INTRODUCCIÓN
La España de la Segunda República vivía a mediados de los años treinta un clima de creciente violencia política que afectaba a todos los ámbitos de la vida pública. Las calles, los actos políticos y las universidades se habían convertido en escenarios de enfrentamientos entre militantes de distintas ideologías.
En ese contexto, la venta del semanario F. E., órgano de Falange Española, se realizaba con precauciones especiales debido a los frecuentes ataques contra sus distribuidores. Los grupos de jóvenes que lo voceaban solían protegerse mutuamente y acompañarse hasta sus domicilios para evitar agresiones.
Sin embargo, estas medidas no pudieron impedir el asesinato del estudiante Matías Montero, uno de los miembros más activos del Sindicato Español Universitario. Su muerte, ocurrida cuando regresaba a casa tras participar en la distribución del periódico, causó una profunda conmoción entre sus compañeros y marcó uno de los episodios más recordados de la violencia política de aquellos años.
F.E. se vendía por grupos, con objeto de protegerlo contra los ataques de los milicianos socialistas y comunistas, y se tomaba la precaución de acompañar hasta su domicilio a los voceadores últimos para evitar atentados. Cuando terminó la venta del número seis, en el que se relataban, precisamente, los sucesos de San Carlos, a Matías Montero le dejaron sus camaradas próximo a su domicilio, pero al pasar por la calle de Mendizábal, hoy Víctor Pradera, dos individuos que le seguían le dispararon por la espalda; al caer al suelo mortalmente herido, uno de los agresores se acercó y le hizo a bocajarro tres disparos más. Varios transeúntes le recogieron en un coche y le trasladaron a la Casa de Socorro del distrito de Palacio, en donde no pudieron hacer más que certificar su defunción. Tenía cinco heridas producidas por pistola, tres en el vientre y dos en la espalda, una de éstas le había alcanzado el corazón, por ello los tiros en el vientre a bocajarro los habían hecho sobre un cadáver.
Cuando Matías Montero moría, José Antonio estaba cazando, al enterarse quedó profundamente apenado y ante el cadáver del joven camarada, asesinado a los diecinueve años de edad, no pudo ocultar su dolor: «Se acabaron en mi vida —dijo— los actos frívolos.» Su curiosidad intelectual, que le llamaba insistentemente, se rompió aquel día, eligiendo decididamente por la capitanía de la juventud española, y habría de ser «profeta, con fe, salud, entusiasmo y cólera», condiciones que antes de la fundación de la Falange él mismo había atribuido al caudillaje. El triunviro de Medicina, Matías Montero era asesinado el 9 de febrero; en otro 9 de febrero, en 1931, había enviado su adhesión a «La Conquista del Estado», renunciando a su filiación fueísta.
Matías Montero era huérfano, vivía con unas tías y dos hermanos en Marqués de Urquijo, 21. Cursaba quinto de Medicina, era un buen estudiante, familiarmente dependían de dos modestos sueldos en la Telefónica.
El entierro dio lugar a una emocionante manifestación estudiantil: tradicionalistas, con el conde de Rodezno; monárquicos, con Goicoechea, y jóvenes de Acción Popular se unieron al bosque de brazos en alto entre los que desfiló su cadáver . A la Sacramental de Santa María llegaron también, en la tarde tibia de invierno, flores de una mujer joven.
José Antonio, con voz emocionada y fuerte,dijo:
«Matías Montero: ¡Presente!
Aquí tenemos, ya en tierra, a uno de nuestros mejores camaradas. Nos da la lección magnífica de su silencio; otros, cómodamente, nos aconsejarán desde sus casas ser más animosos, más combativos, más duros en las represalias. Es muy fácil aconsejar. Pero Matías Montero no aconsejó ni habló; se limitó a salir a la calle a cumplir con su deber, aun sabiendo que probablemente en la calle le aguardaba la muerte. Lo sabía, porque se lo tenían anunciado. Poco antes de morir dijo: «Sé que estoy amenazado de muerte; pero no me importa si es para bien de España y de la causa.» No pasó mucho tiempo sin que una bala le diera cabalmente en el corazón. Donde se acrisolaban su amor a España y su amor a la Falange.
¡Hermano y camarada Matías Montero y Rodríguez de Trujillo: Gracias por tu ejemplo! Que Dios te dé eterno descanso y a nosotros nos niegue el descanso hasta que sepamos ganar para España la cosecha que siembra tu muerte.
Por última vez: Matías Montero y Rodríguez de Trujillo:¡Presente!
La invocación final, pero con el grito de «¡Arriba España!», sería en lo sucesivo rito obligado en el entierro de los falangistas muertos por sus ideales.
