1972 para mostrar su asociación Cruz de los Ángeles. El padre Ángel García, acompañado por una comisión, el 9 de julio de 1975, pronunció ante Franco las siguientes palabras de presentación de su obra Mensajeros de la Paz con la que colaboraba doña Carmen (AFNFF 15186):
“Excelencia:
Con gran alegría venimos a presentar esta Obra social de los niños Mensajeros de la Paz, a la que tanto cariño dispensa su Excma. Esposa, que es para acoger, formar y promocionar a niños y jóvenes que, por diversas circunstancias, se encuentran solos y no tienen un hogar y un cariño normal.
Muchos de ellos, de no acogerlos a tiempo, caerían en la delincuencia y otros peligros que amenazan a los marginados.
Queremos y nos esforzamos para que estos niños, cuando son hermanos, puedan vivir juntos, en grupos de siete u ocho, como una familia española más. A V.E. le presentamos esta tremenda y esperanzadora realidad: dentro de esta Obra 1.500 niños viven felices.
Seguiremos trabajando con ilusión y esperanza y queremos que este problema de los niños privados de ambiente familiar normal sea como la niña de los ojos del Gobierno y de todos los españoles, por eso, seguiremos pidiéndole a V.E., a través de la Obra de Menores y de la Asistencia Social, su apoyo y ayuda.
Queremos terminar con las palabras que S.S. Pablo VI nos dijo: “Nos llenan de gozo pastoral obras como la de los Mensajeros de la Paz de España, encaminadas a remediar soledades angustiosas y a formar unos hombres que cumplan su misión en la sociedad y en la Iglesia”.
Gracias, Excelencia, por todo el cariño que en esta casa nos tienen y por el recuerdo imperecedero que nos llevamos”.
En abril de 1975 su médico personal, el doctor Pozuelo le había advertido de que no podía continuar con su ritmo de trabajo: “Excelencia, me permito recordarle que a los ochenta y dos años no se puede llevar esta vida. Significa un brutal atentado contra la propia economía vital; esto no hay quien lo aguante. Por muy bien que se encuentre, no puede continuar por ese camino”. Franco se limitó a contestar: “No sé si los demás podrán aguantar este ritmo; yo sí”.
Algunos españoles habían visto sus dificultades para levantarse, unos días antes del primer comunicado oficial, en un acto público. Hoy sabemos que los síntomas que anunciaban el infarto ya se le habían manifestado unos días antes de la madrugada del miércoles 15 de octubre de 1975. Había tenido problemas de sueño y algunos dolores en el pecho. Confesó al doctor Mínguez que llevaba 15 días sin poder dormir. Según sus enfermeras lo que alteró a Franco en ese tiempo fueron las llamadas de Pablo VI para que no se llevaran a cabo las ejecuciones y el no poder contestarlas. El doctor Pozuelo comenzó a alarmarse ante la falta de sueño, el nerviosismo y la pérdida de peso que mostraba. A esa tensión de la segunda quincena de septiembre, de forma decisoria, se iba a sumar algo que sus enfermeras desconocían: que lo que Franco asumía, y debía de preocuparle en grado sumo, era la posibilidad cierta de una guerra con Marruecos para defender el Sáhara. De hecho, el 7 de octubre, el general Gavilán, segundo jefe de su Casa Militar, salió de Madrid en misión personal del Caudillo para llevar un mensaje a Hassan II: “Si Marruecos invade el Sáhara, habrá guerra”. Franco conoce que EEUU y Francia van a apoyar a Hassan II.
Por testimonio de su hija sabemos que Carmen Polo estaba preocupada: “tu padre no se ha encontrado bien”. Tras sufrir el infarto agudo, al día siguiente, Franco se levantó como era su costumbre, no sabía lo que había pasado y aún tardaría unas horas en enterarse; había tenido síntomas similares días antes; no suspendió las audiencias del día y se comió dos platos de pote gallego. Cuando le visitaron los médicos, sobre las 3 de la tarde, encabezados por su yerno, el doctor Martínez-Bordiú, y el doctor Vital Aza, tras ser informado de su situación, se negó a guardar reposo: “Yo tengo bastantes ocupaciones entre manos y muchos quebraderos de cabeza que no puedo delegar en nadie. Tengo obligaciones que cumplir y las voy a cumplir. Habrá que esperar unos días”. A preguntas de Franco sobre qué riesgos había, le indicaron que de muerte. No se inmutó. Le entregaron después el primer parte sobre su estado que Franco guardó. Él decidiría cuándo se haría público. Es más que probable que pesara en su decisión el problema del Sáhara, porque sabía que cualquier síntoma de debilidad o de vacío de poder sería aprovechado por Hassan II.
