El sistema, distinto del actual, descrito incluso con ejemplos en el libro de Álvarez y Villa favorecía las grandes coaliciones. La circunscripción electoral era la provincia; la única Cámara era el Congreso de los Diputados –se ahorraron el gasto de un Senado–; cada provincia tenía asignado un escaño por cada 50.000 habitantes y si había un resto superior a 30.000 se le concedía otro escaño. Las ciudades de más de 150.000 habitantes –ocho en 1936– tenían sus propios diputados independientemente del resto de la provincia. En total el número de escaños era de 473.
Las listas no eran cerradas sino que cada votante podía escoger los candidatos que prefiriese, si bien el número de votos a emitir era el determinado previamente, siempre inferior al de candidatos. Por ejemplo si a una circunscripción le correspondían 20 diputados el elector solo podía escoger 16, si 19 solo 15 y así sucesivamente.
Una vez realizado el escrutinio se debían cumplir determinadas reglas para poder ser declarado diputado. El candidato debía alcanzar un mínimo del 20% de los votos emitidos y al menos uno de ellos, de los candidatos, el 40%. Pero si este requisito se cumplía y no todos los candidatos habían logrado el mínimo antes señalado del 20% estos escaños se debían dilucidar en una segunda vuelta a la que solamente concurrirían los que hubiesen obtenido más del 8% de los votos.
El sistema disponía que la candidatura ganadora, aunque fuese por un solo voto, se llevaría entre el 67 y el 80% de los escaños. Y como indican los autores de continua referencia “como las circunscripciones no tenían un mismo número de escaños el triunfo tenía efectos muy desiguales en cada una”. A título de ejemplo: la candidatura que ganase Barcelona capital se llevaba 16 diputados y la siguiente solo 4; en Madrid capital la proporción era de 13 a 4; en Salamanca 5 a 2; en Cuenca 4 a 2, etc. Es decir, nos informan los autores, que la victoria en Barcelona valía cuatro veces más que la de Salamanca y seis veces que la de Cuenca.
