Este es el título que le asignan los autores citados al plan de la izquierda. Esta había perdido las elecciones celebradas en noviembre de 1933 y era consciente de que, si quería evitar una nueva derrota, debía formar una coalición que aglutinara a las distintas fuerzas que la integraban. La principal era el Partido Socialista Obrero Español en el que convivían tres tendencias o, como se dice ahora, tres familias: la moderada encabezada por Julián Besteiro, la de extrema izquierda revolucionaria cuyo líder era Largo Caballero y una tercera cuya línea la marcaba Indalecio Prieto, no tan extremista como la de Caballero, pero que en modo alguno cabe calificar de moderada. De hecho Prieto fue el encargado de efectuar el alijo de armas para llevar a cabo el golpe de estado de octubre de 1934; es decir, hablamos de un moderado golpista por cuyo motivo hubo de exiliarse, encontrándose en situación de huido de la justicia en los momentos a que ahora nos referimos. Por su parte Caballero era apodado el Lenin español, apelativo que no parecía molestarle. Besteiro supo que tenía perdida la batalla de la moderación ante la deriva sovietizante de su partido y, en lugar de optar por una escisión del partido se decidió por el retraimiento parlamentario, el silencio público y esperar tiempos mejores.
La línea que deseaba seguir el PSOE fue la de entablar una colaboración con comunistas –a pesar de que él era ya suficientemente bolchevique- y anarcosindicalistas por la izquierda, y colaborar con partidos republicanos de izquierda, o sea fundamentalmente con el partido de Manuel Azaña y otros cercanos a éste, grupo conocido como “frente republicano” integrado por formaciones como Izquierda Republicana de Azaña, Unión Republicana de Martínez Barrio y el Partido Nacional Republicano de Sánchez Román.
Conseguir un acuerdo no iba a ser fácil puesto que la postura del PSOE de pactar con comunistas y anarcosindicalistas no era de agrado del “frente republicano”, pero aquel lo consideraba imprescindible para ganar las elecciones, y también para adherirse al otorgamiento de una amnistía para los golpistas implicados en la revolución de octubre cuya causa había enarbolado el PCE inicialmente ante la postura un tanto avergonzada del PSOE por el fracaso de su golpe; entendió finalmente que debía asumirla y la manera de mostrarlo era pactando con los comunistas.
Según los historiadores los desacuerdos entre los integrantes del “frente republicano” fueron más fáciles de solventar, que los que se daban en el seno del PSOE. En éste la línea de Largo Caballero era declaradamente revolucionaria, insurreccional. Se trataba, al igual que la de los comunistas, de aprovechar las ventajas u oportunidades que ofrecía la “democracia burguesa”, así la denominaban ellos, y aprovechar una coyuntura favorable para finiquitarla. De hecho intentaba que todo el poder recayera en la dirección nacional utilizando idéntico léxico que los comunistas: instaurar el “centralismo democrático”. A estos la palabra democrático no se les cae de la boca, después ya sabemos cómo la entienden en la práctica. En noviembre de 1935 cuando aún se hallaba en prisión por su participación en el golpe de 1934, Caballero exigió la bolchevización del socialismo español y el establecimiento de la dictadura del proletariado.
La simbiosis de la postura socialista del sector de Caballero y la de los comunistas era casi total a pesar del recelo de aquel a que estos últimos le comieran parte de su electorado. Así que unos y otros prepararon un programa para las elecciones en el que demandaban los siguientes objetivos: confiscación de todas las grandes fincas rústicas sin pago indemnización alguna, purga del ejército y administración, expulsión de la totalidad de las órdenes religiosas y otra, no menos moderada y propia del progresismo de la época, consistente en la instauración de una legislación que proscribiese a todos los partidos conservadores y derechistas, de manera que se lograse la república por ellos soñada, la izquierdista exigida en el séptimo congreso de la internacional comunista, la Komintern; es decir la superdemocrática dictadura del proletariado a pesar de que una correligionaria de Lenin, la fundadora del Partido Comunista Alemán había advertido, antes de su asesinato en 1919 a manos de las fuerzas de seguridad de un gobierno socialdemócrata, Rosa Luxemburg, que: “Lenin y Trotski han establecido como elemento representativo único y lícito de las masas trabajadoras al soviet, en vez de organizar unas elecciones libres…Sin elecciones generales, sin libertad de Prensa y asociación, la vida se extingue en toda institución pública, se convierte en existencia aparente, en la que la burocracia es el único elemento activo. No es posible escapar a esta ley inexorable”. Si no se baja del burro la progresía actual tras la caída del muro, cómo iban descender aquellos modernizadores socialistas de España con el ejemplo que les venía de la Rusia de su adorado zar.
