INTRODUCCIÓN
La invasión alemana de la Unión Soviética en junio de 1941 abrió un nuevo capítulo en la historia europea y tuvo también repercusiones en España. En aquel contexto se organizó la División Azul, una unidad de voluntarios españoles que combatió en el frente oriental junto al ejército alemán.
Entre sus filas destacaron numerosos jóvenes universitarios vinculados al Sindicato Español Universitario (SEU) y al ambiente político del falangismo. Para muchos de ellos, la campaña en Rusia se interpretó como una continuación ideológica de la Guerra Civil española y como una lucha contra el comunismo en el escenario internacional. Así surgió una unidad singular dentro del ejército alemán, caracterizada por su heterogeneidad social y por una fuerte presencia de estudiantes e intelectuales.
En junio, Hitler invadía la U. R. S. S. Desde aquel instante, los universitarios españoles desearon figurar al lado de los alemanes en aquella batalla contra el comunismo, que parecía una continuación de la guerra española. El 24 de junio, desde los balcones de la Secretaría General, Serrano Súñer pronunciaba un discurso a una emocionada muchedumbre, en el que lanzó una frase que hizo fortuna: «Rusia es culpable.» Si cualquier pretexto había servido a los estudiantes en los últimos meses para dar salida a su apasionado sentir sobre Gibraltar, aquel día no podía ser una excepción. Uno de los diplomáticos que el Régimen había heredado escribió:
«Un grupo de jóvenes, enardecidos, marchó insensatamente hacia la Embajada británica lanzar piedras contra su fachada. Por cierto que al verlos llegar salió a la puerta un ciudadano inglés y les preguntó qué querían
Aquellos muchachos, escasos en número y, quizá, en mala intención ,contestaron a gritos:«¡Gibraltar!¡Gibraltar!»
El súbdito de Su Majestad británica, flemáticamente, repuso: «Por aquí no es».
La anécdota fue inventada por círculos anglófilos, carne propicia para los manejos de Sir Samuel Hoare, a quien, por cierto, el funcionario autor del libro citado dedica admirativos elogios, al final de los cuales, en un alarde sutilísimo que explica la «perspicacia» de nuestra vieja diplomacia, dice:
«Lo que quizá no pensó Mr. Hoare es que esos muchachos alborotados, al gritar frente a su puerta durante un cuarto de hora, a pleno pulmón: «¡Gibraltar!¡Gibraltar!» sin saberlo tampoco ellos, eran los que garantizaban a Inglaterra la tranquila posesión del Peñón.»
Los mismos círculos que tejieron para deleite de nuestros anglófilos esa historia idearon otra espléndida. Serrano Súñer llama a Samuel Hoare y le pregunta si desea que envíe más guardias a proteger la Embajada y la «flema» británica contesta:
—No me mande usted más guardias; prefiero que me mande menos estudiantes.
Serrano Súñer explicó cómo, por el contrario, el embajador perdió los estribos y, en la visita que realizó al ministro de Asuntos Exteriores, llegó a decir:
—Estas cosas no ocurren más que en un pueblo de salvajes.
Como Inglaterra no estaba ya en disposición de poner de rodillas a los demás, según su antojo, hubo de soportar que, como respuesta, le señalaran la puerta de la calle.
El propio Hoare no se atrevió a recoger la frase en su «Misión en España», en la que sí dice que los estudiantes no incendiaron los coches de la Embajada, como era su intención, por ¡haberse olvidado las cerillas!
La Falange abrió un banderín de enganche:
«España, hoy, se limita a libertar la pasión de su juventud para que entre en la batalla preferida» .
La Ciudad Universitaria de Madrid se convirtió en un gran Centro de reclutamiento. Los jóvenes que no habían podido luchar en la España nacional, por haber quedado en zona republicana, estaban satisfechos de encontrar ocasión que les acercaba a los envidiados alféreces.
Los «provisionales» acudieron a la llamada en tal cuantía que hubieron de poner en juego el sistema de recomendaciones para lograr un puesto en la División.
