“Me alejé de Companys con el convencimiento de que Cataluña no tenía un presidente sino un granuja dispuesto a mantenerse en su cargo”.
-Josep María Xammar Sala-
Con Cataluña y la participación de las fuerzas izquierdistas e independentistas en la carnicería guerracivilista, siempre se ha construido (como es habitual en todo lo referente a esa región española), un discurso trufado de mentiras y desahogado cinismo.
La falsificación del presuntuosamente llamado “barrio gótico” de Barcelona, que se muestra como escaparate a los incautos turistas deslumbrados por su supuesta antigüedad *Para mostrar un pedigrí histórico más consonante con la europeidad de la que presume la pretenciosidad catalana, colocando a la arquitectura como un elemento de diferenciación y estatus cultural, es un claro ejemplo de ello. En realidad, se trata de un escenario de cartón piedra con monumentos tan anacrónicos como extemporáneos.
Porque, en efecto, desde la fachada de la catedral que data de principios del siglo XX, hasta el pomposo nombre de “barrio gótico”, que siempre se había llamado “barrio de la catedral”, se muestra el esnobismo de una clase política catalana empeñada en crear diferencias y distinción a toda costa. Un ostentoso nombre, una simple invención reciente, que se reproduce en toda la arquitectura del barrio. En realidad, todo se reduce a la planificación de un grupo de catalanistas de la burguesía catalana que fundaron la llamada Sociedad de Atracción de Forasteros, con el objeto de atraer visitas y dinero a la ciudad, hasta que finalmente consiguieron crear un atractivo… y falso, ambiente medieval para engañar a los japoneses como a chinos y embaucar a cualquier visitante poco avisado y crédulo de las supercherías catalanistas.
“Un grupo reducido de adinerados y cultos burgueses que regían los destinos de los dineros de la capital de Cataluña y que construían la historia oficial de sus pasadas glorias para dotar de prestigio a su poder presente. Unas oligarquías que nada tenían ni tienen que ver con el pueblo catalán, al que despreciaban como despreciaban a todos quienes no tenían dinero ni poder, fueran catalanes o no”. Salvamento y expolio. Las pinturas murales del Monasterio de Sijena en el siglo XX. Marisancho Menjón Ruiz. Prensas Universitarias de Zaragoza. 2017.
Un catalanismo deseoso de legitimar su existencia apropiándose de la Corona aragonesa, mediante la configuración de un espacio arquitectónico urbano que le diese prestigio histórico y legitimidad esencial. Para ello trasladaron piedra por piedra antiguas edificaciones construidas en otra parte de la ciudad hasta el degradado barrio de la catedral, modificando su fisonomía en pocas décadas. El proceso se completó con la “restauración de estilo”, un procedimiento copiado de Francia, mediante intervenciones cosméticas en edificaciones ya existentes. Pronto surgió el trampantojo de ficticia realidad histórica, con vidrieras góticas y construcciones acomodadas al estilo medieval, todas ellas de una falsedad risible, con el objeto de adaptarlas al fin buscado, que no era otro que exaltar el orgullo catalanista y crear el sentimiento de patria diferenciada educando a la población en la inexistente gloria perdida. Es decir, la arquitectura como método de acción política.
La edificación de una identidad nacional cobra en Cataluña caracteres grotescos también en el caso de su famoso baile regional, la sardana, que a juzgar por sus panegiristas proviene del principio de los tiempos, cuando en realidad hace su aparición a comienzos del siglo XX impulsada por José María Ventura Casas (un andaluz hijo del sargento segundo del ejército, Benito Buenaventura y de su mujer, Antonia Casas). Nacido en la localidad jienense de Alcalá la Real, es él quien dotó a este baile, hasta ese momento desconocido por la gran mayoría de catalanes, de una estructura musical moderna. Una vez más, el mito del baile nacional representante del pueblo catalán, de su espíritu democrático y su fraternidad secular, se derrumba ante la verdad de los hechos. *La inagotable “creatividad histórica” del discurso nacionalista catalán, transforma y reduce su apellido en: Ventura, y su nombre en: Pep, más acorde con la ortodoxia catalanista.
