INTRODUCCIÓN
Durante los años finales de la Segunda República española, el clima político se caracterizó por una creciente radicalización y por frecuentes episodios de violencia entre militantes de diferentes organizaciones. Las calles, las universidades y los espacios públicos se convirtieron en escenarios habituales de enfrentamientos que reflejaban la profunda polarización de la sociedad.
En este contexto surgió dentro de Falange Española el concepto de “Primera Línea”, que designaba a los militantes más activos y comprometidos, encargados de la propaganda, la organización y la defensa del movimiento en un ambiente cada vez más hostil. Muchos de ellos eran estudiantes universitarios o jóvenes trabajadores que participaban directamente en las acciones políticas y propagandísticas del movimiento.
El asesinato en Sevilla de Eduardo Rivas y Jerónimo Pérez de la Rosa en noviembre se convirtió en uno de los episodios que marcaron profundamente a estas milicias falangistas, reforzando la idea de sacrificio y compromiso que el movimiento asociaba a la denominada Primera Línea.
El 6 de noviembre, Eduardo Rivas, subjefe de las milicias sevillanas, a quien se había concedido la Palma de Plata por su actuación en Aznalcóllar, y Jerónimo Pérez de la Rosa, de la Escuela Industrial, que por su actividad había sufrido ya una detención, salieron a pegar pasquines anunciando el periódico Arriba. Recorrieron el centro sin incidentes, y cuando estaban frente al número 67 de la mal iluminada calle de San Vicente, dos individuos les dispararon por la espalda, casi a bocajarro, cuatro tiros. Eran las once de la noche. Rivas, al llevar su mano al costado, le quedó bañada en la sangre que manaba de su corazón atravesado. Intentó apoyarse en la pared, y durante días quedó la huella ensangrentada de su mano abierta, como una acusación y una promesa. Pérez de la Rosa, con la ayuda de unos transeúntes, pudo llegar a la Casa de Socorro de San Lorenzo; tenía un tiro en el antebrazo izquierdo y otro, que le ahogaba, en la región precordial. Había visto huir por la calle Juan Rabadán a los asesinos y creía conocerlos. A las tres y media de la madrugada del día 7 fallecía Jerónimo Pérez de la Rosa en el Equipo Quirúrgico del Prado de San Sebastián. Sancho Dávila no se separó un instante del camarada herido y se ofreció para las transfusiones de sangre precisas, pero los médicos estimaron inútil toda ayuda.
El S. E. U. de Sevilla declaró la huelga, cerrándose todos los centros de estudios. En Madrid, un grupo de estudiantes falangistas pidió al secretario general de la Universidad la suspensión de las clases y que se izase la bandera a media asta. Como hubiera ciertas titubeantes consultas, se impuso la petición. En Valladolid, ya sin clases, grupos de estudiantes recorrieron las calles manifestando públicamente su protesta. Hechos análogos se repitieron en otras poblaciones. Estas huelgas no fueron ordenadas por la Jefatura Nacional, sino que surigeron movidas por la indignación de los universitarios y secundadas de manera especial por los pertenecientes a las asociaciones tradicionalistas y católicas.
El mismo día, José Antonio dijo en el Parlamento:
«Señores diputados: Escuetamente, en la noche de anteayer a ayer, han sido asesinados en Sevilla dos muchachos de la Falange. Se llamaban Eduardo Rivas y Jerónimo de la Rosa.
¿Señoritos fascistas? El uno, un modesto pintor; el otro, un humilde estudiante y empleado de ferrocarriles. ¿Se alistaron en la Falange por defender al capitalismo? ¡Qué tenían que ver ellos con el capitalismo! Si acaso, padecerían algunos de sus defectos. Se alistaron en la Falange porque se dieron cuenta de que el mundo entero está en una crisis espiritual, de que se ha roto la armonía entre el destino de los hombres y el destino de las colectividades. Ellos dos no eran anarquistas; no estaban conformes en que se sacrificase el destino de la colectividad al destino del individuo; no eran partidarios de ninguna forma de Estado absorbente y total; por eso no querían que desapareciese el destino individual en el destino colectivo. Creyeron que el modo de recobrar la armonía entre los individuos y las colectividades era este conjunto de lo sindical y lo nacional que se defiende, contra mentiras, contra deformidades, contra sorderas, en el ideario de la Falange. Y se alistaron en la Falange y salieron hace dos noches a pegar por Sevilla los anuncios de un periódico permitido. Y cuando estaban pegando los anuncios en la pared fueron cazados a mansalva; uno quedó muerto sobre la acera y el otro murió en el hospital pocas horas después.
