“Si me permito turbar la intimidad de vuestros hogares no es para exacerbar vuestra justificada indignación o incitar vuestro comprensible coraje ante la intolerable actitud de aquellos países que, con olvido de las más elementales reglas de respeto a la independencia y soberanía nacional, han pretendido inmiscuirse en la vida interna de nuestra Patria.
Vuestra indignación, vuestro coraje, vuestro profundo dolor ante tanta hipocresía, falsedad e injusticia como se ha derramado para amasar esta intolerable agresión a la soberanía española, encuentran eco y resonancia en el Gobierno que, sintiéndola vehementemente, tiene que sofocarla por exigencias de la serenidad, firmeza y prudencia que exige la alta responsabilidad que le está encomendada.
Hace escasamente dos meses se reunió en Helsinki la Conferencia sobre Seguridad y Cooperación Europea, que fue firmada por 35 jefes de Gobierno de Europa; en el frontispicio de su protocolo se afirma solemnemente el principio de no interferencia en los asuntos internos de ningún Estado, con alusión expresa al terrorismo. Todos los países signatarios se abstendrán, entre otras cosas, según se afirmó, y me atengo al texto original: ‘Se abstendrán de cualquier intervención directa o indirecta, individual o colectiva, en los asuntos internos o externos propios de la jurisdicción interna de otro Estado participante, independientemente de sus relaciones mutuas.’ ‘Se abstendrán, entre otras cosas, de prestar asistencia directa o indirecta a las actividades terroristas, o a las actividades subversivas o de otro tipo encaminadas a derrocar por la violencia el régimen de otro Estado participante.’ Pues bien, cuando apenas se ha secado la tinta del citado documento, algunos de los países firmantes, con hipocresía sin límites, con audacia intolerable, quebrantan el pacto firmado, poniendo en tela de juicio decisiones que son competencia exclusiva de nuestra soberanía.
De nada les sirven esas burdas caricaturas sacadas del desván de la más anacrónica leyenda negra que pretenden mostrar a los españoles y a sus gobernantes como gentes crueles y complacidas en la dureza de la represión.
En el corazón de todos los españoles y de sus gobernantes hay un hueco para los sentimientos de piedad, y bien lo ha demostrado nuestro Jefe del Estado llevando su clemencia hasta límites que casi traspasaban las indeclinables exigencias de la justicia; por eso no necesitamos requerimientos, por altos que sean y por muy revestidos de paternal preocupación que aparezcan, pero sí debo deciros que incurriríamos en el más flagrante incumplimiento de nuestra responsabilidad si permitiéramos que tales sentimientos, que a título personal pueden ser nobilísimos, se impusieran a los deberes inexcusables de restablecer el orden jurídico violado por unos terroristas.
El Gobierno español ha actuado hasta aquí y continuará actuando asistido por la serena y firme certidumbre de estar cumpliendo sus obligaciones más irrenunciables, sin sentirse intimidado por las dimensiones de una campaña exterior, cuidadosamente organizada, con centros conocidos de preparación y financiación y ante la cual no sabemos qué nos produce más estupor: si la violencia vesánica de los agitadores que la protagonizan en la calle o la culpable irresponsabilidad de las autoridades de los gobiernos y de los medios informativos que la secundan.
El terrorismo nada tiene que ver con la política, el terrorismo es el azote del mundo moderno en que se cobija la cobarde impotencia de quienes saben que jamás podrían imponer por medios pacíficos sus criminales utopías. El terrorismo asola a todo el mundo occidental y son constantes las voces que se alzan reclamando acciones de cooperación internacional para combatirlo. De ahí nuestra dolorida sorpresa al advertir cómo regímenes políticos nada escrupulosos a la hora de adoptar los más expeditivos procedimientos contra los brotes de violencia registrados en sus respectivos países, manifiestan ahora su farisaica indignación contra la legalidad y la justicia españolas. El caso de Méjico, promotor de nuestra expulsión de las Naciones Unidas y de cuyo concepto de los derechos humanos nos dan buena muestra los espantosos asesinatos de la plaza de las Tres Culturas, en 1968, es el exponente más claro de esta repugnante farsa.
Estamos comprometidos en el empeño de asegurar el imperio de la ley y nada nos desviará de este propósito, tanto menos cuanto más oscuros, más interesados y menos legitimados moralmente se nos presenten los móviles de la agitación exterior.
Nuestra historia reciente está amasada de sacrificios y toma origen en una heroica postguerra que hubimos de recorrer, sin culpa, en la más absoluta soledad; no deseamos estar solos, pero no nos intimida la posibilidad del aislamiento. España, dueña y soberana de sus propios destinos, reitera en esta hora crítica su resuelta vocación europea, su deseo de comparecer activamente en todas las instancias de cooperación internacional, de colaborar en los esfuerzos para la construcción de un mundo más solidario. Pero entiéndase bien, no estamos dispuestos a pagar por ese propósito el precio de nuestra dignidad. Por eso quiero recordar ahora a todos los españoles que lo que más importa en la hora presente es salvaguardar la serenidad e impedir que nada, ni las acciones terroristas, ni las presiones exteriores, nos desvíen de nuestro propio camino.