Si a ello unimos que la antipatía que se profesaban Largo Caballero y Prieto se había convertido en auténtico y franco odio, no es de extrañar lo que sucedió en un mitin celebrado en Écija durante la elecciones que se celebraron a continuación; allí Prieto hubo de salir a escape porque los partidarios de Caballero le perseguían a tiros. El republicano Salvador de Madariaga afirmó que “lo que originó la inevitabilidad de la guerra civil española fue la guerra civil en el seno del PSOE”. Yo no creo en los determinismos ocasionados por un único factor pero algo de razón seguro que albergaba Madariaga. Sí demuestra el suceso que la imagen idílica y deseable de aquella república que, por parte de algunos, se nos intenta transmitir se compadece poco con la realidad. Prieto salió vivo de Écija pero otros muchos ciudadanos perdieron la vida en los procesos electorales de la época; eran habituales los muertos en las refriegas entre partidos; lo insólito es que hubiese tiros entre miembros del mismo grupo político. No conozco ningún estudio sociológico que explique el impulso de las fuerzas de progreso a matarse entre ellas, y no porque faltaran ejemplos, sobre todo en la más moderna de nuestras regiones, Cataluña. Uno de los casos más famosos de respeto a la discrepancia en el mundo progresista es el de Andrés Nin, cuya desafección al estalinismo le valió que lo desollaran vivo los colegas sí afectos, mientras el gobierno de Negrín miraba hacia otro lado. La larga mano de Stalin era pero que muy larga. Pero en la más moderna región española no necesitaban la mano del zar para asesinarse entre ellos; allí moraban los separatistas y se produjo un oscuro suceso. En una biografía sobre Companys compartida, Bonet Revés, dice que, al parecer, se preparaba un complot para asesinar a Companys por otros secuaces separatistas y, Carlos Rojas en la misma obra, que lo que pretendían era un apaño con los nacionales para salirse de la lucha a cambio del reconocimiento de la autonomía. Resultado: fusilan a uno de los implicados, Andreu Reverter, otros se hubieron de exiliar y Companys gemía: “¡estoy rodeado de traidores!”. Vidas ejemplares.
De cualquier manera la simbiosis aludida líneas arriba entre Caballero y los comunistas no se circunscribía solo a aquel sector del PSOE, pues si antes nos hemos referido a las pretensiones de ese sector, las manifestaciones de Prieto en plena campaña electoral en El Socialista, no tenía nada que envidiarle ni a Caballero ni a los comunistas: “Estamos decididos a hacer en España lo que se ha hecho en Rusia. El plan del socialismo español y del comunismo ruso es el mismo. Ciertos detalles del plan pueden cambiar, pero no los decretos fundamentales del mismo”. Teniendo en cuenta que en esa añorada Rusia llevaba por aquel entonces casi 20 años de régimen socialista, versión bolchevique, primero bajo la batuta de Lenin que se encargó de establecer las bases del régimen de terror, y más tarde gobernada por uno de los más destacados progresistas de la historia, Stalin, que trabajó con denuedo en la consecución de que la nación fuese un campo de concentración y exterminio programados, el proyecto deseado por Prieto para España era para echarse a temblar… o para rebelarse contra él. No olvidemos que por aquel entonces, excepto para quien tuviese la vocación de ciego voluntario las hazañas de Stalin eran de sobra conocidas. El gánster que regía la Unión Soviética alcanzó cotas de progresismo difíciles de superar. Ya aludimos en otro lugar que llegó a decretar que se pudiera fusilar a niños de doce años como medio de lucha contra el gamberrismo de los adolescentes. Hay quien se empeña en atribuirle a Prieto la condición de moderado y socialdemócrata.
Los segundos componentes de la izquierda extremista, los comunistas, actuaban al dictado de los deseos de Stalin, o sea de la Komintern, tendiendo sus redes para absorber al PSOE. Eran más ladinos que los dirigentes del PSOE pues, sabedores de que eran minoritarios, necesitaban ir comiendo terreno a este y empezaron a conseguirlo mediante la fusión de las juventudes de ambos partidos, desbaratando la pretensión del PSOE que era la anexión de las juventudes comunistas por su partido. Así nacieron las Juventudes Socialistas Unificadas.
La comunión del Partido Comunista de España con la Rusia de Stalin era total y absoluta. Obedecían a pies juntillas los dictados de la Internacional Comunista: atraer a la sección más izquierdista del PSOE para implantar un nuevo partido bolchevique, pactar con el “frente republicano” para que este, desde el Gobierno, preparase el terreno para hacer más tarde la revolución e instaurar la dictadura del proletariado, ya que para ellos la democracia burguesa era un peldaño preciso para acceder a lo que entendían –y siguen entendiendo sus añorantes seguidores de hoy- auténticamente democrático: la dictadura del proletariado. Su estrategia la señaló su lideresa más carismática, Dolores Ibarruri la Pasionaria, ya en 1933: “Avanzamos por el camino que nos ha marcado la Tercera Internacional; que lleva al establecimiento de un Gobierno soviético en España, un Gobierno de trabajadores y campesinos”. Con razón el doctor Pedro Sánchez dice hallarse más cerca de la Pasionaria… Más tarde, para integrarse en el Frente Popular y sobre todo desde el comienzo de la guerra, inició lo que el historiador americano Burnett Bolloten definió como el gran camuflaje, consistente en cambiar la terminología refiriéndose a la revolución que tenía lugar en España como “la revolución democrática burguesa… y nosotros los comunistas somos los combatientes de vanguardia contra las fuerzas oscurantistas del pasado”. Obedientes a la línea marcada por Stalin que comprendió, mejor que el PSOE, que no podían aparecer ante los países occidentales como bolcheviques.
