En el libro de Álvarez y Villa figuran con detalle la distribución de cada partido integrante del Frente Popular para su participación en las elecciones a celebrar en febrero que, resumidamente, fue esta:
Por parte del llamado bloque republicano figuraron 192 candidatos, de los cuales 103 eran de Izquierda Republicana, 50 de Unión Republicana, 34 de Republicanos Regionales y 5 Otros Republicanos. Dentro de los Regionales se integraron 23 de Esquerra Republicana; se aprecia que el atractivo que ejercen los separatistas sobre las fuerzas progresistas no es nuevo; continua actualmente a pesar de la experiencia obtenida en aquellos años, y ahora.
Por su parte los partidos obreristas presentaron 155 candidatos, de los que 124 eran del PSOE, 21 del PCE, y 10 de Otros Obreristas en el que figuraba uno del POUM en Barcelona capital.
En Cataluña el PSOE, a título de curiosidad, solo tenía un candidato que se presentaba por la provincia de Tarragona y es que, señalan Álvarez y Villa, en aquella región los del PSOE clamaban contra la sorda hostilidad que les profesaban las fuerzas obreras catalanistas porque “les atribuían un españolismo que los socialistas negaban sentir. Estos (los del PSOE) afirmaban que la ‘E’ de español tenía solo un ‘mero valor geográfico’”; es decir que el complejo actual viene de lejos. No es de extrañar que fuese un ministro socialista, Bono, el que retirase la leyenda “A España servir hasta morir” incrustada con piedras blancas en el monte Costampla de Lérida, para satisfacción de sus socios separatistas catalanes. Comprensible que allí no exista el PSOE sino el PSC.
Traducido a porcentajes el Bloque Republicano tenía el 55,3% y los partidos obreristas el 44,7% de los candidatos. Así las cosas era bastante obvio que si ganaban las elecciones el posible gobierno carecería de la necesaria homogeneidad, de tal manera señalan Álvarez y Villa que “no es inverosímil que Azaña, en conversación con Osorio dos días antes de las elecciones repitiera lo que había confesado a su cuñado: con toda el alma a él le gustaría obtener una votación lucidísima, pero no ganar las elecciones de ninguna manera. De todas las soluciones que se pueden esperar, la del triunfo es la más me aterra”. Es decir que me alío con unas gentes que son de tal pelaje que, por favor, no ganemos las elecciones porque será un desastre; desgraciadamente lo fue. Vamos mejorando porque nuestro presidente actual, el Dr. Sánchez, no vivió aterrorizado sino solo con síntomas de insomnio ante un posible pacto con los comunistas solucionado como todos sabemos: con los gastos de otra nueva campaña electoral. Nos costaron caras las grageas. Reconozcamos su efectividad.
El clima en el que se iban a desarrollar los comicios el 16 de febrero de 1936 no era, ciertamente, tranquilizador. Para muestra el texto de El Socialista de enero de ese año: “Estamos, efectivamente, en guerra civil. Mejor dicho: en guerra de la civilidad contra la mentecatez y la brutalidad más o menos católicas y tradicionales que las derechas encarnan a maravilla. Guerra civil y sin tregua…Una historia dilatadísima prueba hasta la saciedad que a las derechas españolas solo a palos se les puede hacer entrar en razón”. El texto transcrito es solo una muestra, no la más radical, del discurso que emanaba de las fuerzas democráticas de progreso de entonces. En los mítines el tono y fondo era mucho más elevado.
Siempre se discutirá si fue o no evitable la guerra que estalló meses después, pero el ambiente, el caldo de cultivo, era el ideal para que se produjese. Se han emitido variados pareceres. El de Madariaga de que la guerra dentro del PSOE la hizo inevitable. Los comunistas que “sin el Frente Popular no la habría habido”. Sánchez-Albornoz en esa demoledora frase de sus memorias, citada en otro lugar, en la que atribuyó a la instauración de la República una causa importante. El asesinato de Calvo Sotelo como detonante último, etc. Por su parte los marxistas defienden, y han conseguido que la inmensa mayoría de la gente comulgue con ellos, que las guerras vienen determinadas por factores económicos.