Precisamente el 14 de julio pasaban la frontera de Irún las primeras expediciones de voluntarios, a los que acompañó el clamor de masas enfervorizadas. Los estudiantes, desde Guitarte hasta jóvenes escuadristas de Bachillerato, iban en la proporción suficiente como para que más de un batallón fuera casi íntegramente formado por ellos. La incorporación de Guitarte llevó accidentalmente a la jefatura del Sindicato a Carlos M. Rodríguez de Valcárcel. Los franceses recibieron a los españoles con ostensibles muestras de hostilidad, provocando varios incidentes, lo que hizo poner a Ricardo Franco una nueva letra a la «Madelón», en la que no salían muy bienparados ni los súbditos de la Francia feliz ni la sintaxis gala. En el gran campamento militar de Grafenwórt fue entrenada y armada la División Azul. En algunos batallones, como el I del Regimiento 269, que encuadró a los estudiantes madrileños, hubo dificultades para la formación de la Plana administrativa, ya que todos elegían puestos de primera línea.
Muñoz Grandes, Jefe de la División, en la jura de bandera aludió a quienes, abandonando las aulas de las Universidades, iban a Rusia sin aspiraciones de conquistar botín y que tal vez encontraran solamente una tumba.
En contra de lo previsto, la División dispuso de numeroso ganado, lo que suponía un grave inconveniente. El coronel Esparza lo reseña en su libro Con la División Azul en Rusia:
«Esta dificultad se comprende suficientemente teniendo en cuenta lo especial del reclutamiento entre estudiantes, hombres de carrera, etc.»
A pesar de ello, el embarque de material y ganado se hizo con tal rapidez que Muñoz Grandes pudo comentar: «He visto a un director general y a un catedrático de Universidad dominar sus respectivas parejas de caballotes como si toda su vida no hubieran hecho otra cosa.» Se refería a Dionisio Ridruejo y José María Castiella.
Durante las etapas de aproximación al frente, la División dio lugar a numerosas dudas sobre sus posibilidades militares. La dificultad española para la estricta uniformidad y la seca disciplina se puso de relieve una vez más. Todo ello agravado por la dureza de las marchas, que ponían de mal humor a los soldados. Los batallones españoles se parecían muy poco a las rígidas unidades alemanas y no sólo en lo externo. Quienes no han querido ver en tos divisionarios un espíritu político independiente, se hubieran asombrado contemplándolos acampados en Polonia, defendiendo, incluso violentamente, a los campesinos católicos contra las tropas alemanas de ocupación.
A mediados de octubre la División Azul relevó a la División alemana en un sector que comprendía la ciudad de Novgorod, desde el lago limen hasta el pueblecito de Lobkovo, siguiendo la orilla izquierda del río Volchov. No pasaron muchos días sin que los divisionarios cruzaran el río, ocupando la orilla enemiga. Después de varios reconocimientos de vanguardia y pequeños golpes de mano, la sección del teniente Jaime Galiana, estudiante de Medicina en Madrid, recibe la orden de asaltar los nidos de ametralladores que defendían los pueblos de Rusia y Sitno. Tras breve y duro combate dejan libre el camino para el avance del resto de las unidades. Galiana cayómuerto sobre una de las ametralladoras del enemigo.
Al día siguiente, un fuerte contraataque soviético logró penetrar en el pueblo recién conquistado de Sitno. El Estado Mayor del Cuerpo de Ejército dio el siguiente parte:
«La 250 División española se ha batido en su primer encuentro con el enemigo, bajo mis órdenes, de una manera admirable.
Después de forzado el paso del río Volchov, el 2.° Batallón 269 y el tercer batallón 263, apoyados por la artillería, han rechazado un fuerte contraataque enemigo, parte cuerpo a cuerpo y alarma blanca, ocasionando serias pérdidas al enemigo, con una valentía extraordinaria. Firmado: Von Rockers, Teniente General.»
Entre los distinguidos destacó el sargento Luis Nieto, de Ciencias. No había cesado la batalla cuando surgió un impresionante Cara al Sol, que ya no había de faltar en ningún momento victorioso o difícil.
En la ampliación de la cabeza de puente sobre la orilla derecha del Volchov, se sucedieron, en ininterrumpida serie, pequeños combates, al precio de ir formando cementerios españoles que acogerían a 2.934 muertos 294.Entre los primeros caídos figuró el teniente Julio García Matamoros, jefe del S. E. U. de Madrid.