Como decíamos líneas arriba los integrantes del “frente republicano”, a pesar de los mimbres de sus futuros socios, determinaron ir juntos a las elecciones para lo cual sus líderes, con el fin de acercar posiciones con la extrema izquierda PSOE y PCE, no dudaron en radicalizar su discurso y, si bien en un principio, uno de sus más conspicuos integrantes, Martínez Barrio, advirtió que los compromisos con aquellas fuerzas no supondría transgredir “la línea constitucional ni la propia y característica de las fuerzas republicanas”, más tarde, cuando tras perder la guerra se hallaba en el exilio y experimentado los resultados de su acuerdo con tan excelsas fuerzas progresistas, se expresó de manera totalmente diferente: “se habían avenido a un pacto cuyo compromiso era la consolidación del régimen republicano de 1931 porque ciertos socialistas y todos los comunistas tenían su vista fija en la revolución rusa de 1917 y nos repartían a los republicanos el triste papel de Kerenski. Nuestra misión se debía reducir, según ellos, a allanarles el camino del poder, puesto que la revolución democrática era una etapa agotada en la historia de la República”.
En fin, otro que tuvo una extraordinaria visión de futuro de penosas consecuencias. Pero prosigamos porque las declaraciones del momento de otros miembros del “frente republicano” fueron mucho más cercanas a las difundidas por los que serían sus socios. Así, con respecto a la necesidad de otorgar una amnistía amplia a los golpistas de 1934, Barcia, dirigente del partido de don Manuel, manifestó que la amnistía “era un deber de equidad y de justicia porque los hombres que se sublevaron lo hicieron ante el temor de que les fuera arrebatado el régimen que el pueblo les dio”. “Octubre (Octubre, de golpe nada) representaba el sentir de los verdaderos republicanos y una magnífica defensa del régimen y por él el régimen se salvó”. Ya vimos que años después Sánchez-Albornoz, que perteneció al mismo partido que Barcia, no se refirió a Octubre como magnífica defensa sino todo lo contrario. Es decir que para sentirse entonces verdaderamente republicano había de ser un buen golpista. Y realmente no le faltaba razón. Según los historiadores Álvarez y Villa los representantes del “frente republicano” intentaban presentar Octubre como “una arrebatada declaración de amor a la República”, algo que hacía reír a los obreros. Además de autoengañados, cursis.
El ejemplo paradigmático lo encontramos en un mitin celebrado conjuntamente durante las elecciones; mientras el orador representante de Unión Republicana glosaba Octubre como un “alzamiento en defensa de la libertad y de la justicia”, el que intervenía en nombre del PSOE, Álvarez del Vayo, lo contradecía calificándolo como “una revolución integral de tipo socialista” y que su aspiración era una nueva “sociedad socialista” como la de la Unión Soviética. Por si había alguna duda, días después Largo Caballero incidía en términos semejantes: si Octubre hubiese triunfado “hubiésemos transformado la República democrática burguesa en una República socialista”. Los había más progresistas porque una vez desatado el radicalismo, cuanto más lo seas se incrementa tu prestigio. Así para el Partido Obrero de Unificación Marxista, la escisión del PCE de carácter trotskista liderada por Andrés Nin, la amnistía no suponía la “pacificación de los espíritus sino liberar un ejército revolucionario de más de 30.000 soldados rojos para reemprender la tarea empezada”. Con tanto líder progresista emitiendo soflamas de este tenor no es de extrañar que al iniciarse la guerra civil al general Ochoa, el que sofocó el golpe sobre el terreno, terminase como expusimos en el capítulo correspondiente: decapitado y su cabeza paseada por Madrid ensartada en la bayoneta de un fusil. No le salvó su condición de masón.
Teniendo en cuenta estos antecedentes la cuestión es cómo personas que se siguen teniendo por moderadas, la crema de la clase política de entonces englobadas en el “frente republicano”, aceptaron compartir coalición con partidos de semejante pelaje. Tan solo Sánchez Román salvó el honor renunciando a integrarse en el próximo Frente Popular. Parece que la respuesta estriba en que Azaña, el personaje más famoso y prestigioso de aquel “frente republicano”, pensaba, según señala Pío Moa, que él sería capaz de reconducir a lo que denominaba “gruesos batallones populares”, o sea a las organizaciones obreristas. Otro aprendiz de brujo nefasto. Su capacidad para dominar a sus “gruesos batallones” se puso de manifiesto cuando alcanzó, poco tiempo después, primero la jefatura del gobierno y a continuación la de la República. Sus dotes para reconducir mínimamente la violencia desatada antes y después de iniciada la guerra civil fueron para enmarcar y ofrecer como ejemplo. Gobernar requiere una dedicación diferente a escribir memorias cuando la gente se mata en las calles. El que iba a domeñar a los batallones fue conducido, como indicamos en otro capítulo, a Barcelona para no desanimar al resto de la tropa. Siento tener que recordar la opinión de Prieto, sinceramente brutal: “ese marica cobarde está actuando como una puta histérica”.
De manera similar se refirió al magnífico domador uno de los padres de la República, Ramón Pérez de Ayala que, con lenguaje más acorde con la condición de tan ilustre intelectual, en una carta remitida a Marañón manifestaba que “cuanto se diga de los desalmados mentecatos que engendraron y luego nutrieron a los pechos nuestra gran tragedia, todo me parecerá poco” y, tras calificar a Prieto de brutísimo, decía de don Manuel: “Me figuré un tiempo que Azaña era de diferente textura y tejido más noble. No podía contar yo con que la ausencia de la hormona testicular –el subrayado es mío– estragase hasta tal punto una buena inteligencia natural. En octubre del 34 tuve la primera premonición de lo que verdaderamente era Azaña. Leyendo sus memorias del barco de guerra –tan ruines y afeminadas– me confirmé. Cuando le vi y le hablé siendo ya presidente de la República, me entró un escalofrío de terror al observar su espantosa degeneración mental, en el breve espacio de dos años, y adiviné que todo estaba perdido para España con aquella gente”.
