Situándonos en España la animadversión hacia la Iglesia católica empieza, al menos, en la época de Carlos III cuando nombra al conde de Aranda como presidente del Consejo de Castilla en 1766, un hombre conocido por su terquedad-era aragonés y sostenía que la única persona que le superaba en ello era el Rey-, que tenía entre sus virtudes el merecer el aplauso durante sus estancias en París de Voltaire y los enciclopedistas en donde adquirió una mentalidad muy próxima a la de los filósofos. Objetivo suyo fue el desarraigar en España la influencia de la iglesia al extremo, se dice, que la masonería española exaltó su memoria en el siglo XIX y se le considera como el brazo armado de la conjura europea contra la iglesia católica. A partir de entonces poco a poco se va desprestigiando la institución hecho demostrado por el decreto de Carlos III de 27 de febrero de 1767 de expulsión de los jesuitas, calificado como el “más despótico de los decretos del despotismo ilustrado”. Su ejecución se le encargó al conde de Aranda y, desde luego, no puede calificarse de ejemplar el modo en que la efectuó sino más bien vergonzosa. Peor calificativo cabe otorgar al recibimiento del Vaticano, a pesar de su oposición al decreto, a los miembros de la Compañía expulsados, 2.641 individuos entre sacerdotes, novicios y coadjutores. El odio que despertaba la Compañía entre los filósofos de las cortes de España, Francia y Portugal era enorme porque por su prestigio y preparación intelectual era el enemigo a batir. Así Voltaire escribía que “una vez que hayamos destruido a los jesuitas tendremos todas las bazas contra la Infame”, y otro de la misma cuerda, D´Alembert, añadía: “los otros no son más que cosacos y merodeadores que no resistirán nuestras tropas bien entrenadas”. Voltaire, no obstante, siguió la moda de acoger a un jesuita en su casa: el padre Annat.
No se conformaron con la expulsión de los países referidos sino que intentaron, y lograron, su extinción canónica por parte del propio Vaticano; el asunto se consumó el 16 de agosto de 1773. Hay que decir que en semejante logro influyeron, además de los filósofos y sus fervientes seguidores políticos, los celos que despertaban los jesuitas en otras órdenes religiosas. Voltaire, con inmensa alegría al conocer la supresión de la Compañía, aulló con gran carcajada “¡dentro de veinte años ya no habrá Iglesia!” y dedicó al conde Aranda un poema en el que le comparaba con Hércules vencedor de la hidra; según se comentó esto satisfizo a nuestro conde más que todos sus títulos y ascensos. También un ilustre murciano y excelente jurista, el conde de Floridablanca, obtuvo premio por su participación en tamaña heroicidad. A él se le encomendó la misión de convencer al papa Clemente XIV de las bondades que se derivarían de la supresión de la Compañía nombrándole embajador en Roma; la cumplió con éxito sin dudar siquiera en amenazar con la ocupación de Roma por parte de los ejércitos de los príncipes –de Portugal, España y Francia– en caso de negativa. Ello le valió entrar en el selecto club de la nobleza con el título arriba reseñado. Las consecuencias para España y para Hispanoamérica fueron nefastas; aquí por lo que supuso en cuanto a la enseñanza. En Hispanoamérica, además, por su labor en el desarrollo económico y defensa de los indígenas. La medida implicó el que en los países donde actuaba la Compañía se cerraron 800 colegios y se les privó de 15.000 maestros.
Curiosamente subsistió protegida en la Rusia de Catalina II y, más curioso aún, que uno de los impulsores de su desprestigio en Europa, Federico II de Prusia, les confió a los excelentes pedagogos jesuitas la enseñanza de numerosas escuelas en su país. Parece ser que una de las últimas frases pronunciadas por el papa Clemente XIV con respecto al asunto fue “me he cortado la mano derecha”. Algunos estudiosos inciden en la expulsión de los judíos como una de las causas del deficiente desarrollo económico español, pero no se estudia de la misma manera la repercusión de la de los jesuitas. Se derivó de ella una auténtica orfandad en algo tan fundamental como es la enseñanza. Con cargar contra la Inquisición se soluciona progresísticamente cualquier asunto relativo al atraso económico de nuestra nación.
Lean lo que pensaba sobre esto Ortega y Gasset en su ensayo Meditaciones del Quijote: “Descartes, apenas descubre el principio del discurso de su método que va a hacer de la teología ancilla philosophiae, (más o menos que la filosofía deja de estar subordinada a la teología) corre a Loreto para agradecer a nuestra Señora la ventura de tal descubrimiento. Este siglo de católicos triunfos no es tan mala sazón que no puedan llegar, por primera vez, a levantarse en él los grandes sistemas racionalistas, formidables barbacanas contra la fe. Vaya este recuerdo para los que, con envidiable simplismo, cargan sobre la Inquisición toda la culpa de que España no haya sido más meditabunda”. Palabra clave, simplismo, el que caracteriza a los simples y mediocres que integran la enorme legión de hombres masa que, incapaces de reconocer sus propias limitaciones e intentar superarlas, necesitan un malvado externo con el que justificarse.
Con estos antecedentes más la influencia cada vez mayor de las ideas ilustradas y de la masonería, se produjo en el verano de 1834 una matanza masiva de frailes en España. Parece que una sociedad secreta divulgó que estos habían envenenado las fuentes de Madrid desencadenando una epidemia. El vergonzoso resultado se saldó con quince jesuitas asesinados, uno de ellos un eminente científico, degüello de dominicos y posterior asesinato de cincuenta franciscanos. Se consiguió un primer triunfo: el odio hacia la Iglesia en parte del pueblo había fermentado y seguiría creciendo.
En esas condiciones no es de extrañar que al año siguiente se atreviese el gobierno a llevar a cabo la obra a la que ya nos hemos referido antes: la desamortización de Mendizábal que implicó la supresión de las órdenes religiosas y la entrega de sus bienes para la venta. Ya hemos dicho que Menéndez Pelayo la calificó de inmenso latrocinio. Ramón Tamames en su libro Estructura Económica de España nos indicaba a los estudiantes de la década de los sesenta del siglo pasado que “casi un siglo después de su terminación, es todavía difícil emitir un juicios definitivo sobre la desamortización”, y que “si bien era un paso necesario en la revolución burguesa… no constituyó la panacea para nuestra Hacienda”. Transcurridos casi sesenta años más desconozco si ha emitido un juicio definitivo.
