“Pude ver el espectáculo de un ministro rodeado de funcionarios (…) y otras gentes, en una lucha angustiosa contra el tiempo, deshaciendo relojes y echando a un lado las tapas de oro o plata y la maquinaria al suelo; destripando alhajas de toda clase; metiendo en maletas y cajas, empaquetando, ocupándose él mismo de todo, dando voces, presa del mayor histerismo”.
-José María Rancaño-
Con el asunto del Prado, el milagro se produjo y las obras de arte sobrevivieron (con desperfectos reparables, pero sobrevivieron). Sin embargo, con los bienes artísticos robados y trasladados en el Vita no ocurrió lo mismo, pues desaparecieron para siempre.
El Vita era un yate de lujo que, a finales de la guerra de España, fue utilizado para trasladar una ingente cantidad de bienes públicos que los dirigentes republicanos, encabezados por Juan Negrín y Francisco Méndez Aspe, sacaron de España y posteriormente enviaron a Méjico.
En realidad, el episodio del Vita es el corolario del robo de las monedas de oro del Museo Arqueológico, y no se puede desligar un suceso del otro. Aunque por cuestiones explicativas se separen ambos asuntos, su naturaleza está íntimamente relacionada como la parte con el todo.
Porque el robo de las monedas del Gabinete Numismático constituyó un robo del Gobierno a los bienes comunes del Estado. Pero en las bodegas del Vita se acumularon no solo estas, sino también las colecciones numismáticas de la Casa de la Moneda de Madrid; parte de los tesoros de las catedrales de Toledo y Tortosa; del Palacio Real de Madrid; una parte del tesoro de guerra de la Generalidad de Cataluña entregado al Gobierno de Negrín a finales de enero de 1939; objetos procedentes de las cajas de seguridad del Banco de España en sus sedes de Madrid y Barcelona, así como joyas procedentes de los depósitos de los Montes de Piedad de Madrid, Barcelona y Valencia. Es decir: dinero, joyas, lingotes y otros bienes incautados por la República a través de sus expolios y requisas. De sus robos, en definitiva. Un saqueo efectuado a los particulares, sin distinción entre ricos y pobres, o entre rojos y azules, para beneficio exclusivo de los dirigentes del Partido Socialista.
Pero intentemos explicarnos desde el principio…
Todo comenzó cuando el Gobierno creó, mediante una orden ministerial del 23 de septiembre, la oficialmente llamada: “Caja General de Reparaciones de Daños y Perjuicios de la Guerra”. Se trataba de un organismo oficial dependiente del Ministerio de Hacienda, cuyo único director fue Amaro del Rosal, dirigente de la Unión General de Trabajadores y próximo al PCE. *Más adelante, de sus memorias se extraerá la información que permitirá una aproximación al conocimiento real de los bienes robados a la nación y trasladados a Méjico en el barco Vita.
En su artículo 1º, el texto de la orden ministerial decía lo siguiente: «(…) Se crea una Caja General de Reparaciones de daños derivados de la guerra civil, con cargo a la responsabilidad civil de los que han tenido participación directa o indirecta en el movimiento rebelde. Con cargo a esta Caja de Reparaciones se satisfarán los auxilios y se otorgarán los créditos necesarios para la reparación de los daños causados por la rebelión…». Es decir, se habilitaba legalmente a las fuerzas gubernamentales y a las milicias populares, para el expolio indiscriminado de cualquier ciudadano con el simple criterio de considerarlo desafecto. Un ejemplo de limpieza democrática…
Además, en sus consideraciones argumentativas añadía lo siguiente:
“No es verosímil que basten para enjugar el cuantioso quebranto material que ha de soportar nuestro país, los bienes de los criminalmente responsables del movimiento sedicioso que ha atacado la legalidad constituida de nuestro pueblo. Pero, sin embargo, es bien justo que ellos sean los primeros en soportar el quebranto”.
Pura carta blanca para el expolio.
La Caja se encargó, por tanto, de centralizar las requisas y la gestión de los patrimonios incautados, tarea que realizó con notable secretismo. A lo largo de la Guerra Civil, la Caja acumuló una inmensa cantidad de bienes, gran parte de ellos sin respaldo legal al ser producto de simples requisas practicadas en casas privadas o de expolios ejecutados por particulares. El hecho cierto, es que la cantidad de bienes muebles incautados por la Caja jamás fue contabilizada con rigor, ni tasada adecuadamente, hasta el extremo de que el destino de muchos de ellos, como veremos, resultó completamente incierto tras el fin de la guerra.
Los bienes inmuebles incautados por la Caja consistieron principalmente en fincas, casas o palacios, utilizados casi de inmediato para fines militares, mientras la situación bélica no permitía otro empleo. Respecto de los bienes muebles la mayoría estaban constituidos por obras de arte de colecciones privadas, vehículos de lujo, y sobre todo gran cantidad de joyas en metal precioso. Luego estos bienes fueron trasladados masivamente al Castillo de Figueras, que por su cercanía a la frontera francesa permitía la venta de dichos bienes suntuarios a cambio de divisas extranjeras, comerciando tales artículos en Francia o Suiza.
Al avanzar la guerra y hacerse insostenible la situación de la República, tras la Batalla del Ebro, la Caja General de Reparaciones trasladó la mayor parte de los bienes incautados hacia Francia, donde pasó a integrar el llamado “Tesoro del yate Vita”. Otra gran parte de esos bienes fue capturada por las tropas nacionales en el Castillo de Figueras y devuelta a sus legítimos propietarios.