El 8 de noviembre, el primer batallón del 269 relevó al 30 Regimiento de la división alemana número 18, de guarnición en Possad. Cuando llegó aquel batallón repleto de universitarios, el sector presentaba una calma absoluta, tanta que hacía ignorar la verdadera situación del enemigo. Pero el día 10 comenzó la batalla más porfiada y sangrienta de cuantas habría de sostener la División en el frente del Volchov.Possad se encontraba a 12 kilómetros de una carretera en línea recta que partía de Schvelevo, pueblo de la orilla derecha del Volchov; la única posición intermedia era el monasterio de Otenski, a cuatro kilómetros de Possad; la carretera, rodeada de un espeso bosque, era muy apropiada para golpes por sorpresa, que los rusos prodigaban. A partir del día 12 los soldados de Possad fueron atacados desde todas las direcciones. La guarnición quedó cercada. La lucha se desarrolló en difíciles circunstancias; parapetarse en las casas de madera era peligrosísimo, pues ardían fácilmente y en pocos minutos; no podían cavarse trincheras, pues el piso era una capa de hielo durísima. Por añadidura, los rusos ocupaban las lindes del bosque y sus armas y uniformes de invierno eran superiores a las germanas. Esta insospechada realidad dio lugar a que muchas unidades divisionarias terminaran poniendo en línea, a fuerza de encuentros victoriosos, buena cantidad de armas rusas. Sólo cuando el enemigo se decidía al ataque se ponía en igualdad de condiciones, y una y otra vez fue rechazado. En muchas ocasiones se cantó el Cara al Sol. La primera, iniciada por el teniente Reyes, de Derecho, cuando, gravemente herido, defendía Posarod, mientras ardían, iluminando la noche, las casas que cubrían la parte sur del pueblo. En este combate destacó el estudiante de Medicina Antonio Núñez, cabo de escuadra, quien con una ametralladora contuvo ataques de fuerzas muy superiores que proferían estruendosos gritos. En la acción fue hecho prisionero José Maria González Giménez, uno de los fundadores del S. E. U. santanderino. Al otro lado de las líneas rusas comenzaban unos episodios de asombrosa entereza, protagonizados por españoles cautivos.
En uno de los momentos más críticos se recibió un radio del coronel Esparza anunciando el envío de refuerzos. Con objeto de hacerlo llegar a las posiciones avanzadas se eligieron dos enlaces; se trataba de un servicio difícil, por la carencia de parapetos y comunicaciones cubiertas. El coronel Esparza da en su libro un texto que no coincide con el transmitido a los combatientes, que decía así: «De madrugada salió compañía alemana. Salgo yo. Batallones, artillería. Resolveré la situación rápidamente. Animo. Arriba España.» Recorriendo las posiciones para comunicar el mensaje recibió un tiro mortal, que le atravesó un pulmón, Eugenio Arizcun. El cable era una finta psicológica para alentar a los combatientes y pensando que fuera recogido por los escuchas rusos, detener sus ataques. De lo anunciado, lo único efectivo fue la instalación de Esparza con su plana mayor en el monasterio de Otenski. Desde entonces, en situaciones comprometidas los divisionarios aludían festivamente a inmediata* soluciones a cargo de un batallón fantasma.
En Possad, la situación empeoró con la intervención de escuadrillas de bombardeos del tipo «Martín Bombers, que actuaban con toda impunidad por carecer los divisionarios de artillería antiaérea. El día 14 se combatió furiosamente. Masas atacantes de rusos, con sus habituales chillidos y hurras, fueron una y otra vez rechazadas a bayonetazos y con bombas de mano. Herido el capitán Muñoz, pasó a defender la comprometida posición que cubría la entrada sur del pueblo un estudiante falangista sevillano, el teniente «provisional» Salvador López de la Torre.
Los muertos, ante la imposibilidad de ser enterrados, compartían los lugares de los combatientes, y los heridos graves, amontonados en algunos sótanos, morían sobre suelos de paja en atmósferas irrespirables.
«Siempre recordaré el montón de cadáveres, todos ellos del S. E. U. de Madrid, apilados al lado del puesto de mando del comandante» .
