INTRODUCCIÓN
Durante la Guerra Civil española, el conflicto no se libró únicamente en los frentes de batalla. En las ciudades y territorios bajo control republicano se desarrolló también una intensa actividad clandestina protagonizada por simpatizantes y militantes del bando nacional. Entre estas redes destacó la Falange clandestina, que organizó grupos de información, sabotaje y apoyo logístico dentro de la retaguardia republicana.
Desde la cárcel, el dirigente del Sindicato Español Universitario (SEU), Manolo Valdés, coordinó parte de estas actividades con la colaboración de jóvenes universitarios. A través de diferentes estructuras —como el Socorro Azul, las milicias clandestinas o los servicios de información— se desarrollaron operaciones de espionaje, falsificación de documentos, obtención de suministros y transmisión de datos militares.
En la retaguardia de Negrín, el primer jefe nacional del S. E. U., Manolo Valdés, desde la cárcel asumió el mando del movimiento clandestino, cuyo crecimiento creó un enrarecido ambiente para los rojos. Con Valdés colaboró un grupo de universitarios destacados: Antonio Garríguez, Antonio Luna y Salvador Lisarrague, que tendrían decidida intervención en la caída de Madrid. Actuaban tres grupos con independencia: el Socorro Azul, las Milicias y otro, más reducido, que montó un eficaz Servicio de Información Militar. El Socorro Azul quedaría unido para siempre al nombre de María Paz Unciti, casi una niña. La asesinaron los milicianos en el año 1936, cuando trabajaba infatigablemente en medio de un terror científicamente organizado; la acompañaba el día de su detención, y también fue asesinado, un estudiante de dieciocho años, Emilio Franco. En las Milicias destacaron las secciones llamadas de Asalto; allí estaban los estudiantes Eugenio Lostáu, Alberto Galar, Eugenio Arizcum, Nicolás Alcalá, Federico Sopeña, Fernando Blanco, Ricardo Franco y un grupo de cadetes, entre los que sobresalió Enrique Calzada. En sus actuaciones figuraban robo de automóviles, pistola en mano, que llegaron a realizarse delante del propio S. I. M. —Servicio de Información Militar—; ataques a oficiales, con objeto de apoderarse de su armamento y documentación; campañas de desmoralización y sabotajes. Otros propósitos que les hubieran satisfecho plenamente, como la voladura de la Telefónica, quedaron en proyecto por el temor de los mandos nacionales a que provocase otra ola de crímenes. Volumen importante adquirió el grupo de falsificación, en el que trabajó especialmente Ricardo Franco; se lograban toda clase de documentos, elaborados en un piso de la calle de Espartinas, desde pases gratuitos para el «Metro» hasta salvoconductos firmados por Miaja para circular por el frente; con ello, los estudiantes se convertían en inútiles para las armas, en heridos del Ejército rojo o mutilados según conviniera, y de sus parques de Intendencia, simulando pedidos de Brigadas, se obtenían los víveres que faltaban a la población. Disponían de lugares poco sospechosos: un centro habitual fue, durante algún tiempo, la sede del Socorro Rojo Internacional, situada en la Gran Vía, en donde entraban y salían como en casa propia. Otro de los refugios utilizados fue el Partido Sindicalista, que dirigía Marín Civera, disidente de la F. A. I.
De la perfección de la información militar da idea el parte de la hoja de servicios de un viejo seuísta:
«Información artillera de los diversos Cuerpos de Ejército, con localización por coordenadas de baterías, observatorios y depósitos, así como noticias sobre movimientos de fuerzas artilleras.
Fortificación del sector del Pingarrón, así como densidad que lo cubría e instrucciones que tenían en caso de ataque.
Informes sobre proyectos de la 300 División de guerrilleros.
Notificación de día y hora en que serían voladas minas del sector de la Ciudad Universitaria.»
Los párrafos anteriores pertenecen a un documento del S.I.P.M. del Ejército nacional.
No estaban exentas de riesgo estas misiones, cuyo final era a menudo las checas del S. I. M. En junio fusilaban, en Barcelona, al estudiante Juan Jiménez, de Medicina; había salvado centenares de vidas valiéndose de su nacionalidad chilena. La noche antes del fusilamiento escribió a Fernández Cuesta:
«Cuando recibas estas líneas habré tenido el honor y el orgullo de morir por la Patria. No lo lamentes. Jamás podría imaginar gloria mayor, y caigo contento y alegre, satisfecho de mi destino glorioso y de morir por la Falange y por España.»
Algunos hubieron de luchar en dos frentes, el de la guerra abierta y el del espionaje. Así, Juan Bertolí, un catalán formado en el S. E. U. madrileño, combatiendo se pasó a la zona nacional y alcanzó la oficialidad. Su sangre fría le llevó nuevamente a la zona roja en misiones importantes hasta que se truncó su vida.
Está por escribir la historia de quienes desde la zona roja supieron ser militantes de la causa nacional, de cómo fueron tejiendo la red que atenazaba los esfuerzos republicanos, desde los altos mandos militares a los más modestos puestos civiles. Las acciones contra ellos, con técnica policíaca soviética, no mermaron ni su eficacia, ni entusiasmo, convirtiéndose en una verdadera obsesión para los mandos marxistas. Después de la toma de Málaga por las tropas nacionales, la comisión ministerial que se trasladó a Almería para investigar la pérdida de la capital andaluza obtuvo la conclusión de ser necesario destruir la «quinta columna» para evitar que las ciudades se pasaran al bando nacional antes de ser siquiera atacadas. Con el tiempo, las milicias clandestinas ganaban audacia y decisión; ya en Santander, los cuerpos de Ejército enemigos XIV y XV se vieron atacados desde su propia retaguardia antes del asalto a la ciudad. Las tropas nacionales no encontraban pueblos enemigos o paralizados, pues al instante los servicios funcionaban sin dificultad, como resultado de la organización de las milicias clandestinas y, lo que era más importante, un ambiente producido por la alegría de considerables masas que, al haber sido encuadradas en una simple segunda línea, sentían que también ellos habían contribuido a la victoria. La autoliberación de zonas extensas no fue apreciada en todo su valor por los políticos de Burgos.
CONCLUSIÓN
La actividad de la Falange clandestina refleja la complejidad del conflicto durante la Guerra Civil española, donde la lucha se extendía más allá de las líneas del frente. Las redes clandestinas, integradas en muchos casos por estudiantes y jóvenes militantes, llevaron a cabo tareas de espionaje, sabotaje y propaganda que buscaban debilitar la retaguardia republicana.
Estas acciones contribuyeron al fenómeno conocido como “quinta columna”, que preocupó profundamente a las autoridades republicanas y motivó una intensa persecución policial. Aunque su historia sigue siendo objeto de debate y estudio, la actuación de estos grupos clandestinos constituye uno de los aspectos más singulares de la guerra en las ciudades y territorios alejados del frente.
