INTRODUCCIÓN
Durante los primeros años de Falange Española, el semanario F.E. se convirtió en uno de los principales instrumentos de difusión ideológica del movimiento. A través de sus páginas se intentaba explicar un proyecto político que aspiraba a transformar profundamente la sociedad española, en un momento marcado por la polarización y la violencia política.
Sin embargo, dentro del propio entorno falangista surgieron críticas sobre el tono del periódico. Algunos militantes consideraban que su estilo resultaba demasiado intelectual o literario en comparación con el lenguaje agresivo y directo que caracterizaba a otros periódicos políticos de la época.
La respuesta a estas críticas se plasmó en una carta dirigida a un estudiante, en la que se defendía la importancia de mantener un lenguaje elevado y una visión idealista de España, incluso en medio de un clima político dominado por la confrontación.
«No te tuvo Dios de su mano, camarada, cuando escribiste: Si F. E. sigue en este tono literario e intelectual no valdrá la pena de arriesgar la vida por venderlo.
Entonces tú, que ahora formas tu espíritu en la Universidad, bajo el sueño de una España mejor, ¿por qué arriesgarías con gusto la vida? ¿Por un libelo en que se llamara a Azaña invertido y ladrones a los ex ministros socialistas? ¿Por un semanario en que quisiéramos tender las líneas del futuro con lenguaje pobre, desmayado, in expresivo y corto de cualquier prospecto anunciador?
Es posible que si escribiéramos así nos entendiera más gente desde el principio. Acaso, también, nos fuera fácil remover provechosos escándalos. Pero entonces hubiéramos vendido, por un plato de éxito fácil, nada menos que la gloria de nuestro empeño.
Si nos duele la España chata de estos días (tan propicia a estas maledicencias y a ese desgarro que echas de menos en nuestras páginas), no se nos curará el dolor mientras no curemos a España. Si nos plegásemos al gusto zafio y triste de lo que nos rodea, seríamos iguales a los demás. Lo que queremos es, justamente, lo contrario: hacer por las buenas, o por las malas, una España distinta de la de ahora, una España sin la roña, la confusión y la pereza de un pasado próximo: rítmica y clara, tersa y tendida hacia el afán de lo peligroso y lo difícil.
Hacer un Heraldo es cosa sencilla: no hay más que recostarse en el mal gusto, encharcarse en tertulias de cafés y afilar desvergüenzas. Pero envuelta en Heraldos y cosas parecidas ha estado a punto España de recibir afrentosa sepultura .
Camarada estudiante: revuélvete contra nosotros, por el contrario, si ves que un día descuidamos el vigor de nuestro estilo. Vela por que no se oscurezca en nuestras páginas la claridad de los contornos mentales. Pero no cedas al genio de la pereza y de la ordinariez cuando te tiente a sugerirnos que le rindamos culto.
Y en cuanto a si vale la pena de morir por eso, fíjate simplemente en la lección de uno de los mejores: de Matías Montero, al que cada mañana tenemos que llorar Matías Montero arriesgó su vida por vender F.E., y cuando, muerto, escudriñaron los papeles que llevaba encima, apareció un artículo suyo que engalanó estas páginas, en el que no se llamaba a Azaña invertido ni ladrones a los socialistas, sino en el que se hablaba de una España clara y mejor, exactamente en nuestro estilo.»
El 13 de abril, el periódico Luz publica una nota enviada por José Antonio: «Ha surgido una nueva entidad denominada Fascismo Español, que quiere especular también con el ambiente del momento. Falange Española de las J. O. N. S. quiere hacer constar que tampoco tiene nada que ver con ese movimiento ni con los actos de propaganda que organiza.»
No está de más recordar que en todo el mundo estaba en auge el fascismo, y que lo fácil y rentable hubiera sido dejarse llevar de la moda. Tal vez por ello las juventudes del partido de Gil Robles parecían caminar en sentido de conseguir cierta apariencia fascista al adoptar un saludo militar consistente en colocar la mano derecha sobre el hombro izquierdo y hacer suya la consigna mussoliniana: «El jefe no se equivoca nunca.» Para socialistas y comunistas, Acción Popular y, sobre todo, la J. A. P. eran «lo más peligroso del fascismo español», seguramente en razón de su proximidad al Poder. El «partido nacionalista», de Albiñana, no era tomado en serio ni siquiera antes de la creación de Falange, que se llevó a sus mejores afiliados. Para colmo, su «jefe legionario» recibió una bofetada el 20 de abril, en las Cortes, de una figura tan poco atlética como Indalecio Prieto.
En abril, la juventud de Acción Popular organiza un acto en El Escorial, con objeto de mostrar sus posibilidades como fuerza de contención marxista. Dos días antes, socialistas y comunistas invaden el centro de Acción Popular en Madrid, matando a un estudiante, Rafael Roca Ortega. El día 21, en un nuevo ataque al local dela calle Serrano, resultan heridos un guardia y dos asaltantes. Al día siguiente logran reunir cerca de 40.000afiliados, procedentes de toda España. Himnos, banderas, invocaciones de «¡Jefe! ¡Jefe! ¡Jefe!» a la llegada de Gil Robles, consignas como «Los jefes no se equivocan nunca», disciplinadas formaciones; toda la gama externa del fascismo. Pero faltaba el alma. Resultó como una triste caricatura. La frase de Gil Robles «Si la revolución se echa a la calle, nosotros también nos echaremos» sonaba a hueco ante la imponente fachada escurialense. Su vergonzante regreso a Madrid, con las consignas enrolladas, tratando de pasar inadvertidos, disolviéndose por las calles oscurecidas por los huelguistas, soportando insultos y agresiones, vino a confirmar lo desvaído de su carácter. Aquella organización sin nervio, pero con palabras provocadoras, era el enemigo ideal para la avalancha roja que se presentía. Por eso, su fracaso alegró a los falangistas. F. E. comentó, dirigiéndose a la juventud: «Si alguien quiere aprender un curso de política equívoca, si quiere doctorarse en las artes del disimulo, que se inscriba en Acción Popular.»
CONCLUSIÓN
La carta dirigida al estudiante refleja uno de los debates internos presentes en los primeros años de Falange Española: la tensión entre el activismo político y la dimensión intelectual del movimiento. Frente a quienes reclamaban un lenguaje más agresivo o propagandístico, se defendía la necesidad de construir un discurso político basado en ideas, estilo y ambición histórica.
El recuerdo de Matías Montero, citado como ejemplo de sacrificio, reforzaba la idea de que el compromiso político no debía depender de la dureza del lenguaje, sino de la convicción en un proyecto nacional que aspiraba a transformar España.
En un contexto marcado por la radicalización política de la Segunda República, esta reflexión muestra cómo, dentro del propio movimiento, existía una preocupación por el tono, la forma y el significado profundo de la acción política.
