Este articulo es la segunda parte de este:
Volviendo al asunto que nos ocupa aquella progresía estaba a lo que estaba, que era no solo acabar con la vida de religiosos y católicos sino también de sus símbolos, iglesias, obras de arte de los principales pintores españoles y extranjeros –no pagarán mientras pervivan sus organizaciones–, imágenes, etc., lo que sin duda les satisfacía como demuestran las palabras del delegado de nuestros ilustres progresistas colorados en el congreso de los “Sin-Dios” celebrado en Moscú: ”España ha superado en mucho la obra de los soviets, por cuanto la Iglesia en España ha sido completamente aniquilada”. Allí, en su idílica URSS, se había juzgado a Dios en 1918 por delitos de genocidio y crímenes contra la humanidad. Para ejecutarlo se descargaron ráfagas al cielo. Imaginen adonde destinaron como embajador al comisario encargado de la ejecución. Sí, a nuestra España republicana para enseñar lo mucho que sabía a sus sicarios españoles. A pesar de la presencia de semejante prócer, aquí prescindimos de las formalidades judiciales observadas en el juicio a Dios y la emprendimos con fusilamientos de sagrarios en las iglesias, obligamos en Gerona a los sacerdotes a derribar templos vigilados por milicianos armados y, como no, orgullosos de sus heroicidades se plantaron en el Cerro de los Ángeles el 28 de julio del 36, fotógrafo incluido para dejar constancia de su pacifismo, y fusilaron la imagen del Corazón de Jesús erigida allí en 1929. Posteriormente y, ya puestos, pasaron por las armas a cinco jóvenes trabajadores que se habían apostado para impedirlo. En total, narra Ricardo de la Cierva, asesinaron a los dos capellanes, cincuenta obreros y veintiséis obreras pertenecientes a las Compañías Obreras del Sagrado Corazón. Ya apuntamos que les iba la cosa coral. La imagen fue dinamitada y reducida a escombros, si bien el Corazón de la imagen de Jesús quedó intacto. El monumento fue erigido nuevamente por los fascistas tras la guerra.
En mi tierra existe también una imagen de Cristo instalado sobre un picacho que emerge casi como una aguja en medio de la huerta, visible desde muy lejos. Le conocemos como el Cristo de Monteagudo. El monumento fue erigido, creo que en los años veinte del siglo XX, a iniciativa de una familia mediante aportaciones voluntarias. Insoportable imagen para mis paisanos progresistas. Así que siguiendo el ejemplo de Madrid y, a instancias de los socialistas del Ayuntamiento, tras una serie de discusiones se demolió en noviembre del 36. A decir verdad, si no fuese por lo dramático del hecho y la vergüenza ajena que provoca, las propuestas y discusiones a que se dedicaron los ediles, y periodistas del diario anarquista Nuestra Lucha, provocan hilaridad. Digno de lo que se conoció como Celtiberia Show. Entre Ud. en internet y disfrute. Estaban los que apostaban por añadir barba a la imagen para transformarlo en la de un locatis que produjimos aquí de nombre Antonete Gálvez; otros que era mejor poner a sus pies un león y, con la conveniente modificación, la estatua serviría para representar la república. Al final optaron por el derribo, pero el progresismo actúa siempre con criterios de racionalidad. ¿Quién debía sufragar los gastos de la gesta?: Los que habían financiado su erección. Así pues había que localizarlos y apareció un ilustrado informando que, cuando se erigió, colocaron en el pedestal una caja con los nombres de los aportantes. A por la caja. Desconozco si la localizaron pero se dejaron de gaitas y dinamitaron el monumento. Doy fe porque los de mi pandilla íbamos, cuando niños, por allí a comernos la mona y trepar al nuevo Cristo que tras la guerra se edificó nuevamente –sin rompernos la crisma de milagro– y atrás estaba el derruido en pedazos. Desconozco si con el paso del tiempo los habrán retirado. Los actuales progresistas que gobiernan la nación no se cargan la Cruz del Valle de los Caídos por la resonancia internacional que tendría, no por falta de ganas. Uno de los nazionalistas del católico PNV, soporte del doctor Pedro Sánchez, exigía su voladura no hace mucho.
En el tiempo en que las fuerzas de progreso se entretenían en estos menesteres los nacionales estaban llegando a Madrid. Las palabras de Orwel los retrataron. Hemos mencionado al diario Nuestra Lucha porque fue uno de los que aportaron soluciones relativas a la imagen del Cristo. En realidad esa fue la cabecera que tomó el periódico cuando se lo arrebataron a su legítimo propietario, la Editorial Católica, dirigida por un gran intelectual, don Ángel Herrera Oria, que tras la contienda ingresó en el sacerdocio llegando a cardenal. El nombre del periódico era y es en la actualidad, La Verdad. Su director en aquellos años era un abogado del Estado y diputado por el partido de derechas la CEDA, don Federico Salmón. Además tenía una gran preocupación por mejorar la vida de las clases humildes y siendo ministro cuando las derechas ganaron las elecciones de 1933, elaboró un programa de viviendas sociales que al finalizar la contienda sirvió a los falangistas como modelo para la construcción de los cuatro millones de ese tipo de hogares edificados durante los gobiernos de Franco. Esas viviendas a las cuales hay que quitar las placas que se colocaban en sus fachadas porque ofenden la sensibilidad democrática. Como sucede con las placas de los pantanos inaugurados por satán Franco. Pues bien, don Federico había cometido el delito apuntado antes de ser diputado de la CEDA, así que al iniciarse el alzamiento se refugió en casa de un amigo en Madrid donde ambos fueron detenidos por las fuerzas de progreso. Con el siguiente gracejo saludó la detención del que había director del periódico: “Salmón capturado, buena pesca”. Tanto él como su protector acabaron junto con otros miles de fascistas asesinados en Paracuellos.