Al atardecer, los rusos dieron muestras de cansancio y ello indujo a organizar la evacuación de los heridos, que a la mañana siguiente llegaban al hospital de campaña número 250, situado en Podbereje. Toda la epopeya de Possad está jalonada con nombres de estudiantes. Desde los combatientes del primer batallón de Esparza, el de «los señoritos de Madrid», según calificación despectiva de su jefe durante las indisciplinadas marchas; los enlaces, Ricardo Pardos ganó una Medalla Militar, después de enfrentarse solo con una patrulla enemiga y llegar al puesto de mando perdiendo sangre por el cuello atravesado, en un esfuerzo tal que quedó sin conocimiento después de comunicar la novedad; los grupos que desde el Monasterio, con Agustín Aznar y Luis Nieto, cooperaban para que el bosque no fuera nido de ofensivas rusas; las ambulancias, que transportaban los heridos por una carretera infestada de enemigos y convertida en una pista helada, casi intransitable, y que conducían Rivadulla y Sánchez Covisa hasta el hospital de campaña, donde operaban Ricardo Franco y José María Barrios, luchando con heridas gangrenadas , como las de Luis Soto, que intervenidas a tiempo apenas hubieran tenido importancia, o como la de Miguel Alonso García, jefe de la Centuria «Alfonso Tudela», conocido por todos por «Carbonilla».
En los últimos días de noviembre hubo relativa calma en este sector. Pero en diciembre otra vez volvieron los ataques; entonces murió Enrique Sotomayor, cuando intentaba recoger el cadáver de otro estudiante caído ante las líneas propias. Se trataba del segundo de los Ruiz-Vernacci; el primero, Joaquín, había muerto en las luchas iniciales, y aún quedaba el tercer hermano, con un fusil mirando a las trincheras rusas. El cadáver de Sotomayor fue traído a campo propio por Agustín Aznar, pese al fuego de antitanques. Sotomayor le había dicho a López de laTorre horas antes: «Podrás creer que es una tontería, pero tengo el convencimiento de que voy a morir. Y teaseguro que no me importa. Pero, por Dios, que no resulte inútil nuestra sangre, que no vayamos a morir en vano.»
Análogo presentimiento le llevó a Alfonso de la Aldea a escribir a Carlos Pierna vieja una carta emocionante:
«No puedo escribir mucho, pues tengo un caos de ideas y sentimientos. Soy un disconforme con la vida actual; me ahoga el ambiente de «estraperlismo», de rojos o de «hombres de derechas de toda la vida.» Estoy convencido del destino trágico y glorioso de las generaciones actúa les y prefiero incorporarme a él, física y espiritualmente, y no vivir en ceguera, como muchos viven buscando fórmulas acomodaticias, para buscarse la tranquilidad en un mundo que no tiene y que no muy lejanamente nos incorporará, con ganas o sin ellas, a la vorágine de la lucha. Si no regreso, espero que, por lo menos, me digáis una misa; que todas las ayudas son pocas para Conseguir el cielo. Tengo el presentimiento de que no volveré, Carlos. Dame un ¡Presente! cuando te enteres de mi muerte y reza una oración por mí. ¡Arriba España!»
El corazón de Alfonso de la Aldea, tan grande como su corpulencia, en Rusia quedó enterrado. Alfredo Martínez de Velasco, cuyo hermano Antonio, destacado en el S. E. U. de Ciencias, había sido asesinado por los rojos, escribió antes de morir: «Prestaré alegre mi último servicio.»
El coronel Esparza terminó así su relato de la batalla:
«Nuestra pluma es incapaz, desde luego, de describir semejante epopeya. Baste decir que Possad tenía que permanecer, ¡y permaneció!»
Entre las grandes maniobras de la guerra rusa, el parte oficial del Ejército alemán «destacaba especialmente la actuación de la División Azul». Más tarde, el Estado Mayor conoció un artículo publicado en un periódico soviético, en el que un general ruso comentaba «la famosa batalla de Possad». Allí, yen el recodo que la carreterea de Moscú a Leningrado hace en Podbereje, y en Grigorovo, y a todo lo largo del Volchov, y en los arrabales de Leningrado, tienen los estudiantes españoles, bajo la tierra helada, centenares de compañeros.
Aquellos días, una carta de un miembro de la Junta Consultiva del S. E. U. llegaba al Caudillo; la había antes comentado Serrano Súñer con Finat, nuestro embajador en Berlín, y con una alta personalidad alemana. La carta decía, entre otras cosas: «Si los motivos por los que se dio un paso al frente subsisten, nada hay que objetar; pero, de lo contrario, ¿no habría de pensarse en un amplio relevo? ¿No es hora de poner límites al sacrificio de tanto camarada, no sólo querido, sino necesario?»