Al día siguiente, viernes 17 de octubre, estaba convocado el Consejo de Ministros y Franco se negaba a cancelarlo o a no estar presente. ¿Por qué? Por la cuestión del Sáhara, pues Hassan II había anunciado el 16 que había llegado la hora de recuperar un territorio que nunca fue de Marruecos. Le indicaron que corría riesgo de muerte, pero a él no le preocupaba morir en su puesto de mando. Él era ante todo un militar y esa era la “bella muerte” que formaba parte de su mentalidad: “Qué importancia tiene que yo me muera. Tengo mis obligaciones. Cuenten conmigo para el fin de semana, pero mañana déjenme libre. A partir del sábado pueden hacer conmigo lo que quieran”.
Hasta entonces yo me pertenezco a mí mismo”. Como el lector sabe Franco presidió el Consejo de Ministros monitorizado y estuvo a punto de morir allí mismo al tratarse el tema del Sáhara. No es exageración afirmar que el problema que iba a precipitar su camino hacia la muerte fue el de los territorios españoles en África y la postración que le impedía hacerle frente, y no parece que confiara mucho en su gobierno pues Arias era fiel partidario de entregar el territorio. Según Carmen Franco, en declaraciones a Palacios y Payne: “Mi padre era de los que no querían… si mi padre hubiera sido más joven, yo creo que se hubiera mantenido firme, porque comprendía que no se podía dejar a los saharauis a merced de Hassan por la ambición política de este”.
Desde el jueves al sábado anduvo por el palacio, estuvo en su despacho. Es probable que pensara que si tenía que morir mejor hacerlo en esos días. Según su hija, el Caudillo asumió, entre el 14 y el 16 de octubre, que “estaba en trance de morir”, por eso, si seguimos los testimonios, se encerró el sábado día 18 en su despacho para redactar el que sería su último mensaje a los españoles. A pesar de que su esposa le había pedido que descansara, él le dijo: “No puedo, todavía tengo que escribir algo urgente. Después de que escriba lo que tengo que hacer…”. Ese día ETA había asesinado al guardia civil Manuel López Triviño, dejaba esposa y seis hijos. Los rumores y las noticias extraoficiales sobre la enfermedad del Caudillo son un hecho que parece confirmar la suspensión de las audiencias civiles y militares.
El lunes día 20 de octubre Franco ya pensaba en la inminencia de su muerte, por eso le indicó a su hija que fuera a su despacho a buscar un bloc para pasar a máquina y corregir un escrito de despedida a los españoles. El historiador tiene la impresión de que con la misma frialdad que le atribuían en África había decidido enfrentarse a la muerte en El Pardo. Cómo si no entender que alguien, de edad tan avanzada, con un infarto agudo extenso, consciente de su situación real, durante varios días no guardara el reposo absoluto que en estas circunstancias es obligado. No solo eso, sino que, además, continuó sometido a una presión estresante atendiendo asuntos de estado. Esa misma noche sufrió una angina de pecho, consecuencia directa tanto de las preocupaciones como de la falta de seguir las prescripciones que implicaban que dejara de atender los asuntos públicos. El martes 21, por primera vez, algunas agencias internacionales anuncian que Franco ha muerto, por eso se hace público el primer parte oficial. El día 22 el diario ABC explicaba a sus lectores que en los “casos graves de insuficiencia coronaria son esenciales el reposo y evitar cualquier tipo de excitación”. Franco había hecho exactamente lo contrario, pero eso no había trascendido.