Según la definición de genocidio la persecución sufrida por la Iglesia Católica en España caería de lleno en ella. Y por mucho que nos duela, en calidad –crueldad– superó a la de los nazis con los judíos y a la de los estalinistas con la iglesia ortodoxa o con quien no comulgase con las locuras de Stalin. Espero que ni usted ni yo hayamos de elegir nunca, pero entre morir en una cámara de gas o que me saquen los ojos en vivo, rajado de abajo arriba, quemado vivo…, preferiría la cámara de gas. Acierta César Alcalá cuando afirma que “Las checas fueron auténticos campos de concentración similares a los instaurados por el régimen nazi” y, añado yo, por los socios de nuestros chequistas: los socialistas de la URSS. Nos superaron ambos en cantidad pero, por desgracia, no en calidad.
Un comentario se me ocurre al respecto; desde 1945 son multitud las películas y series de televisión proyectadas sobre las atrocidades cometidas por los nazis. Pocas sobre las soviéticas. Y solo dos del genocidio religioso en España que han quedado en silencio hechas en los últimos años. Yo, que había superado con creces los 27 años cuando murió Franco, no llegué a conocer la única que me parece se realizó en 1951, Cerca del cielo. Tenían los nacionales poder suficiente para haber filmado películas propagandísticas sobre el martirologio genocida padecido por los religiosos españoles. No lo hicieron. No existen pues casi películas ni series sobre el genocidio de los católicos, ni hay sobre las andanzas de los líderes del PSOE o PCE. Contrasta con la multitud de filmes, series de televisión, informes semanales, etc., destinados a satanizar la era Franco de los últimos cuarenta años. Subvenciones no les han faltado.
En esto del cine hay también de todo; existe la escoria y la grandeza. Por ejemplo, vea usted la película de uno de los grandes directores de la historia –para mí el mejor- John Ford–, La legión invencible, ambientada tras guerra civil de los EEUU; en ella el soldado de confianza del jefe del destacamento del que ya es ejército de la Unión es un sudista y es a éste antiguo enemigo a quien el jefe –John Wayne– pide opinión reiteradamente, a lo largo de la película, para tomar decisiones; en la escena final es el ex-sudista quien lleva al jefe la notificación de que le prorrogan la permanencia en el ejército, y ante la muestra de orgullo de éste porque estaba firmada por el presidente, antiguo general del ejército nordista, el soldado apostilla: “falta la firma del general Lee” (el derrotado jefe del ejército sudista). Idéntica intención de contribuir a superar la división racista de los EEUU subyace en su El sargento negro y alguna más. Ford no solo es considerado un grandísimo director sino que forma parte esencial de quienes han contribuido a formar el espíritu de los USA. Por supuesto sus películas se reponen una y cien veces, al contrario que las de nuestra progresía cineasta subvencionada, instalada en la contestación dada por la Pasionaria al embajador noruego, Schlayer, el que denunció las matanzas que se estaban cometiendo en Madrid, a la pregunta de cómo iban poder convivir las dos mitades en que se había dividido España como un solo pueblo: “¡Eso es simplemente imposible! ¡No cabe más que una mitad de España extermine a la otra!”. Ochenta años después es lo que intentan sus herederos ideológicos: la muerte civil de media, o más, España. Algo se salva con García Berlanga y La vaquilla.
Tiene razón Pío Moa cuando dice que los españoles estábamos más reconciliados en 1975 que ahora. No se había promovido el odio como a partir desde esa fecha pero la naturaleza del escorpión es la que es, y cuando los ídolos del hombre nuevo se desmoronan la rabia se incrementa; por desgracia para quienes hemos de convivir con ellos han experimentado muchas caídas: informe de los propios soviéticos sobre el estalinismo; muro de Berlín; bestialidades de Pol Pot; matanzas de Mao; la maravillosa Cuba castrista; chavismo venezolano, etc., y la reacción ha sido la del niño mimado que rompe su juguete: algo externo es el culpable. Ninguno de sus fracasos es responsabilidad de su adorado sistema. Han ensayado la vía soviética, la maoísta, la yugoslava, la norcoreana, la cubana… les falta la vía láctea al socialismo, siempre con idéntico resultado: crímenes y miseria. Pero nunca es el socialismo el que falla; es que no se ha aplicado bien, o que las sociedades que lo disfrutaron no estaban suficientemente preparadas. Hay que seguir insistiendo porque cien millones de muertos no son suficientes. La táctica consiste en criticar una sociedad libre en funcionamiento con sus fallos lógicos y conocidos –los logros se obvian– contraponiéndola a otra idealizada e inexistente en la realidad que resulta vencedora, como no, en la comparación. Es lo que el alemán Steinbuch, denominaba aspavientos ajenos al mundo que nos rodea. Pero lo dicho: ante cada fracaso sus intelectualoides precisan un nuevo malvado.