Hay detalles concretos que nos ayudan a conocer a la gente y, en este caso, contrastar la certeza o no de lo expresado por Pérez de Ayala. En el caso de D. Manuel lo encontramos en su intervención en las Cortes cuando se discutía el trato que debiera dispensar la República a las órdenes religiosas, recogido en el artículo 26 de la nueva constitución comentado en otro capítulo. Decía así la encarnación máxima del régimen: “A las órdenes religiosas tenemos que proscribirlas en razón de su temerosidad para la república”, sin exceptuar a aquellos institutos cuya dedicación era y es el cuidado de los enfermos, por ejemplo los Hermanos de San Juan de Dios o las Hermanas de la Caridad. Nada de excepciones porque, según el prócer republicano, “debajo de la aspiración caritativa, que doctrinalmente es irreprochable, hay, sobre todo, un vehículo de proselitismo que nosotros no podemos tolerar”. Malvadas monjas proselitistas. Homenajeado por las Cortes actuales como hombre de consenso. A tenor de tales invocaciones de la encarnación de la república no es de extrañar la justicia popular que les aplicaron a los religiosos los socios de D. Manuel, milicianos del PSOE, PCE, POUM, anarquistas, etc.
Décadas después, en nuestros días, otro progresista patrio pata negra critica que un empresario done importantes cantidades para ayudar a los enfermos de cáncer. A él, si tiene cualquier dolencia, se le exime de molestas esperas para obtener el adecuado tratamiento. Miserables que no falten cualquiera sea la época. Don Manuel, tras expresar su afán de concordia con intervenciones como la anterior, se desentendió de la guerra para escribir sus cosas día tras día muy bien refugiado –no del todo como veremos- mientras la gente se mataba en la batalla que, con su demagogia e ineptitud, había contribuido a propiciar. Atribuía el doctor Gregorio Marañón en su libro Tiberio, historia de un resentimiento, una característica a los resentidos: la de ser anonimistas infatigables.
Los tres padres de la República que hemos mencionado tuvieron que exiliarse al extranjero para huir, no de los nacionales, sino de los republicanos integrantes de los gruesos batallones populares, o sea de los que se atribuían la condición de auténticos republicanos. Parece ser que uno de ellos, Ortega y Gasset, dijo alguna vez que “en política no siempre se debe hacer caso a los intelectuales”. Tal vez fuese su implicación en el advenimiento de la república la que le indujo a realizar tan acertada manifestación. Teniendo en cuenta las consecuencias que para el pueblo llano trajo el deseado régimen debieran, efectivamente, cuidar los intelectuales sus recomendaciones; la gente de abajo no tiene la posibilidad de exiliarse cuando las cosas se complican. En resumen, es conveniente aplicar el dicho popular: los experimentos con gaseosa. Con gaseosa debiera haberse instaurado el estado de las Autonomías, el que al cabo de unos cuarenta años está a punto de terminar con la unidad nacional tras trabajar con ahínco en que nada nos sea común a los españoles, demostrar su eficacia en la resolución de los problemas importantes –crisis financiera, virus…–, y regarnos con una legislación inabarcable que favorece los efectos previstos por el historiador romano Tácito hace dos mil años: “Cuantas más leyes más corrupción”.
Volvamos a don Manuel. Donde mejor demostró sus dotes de líder de la coalición frentepopulista y su contribución a la victoria final de ésta fue, precisamente, durante su estancia en Barcelona. Allí no se conformaron con la guerra civil contra los nacionales. Las distintas fuerzas de progreso entablaron otra entre ellas. El 4 de mayo de 1937 es, en palabras de Ricardo de la Cierva, la guerra civil declarada; POUM, CNT, UGT, PSUC, PSOE, PCE, Generalidad, etc., se entretuvieron en esa práctica. Según Federica Montseny, la dirigente anarquista, en aquellos sucesos murieron unas 400 personas y se contabilizaron unos 1.000 heridos. Don Manuel, ni más ni menos que Presidente de la República, en lugar de aglutinar a los componentes de los gruesos batallones, andaba reclamando histéricamente, por telégrafo, que le rescatasen; solicitud atendida por Prieto, entonces Ministro de Marina y Aire, ordenando el desplazamiento a la ciudad de dos destructores, el Lepanto y el Sánchez Barcáiztegui, además de que el Gobierno del frente popular hubo de enviar en pocos días a más de 12.000 miembros de las fuerzas de orden público. En definitiva que don Manuel no solo no recondujo a sus batallones sino que detrajo por cuestiones relacionadas con su seguridad personal, de la lucha contra el enemigo, dos destructores y fuerzas del orden del número indicado. La definición del personaje dada por Prieto y Pérez de Ayala se corrobora con el análisis de las cintas telegráficas emitidas en la petición de socorro del entonces Presidente, efectuado por el historiador, y General, Salas Larrazábal, quien escribe que Azaña “aparece constantemente aterrorizado, víctima de unos acontecimientos que no controla ni intenta controlar, perdida la serenidad y el dominio de sí mismo, cobarde y suplicante, sin personalidad suficiente para tomar las decisiones, que según él se imponían en tan dramática situación”. Los nacionales estarían encantados al enterarse de lo que sucedía en el bando enemigo. Entonces y ahora sus adeptos siguen con la cantinela de que la derrota fue culpa del abandono de las democracias.