Para responder a las acciones terroristas disponemos de todo el repertorio de medios, propio de un moderno Estado de Derecho, empezando por el abnegado e inapreciable valor de las Fuerzas de Orden Público, que tantas vidas vienen sacrificando en estos últimos tiempos, sin que, y ello es muy significativo, ninguna voz internacional, ninguna paternal intercesión, ninguna voz piadosa, haya musitado una súplica o una oración por estos hombres asesinados en el cumplimiento de su deber, dejando como rastro de su lealtad unas decenas de viudas y de huérfanos que sí que merecen nuestro recuerdo, nuestra gratitud y nuestra permanente asistencia.
Para hacer frente a las presiones exteriores nos basta con la insobornable conciencia de nuestra soberanía y, ¿por qué no?, con la paciencia a que nos tiene largamente acostumbrados la incomprensión exterior. Estamos seguros de que las aguas volverán a sus cauces, que por debajo de la actuación de unos gobiernos que subordinan las exigencias de la justicia a la hipocresía y a la complacencia demagógica de ciertas minorías revolucionarias y anarquistas, existen anchos sectores de opinión responsable europea, ante la que aparece nítida la verdad de una España moderna y pacífica.
En nombre de España repudio a quienes nos obligan a recorrer otro camino del que claramente deseamos; a todos aquellos que desde fuera atizan el recuerdo de la guerra fratricida con sus inventivas, con sus promesas, con sus escritos. A todos cuantos nos impiden marchar recta y decididamente hacia el futuro, con idea de futuro, con objetivos de futuro, con generosidad, con amplitud, con alegría, con esperanza y con fe. Ellos son los incitadores cotidianos a la división, al enfrentamiento y al revanchismo.
Pienso que el más grave daño que esas multitudes vandálicas están haciendo a España no consiste en dejar tras de sí ruinas de edificios calcinados o simplemente saqueados; son responsables ante la historia de ‘hurgar’ en la herida de la división española, de pretender enzarzarnos de nuevo para repetir la triste historia de ayer.
Y no puedo ocultar aquí, aunque necesariamente en otro tono, la dolorosa perplejidad con la que el Gobierno anota la falta de algunas asistencias que en el interior tenía derecho a esperar.
En una circunstancia tan seria para el decoro nacional, y en la que la colaboración de todos, lejos de poder interpretarse como abdicación de las propias posiciones, honra a quienes la prestaran, han faltado algunas voces, voces de hombres comprometidos y por ello especialmente obligados.
Pero el Gobierno no necesita de estímulos para cumplir con honor su compromiso con la nación. Pienso que, contra lo que algunos creen, no todo es opinable en política y menos en circunstancias como la presente. Ni la nación, ni el Estado, ni mucho menos la dignidad española son opinables, ni pueden ser discutidos.
Ni ahora, ni menos aún cara al futuro, vale ‘reservarse’ o anteponer a todo particulares opiniones e imágenes personales. Y, más aún, cuando las voces de la cordura se oyen aún fuera de nuestras fronteras y nos vienen de posiciones muy dispares a las que figuraron en lo que, queramos o no, son capítulos imborrables de la historia.
Y muy poco más. En enero de 1974 me hice cargo de la Presidencia del Gobierno. No han sido —creo que me lo concederéis de buen grado— los días transcurridos desde entonces ni fáciles ni cómodos. Pocas veces el Poder ha mostrado tan mínimamente al que lo ejerce su faz placentera, y, en cambio, no ha cesado de ofrecer problemas y situaciones difíciles y graves. Bien repetidamente he hecho públicos a lo largo de este período mis objetivos políticos, basados en moldes de amplitud, de flexible organización de la convivencia nacional, de integración de los discrepantes, de participación ciudadana, de libertad esencial verdadera, de respeto al pueblo, de interés profundo por la juventud y por el mundo del trabajo. Pero, naturalmente, el terrorismo y el crimen no ayudan ciertamente a ir hacia adelante en este programa, de suyo difícil… Se impone la prudencia, la energía y la serenidad.
En esta noche estoy con todos vosotros, españoles, para pedir renovéis vuestra ayuda al Gobierno con el ejemplo de vuestra unidad ante la innoble agresión exterior. Para deciros que sigáis trabajando y militando con fervor en las filas de la paz nacional; para renovar a Francisco Franco, artífice de una España tan distinta de la de 1936, el testimonio de entrañable gratitud y respeto por la obra realizada; para ratificar la adhesión del pueblo a la figura cada día más definida y admirada del Príncipe de España. Para que, de nuevo, proclamemos mi fe y la del Gobierno en vosotros, hombres y mujeres de la España buena, a la que se intenta inútilmente vilipendiar.
Muchas gracias a todos y muy buenas noches.”