Sí, la Iglesia Católica española sufrió un auténtico genocidio cometido cuando el gobierno lo dirigían dos socialistas del PSOE, Largo Caballero y Negrín, ayudados fundamentalmente por los socialistas del PCE, los anarquistas de la CNT-FAI y, cómo no, integrado también por un miembro de la sección miserable del separatismo vasco, Irujo del PNV, como ministro sin cartera inaugurando esa obsesión de nuestra izquierda de aliarse con partidos de derechas siempre que combatan la unidad nacional. Los más jóvenes tal vez desconozcan que el fundador del PNV, un cafre de nombre Sabino Arana, dirigió un telegrama de felicitación al presidente de los EEUU por haber derrotado a España en la guerra de Cuba y aulló lindezas tales como: “si algún español que estuviese, por ejemplo, ahogándose en la ría, pidiese socorro, contéstale: no hablo castellano”, o esta otra: “pesaría sobre nosotros como la mayor de las desdichas el que España prosperara”. Irujo era el católico que nombraron ministro para deshacer la imagen de matacuras que, con razón, habían acreditado los socialistas en el exterior y, muy sentidamente, se dirigió por carta al cardenal Vidal quejándose de que sus sacerdotes prefiriesen “no salir a la vía pública…Esperan que llegue Franco. Lo desean”. Se indignaba el chicarrón, a tono con la miseria que caracteriza a su partido desde siempre, que prefiriesen permanecer “en régimen de catacumba” a salir a la luz pública; los quería además de mártires tontos porque en 1938, año de la misiva, eran miles los religiosos asesinados por los secuaces de sus compañeros de gobierno. Previamente, en enero de 1937, había presentado un informe al consejo de ministros en el que, además de denunciar la persecución, proponía medidas para su cese; esfuerzo inútil porque no solo fueron rechazadas por unanimidad, sino que el ministro de Justicia –sí, de Justicia– se quejó “del excesivo respeto que en Vizcaya se tiene a la Iglesia”. En el informe denunciaba que la “sistemática destrucción de templos, altares y objetos de culto ya no es obra de incontrolados”, asunto que no le impidió formar parte del gobierno bajo cuyo mandato se masacró por miles a los religiosos de uno y otro sexo.
Llegados aquí ruego al improbable lector que repase y medite con detenimiento el texto que reproduzco a continuación:
“Me propongo demostrarles que toda comisión de crímenes organizada y masiva deriva de lo que me permitiría denominar un crimen contra el espíritu, quiero decir de una doctrina que, negando todos los valores espirituales, racionales, morales, sobre los que los pueblos han intentado desde hace milenios hacer progresar la condición humana, pretende sumergir a la Humanidad en la barbarie demoníaca ya que es consciente de sí misma y utiliza para la consecución de sus fines todos los medios materiales puestos a disposición del hombre por la ciencia contemporánea”.
Usted, releído y meditado el texto, a la vista de la maldad demostrada en la comisión de los miles de crímenes contra los religiosos que hemos relatado solo en parte, ¿los calificaría de crimen contra el espíritu?, ¿se cometieron negando todos los valores morales? Pues bien, tras la contestación que crea conveniente, le aclaro que el texto es el que elaboró el procurador general francés que actuó en el Tribunal de Núremberg calificando el nazismo como crimen contra el espíritu. Perdón por la insistencia, los crímenes cometidos por los socialistas en España, según su criterio, ¿encajan en esa definición? ¿en la solución final?
En mi opinión sí, y que tal vez por no ofender a una ideología que sobrevivió a la II Guerra Mundial no se la quiera denominar por su nombre y se utilicen términos más correctos como los de historiador inglés H. Thomas: “Posiblemente en ninguna época de la historia de Europa, y posiblemente del mundo, se ha manifestado un odio tan apasionado contra la religión y cuanto con ella se encuentra relacionado”. Creo que la descripción de H. Thomas es parcial porque el odio es un sentimiento que en la España estalinista se materializó en HECHOS que merecen el nombre de genocidio.
Es más y lo siento porque atañe a compatriotas. ¿Los nazis anunciaron desde el principio su intención de exterminar a los judíos como nuestros socialistas y separatistas manifestaron con la Iglesia? Tanto el fundador del PSOE desde el principio, como sus seguidores más tarde, no se molestaron en ocultar sus intenciones criminales con la Iglesia, al igual que sus socios del PCE, POUM, Esquerra, anarquistas. Promovieron el odio y lo concretaron en hechos. Se enorgullecían y regodeaban con sus crímenes en los términos que proclamaban los integrantes de la conjunción socialista-separatista que se adueñó de una parte de la nación. Insisto, los nazis mostraron sus intenciones con tanta claridad con los judíos desde el principio de su andadura?
El ambiente estalinista del que gozaba la sociedad española, las ganas de alcanzar la dosis existente en la Unión Soviética, eran colosales. Para muestra lean las dedicatorias de dos poetas de la época al entonces líder máximo. La primera corresponde a Miguel Hernández que había visitado Rusia en 1937 y conocía su magna obra tras catorce años de dirigencia:
Ah, compañero Stalin: de un pueblo de mendigos
has hecho un pueblo de hombres que sacuden la frente,
y la cárcel ahuyentan, y prodigan los trigos,
como a un inmenso esfuerzo le cabe: inmensamente.
La segunda es de Rafael Alberti, y si bien escrita a la muerte del zar rojo en 1953, sus sentimientos no debían ser muy distintos en la época del holocausto; en ésta no había efectuado todavía algunas de sus hazañas más sonadas.
José Stalin ha muerto.
Padre y maestro y camarada:
quiero llorar, quiero cantar.
Que el agua clara me ilumine
que tu alma clara me ilumine
en esta noche que te vas”.
Escrito como digo en 1953 cuando el alma clara se había tragado media Europa, había acabado con 25 millones de compatriotas, decretado la posibilidad de fusilar a niños de doce años, construir con pico y pala el canal del mar Blanco al Báltico sobre terreno granítico cayendo como moscas los obreros –obra ésta, según Soljenitsin, que propició que otro admirador del alma clara, Gorki y treinta escritores socialistas más, en un ignominioso libro, ensalzaran el trabajo de los esclavos–, creado el archipiélago Gulag, etc. No sabemos cual de estas gestas del maestro y camarada eran las preferidas para entonar el cante. Tal vez nos lo pueda aclarar el doctor Pedro a tenor de sus recientes declaraciones de hallarse “más cerca de la España que soñaba Alberti, la Pasionaria y muchos otros comunistas”.
