INTRODUCCIÓN
La victoria del Frente Popular en febrero de 1936 marcó el inicio de una etapa de creciente tensión política en España. En ese contexto, el Gobierno ordenó la clausura de los centros de Falange Española y la detención de sus principales dirigentes. El 14 de marzo, José Antonio Primo de Rivera y numerosos miembros de la Junta Política y del Sindicato Español Universitario fueron encarcelados en la Cárcel Modelo de Madrid.
Lejos de paralizar la actividad del movimiento, la prisión se convirtió en un inesperado centro de organización. Desde sus galerías, los dirigentes falangistas continuaron coordinando a sus militantes, redactando manifiestos, manteniendo contacto con el exterior y organizando la estrategia política y propagandística. Mientras tanto, en las calles de Madrid y otras ciudades, las milicias y los estudiantes intentaban demostrar que la detención de sus líderes no significaba la desaparición de la Falange.
El 14 de marzo se completó la clausura de los centros y la suspensión de los periódicos, con la detención de José Antonio, de la Junta Política y de los dirigentes más destacados del S. E. U. De esta forma, la cárcel se convirtió en local social de la Falange, interesada entonces en demostrar sin tardanza que las detenciones no desarticulaban ni disminuían la eficacia de las milicias. Para ello planeó ocupar el centro de Madrid, repartiendo propaganda, dominando las calles, venciendo cualquier resistencia que pudiera presentarse.
Agustín Aznar, que había comenzado su vida profesional como médico en Guadalajara, regresó a Madrid para hacerse cargo de esta misión. Se dispuso de cuatro centurias para la acción principal. Los pasillos de las Facultades se animaron más de lo habitual y, pronto, las calles céntricas se llenaron de gritos y pasquines. En la Puerta del Sol y Alcalá se produjo un encuentro más serio. Al lado de Agustín, Amadeo Picó demostró su valor. Finalmente, concentraciones de guardias de Asalto, que hubieron de utilizar sus carabinas, restablecerían la calma. En la represión, numerosos falangistas fueron detenidos y varios apaleados por los guardias, especialmente Miguel Primo de Rivera. A pesar de ser la hora de máxima afluencia de gente por las calles, Agustín Aznar pudo resumir el servicio diciendo: «El centro de Madrid quedó como si fueran las cuatro de la madrugada.»
Después de la actuación reseñada, la jefatura de la Primera Línea madrileña pasó a otro estudiante, Gerardo González Sampedro, hasta su detención.
En Valencia, el mismo día, un grupo de obreros marxistas, con algún afiliado a la F. U. E., intenta asaltar el local del S. E. U. situado en la calle de Santa Irene, produciéndose una refriega en la que se dispararon un centenar de tiros; cuando se presentó la Policía, Maximiliano Lloret, jefe del Distrito Universitario, se hizo responsable de lo sucedido .
Los sucios calabozos de la Dirección General de Seguridad se hicieron habituales para los falangistas. En sus paredes cochambrosas desaparecían los vítores comunistas y las palabras obscenas, sustituidos por los «¡Arriba España!», generalmente con alusiones poco correctas para el señor Gil Robles. En aquellos sótanos, situados en la calle de las Infantas, esquina a Víctor Hugo, redactó José Antonio un manifiesto que se repartió por toda España; terminaba con el siguiente párrafo:
«En la propaganda electoral se dijo que la Falange no aceptaría, aunque pareciera sancionarlo el sufragio, el triunfo de lo que representaba la destrucción de España. La Falange cumple su promesa y os convoca a todos — estudiantes, intelectuales, obreros, militares, españoles— para una empresa peligrosa y gozosa de reconquista.
José Antonio comentó con humor: «No me importan dos años de cárcel; repasaré el bachillerato.» El número de personas que le visitaban resultaba impresionante, desde «Azorín» al español desconocido. Cierta vez, ante la reiterada presencia de un ilustre personaje político, contestó: «Decirle que no estoy, que he salido.» No eran sólo políticos quienes deseaban hablarle. «Azorín» contó de su visita: «El locutorio de la cárcel estaba henchido de apretada masa de jóvenes. Causaba aquel concurso admiración y temor. Se admiraba la valerosa lealtad deaquellos jóvenes y se temía por ellos la venganza siniestra…»
El director general de Seguridad comunicó a la Prensa, en la madrugada del 18 de marzo, un documento que acababa de recibir del juez Gómez Carbajo:
«En el sumario que instruyo por asociación ilícita en virtud del oficio del Comisario General de Investigación Social, en el que, poniendo a disposición de este Juzgado a don Heliodoro F. Cánepa, don José Antonio Primo de Rivera, don Augusto Barrado Herrero, don Rafael Sánchez Mazas, don Julio Ruiz de Alda, don Raimundo Fernández Cuesta, don David Jato Miranda y don Eduardo Rodenas Yusía, elementos dirigentes de Falange Española de las J.O.N.S., entre otros, y en el que participaban diferentes extremos; acompañando antecedentes por si a la vista de los mismos pudiera declararse la ilicitud de la mencionada asociación, ha acordado dirigir a V. E. la presente, participándole que por auto dictado en el día de hoy en el mencionado sumario se ha acordado el procesamiento y prisión de los señores expresados en su oficio como elementos dirigentes de dicha asociación, habiéndose acordado también la suspensión de las funciones propias de la asociación de Falange Española de las J. O. N. S.» .
