Para comprobar el grado de organización de las Milicias madrileñas se acordó una concentración, pese a estar declarado el «estado de alarma», que administraba mal que bien el Gobierno presidido por Samper. Se fijó la fecha del domingo 3 de junio, y como lugar de reunión, un campo de aviación situado en Carabanchel. Los preparativos se llevaron a cabo con el mayor secreto. La noche del viernes, los jefes de centuria recibieron la orden de tener dispuestas sus escuadras para la mañana del domingo. El sábado, la sección de transporte dispuso el traslado por medio de autobuses alquilados, tranvías y marchas a pie. Ese mismo día, los escuadristas eran enterados sobre el medio de locomoción que habían de utilizar y de qué lugar de la capital partirían. En la mañana del domingo, los enlaces solamente conocían una dirección: carretera de Carabanchel. En ella, en un punto determinado, los distintos grupos recibirían indicaciones precisas sobre el traslado al campo de aviación designado. A última hora, una de las agencias de transporte falló, perturbando el plan inicial. Lo importante, conocer el estado de flexibilidad de las Milicias, lo probaban los mil camaradas que formaron. Después de una arenga de José Antonio:
«Sois pocos aún —dijo—, pero ya más de los que acompañaron a Hernán Cortés en su epopeya mejicana.» Disuelta la concentración por la Guardia Civil, se emprendió el regreso desperdigado en grupos. Rompiendo periódicos comunistas. Distribuyendo pasquines o pintando letreros en tapias y paredes. Una de las centurias más afectadas por el fallo de los autobuses fue la de Fanjul. Al regreso quemaron dos coches de la empresa desertora. El Arte y ensayo. Debe considerarse que fue publicado en 1935, cuando Giménez Caballero estaba fuera de la disciplina de Falange y escribía en periódicos derechistas: «Ya Falange, desde sus primeras actuaciones, tuvo una debilidad rara por la retórica liberal, por el veneno social-humanista, la superstición por el hombre llamado de izquierda.»
Por influencia directa de Ledesma Ramos, el periódico republicano Luz, que pretendía sin conseguirlo heredar, publicó una aparatosa información en la que aludía a veintiocho centurias, desgraciadamente inexistentes, con grandes titulares y fotografías que sirvieron de magnífica propaganda. En su final decía: «Tan rápida recluta de jóvenes hubiera parecido imposible hace muy pocos meses.>
Avanzada la primavera, las juventudes comunistas y socialistas iniciaron en gran escala excursiones campestres y domingueras, en las que, alternando con las mayores licencias sexuales, se preparaban para el asalto del Estada Su regreso sobre la capital constituía un espectáculo desafiante; cogidos por la cintura hombres y mujeres, entre los que predominaba como vestimenta un gorro de marino americano y un pañuelo rojo y blanco al cuello, cantando groseras canciones, invadían las calles con el estribillo de «¡Ay, chíbiri, chíbiri, chíbiri!»
El domingo siguiente a la concentración de Carabanchel, el 10 de junio, moría asesinado en El Pardo el estudiante Juan Cuéllar. Se había planeado que dos centurias hicieran acto de presencia en las reuniones de los «chíbiris». Juan Cuéllar, junto con otros dos miembros de su escuadra, en las primeras horas de la mañana, se dedicó a localizar y observar los grupos socialistas en los alrededores de la Playa de Madrid.
Uno de ellos les preguntó:
—Y vosotros, ¿cómo cantáis la Internacional?
—Porque no queremos
—contestó Cuéllar.
—¿Sois cenetistas?
—No, somos la Falange.
Inmediatamente fueron atacados por una partida numerosa; mientras trataron de pedir auxilio a otros camaradas, Cuéllar fue asesinado a navajazos; cerca, otro del S. E. U., José Costas, hijo único, huérfano de padre, que se hacía ingeniero industrial mientras trabajaba en el Banco Hipotecario, herido, presenció impotente cómo se profanaba el cadáver de su camarada y amigo íntimo. Juanita Rico, de la Juventud Socialista, llegó a orinar encima de la víctima. Tarde para evitarlo, llegaron otros estudiantes: Miguel Primo de Rivera, primo de José Antonio; Guillermo Aznar, Escartín, Palao, Allánegui; la presencia de la Guardia Civil terminó la pelea, en la que resultó herido Allánegui. El padre de Cuéllar, agente de Policía, apenas pudo reconocer el rostro, pisoteado, de su hijo; a su madre se la evitó ver el cadáver en el Depósito Judicial.