El ambientazo estalinista, el ensalzamiento de la dictadura del proletariado, imperaba en grandes mentes de occidente. También el chileno Neruda cayó subyugado ante los logros del Zar Rojo al emitir su epitafio aludiendo a “su intensidad serena, su claridad concreta, su desprecio al oropel vacío…Stalin es el mediodía, la madurez del hombre y de los pueblos”. Otro progresista pata negra cien por cien, Bertolt Brecht, paradigma de la cultura europea, mantuvo una entrevista con el filósofo americano Hook cuando, en Moscú, se iniciaban las grandes purgas ordenadas por el hombre de intensidad serena contra sus antiguos compinches y, al insinuar el filósofo que en ellas se estaba procesando a camaradas inocentes, la respuesta del pata negra fue contundente: “En cuanto a ellos, cuanto más inocentes son, más merecen ser fusilados”. Sorpresa de Hook: “¿Qué está diciendo?”. Nueva respuesta de don Bertolt: “Cuanto más inocentes son, más merecen que los fusilen”. Hook se levantó, tomó sombrero y abrigo del pata negra y a la calle. Había, y hay, gente que a un canalla por muy negra que tenga la pata se le enseña el camino, al contrario de otros que entrevistan con sumo grado a mequetrefes que declaran su agrado por azotar a una mujer hasta hacerla sangrar, o a terroristas calificados de hombres de paz.
Posteriormente el código penal canadiense ha asimilado a los crímenes contra la Humanidad la complicidad después del hecho, y me surge la duda de si estos intelectuales progresistas podrían visitar, sin problemas, tan atractivo país. Parece no haber duda de que ninguno de ellos decidió residir en la patria del hombre de intensidad serena.
Sí, Europa en general y España en particular, padeció la invasión de dos ideologías provenientes de las mismas regiones del norte y oriente que nos trajeron las invasiones de los bárbaros en la antigüedad, marxismo y anarquismo, ambas con una característica común: la prédica del odio a la religión, y como por desgracia es acertado el título del libro de un escritor americano Las ideas tienen consecuencias, sucedió lo que sucedió. Con una diferencia respecto de las antiguas invasiones, en las nuevas los bárbaros no provenían de aquellas regiones, fueron nativos españoles; la mano de obra de las nuevas religiones secularizadas la aportamos nosotros porque, como resumió Schumpeter en su Capitalismo, socialismo y democracia en 1942, “el mensaje marxista, anunciador del paraíso terrenal del socialismo, significaba para millones de corazones humanos un nuevo rayo de luz…Es indiferente que no hubiese casi nadie, entre aquellos millones, capaz de comprender y apreciar el mensaje en su verdadero significado…Se logró, de una parte, formulando con incomparable fuerza el sentimiento de estar oprimido y maltratado, que es la autoterapéutica de la masa fracasada”. Y la organización política izquierdista más importante de la época que, por si faltase algo, aportó dos presidentes de gobierno cuando se dieron las consecuencias fue el PSOE.
Con estos antecedentes los herederos ideológicos de aquellos matarifes y golpistas iniciaron, con la llegada del doctor Pedro Sánchez al poder, el procedimiento de profanación de la tumba de Franco. Llevaba el PSOE muchos años sin ejercitarse en esos menesteres y lo precisaba. Durante la guerra se pusieron las botas desenterrando muertos de las iglesias y fotografiándose con ellos para inmortalizarse. Así que, con fundamento en la ley del gran Zapatero, el doctor Pedro dictó un decreto-ley para que por el trámite de urgencia se profanara la tumba. Ello fue posible gracias a la colaboración inestimable del Poncio Pilatos que, con mayoría absoluta del no menos grande Rajoy noquierolíos, cumplió su promesa de derogar la ley memorialista de la misma forma que la del aborto. Antes don noquierolíos había dado un paso decisivo para que todo esto fuese posible yéndose de copas en lugar de dimitir. Oigo en pleno coronavirus a su sucesor Casado decir que “entre todos superamos la dictadura”, en alusión al mensaje de todos los medios de comunicación de que también “entre todos” acabaremos con el virus, y mi duda es si España podrá superar el regalito que nos dejó su partido en forma de Doctor. El partido que el día del bolso en el asiento de don Mariano no contó siquiera con dos diputados que fuesen al bar y, de las solapas, lo arrastraran donde procediera para que dimitiese. Cuando se votó la convalidación del decreto-ley de profanación nuevamente se manifestó esa fiereza que don noquierolíos insufló en su partido, mezcla de Guerrero del Antifaz, Capitán Trueno y Jabato que anida en la formación. No votó a favor ni en contra sino “nos abstendremos con absoluta indiferencia”. Se lavó las manos siguiendo el proceder del famoso gobernador romano de iguales iniciales. Por acción u omisión se consumó la predicción de Pérez Galdós: “el populacho como las hienas, es intrépido nada más que con los cadáveres”.