Se desarrolló desde entonces una clara animadversión a la Iglesia entre gran parte de intelectuales. Las obras noveladas de Blasco Ibáñez, Pérez Galdós, etc., son un claro ejemplo. Los religiosos son presentados como personajes siniestros e hipócritas. Llegado el cine se les representará como gordinflones atiborrándose de churros siempre cerca de la nobleza, y muy raramente se mencionará su labor benefactora y asistencial. A todo esto la Iglesia española no había caído en las costumbres escandalosas de una parte de los altos dignatarios del clero francés, al extremo de que el cardenal Mathieu lanzara su proverbio: “Se haría un clero excelente con obispos españoles y párrocos franceses”.
Y algunos políticos tomaron el testigo con auténtico ahínco en la causa demoledora que se abatiría sobre la Iglesia española. No podía faltar un buen socialista y quién mejor entre ellos que el fundador del partido en España, Pablo Iglesias, pregonando que “la Iglesia no es otra cosa que una servidora celosa de la burguesía, la encargada de sancionar en nombre de Dios todas las tropelías, todos los despojos y todas las infamias que con los asalariados comete aquella”, o “somos los socialistas los que queremos dar a la Iglesia el golpe de muerte, no pidiendo únicamente su separación del Estado, sino la confiscación de sus bienes, que le sirven para mantener la ignorancia y el fanatismo”. Desconozco si por incultura o por calentar al personal atribuyó a la Inquisición ni más ni menos que 300.000 víctimas.
Un ejemplo más conocido es la famosa arenga de Alejandro Lerroux de 1906 en Barcelona: “Jóvenes bárbaros de hoy, entrad a saco en la civilización decadente y miserable de este país sin ventura, destruid sus templos, acabad con sus dioses, alzad el velo de las novicias y elevarlas a la categoría de madres para virilizar la especie. No os detengáis ni ante los sepulcros ni ante los altares. No hay nada sagrado en la tierra. El pueblo es esclavo de la Iglesia. Hay que destruir la Iglesia. Luchad, matad, morid.”
Lerroux evolucionó más tarde hacia la sensatez formando gobierno con la derecha tras las elecciones de 1933, pero la siembra estaba echada. Según nos dice don Vicente Cárcel Ortí en su libro que en este capítulo nos sirve de guía, La gran persecución. España 1931-1939, las dos corrientes anticlericales, la de los intelectuales y escritores y la que impregnó a parte del pueblo, consiguió dar una imagen estereotipada y falsa de “una Iglesia presentada como única responsable de todos los males de la sociedad española y, por consiguiente, merecedora de los mayores castigos”. O sea, el necesario malvado del poema de Meredith. Con estos mimbres nos dice Cárcel Ortí – y efectivamente así sucedió- la fobia inoculada en la sociedad estallaría con el advenimiento de la República el 14 de abril de 1931.
Se cumplió entre nosotros el curso marcado por Gaxotte para las revoluciones: el dirigente duda –el rey se autoexilia–, los cobardes se enaltecen- ya expondremos como conceptuaron a la máxima encarnación de la república, Azaña, sus más próximos conocedores- y la canalla instala el terror. Tan pronto como el 11 de mayo siguiente, sin transcurrir siquiera un mes de su proclamación, se inicia la quema de conventos y la aludida encarnación de la República, ya Presidente del Gobierno, pronunció una de sus famosas frases: “Todos los conventos de España no valen la uña de un republicano”. El pirómano principal ejercía de presidente. Sí, la identificación entre régimen y encarnación fue completa: ambos desastrosos para la nación. Con él al mando y con tan excelsos pensamientos tan solo en ese mes de mayo ardieron más de un centenar de iglesias y casas religiosas. Y la pirotecnia duró mientras el régimen se mantuvo porque a los chicos del gobierno progresista, amantes como nadie de la cultura, el asunto no parecía importarles mucho; más bien les gustaba. Los socialistas del 31 le proporcionaron argumentos irrebatibles al jefe –al doctor Sánchez–para invocar en 2021 “el vínculo luminoso con nuestro mejor pasado”. Cualquier ocasión es buena para desgastar –rastrerismo mediante– la monarquía.
Cuenta en sus memorias uno de los componentes de aquel primer gobierno republicano, Maura, que cuando llegaron las primeras noticias de las luminarias populares alguno de sus colegas en el gobierno se las tomó a broma y otro, socarrón él, al saber que ardía una casa de la Compañía de Jesús le pareció gracioso que fuesen estos los primeros en pagar el tributo al pueblo soberano. El fuego se propagó de la casa al templo de San Francisco de Borja que ardió con los restos del santo allí depositados. El pasado 20 de noviembre de 2019, los jesuitas denegaron la celebración de una misa por el alma de Franco en ese templo con la excusa, parece ser, de que el año anterior al finalizar la eucaristía cantaron el Cara al Sol. Estoy seguro de que más de un joven falangista murió durante la guerra defendiendo el cristianismo en España. Encuentro incongruente denegar la celebración de una misa por quien ostenta el título, de importante categoría, de Fundador de la orden que le otorgaron los jesuitas cuando el devenido incómodo Fundador derogó el decreto de expulsión de la Compañía de Jesús incluso antes de finalizar la contienda. Los tiempos cambian que es una barbaridad dice el personaje de una zarzuela. También cambia la altura de la montaña de miseria humana que se acumula en la tierra. Crece.
Sí, con la instauración del nuevo régimen se declaró, desde el principio, la guerra a la Iglesia. No en vano los masones que siempre le han demostrado un cariño especial, coparon cualquier puesto relevante. En la nueva constitución se sentaron las bases para poder dictar leyes que desmantelaran a la malvada, y para lograrlo se colocó al frente de la comisión redactora a un masón miembro del PSOE, Jiménez de Asúa, cuyo prestigio como penalista resultó inferior al odio envenenado que le corroía contra la malvada. Así, nuestros siempre conciliadores progresistas del PSOE pedían, entre otras cosas, que no se permitiera en el territorio español la existencia de las órdenes religiosas y que fueran disueltas todas las existentes y nacionalizados todos sus bienes. Hay que agradecer que la intervención de Azaña mitigó la radicalización del texto, pero no evitó su anticlericalismo. De hecho Sánchez-Albornoz, señaló más tarde que prevaleció el “sañudo anticlericalismo cuando habían mil problemas mucho más graves y urgentes” –en pleno coronavirus nos manda Celaá una monada ley de educación y a continuación la supernecesaria de eutanasia–. No menos taxativo, Alcalá-Zamora, por entonces presidente manifestaría que “se hizo una Constitución que invitaba a la guerra civil”. Para Ortega y Gasset estaba mechada de algunos cartuchos detonantes y “el artículo donde legisla sobre la Iglesia es ejemplo de aquellos cartuchos detonantes”.
