Sí, salen en los periódicos. Y hay quien lo comenta con extrañeza. Tengo que pesarlos. No lo hago por el qué dirán; si un día me decido y meto aquí la báscula se va a saber; será una de esas anécdotas que tanto les gusta contar a mis amigos y a mis enemigos. Los amigos harán comentarios favorables: «El Caudillo es tan trabajador y tan detallista que un día ordenó pesar todos los documentos que tenía sobre la mesa y pesaron treinta y dos quilos setecientos veinte gramos. ¡Qué enorme responsabilidad, la suya, y qué sobrehumana capacidad de trabajo!»
Mis enemigos lo interpretarán como prueba de mi carácter desconfiado, absorbente y autoritario: «El dictador no permite que en España se mueva un papel si él no lo ve antes.» Otros, como Pedro Sainz Rodríguez anda diciendo por ahí, se inventarán que son penas de muerte.
Ahí hay de todo: informes, proyectos, algún asunto «de mi exclusiva competencia». Se mueven, entran unos papeles y salen otros; pero la carpeta «comunismo» es permanente y está al día. Soy el único jefe de Estado que ha vencido al comunismo en su país cuando ya se había apoderado del gobierno y de las calles. Soy el único que le ha hecho voluntariamente la guerra a la URSS sin estar, ni estratégica ni geográficamente, comprometido. Esa carpeta la tendré siempre sobre mi mesa; hasta que el comunismo se derrumbe, o hasta que me muera sin verlo; mis hijos lo verán. El comunismo es muerte y está muerto: nada puede construirse con la muerte. También he tenido sobre la mesa «ideas geniales» de españoles que desean ayudarme; por ahí han pasado el oro de El Escorial y la gasolina de agua. De pronto llegan problemas enormes, que os traen de cabeza a los ministros. Piden audiencia con ansiedad: «asunto de vital interés», «momento crucial», «solución urgente; de vital importancia cada minuto que pasa».
Le recibo en seguida, le escucho con atención y recibo el informe que suele ser un apocalipsis: «Conspiración en París contra el régimen; han conseguido ayuda de los gobiernos británico y francés», «La cosecha de cereales se ve amenazada por una plaga de langosta: eso significa hambre», «Los presidentes de dos bancos quieren fusionarlos y solicitan ahorrarse los impuestos correspondientes.» Esto último, sin alarma, como quien habla de una gracia de su hijo pequeño.
Tres ejemplos: el primero me lo trae Interior, ya le conoces, excelente ministro, muy leal y trabajador, emplea con acierto sus recursos. Tiene vigilados a los que conspiran contra el régimen y ha pasado nota al de Hacienda para que les dé caña, bueno, él no lo dice así: «Ha estimado oportuno solicitar del Ministerio de Hacienda que sea examinada la situación fiscal de unos cuantos señores y se compruebe si es correcta», o sea, que les den caña como a Al Capone, me parece muy bien, aunque no he dado más aprobación que mi silencio: me pregunta si me parece bien; le pregunto por su tío, el general Valdivia, compañero mío en regulares, pero aunque me informa de ciertos problemas urológicos que atormentan a su tío, vuelve inmediatamente a lo importante: la conspiración. Sugiere varias acciones diplomáticas además de algo que él llama «contragolpe» utilizando nuestros servicios secretos.
Ese informe yace desde hace siete meses en un montón (sé cuál es) de los varios que se apilan sobre la mesa. Pertenece al grupo de los problemas que apenas requieren más acción que el paso del tiempo. Los conspiradores lo pasaron muy bien unos días o unas semanas. A mí me informaron los embajadores de Francia y del Reino Unido; con buena intención; intentaban ayudarme; sólo quieren que yo «me deje suceder» y a los gobiernos de París y Londres les parece una idea plausible, por eso me lo cuentan con pelos y señales; quieren «clarificar» la situación, para que, si me parece bien el proyecto de los conspiradores, yo mismo tramite con ellos su ejecución; y que, si me parece mal, pueda ponerles un puente de plata por donde irse, o unos grilletes en los tobillos que les impidan seguir intentando alterar nuestra paz. Sus gobiernos, me dicen los embajadores, no van a mover ni un dedo para activar el relevo: les gusta el régimen; ya lo quisieran para ellos. El expediente sigue ahí; de aquello no queda ni el recuerdo en la prensa extranjera, pero volverá a sonar, se repiten mucho, cualquier día harán otro intento con la ayuda de algún financiero del petróleo o del armamento; estos conspiradores se pondrán en marcha otra vez, menos Guisasola que lo hice subsecretario y se siente muy realizado dentro del movimiento y de sus principios fundamentales. Lo que pasa es que no tengo puestos para todos; y que la mayor parte no sirven para trabajar en serio; sólo les gusta la politiquería.
Volverá a la carga el infatigable Tierno que no perdona su fracaso en las oposiciones a cátedra, aunque sabe a ciencia cierta que yo no me entrometo en las oposiciones, los tribunales son independientes. Si alguien «de arriba» ejerce alguna influencia es el ministro, pero cuando alguna vez lo ha hecho ha sido para ayudar a uno de estos disidentes, qué casualidad.
El segundo problema angustioso es que el viento del sur nos ha metido millones de langostas africanas que han venido de El Sahel a comerse lo que pillen por aquí. Me cuenta el ministro que la invasión empezó hace ocho días.
—¿Cómo son; verdes o pardas? —pregunté a bulto; le pilló la pregunta fuera de juego. Por la vacilante respuesta deduje que hablaba de oídas. No tengo mucha suerte con los ministros de Agricultura.