Y estando de vacaciones, debía ser agosto de 2018, sintonizo la COPE la emisora de la Iglesia. Tres mujeres intervienen en la tertulia comentando la norma profanadora; una de ellas manifestó su aprobación porque consideró que el doctor. Pedro estaba legitimado para la profanación; era inadmisible que un monumento como el Valle albergara los restos del Dictador. Le apoyaba otra de las tertulianas y tan solo la tercera no es que se opusiese a la norma, sino que según ella el doctor la impuso porque era la única medida posible, por la falta de apoyos parlamentarios en otras cuestiones. Que yo recuerde, en la cadena de la Iglesia, ninguna de las comentaristas discutían la legitimidad de la profanación, término que no usaban. Sí hizo a continuación una de ellas consideraciones sobre eso que ha dado en llamarse supremacismo moral de la izquierda; es decir recriminar al adversario todos los males imaginables eludiendo cualquiera de sus propias e innumerables felonías. Qué mejor manera de combatir el supremacismo que empezar reconociendo legitimidad para desenterrar a quien lleva en su tumba cuarenta años y, a continuación, enterrarlo donde decida el legitimado no la familia. Es interesante la obsesión de nuestros esforzados progresistas por desenterrar a los muertos; durante la guerra civil la practicaron con auténtica fruición y como apuntamos líneas arriba, orgullosos de sus gestas, se fotografiaban con las momias a las puertas de las iglesias profanadas; debían sentirse legitimados también cuando acudían con fotógrafos. Dicen que el rey emérito –el de las comisiones– también manifestó que era lo mejor cuando fue él quien designó la basílica del Valle de los Caídos para el enterramiento. En otro lugar de esta publicación consigno lo que opinaba Chateaubriand sobre los borbones y la ingratitud.
En esas mismas fechas y emisora otro tertuliano, formuló sobre la cuestión una pregunta más o menos en los siguientes términos: ¿Qué les parecería a la familia de Franco que en la lápida se inscribiese que secuestró la voluntad popular durante cuarenta años? Estoy seguro que en años anteriores, cuando por ejemplo creo que fue el Cardenal Herrera Oria, estando yo por Málaga –años sesenta siglo XX– se refería al secuestrador como ungido del Señor, las opiniones habrían sido otras. El Cardenal había conocido de primera mano a los antecesores del legitimado. Pero me hace recapacitar la original aportación del tertuliano en el sentido de si sería conveniente grabar, en las fachadas de las sedes del PSOE o, mejor, en las papeletas de votación, alguna de las hazañas protagonizadas relacionadas en este libro. No creo que lo propongan.
Sobre este asunto me viene a la memoria que Ortega y Gasset en el que fue su primer libro, Meditaciones del Quijote allá por 1914, rememoraba las palabras de Kant quien, siguiendo la costumbre de los viajeros turcos de atribuir a cada país una característica, decía que así como Francia era tierra de modas, Inglaterra tierra del mal humor, etc., España era tierra de los antepasados; y semejante pensamiento mereció el siguiente comentario de Ortega: “¡Tierra de los antepasados!… Por tanto no nuestra, no libre propiedad de los españoles actuales… Es ésta influencia del pasado sobre nuestra raza una cuestión de las más delicadas. Al través de ella descubriremos la mecánica psicológica del reaccionarismo español… Esto es lo que no puede el reaccionario: tratar el pasado como un modo de la vida. Lo arranca de la esfera de la vitalidad, y, bien muerto, lo sienta en su trono para que rija las almas”. El texto de 1914 describe a la perfección lo que el reaccionarismo español de nuestros días representado por el PSOE, superada la breve etapa socialdemócrata de Felipe González, lleva propugnando desde hace dos décadas: ha sentado al pasado en la Moncloa para que rija nuestras vidas; de la guerra civil y la época de Franco no hay quien los saque, nada extraño en la ideología socialista que hunde sus raíces en la necesidad del odio.
Retomando el asunto de la legitimidad creo interesante realizar alguna reflexión. El partido más numeroso en la Cortes que elaboraron las normas contra la Iglesia era el PSOE que contaba con 113 escaños –el PCE no tenía entonces ni uno–; el partido que organizó el golpe de 1934, el que acabó con la república, fue el PSOE; el partido al mando del gobierno cuando se cometió el genocidio religioso fue el PSOE, sin que se conozca ni un solo intento por su parte de impedirlo. Hay más hazañas que reseñar como exponemos en los capítulos siguientes pero, ahora, solo añadimos una no pequeña. Los asesinos de uno de los jefes de la oposición, Calvo Sotelo, fueron militantes socialistas, para mayor vergüenza miembros de las fuerzas de seguridad, escoltas de uno de sus grandes líderes, Indalecio Prieto. Asesinado de un tiro en la nuca en la madrugada del 13 de julio tras sacarlo de su domicilio cuando se hallaba con su familia –el tiro en la nuca tras secuestro previo no lo inventó la ETA–; días antes en el Congreso otro socialista, Ángel Galarza, había advertido a Calvo Sotelo que “pensando en su señoría encuentro justificado, incluso el atentado que le prive de la vida”; un mes después semejante angelito, siendo ya ministro, declaraba en un mitin como muestra de arrepentimiento que: “A mí el asesinato de Calvo Sotelo me produjo un sentimiento…el sentimiento de no haber participado en su ejecución”. Y cuando el autor del secuestro partícipe en el asesinato, el capitán Condés, días después se encuentra con Prieto, ya consciente del magnicidio que había cometido y abrumado hasta el punto de pensar en el suicidio, don Indalecio en lugar de llevarle ante la justicia le disuadió argumentando que será mejor morir “en la lucha que, de modo ineludible, comenzará pronto, dentro de unos días o dentro de horas”. Este asesinato fue la última gota de agua para la rebelión del 18 de julio. A decir verdad, medidas obscenas como esta, tomada para lograr unos cuantos votos, son las que hacen buenas las palabras del doctor Stockman sobre el perverso uso del sufragio universal.
