“Sin el Frente Popular no habría habido guerra civil”.
El texto que sirve de introducción a este capítulo pertenece a quien fuera diputado por el PSOE de Murcia en las elecciones de 1936, Francisco Félix Montiel, y figura incluido en su libro de memorias Los almendros de Urci –la antigua Águilas romana patria chica del autor–. Montiel que accedió al puesto de diputado con tan solo 28 años y casi alcanzó la centena, fue el último miembro en fallecer de aquellas Cortes y, aunque llegó al congreso de la mano del PSOE, no eludió la atracción que ejercía en la época el PCE convirtiéndose en un comunista encubierto. Conocedor del partido y de sus militantes dice literalmente en su libro: “Insisto en recordar la afirmación de los propios comunistas: “Sin el Frente Popular no habría habido guerra civil”. Volveremos a referirnos a Montiel en otro capítulo al tratar de la finalización de la guerra, ahora tan solo adelantamos que al detectar la miseria que se escondía tras el comunismo y su poder de manipulación, acabó convertido en anticomunista, hecho que casi le costó la vida, con palabras que le honran resaltadas en la recensión de su libro por parte de Carmelo López-Arias: “los que pertenecemos a las generaciones de la guerra…nos duele lo que los unos y los otros, en distintas formas y desde posiciones diferentes, hemos sufrido por España. Nos duele mucho más, sin duda, lo que España ha tenido que sufrir por nuestra culpa”. Han sido muchos los desengañados pero menos los que piden perdón por el daño causado, cuando con su prestigio apoyaron a la lacra en que militaron.
Hasta qué punto es cierta la afirmación atribuida por Montiel a los propios comunistas sobre la incidencia del famoso frente en el desencadenamiento de la guerra es difícil de cuantificar, pero muy resumidamente y por tanto sin la necesaria precisión por nuestra parte, deducía nuestro autor que España fue un banco de pruebas en la estrategia moscovita diseñada antes de la instauración de la misma República, y un componente de esa estrategia fue la formación de frentes populares. Él desde luego conoció desde dentro las actuaciones de socialistas y comunistas de la época como militante y dirigente del socialismo. Tuviese o no razón Montiel, interesantísimo y elegantísimamente escrito su libro, hubo Frente Popular y hubo desgraciadamente guerra civil en 1936. Año que empezaba muy caliente, como se verifica a la vista del siguiente titular de El Socialista de fecha muy temprana:
“1936: Año Revolucionario. Victoriosas las izquierdas, nada se opondrá a que 1936 sirva para dar comienzo a la revolución que no llegó a producirse al desmoronarse el régimen monárquico y aparecer el republicano”.
Que por si no se habían enterado las gentes de derechas lo reprodujo el diario conservador Ya el 20 de enero de 1936 en su primera página y ciertamente acertó de pleno; la revolución dio comienzo.
Para comprender el acierto de ambos textos, de Montiel y de El Socialista, es conveniente realizar un breve resumen de los acontecimientos previos. En enero de 1936 el presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, disolvió las Cortes y convocó elecciones que debían desarrollarse en el mes siguiente. El asunto de la legalidad o no de la disolución ha coleado y si bien a estas alturas dirimirla ya no tiene trascendencia, es interesante comentarlo. De acuerdo con la Constitución el presidente de la República podía disolver las Cortes y convocar elecciones por dos veces, pero si la segunda se consideraba ilegal por las Cortes resultantes de la última convocatoria se destituiría al presidente. Cuestión a dilucidar: la disolución de las Cortes tras la elaboración de la Constitución cabía catalogarla como primera o era automática y por lo tanto no contaba? Interesante cuestión para aquellos que nos hemos dedicado al estudio y aplicación del derecho tributario, pero intrascendente desde el punto de vista práctico. Hubo destitución y quien la llevó a la práctica fueron las fuerzas políticas que resultaron beneficiadas por ella, las aglutinadas en lo que ha pasado a la historia como Frente Popular. Dejo para su estudio si no hallamos ante uno de esos actos calificable como anulable o nulo de pleno derecho que tanta repercusión tienen en la práctica administrativa. O sea, el resultado de un acto ilegal de esta magnitud tiene validez? De una manera u otra el gol subió al marcador y por aquella época no existía el VAR.