La constitución se aprobó el 9 de diciembre de 1931 y no tardaron en tomarse medidas progresistas cien por cien. El 24 de enero fue disuelta la Compañía de Jesús, porque el famoso artículo 26 de aquella norma reglaba la supresión de las órdenes religiosas que, además de los tres votos canónigos, exigieran otro especial de obediencia a una autoridad distinta de la legítima del Estado, y como los jesuitas declaraban su obediencia al papa la finura jurídica de Jiménez de Asúa conseguía su objetivo de acabar con la enseñanza de más prestigio que se impartía en España de un lado, y de otro aumentar el patrimonio nacional pues la norma contenía una coletilla de interés: “Sus bienes serán nacionalizados y afectados a fines benéficos y docentes”. No eran pocos y muy diversos: colegios, escuelas, residencias, noviciados, casas de ejercicios, editoriales, observatorios astronómicos y hasta la leprosería de Fontilles; casi 230 centros, entre ellos el único dedicado a la enseñanza de Economía en España, y la expulsión de 2.987 jesuitas sin indemnización alguna. La propaganda progresista ha conseguido presentar su república como el paradigma de la cultura popular; la república de maestros se los robó a miles de niños con sus medidas antirreligiosas.
Con base en la norma constitucional se dictó otra Ley más progresista –o sea inicua– aún: La de Confesiones Religiosas, de mayo del año 1933, según la cual el culto quedaba controlado por las autoridades civiles… y de los alcaldes. Algo parecido a lo regulado por sus admirados revolucionarios franceses. Con todas estas medidas se favorecía que la parte canalla de los dirigentes y del pueblo avanzaran a pasos agigantados en la justificación de quien era el malvado a batir. Parece ser que cuando estas normas se discutían en el Congreso un sacerdote, diputado, leyó la carta que el socialista francés Jean Jaurès, de bastante más prestigio que ninguno de nuestros sociatas patrios, dirigió a su hijo que le había pedido un justificante para no tener que estudiar religión. Esta es parte de la contestación:
“Tengo empeño decidido en que tu instrucción y tu educación sean completas, no lo serían sin un estudio serio de la religión…Hay que confesarlo: la religión está íntimamente unida a todas las manifestaciones de la inteligencia humana; es la base de la civilización y es ponerse fuera del mundo intelectual y condenarse a una manifiesta inferioridad el no querer conocer una ciencia que han estudiado y que poseen en nuestros días tantas inteligencias preclaras… Además, no es preciso ser un genio para comprender que sólo son verdaderamente libres de no ser cristianos los que tienen facultad para serlo, pues en caso contrario, la ignorancia les obliga a la irreligión. La cosa es muy clara: la libertad exige la facultad de poder obrar en sentido contrario”.
Jaurès considerado como la más alta figura del socialismo francés no podía prever, murió en 1914, que las mentes e inteligencias preclaras que integrarían el socialismo español superarían su anticuado pensamiento. Los nuestros entendieron que eso de elegir estaba muy mal, muy anticuado y tras legislar contra la religión, ya puestos, decidieron eliminarla físicamente para siempre. ¿Comprenden la obsesión de nuestros socialistas de eliminarla como asignatura? ¿Y memoria democrática a su gusto?
La progresía posterior ha intentado, y logrado, extender la idea de que la degollina que sus antecesores ejecutaron fue consecuencia del Alzamiento Nacional del 18 de julio de 1936. Falso total. Recordemos la opinión de Ortega de cuan poco súbitos son los acontecimientos históricos. La persecución de la Iglesia que tuvo un relieve de altísima y tortuosa pendiente, estaba programada desde mucho antes. Ya en 1931 la denominada Liga Atea en uno de sus artículos se preocupaba del destino de las iglesias de la manera siguiente: ”El local o locales destinados hasta ahora al culto se destinarán a almacenes colectivos, mercados públicos, bibliotecas populares, casas de baños o higiene pública, según convenga a las necesidades de cada pueblo”.
Apuntaba en un párrafo anterior que la referencia inicial del holocausto padecido en España estaba en la revolución francesa, pero con posterioridad a ésta los enemigos de la religión consiguieron para su causa dos fichajes auténticamente galácticos no por su belleza en el juego sino por el grado de maldad que alcanzaron: marxismo y anarquismo. Ambas ideologías llevaban décadas preparando, abonando, el terreno que justificase las barbaridades que vinieron después. De la denominada ciencia marxista y sus teorías se ha escrito a mansalva. Una de ellas, el que la religión es el opio del pueblo que ha de extirparse para instaurar el cielo en la tierra, encontró terreno propicio en el pueblo llano y en la cabeza enferma de los conocidos como intelectuales. Por ejemplo, uno de estos, el comunista catalán Maurín, ese mismo año expresó claramente sus intenciones: “La Constitución republicana no será más que un breve armisticio, no largo”. Su ideal, lo repetiremos cien veces, era la dictadura del proletariado de la que los rusos disfrutaban desde 1917.
Conviene no olvidar los mensajes de los anarquistas, los seguidores de Bakunin, que en España y sobre todo en la región catalana tuvieron un poder enorme. Entendía Bakunin que la sola idea de Dios era la negación absoluta de la libertad del hombre y, como según su pensamiento el hombre es libertad absoluta, para conseguir que así sea hay que hacer desaparecer cualquier signo que pueda impedirlo. Su aspiración es la ausencia de reglas. En oposición a Dios, para él, Satanás “representaba un verdadero modelo para la humanidad y había llegado a ser tal por un acto de insubordinación bien consecuente”. La estrategia del anarquismo sindical, resumida por Mariano Fazio, será la huelga general revolucionaria, “pero sobre todo utilizarán el terrorismo para imponer sus puntos de vista anárquicos”, y seguramente que estarían orgullosos de las piezas cobradas con sus asesinatos: un zar, un presidente americano, un francés, un español, el rey de Italia y hasta la emperatriz Sissy. No se llevaban nada bien con los marxistas porque ellos deseaban la desaparición sin trámite alguno de cualquier estructura política, sin paso previo por la dictadura del proletariado tan anhelada por aquellos. En resumen que en la España de aquellos años coincidieron dos ideologías que, durante décadas, insuflaron en el alma de muchos ciudadanos el odio hacia la religión. La cosecha la iban a recoger pronto.
Tan pronto como en octubre de 1934, es decir cuando el PSOE junto con el PCE, la Esquerra –siempre colegas la conjunción socialista-separatista– y la connivencia de los de Azaña, dan el golpe de Estado del que nos hemos ocupado en el capítulo anterior, empezaron las matanzas de religiosos. Asturias les indicó el camino a seguir.