Es difícil para el historiador reconstruir la cronología y saber cuándo tanto el presidente del Gobierno como el Príncipe tuvieron noticia exacta del alcance real de la enfermedad de Franco. El día 19 Franco intuyó, ante un nuevo problema coronario, que su muerte estaba próxima. El día 20 tuvo una reunión a solas con Juan Carlos de la que nada ha trascendido. Ese día el general Gavilán, Vieja Guardia de Falange, informa a Girón de la enfermedad de Franco. Es probable que el martes 21 cuando Arias Navarro asume que Franco debe ceder sus poderes. Ese mismo día José Solís, siguiendo las tesis del gobierno, se traslada a Marruecos para intentar pactar con Hassan II lo que se transformaría en la entrega del Sáhara. Contemplando los hechos con distancia, para el historiador, se torna evidente cuál era la decisión del Generalísimo: morir como Jefe del Estado. Lo sucedido los días 21 y 22 vienen a confirmar nuestra apreciación. Volvió a levantarse, recibió al Presidente Arias, lo hizo en la tarde del 21, para ordenarle que se estableciera en el Sáhara, ante el avance de la Marcha Verde impulsada por el rey de Marruecos, una triple línea de minas y que se comunicara al Hassan II que era decisión suya. Franco buscaba con este gesto, como en anteriores ocasiones, mostrar su férrea decisión y que ello disuadiera al rey de Marruecos de seguir con su aventura. Sin embargo, el gobierno de Arias no quisieron jugar a fondo esa carta; mientras, las más de 300.000 personas que iban a conformar la Marcha Verde, entre los que figuran miembros de las fuerzas armadas marroquíes, se preparaban para iniciar desde Ksar el camino hacia la frontera con los territorios españoles. La sombra de la guerra es una realidad. Según se ha comentado, Franco llegó a ordenar: “que el ejército se prepare para combatir”. Pero la “misión Solís” era otra. Sin embargo, el día 23 los españoles veían en la prensa la imagen de las fuerzas españolas con las minas en la frontera del Sáhara con Marruecos. Para los españoles de entonces se trataba de una acción insensata por parte de Hassan II que naufragaría ante el poderoso despliegue español. Franco, y es imposible disociarlo de lo anterior, sufre esa madrugada una nueva insuficiencia cardiaca que está a punto de acabar con su vida. Su decisión de continuar al frente del Estado le está costando la vida. Los médicos redactan un documento en el que explican que Franco prácticamente desoye los consejos médicos: “nos ha demostrado que no le importa la vida, que tiene un sentido del deber del que, en ningún momento, sin siquiera ahora, abdicará”, explica Pozuelo. La enorme fortaleza física de Franco es lo que hace que su corazón resista.
Que Franco está en peligro de muerte es algo que comienza a saberse entre la cúpula política y militar del régimen, pues el gobierno ha distribuido las órdenes de la denominada Operación Lucero prevista para el caso de fallecimiento del Generalísimo. Ahora bien, con la crisis abierta en la frontera del Sáhara hay que mantener una política informativa que aliente la idea de que el Generalísimo está mejorando. El miércoles 22, por ejemplo, se había anunciado que el Jefe del Estado estaba haciendo ejercicios de rehabilitación y había asistido a la proyección de una película.
Se ha escrito mucho sobre el secretismo con respecto al estado de salud de Franco que en realidad solo se mantuvo unos días. Como es lógico se trató de limitar la gravedad de una situación que pronto fue asumida y transmitir un soplo de esperanza cada vez más débil. Leyendo los partes médicos resulta evidente que la opacidad era muy limitada. El día 24, el gobierno anuncia que los españoles tendrán cumplida información de la evolución de la enfermedad del Jefe del Estado. El sábado 25, los españoles entienden que el corazón del Generalísimo ha empeorado. El Príncipe Juan Carlos acude esa tarde a visitar a Franco. El cardenal primado pide que se rece por Franco y especialmente a los sacerdotes de su archidiócesis a los que encarga que “eleven oraciones al Señor y preces litúrgicas”. El número de médicos que firman los partes se ha incrementado, síntoma incuestionable de la gravedad. En la noche del 26, tras agravarse la situación el día anterior, el parte médico es rotundo: “la situación se considera crítica”. El general Gavilán anota en su diario: 25, mal; 26, gravísimo. Transcurridos esos cinco primeros días, es para el historiador difícil mantener la tesis del secretismo que abre las teorías de la prolongación artificial de la vida de Franco por razones de las luchas de poder.
En esos días se debió de producir la visita que registra su nieto Francisco. Conscientes de que se iba a entregar el Sáhara los procuradores del territorio se entrevistaron con el doctor Cristóbal Martínez-Bordiú. Querían saber si Franco sabía lo que estaba pasando e informarle. Era imposible decírselo pues ese tipo de noticias le alteraban mucho y la gravedad ya era muy alta. Se sinceró con ellos y les dijo que “hay muy pocas esperanzas de recuperación”. Los procuradores apesadumbrados dijeron: “entonces estamos perdidos”.