Con respecto a su ensalzado “día nacional de Cataluña”, el 11 de septiembre, creado durante la Transición como conmemoración de la derrota frente a las fuerzas borbónicas de Felipe V, la falsificación es igual de chapuceramente grosera. En realidad, se intenta perversamente tergiversar el significado de la palabra sucesión por el de secesión en el imaginario colectivo de una población adoctrinada, acrítica y obediente. Porque, el 11 de septiembre de 1714, se produjo una batalla que en realidad significó el apoyo de Cataluña al bando legitimista de los Austrias españoles, dinastía que había regido los destinos de España hasta entonces. Basta con leer el bando, publicado a las tres de la tarde de aquel día, conminando a la defensa de Barcelona: “(…) pero así y todo se confía, que todos como verdaderos hijos de la Patria, amantes de la libertad, acudirán a los lugares señalados, a fin de derramar gloriosamente su sangre y su vida por su Rey, por su honor, por la Patria y por la libertad de toda España”. Historias ocultadas del nacionalismo catalán. Javier Barraycoa.
No es de extrañar, por tanto, que con la historia criminal de Companys y de Esquerra Republicana pase algo parecido. La falsificación, la mentira y el encubrimiento son la norma. Una historiografía dedicada a su ensalzamiento como héroe y mártir del catalanismo. Una hagiografía constante, con su nombre como gran tótem sagrado de lo catalán. Calles, plazas, avenidas, centros culturales, escuelas, estadios olímpicos… todo es poco para rememorar al gran padre de la patria que no fue, que no pudo llegar a ser, o que lo fue solo durante unos minutos.
En mayo del 68, un grupo de urbanistas franceses (los llamados “situacionistas”), haciendo gala de la vacuidad intelectual propia de la postmodernidad que nos ha tocado vivir, decidieron mejorar el paisaje urbano de París basándose en la Barcelona de 1936. En esencia, se trataba de demoler los edificios religiosos de la capital de Francia o resignificarlos de forma que su naturaleza cambiase definitivamente, revalorizando con ello el entorno físico y humano de aquella nueva geografía ciudadana.
Y como veremos, eso es desde luego lo que ocurrió en la Cataluña revolucionaria que surgió inmediatamente tras el comienzo de la Guerra Civil, con la entrega de las armas a las milicias izquierdistas y cenetistas y el subsiguiente control del orden público por parte de estas. Un plan sistemático de transformación social, que incluía la destrucción arquitectónica de los templos cristianos para alcanzar una nueva realidad urbana y psicosocial. Que esta ejecución estuviese encomendada a los pistoleros semianalfabetos de la CNT era lo de menos.
Así, la obsesión destructiva no tuvo freno. Las cenizas de los propios templos y las de su contenido artístico se convirtieron en el símbolo de una nueva sociedad, que renacería fertilizada por los restos carbonizados de aquellos lugares que el oscurantismo y la tradición habían utilizado para imponer sus siniestras ideas. El fuego purificador se encargaría de cauterizar las mentes y las almas de un pueblo adoctrinado por siglos de sometimiento servil. El terror era necesario e imprescindible.
En su monumental Memoria del Comunismo, Federico Jiménez Losantos lo deja muy claro: “Más que en ningún sitio de España y sin justificación militar o política, los diez primeros meses de terror rojo en Cataluña (julio 1936-mayo 1937) impuestos por los bakuninistas de la CNT-FAI y los marxistas-leninistas del POUM, con el respaldo legal de la Generalidad y la participación de otros partidos y sindicatos de izquierdas como ERC y UGT, son sin duda, la manifestación más completa de terror comunista que haya tenido lugar en revolución alguna, incluida la leninista en su primeros meses”. Memoria del Comunismo. De Lenin a Podemos. Federico Jiménez Losantos. La esfera de los libros. Madrid 2018. El subrayado es mío.
Para ello, el Gobierno de la Generalidad, con Companys de firmante, se encargó de convalidarlo legalmente. Como refiere en su obra el citado autor, más de veinte decretos llevaron su firma, en un intento indiscutible de dar cobertura a una situación revolucionaria donde la ley era puro artificio. Algunos de ellos, tomados textualmente de Jiménez Losantos, son los siguientes:
21 de marzo de 1936: Decreto que declaraba ilegítimos todos los acuerdos municipales entre octubre de 1934 y febrero de 1936. Estableciendo la primera lista negra de los enemigos del régimen revolucionario.