Entre los muertos, asesinados, se cuentan treinta y tres religiosos e, insistimos, no fue la respuesta a un golpe fascista, sino la consecuencia del odio inoculado en los matarifes progresistas de la época. El primer día del golpe la canalla, la del relato de Gaxotte, matan a quemarropa a un seminarista de 22 años y arrastran su cadáver. La cobardía unida a la truculencia no conocía límites y un carmelita que saltó una tapia intentando huir se lastimó; fue llevado a un hospital donde dos enfermeros lo delataron; lo juzgaron los juristas del barrio condenándolo a muerte ejecutándolo unas horas después. Su cuerpo fue abandonado durante días.
Las heroicidades se sucedieron. La matanza de los seminaristas de Oviedo, el día 7, es una de ellas. Al tener que salir a buscar comida fueron descubiertos y ametrallados. Seis murieron abandonados en la calle. El más joven tenía 16 años. Más heroica fue la de Turón, un pueblecito asturiano donde impartían enseñanza en la escuela que dirigían, ocho hermanos de Escuelas Cristianas y un padre pasionista. Los llevaron a la Casa del Pueblo, o sea PSOE-UGT, y fueron condenados por el comité revolucionario –si algún experto desenterrador en memoria histórica halla el delito que lo comunique–; a la una de la madrugada los sacaron de su cautiverio y con sinceridad socialista les dijeron que los llevaban al frente para servir de parapeto frente al enemigo –delicadeza a raudales–, los colocaron delante de una fosa excavada previamente y aplicación inmediata de justicia popular, con tiro de gracia para quien quedara con vida. Murieron con tal entereza que los justicieros progresistas quedaron impresionados. Hay que aclarar que como los del pueblo no quisieron participar en la hazaña la realizaron luchadores de fuera. Fueron beatificados y canonizados en 1999. Los religiosos no los asesinos. Hago esta precisión porque cuando tras la transición se instauró la partitocracia, la caradura sin límites del PSOE pretendió conmemorar la llamada Revolución de Octubre. Si llegan a tener enfrente a don Mariano noquierolíos lo habrían logrado.
No podía faltar la construcción de la cultura popular socialista del momento. Así que los días 10 y 11 siguientes, como informamos en el capítulo anterior, se emprendió la demolición del patrimonio artístico culminando la gesta en la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo que ordenó construir Alfonso II el Casto, y donde a lo largo de siglos se depositaron reliquias de santos, relicarios de reyes de Asturias desde Don Pelayo, tesoros artísticos y religiosos de valor incalculable, totalmente destruida gracias a los 400 kilos de dinamita colocados por el hombre nuevo socialista, empeñado en instaurar el cielo en la tierra.
Sí, antes del Alzamiento ya había un programa de destrucción de la Iglesia. Más hechos abundan en tal sentido a la vista de lo sucedido a partir del 16 de febrero de 1936, fecha de las últimas elecciones celebradas en el período republicano que, como veremos en el capítulo correspondiente, dieron el triunfo fraudulentamente a lo que se conoció como Frente Popular. Desde la misma convocatoria de las elecciones los disturbios, muertes incluidas, no cesaron, cebándose con la Iglesia gracias a la complicidad del gobierno de ese Frente con la colaboración de la prensa anticlerical incitando a la violencia; entre ellos –cómo no– el órgano del PSOE, El Socialista, difundiendo la noticia de que las religiosas de Madrid distribuyeron caramelos envenados a los niños; consecuencia: asalto y agresión de las monjas imputadas de la falsedad que acabaron muchas de ellas gravemente heridas.
Desde febrero hasta julio de ese año 1936, antes de la guerra pues, se atacaron o profanaron 411 iglesias, de ellas 160 totalmente destruidas; algunas incautadas por las autoridades; sacerdotes obligados a abandonar sus parroquias o expulsados de manera violenta, por supuesto con sangre de por medio: diecisiete sacerdotes asesinados, y cualquier clase de vejación como encarcelamientos, golpes, heridas, profanación de cementerios –lo de profanar tumbas les ha atraído desde antiguo–, siempre con una característica común: inmunidad absoluta para los héroes.
Y con este ambiente antirreligioso creado y asumido por PSOE, PCE, POUM, anarquistas de la FAI, con la ayuda impagable de la masonería, se desarrolló la carnicería más numerosa padecida por el cristianismo desde las persecuciones de la antigüedad romana. Lo dijo uno de los líderes socialistas, Prieto, después de la guerra: “el anticlericalismo constituía el único bagaje de sectores republicanos muy densos”. En su sector, el PSOE, la mochila de aquel, del anticlericalismo, pesaba toneladas.
En un principio la cifra calculada por don Antonio Montero fue de 6.832 religiosos y unos 3.000 seglares colaboradores de la Iglesia los asesinados. Más tarde la cifra del primer grupo, obispos, sacerdotes, religiosos y seminaristas se ha elevado a 6.920, y tratándose de ideologías que suponemos ya entonces feministas no debían establecer diferencias, de forma que entre el grupo de religiosos se contabilizaron 283 monjas. Los defensores-justificadores de la carnicería arguyen que fue la reacción del pueblo –debía tratarse de su pueblo– por la toma de postura de la Iglesia a favor de los nacionales, materializada en la Carta Colectiva del episcopado de 1 de julio de 1937. Pero esa falacia no se mantiene porque antes de la Carta, las fuerzas de progreso habían liquidado ya, tan solo, a 6.500 eclesiásticos. Es decir en el primer año de la guerra la degollina estaba consumada en su mayor parte, pero los degollados no tenían derecho a protestar, ni por supuesto adherirse a quienes los defendían; para la cosa progresista su única opción era seguir ofreciendo el cuello.
El asunto destacó no solo por la cantidad; aún peor fue la calidad; es decir el sadismo, la truculencia, la maldad –faltan adjetivos– con la que se efectuó. Lamentamos tener que traer esto a colación, pero cuando las fuerzas de progreso satanizan, BOE mediante, a una parte del pueblo, profanan tumbas, etc., no queda más remedio que citar algunos ejemplos de aquellas bajezas que pueden parecer inexplicables, increíbles.
Una característica resaltada por don Vicente Cárcel –seguimos aquí su relato– fue el gusto demostrado por los chicos del frente popular y los anarquistas por los asesinatos en masa de religiosos. Veremos en otro capítulo que esa predilección no se limitó a los religiosos. Sí, disfrutaban agrupándose -socializándose diríamos en la actualidad– previamente al crimen. Así en Barbastro se asesina a 45 estudiantes menores de 24 años del teologado de los claretianos; en el cementerio de Lérida se mata a la vez a 74 sacerdotes y algunos religiosos. En Barcelona asesinan juntos a 45 hermanos maristas, 39 de la congregación de San Gabriel, en su mayoría jóvenes, y varios monjes de Montserrat; 15 hermanos de San Juan de Dios fueron inmolados por no querer abandonar a los enfermos de un hospital de Calafell. La hazaña cometida con un matrimonio muy católico de Rafelbuñol cuesta creerlo: a ellos y a sus nueve hijos los mataron a la vez; en la Diócesis de Valencia fueron ejecutadas 17 hermanas de la Doctrina Cristiana, una tenía 86 años, otra 84, y la mayoría superaba los 60 años. En el Escorial fueron 51 los agustinos caídos. En la mayoría de los casos precedidas las heroicidades de vejaciones, golpes, torturas…, con más ahínco si la víctima se dedicaba a atender a las clases más necesitadas.