El latrocinio se aceleró cuando, en noviembre de 1936, las tropas nacionales se acercaban a Madrid. Como ya hemos visto, su proximidad y la aparente derrota republicana parecieron justificar cualquier desmán. Desde el asesinato masivo de seres humanos, al robo indiscriminado de los bienes particulares o al expolio del patrimonio artístico-cultural de la nación.
Así, la noche del 6 de noviembre de 1936, al día siguiente de la comunicación oficial a su subdirector del traslado de los cuadros del Prado (y casi al mismo tiempo del comienzo de los crímenes de Paracuellos), Francisco Méndez Aspe, director general del Tesoro y mano derecha de Negrín, se presentó en el Banco de España con el objeto de incautarse del contenido de las cajas de seguridad de alquiler del Banco. Estaba acompañado por el capitán de Carabineros Julio Masegosa, miembro del PSOE y también persona de confianza de Negrín. Junto a ellos iban unos 50 metalúrgicos y cerrajeros que, ante la dificultad para hacerse de forma inmediata con las llaves de las cajas, procedieron a descerrajarlas. 3.959 cajas de seguridad privadas fueron violentadas, haciéndose con su contenido de oro, alhajas y valores. Más tarde, fueron reventados 2.236 depósitos de alhajas, que sufrieron igual suerte. Según el Banco de España, el valor declarado alcanzaría más de 15.000.000 de pesetas de la época, pero su valor real sería unas diez veces superior, porque este era exclusivamente el valor del seguro contratado. La «convalidación legal» de este asalto a la propiedad privada se efectuó mediante un decreto gubernamental de fecha 3 de octubre:
“Artículo 1: En el plazo de siete días, toda persona española, individual o colectiva, entregará al Banco de España (…) oro amonedado o en pasta, así como las divisas y valores extranjeros de toda clase (…) bien de su propiedad o en custodia (…) Los contraventores de la presente disposición serán considerados como enemigos del régimen a todos los efectos (…) Madrid 3.10.36. Manuel Azaña”. Martín Almagro-Gorbea. El expolio de las monedas de oro del Museo Arqueológico Nacional en la II República española. Publicado en el Boletín de la Real Academia de la Historia CCV,1, 2008: 1-72.
Meses más tarde le llegó el turno a las cajas de seguridad de la banca privada, que fueron igualmente desvalijadas. Para ello se amplió el decreto gubernamental mediante los decretos de fecha 6 y 18 de agosto de 1937, por los que el Gobierno permitiría el asalto a las cajas de seguridad de los bancos privados. Y, de hecho, en abril de ese año el comandante de Carabineros Ciriaco López, mediante la fuerza armada, se encargaría de apoderarse del contenido de las más de cinco mil cajas de estas entidades, llevándose una enorme cantidad de joyas, alhajas y objetos de valor de muy difícil, por no decir imposible, cuantificación.
Entre ellas, como ya he referido anteriormente, los bienes personales, las memorias, y otros documentos de relevancia histórica del ex-presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora. De hecho, su expolio impidió el estudio detallado de aquellos terribles días. La izquierda cómplice fue la primera interesada en mantener el ocultamiento sobre lo ocurrido.
Por esas mismas fechas desaparecieron tesoros de la catedral de Toledo, de la Capilla Real de Madrid, de la catedral de Tortosa, las joyas de la Infanta Eulalia de Borbón heredadas de la reina Isabel II, la corona de los Zares de Rusia en colecciones particulares y otras joyas del marqués de Zahara. Ibíd.
Aunque, con diferencia, la mayor vileza fue la cometida mediante el expolio de los depósitos existentes en el Monte de Piedad de Madrid. De allí se robaron alfileres, pendientes, sortijas, pulseras, cadenas, relojes y muchas otras preciadas pertenencias de gente del pueblo, que habían sido empeñadas por 30.320 personas, como garantía de devolución de un préstamo en metálico. Hay que tener en cuenta que los dueños de aquellas piezas robadas por las autoridades republicanas eran gentes humildes que, a fin de remediar sus perentorias necesidades, acudían al Monte de Piedad para recibir un préstamo de esta entidad benéfica garantizado por el depósito de sus objetos empeñados.
El cinismo con que se avaló legalmente este expolio es realmente vomitivo y demuestra con claridad meridiana la profundidad de la fosa séptica en que chapoteaban los jefes del Frente Popular republicano. La orden ministerial del 23 de marzo de 1938 decía así:
“Con el fin de salvaguardar los intereses de los titulares de cajas y depósitos de toda la banca acreditada en el territorio leal al Gobierno de la República, procede que unos y otros pasen inmediatamente al Estado, para que el ministro de Economía adopte las precauciones indispensables que garanticen en todo momento la integridad del contenido de dichas cajas y depósitos”. Ibíd.
Es difícil imaginar mayor cinismo de un Gobierno hacia su población.
El comunista José María Rancaño, que tuvo una activa participación como colaborador de Méndez Aspe en el saqueo de todos aquellos bienes, en un informe interno dirigido al comité central del partido en 1956, testifica con sus propias palabras toda esta miserable actuación de las autoridades republicanas y frente populistas con las casas de empeño y el Monte de Piedad:
“Entre estas alhajas estaban las alianzas de boda de centenares de gentes modestas, leales, además, a la República, y los recuerdos familiares de cientos de familias sacados de los Montes de Piedad, donde estaban empeñados. Primero salió la disposición -decreto o lo que fuera- ordenando la entrega de las alhajas (…) en los bancos (…) Después se bloquearon las cajas de alquiler y los depósitos de los bancos, así como las existencias de los Montes de Piedad (…) y en los primeros días de noviembre se procedió a abrir con soplete las cajas de alquiler (…)”. Pío Moa. 2006, p.464. Tomado de Martín Almagro-Gorbea. El expolio de las monedas de oro del Museo Arqueológico Nacional en la II República española. Publicado en el Boletín de la Real Academia de la Historia CCV,1, 2008: 1-72.