Otra reflexión que me merecen las opiniones de los comunicadores de la cadena eclesiástica es su mérito. Porque no solo ha de tenerse en cuenta la actitud, la escabechina, a que sometieron a la iglesia los antecesores del legitimado con la colaboración de sus socios de entonces y de ahora, sino la del secuestrador. Visto de manera retrospectiva no creo que hubiese en el mundo una sola nación en que la Iglesia disfrutase de los privilegios que tuvo en la España de Franco. Su doctrina impregnaba nuestra sociedad. Se le devolvieron y repararon en lo posible sus bienes. Las leyes debían respetar su Doctrina Social. Con esas bases y vigente el Fuero del Trabajo, por ejemplo, es difícil que existieran las Empresas de Trabajo Temporal; entidades que sí otorgan al trabajador el mismo trato que a las máquinas.
Siguiendo su doctrina la legislación no admitía el divorcio ni el aborto. En Semana Santa música sacra en las emisoras de radio. Recuerdo que la programación diaria de la televisión finalizaba con una oración o meditación impartida por un sacerdote. Sacerdotes y altos dignatarios de la Iglesia mostraron su agradecimiento al Régimen. El Papa Pío XII le había concedido la Suprema Orden de Cristo, máxima condecoración de la Santa Sede. No me explico cómo los santos Pedro y Pablo no le hayan exigido que le retire la condecoración y a los jesuitas el título de Fundador.
Reconocimientos a quien, incluso antes del término de la guerra, a finales de 1938 y principios de 1939, derogó tanto la norma de expulsión de los jesuitas como la de Congregaciones Religiosas, respectivamente, legisladas por las Cortes republicanas comentadas en un capítulo anterior. Una apreciación; cuando en las elecciones de 1933 ganaron las derechas pudieron instar la derogación de tales normas; de hecho Gil-Robles cuenta en sus memorias No fue posible la paz, que reformarían unos cuarenta artículos de la Constitución entre ellos los que permitieron la persecución religiosa y, en primer lugar el famoso artículo 26, pero lo cierto es que a los dos años del éxito electoral no lo habían realizado. ¿No se atrevieron? ¿Complejines? Décadas después mandando Don Noquierolíos tampoco derogaron la ley memorialista o la del aborto como había prometido. ¿Reiteración de complejines?. Entonces fue el secuestrador de la voluntad popular quien derogó las normas antirreligiosas y, de la reacción ante la profanación de su tumba por parte de los medios de comunicación eclesiásticos, deduzco que la máxima de Chateaubriand podría aplicarse también algún príncipe de la Iglesia.
Confieso que la finura argumental de los tertulianos de la cadena de la iglesia me ha creado una profunda confusión; la profanación está legitimada porque quien ordenó la construcción de la basílica, catalogada como uno de los monumentos más bellos del siglo XX, fue un dictador que, además, secuestró durante cuarenta años la voluntad popular. Entonces, ¿qué hacemos con otros secuestros perpetrados por el malvado que afectan a la institución cuyos comunicadores hilan tan fino y que, sin embargo, no han sido revocados? Me refiero a las disposiciones aprobadas por las Cortes de la República dictadas en los primeros momentos de aquel régimen que ya hemos referido, expulsión de la Compañía de Jesús y Ley de Congregaciones Religiosas que, por obra y gracia de la voluntad del dictador, fueron derogadas restituyendo a ambas instituciones sus bienes y sus facultades para, por ejemplo, impartir la enseñanza. Sí, serían todo lo sectarias que se quiera, pero fueron reflejo del voto popular, legítimas por tanto, dado que vivimos en la época en que rige lo que Fernández de la Mora denominó sacralización del voto.
Como digo su legitimidad quedó truncada por obra y gracia de la voluntad del secuestrador y así continua desde hace más de ochenta años; vemos a los jesuitas paseando en España como pedro por su casa, creando colegios, por supuesto sin retirar su voto de obediencia al Papa y, a la Iglesia en general, impartiendo la enseñanza prohibida democráticamente desde el 1 de octubre de 1933 de acuerdo con la citada Ley de Congregaciones; celebrando el Corpus en Toledo con majestuosidad; ocupando las calles de todos para las procesiones de Semana Santa, etc., etc. ¿Qué opinión le merece a la cadena de comunicación de la Iglesia que se mantenga esta situación de secuestro tan dilatada?
Recordemos que la ley superdemocrática que acabamos de referir especificaba que “pertenecen a la propiedad pública nacional los templos de toda clase y sus edificios anexos, sus palacios episcopales…” ¿Debería figurar en cada uno de esos inmuebles la pertinente inscripción recordatoria del secuestro al pueblo de su propiedad por un capricho del dictador? ¿Qué sucede con los bienes que adquirieron la Iglesia y las confesiones religiosas tras la entrada en vigor de la Ley de Confesiones Religiosas? Lo pregunto porque en ésta se disponía que podían adquirir bienes “pero solo podrían conservarlos en la cuantía necesaria para el servicio religioso. Los que excedan de ella serán enajenados, invirtiéndose su producto en títulos de la Deuda”. Pienso en el colegio religioso donde estudié desde los siete hasta los diecisiete años construido, para mayor inri, después de la guerra, o sea ¿vigente? la democrática ley. La superficie destinada al servicio religioso, la capilla, era una ínfima parte de la total del centro. Casi toda su extensión se dedicaba, y dedica, a la enseñanza y a la práctica del deporte en patios de gran superficie. Y por lo que conozco de los colegios religiosos de mi región, alguno importante, tienen las mismas características. ¿Están legitimados los santos Pedro y Pablo para revertir, de una vez, todo este asunto al estado previo al secuestro? Desde luego materia para financiar la Deuda del Estado existe en abundancia. Mi confusión al respecto es grande. Las enseñanzas del bondadoso padre Clemente, el rezo diario del santo Rosario, las excursiones scout, los retiros para ejercicios espirituales, etc., ¿todo fundado en un secuestro ilegítimo irrebobinable? Manda huevos dijo el clásico; yo digo que miseria y miserables los ha habido y los habrá siempre. Me viene a la memoria lo escuchado alguna vez a Jiménez Losantos catalogando a la actual COPE como la SER 2; en el asunto de la profanación de la tumba discrepo; se quedan en SER sub21.