A partir de aquí la rumorología de la época se mezcla con los hechos y con teorías más o menos fantasiosas orladas con paranoias conspiratorias. Así se presenta un supuesto “ensañamiento médico” por razones políticas circunscritas a que se preservara al frente de las Cortes a Rodríguez de Valcárcel, un invento informativo. Ante las preguntas de Payne y Palacios al respecto, Carmen manifestó: “eso es pura fantasía. Eso no es verdad. Fueron una serie de circunstancias las que hicieron que la agonía de mi padre fuera así de larga, pero no fue una cosa premeditada por una cuestión política ni por preparar de alguna forma algo. No, eso no es verdad”.
De hecho, Alejandro Rodríguez de Valcárcel fue la primera opción para sustituir a Carrero Blanco tras su asesinato, pero una enfermedad se lo impidió. Además, Juan Carlos I, según explicó el general Gavilán, le había hecho firmar su renuncia a la reelección como presidente de las Cortes. En la misma línea de negar las teorías de las razones políticas para prolongar la vida de Franco: “Todo son infundios mal intencionados sin ningún fundamento. Desde mi puesto tan cercano a la familia, puedo asegurar que jamás se presionó al equipo médico que le trataba; nunca lo habrían aceptado. Se hizo todo lo posible, como hubiera sido con cualquier otro paciente”. Teorías que, insistimos, tienen poco sustento cuando se someten los hechos a la visión del historiador.
Tras la crisis del día 23, que Franco supera milagrosamente, debido a su tremenda fortaleza física, la familia que mantiene el deseo del Caudillo de no abandonar El Pardo, que no quiere que se apliquen medios extraordinarios, asume que ha llegado el momento de que se aplique el artículo 11 de la Ley Orgánica del Estado y Franco ceda la Jefatura del Estado. Ello quizás le permita salir adelante. No hubo “conspiración familiar” política para lo contrario como algunos parecen querer sugerir. En realidad, es el propio doctor Cristóbal Martínez Bordiú quien, el jueves 23, ya lo había hecho el 19, va a plantear a los presidentes del Gobierno y de las Cortes y al Príncipe, con quienes se entrevista, la necesidad de que Franco deje el poder. El sábado 25 Franco recibe la extremaunción. Pablo VI le ha enviado un telegrama bendiciéndole:
“Con nuestra confianza puesta en el Señor seguimos noticias enfermedad de Vuestra Excelencia, a quien renovamos seguridad nuestras fervientes plegarias invocando ayuda divina y reiteramos de corazón nuestra confortadora bendición apostólica”.
Franco, que aún estaba plenamente consciente, respondió como “devotísimo hijo”, mencionando que aquellas plegarias y bendición le reconfortaban. Al día siguiente la situación comienza a complicarse con la aparición de la hemorragia intestinal. La periodista Victoria Prego obtuvo la confirmación de la reunión que tuvo lugar en El Pardo en esa tarde-noche del 26 de octubre con asistencia de la familia, los mandos militares, el presidente del gobierno, los ministros, el Príncipe Juan Carlos y el equipo médico en la que se aborda esta cuestión. Otros, indican que fue el 27. Es posible que hubiera dos y a una no asistiera Juan Carlos. El problema es que alguien se lo tiene que proponer a Franco y se estima que solo puede ser el Príncipe. Pero el estado de salud del enfermo y que Juan Carlos no quiere aceptar nada que no sea permanente hacen que, pese a que tanto Arias como el Príncipe tenían acceso a la habitación de Franco, no se plantee la cuestión. Ese día el corazón de Franco se para por unos instantes. Lo que preocupa al equipo médico es la persistencia de las hemorragias. El 27 el Príncipe está en El Pardo a la espera de lo que pueda suceder.
El martes 28 de octubre los españoles esperan de un momento a otro la noticia de la muerte de Franco. De hecho muchas personas, unas dos mil, se han concentrado delante del palacio mientras que el presidente del gobierno y los ministros acuden al mismo junto con los miembros del Consejo de Regencia. En no pocas iglesias se organizan rosarios para pedir por Franco. El mito del odiado dictador resiste muy poco ante la crónica de lo sucedido en noviembre de 1975.