19 de julio de 1936: Orden de liberar a todos los presos políticos de las cárceles (los que no habían sido amnistiados en febrero de ese año por haber cometido crímenes graves en 1934, o en los alzamientos anarquistas) y a todos los presos comunes, que pasan a armarse hasta los dientes como las milicias.
20 de julio de 1936: Tras facilitar armas largas de los arsenales a las milicias anarquistas, Companys disuelve el Ejército y ordena a la Guardia Civil de toda Cataluña ir a Barcelona. Esto deja a toda la Cataluña rural, además de las otras tres capitales, indefensa a merced de los milicianos del POUM y la CNT-FAI.
21 de julio de 1936: Decreto que crea el Comisariado de Prensa y legaliza las “incautaciones” de los medios de comunicación de signo conservador. Desaparece por completo la libertad de prensa en Cataluña.
24 de julio de 1936: Decreto por el que se crea el Comité de Milicias Antifascistas de Cataluña, para el “control y vigilancia” y para “establecer un orden revolucionario”. También se decreta que “la circulación desde la una a las cinco de la madrugada” queda reservada a los “equipos de noche”.
24 de julio de 1936: Decreto para depuración de los funcionarios que hubieran participado en el alzamiento, y a “los que sean declaradamente desafectos a la República”, que en la práctica dependía de la “declaración” del miliciano de turno o el colega rencoroso, y creaba la lista de funcionarios asesinables.
28 de julio de 1936: Decreto de incautación de bienes artísticos, culturales, históricos y documentales… lo que permitía a la Generalidad expropiar por decreto las riquezas de tipo arqueológico, histórico o simplemente materiales (piedras y metales preciosos) del inmenso tesoro secular del catolicismo en Cataluña.
14 de agosto de 1936: Decreto para la depuración de jueces. “El pueblo catalán y los profesionales del derecho han pedido con insistencia una obra de depuración de la Justicia (…). Esta obra no puede demorarse un instante más (…) se impone abrir la justicia para dar entrada al pueblo”. O sea, eliminación de profesionales y listas negras de depurados asesinables.
6 de agosto de 1936: Decreto que crea los “jurados populares” y establece la delación obligatoria: “Todo ciudadano que tenga conocimiento de un hecho relacionado con el movimiento fascista o que conozca la actividad de alguna persona encaminada a debilitar la lucha contra el fascismo, estará obligado a ponerlo en conocimiento de las autoridades”.
1 de septiembre de 1936: Decreto que crea los Tribunales Populares. Federico Jiménez Losantos. Memoria del Comunismo. De Lenin a Podemos. La esfera de los libros. Madrid 2018. El subrayado es mío.
Ciertamente se trataba de la Revolución, de la definitiva transformación social, que había quedado en manos de los anarquistas de la CNT-FAI y que estos tanto habían añorado desde los viejos tiempos de la acción directa con las bombas Orsini y las masacres en el Liceo. La revolución en busca de la destrucción de la vieja y corrompida sociedad. Al parecer, nada había cambiado conceptualmente. La vida (de los demás) era algo prescindible y un futuro de radiante libertad era el justo destino de aquellos milicianos criminales encargados de alcanzarlo mediante la imposición del terror sistemático.
Para Companys y la Esquerra, también había surgido la posibilidad de instaurar un régimen que perdurase tras la guerra con la definitiva independencia de Cataluña de la opresora España. Ya el tiempo haría atemperar el impulso anarquista, que poco a poco se iría embridando en manos del poder gubernamental. Por el momento, era mejor dejarlos hacer el trabajo sucio y darles los instrumentos legales para ello. Nadie mejor para borrar definitivamente el despótico pasado.
La creación del Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña (CCMAC) fue el método operativo para la instauración del terror, su brazo armado. Se trataba de un organismo constituido por anarquistas (CNT y FAI) y por el resto de los partidos y entidades del Front d’Esquerres (ERC, POUM, PSUC, Unión Republicana, Unió de Rabassaires y UGT), que era el equivalente en Cataluña del Frente Popular en el resto de España.