Ciertamente, el modus operandi fue el mismo ya conocido hasta entonces. Es decir, la apertura de las cajas, forzándolas en ausencia de sus propietarios legítimos. Una ilegalidad efectuada con premeditación, alevosía y abuso de autoridad (los elementos característicos del robo), seguida de la ausencia de inventario y de registro exhaustivo de los bienes incautados en las múltiples cajas saqueadas, lo que impediría conocer al dueño de las pertenencias y lógicamente su posterior reintegro. Tal comportamiento demuestra por sí mismo la ausencia de voluntad de devolución, al contrario de lo que el decreto justificativo cínicamente expone.
El jefe militar republicano, Enrique Líster, un comunista respetado por toda la izquierda y uno de los artífices de la eficacia militar de algunas unidades del ejército popular de la República, escribe al respecto en sus memorias: “Alhajas y baratijas de toda clase. Además del oro y la plata y de los valores extranjeros o de cotización en las Bolsas extranjeras. Se trata de las alhajas procedentes de incautaciones.
Esta es, sin duda, la parte más negra de la historia, pues si el oro, la plata y los valores pertenecían, en su mayor parte, casi totalmente, si no en absoluto, a los grandes bancos y a los grandes capitalistas y terratenientes, autores o cómplices del levantamiento, en esto de las alhajas -alhajas y no alhajas, pues con las prisas y el barullo se arrampló con todo- la cosa era muy diferente y, al no haber sido utilizadas en la guerra misma, para las necesidades de armas o alimentos, su “utilización” posterior por Negrín, mejor dicho, por Prieto, que resultó el verdadero y único beneficiario de la operación, clama al cielo; pues entre esas “alhajas” estaban las alianzas de boda de centenares de gentes modestas, y los recuerdos familiares de cientos de familias, tan modestas que esos recuerdos se sacaron de los Montes de Piedad, donde estaban empeñados”. Enrique Líster. Memorias. 1977. Págs. 416-417 y 428. Tomado de Martín Almagro-Gorbea El expolio de las monedas de oro del Museo Arqueológico Nacional en la II República española. Publicado en el Boletín de la Real Academia de la Historia CCV,1, 2008: 1-72.
Por orden ministerial del 20 de mayo de 1938, la imaginativa acción delictiva del Gobierno del Frente Popular promulgó la creación de las secretas “Actas de la Comisión Especial de Hacienda” (ampliadas por nueva orden del 19 de noviembre de 1938), formadas para las “operaciones de recepción, custodia, transformación y venta de metales y piedras preciosas, joyas, valores u otros efectos”. Al frente de las mismas estaba Marcelino Pascua Martínez, embajador en París. En ellas se refleja la venta de numerosas monedas y efectos procedentes de la evacuación del frente del norte, así como el oro contenido en monedas defectuosas y de los fundidos de las alhajas, además de piedras preciosas y otros objetos de valor de discutible procedencia. Actas: Nº 20, de 16.7.1938 y Nº 23 de 18.7.1938. Tomado de Martín Almagro-Gorbea. El expolio de las monedas de oro del Museo Arqueológico Nacional en la II República española. Publicado en el Boletín de la Real Academia de la Historia CCV,1, 2008: 1-72). A su vez de: Viñas, 1983. Olaya, 2003 y Miralles, 2006.
Semejante actuación permitiría hacer a Negrín el presuntuoso comentario, que consta en la carta que le envió a Indalecio Prieto el 23 de junio de 1939, una vez perdida la guerra, con el fin de acceder a todos estos bienes robados a la nación y a sus ciudadanos que los dirigentes republicanos habían sacado al extranjero:
“Nunca se ha visto que un Gobierno o su residuo, después de una derrota, facilite a sus partidarios, como lo hacemos, medios y ayuda que ningún Estado otorga a sus ciudadanos después de una victoria”. Memorias de Indalecio Prieto. 1990. Pág. 60.
Comentario que una vez más viene a demostrar la ausencia de voluntad inicial para devolver lo expoliado a sus legítimos propietarios, y por supuesto de la de protegerlo de cualquier riesgo de reclamación.
Por si fuesen pocas las evidencias que demuestran indiscutiblemente el saqueo de “una ingente suma de obras de arte, joyas, metales preciosos y valores diversos, mediante la requisa y el pillaje de templos y de bienes privados”, Pío Moa. 2006. Pág. 463. existe otro testimonio esclarecedor de las intenciones de aquellos delincuentes disfrazados de políticos. Se trata del comentario de Cipriano Rivas Cherif, cuñado de Manuel Azaña, efectuado en su biografía sobre este, cuando refiere cómo en febrero de 1939, con Azaña ya a resguardo en Francia, el ministro de Hacienda, Méndez Aspe, “se presentó con la pretensión de que el presidente le firmara dos decretos: el uno, enajenando todos los bienes muebles e inmuebles del Estado español en el extranjero a una sociedad anónima…”. Cipriano Rivas Cherif, 1981. Pág. 431. Entre estos bienes se encontraban los mejores cuadros del Museo del Prado y otros importantes tesoros del Patrimonio Artístico de España.
