INTRODUCCIÓN
Durante los años de la Segunda República española, las universidades se convirtieron en uno de los principales escenarios de confrontación política entre estudiantes de distintas ideologías. Las organizaciones estudiantiles, como la Federación Universitaria Escolar (FUE) y el naciente Sindicato Español Universitario (SEU), protagonizaron enfrentamientos cada vez más intensos que reflejaban la polarización que atravesaba el país.
En este clima de creciente tensión, el atentado contra el estudiante Manuel Baselga en Zaragoza provocó una reacción en cadena entre los sectores universitarios vinculados al falangismo. Los incidentes se extendieron rápidamente a otras universidades y culminaron en uno de los episodios más violentos del conflicto estudiantil: el asalto a la Facultad de Medicina de Madrid.
El suceso, que incluyó enfrentamientos armados y numerosos heridos, tuvo gran repercusión política y llegó incluso a debatirse en el Parlamento, donde José Antonio Primo de Rivera ofreció una interpretación de los hechos que reflejaba la intensidad de la lucha ideológica en la España de aquellos años.
El 18 de enero uno de los más esforzados del Sindicato de Zaragoza, Manuel Baselga, recibía de noche dos balazos disparados por la espalda. Los estudiantes de Zaragoza reaccionaron vigorosamente, y ante su actitud el rector clausuró los locales de la F. U. E., dejando en suspenso la representación escolar. De esta forma el S. E. U. ganaba su primera huelga.
En Sevilla no quisieron ser ajenos al atentado de Baselga, y tres escuadras, mandadas por Narciso Perales, Benjamín Pérez Blázquez y Rafael García Saro, asaltaron los locales que la F. U. E. tenía en la Universidad y en el Instituto. «El mobiliario quedó destruido y su prestigio hecho astillas, pues desde entonces comenzó contraria influencia en la Universidad, y tras de escasos incidentes de clausuras y tumultos, a principios de marzo ya estaba asegurado en ella el absoluto imperio de la Falange» . Saro, uno de los asaltantes, había sido precisamente el jefe del sector del bachillerato fueísta.
Aquello exasperó a los dirigentes marxistas de la F.U.E. madrileña, quienes decidieron contestar can una huelga general, auxiliados por la agrupación comunista «Bloque Escolar de Oposición Revolucionaria», cuyo centro de actividad estaba en un viejo palacio de la calle Magdalena, en donde también tenían su domicilio oficial los estudiantes hispanoamericanos de la F. U. H. A., dirigidos por dos agentes comunistas, el cubano Lipiz y el peruano Masedo.
Alentados por la desautorización que el ministro de Instrucción Pública, Pareja Yébenes, hizo del rector zaragozano por la clausura, en la madrugada del día 24, de los locales de la F. U. E., su comité ejecutivo acordó como protesta la suspensión de las clases durante cuarenta y ocho horas en toda España. El S. E. U., las A. E. T. y los Estudiantes Católicos se opusieron, originándose numerosos incidentes. Grupos armados recorrieron las facultades, con objeto de obtener su cierre. Apalearon a seuístas aislados y se ensañaron especialmente con los de Medicina. Las autoridades académicas, «para calmar los ánimos», clausuraron los centros universitarios, pero antes unos cuantos afiliados a la Federación «apelaron al procedimiento de la ducha» contra Garrigues, que, asistido por la mayoría de los alumnos, se resistía a abandonar su clase de Derecho Mercantil.