Además las actuaciones corales que diríamos hoy, tanto por la concurrencia de asesinos como de asesinados, cometidas por aquellos magníficos progresistas patrios estuvieron acompañadas de una crueldad extrema no superada ni por nazis ni comunistas de otros países. Los ejemplos de ensañamiento fueron múltiples. Citaremos algunos. Una vecina de Algemesí, anciana de 83 años y viuda, había acogido en su casa a sus cuatro hijas religiosas; descubiertas las confinaron en la cárcel y el 25 de octubre fueron ejecutadas todas. La madre rechazó quedar ella viva diciendo a los milicianos que “donde van mis hijas voy yo”. Primero acabaron con las hijas, tras lo cual le preguntaron aquellos héroes del pueblo: “oye, vieja –delicadeza ante todo–, ¿tú no tienes miedo a la muerte?”; a lo que la vieja reaccionaria respondió que “toda mi vida he querido hacer algo por Jesucristo y ahora no me voy a volver atrás. Matadme por el mismo motivo que a ellas, por ser cristianas”. Apuntábamos más arriba que en España también se conocieron casos de heroicidad como el de madame Elisabeth. La anciana madre de Algemesí –reaccionaria fascista hasta el fin de sus días- eligió morir con sus hijas acompañándolas con su cariño y calor hasta el final y fiel a sus creencias religiosas; rechazó volver a casa sola y borracha y no seguir la consigna de las cotorras mamarrachas integrantes del gobierno progresista y feminista y de las simplonas, no menos cotorras, de la tele.
Una mujer de 40 años, profesora de la Universidad de Valencia es trasladada a Paterna, es valiente y no oculta su cristianismo, actitud suficiente para ser salvajemente ultrajada. La torturan sacándole los ojos, y como grita ¡Viva Cristo Rey!, le cortan la lengua y finalmente muere. También le cortaron la lengua a otra valenciana por el mismo motivo antes de fusilarla en Benifayó.
Sofía Ximénez cometió el inconcebible delito de acoger a religiosas en su casa y auxiliar a detenidos en las checas. La denunció su criada. La sacaron de su hogar junto con su hijo disminuido psíquico. El chico se tiró de la camioneta en que los conducían rompiéndose una pierna. Lo recogieron y lo fusilaron antes que a la madre. Una hermana de ésta, religiosa carmelita de Tarragona, y su hijastra fueron asesinadas en el mismo acto.
El caso de Apolonia Lizárraga es aún más espeluznante. Su cuerpo nunca fue hallado porque, según los testigos de su beatificación, fue descuartizada, aserrada viva y después arrojados los trozos del cuerpo a los cerdos que se cebaban en la checa donde la ajusticiaron. Al parecer el jefe de ese antro engordó hasta 300 cerdos con los cuerpos de las víctimas que sacrificaban.
Estos son solo algunos ejemplos de las 283 monjas asesinadas. Se preguntaba el historiador César Vidal al respecto qué les habrían hecho a sus asesinos. Eso mismo digo yo. En la campaña electoral de noviembre pasado, 2019, el doctor Pedro inició un acto electoral leyendo los nombres de las conocidas como trece rosas. Sabiendo su afán de trabajar por la concordia de todo el pueblo y su militancia feminista seguro que su intención era recitar, a continuación, los nombres de las 283 religiosas, pero alguien le advirtió que agotaría todo el tiempo del mitin. Otra vez será. Seguro.
Los hombres no salieron mejor librados. Casos tan espeluznantes o más se cometieron con los religiosos, si bien su número fue muy superior al de las mujeres.
Meritorio por el esfuerzo y la imaginación exigidos, fue el que afectó a un joven de 24 años, Juan Duarte, que no llegó a sacerdote. Lo detuvieron en su pueblo de Málaga con dos seminaristas que fueron martirizados allí mismo, pero a él lo trasladaron a Álora –noviembre del 36–; como a las torturas tremendas a que lo sometían los dos líderes anarquistas, de nombres el Chato y el Melena, respondía con vivas al Corazón de Jesús y Cristo Rey, demostrando claramente que tenía muy interiorizado el opio del pueblo, es decir que la introducción de cañas en las uñas, aplicación de corrientes eléctricas en los genitales, paseos entre golpes y humillaciones por las calles del pueblo no eliminaban la droga consumida, idearon una cura infalible teniendo en cuenta la situación en que ya se hallaba el diácono: le llevaron una chica de 16 años para seducirle y acusarlo de haberla violado. Tampoco dio resultado la novedosa medida antidroga y el Chato, dispuesto a sanarlo, le castró y entregó los testículos a la chica que, en muestra de que a ella en progresismo no iba la zaga de aquellos hombres, los paseó por el pueblo; ante la indignación de la gente, decidieron aquellas fuerzas de progreso curarle definitivamente pero de manera que no quedara muestra alguna de alucinógeno en su interior. Le tumbaron en el suelo, le abrieron en canal de abajo a arriba, le llenaron el vientre y el estómago de gasolina y le prendieron fuego –¿qué mejor manera de acabar con el opio almacenado en el interior? –. El diácono, en sus últimos instantes decía : “Yo os perdono y pido que Dios os perdone…¡Viva Cristo Rey!. Ni por esas moría y mirando al cielo musitaba: “¡Ya lo estoy viendo…ya lo estoy viendo”. Así que uno de aquellos magníficos luchadores por la libertad le espetó: “¿qué estás viendo tú?”. Y le descargó su pistola en la cabeza. No crean los más jóvenes que el tiro en la nuca fue un invento de la sección asesina del nazionalismo vasco. Tal vez los anarquistas justicieros ofrendaran su gesta, aquella erradicación de opio, a su gran pensador Bakunin. ¿Se puede caer más bajo? Pudieron.