Ese informe sólo estuvo sobre mi mesa quince minutos; lo que duró la audiencia. Delante del ministro llamé al del Ejército y al de Interior y les di orden de acabar con la invasión asistidos por los técnicos de Agricultura y, sobre todo, por los alcaldes de las zonas afectadas o amenazadas. Seguro que los campesinos saben cómo hacerlo. Mejor que el ministro.
—¿Cuándo ha vuelto usted del escenario de esta guerra? —le pregunté tras su alarmada exposición.
Yo sabía que no había vuelto, que ni se le ocurrió ir, inmediatamente de conocer la noticia, a organizar la campaña. Le interrumpí otra vez, devolviéndole sus carpetas.
—Déme cuenta de la extinción de la plaga tan pronto lo consiga.
Luego le despedí amablemente, y él se fue aliviado, sin pensar que en la próxima combinación del consejo de ministros iba a recibir mi carta agradeciéndole los servicios prestados.
El tercer caso me lo explica el ministro de Hacienda: necesitamos un banco poderoso, lo necesita España.
—¿Qué gana España? —le pregunto.
—Capacidad de maniobra financiera. Estamos acercándonos a Europa…
—Europa y España están donde estaban —le digo—, a no ser que se hayan movido; pienso que no; nos habríamos enterado.
El ministro sonríe. Lo va a contar hoy mismo. «El gallego —dirá— me ha contestado que si la península Ibérica se hubiese desprendido de Europa, nos habríamos enterado», y todos sonreirán con esa misma sonrisa suya.
Y es cierto; hablan de aislamiento, hablan de Europa como de otro continente: olvidan que la geografía es mucho más imperativa que las simpatías o las antipatías de unos u otros gobernantes. La geografía y el dinero mandan más que el Partido Comunista francés que, como el español, se inclina a servir a la Unión Soviética antes que a su patria. España es Europa y los españoles somos cuarenta millones de europeos a quienes los otros, forzosamente, han de tener en cuenta para vivir. Con que cada español pueda comprar en Europa —directa o indirectamente— en maquinaria, automóviles, carbón, zapatos, bragas, sí bragas, doce mil pesetas al año, les inyectamos quinientos mil millones de pesetas. Y si nos compran otro tanto, hay un tráfico de ida y vuelta de un billón de pesetas. Ni los Pirineos, ni el Partido Comunista, ni los gobiernos de izquierda pueden impedir que los hombres de empresa hagan su trabajo.
La fusión de esos dos grandes bancos sería conveniente. Son como dos divisiones fuertes, tan fuertes que, si las uno, puedo reorganizarlas y convertirlas en tres, dos de línea y una acorazada: un cuerpo de ejército, eso es elemental, lo hice en la guerra varias veces y siempre salió bien. Pero ahora hablamos de intereses, de dinero; hay unos pocos que se van a forrar si esto se hace. Y para ello necesitan que el Estado renuncie a la parte que le corresponde. Una parte excesiva, una barbaridad, lo sé. Pero cuando pongan en marcha ese cuerpo de ejército, ¿quién se beneficiará, España o esos pocos? Porque las divisiones están ahí: una se llama banco A. Otra banco B. Sin dejar de ser ellas con sus propios efectivos, pueden perfectamente operar de acuerdo, unidas, y sería como crear esa tercera división y formarían el cuerpo de ejército sin necesidad de pedir franquicias fiscales y obtener del Estado un trato de favor que es en principio, injusto. Y sin cerrar unas cuantas oficinas urbanas y mandar unos cientos de empleados a la jubilación anticipada o al paro, que es lo primero que suelen hacer.
He dicho al ministro que estudiaré el asunto. Es un buen técnico y lo sabe presentar, pero me gustaría que en lugar de manifestarse tan europeístas, estos hombres se sintieran más europeos, que es lo que somos.
El informe lleva ahí diecisiete meses. No lo he leído pero me lo sé. En tres ocasiones me ha insinuado el ministro la conveniencia de adelantar alguna noticia sobre las posibilidades del proyecto y le he contestado eso mismo, que me lo sé, nada más. He oído muchas opiniones favorables y adversas respecto a esa fusión; sin pedirlas, vienen y sacan el asunto a relucir. Yo escucho y callo. Siempre pienso que bastaría una respuesta indicadora de mi opinión a favor o en contra para que unos cuantos empezaran a moverse y hacer su negocio personal sólo con comprar o vender unos miles de acciones.
No hay daño para nadie, pero yo me pregunto: si sólo el hecho de mover las acciones puede hacer que un señor se embolse mil o dos mil millones de pesetas sin haber generado ni un tornillo ni una hormigonera ni un quilo de patatas ni un panecillo, ni una hectárea de cultivo más, sólo dinero, sólo ese dinero, ¿qué gana la sociedad? ¿Quién paga ese dinero aparentemente salido de la nada? Son preguntas que no haré; las respuestas me las sé también. Admiro mucho a esas pequeñas «bancas» familiares que pasan de padres a hijos y facilitan la actividad económica en una comarca. Gozan de la confianza de los modestos ahorradores y de los pequeños empresarios. Los grandes bancos intentan absorberlas, pero no lo consiguen: son duras y seguras como una roca. Y no seré yo quien dé facilidades para que los tiburones las devoren. ¿Sabes a qué llaman los financieros un tiburón?
Y, entonces, explicó al almirante lo que era una OPA.
Del libro «Caudillo»de Ángel Palomino