Los falangistas decidieron no dejar impune lo sucedido; incluso estaban ansiosos de hacer una demostración de fuerza. En la casa de Julio Ruiz de Alda, que en los primeros momentos vigiló la marcha del Sindicato, se preparó el asalto al centro neurálgico de la FUE, el de Medicina. Se encargó de la dirección Agustín Aznar, famoso en la Facultad por su enfrentamiento con Montes, presidente de aquella FUE, y más aún por los golpes con que arrinconó a Mascaró, un fenómeno del rugby, jefe de deportes de la Federación; Agustín era campeón de Castilla de grecorromana. Se fijó el día 2 y se movilizaron las tres centurias. Más que un secreto plan, se trataba de un público desafío, y los contrarios se prepararon. Temerosos, cerraron las puertas de la Facultad. Agustín entró solo por el hospital, pero antes de abrir el portalón de Atocha para dar paso a los suyos necesitó empujar a un bedel y al catedrático señor Covisa, que trataron de oponerse. Los fueístas se refugiaron en su local, en el que penetró tumultuosamente un grupo de falangistas, entonces, parapetados tras dos ventanillas de la oficina, abrieron fuego de pistola contra los asaltantes. Los que no presenciaron aquello sólo podrán imaginárselo gracias a algunas escenas de películas del Oeste americano. El herido más grave, de la FUE, tenía una herida en el cuello. Agustín Aznar recibió un tiro en la muñeca, y por una especial circunstancia resultó leve. Su reloj estaba estropeado, y para realizar el golpe con exactitud, su hermano Guillermo le dejó el suyo; era de pulsera y sobre él recibió la bala. Después del asalto, alrededor de Agustín se creó una aureola que le llevaría a la jefatura de todas las milicias falangistas. En San Carlos participó Manolo Valdés y Víctor d’Ors, y también estudiantes tradicionalistas. En lo sucesivo esta coincidencia en la acción con la A. E. T. sería frecuente. El claustro condenó a Aznar a pérdida de carrera, y reconocido por el bedel y Covisa, fue además procesado. Detuvieron también al estudiante de Medicina José Miguel Guitarte, que días más tarde había de sustituir a Zaragoza en el triunvirato central.
Lo ocurrido tuvo resonancia y repetición. Al día siguiente una sección del S.E.U. de Murcia penetró en los locales de la F. U. E., destrozando el mobiliario. El ministro de Instrucción Pública, en una nota que no tenía en cuenta la permanente incitación de los republicanos a la rebeldía en las aulas durante la Monarquía, decía: «Estoy seguro de que los perturbadores sistemáticos y obstinados del orden universitario no han de encontrar eco en la gran masa de nuestros estudiantes.» La «Federación», ya gubernamental, contestó candorosamente: «Puede estar seguro el señor Pareja Yébenes que la gran masa de los estudiantes que están dentro de la F. U. E. están al lado del ministro en su propósito de mantener la paz de la Universidad.» El nuevo rector de la Central, León Cardenal, se mostró evangélico: «Sea lo que quiera la ideología de cada cual, dentro de la Universidad debemos considerarnos todos como hermanos.» Pese a tantos buenos propósitos, la F. U. E. no abandonó las armas y se vio obligada a declarar el 20 de febrero: «Cuando, a pesar del acuerdo de la Junta de Gobierno, que prohíbe el uso de armas en el interior de nuestros locales, se hallaban varios compañeros limpiando un revólver de su propiedad, se disparó inopinadamente, hiriendo gravemente a uno de ellos. Pasados los primeros momentos de estupor…» El suceso de San Carlos dio lugar, el 1 de febrero, a un debate en el Parlamento. El diputado socialista Hernández Zancajo afirmó que se habían producido por quienes antes realizaron lo mismo en el local de los Amigos de la Unión Soviética, en el periódico Heraldo de Madrid y en un Círculo Socialista y que estaban alentados por el diputado Primo de Rivera, «quien él mismo» participaba alegremente en demostraciones callejeras acompañando a los suyos».
En su discurso de réplica, José Antonio utilizó la ironía y la emoción que tantas veces adornarían su persuasiva dialéctica:
«Aparte aspavientos y relatos melodramáticos de «horrores perpetrados por los fascistas», el suceso de San Carlos, el asalto de la F. U. E. de Medicina es, dados ciertos antecedentes, un fenómeno perfectamente explicable. Y los antecedentes que producen su resultado son, a mi modo de ver, simplemente estos tres: primero, la F. U. E. es una organización política; segundo, la F. U. E. ha introducido la violencia en la Universidad; tercero, la política del gobierno (para el que, como tal gobierno, tengo los mayores respetos, pero al que he de censurar en este punto), no es acertada en cuanto al tratamiento de ese fenómeno político y social del fascismo que se está produciendo en España como en todo Europa.