Durante los tres primeros meses, el CCMAC estuvo dominado por los anarquistas, que contaban con las armas que habían incautado al ejército al asaltar sus cuarteles entre el 18 y el 20 de julio. Por otro lado, estaban los voluntarios de las Juventudes de Esquerra Republicana-Estat Catalá (JEREC), muchos de ellos procedentes de los Escamots d’Estat Català, una entidad paramilitar de los tiempos de Macià. A todos ellos, Companys los dotó de unos 20.000 fusiles.
Los miembros de estos comités militares antifascistas, ya con cobertura legal “a medida” y encargados del control y vigilancia para mantener el orden revolucionario, eran conocidos popularmente como “patrullas de control”, y sin duda fueron los responsables de miles de asesinatos. Su incansable labor de depuración obedecía a unos procedimientos sistemáticos, que contaban con el apoyo logístico de una infraestructura represiva que facilitaba la propia Generalidad. De tal forma asesinaron a sangre fría a más de 8.000 ciudadanos que no habían cometido más delito, en muchos casos, que estar integrados en asociaciones católicas, simpatizar con las derechas políticas o asistir a misa con asiduidad, motivos suficientes para que su nombre apareciera en las listas negras de los Comités de Milicias.
Por tanto, cuando en el verano sangriento de 1936 muchos milicianos se encontraron con un arma en las manos y la seguridad de que sus acciones quedarían impunes, el caos social estaba garantizado. Militantes envenenados doctrinalmente durante años en el odio a los enemigos políticos de la clase obrera, se encontraron ante un enigmático camino histórico tan desconocido como prometedor. Todos los desmanes eran posibles con ellos como actores protagonistas de una obra de destrucción nunca ensayada, y cuyo libreto estaba escrito con sangre. Los objetivos eran interminables: desde localizar, capturar y ejecutar disidentes, facciosos, o desafectos contra la revolución puesta en marcha, hasta implantar la depuración social mediante la eliminación física de cualquier vestigio de religión o de cultura religiosa.
El número de patrulleros adscritos a cada grupo político o sindical oscilaba en función de la fuerza y representatividad de cada una de las organizaciones. Como media, el 26 % de los miembros de estos grupos criminales pertenecían a Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) y grupos republicanos afines. José Luis Martín Ramos. Guerra y revolución en Cataluña 1936-1939.
Documentos hallados por el archivero Miquel Mir en un piso de Londres, en Kensington-Chelsea, consistentes en informes de la FAI que no fueron entregados al archivo general de Ámsterdam por ser los más comprometidos con sus propietarios, aportan nueva luz sobre lo que sucedió en Barcelona desde julio de 1936 hasta mayo de 1937. Los papeles ocultos de la FAI. El verano sangriento del 36. La mayoría de los dirigentes de las patrullas de la muerte rehicieron sus vidas en el exilio. Josep Massot. La Vanguardia.es 11/04/2010
Por ellos sabemos que la Generalidad pagaba a cada patrullero 12 pesetas al día, un salario más que correcto para la época, lo que convertía al Gobierno de Companys en patrono de estos hombres y responsable directo de su comportamiento. No obstante, era habitual que los patrulleros se quedasen una parte del botín de las requisas en las iglesias y en las casas particulares que, teóricamente, debía ir íntegro a la Consellería de Economía. La otra parte del botín era entregada a los responsables de la CNT-FAI y trasladada “(…) a un almacén frente al Ateneo Colón en Pueblo Nuevo, para clasificar todas las piezas de valor requisadas. Se separaban las de plata, las de oro, las de latón, etc… Muchos de los objetos que eran de metal precioso se fundieron para la formación de lingotes de metales preciosos o se revendieron a bajo precio en el sur de Francia, adonde acudían mercaderes de toda Europa e incluso enviados del Vaticano para recuperar objetos litúrgicos”. Miquel Mir. Diario de un pistolero anarquista.