Según Rivas Cherif, Azaña se negó a firmar el decreto porque: “le repugnaba profundamente el aparecer a última hora como salteador”. Ibíd.
Tanto es así, que el propio Azaña escribe en sus memorias, apesadumbrado por semejante latrocinio:
«(…) El abandono de Madrid fue tan precipitado que, al posesionarse de cierto Ministerio, un miembro de la Junta halló un caja llena de brillantes, producto de registros, incautaciones y secuestros. Nadie la custodiaba. No había inventario, ni cuenta alguna. Hubieran podido cogerse los brillantes a puñados, dice Miaja. En otra habitación, un gran número de objetos de oro y plata, en igual situación. Todo lo entregaron a la Dirección General de Seguridad (…)». Manuel Azaña, Memorias políticas y de guerra, pág. 369.
Parte del impresionante tesoro de nuestro patrimonio (sacado de España en malas condiciones, aunque, tan paradójica como cínicamente, con el pretexto de su seguridad) se pudo recuperar al acabar la Guerra Civil. Pero la propuesta de un decreto presentada a Azaña por Méndez Aspe no deja lugar a dudas de que la intención de los gobernantes de la República era la de hacerse con el control, mediante un barniz legal, de aquellos bienes expoliados a través del uso tiránico de su autoridad.
Porque todo aquel conjunto de bienes artísticos, o simplemente monetarios, acabaron acompañando a los cuadros del Prado en su singular odisea por las tortuosas carreteras de la costa mediterránea desde Valencia a Cataluña. Más de 2.000 cajones con todo lo saqueado en los Montes de Piedad y en las cajas de seguridad de los bancos españoles acabaron en el castillo de Figueras, al lado de las obras del Prado y del Monasterio de El Escorial, flanqueados por grandes cantidades de explosivos y armamento.
Un episodio que rememora los episodios nacionales de Pérez Galdós, en concreto El equipaje del rey José, con su gran caravana de carromatos llenos de bienes robados a la nación española, atravesando la meseta castellana camino de Francia. No existe analogía más evocadora.
Pero debemos regresar de nuevo al castillo de Figueras, en plena desbandada republicana. Un castillo con sus sótanos convertidos en la cueva de Alí Babá, repletos de las obras de arte del Museo del Prado; de El Escorial; de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando; de tapices de las colecciones reales o códices bibliográficos de gran valor; de las famosas monedas del Gabinete Numismático, robadas como bien sabemos, junto con las también expoliadas de la Casa de la Moneda; con unos sótanos repletos de infinidad de valiosos objetos de todo tipo, desvalijados tras reventar las cajas de seguridad del Banco de España en sus diversas sedes; de los bienes empeñados en los Montes de Piedad de las instituciones de préstamos. De objetos artísticos religiosos rapiñados del Tesoro Catedralicio de los templos de Toledo y Tortosa (entre ellos los mantos y las dos coronas de la Virgen del Sagrario). Objetos artísticos y de culto que pertenecieron al Papa Luna; o el joyero de la Capilla Real, o el célebre relicario del Clavo de Cristo. Hasta un extraordinario ejemplar de El Quijote editado en hojas de corcho. Y por supuesto, el fruto de la rapiña en domicilios particulares saqueados por los energúmenos de las checas y las diversas milicias populares.
Todo ello junto con casi cien cajas que contenían los lingotes de oro del Banco de España “desaparecidos” durante el gran traslado a Moscú (como algún lector recordará, existía un “desfase” entre lo consignado por el agente soviético Orlov, 7.900 cajas, y las 7.800 que recuenta Méndez Aspe, el por entonces secretario del Tesoro. Es decir 100 cajas que se habían evaporado misteriosamente). Dinero y bienes, en suma, que pertenecían a los ciudadanos españoles, cuyos domicilios fueron saqueados en muchos casos por los asesinos de las checas y que el Gobierno republicano intentaba “proteger” fuera de España.
Allí, en una patética lucha contra el tiempo, podemos imaginar a todo un ministro de Hacienda como Méndez Aspe, convertido en un simple rufián entregado a una miserable labor de selección y reparto de los objetos más valiosos que serán trasladados al barco Vita, para sacarlos definitivamente del alcance de sus propietarios y del nuevo Gobierno español.
El testimonio de su ayudante, José María Rancaño, testigo directo de los hechos, es demoledor y nos permite hacernos una idea precisa de lo sucedido en aquellas últimas horas del Gobierno republicano a punto de cruzar la frontera francesa:
“Pude ver el espectáculo de un ministro (Méndez Aspe) rodeado de funcionarios (…) y otras gentes, en una lucha angustiosa contra el tiempo, deshaciendo relojes y echando a un lado las tapas de oro o plata y la maquinaria al suelo; destripando alhajas de toda clase; metiendo en maletas y cajas, empaquetando, ocupándose él mismo de todo, dando voces, presa del mayor histerismo”. Pío Moa. 2006, p.464. Tomado de Martín Almagro-Gorbea. El expolio de las monedas de oro del Museo Arqueológico Nacional en la II República Española. Publicado en el Boletín de la Real Academia de la Historia CCV,1, 2008: 1-72.