En cuanto a lo primero, o sea al carácter político de la F.U.E., no tema la Cámara que me remonte al siglo XIII, ni siquiera a los tiempos de la Dictadura, porque acaso en mi interpretación de esos tiempos pudierais achacarme parcialidad. Voy, sencillamente, a referirme a lo que ocurre con la F.U.E. desde que se implantó la República. Cada una de las asambleas generales de la F.U. E. es un mitin político; en las reuniones de la F. U. E. casi nunca se habla de algo estudiantil, típicamente profesional, sino de las actitudes que deben tomar los estudiantes respecto a tales o cuales problemas políticos
El 10 de abril de 1933 —es decir, antes de que hubiese empezado a manifestarse públicamente ningún movimiento fascista—, la Junta directiva de la Asociación Profesional de Estudiantes de Medicina, incorporada a la F. U. E., acordó proclamar solemnemente su carácter antifascista. (El señor Pascual Leone: «Muy bien hecho».) A. S. S. le parece muy bien; pero es una declaración política tan acertada como se quiera a juicio de ese señor diputado… (El señor Marco Miranda: «Y tan liberal».) Perfectamente; será liberal, luego es política. (El señor Marco Miranda: «En sus Congresos no se habló nunca de política.») ¿Que no se habló nunca de política en sus Congresos? Perdone un momento S. S., que ya iremos poniendo todo eso en claro.
Pues bien, en cumplimiento de aquel acuerdo, que se tomó el10 de abril de 1933, la Junta directiva de la Asociación Profesional de Estudiantes de Medicina convocó a Junta general para el 13 de enero de este año. Aquí esta esa convocatoria (enseñándola), y en el orden del día de la Junta general figuran estos dos puntos:
Primero:
Declaración antifascista de la Asociación. (El señor Pascual Leone: «Muy bien.») Perfectamente bien. Segundo (a ver si este punto le parece todavía mejor a S. S.): No admitir dentro de la Asociación a aquellos individuos que profesan ideas fascistas. (El señor Pascual Leone: «Me parece mejor.») (El señor Marco Miranda: «Muy liberal.») Perdónenme SS. SS., que habrá tiempo para todo, y disculpe también la presidencia si el discurso se alarga con las interrupciones. Esta declaración antiliberal—antiliberal, aunque parezca otra cosa—alcanza, si se fijan en su texto los interruptores, no a excluir de la Asociación Profesional de Estudiantes a los que despliegan actividad fascista, sino a aquellos individuos que profesen ideas fascistas. Es decir, que la F.U.E., resucitando los procedimientos de la Inquisición, pero todavía más sutiles(rumores), se mete a indagar no lo que hacen los estudiantes fuera, sino lo que llevan en la cabeza, por si eso disgusta a los directivos de la F.U.E. (Aplausos y rumores. El señor Molina: «Escuchad un poquito, muchachos.») Pues bien, SS.SS.—y en esto tienen la misma manera de interpretar el liberalismo que la F. U. E.— entienden que los liberales… (Rumores. Un señor diputado: «¿Cómo interpreta S. S. el liberalismo?») ¿Me perdonan SS. SS.? ¿Me conceden todos un momento de silencio, poco más o menos hasta que acabe? El liberalismo precisamente lo que no puede hacer es calificar las doctrinas por su contenido, porque es dogma del liberalismo tributar a todos el mismo respeto. De manera que, en cuanto subordine ese respeto al contenido de las doctrinas y recuse las únicas que le resulten antipáticas —que son las antiliberales, como es natural—, el liberalismo pasa a ser tan inquisitorial como cualquier doctrina de las más inquisitoriales. (Muy bien. El señor Menéndez: «Que era lo que decía Pidal a Azcárate: Se aprovechan de la libertad para matar la libertad.» Rumores.) Se celebró la Junta general. En ella, los partidarios de esta declaración de antifascismo redujeron la oposición de los disidentes por el también liberal sistema de apalearlos, y cuando, una vez apaleados los disidentes, se adoptó este acuerdo por aclamación, no tardó la F. U. E. en recibir un telegrama de los estudiantes revolucionarios de Barcelona en el que, después de felicitarla por su decisión, se decía: «Abrazos revolucionarios.» Como es natural, los estudiantes revolucionarios les enviaron este telegrama; pero el tal telegrama les debió parecer muy bien cuando, en el tablón oficial de anuncios de la F. U. E. de Medicina fue exhibido con todos los honores.