Los detenidos eran ejecutados de forma inmediata o trasladados a las checas. En Barcelona existieron unas 47 checas, la mayoría controladas por anarquistas (CNT-FAI) o por el Servicio de Información Militar (SIM) bajo dirección comunista soviética. También tuvieron checas los partidos POUM, PSUC y sindicatos como el Sindicato de Transporte y la UGT. Y por supuesto, el partido de Companys, Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), dispuso de sus propias checas. La más destacada era la situada en la calle Carolinas 18 de Barcelona. Centro de detención y tortura de las patrullas de control de la sección séptima, que solía actuar en los barrios de Gracia y San Gervasio. Diariamente eran “sacadas” de cada una de las checas unas 10 personas hacia los lugares de ejecución.
Otros detenidos por las patrullas de control del CCMAC eran llevados a los “barcos prisión” fondeados en el puerto de Barcelona. Allí se encontraban los navíos Uruguay, Argentina y Villa de Madrid; y en Tarragona estuvieron los barcos Cabo Cullera y Río Segre. En todos ellos las condiciones de detención eran deplorables y los asesinatos mediante “sacas” indiscriminadas eran constantes para ir haciendo sitio a nuevos detenidos.
El otro gran grupo de los asesinados era transportado previamente a los campos de concentración, llamados oficialmente de forma eufemística “campos de trabajo”. Su número y localización fueron los siguientes: El 1 en “El Pueblo Español”, en la montaña de Montjuïc de Barcelona; el 2 en Omells de Na Gaia; el 3 en Hospitalet del Infante y Tivissa; el 4 en Concabella; el 5 en Ogern y el 6 en Falset, con campos accesorios en Cabassers, Gratallops, La Figuera y Porrera. Allí, muchos eran torturados y luego permanecían en espera, hasta que eran llevados, en los llamados “coches fantasmas”, a los cementerios de la ciudad o a los “cementerios clandestinos”. Allí eran fusilados, recibían un tiro en la nuca y luego eran arrojados a fosas comunes o eran abandonados allí mismo.
Como no podía ser de otra manera, Cataluña también tiene su propio Paracuellos. Se trata del cementerio de Montcada y Reixach, estudiado por los investigadores locales Ricard Ramos y Josep Bacardit en el libro 940 días. La Guerra Civil en Montcada i Reixac. En ese lugar fueron asesinadas cerca de 1.300 personas, en su gran mayoría por patrullas de la CNT-FAI. Es la fosa más grande de la violencia criminal en la retaguardia republicana en Cataluña. De allí, al acabar la guerra, se exhumaron unos 1.200 cadáveres; de los cuales aproximadamente 700 no fueron identificados. Sin embargo, el número de víctimas sin duda habrá sido mucho más elevado, porque parte de los ejecutados eran posteriormente incinerados en los hornos de la vecina cementera Asland para hacer desaparecer definitivamente sus restos. *Según relatan los investigadores Ricard Ramos y Josep Bacardit en su libro.
“Los patrulleros hacían subir a los detenidos al vehículo y cuando estaban fuera de Barcelona, les descerrajaban un tiro en la nuca y los dejaban en cualquier cuneta, junto a los cementerios o en el margen de cualquier camino. Eran abandonados sin enterrar en diversos lugares de la carretera de l’Arrabassada, el Morrot, Horta, Somorrostro, Casa Antúnez, la Avenida de Pedralbes, la Fuente del León, la riera de Vallcarca o las montañas de Vallvidrera y el Tibidabo. A algunos los tiraban al mar. Y todos eran despojados de lo que llevaran encima: relojes de pulsera, anillos, pendientes, cadenas, brazaletes, llaves, cartera…”. Miquel Mir. Diario de un pistolero anarquista.
La información obtenida de los diarios encontrados por Miquel Mir en Londres muestra la escalofriante frialdad burocrática de algunos informes: «Viaje de siete detenidos al cementerio de Moncada. Cuatro a la fábrica de cemento». Además de los paseos de la muerte, los patrulleros habían ideado un macabro sistema para hacerse con dinero y joyas que habían escapado de sus requisas: pactaban con los familiares del detenido su liberación a cambio de una suma. Una vez entregado el rescate, subían a los presos, sin esposar, a un vehículo camino de Francia. Siempre de noche. Al llegar a Montcada, les invitaban a hacer un alto para estirar las piernas y allí los ametrallaban. Para que el descubrimiento de los cadáveres no testimoniase el crimen, los llevaban a la fábrica de cementos de Montcada, que se puede ver aún hoy humeante a las puertas de Barcelona, y allí trituraban sus cuerpos y después los incineraban en el horno.