José Antonio no pudo mantener su actitud de no responder con violencia al asesinato. Poco antes había escrito en F. E.: «Una represalia puede ser lo que desencadene en un momento dado, sobre todo un pueblo, una serie inacabable de represalias y contragolpes. Antes de lanzar así sobre un pueblo el estado de guerra civil, deben los que tienen la responsabilidad del mando medir hasta dónde se puede sufrir y desde cuándo empieza a tener la cólera todas las excusas.» Un sector encabezado por el monárquico Ansaldo instaba al jefe de la Falange para que tomara decisiones enérgicas. Era cierto que se respiraba un ambiente de guerra civil ybien pronto lo probó la sesión del Congreso del 4 de julio, en la que relucieron numerosas pistolas en manos de los diputados. La Falange hubiera perdido su moral de quedar la triste jornada de El Pardo sin una adecuada réplica. Más tarde, José Antonio contaría a Francisco Bravo: «Mis escrúpulos morales y religiosos fueron también tiroteados por los pistoleros en una larga lucha interior» .
Ansaldo dio la orden para una inmediata represalia.
Agustín Aznar, alma de las Milicias madrileñas desde el asalto a San Carlos, tomó las primeras disposiciones. Se trataba de castigar precisamente a los actores de la muerte de Cuéllar a su regreso a la ciudad. La empresa no era sencilla, pues volvían en grandes grupos y las calles se encontraban repletas de guardias. Desde un coche de Alfonso Merry del Val, y por la calle de Eloy Gonzalo, son tiroteados los asesinos y alcanzada mortalmente Juanita Rico y su hermano; éste, con una bala en la columna vertebral, quedó inútil y los socialistas proyectaban pasearlo por Europa como propaganda antifascista. Juanita Rico se confesó antes de morir. Al descargar su conciencia, apesadumbró la de los falangistas que participaron en la represalia. Otro de los agresores, llamado «El Rojo», salió ileso y un año más tarde mataría a un policía en Cuatro Caminos. Los socialistas hicieron con los hermanos Rico un apasionado folletín y el entierro de Juanita fue «una demostración de masas». El cuerpo de Cuéllar hubo de recibir sepultura al amanecer, por orden del Gobierno, casi en secreto. Protagonistas decisivos de aquella jornada fueron dos estudiantes, Guitarte y Aguilar. Mundo Obrero, órgano del Partido Comunista, acusó gratuita y erróneamente a otro estudiante, Alberto Ruiz. Durante el entierro socialista, desde un taxi se tiroteó la puerta del Centro de Marqués del Riscal, en donde se habían instalado la Falange y el S. E. U.; hubo dos heridos.
Hacer pagar a los marxistas los asesinatos con su propia sangre colocaba a los falangistas ante una encrucijada. Eran las primeras escaramuzas de la guerra civil y, aunque invisibles, las trincheras existían. Pero, aún seguros de tener la verdad y de no titubear en seguir por el camino difícil, ningún estudiante deseaba actuar en aquella forma. La lucha terminaría endureciendo a los camaradas de la primera línea, pero nunca llegaría a encenagar su alma.
Más tarde, en su libro «¿Para qué?», Ansaldo explicó su maniobra contra la pulcritud de conducta de José Antonio, a quien acusó de «narcisismo intelectual». Ansaldo fue expulsado días después de estos sucesos por su insistencia en mantenerse en una línea permanente de agresión. Era la figura representativa de quienes querían convertir la Falange en fuerza de choque de la reacción.
En contraposición a las coplas marxistas se cantaba el himno jonsista, escrito por Juan Aparicio y publicado por primera vez en La Conquista del Estado, en octubre de 1931, con el título de «Himno de las Falanges de Combate», al que puso música Guerrero Fuensalida, estudiante de Derecho, por cierto, ayuno en conocimientos de técnica musical:
Juventudes de Vida Española
y de Muerte Española también,
ha llegado otra vez la fortuna de arriesgar,
luchar y vencer.
Sobre el mundo cobarde y avaro,
sin justicia, belleza ni Dios,
impongamos nosotros la guerra
del imperio solar español.
No más reyes de estirpe extranjera
ni más hombres sin pan que comer.
El trabajo será para todos,
un derecho más bien que un deber.
Nuestra sangre es antigua y eterna,
como el sol, el amor y la mar.
Por la gloria de siglos de España,
«no parar hasta conquistar».
Se cantaba también «Giovinezza», creado por un estudiante de Turín, Giuseppe Blane, en colaboración con su compañero Oxilia, en 1909, cuando se graduaba en Inglaterra. Antes de la llegada al poder de Mussolini, los estudiantes lo cantaban en sus reuniones. De las gargantas universitarias pasó a todos los ámbitos italianos y después al mundo:
Son finiti i giorni lieti deglistudiedegliamori o compagni, áltri i cuori il passato salutian.
Y el estribillo:
Giovinezza, giovinezza primavera de belleza De lla vita nellas y rrezza iltuo cantos quilla eva.
La letra sufrió en España modificaciones.