Una escena corroborada por Enrique Líster, que vio cómo había quedado el lugar tras su abandono por los dirigentes republicanos, y que sería el encargado de dinamitar y hacer volar el recinto tras su abandono final:
“Allí no quedaban más que las tripas de unos cientos de relojes (…) metales retorcidos por los alicates o cortados por la sierra del joyero y que la prueba realizada había clasificado como chatarra más o menos dorada (…) También estaban allí 17 o 18 cajas que componían el depósito cerrado de los condes de Heredia Spínola en el Banco de España, cajas que conocía yo muy bien (…) porque tuve que defenderlas contra la insensatez de unos intelectuales que pretendían que se las entregáramos en Madrid, cuando yo ejercía el control del ministro en el Banco, argumentando que (…) había en aquellas cajas autógrafos valorados en millones de libras esterlinas -del Gran Capitán y de no sé quién más-, que fue justamente la razón por la que no se las entregamos. El equipaje que arrastraba el ministro desde Madrid, enriquecido a su paso por las distintas provincias de España, incluía otros objetos de valor, como colecciones filatélicas raras”. Enrique Líster. Memorias. 1977. Pág. 416.
La triste historia del castillo de Figueras terminó como la de cualquier guarida de una banda de criminales tras sus fechorías. Eliminando pruebas y destruyendo el lugar del crimen para que nadie pudiera investigar sobre él. Así pues, el destino final de su último refugio antes de pasar al dorado exilio preparado con tanta antelación, merced a los bienes robados, fue el de su dinamitado. Trabajo encomendado a los hombres del regimiento mandado por Enrique Líster, que el 8 de febrero de 1939 hicieron explotar gran parte del histórico recinto, en un ejemplo más del desprecio por el Patrimonio Histórico Nacional, que la propaganda tanto antes como ahora, decía proteger.
Con él volaron los restos del expolio efectuado y que, por su escaso valor material, su dificultad para la venta y transformación en dinero contante y sonante, por la dificultad intrínseca de su traslado, o simplemente porque no se los pudieron llevar, saltaron por los aires en un espectáculo de destrucción absurdo y cuyos restos encontró dispersos, tras la gran explosión, el ejército nacional cuando hizo su llegada al lugar.
Pero tras este abrupto final ¿qué ocurrió con los centenares de cajas que se prepararon con intervención de las manos del propio ministro de Hacienda de la República, repletas de valiosos objetos artísticos, joyas, monedas de oro, lingotes, dinero metálico y otros valores, que constituían el mayor robo perpetrado en la historia de España?
Sabemos qué ocurrió con las obras de arte del Museo del Prado, pero el destino final de todo este gran tesoro fue tan estúpido como trágico.
Ya antes del definitivo colapso republicano, una gran cantidad de cajas (conteniendo el fruto del expolio) habían salido de España con dirección a la embajada española en París en valija diplomática, donde el embajador Marcelino Pascua se encargó de su administración y venta parcial. Francisco Gordo, empleado del Banco de España de la sucursal de París, y Felipe Mesta, comisario de la Caja de Reparaciones, fueron los encargados de adquirir las 120 maletas en las que se introdujeron los 110 bultos de que constaba el cargamento a trasladar. Desde allí, una gran parte se fue trasladando hasta el puerto de Le Havre, en la costa del canal de La Mancha, para embarcarlos en un yate que había sido adquirido por la República con dinero de la nación.
Se trataba del Vita, un barco con frecuencia erróneamente descrito como perteneciente al rey Alfonso XIII, con el nombre de Giralda. Lo cierto es que nada tienen que ver uno y otro. El Giralda dejó de navegar hacia 1934 y se pasó toda la Guerra Civil en los caños del arsenal de La Carraca, siendo desguazado en Sevilla en 1940. Por el contrario, el Vita, más pequeño y moderno que el anterior, fue construido en 1931 en Kiel, Alemania, por la compañía Germania Werft GmbH., con el nombre de Argosy. Se trataba de un estilizado yate de propulsión diésel, con dos motores de seis cilindros cada uno y 2.060 caballos de potencia, y una eslora máxima de 62,20 metros. Construido en acero con dos cubiertas, dos puentes y dos mástiles, desplazaba 364 toneladas netas, 684 toneladas bajo cubierta y 669.34 toneladas brutas. Según c. 35, La Habana, 11 de julio de 1942. Contrato de compraventa de la embarcación. El contrato de la embarcación por Marino Gamboa se puede consultar en AMAE, Archivo Pablo de Azcárate, c. Londres, 153, 9 de febrero de 1939, Contrato de flete del yate Vita. En conclusión, un barco que alcanzó una notable celebridad por su utilización como medio de transporte para una de las más vergonzosas y miserables tropelías de la Historia de España, efectuada por los dirigentes del PSOE.
El Vita fue adquirido en Gran Bretaña por orden del ministro de Hacienda de la República, Francisco Méndez Aspe (como sabemos, estrecho colaborador de Negrín). Para ello se planeó la creación de una empresa tapadera, la Mid Atlantic Shipping Company, que sirviera al embajador de la II República en Londres para realizar la operación en secreto. El propósito era disponer de un buque con el que trasladar a lugar seguro el tesoro de guerra que la República había expoliado, mediante los diversos procedimientos legales e ilegales que hemos visto, para hacer frente a las necesidades personales de los exiliados y refugiados en la difícil vida que supuestamente se les presentaba en el futuro próximo.
El encargado de realizar la compra fue Mariano Manresa, un hombre de Méndez Aspe, con el apoyo del embajador español en Gran Bretaña, Pablo de Azcárate. Ambos escogieron como capitán a un marino vasco de Lequeitio, José Ordorika Ruiz de Asúa, militante del PNV, quien reclutó una tripulación entre los marinos vascos exiliados en Gran Bretaña, casi todos originarios de Lequeitio, Ondarrúa y Motrico, con la que sustituyó a la original británica.