Una Escuadrilla Azul operó también por los cielos de Rusia. Desgraciadamente no coincidieron, geográficamente, sus misiones de guerra con la de sus compatriotas de tierra. Pero sí en heroísmo y sacrificio; el 2 de octubre caía en combate aéreo el teniente Luis Alcocer, del S. E. U. de Burgos .. La muerte citaba también — sobre la tierra helada— a otros de sus camaradas del Sindicato burgalés: los oficiales Luis Hernando Martín, Benjamín Arenales, Feliciano Cañedo, Fernando Salinas, Alfredo Miranda, Santiago Crespi de Valdaura —hermano de Juan, otro estudiante muerto mandando tropas en el Jarama— y José Gil y Carlos María Mena. En la Escuadrilla Azul, uno de los Llaca, con la graduación de capitán, derribó cuatro aviones; el alférez Aldecoa, ocho, y, ya comandante, el camarada del S. E. U. Ramón Gavilán abatió en combate nueve aparatos rusos .
En España, en diciembre, bajo el recuerdo de los combatientes en Rusia, se celebró en Alcalá de Henares el V Consejo del Sindicato, presidido por Valcárcel. Un tema absorbió las preocupaciones: la reforma de la Universidad.
Se hacía cada vez menos soportable que de la Falange se utilizaran los signos externos por personas con otro espíritu y objetivos. Pedro Laín lo dijo en la conferencia que allí pronunció: «…El S.E.U., como la Falange en general, tiene que vivir en la fachada de un Estado, y nada más que en la fachada.» Fermín Izurdiaga fue aún más terminante: «Y después, en la hora de la victoria, cuando hemos ido a llamar a nuestra casa, nos ha abierto la puerta el lego del capitalismo y nos ha llamado estraperlistas y ladrones. Pero, ¡qué es España, qué es nuestra casa!
Y hemos vuelto a llamar. Y los que no han abierto han sido el falso intelectual, el mal catedrático, los malos escritores, los hombres que están imbuidos ya sabemos por quién, y nos han llamado estúpidos, sin estilo, malos poetas, cuando tenemos la verdadera poesía, la verdadera visión de la vida. Y hemos vuelto a llamar, y nos ha salido el político, y nos ha echado fuera, y nos ha privado de todo.»
El Consejo fue clausurado, el día 16, por José Luis de Arrese:
«Cuando volváis a vuestros claustros no habléis en tono blando; usad el recio de nuestros primeros escuadristas, y si alguien os pregunta con qué derecho habláis tan fuerte, si alguien cree que ponéis hasta insolencia en vuestros deseos, mirad la lista de los caídos del S. E. U., desde Matías Montero hasta Eugenio Arizcun; mirad los sitios donde cayeron, todavía rojos con su sangre, desde las esquinas de Madrid, cuando todo era miedo y componenda, hasta los hielos de Rusia.»
«Recordemos una ausencia que es dolor y que es orgullo. Mientras en esta Universidad estamos reunidos en vigilia de estudio, dos mil camaradas vuestros, con sus Jefes a la cabeza, están en vigilia de armas sobre la noche helada de los campos rusos. Algunos han caído y esperan de vosotros el fruto de su muerte. Los demás volverán con sus banderas desplegadas a la vida de la Universidad. Que el recuerdo de unos y la presencia de otros os anime siempre a llevar a la práctica las enseñanzas de este Consejo.»
Coincidió con el Consejo la aparición de una separata de Haz, con el título «Breve historia informativa del S.E.U.», en cuya redacción había intervenido Fernando Alzaga.
Mientras tanto, en Rusia se sucedían los combates. En la posición «El Alcázar», avanzada así bautizada por los alemanes antes de entrar en línea de fuego la División.
Y con especial dureza en la brecha abierta por los rusos entre Lobkovoy Udarnik. Allí fue donde los defensores de la llamada posición intermedia, que habían recibido de Muñoz Grandes la consigna de:«No retroceder; tenéis que estar ahí como clavados», aparecieron, cuando se reconquistó, clavados con picos en el suelo. La barbarie de los atacantes había hecho que la orden fuese totalmente cumplida.