Vienen los primeros acontecimientos de los que han culminado en San Carlos. Ocurren unos incidentes, como saben todos los señores diputados, en Zaragoza y en Sevilla, y entonces se publica una hoja del Secretariado Central de los Bloques Escolares de Oposición Revolucionaria, en la cual hoja se imprimen una serie de gritos para todos los gustos. Hay, por ejemplo, un grito que dice: «¡Muera el Gobierno Lerroux-Gil Robles!» Este es uno de los gritos; pero otro es: «¡Con la F. U. E.!» Es decir, que los estudiantes del Bloque de Oposición Revolucionaria consideran a la F. U. É. como una cosa propia.
Pues bien; cuando todo está preparado así, llega un día en que esta pugna entre la F. U. E., declarada oficial mente, dogmáticamente, canónicamente antifascista, con unos cuantos estudiantes que sienten algún interés por este movimiento europeo que se denomina «fascismo», se va agravando. ¿Y sabe el Gobierno y sabe la Cámara cómo se resuelve la primera vez? Pues tratando de asesinar por la espalda al estudiante Baselga, de Zaragoza, a quien reputan fascista los dela F.U.E. (Un señor diputado: «¿Y Matteoti?») ¡Hombre, Matteoti! ¿Pero qué me dice S.S. de Matteoti? Acuérdese de Caín y Abel, ¡Aquello sí que fue tremendo! (Risas y rumores. Un señor diputado: «Hablamos de Caín y Abel.») Mis respetables interruptores perdonarán que no les conteste siempre, porque algunas veces no les oigo; si no, lo haría con mucho gusto
Pues bien; al estudiante Baselga trata de asesinarle en Zaragoza un pistolero que va entre un grupo de estudiantes de la F. U. E., al cual pistolero le dicen: «Dispara ahora»; y, en efecto, el pistolero sigue al estudiante, y cuando va a entrar en un café, le dispara cuatro tiros, le atraviesa un pulmón con dos de ellos y le deja moribundo. Los estudiantes de Zaragoza reaccionan con toda indignación; el rector ,ante el estado de indignación de la Universidad, acuerda la clausura de la F. U. E., directora de estos disturbios, y entonces la F. U. E. de Madrid, por solidaridad, contra todas las autorizaciones,declaraunahuelgayobliga,porlaviolencia,alosestudiantesquevana clase a que se declaren en huelga también Ocurren incidentes en la Facultad de Derecho, donde, por ejemplo, el virrector, el profesor de Derecho mercantil, señor Garrigues (que es uno de los universitarios más brillantes, de la más limpia historia escolar, como profesor, y antes como estudiante, que dirigió estas mismas asociaciones profesionales, continuadas hoy por F. U. E.),_porque se resiste a dejar su clase, cediendo al requerimiento de más de cien alumnos, los estudiantes de la F. U. E le echan un cubo de agua. Dentro de la Facilitad de Medicina irrumpen en dos o tres clases y, airadamente, aun en la misma que da el señor decano, impiden que sigan. Entonces acude el señor rector y, entendiendo que donde uno no quiere, dos no riñen, en vista de que los de la F. U. E. pretenden impedir las clases y de que hay otros estudiantes —la mayor parte— que quieren ejercer su derecho a estudiar, resuelve la discrepancia dando gusto a la F. U. E. y suspende todas las clases.