Como aquel acto tuvo trascendencia creo interesante traer a colación la opinión expresada por uno de los más ilustres republicanos, el varias veces citado Sánchez-Albornoz, en su Testamento histórico-político: “explicable pero no justificable la destitución de don Niceto inició la crisis definitiva de la República”. Y, contundentemente lo califica, además, de falso paso e inconstitucional, de “gravísimo error, que con la revolución de octubre hizo imposible la perduración de la República”. Se lamenta también don Claudio de que “ninguna vez he votado en el Parlamento más contra mi convicción y contra mi voluntad que al acordar la defenestración de don Niceto”; pero, menos mal que, dice más tarde: “vuelvo a enorgullecerme de poder ostentar las mías impolutas, gracias… al Altísimo”, en referencia a que al contrario que otros, Azaña incluido, él no se manchó las manos con la sangre de compatriotas en la guerra. Qué suerte la de algunos. Militan en un partido que se une a quienes dan un golpe de estado que acaba con la legalidad republicana, colaboran con ellos en la defenestración del presidente que junto con el golpe supone el fin del adorado régimen y, cuando viene la catástrofe, pueden largarse al extrajero aunque sea de embajador, guardándose con orgullo las manos bien limpias de sangre. ¿Cuantos españolitos de a pié, sin influencia alguna en el curso de los acontecimientos, no encontraron esa posibilidad de la que sí disfrutaron tantos intelectuales y políticos? ¿Cuántos de ellos siguieron al pié de la letra estas palabras que Azaña le transmitió en Valencia a don Claudio?: “La guerra está perdida, pero si por milagro la ganáramos, en el primer barco que saliera de España tendríamos que salir los republicanos. Si nos dejaban”. Buenísima gente sus socios y ellos geniales estrategas.
La decisión de disolver las Cortes y la consiguiente convocatoria de elecciones derivó, como es lógico en cualquier acontecimiento histórico, y éste fue muy importante, de hechos anteriores acontecidos cuando gobernaba un político de carácter tecnocrático, Joaquín Chapaprieta, sostenido por las fuerzas que en mayor medida habían resultado ganadoras de las elecciones de 1933, la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) y el Partido Radical, encabezadas por José Mª Gil-Robles y Alejandro Lerroux respectivamente. Más adelante referiremos resumidamente algo sobre los hechos previos aludidos, ahora nos limitados a exponer las consecuencias que según el jefe de la CEDA, Gil-Robles, tendrían la disolución. Este cuenta en su obra No fue posible la Paz la borrascosa entrevista mantenida con el presidente de la República en diciembre de 1935 en la que, adivinando que Alcalá-Zamora pensaba en la disolución advirtió, dado el estado de la sociedad española en aquellos momentos, que con las nuevas Cortes resultantes de los comicios: “Triunfen en las urnas las derechas o las izquierdas, no quedará otra salida, por desgracia, que la guerra civil. Su responsabilidad por la catástrofe que se avecina será inmensa. Sobre usted recaerá, además, el desprecio de todos. Será destituido por cualquiera de los bandos triunfantes”. Palabras proféticas de Gil-Robles. Acabó siendo considerado uno de los máximos responsables del conflicto, despreciado por todos y destituido inmediatamente después de las elecciones. Un auténtico aprendiz de brujo desastroso para España. No ha sido ni por desgracia será el último. Así definió a don Niceto el catalán Cambó:
“no dejó de intrigar un solo momento…Tenía odio a Lerroux, tenía odio a Gil- Robles y tenía odio a socialistas y azañistas; tenía, en fin, odio a todo lo que representaba un valor personal, una fuerza política. Sus preferencias iban a hombres insignificantes de su partido… Él tuvo gran parte de la culpa de que viniera la República, él tuvo la culpa principal de que viniera la revolución y ni una ni otra vez actuó impulsado por una ilusión, por un entusiasmo, que, equivocados incluso, son una excusa: las dos veces obró por resentimiento”.
Los acontecimientos a que nos acabamos de referir están detalladamente expuestos por muchos historiadores, pero aquí seguiremos fundamentalmente a los autores del libro 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular, Álvarez Tardío y Villa García. En resumen sucedió que Chapaprieta, ante la falta de apoyo de las dos fuerzas que lo mantenían decidió presentar su dimisión el 8 de diciembre de 1935, y si era lógico que accediese a la presidencia del Consejo de Ministros Gil-Robles, Alcalá-Zamora no estaba dispuesto a permitirlo pues, según él, en las anteriores elecciones de 1933 Gil-Robles no se había presentado como un “perfecto” republicano; es más pensaba que destruiría la República. Además de la razón expuesta, como en tantos aspectos de la vida, debió tener relevancia la falta de química o, como se dice ahora, empatía entre ambos políticos. Recuerden el mensaje, incluido en el capítulo del golpe de 1934, que le remitió a Largo Caballero para que se aquietara cuando tres miembros de la CEDA accedieron al gobierno: “Por Dios, que no se mueva nadie; se trata solo de tres o cuatro meses; el tiempo necesario para deshacerlos y desacreditarlos”. Lo repetimos para que puedan contrastar la opinión que del personaje expresó Cambó y la del estadounidense Payne sobre la categoría común que adornó a aquellos políticos.
Tras algunos intentos por parte de Alcalá-Zamora de que se formara gobierno con otros dirigentes, incluso volviendo a ofrecerlo a Chapaprieta, designó a un hombre de su confianza para el cargo, Portela Valladares, que desde el principio, se sabía lideraría un gobierno interino al carecer de los apoyos necesarios para gobernar con normalidad. De esta manera pretendía Alcalá-Zamora articular mientras durase la interinidad, desde el poder, un partido de centro para concurrir a las elecciones que se preveían próximas. La interinidad duró poco.
Ante esta situación, a la vista de la necesaria convocatoria de elecciones las fuerzas políticas iniciaron su estrategia.