En los contraataques se distinguió Hernández Navarro, quien añadiría a la relación de libros escritos por gente delS.E.U. un título de novela: «Ida y vuelta», cuyos personajes son los estudiantes sobre el campo de batalla del Este. El día de Navidad, un cañonazo destrozaba a Vicente Gaceo, «el pequeño y valeroso Gaceo», como José Antonio le despidiera antes de ser fusilado.
Gaceo había salido de la cárcel poco antes de formarse la División Azul. Su madre, que en el Madrid rojo ignoraba que su hijo había estado condenado a muerte en la zona nacional, recibió el pésame del ministro de Asuntos Exteriores. Precisamente el autor del Decreto de la unificación, por el que había ido a la cárcel Gaceo:
«Señora doña María del Pino, viuda de Gaceo. Mi respetada amiga: Autorizadamente se me informa que su hijo, nuestro magnífico camarada Vicente, ha caído en las heroicas filas de la División Azul. No es posible medir ni la magnitud del sacrificio que usted ofrece ni la alteza de la hazaña con que su glorioso caído acaba de rubricar su brillante historial falangista, coronando las sublimes generosidades aportadas por la familia Gaceo en servicio de nuestra España inmortal. Dios Nuestro Señor ponga en su corazón de madre fortaleza cristiana, española y falangista para mantenerse firme en esta nueva y terrible prueba. En ella le acompaño con mi más viva emoción y afecto. Reciba un saludo cordial de su buen amigo R. Serrano Súñer. Madrid, 3 de enero de 1942.»
Seguramente, la empresa más bella de la División Azul fue la liberación de la cercada guarnición alemana de Vsvad, al sur del lago limen. Entre sus protagonistas: Mariano Sánchez Covisa, Luis Lorenzo Salgado, Guillermo Ruiz Gijón, Marcos, Escosa, Guillermo González de Canales, Mont, Urgoiti, Valentí, M. Herrero, Garrigós, Carlos Piernavieja del Pozo, Jorge Hernández Bravo, Virgilio Hernández Rivadulla…
«Aquellos muchachos del S. E. U. de Madrid, asiduos deportistas del esquí en las pendientes del Guadarrama, se fueron con el teniente Castañer a formar la Compañía de Esquiadores del capitán Ordás». Con ellos, Santiago Cifuentes, después de las agotadoras jornadas en el hospital de campaña durante la batalla de Possad, revalidando su título reciente de cirujano.
Habían de atravesar la helada superficie del lago; la compañía partió, en la madrugada del 10 de enero, de Jerunovo e hizo una marcha en zigzag de más de treinta kilómetros, con temperaturas de 50 grados bajo cero, salvando cinco enormes grietas; el día 11 alcanzaban la otra orilla por Sadnoje-Pole, con dieciocho soldados gravísimos, congelados en aquel gigantesco frigorífico. Desde la base de Sadnoje-Pole operaron sobre Vereschovo, Pogost, Schischimorov y Malojeutcheno, que fueron ocupados. Con ello, los rojos aflojaron el cerco de Vsvad, pero entonces entraron en juego los tanques soviéticos y algunas posiciones de vanguardia, mandadas por el alférez del S.E.U. García Lario, superviviente del Cuartel de la Montaña, fueron aniquiladas; el capitán Ordás envía elsiguiente radio: «Los españoles no han capitulado. Han muerto con las armas en la mano. Se observa gran concentración, esperamos ataque enemigo. Sabremos morir como españoles. Arriba España y viva Franco.» Aun cuando a los tanques se unió la aviación enemiga, la guarnición alemana fue liberada. Y aún se combatió después, hasta el día 24. Aquel día se tuvo la última baja, la del estudiante Julián Martín Fabiani. El capitán de la compañía transmite el último parte: «Capitán Ordás a general: Salimos 206. Quedamos 12 combatientes.»
Sin concederle demasiada importancia, desde el frente se envió una corta representación al Congreso de Estudiantes Anticomunistas, convocado en Dresden. La fama del soldado español, revalidada en Rusia, les colocaba en situación de privilegio en estas reuniones de retaguardia.
Dionisio Ridruejo, soldado de la II Compañía de Antitanques, fue tejiendo con poemas la vida divisionaria; todos ellos harían un libro, «Poesía en armas».