Al respecto de estos hechos me viene a la memoria lo que le leí una vez al historiador estadounidense Stanley G. Payne, creo que fue a él, indicando que las figuras de más prestigio en cada uno de los bandos enfrentados eran Azaña y Franco. A este último su acérrimo enemigo Prieto lo definió un poco antes del comienzo de la guerra así: “le he visto pelear en África; y para mí el General Franco…llega a la fórmula suprema del valor, es hombre sereno en la lucha”. Es sabido que Stalin borraba de las fotos la figura de Trotski; con las leyes memorísticas van a tener que proceder de igual manera con la opinión expresada de Prieto. Por aquello de las sanciones memorialísticas, doña Carmen o don Bolaños, me he limitado a exponer la opinión de un ilustre socialista. Yo que me he dedicado durante más de cuarenta años al asesoramiento de empresas tengo claro que para que estas funcionen es fundamental la figura del empresario. Si es un dirigente competente que sabe ejercer el liderazgo, rodearse de personas de valía, tener dotes de organización, etc., dependiendo de los méritos que atesore tendrá un éxito más o menos grande. Tengo la impresión de que en las guerras sucede algo similar. Puede ocurrir que te traicionen los tuyos, como le pasó a Aníbal, cuando los políticos cartaginenses le dejaron tirado haciéndole imposible la victoria final. Pero si uno de los líderes es de probada valentía, poseedor de la Medalla al Mérito Militar por méritos de guerra, de la Legión de Honor francesa máxima condecoración militar de nuestros vecinos –parece ser que el gobierno español ha pretendido que los franceses se la retiren con poco éxito-, que alcanzó el grado de General a edad muy temprana –a los 33 años–, mientras que el otro, don Manuel, era descrito por el mismo ministro que lo conoció muy bien, repetimos, como un “marica cobarde actuando como una puta histérica”, el resultado de la guerra es difícil que fuese distinto al que fue.
No digo yo que Azaña hubiese de ser un brillante estratega pero podía haberse comportado de otra forma; acercarse al frente, compartir vicisitudes con los soldados, etc., o sea algo similar a la actitud de Churchill por ejemplo, en lugar de ubicarse cerquita de la frontera francesa. Con semejantes mimbres no es imaginable que en Burgos, donde se estableció el gobierno de la zona nacional, se hubiesen de desplazar 12.000 soldados para rescatar a Franco. Mientras en la zona progresista se entretenían con estas bagatelas conversando a balazos entre ellos, en la dominada por el secuestrador de la voluntad popular las prioridades eran otras. Por ejemplo, allí uno de los miembros de la Junta Política creada, el ingeniero González-Bueno decidió en plena contienda, junto con un grupo de colegas de profesión, dedicarse a solucionar asuntos tan pueriles y frívolos como el asegurar a los agricultores un precio justo para sus cosechas de trigo. De manera que aquellos reaccionarios llevaron el asunto a conocimiento del malvado quien, tras conocerlo y meditarlo, los animó a proseguir con él. Los muy reaccionarios no se desanimaron cuando les dijeron que sería imposible regularlo para la cosecha de 1937, y sin embargo lo consiguieron. En Agosto se publicó el decreto de creación del Servicio Nacional del Trigo que perduró hasta 1971. Relata González-Bueno un detalle que muestra los modos absolutistas del jefe. Cuando los promotores de la frivolidad le mostraron un extracto de su proyecto les respondió: “¿Qué me proponen que haga?”. A continuación accedió a la propuesta que se llevó a cabo de inmediato ganándose el aprecio de los agricultores afectados. Suelen desarrollarse así los asuntos cuando te rodeas de gente sensata… y cuando la gente sensata sabe dónde apuntarse.
Finalmente alcanzaron el “frente republicano” y la extrema izquierda un acuerdo formando el conocido como Frente Popular, denominación que en nuestros días ha vuelto a la palestra a la vista de la composición y acuerdos del gobierno del doctor Pedro, formulando unas propuestas que parecían más moderadas que las que hemos expuesto propugnadas por los partidos marxistas-leninistas. En realidad como señalan Álvarez y Villa se trató de un manifiesto o pacto electoral de las izquierdas publicado el 16 de enero en el que se recogían las bases programáticas de la coalición de unos y otros para una colaboración parlamentaria futura. Pero eran bases no acuerdos concretos, se trataba de una orientación de gobierno que ejercería el “frente republicano”, pues solo a él le correspondería administrar la victoria en las elecciones. Las fuerzas de extrema izquierda no pensaban desgastarse, esperando su momento oportuno. Habían logrado que sus socios asumiesen la necesaria amnistía para los autores del golpe de 1934, que iba a tener unas consecuencias nefastas en materia de orden público. Lo resumía muy bien Vicente Uribe, líder comunista: el Frente Popular era una etapa transitoria que debía dejar paso, a la mayor brevedad posible a la “dictadura democrática del proletariado”.