Después de las detenciones, el jefe nacional del S. E. U. se hizo cargo interinamente de la Secretaría General de la Falange y, como tal, firmó una orden-circular secreta:
«Llegan a este Secretaría General consultas de los Jefes Provinciales ante la actitud que deben adoptar al ser requerida la Falange por los mandos militares para auxilio público en estos días.
Nuestra actitud en este caso, ordenada por el Jefe Nacional, ha de ser la de completa y leal ayuda en los servicios que se les encomienden.
Sin embargo, se señalará como imprescindible para esta actuación la de que nuestra fuerza intervendrá en todo momento con absoluta independencia del resto de las fuerzas civiles que para estos servicios se utilicen.
Los militantes de la Falange deberán actuar en todo momento bajo las órdenes inmediatas de sus jefes regulares, sin permitir intromisión de mando que no provengan de las fuerzas militares e institutos armados.
Los Jefes Provinciales a los que en estos días se les requiera y que no lo hayan aún comunicado a esta Secretaría General, deberán hacerlo inmediatamente.
Cordialmente os saluda el Secretario General interino Firmado: Alejandro Salazar. —¡ArribaEspaña!»
El 21 de marzo comunicó en una carta a los jefes provinciales:
«Te supongo enterado que nuestro Jefe Nacional y los miembros de la Junta Política de la Falange se hallan detenidos en la Cárcel Modelo de Madrid. Esta es una medida de Gobierno con la ingenua pretensión de desarticular a la Falange.
Estamos seguros de que no decaerá vuestro ánimo en esta lucha que tenemos entablada, en la cual saldremos victoriosos, para conquistar la gloria de tener una España grande y libre.»
En la Cárcel Modelo, José Antonio, Fernández Cuesta, Sánchez Mazas, Ruiz de Alda, Valdés y Salazar ocuparon un ala de la llamada galería de presos políticos; en una galería paralela quedaron Cánepa, Hernández Bravo, Rodenas, Guitarte y otros estudiantes. En la parte destinada a presos comunes, numerosos universitarios ocupaban buen número de sus celdas; entre otros pasarían por la Modelo Suárez Inclán, Javiez Aznar, Eduardo Fieravanti, Gerardo Sampedro, Agustín Aznar y Miguelito Primo de Rivera.
Antonio Lucena, otro estudiante, logró introducir en la cárcel una máquina fotográfica de las llamadas entonces de cajón por su forma cuadrada y con ella hizo las fotografías de José Antonio que de ese tiempo se poseen.
De aquella vida común carcelaria escribió un pequeño y exaltado libro José Martín Villapecellín, a quien al final de una broma de las muchas que se gastaron a su transigente y voluminosa humanidad, consistente en verter bajo su cama el rancho íntegro, que olía de forma muy poco grata, Rodenas le anunció: «Villapacellín, esta convivencia con nosotros pudiera ser que te salve de morir fusilado cuando triunfe la Falange, que tendrá que acabar con los fascistas.» Se refería a un folleto que había publicado Villapecellín titulado «Mi fascismo», en el que aparecía en la portada de uniforme, saludando brazo en alto. José Antonio no dio descanso a quienes le acompañaban en la cárcel; impuso sesiones diarias de gimnasia, dirigidas por Valdés, y asignó tareas de estudio. El mismo rara vez dejaba de acompañarse de un libro, muy frecuentemente con la «Historia de la filosofía»,de Messer. Tenía intención de inclinar a cada uno hacia determinadas materias, aconsejando que los libros que sirvieran de análisis se discutieran en seminario. Recomendó al grupo estudiantil «España invertebrada», de Ortega; «El conde- duque de Olivares», de Marañón, y «Defensa de la Hispanidad», de Maeztu . Rodenas, imitando a José Antonio, comenzó un ensayo sobre una Orden nueva católica y militar, seno de una minoría que moviese el mundo hispánico. La raíz de esta inquietud la encontró en Unamuno, en su crítica «de ese transpantojo de la llamada democracia cristiana, que es algo así como un triángulo amargo, o un sonido verde —y seguía—, solamente política, buena o mala, mejor o peor, pero no religión.» La condena unamuniana de hacer política con la religión tenia como cara de la moneda su estimación de «hacer de la política como una religión». Rodenas, con otro compañero estudiante, trataba de encontrar solución práctica al problema planteado por el profesor universitario.
El día 30 de abril, a las once de la mañana, se celebró en la Cárcel Modelo la vista de la causa contra la Falange y sus directivos. Las precauciones policíacas fueron extraordinarias, incluso los periodistas encontraron grandes dificultades para entrar en la sala.
