INTRODUCCIÓN
Las elecciones generales de febrero de 1936 marcaron un momento decisivo en la historia de la Segunda República española. En un clima de gran polarización política, las principales fuerzas del país se agruparon en dos grandes bloques: el Frente Popular y las coaliciones de derechas. En ese contexto electoral, Falange Española quedó al margen de las grandes alianzas políticas, lo que dificultó seriamente sus posibilidades de obtener representación parlamentaria.
A pesar de su creciente actividad propagandística y de la intensa movilización de sus militantes, el movimiento falangista no consiguió ningún diputado en las elecciones. El sistema electoral y la formación de amplias coaliciones relegaron a organizaciones que, como Falange, concurrían en solitario.
Tras el triunfo del Frente Popular, la situación política se volvió cada vez más tensa. Mientras muchos partidos de derecha entraban en crisis o se replegaban, Falange comenzó una nueva etapa caracterizada por la represión gubernamental, las detenciones de militantes y el cierre de sus sedes, en lo que sus propios miembros describirían como un periodo de lucha marcado por muertos y presos.
La Falange, conociendo que el grueso de sus fuerzas lo formaban jóvenes sin voto y convencida que las urnas marcarían un giro revanchista a la izquierda, buscó la formación de un frente nacional vigoroso para obtener por su conducto una minoría de diputados que, amparada por la inmunidad parlamentaria, pudiera defender la organización y hacer frente al difícil futuro. Pero las derechas, manejadas por Gil Robles, poniendo diversos pretextos, dejaron aislada en la lucha electoral a la Falange , en contra del criterio de algunos de los suyos, que veían más claro. Manuel Bueno escribió en ABC, con el título «Horas difíciles»: «Sería una grave omisión el prescindir de ese mocerío indisciplinado y entusiasta que frecuentes pruebas viene dando de su acrisolado patriotismo. Las perspectivas electorales se presentan con un tan dramático carácter belicoso que todas las precauciones que se adopten para vencer el ímpetu rojo serán escasas. Los contingentes de Falange Española no tienen, por el número, la importancia de los que integran Acción Popular; pero cada uno de sus miembros vale, por su desinterés y arrojo, como cinco. Esto no puede ser puesto en duda.» Para confirmar estos temores, el 27 de enero diría en Alicante Largo Caballero: «Si ganan las derechas, tendremos que ir a la guerra civil.» El Socialista escribía: «Tenemos esperanzas muy fundadas, consecuencia de un firme propósito, de que algún día las derechas tendrán ocasión de comprobar lo que ese una revolución auténtica. No se puede pedir a un pueblo, sobre todo cuando tiene tan frescos los quebrantos, que canalice cuerdamente su iracundia; eso se consiguió una vez en España y la segunda se nos antoja que va a ser imposible.» El tiempo se encargaría de mostrar cuan real era la amenaza.
Pero la razón y la conveniencia común quedaron ahogadas en las pugnas internas para el reparto depuestos, en lo que se llamó «frente de hormigas». El período electoral trajo a la Falange sus últimos días de propaganda abierta. El 2 de febrero se cantó por vez primera, en masa, el «Cara al Sol» en los actos celebrados en los cines Padilla y Europa. El Europa estaba enclavado en barrios madrileños comunistas; allí dijo José Antonio:
«Aunque triunfaran en España todas las candidaturas socialistas, vosotros, militares españoles, a quienes van a decir que la Patria no existe, que vais a ver a vuestros soldados en indisciplina; vosotros, religiosos católicos españoles, que vais a ver convertidas las iglesias en museos de los sin Dios; vosotros, ¿acatarías el resultado electoral? Pues la Falange, tampoco.» El 9 de febrero, segundo aniversario del asesinato de Matías Montero, sus viejos camaradas de Medicina hicieron guardia en su tumba, en donde Salazar colocó unas flores. En la iglesia de San Manuel y San Benito se celebró una misa por los estudiantes caídos, y, a la salida, los asistentes, en manifestación y cantando el himno falangista, recorrieron la Gran Vía madrileña; como resumen de la jornada, quince detenidos por los guardias de Asalto. Entre tanto, Gil Robles no apreciaba más que su propia propaganda, que enterraba la realidad, con sus consignas «A por los 300» y «Todo el Poder para el jefe». La actividad desplegada por Acción Popular fue tan impresionante como inútil.