El plan era trasladar todos los bienes “adquiridos” por el ingente trabajo de incautación y robo de las fuerzas republicanas y frente populistas hasta un lugar seguro y alejado de incómodas reclamaciones legales. Ese lugar era Méjico, un país donde las autoridades, con el presidente Lázaro Cárdenas a la cabeza, serían “comprensivas” con semejante “peculiaridad” (siempre que pudiesen ser partícipes de la mordida en el pastel, haciendo gala de su tradicional manera de hacer las cosas con el dinero ajeno). Para ello era necesario atravesar el Atlántico y poner el botín a salvo.
Ordorika y el armador del barco, Marino Gamboa, un español de origen filipino con nacionalidad norteamericana (lo que propició que el Vita tuviese bandera de los Estados Unidos), eran próximos ideológicamente al Partido Nacionalista Vasco, circunstancia que estuvo a punto de producir trágicas consecuencias para todos los implicados.
Durante los meses de febrero y marzo de 1939 se produjeron disensiones entre el Gobierno de vasco en el exilio y el Gobierno de la República, por el control de los bienes disponibles. Estos bienes, según un acuerdo conocido como el “pacto de los cinco presidentes”, debían ser supervisados por un comité formado por los presidentes de la República Española, País Vasco, Cataluña, las Cortes y el Consejo de Ministros. Acuerdo que finalmente no se cumpliría, porque Negrín quiso hacerse con el control absoluto de la gestión, entregando las cantidades que considerara convenientes a los dirigentes de las “nacionalidades” en función de la disponibilidad que él estimase oportuna.
Por tanto, las negociaciones entre el consejero vasco, Eliodoro de la Torre, y Méndez Aspe, encallaron. De tal forma, el Gobierno vasco y el PNV concibieron la idea de apoderarse de la carga del Vita aprovechando que la tripulación era vasca. Al efecto, enviaron un telegrama dirigido al capitán Ordorika:
“Altos intereses vascos exigen a usted como patriota que el vapor a su cargo no entre puerto alguno sin orden del PNV, que actúa acuerdo del Gobierno vasco. Salga alta mar radiándonos en euzkera posición constante a Ziarruiz 11 Avenue Marceau, París. Gamboa tome precauciones para imposibilitar acción representantes de Negrín. Apelamos patriotismo tripulación vasca entera. Vía Londres confirmamos este radio. Acúsenos recibo este radiograma”. El tesoro del Vita. Francisco Gracia Alonso; Gloria Munilla Cabrillana. Publicacions i Edicions de la Universitat de Barcelona. 2014.- El subrayado es mío. Me resulta sumamente curioso el concepto de “Altos intereses vascos”.
Sin embargo, el telegrama, que se remitió desde París, llegó demasiado tarde. De haber llegado a tiempo, no es difícil imaginar lo que hubiese podido suceder, porque Méndez Aspe había colocado en el barco al teniente coronel Enrique Puente Abuín *Persona que tuvo singular relieve en las organizaciones juveniles socialistas y que, incorporado desde el comienzo de la guerra a los Carabineros, alcanzó en los mismos la máxima graduación, realizando en diversas ocasiones, con fuerzas a sus órdenes, servicios de gran compromiso para el Ministerio de Hacienda como encargado de la vigilancia y jefe principal de la operación, acompañado de una escolta armada de carabineros, lo que habría dificultado el proceso de apropiación por la tripulación rebelde, obligando a un enfrentamiento. Junto a ellos viajaban, José María Martínez Sabater, funcionario de Hacienda y portador de la documentación e inventario del cargamento y varios subordinados del ministerio.
Finalmente, el Vita soltó amarras bajo bandera estadounidense el 4 de marzo de 1939 del puerto francés de Le Havre, alcanzando el mejicano puerto de Veracruz el 28 de ese mismo mes. En sus bodegas se encontraban 120 maletas repletas del fruto de la rapiña izquierdista.
El encargado por Negrín para recibir el botín era José Puche Álvarez, un médico y fisiólogo amigo y colega del presidente del Gobierno republicano con el que había trabajado en su laboratorio de Madrid, y que había sido nombrado por este, director general de Sanidad del Ejército Republicano durante la Guerra Civil, *Y que ya tiempo antes de acabar esta, se había puesto a salvo en Méjico, junto con muchos otros dirigentes republicanos a la espera del botín salvífico que les permitiese acomodarse a la nueva situación, mientras los soldados aún seguían cayendo en el frente de batalla.
El hecho es que Puche, convertido por Negrín en director del Comité Técnico de Ayuda a los Refugiados en Méjico, no dio señales de vida a la llegada del Vita a Veracruz, porque no había sido informado de la fecha exacta de llegada del buque *Y que al parecer había tenido problemas de salud, que le impidieron la necesaria diligencia. Ante la urgencia de descargar el fabuloso tesoro, el jefe de los carabineros de escolta y responsable de la carga del barco, Enrique Puente, al no recibir contestación de los cables previos enviados al presidente Negrín, telegrafió al embajador de la República española en Méjico, el líder socialista Indalecio Prieto. Prieto contactó con el entonces presidente mejicano Lázaro Cárdenas, alegando el derecho que como embajador tenía para asumir el control de la carga del Vita, y rápidamente le convenció de la lucrativa conveniencia de su “colaboración”. Así pues, por orden del propio presidente mejicano, el Vita se desvió al pequeño puerto petrolero de Tampico, donde con gran discreción, el cargamento se descargó en un pantalán de la PEMEX *Empresa estatal productora, transportista, refinadora y comercializadora de petróleo y gas natural de Méjico para ser trasladado en dos vagones de ferrocarril a la capital mejicana, rodeado de grandes medidas de seguridad a cargo del general José Manuel Núñez, jefe del estado mayor del ejército mejicano.