El fiscal deduce la existencia de un delito de asociación ilegal, del que son responsables los siguientes procesados:
«José Antonio Primo de Rivera, Jefe de la Asociación; Segundo Barrado, miembro de la Junta Política de la Falange; Raimundo Fernández Cuesta, Secretario general; Heliodoro Fernández, del Consejo Nacional, afiliado al Sindicato Nacional Universitario; José Luis García Casas, José Miguel Guitarte, del Consejo Nacional de la Falange Española; David Jato, del Sindicato Universitario; Eduardo Rodenas, también del Sindicato; Julio Ruiz de Alda, Presidente de la Junta política del Partido; Alejandro Salazar Salvador, afiliado a la Falange Española y del Sindicato, del que fue Presidente al fundarse éste; Manuel Valdés Larrañaga, de la Junta Política.
Para cada uno de los procesados pide el fiscal un año, ocho meses y veintiún días de prisión, y 500 pesetas de multa.
Solicita asimismo la disolución de la Asociación, en virtud de lo dispuesto en el artículo 14 de la Ley de Asociaciones de 30 de junio de 1887»
A la pregunta del fiscal de si el Sindicato Español Universitario estaba inscrito en la Falange Española, José Antonio contestó: «No; es una entidad adherida, pero con inscripción propia en la Dirección de Seguridad. Es una entidad autónoma en cierto modo.» En contra del propósito del fiscal de mezclar e incluir dentro de las mismas responsabilidades a la Falange y al S. E. U., José Antonio se propuso separarlos cuanto fuera posible, pensando que si la Falange era considerada asociación ilegal, pudiera continuar el Sindicato. Los estudiantes tenían la consigna de no aludir a su falangismo. Sólo los pertenecientes a la Junta Política declararían su pertenencia a las
«dos asociaciones». Hubo una desobediencia. Cuando fue interrogado Eduardo Rodenas, declaró, con tono exaltado y desafiante, que él antes que nada era falangista. José Antonio le miró con verdadera cólera y, una vez terminada la vista, le dedicó una severa felípica. Eduardo, ya solo, lloró como un niño.
Después de una breve prueba testifical, el fiscal retiró la acusación contra los afiliados al Sindicato, estimando que no aparecían pruebas terminantes de su dependencia a la Falange Española.
José Antonio, en su defensa, aludió a las juventudes que le seguían:
«Nadie tiene derecho a creer que arrastramos a unos muchachos animosos, quizá hasta la muerte, por puro capricho.»
La Sala absolvió a todos los procesados y declaró a la Falange asociación lícita y legal. Uno de los magistrados que firmaron la sentencia, don Eugenio Arizcun , era padre de un estudiante falangista de Derecho. Cuando el Supremo ratificó la sentencia, la censura del Gobierno demócrata prohibió su publicación en los periódicos.
José Antonio fue protagonista de un divertido proceso por injurias al director general de Seguridad, Alonso Mallol, por haber aludido a que la ruptura de los sellos que clausuraban el centro falangista tal vez hubiera sido hecha con los «aditamentos óseos» del director de Seguridad. En su autodefensa, hizo una larga enumeración de cómo los cuernos significaban en muchos pueblos y épocas el máximo signo de autoridad, y para cuya recogida de citas, Sánchez Mazas, Valdés, Fernández Cuesta y Salazar le ayudaron buscando en una Biblia que le había regalado Carmen Werner.
Víctor d’Ors comunicó, en la cárcel, a Manolo Valdés que juntos habían obtenido el segundo premio del Concurso Nacional de Arquitectura con un proyecto de museo de arte moderno.
José Antonio sufrió seis procesos en la Cárcel Modelo madrileña. La vista que tuvo lugar el 28 de mayo, y que trataba de impedir su libertad, se basaba en unas armas encontradas en su casa, en un registro llevado a cabo estando él ya detenido. El injusto veredicto condenatorio le hizo perder su serenidad y, dando voces y puñetazos en la mesa, se rasgó la toga, recriminando crudamente a los magistrados; un oficial del Tribunal, en medio del altercado, insultó a José Antonio, quien reaccionó cogiéndole por las solapas, zarandeándolo; el oficial, después, arrojó un tintero contra el jefe de la Falange.
CONCLUSIÓN
La etapa de la Cárcel Modelo simboliza uno de los momentos más singulares de la historia de Falange Española durante la Segunda República. Con gran parte de su dirección encarcelada y sus sedes clausuradas, el movimiento trató de mantener su cohesión y su actividad política desde condiciones extraordinarias.
Lejos de suponer el final de la organización, la prisión se transformó para muchos militantes en un espacio de convivencia política, estudio y planificación. Aquellos meses reflejan el clima de confrontación y radicalización que vivía España en 1936, cuando las tensiones políticas y sociales alcanzaban niveles cada vez más intensos en vísperas de la Guerra Civil.