En estos incidentes, que han empezado en tas Facultades de Derecho y de Medicina, aparece un grupo de la F. U. E.; este grupo, después de intervenir airadamente en las clases de Medicina, se dirige a la Escuela de Veterinaria, promueve un disturbio e impide también que seden las clases. Al día siguiente va al Hipódromo, y ante la Escuela Normal promueve otro disturbio. Como consecuencia de ellos, son detenidos varios individuos de la vieja guardia y resulta que llevan pistolas. Es decir, que la primera aparición de las pistolas en la Universidad de Zaragoza y aquí en la vieja guardia fue en los bolsillos y en las manos de los estudiantes de la F.U.E.(Muy bien.)
Entonces se provoca un estado de exasperación en todos los estudiantes desafectos al monopolio escolar de la F. U. E., estado de exasperación que culmina el día 25. Llega a la Facultad de Medicina un grupo numeroso de estudiantes, penetran tumultuosamente y rompen la primera puerta del local de la F. U. E. Es de saber que el local de la F. U. E., después de una primera sala, se divide en dos piezas, separadas por un tabique; en este tabique no hay puertas, sino únicamente dos ventanillos de unos sesenta centímetros en cuadro. La pieza de la izquierda es la Secretaría, donde normalmente debían estar los estudiantes de la F. U. E., que forman la Junta directiva, en el supuesto de que debieran estar en alguna parte, puesto que la autoridad del rector había mandado cerrar la Universidad con todas sus dependencias. Pero no están en la Secretaría los estudiantes de la F. U. E.; están en la sala de al lado, que se destina a Juntas generales, aunque ese día no se celebraba ninguna, y cuando el tropel airado de los estudiantes penetra en la Secretan? y se limita, sin demasiada exageración, a maltratar algunos muebles, los que están en la sala de al lado, en la Sala de Juntas, a través de los ventanillos disparan los primeros, hacen fuego; y esto se ha podido comprobar, aunque la autoridad académica no permitió ningún registro de la policía y recogió por sí misma todos los enseres antes de que llegara el Juzgado, porque yo sé y me consta que hay un estudiante herido en una mano, precisamente por los disparos de los de la F. U. E. Comprenderá la Cámara que no voy a decir el nombre de este estudiante herido, porque lo sé bajo secreto profesional, y en este momento, en que está todo subjudice, podría comprometerle; pero comprenderá también la Cámara que cuando yo digo que he visto con mis ojos la herida en la muñeca de ese muchacho, es que ha sido verdaderamente herido. Entre los doscientos o trescientos asaltantes hay dos que llevan pistola. Lo encuentro vituperable; pero ¿es mucho que lleven pistola cuando varios días antes les han asesinado a un compañero en Zaragoza y cuando llevan pistolas los de la vieja guardia de la F. U. E.? Al verse tiroteados, esos dos muchachos disparan, con tan desgraciada suerte, que hieren gravemente aun estudiante que, por fortuna, parece que va a curar; pero que, en todo caso, es deplorable que resultase herido.
Estos fueron los hechos del asalto a la F. U. E. de San Carlos. Como ve la Cámara, dos de los tres factores que yo decía han aparecido ya. La F. U. E., que fue en sus orígenes, que debió ser desde su nacimiento una asociación profesional estudiantil, ha derivado abiertamente hacia la política, casi se ha desentendido de todo interés profesional para convertirse en una entidad política; y, en segundo lugar, es la primera que ha ejercido un régimen político de violencia.