Negrín había perdido el control de su tesoro, que había pasado a manos de su rival político y enemigo personal, Indalecio Prieto.
El socialista Amaro del Rosal, único presidente de la Caja de Reparaciones y principal fuente al respecto, reproduce el siguiente inventario. Amaro del Rosal. 1977. El oro del Banco de España y la historia del Vita. Barcelona: Grijalbo. ISBN 84-253-0768-6.:
Bultos del 1 al 10. — Objetos entregados por la Caja de reparaciones.
11 — Depósitos Banco de España de gran valor.
12 — Monte de Piedad de Madrid. Gran valor.
13 — Monte de Piedad y Depósito Banco de España.
14 — Monte de Piedad y Depósito Banco de España, de gran valor.
15 — Depósitos Banco de España.
16 — Depósitos y una custodia de gran valor.
17 — Depósitos Banco de España.
18 — Depósitos Banco de España y una custodia Caja de Reparaciones.
19 — Depósitos Banco de España y especial de Caja de Reparaciones.
20 — Depósitos Banco de España y una custodia de Caja de Reparaciones.
21 — Depósitos Banco de España y dos custodias Caja de Reparaciones.
22 — Depósitos Banco de España y una custodia Caja de Reparaciones.
23 — Depósitos Banco de España.
24 — Depósitos Banco de España y una custodia de la Caja de Reparaciones.
25 — Objetos religiosos Caja de Reparaciones de excepcional interés.
26 — Depósitos Alicante.
27 — Depósitos Banco de España.
28 — Depósitos Bancos de España y objetos religiosos Caja de Reparaciones.
29 — Depósitos Bancos de España y dos custodias Caja de Reparaciones.
30 — Depósitos Banco de España y Castellón.
31 — Depósitos Banco de España.
32 — Depósitos Banco de España y entregas Ministerio de Hacienda, de gran valor.
33 — Depósitos Banco de España y entregas Ministerio de Hacienda.
34 — Depósitos Banco de España.
35 — Depósitos Banco de España y entregas al Ministerio de Hacienda.
36 — Depósito.
37 — Objetos varios.
38 — Cajón entrega Generalidad Cataluña oro amonedado.
39 — Depósitos de Bancos y reliquias del Patrimonio Real. Todo el joyero de Capilla Real. El célebre Clavo de Cristo.
40 — Depósitos Monte de Piedad.
41 — Depósitos Banco de España y custodia.
42 — Depósitos Banco de España y lingotes de oro.
43 — Depósitos Banco de España y lingotes de oro.
44 — Depósitos Banco de España, y objetos históricos Catedral Tortosa.
45 — Depósitos Banco de España y objetos históricos Catedral Tortosa. Objetos religiosos y ropa de gran valor artístico e intrínseco.
47 — Objetos religiosos de gran valor artístico e intrínseco.
48 — Entrega Generalidad de Cataluña. Objetos de gran valor.
49 — Ropas y objetos religiosos procedentes de la Catedral de Toledo entre ellos el famoso Manto de las cincuenta mil perlas.
50 — Ropa y objetos religiosos de Toledo. Depósitos del Monte de Piedad de Madrid y tres sobres de la Caja de Reparaciones conteniendo brillantes de alta calidad y de gran valor.
51 — Depósitos Monte de Piedad de Madrid.
52 al 54 — Depósitos Monte de Piedad de Madrid.
55 — Depósitos Banco de España.
56 — Depósitos Banco de España.
57 — Una colección de relojes. Valor histórico y artístico.
58 — Colecciones de monedas de oro de valor numismático. Ejemplares únicos de incalculable valor histórico.
59 — Colecciones de monedas de oro de valor numismático. Ejemplares únicos de incalculable valor histórico.
60 a 80 — Depósitos del Monte de Piedad y Banco de España. Más colecciones de monedas y otros objetos de alto valor. Ministerio de Hacienda.
81 — Caja pequeña de madera conteniendo el monetario de la Casa de la Moneda de Madrid, de oro. Mucho valor.
82 al 84 — Depósitos Banco de España.
85 al 87 — Caja de Reparaciones. Objetos de gran valor.
88 — Depósitos Bancos y Monte de Piedad.
89 — Entrega de la Generalidad y Monte de Piedad.
90 — Entrega de la Generalidad y Monte de Piedad.
91 — Depósitos Monte de Piedad.
92 — Depósitos Monte de Piedad.
93 — Depósitos Monte de Piedad.
94 — Entregas de acuerdo con Decreto. En depósito.
95 — Depósitos Generalidad y otros.
96 — Entregas de acuerdo con Decreto.
97 — Depósitos Monte de Piedad.
98 — Depósitos Monte de Piedad.
99 — Depósitos de la Generalidad y sacos con monedas de oro (sin revisar su valor numismático).
100 — Varios bultos y objetos de valor.
101 — Objetos del Culto de la Capilla Real de Madrid.
102 — Objetos del Culto de la Capilla Real de Madrid.
103 al 110 — Depósitos Monte de Piedad.