En mi ciudad, Murcia, también hubo un caso similar de ensañamiento con un sacerdote, don Sotero; fue condenado a muerte según parece por arengar desde el púlpito a la rebelión; ingresado en la prisión lo fusilaron allí mismo junto con otros nueve presos y no en el cementerio porque las fuerzas de progreso, arrimadas fuera, temían que los indultaran. Pero también don Sotero debía albergar opio en su interior de manera que los concentrados penetraron en la cárcel, profanaron y mutilaron los cuerpos de los reaccionarios ajusticiados reservándole a él un trato especial; arrastraron su cadáver desde la cárcel hasta su parroquia, sometiendo por el camino su cuerpo a más mutilaciones –había que expulsar cualquier resto de droga acumulado durante su vida religiosa–; lo castraron y colocaron los testículos en la boca; llegados a su Iglesia, la del Carmen una de las más populares de la capital, lo colgaron del balcón y le prendieron fuego pero con tan mala suerte para los progresistas falleros que la cuerda ardió antes y el cuerpo cayó al suelo. Desconsolados se retiraron y, por fin, los familiares pudieron recogerlo. Me contaba hace unos 7 u 8 años Pepe, el barbero que me cortó el pelo desde mi niñez hasta su retirada definitiva, que él en esa época permanecía en la Inclusa al carecer su madre de medios para mantener la familia, y que el día de la hazaña el celador del establecimiento, que también era el barbero del centro, entró en la cancela, se lavó las manos y la navaja de afeitar que llevaba y les dijo: ”vengo de cortarle los huevos a un cura”. Desde la prisión hasta la Iglesia hay aproximadamente unos dos kilómetros, y en todo el trayecto no hubo autoridad alguna que impidiese el cortejo. Hasta la llegada de los memorialistas, Pepe, magnifico conversador como se requiere de un buen barbero, nunca me había comentado nada al respecto. Aquellos, los memorialistas, han reverdecido recuerdos ya olvidados.
Dado que los jefes de los drogados debían atesorar más opio que los subordinados es lógico que fuesen objeto de un tratamiento especial finalmente aplicado a trece de ellos. Tan pronto como en agosto del 36 Solidaridad Obrera dictó la receta: “Los obispos y cardenales deben ser fusilados” siguiendo el itinerario marcado por los comunistas en mayo de 1931 en su órgano, Mundo Obrero señalando al culpable máximo; el Papa era “el general de los envenenadores del pueblo”, por lo que algo debía hacerse con sus mandos más cercanos, desde “ahorcar a los frailes con las tripas de los curas” –aconsejaba La traca de Valencia en 1931- hasta “poder comer cojones de obispo”. Tales deseos fueron cumplidos por los ejecutores del obispo de Barbastro en pleno verano del 36. Lo detuvieron y tras aplicarle el noble y garantista interrogatorio –ultrajado, golpeado, pisoteado, apaleado…–, le cortaron los testículos envolviéndolos en un ejemplar de Solidaridad Obrera que el experto castrador se guardó en el bolsillo, mientras uno de sus compañeros, con gracejo, bromeaba preguntándole: ¿no tenías ganas de comer cojones de obispo?. Éste les decía que “me lleváis a la gloria. Yo os perdono. En el cielo rogaré por vosotros”. Respuesta de los héroes: “Anda tocino date prisa”. Y como el maldito reaccionario respondía con provocaciones: “por más que me hagáis os he de perdonar”, uno de los anarquistas no tuvo más remedio que silenciarlo rompiéndole la boca con un ladrillo con palabras de consuelo: “Toma comunión”. Por fin lo fusilaron, lo desnudaron, le arrancaron los dientes de oro –los nazis no fueron los primeros- y lo abandonaron, pero no estaba muerto y alguien que oyó sus lamentos llamó a los héroes que lo remataron definitivamente. Parece ser que el dejarlo con vida no fue por error sino para que sufriera más. Epitafio de los seguidores de Bakunin que sonreiría satisfecho desde el infierno: “Ya tenemos al jefazo de los curas liquidado”.
Al obispo auxiliar de Tarragona se lo llevaron en un camión y el asunto fue sencillo porque iba solo; lo arrojaron al suelo, lo fusilaron y lo quemaron. Los campesinos que lo hallaron quemándose sobre un haz de sarmiento informaron que tenía un brazo cortado y los pies atados.
Finalmente el asesinato del obispo de Teruel, don Anselmo Polanco, demuestra la credibilidad de la teoría mantenida por las fuerzas de progreso de que la desintoxicación del opio se realizó sin programación por parte de las organizaciones que aportaron la mano de obra; cosa de espontáneos finalizada cuando la detectaron las autoridades. Continuó hasta el final de la guerra. A don Anselmo le tocó el turno con ésta a punto de finalizar, el 7 de febrero de 1939 en Gerona. Presidía la Generalidad uno de la Esquerra y el gobierno de España uno del PSOE.
Entre los seglares destaca el asesinato del gitano Ceferino, otro perverso potentado merecedor de depuración que, al enviudar, se entregó a ejercer la caridad e incurrió en grave delito: olía a cera –expresión que algunos milicianos usaban para amenazar a posibles infectados– por su asistencia a misa y, peor aún, gustaba de recibir la comunión; al detenerlo le hallaron en el bolsillo un rosario y uno de los captores le ofreció dejarlo libre si lo entregaba y dejaba de rezar. Su negativa a abjurar de tan tremenda culpa hizo inevitable el fusilamiento cuando contaba con 76 años de edad en agosto del 36. Fue beatificado en 1997; acto éste de las fuerzas del oscurantismo saludado como provocación por nuestros actuales memorialistas.
Incluye en su libro don Vicente Cárcel una estadística de los mártires según las regiones españolas que, en mi opinión, contradice lo defendido por los de la famosa memoria de que la persecución fue algo espontáneo, respuesta adecuada del pueblo a la maldad secular de la iglesia. Las dos regiones más masacradas fueron Valencia y Cataluña. Es decir donde se residenciaron desde el inicio de la contienda el gobierno y el jefe del estado, respectivamente, del Frente Popular. Alguna incoherencia se desprende de tal defensa el comprobar que allí donde se establecieron los más destacados poderes del garantista Frente, fuesen los lugares más castigados por los espontáneos, so pena de que les tuviese sin cuidado lo que sucedía ante sus narices, o que les gustase.