La situación es desesperada. Por eso, monseñor Cantero Cuadrado lleva a El Pardo el manto de la Virgen del Pilar para que cubra y proteja a Franco. Uno de los médicos comenta el hecho: “Dios ha estado en esta habitación muchas veces y a lo mejor vuelve”. Franco estaba con doña Carmen cuando le enseñaron el manto y pidió que entraran en la habitación el resto de sus familiares. Muchos españoles asumen, el día 28, que Franco, al que le falta poco más de un mes para cumplir 83 años, se está muriendo (insuficiencia cardiaca, sangrado estomacal, hemorragia digestiva, parálisis intestinal), el parte informa de que “el estado es extraordinariamente grave”. Sin embargo, el Caudillo vuelve a superar, contra todo pronóstico, la crisis. De hecho, su hija Carmen explica tras ello que “bebe bastante leche y tiene apetito. Toma agua y suero”. Se inician gestiones para que el manto de Nuestra Señora de Guadalupe pueda trasladarse a palacio.
La situación de Franco, inesperadamente, mejoró relativamente entre el 29 de octubre y el 2 de noviembre, lo más preocupante son las hemorragias digestivas. El Generalísimo está perfectamente consciente. El día 30, tras ser informado del punto en que se encuentra su enfermedad y de que en cualquier momento puede morir, ordena que se aplique el artículo 11 de la LOE y se produzca la transmisión de poderes. Entre el 30 y el 31 de octubre Juan Carlos acepta finalmente ocupar la Jefatura del Estado. La familia que ha asumido la gravedad ha transmitido al equipo médico sus deseos: “no se tomará actitud agresiva”. Lo que sucedió a partir de esa fecha es lo que llevó a lo que llevó a no pocos españoles a pensar en la prolongación artificial de la vida y en el “ensañamiento médico”.
A las tres de la tarde del 3 de noviembre todo cambia cuando Franco entra en una crisis que puede llevarle a la muerte. Estalla una “hemorragia gástrica masiva”. Para el doctor Vital Aza el origen de la misma estaba en el estrés que sufría el paciente. Ese día se produjo una reunión en la Zarzuela a la que asistieron el presidente Arias, el príncipe Juan Carlos, jefe de estado en funciones, el ministro de exteriores Cortina Mauri, José Solís y el primer ministro de Marruecos Ahmed Osman. Se firmó la entrega del Sáhara a Marruecos cubierta con una pantomima de indignidad.
Franco es consciente de su estado y dice a sus médicos: “Dejadme morir en paz” o “Por favor, déjenme ya. Es duro morir”. Es una situación crítica pero no irreversible. Si no se opera a Franco de urgencia morirá. Su mujer ante la disyuntiva de operar o no, a vida o muerte, fue muy concreta: “Hagan lo que ustedes crean que deban hacer”.
Nosotros ya no sabemos qué es lo que más le conviene, pero por favor, no le hagan sufrir más”. Su hija Carmen también había dejado la decisión en manos de los médicos: “Si veis que ya no hay solución, dejadlo. No queremos verle sufrir más. Él ya cumplió de sobra con lo que le pidió la vida”.
A la 1 de la madrugada del martes 4 de noviembre los españoles son informados de que a las 21.30 de la noche Franco ha sido operado en el botiquín del Regimiento de la Guardia de El Pardo. Envuelto en una alfombra, porque no se había terminado una camilla adecuada a la estructura del Palacio, es trasladado, dejando un reguero de sangre tras de sí, hasta el improvisado quirófano. Mientras pasaba, los hombres del Regimiento de la Guardia se cuadraban y daban taconazos a su paso, en una escena de tensión emocional máxima, Franco fue operado por el doctor Hidalgo Huertas en lo que se había transformado en un incompleto y destartalado hospital de campaña, con los goteros colgados en percheros y los cirujanos alumbrados con flexos, durante más de tres horas.