Pero es que, además —y ésta es la censura que moderadamente me atrevería a dirigir al Gobierno— ante el fenómeno del fascismo se están conduciendo el Gobierno y principalmente las autoridades subalternas, de una manera sumamente extraña. El fascismo, para el Director General de Seguridad, es una especie de institución secreta, que la Dirección muy de cerca vigila, hasta el punto de que, según el Director de Seguridad, es la pesadilla del fascismo. Pues bien; esta idea del fascismo —y perdóneme el señor Director General de Seguridad es una idea perfectamente zafia. El fascismo podrá concebirlo así, como una partida de la porra, tal vez un concejal de un lugar de España alejado de todas las comunicaciones; pero el fascismo es una inquietud europea, una manera nueva de concebir todo: la Historia, el Estado, la llegada del proletariado a la vida pública; una manera nueva de concebir todos los fenómenos de nuestra época e interpretarlos con sentido propio. El fascismo triunfó ya en varios países, y ha triunfado en algunos, como en Alemania, por la vía democrática más irreprochable.
Pues bien; ante estos hechos, ante esa inquietud universal del fascismo, que el Director General de Seguridad diga: «Tenemos muy vigilado al fascismo», es como si dijera: «Tenemos muy vigilada la geometría euclidiana», o «Tenemos muy vigilada la interpretación materialista dela Historia». Es una actitud perfectamente absurda. Yo encontraría muy bien que el señor Director General de Seguridad reprimiese las manifestaciones violentas del fascismo o de cualquier otra tendencia; pero no me explico por qué el señor Director General de Seguridad se constituye en vigilante de la difusión de una idea.
El señor Director General de Seguridad ha encontrado un auxilio admirable en el señor Fiscal de Prensa. Cada número de esa revista que se llama «F. E.» —que el señor Hernández Zancajo tiene el buen gusto de leer (Risas), y que habrá podido comprobar que es una revista literaria irreprochable—, cada uno de esos números, digo, cae en manos del señor Fiscal y suscita su cólera. El primer número suscitó su cólera por un artículo en broma dedicado al señor Gil Robles. Estoy seguro que el señor Gil Robles es sobradamente inteligente para no darse por ofendido por ese artículo; pero, en cambio, el señor Fiscal estimó que el señor Gil Robles debía darse por ofendido y que era él el llamado a defenderle contra aquellas ofensas. (Risas.) Se retiró el artículo en broma y se publicó una nueva tirada sin el artículo; pero llega otro número, y entonces el señor Fiscal, que se cree depositario de la tranquilidad pública en orden de impedir la salida del periódico, se dijo: «Si denuncio un artículo van a hacer lo que la vez anterior; retirar el artículo y publicar otro número sin él;, y entonces denunció el número entero. Es decir, que un periódico que tiene doce páginas es delictivo desde el principio hasta el final. Si se ojea el periódico, se encuentra, por ejemplo, el anunció de un sacerdote que prepara muchachos para los exámenes, pues eso es delictivo; se encuentra una nota recomendando a los suscriptores que giren el duro del semestre, pues eso es delictivo. Y las fotografías de la basílica Ulpía y de la columna de Trajano, que aparecen en el número, son delictivas. Todas estas páginas son delictivas, a juicio del señor Fiscal. Naturalmente, como no íbamos a publicar otro periódico en blanco, el señor Fiscal se salió con la suya, y aquel número no se publicó. Falange Española es una Asociación registrada en la Dirección de Seguridad y con sus Estatutos aprobados. En estos Estatutos se prevé cómo han de constituirse las Asociaciones filiales de provincias. Se llevan los Estatutos a provincias, y donde se encuentra un gobernado que entiende los Estatutos y la aprobación de la Dirección de Seguridad, la Asociación funciona; pero donde se encuentra un gobernador, como el de Sevilla, que se cuadra, dice que él no aprueba por nada los Estatutos, olvidándose del pequeño detalle de que no los tiene que aprobar, entonces ya no funciona la asociación Falange Española. Y así es todo.
Y esto es lo que digo al Gobierno: Si estamos ante una actitud intelectual y espiritual, que anda por toda Europa y que pretende manifestarse en todas las formas lícitas que a todas las ideas se conceden, ¿por qué no ensaya el Gobierno a permitirla desenvolverse a la luz pública, mucho más fiscalizable, y no la comprime, para ver si se decide a la actuación secreta, que repelió siempre, y a ver si estalla de cuando en cuando con la vehemencia exasperada de unos estudiantes a quienes se les niega sus derechos?