El diario centrista Ahora cuestionaba si los dirigentes republicanos con la coalición lograda podían hablar de rescatar la República: “¿se implantará lo que quieren los republicanos o lo que quieren los partidos obreros?” porque “el elector que acuda a las urnas no sabrá si vota las medidas del gobierno republicanas o las socialistas”.
En parecidos términos se expresaba el prestigioso El Sol para quien el programa: “no permite saber si los republicanos podrán predominar más allá de las coincidencias con los partidos obreros…la simple lectura se advierte la falta de reciprocidad en el compromiso…Los socialistas lo obtienen todo; los republicanos no alcanzan nada”.
Por su parte, Miguel Maura, probablemente el más audaz de los conspiradores que instauraron la República en 1931, no dudó en conceptuar la coalición de “amalgama explosiva”. Antes había formado gobierno con los amalgamados.
Pero, en definitiva, con independencia de los comentarios periodísticos, se formó el Frente Popular, y creo que es interesante traer a colación las consideraciones que sobre este asunto manifestó Ortega y Gasset en el Epílogo para ingleses. En cuanto al pacifismo, de su Rebelión de las masas, libro por cierto más actual hoy que cuando lo escribió en los años veinte del siglo pasado. En mi opinión aquella asignatura que quiso introducir el gran Zapatero (el que logró alcanzar la cifra record de parados en España), Educación para la Ciudadanía, pudiera estribar en la lectura y estudio del libro. Se lamentaba Ortega cuando escribía en París en diciembre de 1937 sobre el pacifismo, o sea cuando aquí se estaba matando la gente, comentando las injerencias de unos países en la vida de otros, de que:
“Hace poco el Congreso del Partido Laborista rechazó por 2.100.000 votos contra 300.000 la unión con los comunistas, es decir la formación en Inglaterra de un ‘frente popular’. Pero ese mismo partido y la masa de opinión que pastorea se ocupan en favorecer y fomentar del modo más concreto y eficaz el ‘frente popular’ que se ha formado en otros países… Esas cifras muestran que para el Partido Laborista la unión con el comunismo, el ‘frente popular’, no es una cuestión de más o de menos, sino que lo considerarían como un morbo terrible para la nación inglesa. Pero es el caso que al mismo tiempo ese mismo grupo de opinión se ocupa en cultivar ese mismo microbio en otros países, y esto es una intervención más aún: podría decirse que es una intervención guerrera, puesto que tiene no pocos caracteres de la guerra química”.
La formación del Frente Popular supuso un paso más –y muy importante– en la instauración del sicariato estalinista en España. Otro activo más en la historia del PSOE, principal valedor y fuerza del famoso Frente que, de aceptar la información que nos proporciona Montiel que encabeza este capítulo, si no se hubiese conformado no habría habido guerra civil. Porque según este autor, insisto socialista-comunista de la época, el Frente “no solo era una coalición electoral, sino el instrumento programado para llevar adelante hasta sus últimas consecuencias la lucha política –y armada- contra todo lo que entonces se señalaba con el nombre de fascismo”. Como ahora cuanto se opone a la destrucción de la nación.
La intromisión de organizaciones o “intelectuales” foráneos en nuestros asuntos se acentuó tras nuestra guerra civil. Desde entonces han florecido los llamados hispanistas, que como en casi todos los órdenes de la vida los hay buenos, malos y regulares, y algunos se han asegurado una renta vitalicia con nuestra contienda. Les gusta incidir en aquellos hechos perversos de un bando olvidando u obviando los que sus naciones realizaron. Por ejemplo, es sabido que el bombardeo de Guernica es la madre de todos los bombardeos. El estadounidense Southworth le dedicó un libro, y el británico Preston lo trata en su antibiografía de Franco como el anuncio del terror que se desencadenaría a continuación sobre Bilbao. Según el gobierno vasco murieron unas 1.600 personas mientras que el General Salas los redujo a 126. Entro en internet buscando información sobre el famoso hecho y leo una referencia en inglés que traduzco así: “Uno de los más horribles acontecimientos del siglo veinte”. El bombardeo duró tres horas e intervinieron 24 aviones. Según otros historiadores no pudo durar ese tiempo sino que fueron minutos por la autonomía de los aviones intervinientes, y las toneladas debieron ser unas 22 o 23. No son pocas.
Vamos a recordar algunos sucesos posteriores, también del mismo siglo, protagonizados por angloamericanos y comparamos la horripilancia. Durante la II Guerra Mundial los británicos fueron bombardeados por los alemanes y el asunto ha merecido películas destacando los horrores padecidos y la heroicidad de los ciudadanos. Pero no fueron comparables con los que soportaron los alemanes. En Hamburgo actuaron más de 1.000 aviones que descargaron 2.200 toneladas de bombas ocasionando unos 42.000 muertos. En Colonia unos 1.500 aviones y, aunque hubo muchas más ciudades alemanas bombardeadas, Berlín incluida, la que salió peor librada fue Dresde. Su importancia estratégica era dudosa y también dudosa la necesidad del cataclismo soportado teniendo en cuenta que sucedió a partir del 13 de febrero de 1945, es decir cuando la guerra finalizaba y claramente ganada por los aliados. El ataque fue nocturno e indiscriminado. Ese día intervinieron 805 aviones de los británicos en dos oleadas; al siguiente día le siguieron 400 de los americanos; 200 más el día 15 y por si quedaba algo en pie todavía el 2 de marzo actuaron otros 400 bombarderos más. El total de toneladas de bombas descargadas sobre Dresde fue de 4.500. Me sale una suma de 1.805 aviones que arrasaron una superficie de 650 hectáreas y ocasionaron entre 35.000 y 135.000 muertos según la obra Así fue la II Guerra Mundial. La horquilla tan amplia del número de fallecidos tiene explicación. 4.500 toneladas de bombas incendiarias son muchas, y sucedió que la ciudad ardía, es decir el asfalto se había transformado en una tea llameante de forma que la gente que salía de los sótanos porque se asfixiaba, al llegar a la calle se convertía en cenizas o huesos descompuestos y hacer un recuento de tales materiales es complicado. Dresde era una incineradora industrial. Según los expertos murió más gente que en Hiroshima. En términos cuantitativos si Guernica fue uno de los hechos más horribles del siglo XX, ¿Qué calificativo merece Dresde?