Volviendo al asunto que, fundamentalmente, nos ocupa, ciertamente no pudo impedir la escabechina el encargado de domeñar a los gruesos batallones populares, Azaña, dedicado a escribir sus memorias. Tuvo un gesto final que para unos le honra mientras que sus seguidores lo ocultan porque les provoca urticaria. Se exilió dos meses antes de finalizar la guerra a Francia y allí, en octubre de 1940, llamó al Obispo de la localidad de Montauban con el que mantuvo a partir de entonces visitas diarias. En una de ellas le ofreció el obispo un crucifijo que D. Manuel le arrebató de las manos y lo besó tres veces mientras musitaba: “Jesús, piedad, misericordia”. Murió el 3 de noviembre de ese año y, en contra de su voluntad y de la de su viuda, no se celebró ceremonia religiosa en la Catedral; el gobierno mejicano, masón, que sufragaba los gastos del hotel en que se hospedaba exigió entierro civil. Gente respetuosa hasta el final.
Miles de inocentes tuvieron una muerte con mayor dosis de crueldad y sadismo, incluso, que la sufrida por Jesucristo. Las ideologías habían convertido a la Iglesia, a la religión, en el opio del pueblo, el malvado de la trágica vida del poema que inicia este capítulo al que era preciso exterminar para conseguir el cielo en la tierra, cuando la maldad la incubaron y cultivaron, y hasta qué extremo, en su interior. Es interesante la reflexión final que recoge el historiador alemán K. Löwitz en su libro El sentido de la Historia en 1949, acerca de la influencia de determinados hombres en la violencia que sus seguidores aplican: “La historia siempre se resuelve en algo más o menos de lo que ha sido intentado por los autores de un movimiento. Los grandes hacedores de la Historia preparan el camino para otros…En la Historia, la responsabilidad tiene siempre dos caras: la de aquellos que adoctrinan y predican e intentan algo y la de los que siguen tales incitaciones y las ponen por obra”. Más o menos la misma idea expresada por Chesterton en 1908 en su novela El hombre que fue jueves, por tanto años antes de que se produjesen las salvajadas que sí conoció Löwitz; según el escritor inglés en estos movimientos filosóficos hay dos círculos, uno externo y otro interno sacerdotal. El primero pone las bombas, el segundo, el que Chesterton consideraba verdaderamente criminal, es el que arenga a las masas prometiéndole la felicidad futura y la liberación de los hombres, palabras en las que no cree, porque “son demasiado intelectuales para creer que el hombre se verá alguna vez libre, en este mundo, del pecado original y de la necesidad de la lucha”. En el fondo con 2400 años de diferencia, y con modos de producción distintos para descrédito del marxismo, viene a coincidir con la máxima de Eurípides acerca de los pobres, la envidia y los líderes perversos.
Creo que a los hombres de hoy, inmersos en la sociedad hedonista que hemos creado, les/nos resulta difícil comprender la existencia de personas como los religiosos y civiles asesinados, dispuestas a morir a cambio de algo tan sencillo como pronunciar unas palabras de renuncia a su fe. Sabían que iban a morir. Sabían que antes que a ellos habían asesinado a otros compañeros sin que su fe hubiese provocado algún milagro, algún acontecimiento, que evitase su sacrificio y, sin embargo, se negaron a apostatar. Ni un solo caso entre los casi siete mil mártires religiosos. Con un sistema de producción distinto al de la época romana habían seres humanos con idéntica creencia: preferían morir en el coliseo socialista a renunciar a su fe. Misterios a explicar por la escoria marxista. Seguro que aquellos mártires –incluyo en esta denominación a las mujeres– estaban imbuidos de una convicción religiosa plena.
Me parece oportuno traer a colación al católico francés Bossuet porque expresó muy bien las creencias y convicciones profundas de los mártires. Él, que vivió cuando la eclosión de la ilustración, razonó que la historia de la humanidad la guía la Providencia denunciando a “quienes han deseado sacudirse el yugo de esta Providencia, al objeto de mantener, en independencia, una libertad indócil que los mueve a vivir según su capricho, sin temor, disciplina ni restricción de ninguna clase” –describió a los futuros genocidas–. Y frente a los librepensadores que renunciaban a la Providencia ante el desorden existente en los asuntos humanos, Bossuet mantenía que para entender el aparente desorden había que contemplar la historia desde una distancia mayor, desde un punto de vista eterno. Por ejemplo, decía, la Providencia hizo coincidir el nacimiento de Jesús con la Paz Romana para hacer posible la expansión del Evangelio. El que Dios hubiese permitido la muerte y crucifixión de su Hijo podría ser la norma mediante la que el cristiano entienda la historia del mundo. Utilizando sus propias palabras: “Así fue dada al mundo en la persona de Jesucristo la imagen de una acabada virtud, que no tiene nada que ver con la tierra ni espera nada de ella…que no cesa de hacerles bien, y a quien sus mismas bondades procuran el último suplicio”. De manera que si el Hijo del Hombre murió sin protección divina, el hombre ordinario no puede alcanzarla para él. Y concluía: “Que ame solo y espere, y que esté seguro de que Dios le tiene presente, aunque no vea señal alguna de ello”. Seguro, no cabe duda, fueron estas las enseñanzas adquiridas, y con qué fuerza, por aquellos mártires que entre torturas indecibles morían perdonando a sus verdugos y deseando encontrar a Dios. Con certeza veían las cosas desde la perspectiva de la eternidad. Mejor quedarnos con el heroísmo y convicciones tan positivas que se derivaron de aquella vergüenza nacional, porque constituyen una de las gestas más ejemplares de nuestra historia.