En las «isbas» situadas detrás de las primeras líneas o en las chabolas del mismo frente se formaban tertulias, en las que se discutía, claro está, sobre política, pero también ocupaba horas ydías cualquier tema literario y hasta teológico; todo era debatido con la minuciosidad que el tiempo permitía y la densidad de universitarios deque gozaba la División.
La guerra no daba tregua; se luchó por la liberación de otra guarnición alemana cercada en Mal-Samoschje, en el mes de febrero y en marzo, en los duros combates en la bolsa formada a retaguardia, en un desesperado intento ruso para aliviar el frente de Leningrado. La lucha en Kopzy fue relatada por Gómez-Tello en su libro «Canción de invierno en el Este». En los combates que en los primeros días de abril sostuvo el batallón del comandante Román, el estudiante de Sevilla alférez Dionisio García Pelayo de la Calzada moría intentando incendiar un tanque ruso; tenía veintidós años y había empezado la guerra de España en el barco «Calvo Sotelo». Por entonces comenzó un ordenado relevo. Entre los nuevos soldados, la proporción de estudiantes es ya menor. Pero siempre destacaron; con los primeros refuerzos llegó Teodoro Delgado Pomatta, que terminaríaconfeccionando la Hoja de Campaña, que se repartía entre los combatientes y que había sido fundada por otro del S.E.U., Carlos Juan Ruiz de la Fuente.
En el Reichtag, dijo Hitler: «Cuando la División regrese a España, nosotros sólo podremos lanzar sobre ella y sobre su valiente general la apreciación del reconocimiento de una fidelidad y una bravura que no se han desmentido ni aun ante la muerte.» Muñoz Grandes, relevado por el general Infantes, decía: «Muy duro es elinvierno de estas estepas y muy duro también el enemigo soviético, pero más dura es mi raza.»
Un estudiante de la Escuela de Periodismo, redactor de la Hoja de Campaña, José García Luna, autor de un estupendo libro, «Las cartas del sargento Basilio», recuerda cómo la División entera se autollamaba «División exacta, porque no queda resto».
Como si en la guerra de España no hubiera habido hechos suficientes para desmentirlo, se puso en duda el valor de aquellas unidades simplemente por estar repletas de «señoritos estudiantes». Luis Romero, alférez combatiente ruso, estudiante falangista y novelista, salió al paso de la pintoresca suposición en «Tuda», su novela rusa: «Yo creo, al contrario, que el buen soldado puede y debe ser inteligente. La prueba: en la División, elporcentaje de personas cultas, de estudiantes, de soldados instruidos era más elevado que nunca lo fue en ninguna unidad española. ¿Ha «pitado» o no? Entonces.»
En el otoño, la División fue trasladada al frente de Leningrado, sector de Puschkin. En los combates allí desarrollados seguiremos encontrando hombres ejemplares, como el capitán Urbano, quien, en Staraya Misa, llegóa inutilizar dos carros soviéticos con minas magnéticas, que se precisan colocar en el propio tanque, o en los combates del río Ishora, de los que un oficial, Antonio Amo, contaba: «Casi todos éramos del S.E.U. Pero recordaré siempre a dos camaradas que para alistarse hubieron de mentir su corta edad: Luis Zaragoza y Federico Doña Morales, este último muerto días antes del relevo.»
El pueblo español recibió a los combatientees en la lejana Rusia con ostensible emoción. Los «divisionarios» retornaban con tres canciones preferidas en los labios y en el corazón: «Lily Marlen», alemana; «Katiuska», delpoeta ruso Isakovski, y «Gibraltar», nacida del acordeón de Agustín Paymo .
CONCLUSIÓN
La historia de la División Azul quedó marcada por su participación en algunos de los combates más duros del frente oriental, especialmente en los sectores del Volchov, Novgorod y Leningrado. A pesar de las dificultades climáticas, logísticas y militares, los voluntarios españoles protagonizaron episodios que quedaron grabados en la memoria de quienes participaron en aquella campaña.
Para muchos de sus miembros, la experiencia de Rusia fue también un fenómeno generacional y político que reflejaba el ambiente ideológico de la España de posguerra. La presencia de universitarios, escritores y jóvenes militantes falangistas contribuyó a dotar a la División Azul de una identidad particular, convirtiéndola en uno de los episodios más debatidos y estudiados de la historia española del siglo XX.