Ya comprenderéis que no vengo a formular una «enérgica protesta», como es uso parlamentario; vengo a formular una acusación. En las calles de Sevilla se están sustanciando a tiros las cuestiones entre los bandos políticos desde hace más de un año. La Falange tiene el orgullo de decir que ni una sola vez ha iniciado las agresiones. La Falange puede decir que ni una sola vez le ha probado una agresión. Muere un día un obrero alistado a la Falange; la ciudad entera señala como inductor del asesinato al partido comunista; no se cierra un solo centro comunista, no se impone una sola sanción a ningún comunista conocido, no ocurre nada. A veces, los tribunales logran hacer justicia; otras veces no lo logran. Pero a los pocos días, cuando ya van dos o tres agresiones contra los de Falange, reciben unos tiros unos cuantos comunistas en la puerta de su centro. Sin más averiguaciones, el gobernador de Sevilla encarcela no a los que presume autores —presunción que ante los tribunales se ha destruido—, sino a quince de los dirigentes de la Falange, e impone a cada uno 5.000 pesetas de multa y acuerda la clausura de todos los centros de la provincia. Era tan injusta la multa que el señor ministro de la Gobernación, a la sazón don Manuel Pórtela Valladares, sólo por una conversación mantenida conmigo, revocó la multa de todos y mandó ponerlos en libertad.
Pero, en cambio, vuelve ahora a caer muerto uno y a las pocas horas otro de los afiliados a la Falange. Parece que la imputación de represalias es bien clara; sin embargo, no se cierran los centros comunistas, no se detiene a un solo comunista, ni se impone una multa a ningún comunista. Es decir, que este gobernador de Sevilla, incapaz de garantizar por sí mismo la seguridad de la vida de los ciudadanos, ni siquiera tiene la que sería un poco salvaje gallardía de dejarlos que sustancien sus cuestiones por igual, sino que se dedica a hacer que un bando tenga que estar inerte, a hacer que un bando no tenga ni siquiera sitios de reunión donde poder ponerse de acuerdo unos cuantos, para pegar carteles por las calles, y, en cambio, tiene todas las benevolencias para el otro.
Esto, que sería en cualquier caso una dejación irritante de autoridad, que sería en cualquier caso una complicidad criminal con uno de los bandos, y cabalmente con el bando que ha iniciado las agresiones siempre, se agrava mucho más, señor ministro de Gobernación y señores diputados todos —no sé si, acaso, con la excepción del señor Bolívar —, en las circunstancias presentes. En España se está agitando, cada vez más violento, un estado revolucionario terriblemente amenazador, terriblemente amenazador para los tradicionalistas y para vosotros, para los liberales burgueses, para los republicanos de izquierda.
Aquí tengo, señor ministro de la Gobernación, una publicación no clandestina. Es un libro que se llama «Octubre» y que he podido comprar pagando su precio. Al respaldo pone la imprenta donde se imprime; a la vuelta de la primera página dice la editorial que lo produce, y por si faltase algo, no más que frente a la declaración previa, se afirma que es un libro de acuerdos y de actitudes de la Juventud socialista y que con tono oficial lo publica su presidente, nuestro compañero de Parlamento don Carlos Hernández Zancajo. En este libro, que no es una publicación clandestina, en la página 160 de este libro, se estampan las conclusiones de la Federación de Juventudes Socialistas. Quisiera que el señor presidente me permitiese leer tres o cuatro renglones, no más de una docena de renglones en todo caso.
Las conclusiones de las Juventudes socialistas son éstas: «Por la bolchevización del partido socialista. Expulsión del reformismo. Eliminación del centrismo de los puestos de dirección. Abandono de la II Internacional. Por la transformación de la estructura del partido —escuchad esto— en un sentido centralista y con un aparato ilegal.» Esto no se dice en una publicación clandestina; se formula el propósito de crear un aparato ilegal por una asociación reconocida enun libro que todos podéis comprar por tres pesetas. «Por la unificación política del proletariado español en el partido socialista. Por la propaganda antimilitarista. Por la unificación del movimiento sindical. Por la derrota de la burguesía —en la que entráis vosotros— y el triunfo de la revolución bajo la forma de la dictadura proletaria.» A ver si vosotros los republicanos de izquierda estáis dispuestos a preferir esta o la otra dictadura. (Un diputado: Ninguna.)Pues por eso os lo digo.
«Por la reconstrucción del movimiento obrero nacional sobre la base de la revolución rusa.» Y luego este párrafo: «Las Juventudes socialistas consideran como jefe iniciador de este resurgimiento revolucionario al camarada Largo Caballero, hoy víctima de la reacción, que ve en él su enemigo más firme.»