La propia F.U.E. no pudo sustraerse al duelo universitario y publicó un suelto: «Lamentamos, sentimos la muerte de un estudiante…»
Con la congoja del asesinato, Rafael Sánchez Mazas compuso su «Oración por los muertos de la Falange»:
«Señor, acoge con piedad en tu seno a los que mueren por España y consérvanos siempre el santo orgullo de que solamente en nuestras filas se muera por España y de que solamente a nosotros honre el enemigo con sus mayores armas. Víctimas del odio, los nuestros no cayeron por odio, sino por amor, y el último secreto de sus corazones era la alegría con que fueron a dar sus vidas por la Patria. Ni ellos ni nosotros hemos conseguido jamás entristecernos de rencor ni odiar al enemigo, y Tú sabes, Señor, que todos estos caídos mueren para libertar con su sacrificio generoso a los mismos que les asesinaron, para cimentar con su sangre joven las primeras piedras en la reedificación de una Patria libre, fuerte y entera. Ante los cadáveres de nuestros hermanos, a quienes la muerte ha cerrado los ojos antes de ver la luz de la victoria, aparta, Señor, de nuestros oídos las voces sempiternas de los fariseos, a quienes el misterio de toda redención ciega y entenebrece, y hoy vienen a pedir con vergonzosa urgencia delitos contra los delitos y asesinatos por la espalda a los que nos pusimos a combatir de frente. Tú no nos elegiste, Señor, para que fuéramos delincuentes contra los delincuentes, sino soldados ejemplares, custodios de valores augustos, números ordenados de una guardia puesta a servir con amor y con valentía la suprema defensa de una Patria. Esta ley moral es nuestra fuerza. Con ella venceremos dos veces a enemigo, porque acabaremos por destruir no sólo su potencia, sino su odio. A la victoria que no sea clara, caballeresca y generosa, preferimos la derrota, porque es necesario que mientras cada golpe del enemigo sea horrendo y cobarde, cada acción nuestra sea la afirmación de un valor y de una moral superiores. Aparta así, Señor, de nosotros todo lo que otros quisieran que hiciésemos y lo que se ha solido hacer en nombre de vencedor importante de clase, de partido o de secta, y danos heroísmo para cumplir lo que se ha hecho siempre en nombre de una Patria, en nombre de un Estado futuro, en nombre de una cristiandad civilizada y civilizadora. Tú solo sabes con palabras de profecía para qué deben estar «aguzadas las flechas y tendidos los arcos» (Isa. V. 28). Danos ante los hermanos muertos por la Patria perseverancia en este amor, perseverancia en este valor, perseverancia en este menosprecio hacia las voces farisaicas y oscuras, peores que voces de mujeres necias. Haz que la sangre de los nuestros, Señor, sea el brote primero de la redención de esta España, en la unidad nacional de sus tierras, en la unidad social de sus clases, en la unidad espiritual en el hombre y entre los hombres, y haz también que la victoria final sea en nosotros una entera estrofa española del canto universal de tu gloria.»
El número siete de F. E., que reseñó la muerte de Matías Montero, publicó un artículo suyo, titulado «Las flechas de Isabel y Fernando»; de él son estos párrafos: «Haremos que cruce el territorio de España la espina dorsal de una institución que antaño le dio unidad y sabiduría: la Universidad. Hoy no tenemos Universidad. No creas, lector, que esos viejos o modernísimos edificios que se dicen Facultades pueden ser la auténtica Universidad española. El hábito no hace al monje. Alfonso X el Sabio explicaba: «Universidad es el ayuntamiento de maestros y alumnos», y venía a decir el gran Rey: «Tiene como fin la verdad.» Estas palabras no son aplicables a nuestros centros docentes, rotos en banderías, divididos en pugnas y ensangrentados por el motín. Por eso, nosotros, Falanges Universitarias, tocamos la campana que llama a cruzada a la juventud. Acudid a nuestro llamamiento. Aprenderéis con nosotros a llorar los dolores de España, a reír sus alegrías, a luchar por su honor, a morir por su integridad. Vertebraremos a la Patria, flácida hoy, amando y edificando la Universidad que mañana dará a España, como en el siglo XVI, héroes y santos, guerreros y sabios, misioneros y caudillos.»
El artículo iba con él cuando le asesinaron y hubo de obtenerse una copia, sacándolo del sumario, en el Juzgado que entendió sobre su muerte. La Redacción de F. E. despidió al camarada ejemplar con estas bellas líneas:
«Matías Montero y Rodríguez de Trujillo nos deja con el legado sacro de su sangre generosa esta página clara, escrita pocos días antes de morir. El se había ya dado por entero a la Patria y a la Falange, con nobleza, con inteligencia, con alegría. Su prueba ejemplar en los estudios como alumno de Medicina se adornaba con un gusto certero por las letras. Una España fuerte y armoniosa de arquitecturas bajo la luz solar era su vivo sueño para después de la victoria. Muere antes de que nuestro sol alcance su cénit. Muere en el umbral de una España mayor, como aquel doncel de Sigüenza, don Martín Vázquez de Arce, hombre de letras y de armas que murió a la vista de Granada. Ante la figura pensativa de nuestro hermano muerto, que nos mira a través de esta página, todos vamos desfilando en silencio hacia el irrenunciable triunfo del mañana. Al pasar ante él, en el pecho nos cantan los versos de «Ariel», de Shakespeare, sobre la sepultura:
«Nada de él será vano y, como milagro del mar, volverá convertido en algo rico y maravilloso».
