INTRODUCCIÓN
En febrero de 1974, en plena fase terminal del franquismo, el presidente del Gobierno Carlos Arias Navarro pronunció un discurso que despertó expectativas de cambio político en amplios sectores de la sociedad española. Aquel mensaje, conocido posteriormente como el “Espíritu del 12 de febrero”, prometía una cierta apertura del régimen: reformas administrativas, una mayor autonomía municipal y una tímida modernización de las estructuras políticas y sociales.
Sin embargo, estas promesas no se tradujeron en una auténtica transición hacia un sistema democrático homologable al de Europa Occidental. El “espíritu” reformista convivió con la negativa a legalizar partidos políticos y con la permanencia de los pilares autoritarios del régimen. Este episodio simboliza, en buena medida, la contradicción interna del franquismo tardío: la conciencia de agotamiento del sistema y, al mismo tiempo, la incapacidad —o falta de voluntad— para transformarlo de raíz.
En el libro “Franco sin adjetivos”[1]hay dos referencias a o que se denominó “Espíritu del 12 de febrero” Esta es la más relevante:
“La apertura prometida en febrero de 1974 por el último gobierno del franquismo[2] no alcanzó la envergadura que algunos rupturistas esperaban, pues no se produjo la legalización de “asociaciones” políticas como paso hacia un régimen de partidos políticos al uso en Europa Occidental, pero fue considerablemente aperturista. Prometió libre elección de alcaldes y presidentes de diputaciones, un nuevo estatuto para las asociaciones y una nueva regulación del trabajo. El 12 de febrero de 1974, Carlos Arias Navarro pronunció un discurso en el que afirmó que “la responsabilidad de la innovación política ya no puede descansar solamente sobre los hombros del Caudillo”, una postura que, al poco, fue conocida como el “Espíritu del 12 de febrero”.”
[1] https://www.sndeditores.com/libro/francisco-franco-sin-adjetivos_158908/
[2] Que cambió aproximadamente el 50% de los ministros de Carrero Blanco.
CONCLUSIÓN
El llamado “Espíritu del 12 de febrero” representó uno de los últimos intentos del franquismo por ofrecer una imagen de renovación sin alterar los fundamentos autoritarios del régimen. Las promesas de Arias Navarro reflejaban la percepción de que el sistema necesitaba cambios para sobrevivir en un contexto internacional y social cada vez más incompatible con la dictadura, pero también evidenciaban los límites del reformismo desde dentro del propio franquismo.
Lejos de abrir un verdadero proceso de democratización, aquella “apertura” quedó en un terreno ambiguo: insuficiente para quienes aspiraban a una ruptura democrática y sospechosa para los sectores más inmovilistas del régimen.
