INTRODUCCIÓN
Tras el final de la Guerra Civil española, uno de los acontecimientos más cargados de simbolismo para el nuevo régimen fue el traslado de los restos de José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española. En noviembre de 1939, sus restos fueron exhumados del cementerio de Alicante para ser llevados en un largo cortejo fúnebre hasta el monasterio de San Lorenzo de El Escorial.
La comitiva, organizada bajo la dirección de Dionisio Ridruejo, avanzó durante varios días entre homenajes, ceremonias y muestras de emoción. Universitarios, falangistas y unidades del Ejército participaron en el traslado, convirtiendo el recorrido en un acto de exaltación política y de recuerdo al líder falangista ejecutado durante la guerra.
En el mes de noviembre, bajo la dirección de Dionisio Ridruejo, se trasladó a José Antonio, desde el nicho 515 del cementerio de Alicante, hasta la iglesia de El Escorial. Nadie que no haya sido testigo de las jornadas de aquel cortejo podrá hacerse cargo de la emoción que rodeó al féretro del Fundador de la Falange, llevado a hombros de sus camaradas, a la luz del día y, en marchas nocturnas, a la leve luz de los faroles, siempre con el ritmo impresionante de los pasos de la escolta. El entierro de José Antonio fue digno de su vida. En él se personificaba a los muertos. Con el llanto incluso de quienes no sabían bien lo que aquel héroe había querido para su Patria, seguían la tradición de concederlo todo, cuando ya nada podía hacerse.
Por la Ciudad Universitaria lo llevaron los estudiantes. Lo recogieron del Ejército en la plaza del Cardenal Cisneros. Sobre las formaciones de las Milicias Universitarias sobresalían las ruinas de la Casa de Velázquez, de las Escuelas de Arquitectura y de Ingenieros Agrónomos, de las Facultades rotas por la guerra. Ante el féretro, puesto sobre la tierra, desfilaron las Fuerzas del Ejército. La Universidad de Madrid le ofrendó una sobria corona de laurel. En la plaza se habían levantado dos columnas dóricas con crespones negros. A mediodía, con la niebla vencida, los primeros del Sindicato, los que formaron la A. E. T. y los Estudiantes Católicos lo llevaron por los caminos que antes habían regado con su sangre y que ahora tapizaba de flores y lágrimas la Sección Femenina
En Puerta de Hierro, los estudiantes entregaron el cuerpo de José Antonio a la Falange de Segovia. Valía recordar sus palabras en Carpió de Tajo: «La vida no vale la pena si no es para quemarla en el servicio de una empresa grande. Si morimos y nos sepultan en esta tierra madre de España, ya queda en vosotros la semilla, y pronto nuestros huesos resecos se sacudirán de alegría y harán nacer flores sobre nuestras tumbas.»
Los poetas e intelectuales Ignacio Agustí, José María Alfaro, Augusto García Vínolas, Alvaro Cunqueiro, Gerardo Diego, Manuel Diez Crespo, Carlos Foyaca, Laín Entralgo, Jiménez de Castro, Eduardo Llosent, Manuel Machado, Eduardo Marquina, Eugenio Montes, Alfonso Moreno, Eugenio d’Ors, Leopoldo Panero, José María Pemán, Fray Justo Pérez de Urbel, P. Pérez Clotet, Félix Ros, Luis Rosales, Juan Sierra, Adriano del Valle, Luis Felipe Vivanco, Antonio Tovar le tejieron una corona de sonetos; en ella, el verso de Ridruejo:
Enamoró la luz de las espadas.
Antes de terminar el mes de noviembre, Rusia, invasora de la desgraciada Polonia, en alianza con Hitler, atacaba a Finlandia, que había dado voluntarios a los ejércitos nacionales. Todo el mundo esperó que la pequeña nación desapareciera en días ante el ataque del coloso comunista, pero los finlandeses asombraron al mundo con una resistencia inusitada. Estudiantes falangistas trataron de formar una legión de voluntarios para luchar en aquella trinchera nórdica contra los rojos. Les movía a ello también la huida de un espeso clima moral, en el que se empezaba a comerciar indignamente con la carestía de lo más necesario.
CONCLUSIÓN
El traslado de los restos de José Antonio Primo de Rivera se convirtió en uno de los actos más significativos de la posguerra española. Más allá de su carácter funerario, el cortejo simbolizó la construcción de un relato político y emocional en torno a la figura del fundador de la Falange.
La participación de estudiantes, militantes falangistas, intelectuales y unidades militares reflejó la importancia que el régimen concedía a este acontecimiento, que buscaba consolidar la memoria de José Antonio como símbolo del sacrificio y del ideario falangista en la nueva España surgida tras la guerra.