En su campaña gaditana, José Antonio pronunció numerosos discursos y fue siempre acompañado por Aguilar, orgulloso de la responsabilidad de su protección. Aguilar asumió, temporalmente, el mando de las miliciasde Cádiz. Equipos de oradores llevaron por pueblos y ciudades las consignas de prepararse para luchas peores que las electorales. No podían faltar los estudiantes en tal servicio: Valdés mitineó en Santa Fe, en Talavera, Oviedo, Pola de Laviana y otros pueblos de Asturias por donde se presentaba candidato; también participó Cobián como orador; Ángel López, en Galicia; Colón, en Palencia; Goya, en las provincias de Santander y Ciudad Real; A. Peñuela y Victoriano Aguilar, por la zona cordobesa; Pedro García y Villarroel, en numerosos pueblos toledanos; Rodenas, en Quitnanar del Rey. En Zaragoza, José Antonio Giménez Arnáu, aludiendo a los últimos incidentes escolares, censuró «a los decanos pálidos y temblorosos que, custodiados por la fuerza pública, trataron de prohibir al entusiasmo estudiantil sus vítores a España.» Pocos militantes quedaron sin una extenuante misión. Durante el período electoral, que se desarrolló con cierta tranquilidad, fueron asesinados dos falangistas: Alcázar y Collazo.
Las elecciones inclinaron la balanza del lado izquierdista, exactamente en la proporción que había señalado José Antonio. La Falange no tuvo ni un solo diputado. Emparedados entre los dos grandes bloques, los electores, con buen sentido, estimaron que los votos a los falangistas serían votos perdidos.
La importancia política no se reflejaba limpiamente en las urnas. Los entramados electorales obedecen a normas especiales. Formadas dos grandes coaliciones, quienes quedaran fuera de esas alianzas estaban condenados a no poder obtener el menor resultado favorable. Pero acabada la contienda electoral, la Falange se convirtió en el sector político fundamental.
El 16 de febrero, cuando se supo el triunfo de las izquierdas, cesó el bullicio en los centros hasta entonces eufóricos de Acción Popular. Algunos gobernadores civiles abandonaron sus puestos y un viento amenazador subía de la calle al Gobierno. El día 17 por la mañana, mientras, abatidos, comenzaban a disolverse los hasta entonces poderosos partidos derechistas, José Antonio pedía en Gobernación fusiles para la Falange. En provincias, los más destacados estudiantes, cuando conservaban su libertad, pasaron a ocupar los mandos de la Falange; así en Baleares, al ser detenido Zayas, encabezó el triunvirato de mando el jefe del Sindicato, Jaime Real. Los trenes para Francia y Portugal iban abarrotados en las clases de lujo por los mismos que ayudaron a la C. E. D. A. a provocar una crisis, cuando se trató de elevar en un 2 por 100 la tasa de derechos reales. El día 19, Azaña formaba un Gobierno de Frente Popular. José Antonio había escrito en marzo de 1935: «Antes de la primavera del año próximo tendremos a Azaña en el Poder.» Y en el mitin del cine Madrid anunció: «Azaña no tendría ahora las masas alegrese ingenuas del 14 de abril. Ahora vendría sobre el lomo de masas torvas, rencorosas, envenenadas por los agentes españoles del bolchevismo ruso. Y esas masas ya no serían débil instrumento en las manos de su rector, sino torrente que se le desbordara y le someterá a su arbitrio.» Efectivamente, el 17 ardían ya las primeras iglesias.
El primer comentario de la Falange sobre el resultado electoral, publicado en Arriba, terminaba así:
«Que la juventud de una España difícil sea con nosotros cual la queremos: trágica, alegre, seria y heroica. A nosotros sólo nos toca persistir, pensar ycombatir por Dios ypor la Patria hasta la muerte. Y luego vendrá la primavera.»
La Falange trasladó sus oficinas a Nicasio Gallego, 21, y, para evitar dificultades, el piso se arrendó a nombre de Mariano García, quien a continuación subarrendó el local a «Alejandro Salazar, jefe del S. E. U. y de la Junta Política de la Falange»; con dicha argucia se pudieron trasladar los muebles y papeles de Santo Domingo. Pero no había de durar mucho tiempo «el privilegio» de tener domicilio social; el 27 de febrero lo clausuraba la Policía.
Comenzaba para la Falange una lucha sin cuartel.
CONCLUSIÓN
El resultado electoral de febrero de 1936 dejó a Falange Española fuera del Parlamento y en una situación política especialmente complicada. Sin la protección que ofrecía la inmunidad parlamentaria y en un ambiente cada vez más polarizado, el movimiento pasó rápidamente de la propaganda pública a una fase de persecución política y clandestinidad.
El triunfo del Frente Popular y el recrudecimiento de la tensión social marcaron el inicio de un periodo de enfrentamientos, detenciones y cierre de organizaciones políticas. Para Falange, estos acontecimientos consolidaron una narrativa basada en el sacrificio de sus militantes y en la idea de resistencia frente a lo que consideraban un entorno político hostil.
Este episodio refleja la profunda crisis política que atravesaba España en los meses previos a la Guerra Civil, cuando el sistema democrático republicano se encontraba sometido a fuertes tensiones que acabarían desembocando en uno de los conflictos más decisivos de la historia contemporánea del país.