Pero hemos hablado de cantidad, veamos también el asunto desde el punto cualitativo. Los nacionales cuando tuvieron conocimiento del bombardeo efectuado por la Legión Cóndor alemana sobre la ciudad vasca quisieron, como se dice vulgarmente, quitarse el muerto de encima atribuyéndoselo a dinamiteros del frente popular; es decir demostraron, aunque fuese mintiendo, tener escrúpulos por lo sucedido. En el caso de los bombardeos practicados por los paisanos de nuestros hispanistas no sucedió igual. Si quiere conocer con detalle las ideas que se propugnaban en EEUU y Reino Unido, sobre qué tratamiento dar a Alemania y a los alemanes, pueden consultar el libro de Fernando Paz Europa bajo los escombros. Aquí solo incluimos algunas perlas.
El presidente de los EEUU, Roosevelt, se manifestaba como sigue en 1941, antes de su entrada en la guerra: “la manera de barrer a Hitler es la que les he manifestado a los ingleses, pero no me hacen caso. Conozco el sur de Alemania porque de pequeño lo recorrí palmo a palmo montado en bicicleta, y cada diez millas hay un pueblo. He sugerido a los ingleses una y otra vez que si enviaran un centenar de aviones a Alemania con objetivos militares, diez de ellos deberían bombardear algunos de esos pueblecitos que hasta ahora jamás han atacado”.
Los británicos no desmejoraban sus intenciones; Churchill, en 1914, emitía, cuando se desconocía que alguna vez existiría el nazionalsocialismo, un excelso pensamiento: “Hay que matar de hambre a toda la población alemana –mujeres, niños, ancianos, viejos y jóvenes, heridos y sanos–, hasta que obedezcan”.
Por su parte un tal Morgenthau, Secretario de Estado del Tesoro EEUU, diseñador de un plan que constituye una vergüenza para la humanidad, decía en 1944 que “tenemos que ser duros con Alemania, con el pueblo alemán, no solo con los nazis. Tenemos que castrar a los alemanes o tratarles de manera que no puedan reproducir gente que actúe como lo han hecho en el pasado”.
Volvamos a Churchill en julio de 1944 cuando impelía a bombardear con gas: “Es absurdo considerar la moralidad de este asunto…Se trata simplemente de una moda, comparable a la evolución del largo de la falda de las mujeres…Podríamos anegar Alemania de tal forma que la mayoría de sus poblaciones tuviera la necesidad de atención médica constante”. No debió ser casual que se nombrara jefe del Mando de Bombardeo a un tal Harris, decidido entusiasta del ataque a la población civil. Así de crudas fueron sus palabras de 1943: “el objetivo es la destrucción de las ciudades alemanas, la muerte de los trabajadores alemanes y la desarticulación de la vida social civilizada en toda Alemania…por medio de unos bombardeos todavía más amplios y violentos, constituyen objetivos asumidos y deliberados de nuestra política de bombardeos. En ningún caso son efectos colaterales de los intentos de destruir fábricas”.
En estas condiciones no es extraño la impresión expresada por un soldado británico en la primavera de 1945 al adentrarse en Alemania: “En Inglaterra jamás había visto una ciudad extinguida por completo, totalmente vacía y abandonada, tan deshabitada como Pompeya, una ciudad que, de un extremo a otro, despide el hedor de una montaña de basura y en la que solo se oye el goteo del agua en algún lugar entre los escombros”.
Otro asunto que puede competir en horripilancia con Guernica es la hambruna provocada en 1943 en la India, en la zona de Bengala, al arrebatar a los bengalíes las reservas de grano para alimentar a los soldados británicos durante la guerra. Se habla de un millón y medio de muertos. Curiosamente desde que consiguieron la independencia los hindúes no han conocido hambrunas como las padecidas mientras disfrutaron de la dominación británica.
Y para finalizar las palabras de arrepentimiento de Churchill, abril de 1945, a punto de finalizar la guerra. “Me parece que ha llegado el momento de revisar la cuestión del llamado bombardeo de área desde el punto de vista de nuestro propio interés. Si cae en nuestras manos un país enteramente en ruinas no encontraremos posibilidades para alojarnos nosotros ni nuestros aliados y no estaremos en condiciones de poder extraer de Alemania material de construcción para nuestras propias necesidades”.
