INTRODUCCIÓN
Durante los años de la Segunda República española, la vida política y universitaria estuvo marcada por una intensa confrontación ideológica. Las universidades se convirtieron en espacios donde las distintas corrientes políticas buscaban influir en la juventud, considerada el motor del futuro del país. En este contexto surgieron organizaciones estudiantiles vinculadas a diferentes movimientos políticos, entre ellas el Sindicato Español Universitario (S.E.U.), ligado a Falange Española.
Uno de los episodios más llamativos de aquellos años fue la presencia del prestigioso intelectual Miguel de Unamuno en un acto público organizado por falangistas en Salamanca. La participación del rector salmantino en aquel mitin sorprendió tanto a simpatizantes como a detractores del movimiento, generando un amplio debate sobre su significado político.
El encuentro entre Unamuno y los jóvenes falangistas, en el que también participó José Antonio Primo de Rivera, refleja las complejas relaciones entre el pensamiento intelectual y las nuevas corrientes políticas que emergían en la España de los años treinta.
A primeros de año se convocaron elecciones para elegir la Junta Directiva de Derecho en la Federación Deportiva Universitaria. Manolo Valdés y García Casas celebraron varias entrevistas con Juan José Pradera para ir unidos con los Estudiantes Católicos. Pero lo cierto es que el S. E. U. no estaba preparado para tomar en serio unas elecciones, y menos en alianza con otras asociaciones. El día de la votación no hubo unidad, y los falangistas de Derecho rompieron la urna apenas iniciado el recuento de votos y, como entendieran, tal vez injustamente, que la actitud de los Estudiantes Católicos no había sido clara, invadieron la Casa del Estudiante, situada en Mayor, 1
En el tumulto hubo algunas bofetadas y un herido de porra, el conserje Ramón Villapún.
La desafortunada acción, salvo los lógicos disgustos iniciales, no separó a las dos asociaciones, que sumaban la inmensa mayoría estudiantil. Joaquín Ruiz Jiménez, secretario de la Confederación de Estudiantes Católicos, se trasladó a Marqués de Riscal para proclamar lo descabellado de no hacer un frente común; de acuerdo con sus argumentos, las elecciones siguientes se realizaron en cordial entendimiento.
Con objeto de agrupar a profesores, maestros y cuantos intervenían en tareas formativas se creó el servicio denominado «Educación Nacional», lo dirigió Manolo Valdés, que había terminado sus estudios de Arquitectura. También los estudiantes quedaban integrados en el nuevo organismo, pero su dependencia apenas pasó de lo teórico. Ya como jefe nacional del S. E. U., Alejandro Salazar asistió el 9 de febrero a un funeral por Matías Montero en la iglesia de Santa Bárbara. Por la tarde intervino en un acto conmemorativo en el local de la Falange en Salamanca. En el modesto piso de la calle del Consuelo se apretujaron un centenar de asistentes, que escucharon a Bravo, Salazar y José Antonio. Los estudiantes de Salamanca suponían a su favor una proporción de tres a uno en la composición humana de aquella Falange.
El día 10 se celebró, por la mañana, un mitin en el teatro Bretón, que alcanzó gran resonancia por la presencia de don Miguel de Unamuno. Cuenta Bravo que la ágil oratoria de José Antonio se vio turbada por la presencia del rector como un alumno en día de exámenes. El rector almorzó con los falangistas, entre los que estaban Sánchez Mazas, Eugenio Montes, Alfaro y Raimundo Fernández Cuesta. A Bravo debemos el relato de la sobremesa:
«Sigo los trabajos de ustedes. Yo soy sólo un viejo liberal, y al comprobar que la juventud ya no nos sigue, algunas veces creo ser un superviviente.
Cuando de estudiante me puse a traducir a Hegel, acaso pude ser uno de los precursores de ustedes.
No es posible que la juventud, por muy estupidizada que esté, y yo lo creo, sin ánimo de molestarles, caiga en el horror de estimar que el pensamiento es una «funesta manía»;la funesta manía de pensar de aquellos bárbaros de Cervera . Por cierto, que el otro día, y con motivo de una huelga en la Universidad, recibí a un grupo de muchachos de los de ustedes. Les pregunté qué creían, que era eso de la Falange. (Le interrumpe Bravo: «Estarían aturdidos ante usted y no sabrían explicarlo.») No sé, pero no sabían bien lo que querían. Y eso me prueba que hay un peligro de desmoralización de los muchachos. No conviene que ustedes acentúen esa tendencia personal. (Replicó entonces Sánchez Mazas, seguramente recordando el sugestivo ensayo del rescate del sepulcro de Don Quijote: «Pero usted, don Miguel, ha escrito a veces otra cosa.»)