Aquella noche, como en el Biutz, Franco pudo morir en otro hospital de campaña; pero inexplicablemente su cuerpo resistió la operación. Los españoles, puntualmente informados, aunque no en toda la extensión, no permanecieron ajenos a la realidad. La intervención solo había atrasado lo inexorable. El viernes 7 de noviembre, Franco, contra lo que había sido su voluntad, abandonaba el palacio de El Pardo, su residencia oficial, para ser nuevamente intervenido a vida o muerte en la Ciudad Sanitaria de la Paz; de no haberlo hecho hubiera fallecido ese día. La Paz es una red de hospitales que él mismo había inaugurado en 1964 y que se había convertido en el primer centro hospitalario del país, al servicio de todos los trabajadores españoles, y en un centro de referencia médica a nivel mundial. Dos nuevas operaciones se sucedieron. Era sorprendente que un hombre en su estado sobreviviera.
El 10 de noviembre aún estaba consciente pero sedado. Leyendo los testimonios parece evidente que en esa fecha Franco ya solo esperaba el final. Como indica uno de sus médicos, padecía con el fin de su intimidad; por eso dejó de abrir los ojos incluso ante la visita de su mujer. Aguardaba la muerte y probablemente, disciplinadamente, percibía que su vida ya solo dependía de los aparatos. Para muchos españoles, a partir de aquí, se produjo lo que se conoce como “ensañamiento terapéutico”.
Pese a ser un preadolescente guardo en mi memoria muy vivos los acontecimientos y comentarios de esos días entre los que abundaban las críticas a los médicos por el “ensañamiento” con el paciente. Era usual escuchar la frase: “que le dejen morir en paz”. En aquellos momentos era fácil asumir la tesis del “ensañamiento” leyendo la larga lista de complicaciones y tratamientos aplicados conociendo los hechos a posteriori. Luego, otros, se encargaron de difundir la falsedad de los intereses políticos. Muchos años después tuve la oportunidad de charlar en confianza con su médico personal entonces, el doctor Vicente Pozuelo. A lo largo de los años transcurridos se ha publicado el testimonio de varios de la larga lista de médicos que intervinieron. Todos coinciden en que la situación de Franco no era irreversible hasta después de la operación en La Paz. Ya el doctor José Luis Palma, en 2004, estimó que quizás una resección total del estómago, en vez de la parcial practicada, hubiera podido salvarle la vida. Algo similar ha mantenido el doctor Juan Abarca al estimar que el Caudillo “no estaba en una situación de enfermo de muerte”, pero al no practicarse la resección total la gastritis hemorrágica que padecía desencadenó el cuadro que le llevó a la muerte. Un camino que se hizo evidente cuando sus riñones dejaron de funcionar y tener que utilizarse la diálisis. Pudieron no operarle la tercera vez y dejar que muriera de hemorragias, pero todo eso es muy fácil decirlo cuando no se estaba allí.
Es muy difícil saber si Franco tuvo noticias de lo que estaba sucediendo fuera de los muros de La Paz. Pero las crisis del enfermo son paralelas a lo que sucede en Sáhara. El seis de noviembre la Marcha Verde está aproximándose hacia la frontera. El 7 Franco tiene que ser intervenido en La Paz. El 14 de noviembre se firman los Acuerdos de Madrid, es decir la entrega del Sáhara a Marruecos. Franco tiene que volver a ser operado a vida o muerte. Es solo un aplazamiento, pero ya está prácticamente inconsciente y Pozuelo indica a Juan Carlos que ya no es posible la recuperación; para el doctor José Luis Palma a partir del día 13 no había “solución posible”. Después, indica el mismo médico, ante las complicaciones, “perdimos el sentido de la realidad” empujados por la resistencia de Franco. Pero todos los médicos de aquel equipo han explicado que jamás recibieron presión alguna en ningún sentido y que hicieron lo que estimaron conveniente. Desde el domingo 16 Franco está completamente sedado.
Es muy difícil para el historiador, y a veces debería ser territorio vedado, interpretar las decisiones personales. A pesar de las ayudas médicas parece evidente que Franco decidió luchar contra la muerte. Cualquier médico sabe que la decisión interna del paciente acaba siendo fundamental. Fueron las circunstancias y el desarrollo de la enfermedad los que dictaron los acontecimientos. La familia accedió al traslado desde El Pardo para evitar el sufrimiento de verle morir ahogado en su sangre sin hacer nada: “las hemorragias te asustan mucho además hay que detenerlas y para detenerlas hay que operar. No había más remedio”, explicaba su hija 33 años después. Además, como apunta su nieto Francisco, “los médicos están acostumbrados a no tirar la toalla”. Algo que se refleja perfectamente en las memorias del doctor Palma Gámiz.