Su muerte suscitó numerosos comentarios de los derechistas, que deseaban contar con una organización de fuerza a su servicio. En el A B C se escribió: «La opinión pública esperaba algo más que la enérgica protesta de rigor en los periódicos; esperaba represalias inmediatas», «un fascismo así no es más que literatura, sin riesgo alguno para los adversarios», «asombra la indefensión en que Falange Española deja a sus animosas juventudes.» En respuesta, José Antonio hizo publicar una nota en la que se debía: Falange Española no se parece en nada a una organización de delincuentes ni piensa copiar los métodos de tales organizaciones, por muchos estímulos oficiosos que reciba.
El malestar entre los falangistas por la falta de represalias directas era evidente. El día 3 de febrero había sido herido de bala, en la Gran Vía, otro estudiante del S. E. U., Felipe Pérez Alonso; también el autor del disparo, Santiago Burgos, pertenecía a las Juventudes Socialistas. El día 10, en el entierro de Matías Montero, José Saiz,
Jefe provincial de la Falange toledana, preguntó con acritud: «¿Es que nos vamos a dejar matar como moscas?» No —le contestó José Antonio—, pero tampoco nos vamos a convertir en una banda de asesinos. Los afiliados clamaban por acciones de réplica en el campo que los enemigos marcaban; pero si a cualquiera de ellos se le hubiera designado para realizarlas, habría sentido sobre su conciencia un peso moral que no deseaba y, más aún, rechazábanse unas represalias ejecutadas por pistoleros a sueldo. José Antonio tenía unos camaradas impacientes, pero limpios de corazón.
El asesinato de Matías Montero conmocionó la vida universitaria. Al día siguiente se produjeron reacciones ostensibles en las Facultades. Los católicos y tradicionalistas hermanaron su indignación con los falangistas, destacando la actuación en Sevilla, en donde el acuerdo de supresión de clases se logró dentro de un plan bien concertado, solamente hubo alguna violencia en Derecho, que trascendió a la calle, en donde fue volcado un tranvía. Acordada la continuación de la huelga, el día 11 pretendieron los afiliados a la F. U. E. celebrar una asamblea en el Aula Magna, en donde el S. E. U. se hizo oír primero y después disolvió «por las buenas», destacando Benjamín Pérez Blázquez, Perales, Cánovas, Ercilla, Herrera, Menchen, Narbona y Morales. Aquella tarde irrumpió la policía en, el local de los Estudiantes Católicos, verificando tres detenciones que suponían el refrendo oficial a la unidad estudiantil lograda, con la protesta por el vil asesinato; fueron detenidos Patricio Galvey, de Comercio, afiliado a la AET; José Murillo, de Medicina, afiliado a la F.E.C, y Francisco Arboleya Martínez, afiliado al SEU.
El inspector de Policía, Justino Arenillas, logró detener al autor del crimen de Matías Montero, que resultó ser Francisco Tello Tortajada, del grupo socialista «Vindicación»; se le encontró correspondencia con el presidente de la Juventud Socialista madrileña y formaba parte de una banda que recibía dinero por sus actuaciones. José Antonio, en el proceso ante un Tribunal de urgencia, hizo de acusador privado e informó sin matices vengativos. El asesino fue condenado a veintitrés años y seis meses de prisión .
CONCLUSIÓN
El asesinato de Matías Montero tuvo un impacto profundo tanto en el naciente movimiento falangista como en el ambiente universitario de la época. Su muerte fue interpretada por muchos de sus compañeros como un símbolo del sacrificio y del compromiso político de una generación que vivía intensamente las tensiones ideológicas de la España de los años treinta.
El funeral del joven estudiante se convirtió en una multitudinaria manifestación de duelo y solidaridad entre diversos sectores del mundo universitario y político. A partir de entonces, su figura adquirió un fuerte carácter simbólico dentro del movimiento falangista.
Más allá de las interpretaciones políticas posteriores, el asesinato de Matías Montero refleja el clima de radicalización y violencia que se extendía por la sociedad española en los años previos a la Guerra Civil, cuando las diferencias ideológicas comenzaban a resolverse cada vez con mayor frecuencia mediante la confrontación directa.