No creo que el Gobierno nos vaya a dar el argumento de la F. U. É., de que somos una Asociación de tendencia antiliberal; pero no creo tampoco que el Gobierno—no lo podrá hacer sin injusticia— nos pueda decir que somos una Asociación violenta, porque aquí, frente a esas imputaciones de violencias vagas, de hordas fascistas y de nuestros asesinatos y de nuestros pistoleros, yo invito al señor Hernández Zancajo a que cuente un caso solo, con sus nombres y apellidos. Mientras yo, en cambio, le digo a la Cámara que a nosotros nos han asesinado un hombre en Daimiel, otro en Zalamea, otro en Villanueva de la Reina y otro en Madrid, y está muy reciente el del desdichado capataz de venta del periódico «F. E.»; y todos éstos tenían sus nombres y apellidos, y de todos éstos se sabe que han sido muertos por pistoleros que pertenecían a la Juventud Socialista o recibían muy de cerca sus inspiraciones. Estos datos son ciertos.
Y nosotros, que tenemos en nuestras filas todas estas bajas y otros muchos heridos graves, nos hemos resistido a todos los impulsos vindicativos de los que no pedían una represión enérgica y una represalia justa, porque consideramos mejor soportar, mientras sea posible, que abran bajas en nuestras filas que desencadenar sobre un pueblo una situación de pugna civil. Nosotros hemos sufrido hasta ahora todas las víctimas, y las hemos sufrido en silencio, y si no lo hemos dicho antes y si lo digo ahora, sobria y solemnemente, para contestar a las imputaciones salidas de esos bancos (señalando a los de la minoría socialista), es porque nosotros, con nuestros muertos —y esto es lo más serio que os digo de todas mis palabras—, podemos hacer símbolo de enseñanza o escuela de sacrificio; lo que no queremos nunca es pasear sus despojos por el terciopelo ajado de estos bancos para convertirlos en efectos políticos desdeñables.»
En la Sala segunda de la Audiencia Provincial se constituyó el Tribunal de urgencia, que juzgó a los detenidos de la F. U. E. en la última huelga, frente a la Escuela Normal, en donde al cachearles se encontraron varias armas de fuego. Federico Coello, de Medicina, fue condenado a cuatro meses y un día. Jiménez Asúa declaró, sin enrojecer: «Los afiliados a la F. U. E. nunca usaron armas. Ahora es posible que las empleen y harán muy bien». Quien así hablaba tenía, además de una extendida aureola de afeminado, la cátedra de Derecho Penal y una impresionante facilidad para olvidar hechos bien recientes.
En la vista contra Agustín Aznar, José Miguel Guitarte y Joaquín Cambronero, el fiscal retiró la acusación por falta de pruebas; los gritos de júbilo de Guillermo, Rafael y Jaime, los tres hermanos de Agustín, hicieron que, mientras él salía de la cárcel, pasaran sus tres hermanos detenidos por desacato al Tribunal.
CONCLUSIÓN
El asalto a la Facultad de Medicina de Madrid simboliza el grado de tensión política que se vivía en las universidades españolas durante los años previos a la Guerra Civil. Las aulas, lejos de ser espacios exclusivamente académicos, se habían transformado en escenarios de confrontación entre organizaciones estudiantiles con proyectos políticos profundamente enfrentados.
Los enfrentamientos entre la FUE, el SEU y otras organizaciones reflejaban la radicalización de una generación de jóvenes que veía en la política un campo de lucha directa. Los sucesos universitarios no eran hechos aislados, sino parte de un clima general de violencia y polarización que se extendía por toda la sociedad española.
Estos episodios anticipaban el deterioro de la convivencia política en el país y mostraban cómo incluso los centros de enseñanza superior se habían convertido en reflejo de las profundas divisiones que atravesaban la España de la Segunda República.