“Los médicos sí son un poco maniáticos con eso —explicaba su hija Carmen a Payne y Palacios—. Yo viví también la agonía del padre de Cristóbal, que también fue mucho más larga, porque se empeñaban en ponerle más… Pero cuando estás ya tan en el final es una tontería… Sí, fueron una serie de circunstancias. Fue muy dura, muy dura [la agonía], porque fue muy larga y yo me siento un poquito responsable de haber dejado que lo llevaran a La Paz, donde murió. La verdad es que no se podía hacer nada, porque cuando empiezan los órganos a fallarte, es mejor no insistir, pero los médicos tienen un poco la manía de luchar hasta el final. Fue más bien una decisión de los médicos y no de la familia. En la familia estábamos hechos polvo… Y ellos fueron los que decidieron llevarlo. Y nosotros nos podíamos haber negado. Eso desde luego… Sobre todo eso [las circunstancias]. Cuando ves a una persona sangrar y eso… Si no lo ves sangrar, no te influye tanto el querer cortar esas hemorragias, y si es una cosa de corazón, simplemente que notas que te ahogas, es más fácil insistir en que lo dejen en paz”.
El doctor Vicente Pozuelo me contó, hace 33 años, que el 18 de noviembre el equipo médico asumió que había llegado el final y que solo quedaba esperar. Los intentos desesperados, las transfusiones constantes y la dopamina no habían dado otro resultado que prolongar la agonía. Algo próximo pero impredecible dada la fortaleza mostrada por el paciente: “el extraño comportamiento clínico de aquel hombre, que todo lo resistía, no nos permitía establecer plazos”, anota el doctor Palma Gámiz. Cuando su médico de cabecera abandonó La Paz, en la noche del 19 de noviembre, pasadas las 10 de la noche, el último encefalograma indicaba que el Generalísimo continuaba aferrado a la vida. Poco antes su hija Carmen había entrado en la habitación para darle un beso de despedida. Los españoles percibieron que eran los estertores del tiempo de Franco cuando aquella noche, debido a la situación de extrema gravedad, crítica, TVE anunció que sustituía el programa de variedades El mundo de Raphael por la película bélica Objetivo Birmania. Antes de abandonar esa tarde La Paz doña Carmen indicó que se dirigirían a palacio para recoger lo que les entregarían: el uniforme de gran gala de Capitán General con el que el Generalísimo sería amortajado del que se haría cargo su fiel ayudante, Juanito. Aquel día las agencias transmitían las declaraciones inequívocas del primo del Caudillo, el almirante Amador Franco: “El estado es realmente muy delicado y lo único que le puedo decir es que los partes de ayer y hoy reflejan con toda exactitud el momento crítico que atraviesa la enfermedad del Generalísimo. Ya no hay esperanzas”. Ese día se ha especulado con la posibilidad de que Franco fuera trasladado al palacio de El Pardo para que falleciera allí.
Se ha escrito mucho sobre la hora exacta de la muerte de Francisco Franco. Quienes estaban allí eran los doctores Cristóbal Martínez-Bordiú y Vital Aza, junto con la anestesista María Paz Sánchez y las enfermeras Nani y Concha. Según Carmen, en los días previos el propio Cristóbal había indicado que ya no se harían más operaciones. Hoy sabemos, por anotación de su nieto Francisco, que se cumplieron los deseos de su madre en esos días para que le dejaran morir y ese día se dejaron de aplicar los medios extraordinarios. De hecho, el parte del 19 ya indicaba que solo se utilizaban “las medidas terapéuticas conservadoras necesarias e imprescindibles para que no se produzcan sufrimientos físicos”. Especulación con poca base a un lado, la vida de Franco se apagó definitivamente poco antes de las 2.30 de la madrugada del 20 de noviembre de 1975, aunque Carmen Franco indicó que creía que debió de ser sobre la una de la madrugada. El general Gavilán anota que el ayudante de guardia, el teniente coronel Antonio Galvis, le llamó a las 2.30 de la madrugada: “Mi general, creo que el Caudillo ha muerto”. Después le comentaría: “Mi general, el Caudillo se apagó como una vela. Estaba totalmente inconsciente y parecía un pajarito”. Desde hacía algún tiempo aguardaban en La Paz los doctores que lo iban a embalsamar.