Este es el tono del movimiento revolucionario que se prepara; esto es lo que se agita cada vez más áspero, cada vez más hostil, cada vez más seco bajo estas coaliciones, más o menos reprobables, de los socialistas con los republicanos de izquierda, esto: una dictadura de tipo asiático, ruso, sin el menor resto de aquella emoción sentimental que alentó en sus principios a los movimientos obreros. Esto es lo que se está preparando en España; esto es lo que está rugiendo bajo la indiferencia de España (Muy bien), y en muchas provincias de España donde no hay censura, y en otras donde la hay, se publican periódicos comunistas y casi todos los domingos se celebran mítines de propaganda comunistas, donde hay puños en alto.
Ante todo esto, todos vosotros estáis distraídos y, perdóneme el señor ministro de la Gobernación, la censura cree que cumple con su deber, o el Gobierno delega su deber en la censura, haciéndola que tache noticias como esta del asesinato de mis dos magníficos camaradas de Sevilla, que sería muestra para impresionaros a todos, para avisarnos a todos de lo que a todos se os va a venir encima. Por eso no reclamo para estos dos camaradas caídos el simple respeto que reclamaría ante cualquier ciudadano, por próximo que me fuera, si hubiera sido asesinado en la calle; reclamo vuestra gratitud y vuestra admiración, porque en medio de la distracción criminal de casi todos, están hombres humildes en la primera línea de fuego cayendo uno tras otro, muriendo uno tras otro, para defender a esta España que acaso no merece su sacrificio.»
Como consecuencia del discurso, el ministro de la Gobernación destituyó desde el banco azul al gobernador civil. Al día siguiente, el presidente de la Audiencia se hacía cargo del mando de la provincia. A raíz de este suceso, la F. U. E. de Sevilla enviaba un aviso a los periódicos anunciando su desaparición. En Madrid, el Comité Ejecutivo de la Federación dio un comunicado que Haz publicó, «por ser—decía con el humor de los fuertes—un periódico de todos los estudiantes»:
«Esta mañana un grupo de Falange Española, pertrechado de pistolas, ha interrumpido las clases en la Facultad de Derecho, hiriendo a culatazos a dos estudiantes y golpeando a un bedel. La F. U. E., ante estos hechos y provocaciones cobardes que vienen constantemente repitiéndose, no sólo hace patente su protesta, la más enérgica, sino que exige de cuantos a ella están obligados el cese de impunismo en que se desarrollan tales actos, imponiendo losmerecidos correctivos a quienes tan salvajemente turban el normal desarrollo de la vida universitaria, que entendemos no puede estar a merced de unos «pistoleros universitarios».
Estimamos de urgente necesidad la adopción de medidas que eviten en lo sucesivo casos como el que nos ocupa. Es preciso impedir que unos insensatos que están al margen del proceso cultural prosperen en sus intentos perturbadores.»
No se amilanaban los falangistas ante el sangriento recrudecimiento de los ataques comunistas. Miguel Servet, jefe de la Falange murciana, al frente de unas escuadras, ocupa la Casa del Pueblo de Molina del Segura, expulsa a los socialistas y permanece en ella una hora; era el 11 de noviembre. Doce días más tarde lo repite en la propia capital. Con hechos de esta naturaleza ganaban una aureola popular que les suponía capaces de cualquier acción para la que fuera necesario decisión y valor.
El predominio numérico de estudiantes en las milicias falangistas no se refería solamente a las ciudades universitarias. García Venero escribe: «En Torrelavega, los estudiantes predominaban en esa primera línea.» Al frente de la jefatura provincial de la milicia de La Montaña figuró otro estudiante, José María Alonso Goya.
CONCLUSIÓN
Los acontecimientos relacionados con la llamada Primera Línea reflejan la intensidad del conflicto político que se vivía en España en los años previos a la Guerra Civil. Jóvenes militantes de distintas ideologías participaron activamente en una lucha política que, en numerosas ocasiones, derivó en enfrentamientos violentos y en trágicas pérdidas humanas.
Dentro de Falange Española, la Primera Línea simbolizaba la entrega de aquellos militantes que asumían un papel activo en la propaganda y defensa del movimiento en un contexto de fuerte confrontación ideológica. Para muchos de ellos, especialmente estudiantes universitarios, su participación representaba un compromiso político que trascendía la simple militancia.
El asesinato de Eduardo Rivas y Jerónimo Pérez de la Rosa tuvo una gran repercusión entre los estudiantes falangistas y contribuyó a consolidar el mito de la Primera Línea dentro del movimiento. Este episodio ilustra, en definitiva, el grado de tensión y radicalización que caracterizó la vida política española durante los años treinta.