Sobre el elevadísimo número de ejecuciones arbitrarias y sin control por parte de cualquier grupo armado, da idea el hecho de que el propio CCMAC hizo un comunicado el 12 de septiembre de 1936, manifestando que todos los individuos o grupos que fueran detectados haciendo registros o detenciones sin estar documentados, serían ejecutados sin necesidad de causa judicial.
Se asesinó en toda Cataluña a unos 8.500 catalanes, 4.513 solo en Barcelona, entre ellos 2.441 religiosos, lo que supuso un 35% del clero, y 2.163 civiles por no ser de izquierdas. Además, fueron incendiados unos 7.000 edificios religiosos, e incluso se intentó quemar la Sagrada Familia.
En este sentido, el odio anticristiano es una característica fundamental del proceso revolucionario en Cataluña. Un odio irracional, fanático e ideológico que convirtió a los católicos, simplemente por serlo, en los objetivos principales de la represión homicida desencadenada por las fuerzas de izquierda, de forma todavía más notable que en el resto de España.
Miquel Regás Ardévol, uno de los principales hosteleros de la Barcelona de la época, con una amplia trayectoria en el sector desde comienzos de siglo y con conocimiento de las crónicas de sociedad y de los episodios más truculentos de la época, comenta en sus memorias al respecto de la destrucción de los templos católicos: “Mi hijo Miguel me explicó el espectáculo dantesco de la quema de la magnificente Santa María del Mar. Lo que más pena me causó fue la quema de Sant Jaume, porque estuve presente desde el inicio. No fue cosa fácil. Tres o cuatro veces lo intentaron sin conseguirlo. Las puertas eran muy resistentes y cada vez alguna persona benevolente quería hacerles entender la barbarie que suponía quemar aquella iglesia encastada totalmente entre casas habitadas y el peligro que podrían suponer las llamas para el edificio. La situación debería llegar a oídos de los dirigentes de aquella lucha que se iba mostrando cada vez más con su verdadero carácter. Mandaron gente adiestrada que no atendería ninguna súplica de persona sentimental. La iglesia tenía que ser destruida”. Miquel Regás Ardévol. Confessions, Spes. Barcelona. 1960. Tomado de Jordi Alberti. La iglesia en llamas.
La profanación de tumbas en iglesias y conventos también estuvo a la orden del día, exponiendo públicamente los restos momificados de múltiples religiosas que habían profesado una vida de clausura a modo de ritual macabro y morboso. Profanando sus restos y exhibiéndolos en la calle a la vista de todos se parecía buscar una absurda destrucción postrera de la tradición conventual y cristiana. La diócesis de Vich fue una de las que registraron un grado mayor de ensañamiento con los restos de personajes ilustres. En la catedral de la ciudad fueron profanadas las tumbas de los obispos Torras i Bages, y José Morgades; y en el monasterio de Ripoll, la de Ramón Berenguer III. Jordi Alberti. La iglesia en llamas.
El camino inexplorado se convirtió en un terror desbocado, sin referentes morales y sin alma a la que poder apelar como freno a semejante descontrol humano:
“La destrucción de imágenes de las iglesias y santuarios se completó con la de muchas capillas privadas e, incluso, con las que tradicionalmente había en muchas casas. Comités y ayuntamientos dictaron bandos exigiendo a la población que entregara todo lo de su propiedad que tuviera un carácter religioso. En Martorell, provincia de Barcelona, por ejemplo, se creó una “brigada de matasantos” que recorría las calles del pueblo en un camión al descubierto con el fin de que los vecinos fueran arrojando todos los objetos religiosos de uso personal o doméstico que guardaran en casa para proceder, así, a quemarlos”. Anticlericalisme i iconoclastia a Martorell. Deis primers precedents a 1936. Departamento de Antropología Social de la Universidad de Barcelona, 1996. Estudio inédito citado por Manuel Delgado. Luces iconoclastas. Anticlericalismo, blasfemia y martirio de imágenes. Tomado de Jordi Alberti. La iglesia en llamas.