Aquella noche los españoles se durmieron con la idea de que la vida de Franco estaba llegando a su fin. Los cañonazos desde los cuarteles de artillería o de las unidades de la Armada fueron los que en realidad anunciaron que el Caudillo había muerto. Unas horas después, en una imagen que ha quedado en la memoria colectiva de todos cuantos la vieron, el presidente Arias Navarro, visiblemente afectado, iniciaba sus palabras con un repetido: “Españoles, Franco ha muerto”. Después leía un documento conocido como el testamento político de Franco:
“Españoles:
Al llegar para mí la hora de rendir la vida ante el Altísimo y comparecer ante Su inapelable Juicio, pido a Dios que me acoja benigno a Su presencia, pues quise vivir y morir como católico. En el nombre de Cristo me honro y ha sido mi voluntad constante ser hijo fiel de la Iglesia, en cuyo seno voy a morir. Pido perdón a todos, como de todo corazón perdono a cuantos se declararon mis enemigos, sin que yo los tuviera como tales. Creo y deseo no haber tenido otros que aquéllos que lo fueron de España, a la que amo hasta el último momento y a la que prometí servir hasta el último aliento de mi vida, que ya sé próximo. Quiero agradecer a cuantos han colaborado con entusiasmo, entrega y abnegación en la gran empresa de hacer una España unida, grande y libre.Por el amor que siento por nuestra Patria, os pido que perseveréis en la unidad y en la paz y que rodeéis al futuro Rey de España, Don Juan Carlos de Borbón, del mismo afecto y lealtad que a mí me habéis brindado y le prestéis, en todo momento, el mismo apoyo de colaboración que de vosotros he tenido.
No olvidéis que los enemigos de España y de la civilización cristiana están alerta. Velad también vosotros, y para ello deponed, frente a los supremos intereses de la Patria y del pueblo español, toda mira personal.
No cejéis en alcanzar la justicia social y la cultura para todos los hombres de España y haced de ello vuestro primordial objetivo.
Mantened la unidad de las tierras de España, exaltando la rica multiplicidad de sus regiones como fuente de la fortaleza de la unidad de la Patria.
Quisiera, en mi último momento, unir los nombres de Dios y de España y abrazaros a todos para gritar juntos por última vez, en los umbrales de mi muerte:
¡Arriba España! ¡Viva España!”
Un texto muy pensado, medido, en el que Franco no hace mención a un pasado que considera superado, que tiene una parte muy personal en la que habla de los elementos que han guiado su vida y su acción política: su fe y su amor a España; que contiene, en palabra de monseñor Guerra Campos, una “espléndida profesión de fe en Cristo y en la Iglesia”. A ello se añade un breviario de su concepción de la política, entremezclada con las líneas programáticas que él juzgaba fundamentales para la continuidad y el futuro. Así, nos encontramos con una definición de la política de raíz cristiana (alcanzar el bien común), pues la política está al servicio de los intereses de la Patria y del pueblo español. El gran objetivo político es mantener y hacer reales valores esenciales como la unidad, la paz, la justicia social y la expansión cultural. Desde su amor a España propone el desarrollo de un modelo capaz de combinar la diversidad con la unidad (a Juan Carlos, como sabemos, lo único que le había pedido en su última entrevista es que preservara la unidad de España). Para hacer realidad este programa ha dejado a Juan Carlos de Borbón, para el que pide todo el apoyo. Reiteremos: sus frases son, en definitiva, las bases programáticas de lo que Franco entiende que es fundamental para la continuidad y el desarrollo. Estamos ante, en opinión de Guerra Campos, “unos consejos de gobernante cristiano para la gran familia cristiana que es, gracias a Dios, la sociedad civil española”. En la misma línea, monseñor Buxarrais estimaba que “sus palabras de perdón e invitación a seguir el camino de una convivencia pacífica, son todo un programa de acción para los que continuaremos tejiendo la historia”.
¿Y el resto de los elementos que se suelen indicar como constitutivos del “franquismo”, término que nunca gustó a Franco, sobre los que nada dice? Resulta relativamente sencillo al historiador responder a esa pregunta cuando puede recurrir al propio Franco, quien en noviembre de 1974 indicaba a José María Bárcena: “Nunca se encontró un pueblo en mejores condiciones para entrar en el futuro. Tienen ustedes los medios. Lo demás está por hacer. De ustedes es ya toda la responsabilidad”.