Y dentro de estas dos regiones la que se llevó la palma fue la más moderna y progresista de España: Cataluña. Javier Barraycoa en su libro Los des(controlados) de Companys, a partir de los datos de don Vicente, estima que el 35% del total del clero ajusticiado en España lo fue en su tierra. Pero, claro, es que allí además de habitar ese ejemplo de valentía – volveremos sobre esta característica que le adornaba- llamado Azaña, tenían al mando de la Generalidad a un locoide golpista de nombre Companys, de Esquerra Republicana. No crean que el calificativo con que me refiero al prócer separatista es mío. Prieto, que lo conoció y trató más que yo, se refirió a él de la siguiente manera en conversación con Azaña: “Companys está loco, pero loco de atar”. El que personajes como éste tengan en la actualidad calles y estadios a su nombre, ratifica la acertada afirmación de un colaborador de la revista Razón Española: “La llamada transición de la dictadura a la democracia también lo fue de un régimen que respetaba el ethos colectivo a una situación política empeñada en destruirlo”. Al loco de atar se deben perlas como su contestación a un periodista en agosto de 1936 sobre posibilitar de nuevo el culto: “¡Oh, este problema no se plantea siquiera, porque todas las iglesias han sido destruidas”. O como la manifestada con bromitas a sus colaboradores ante la quema de Iglesias: “¡Todavía arden las iglesias! ¡Ya me dijo Comorera que tenían mucha materia combustible” –más luminarias para alumbrar el pasado luminoso del doctor Pedro–. Comorera era un socialprogresista del PSUC. O como su respuesta entre carcajadas a la información de un socialista ilustre, Juan Simeón Vidarte, cuando le dijo que en el tren en que viajaban ambos había descubierto a un fraile escondido: “De esos ejemplares aquí no quedan”. Muchísimo gracejo.
Las soflamas personales y de los medios no se quedaban atrás. Radio Barcelona de 20 de julio del 36 emitía este mensaje: “Hay que destruir la Iglesia y todo lo que tenga rastro de ella. ¿Qué importa que las iglesias sean monumentos del arte? El buen miliciano no se detendrá ante ellos. Hay que destruir la Iglesia”. Otro ilustre progresista catalán aclaraba en agosto del 36, por si había alguna duda de la política seguida y a seguir, que “había muchos problemas en España… El problema de la Iglesia…Nosotros lo hemos resuelto totalmente, yendo a la raíz: hemos suprimido los sacerdotes, las iglesias y el culto”. El órgano del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), el diario Avant, tenía que demostrar todo cuanto llevaba dentro y, el 31 de julio, mandaba a sus muchachos el preceptivo mensaje: “Hay un tipo de terrorismo inevitable, necesario y fructífero para la causa de la revolución…Nosotros, marxistas revolucionarios, no somos enemigos del terror –recuerden: terror, un resorte básico del fascismo–, que es un instrumento de clase y una necesidad histórica. No podemos plantearnos este problema desde el punto de vista sentimental y abstracto, sino desde el punto de vista político y de acuerdo con la revolución”.
Debían conocer la doctrina de San Pablo de que “conviene que haya herejes para que aquellos que resistan queden más firmes en su fe”, y pensarían que para evitar futuros resistentes lo mejor era no dejar ni uno vivo. No tuvieron en cuenta, para su desgracia, que dentro del socialismo también había ortodoxia y herejías. La ortodoxia la dictaba el sector estalinista también partidario de que no quedase un solo hereje con vida, como le sucedió al líder de ese partido comunista cercano a Trotski, Andrés Nin: fue víctima de la justicia estalinista del PCE: lo despellejaron vivo. Con este ambientazo y con la impunidad de sentirse lejos del frente, no es de extrañar que la región batiese el record de asesinatos de religiosos, y gracias a que el norte catalán linda con Francia, muchos se salvaron cruzando la frontera. A todo esto, y lo que sigue, el consejero de gobernación de la Generalidad, de la ilustre ERC, escribía en el periódico de su formación que “las noticias que tengo de Cataluña son excelentes, hay tranquilidad absoluta”. Cuánta razón le asiste al golpista Junqueras cuando dice que Esquerra siempre ha sido un defensor de la democracia.
En Cataluña coincidieron un locoide al mando de la Generalidad y el jefe del Estado que se trasladó allí porque, según le telefoneó Largo Caballero a Companys el 18 de octubre de1936, “Azaña fijará su residencia en Barcelona porque su pesimismo y su pánico son tan grandes que pueden contagiar a todo el mundo”. Prieto, conocedor del personaje, se refirió a él como un “marica cobarde actuando como una puta histérica”, a quien, eso sí, hemos de agradecer la redacción de unas brillantes memorias. Con tales líderes en la región tampoco es extraño que en la zona la persecución religiosa, y civil, alcanzase cotas de cantidad y crueldad inimaginables. Se ha escrito y hablado mucho sobre las sacas de presos de Madrid en noviembre de 1936, pero realmente el llamado oasis catalán no tuvo nada que envidiar a Paracuellos. La muerte de la monja aserrada y echada a los cerdos sucedió esa región. La del arzobispo de Barbastro, fuera de Cataluña, la efectuaron milicianos de allí procedentes. Cita Barraycoa las palabras de un investigador de la persecución religiosa en su tierra, J. Albertí. “Antes de matarlos, a muchos les amputaban los brazos, les arrancaban los ojos, la lengua, los testículos…, y se los metían en la boca. ¡La muerte simbólica precedía a la literal! Hubo verdaderas cacerías del hombre por calles y campos, pero esto es ya materia de estudio para un antropólogo cultural”. Habrá observado el posible lector de la obsesión de aquellos progresistas por la castración; no cabe la menor duda que hubiera sido objeto de estudio antropológico… si la hubiesen practicado los nacionales. Pero la efectuaba el hombre nuevo, el necesario según Marx para instaurar la dictadura del proletariado. El asunto, objeto de estudio por otro catalán, C. Roig, citado por Barraycoa, mereció el siguiente comentario: “Hay varios elementos comunes, uno de los cuales es la crueldad acusada que se manifiesta contra sus víctimas. Son los casos de violación y asesinatos de monjas, o bien el hecho repetido de la castración de religiosos y la posterior introducción del miembro cortado en la boca, son macabros ejemplos rituales y casi litúrgicos cargados de simbolismo”.
Entre los visitantes de lujo que se personaron en la región durante aquella época figuran importantes literatos como Hemingway que, según las crónicas de Eric Nepomuceno, vivía con “una euforia y abundancia que traspasaba los límites de la decencia”, mientras en las calles se ajusticiaba a la canalla fascista, sin apreciar ningún motivo para novelar el asunto y los soldaditos caían en el frente. Digna de resaltar la preocupación de la progresía norteamericana, no solo nos visitó el famoso escritor, por el proletariado español cuando los negros carecían de derechos civiles en la patria de la libertad, tras haberse limitado a trabajar gratis durante décadas y décadas. Otro visitante famoso, George Orwel, uno más entre los que vinieron a modernizarnos, que salió vacunado de estalinismo sí contó algunos sucesos que observó de la persecución religiosa: “Algunos de los periódicos extranjeros antifascistas descendieron hasta la lamentable mentira de asegurar que las iglesias eran atacadas solo cuando se las usaba como fortalezas franquistas. En realidad las iglesias eran saqueadas en todas partes y como la cosa más natural del mundo.” Con razón, otro historiador inglés, Paul Johnson, muchos años después afirmó que posiblemente la guerra civil española es el acontecimiento de los años 30 del siglo XX sobre el que más mentiras se han contado. Y al visitar un pueblecito de Huesca añadía Orwel: “Todo estaba lleno de matas y hierbajos, además de huesos humanos esparcidos por el pueblo. Pero lo más sorprendente era la ausencia total de inscripciones en las tumbas, aunque todas ellas eran anteriores a la revolución…la mayoría de las inscripciones eran puramente profanas, y abundaban los ridículos versos dedicados a ensalzar las virtudes del difunto”.