El autor de uno de los más influyentes tratados sobre la guerra, Q. Wright en su A Study of War, resumía que “el estudio de la influencia directa e indirecta de los factores económicos sobre el origen de la guerra indica que estos han sido mucho menos importantes que las ambiciones políticas, las convicciones ideológicas, los cambios tecnológicos, las reivindicaciones jurídicas, los complejos psicológicos irracionales, la ignorancia y la falta de buena voluntad para mantener condiciones de paz en un mundo en constante cambio”. Pero si el autor referido aludía a esos otros muchos factores que posibilitan las guerras, otro pensador del pasado siglo, el historiador y sociólogo elaborador de una original filosofía de la historia, el ruso Sorokin, en su extraordinaria obra Sociedad, Cultura y Personalidad, mantiene que para que una sociedad o sociedades se aboquen a una guerra se debe a la existencia de un factor principal complementado por otros factores suplementarios. El factor principal es la ausencia de “un sistema de valores básicos bien integrados, con sus correspondientes normas puestas ostensiblemente en práctica…Los valores tienen que basarse en el principio de la Regla de Oro y no en la del odio”. Se refería a los valores básicos y no a los valores menores dominantes en esas sociedades. Los valores suplementarios según Sorokin son numerosos y cambiantes: “la extrema pobreza por un lado y la riqueza de una fracción de la sociedad; la imposibilidad de satisfacción de las necesidades biológicas básicas; los inventos tecnológicos que terminan en una transformación rápida de los valores de las sociedades; las ideologías y creencias que propagan el evangelio de la superioridad-inferioridad, del odio; el estado de desintegración de la familia, etc.” Sorokin no era intelectualmente un cualquiera; su obra según los expertos es de la misma importancia que la de Spengler, Toynbee o Pareto, y desde luego conoció de primera mano el porqué de, por lo menos, un par de guerras importantes: la primera mundial y la civil de Rusia; la intrahistoria de ésta última a la perfección por su condición de secretario personal de Kerenski. Hubo de huir en 1922 de la URSS por su oposición a la dictadura bolchevique estableciéndose en la Universidad de Harvard, a la cual situó como uno de los principales centros mundiales de estudio de sociología. Pensador realista pronosticó al finalizar la II Guerra Mundial las principales tendencias de la sociedad moderna: la concentración de poder en manos irresponsables y la creciente anarquía de las normas sexuales, típicas las dos de la fase de decadencia de las civilizaciones o sistemas. En mi opinión las dos tendencias se han convertido, desgraciadamente, en realidad. Los irresponsables dirán que de desgracia nada.
Yo comulgo con la teoría de Sorokin sobre el porqué de las guerras. Es fundamental que la regla de oro de la convivencia –la que se deriva de los diez mandamientos– sea sustituida por la del odio. Hay pues una causa fundamental y otras que actúan como factores suplementarios de la primera, aplicable a múltiples aspectos de la vida, no solo a las guerras. Por ejemplo, si a un líder político se le susurra que podría ser rentable electoralmente profanar una tumba para mantenerse en el poder, lo fundamental, si accede a hacerlo no son las posibles ventajas electorales; estos son los motivos accesorios; lo fundamental es la moralidad o inmoralidad del personaje. Estos personajes, los del todo vale, son los que justifican el grito del doctor Stockman citado en otro capítulo, sobre el sufragio universal como el enemigo más peligroso de la razón y de la libertad de un pueblo.
La bondad de la tesis de Sorokin sobre las causas de las guerras podemos verificarla analizando nuestra historia reciente; en concreto con lo sucedido en las vascongadas y en la región catalana. Tanto en una como en otra región el clima de odio inculcado en la población es el que hace imposible la convivencia normal; en modo alguno es debido a factores económicos –son las regiones más ricas–. Por supuesto aluden o se apoyan en cuestiones suplementarias: raza superior con Rh negativo, descendientes directos de Noé, España nos roba, etc. Esto eructaba el cafre de Sabino Arana, fundador y maestro del nazionalismo vasco, que tiene calles a su nombre en vascongadas, es decir con innumerables seguidores: “Si a esta nación latina la viésemos despedazada por una conflagración intestina o una guerra internacional, nosotros lo celebraríamos con fruición y verdadero júbilo”. Y esto el moisés del separatismo catalán, Prat de la Riva: “Había que acabar de una vez con esa bifurcación monstruosa de nuestra alma, había que saber que éramos catalanes y nada más que catalanes. Esta obra, esta segunda fase del proceso de nacionalización catalana, no la hizo el amor como la primera, sino el odio”.
Pues con ese ideal ambiente de cordialidad, retornando al año 36, se iban a celebrar las elecciones del 16 de febrero. Las derechas recordaban que en los sucesos golpistas de 1934 se habían asesinado a 40 religiosos con más de medio centenar de iglesias incendiadas. Y en las elecciones previas, las celebradas en 1933, hubo los suficientes episodios violentos como para alcanzar un resultado de 85 víctimas entre muertos y heridos.
Dado que el caldo de cultivo de 1936 estaba aún más enrarecido que en las elecciones anteriores lo normal, a pesar de las medidas adoptadas por el Gobierno, es que los incidentes violentos fuesen numerosos. Destaquemos algunos datos ofrecidos por los autores que nos sirven de guía. Pronto, el 12 de enero, fue asesinado un joven en un pueblo de Guadalajara (Auñón). Desde la disolución de las Cortes para convocar elecciones y el 16 de febrero el número de víctimas mortales llegó a 41; solo había transcurrido un mes y medio entre ambas fechas. Y el número pudo ser bastante mayor porque los heridos fueron ochenta. A destacar que de esos 41 fallecidos al día de las elecciones corresponden 10. Los actos violentos alcanzaron el medio millar. Por supuesto los ataques a la Iglesia no podían faltar y, entre el 1 y el 16 de febrero, hubo una decena de ellos con incendios o destrozos de los templos.
El resumen que hacen los autores de referencia es que la violencia fue elevada pero no generalizada, y que seguramente no fue mayor debido a las medidas preventivas adoptadas por el Gobierno. Cientos de actos electorales pudieron desarrollarse sin incidentes pero, señalan, es cierto que la violencia fue “mucho más relevante y menos esporádica de lo que los estudios disponibles señalaban hasta ahora”.