Acaso, llevo ya más de cuarenta años de escritor y a veces me olvido de lo que digo y otras me contradigo y repito. Eso es lo humano. Una vez, siendo presidente de unos Juegos Florales o algo así, envió un chusco amigo mío una poesía, que a mí me «sonaba» al leerla. No me gustó, no la premiamos ni la mencionamos si quiera. Luego resultó que era mía y que yo no me acordaba de ella. Eso me pasa con las ideas y con los pensamientos. Pero crean ustedes que hay un peligro terrible para la cultura y el espíritu el que se lance a la juventud a la borrasca de la pasión y no a la tarea de pensar y criticar.»
Les despidió con estas palabras: «Lo de ustedes es para los jóvenes. ¡Animo y adelante!».
El gesto de Unamuno suscitó críticas en España y América por quienes, liberales de nombre, no concedían libertad para cualquier acto al rector salmantino: «No tengo —había dicho en 1932— ni copartidarios, ni correligionarios; podría decir que mi mayoría soy yo mismo, y no siempre tomo los acuerdos por unanimidad.» Era, por tanto, una solemne equivocación considerar aquella cordial curiosidad por los «fajistas» ni siquiera como como una leve adhesión política. No tenía razón a esas alturas quienes le censuraron sus escritos contradictorios y paradójicos.
En marzo escribió un artículo titulado «Otra vez con la juventud», en el que recordaba su perenne independencia, señalando «que no eran los sedicentes jóvenes de hoz y martillo, o de yugo y haz de flechas, o de compás y escuadra, o de escapulario ycirio quienes le interesaban», ya continuación señalaba su simpatía por «los jóvenes que buscaban la libertad, la verdad y la justicia sin invocar a ningún jefe». Sin embargo, al reprochar de traductores extranjeros a los de la generación de 1931, les decía, como un falangista más: «No tenían conciencia, sino clara, por lo menos honda, de un nuevo ideal colectivo de destino histórico nacional, ni un entendimiento de la unidad de este destino.»
Aquella misma tarde se celebró un acto en recuerdo de Matías Montero en los locales de «La Unión», en Madrid. Hablaron José Miguel Guitarte, secretario general del Sindicato; Alejandro Salazar, Manolo Valdés y José Antonio, quien dijo:
«Anoche, en Salamanca, cobijados en un recinto bajo de techo, pino de escaleras, pobre de luz, entre unos camaradas de buena estirpe leonesa, parcos en la sonrisa y en la alabanza, pasamos el aniversario de Matías Montero. Como el recinto, fue sin adornos la ceremonia: unas palabras de Salazar y de Bravo, otras palabras mías y un silencio, que nadie impuso, pero que tuvo en su autenticidad mucho mejor sentido que los rituales minutos de silencio.
Dije a los camaradas de Salamanca y os digo ahora:
El martirio de Matías Montero no es sólo para nosotros lección sobre el sentido de la muere, sino sobre el sentí do de la vida. ¿Recordáis —vosotros, los de la primera línea— una de las cosas con que intentaban deprimiros? Se nos decía: «No triunfaréis; para llevar adelante un movimiento como el vuestro hace falta contar con gente endurecida.» Por lo grande, los españoles arriesgaron y dieron la vida. Y por España y por Falange dio Matías Montero la suya. Buena piedra de toque es ésta para conocer la calidad de nuestro intento. Cuando dudemos, cuando desfallezcamos, cuando nos acometa el terror de si andamos persiguiendo fantasmas, digas: ¡No! Este es grande, esto es verdadero, esto es fecundo; si no, no le hubiera ofrendado la vida —que él, como español, estimaba en su tremendo valor de eternidad— Matías Montero.»
CONCLUSIÓN
La presencia de Miguel de Unamuno en un acto falangista en Salamanca no debe interpretarse como una adhesión política al movimiento, sino más bien como una muestra de la curiosidad intelectual y la independencia de pensamiento que caracterizaron al escritor durante toda su vida. Fiel a su carácter crítico, Unamuno mantuvo siempre una posición personal frente a las distintas corrientes ideológicas de su tiempo.
El episodio refleja también el clima político y cultural de la España de la Segunda República, en el que las universidades y los círculos intelectuales se encontraban profundamente implicados en los debates sobre el futuro del país. La relación entre juventud, pensamiento y acción política era entonces uno de los grandes temas del momento.
Así, el encuentro entre Unamuno y los falangistas constituye un episodio significativo para comprender la complejidad del panorama intelectual y político de la España de los años treinta, marcado por tensiones ideológicas que acabarían desembocando en acontecimientos decisivos para la historia del país.