Otro suceso del siglo XX cuyo grado de horripilancia puede ser interesante a efectos comparativos fueron los bombardeos de Japón a cargo de los paisanos de Southworth, y no solo los atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki, porque además de estos hubo otros convencionales nada livianos sobre ciudades japonesas. El seis de agosto de 1945 cayó la primera bomba atómica –en este caso de uranio– descargada sobre, Hiroshima, ciudad de unos 245.000 habitantes, de los cuales 100.000 murieron ese día y una cifra similar después. Difícil cuantificar la cifra exacta porque la temperatura generada por el artefacto era de 6.000 grados en el punto cero. Al contrario que en Dresde no quedaban restos de cenizas, sino que los cuerpos se licuaban, se carbonizaban o diluían. Téngase en cuenta que la mica de las fosas funerarias con un punto de fusión de 900 grados se diluyó. El estado monstruoso de los cuerpos de algunos sobrevivientes fue tal que, por lo que a mí respecta, hubiera deseado la licuación. Y no bastó una bomba; se consideró conveniente por los mandos militares, un general y un almirante, sin que se opusiera el presidente Truman, aplicar una “doble dosis” atómica para finalizar la guerra, y de paso probar las características de un segundo artefacto de distinto material, de plutonio. Así pues tres días después, el 9, se lanzó otra sobre Nagasaki con el resultado de 74.800 muertos. No implicó la suspensión de los bombardeos convencionales pues el día 13 siguiente 1.500 superfortalezas B29 bombardearon Tokio. Y antes de la masacre nuclear, desde marzo a julio de 1945, los B29 habían arrojado 100.000 toneladas de bombas incendiarias sobre sesenta y seis ciudades japonesas.
Reconozco ignorar si los hispanistas citados, Preston y Southworth, han dedicado alguna investigación u obra sobre estos hechos, escrito alguna biografías sobre la piscología de tan importantes personajes implicados, o si han participado en algún simposio en esas ciudades para conocer sobre el terreno las consecuencias de los bombardeos efectuados por sus paisanos, y es que el de Guernica, aun admitiendo la cifra del gobierno vasco de 1.600 fallecidos, en comparación con los de sus paisanos, que me perdonen la frivolidad los afectados por el padecido en la ciudad vasca y sus descendientes, semeja una patada en la espinilla, una disputa de patio de colegio. Imagínese lector –perdón si a lo largo de este librito apelo a su imaginación con demasiada frecuencia– si hubiera pronunciado Franco alguna frase como las pronunciadas por Roosevelt o Churchill, o aconsejado una “doble dosis” a Guernica.
Si en España hubo un holocausto como le gusta manifestar a Preston, las acciones anglosajonas ¿qué calificativo merecen?
Queda para quien tenga ganas de estudiarlo la obsesión que nuestra guerra ha despertado en autores extranjeros. Creo que a sus naciones de procedencia les viene estupendamente que se dediquen a hurgar en nuestra herida, una minucia comparada con los hechos acontecidos en el siglo XX en los que participaron sus paisanos y no lo hagan en las barbaridades cometidas por sus compatriotas. Algunos han constituido una renta perpetua con lo nuestro dada nuestra receptividad a todo cuanto aumente la leyenda negra. En fin, buscar la paja en el ojo ajeno y obviar la viga en el propio también tiene algo de guerra química para nuestra convivencia.
Volviendo a nuestro filósofo, Ortega, hay que recordar que había padecido de primera mano las consecuencias de la infección microbiana inoculada por el socialismo en la sociedad española. Hubo de exiliarse del oasis progresista en que se había convertido el Madrid socialista y, en ese mismo ensayo que aludíamos antes escribía, con indignación manifiesta, que “mientras en Madrid los comunistas y sus afines obligaban, bajo las más graves amenazas, a escritores y profesores a firmar manifiestos, a hablar por radio, etc., cómodamente sentados en sus despachos o en sus clubs, exentos de toda presión, algunos de los principales escritores ingleses firmaban otro manifiesto donde se garantizaba que esos comunistas y sus afines eran los defensores de la libertad”. La infección microbiana alcanzó cotas de pandemia gracias a la formación del tan alabado frente popular, y contó con el apoyo de la miseria moral en la que cayeron no pocos intelectuales de occidente defendiendo el socialismo instalado en la Rusia soviética durante decenios. Ya entonces era de plena vigencia la afirmación del francés Jean François Revel: “los socialistas tienen una idea tan alta de su propia moralidad que casi se creería, al oírlos, que vuelven honrada a la corrupción cuando se entregan a ella, en vez de ser ella la que empaña su virtud cuando sucumben ante la tentación”. La corrupción de referencia es tanto la material como la moral.
En cualquier caso la actitud del laborismos inglés nos parece envidiable, máxime viniendo de un partido nacido en la nación cuna del capitalismo más salvaje de todos los conocidos en occidente, en donde la explotación de los trabajadores se efectuó sin la cobertura social que otros países más atrasados, por ejemplo España, legislaron cuando se industrializaron. Las obras de Dickens son ejemplo de la miseria que sufrió la clase trabajadora. Tal vez su recomendación para otras naciones, caso de España, fuese por conocer la postura que aquí había formulado en 1930 El Socialista: “El laborismo, proclamémoslo una vez más no es el Socialismo…Así pues, no pidamos al laborismo soluciones socialistas.” Si PSOE y PCE comulgaban en la misma línea por qué habían de oponerse ellos a que los nuestros fuesen bien juntitos.