También pueden servirle al lector para que descarte, sin complejos, las ideologías que invaden nuestro tiempo, derivadas de aquellas que convirtieron el siglo XX en un infierno y que, como sus matrices, buscan un enemigo al que eliminar como solución de todos los males. Ahora ofrecen como uno de sus logros más satisfactorios que el vientre materno sea el lugar más peligroso del mundo. He manifestado antes que el marxismo se difundió basado en auténticas simplezas: la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases, el modo de producción determina nuestro ser, la religión es el opio del pueblo…, que a pesar del ahínco y medios materiales con que ha dispuesto no ha logrado triunfar en Occidente. Y es que como escribió Díez del Corral en su libro El rapto de Europa: “Era imposible que una cultura cualitativa, multiforme, flexible como la europea cayera en los antagonismos simplistas y abstractos que el pensador alemán –en referencia a Marx– le había predicho”. En una cultura como la occidental está demasiado arraigada la disciplina intelectual practicada desde hace centurias, más de mil años, para asumir las simplezas de las utopías que se nos quieren imponer sí o sí, por muchos rasputines que se instalen en la Moncloa.
Sí, somos demasiado complicados. Sucede algo similar con el Islam y occidente. En este caso fue el británico Carlyle el que en el capítulo de su ensayo Los Héroes dedicado a Mahoma, obra del siglo XIX, tras alabar su figura por el mérito de engendrar una religión que en pocos años logró millones de seguidores, decía con respecto al Corán que era una de las obras más aburridas que jamás leyó, afirmando, por lo que aquí nos interesa, que: “Es imposible que un europeo, a no ser que le obligue algún deber pueda soportar la lectura del Corán”. Espero y deseo que así sea, pero debemos tener en cuenta que el hombre-masa, anunciado y descrito por Ortega, ha incrementado su número y su influencia en la sociedad occidental por lo que no es descartable que ocurra lo que los autores citados consideraban imposible. Porque si el alma del hombre-masa en los años en que Ortega escribía era “mucho más simple” que la de los que le habían precedido, la simpleza se ha incrementado hasta límites insospechados en una gran parte de la población de nuestros días. Recuerdo, por ejemplo, que durante mi estancia en la Universidad se nos decía que el fútbol era una droga apetecida por el poder para adormecer a las masas; ahora el fútbol es kurtura con cadenas dedicadas las 24 horas del día a culturizarnos en cualquier deporte. El juego, que entonces se restringía a la lotería, quinielas y ciegos, se promovía en países que no confiaban en el esfuerzo y trabajo cotidiano; ahora hasta se apuesta en qué minuto del partido se marcará el primer tanto; y, claro, con tanta kurtura deportiva los equipos han cambiado poseer un estilo de juego por una filosofía de ídem. Esperemos que el nuevo ismo, el cotorrismo televisivo, no consiga lo que no logró la lucha de clases.
Empezaba este capítulo con los versos de Meredith, que ilustraba Toynbee como ejemplo de su teoría del reto y respuesta en el devenir de las civilizaciones, que nos ha servido para ilustrar como las almas corrompidas por el odio encontraron un malvado a quien exterminar. Termino con las palabras de uno de los más grandes pensadores que ha producido la humanidad, San Agustín, que nos permiten verificar que la teoría del historiador inglés estaba implícita en el genio del gran santo cristiano, no en vano, cito nuevamente a Díez del Corral, La Ciudad de Dios de San Agustín es “acaso el libro que mayor influencia ha ejercido en la historia de occidente”, y sirven para ofrecer un último reconocimiento a los mártires de nuestra contienda. Merece la pena leer tales palabras con detenimiento; tras meditarlas deduzcan quien fue el aceite y quien el orujo, y asumamos que el combate, inevitablemente, continuará. Esto escribía San Agustín hace más de 1.500 años:
“Pues el mundo se halla como en una almazara: bajo presión. Si sois el orujo seréis expulsados por el sumidero; si sois aceite genuino, permaneceréis en el recipiente. Pero el estar sometido a presión es inevitable. Y esa presión se ejerce incesantemente en el mundo por medio del hambre, de la guerra, de la pobreza, de la inflación, de la indigencia, de la muerte, de las violaciones, de la avaricia. Tales son las presiones sobre el pobre, y las preocupaciones de los estados: de ello sobran testimonios. Pero hemos encontrado hombres que, descontentos de estas presiones, no cesan de murmurar; y hay quien dice: ¡que malos son estos tiempos cristianos…! Así se expresa el orujo cuando se escapa por el sumidero; su color es negro a causa de sus blasfemias; le falta el esplendor. El aceite tiene esplendor. Porque aquí es otra especie de hombre la sometida a esa presión y a esa fricción que le pule, porque ¿no es la misma fricción la que lo refina?”
Merece la pena releer una y cien veces el texto escrito hace más de 1500 años por quien algunos consideran el primer pensador en elaborar una filosofía de la historia. ¿Está vigente su tesis a pesar del diferente modo de producción existente cuando la enunció y el actual?
Una última cuestión. ¿Cree usted que el genocidio religioso practicado por la izquierda debe calificarse de organización masiva de crímenes contra el espíritu como la denunciada por el procurador francés en Núremberg?