Lo que vino después, es una historia de ignominia, vergüenza, indignidad, traición y vileza a partes iguales. A partir de entonces el misterio, el secretismo, y la ausencia de información fidedigna se convierten en la norma sobre el destino de aquellos fondos expropiados y de aquellas obras de arte robadas al patrimonio de todos los españoles (como las monedas del Museo Arqueológico y las demás piezas referidas), que sirvieron para el beneficio personal de Indalecio Prieto, y otros dirigentes del partido socialista. Alcanzando incluso para financiar con aproximadamente 800.000 dólares, la campaña del PSOE Histórico de Rodolfo Llopis en las elecciones de 1976. El tesoro del Vita. Francisco Gracia Alonso; Gloria Munilla Cabrillana. Publicacions i Edicions de la Universitat de Barcelona. 2014.
Porque lo que vino después fue que el tesoro se malvendió, probablemente muy por debajo de su valor patrimonial, fundido en lingotes o desmontadas las joyas en pequeños pedazos que facilitasen su venta. Y luego llegó un reparto muy desigual entre los jefes socialistas del exilio republicano (los comunistas y anarquistas quedaron excluidos del botín), sin apenas incidencia sobre los exiliados realmente necesitados, y que, por supuesto, redundó en el aumento de las reservas de oro de los dirigentes mejicanos ubicadas en Estados Unidos como gratificación por su indispensable colaboración El tesoro del Vita. Francisco Gracia Alonso; Gloria Munilla Cabrillana. Publicacions i Edicions de la Universitat de Barcelona. 2014. con la puesta a disposición de Prieto y sus hombres de los equipos de fundición del Banco Nacional de Méjico.
Finalizada la guerra, con la Segunda Guerra Mundial inminente y con las dos grandes figuras republicanas en el exilio (el presidente Negrín y el dirigente del PSOE Indalecio Prieto), separados por profundas diferencias personales e ideológicas, ambos dirigieron sendas asociaciones de ayuda a los refugiados españoles, que se vieron enfrascadas en una miserable lucha por el control de los fondos expoliados: el SERE (Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles) dirigido por Negrín y la JARE (Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles), controlada por Prieto. Organizaciones financiadas con recursos propiedad del Estado, que habían conseguido sacar del país durante la retirada.
Ambos “confundieron” el límite de donde acababa el partido y donde empezaba el propio terreno personal, como habían “confundido” previamente el límite entre los bienes de la nación y los propios del Gobierno. La arbitrariedad fue el modus operandi en la distribución de las ayudas, que se otorgaron según simpatías ideológicas. Para callar bocas, o para comprar voluntades y sumisión.
Diego Abad de Santillán, dirigente anarquista de la FAI, organizador del comité de milicias en Barcelona y consejero de Economía de la Generalidad, refiere poco tiempo más tarde en su famoso libro “Por qué perdimos la guerra”: Diego Abad de Santillán. Por qué perdimos la guerra. Una contribución a la historia de la tragedia española. Ediciones Imán. Buenos Aires 1940. Tomado de Carlos Rojas. Por qué perdimos la guerra. Ediciones Nauta. Barcelona 1970.
“El valeroso Gobierno de la victoria, hechura de Moscú, disponía en el extranjero de ingentes recursos financieros como para atender a las víctimas del éxodo gigantesco. Pero lo mismo que nosotros no hemos logrado en España, desde el Frente Popular, que se rindiese cuentas de la situación de nuestra hacienda, tampoco se logró en el extranjero, en la entelequia de la Diputación permanente de las Cortes, reunida en París, que los aprovechados atracadores del tesoro nacional diesen la menor explicación de sus dilapidaciones. Algo vino a saberse más allá de los círculos íntimos, por la separación ruidosa de Prieto y Negrín, cada uno de los cuales alegaba derechos a administrar el botín de la guerra en provecho propio y de sus antiguos cómplices. Pero la luz queda por hacer.
A la atribulación del fracaso, uno de cuyos factores fue la política de la intervención rusa en España, quizás ya en buen acuerdo con la Alemania hitleriana, se une para las grandes masas la comprobación del engaño en que han vivido y luchado y el descubrimiento de la catadura moral de los dirigentes y usufructuarios de nuestra guerra. El mito de la resistencia con pan o sin pan, con armas o sin ellas, era solo la ambición de disfrutar después del desastre, solos, del botín logrado con nuestra derrota, que era su victoria.
Y con esos millones de la España despojada y escarnecida, se comprarán conciencias y plumas que, por encima de tanta tragedia y de tanta suciedad, elevarán a los afortunados un pedestal de héroes. También se quiere llegar a eso. Alguien ha escrito y nosotros esperamos que así sea: “Quieren pasar a la historia en mármoles y bronces y han de contentarse con un estercolero”. La negrita es mía.
Se puede decir más alto, pero no más claro por sus propios correligionarios del Frente Popular…
En definitiva, el caso del tesoro del Vita demuestra el auténtico desmadre y la falta de escrúpulos con que los restos del Gobierno republicano y del Frente Popular gestionaron patrimonio propiedad del Estado. Primero robado y después vendido y derrochado para hacer frente a las necesidades pecuniarias de la élite exiliada, en un intento de seguir viviendo como reyes republicanos.
En cualquier caso, esa es una historia de guerra civil entre la izquierda, de la que salió, una vez más, beneficiado el PSOE (con Indalecio Prieto a la cabeza). Nunca conseguirán reparar semejante saqueo a la nación…
Lamentablemente, la víctima fue todo el pueblo español. Un pueblo español infeliz e ignorante, que hoy, muchos años más tarde, sigue aun otorgándole un considerable apoyo electoral.