Ofrece Barraycoa entre lo que denomina fauna y flora de los héroes que actuaron en su región varios ejemplos que constituyen una vergüenza para la humanidad, España y Cataluña en particular, cuyas andanzas relatamos en otro capítulo resumidamente; aquí solo mencionamos por su relación con la persecución religiosa la protagonizada por el conocido como el Cojo de la Calle Gurb aficionado a matar religiosos: un campesino de la zona enfermó y murió al poco incapaz de superar la escena protagonizada por el héroe: vio como le sacaba los ojos en vivo a un sacerdote.
Para que en Cataluña se asesinara en masa, véase la lista de 8.000 personas que incluye Barraycoa, por los (des)controlados de Companys, por cierto la mayoría de ellos con apellidos muy propios de la región, fue preciso la concurrencia en mi opinión de dos factores principales: de una parte la concurrencia de los líderes citados –Companys y Azaña– con todas y cada una de las organizaciones progresistas de la época: anarquistas, PSOE, PCE-PSUC, POUM y ERC todos juntitos y, de otro, la lejanía del frente que les transmitía seguridad para efectuar sus hazañas. Miren las palabras de Julián Gorkin, miembro del POUM de agosto de 1936, sobre el lugar adecuado de actuación: “Es necesario que los camaradas no abandonen la localidades para ir al frente”. La CNT mantenía la misma postura y acordó en un pleno de 17 de agosto que “interesa señalar que los camaradas, frenando sus ansias de lucha, no abandonen la lucha para ir al frente”. Como dice Barraycoa era prioritario para los audaces revolucionarios mantener a los descontrolados en la retaguardia y así conservar el poder adquirido desde el 19 de julio. A propósito de semejante estrategia recordemos que uno de los más famosos anarquistas de la época, Durruti, sí marchó al frente muriendo a consecuencia de un tiro en la espalda en noviembre sin que se aclarase de qué bando partió la bala. El citado Orwel dejó constancia de esto – de que cada uno iba por su cuenta-, cuando no se mataban entre sí como sucedió en mayo de 1937 en la región, y dejó escrito que: “Reconozco que, a primera vista, el estado de las cosas en el frente me dejó horrorizado. ¿Cómo demonios iba a ganarse una guerra con un ejército así?”.
Además de Durruti hubo más interesados en participar en el frente, incluso entre los nazionalistas catalanes. El ejemplo paradigmático del ardor guerrero en la zona democrática lo ilustra el intento de invasión de Baleares, región que se había adherido al bando nacional. Tan importante para el futuro de la contienda, según el parecer de los expertos, era impedir el traslado de las tropas de África mandadas por Franco a la península como conquistar Baleares y así dominar el Mediterráneo, por lo que el gobierno del Frente Popular diseñó una estrategia para invadir el archipiélago, pero –siempre hay un pero y en el caso no era pequeño– ese gobierno tenía unos socios de mucha alcurnia: los separatistas de la Generalidad que entonces, y ahora, sabían de cualquier asunto más que nadie. Esto manifestó al respecto un pata negra de ellos, Rovira i Virgili: “La expedición a Mallorca. Este título clásico en la historia de Cataluña vuelve a ser actualidad. Otra expedición a Mallorca sale de las costas catalanas ¿Qué catalán nacional no sentirá la emoción del nuevo acontecimiento? Que el mar y los vientos y el fuego sean propicios a los expedicionarios.” Poéticas palabras de Rovira que ya antes había soflamado que “Cataluña está a la cabeza no solo de la península –cuidado mencionar España–, sino del mundo”.
La conquista de las islas debía ser una exclusiva nazionalista y al mando colocaron al capitán Bayo, nacido en Cuba, con fuerzas abrumadoramente superiores a las de los nacionales que se habían apoderado de las islas. Tan superiores que Ibiza la tomaron fácilmente, pero tropezaron con una resistencia imposible de doblegar en Mallorca, a pesar de que como publicó el periódico de la Esquerra, La Humanitat, “Mallorca sufría la acción dolorosa y terrible de la gloriosa aviación republicana”. Los defensores de Companys atribuyen la derrota a que el gobierno central no les prestó las suficientes fuerzas, mientras Azaña comentó que: “Barcelona quiso conquistar las Baleares y Aragón, para formar con la gloria de la conquista, como si operase sobre territorio extranjero, la gran Cataluña”. De hecho al tomar Ibiza en el Bando publicado quedó claro que se hacía en nombre de la Generalidad. Tal vez si el jefe de la expedición la hubiese dirigido un catalán pura cepa y no un nacido en Cuba la historia habría sido diferente. Quién sabe.
A él se le debe, no obstante, la mejor y más certera glosa de la hazaña; en molde de oro debió inscribirse para la posteridad su comunicado final al ser rechazado por los nacionales, muy inferiores en número al de su tropa: “enemigo está quebrantadísimo y hundido, hasta tal punto que hemos podido reembarcar”. O sea como si, por ejemplo, Piqué el capitán del mes que un club, tras del 2-8 que le endosó el Bayern en copa de Europa declarase que los alemanes estaban hechos polvo hasta el punto de que nos hemos podido duchar. Eran así o cree usted que la partida de rufianes actuales han surgido por generación espontánea. En definitiva que un detalle tan insignificante como que el Mediterráneo quedara en poder de los nacionales, a pesar de que su flota era muy inferior a la suya, se debió en gran parte gracias a la alianza del gobierno con los separatistas, bien por la aludida falta de apoyo del gobierno, bien por el ansia de notoriedad de los predecesores de los actuales rufianes que confiaron la misión a un estratega, Bayo, que logró reembarcar. Pero no espere que asuman la responsabilidad adquirida por asociarse con semejante escoria; es mucho más progresista atribuirla a la ayuda exterior recibida por los nacionales y a la traición de las democracias cometida con ellos, con su ejemplar democracia. Las democracias traidoras tenían embajadas en España que informaban a sus gobiernos de las heroicidades que cometían los traicionados. (Continua en: «El Holocausto religioso en España 2ª Parte»)