Al margen del hecho estrictamente religioso, la pérdida del patrimonio histórico artístico fue inmenso e incalculable. Probablemente la mayor pérdida artística de la historia de Europa en una zona alejada del frente bélico. Desde luego nunca antes había existido semejante furor destructivo contra la herencia cultural de un país por causas ideológicas, como existió en la Cataluña de 1936.
Pero semejante holocausto destructivo (al lado del cual la tan denostada actitud de los actuales talibanes integristas contra la cultura preislámica es un juego de niños) no se limitó a los vestigios arquitectónicos e iconográficos del pasado cultural de nuestro país.
Con la estúpida y genérica acusación de que los libros antiguos eran expresión de la cultura clerical y burguesa, se quemaron libros y se destrozaron bibliotecas. El pedagogo Georges Viot, en un artículo publicado en el Bulletin de la Société de Bibliophiles de Guyenne, redactó una enérgica protesta por la pérdida irreparable de muchos fondos bibliográficos. En la lista destacaban las bibliotecas de los franciscanos y de los capuchinos de Sarriá, en Barcelona, así como una parte importante de la del seminario de dicha ciudad; la de los franciscanos de Igualada; la del doctor Sardá i Salvany en Sabadell…
Con todo, donde se comprueba más siniestramente el carácter intrínsecamente liberticida del planteamiento revolucionario del Frente Popular, amparado por la Generalitat y por su sumo sacerdote Lluis Companys, es en el intento de borrar todo vestigio no solo físico, sino mental, de las tradiciones cristianas que habían sido connaturales durante siglos a la vida de las personas que habitaban la piel de toro de la península ibérica. Para ello se suprimieron por ley las fiestas cristianas. La fiesta de Navidad fue eliminada y el 25 de diciembre pasó a ser un día laborable, y la de Reyes pasó a ser diluida en una llamada Semana de la Infancia, en una absurda espiral deconstructiva.
Se prohibió el toque de las campanas, que se destinaron a una función civil y no religiosa, y muchas de ellas fueron retiradas de los campanarios para ser fundidas, utilizando su material para otros menesteres, eliminando de un plumazo su carácter histórico y tradicional. Como refiere Jordi Alberti en su libro El silencio de las campanas: “Eliminar las campanas, tenía el significado evidente de decapitar a la iglesia. Conseguir que enmudecieran se convirtió en un objetivo revolucionario, de ruptura con el pasado. El silencio de las campanas era el anuncio de una nueva era”.
La popular Patum de Berga, dada su motivación por la festividad del Corpus, se suprimió, y el Comité Antifascista abogó, incluso, por quemar todo el bestiario medieval la plaza pública. Actualmente está considerada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad.
Con la toponimia pasó lo mismo: “En muchos pueblos y ciudades se decretaron numerosos cambios toponímicos que afectaron a la identificación de las calles, los locales públicos e, incluso, al nombre de la localidad. La Generalidad en el período 1936-1937 autorizó o dictaminó el cambio de nombre de ciento diez poblaciones.
Dieciséis por cuestiones relacionadas con la geografía, como fue el caso de Fígols d’Organyà por Fígols de Segre; dos para evitar referencias monárquicas, Prats y Molins de Rei fueron sustituidos por Prats d’Anoia y Molins de Llobregat. Los restantes noventa y dos cambios tuvieron como única finalidad borrar del mapa toponímico cualquier referencia religiosa. Fueron sustituidos, por tanto, todos los que incluían nombres de santos y de santas. En algunos casos se optó por reducir el nombre. Así, Sant Feliu de Guíxols pasó a ser Guíxols. En otros, se optó por escoger un nombre nuevo vinculado con la orografía local o con la actividad económica: Sant Cugat del Vallés se convirtió en Pins del Vallés, Sant Climent de Llobregat en Cirerer de Llobregat… Finalmente, para otros se escogió un nombre relacionado semánticamente con el imaginario anarquista o comunista: Sant Fost de Campcentelles pasó a llamarse Alba del Vallés y Sant Boi de Lluçanès se convirtió en Aurora de Lluçanès.
El ayuntamiento de Manresa, en septiembre de 1936, acordó la sustitución del nombre de treinta y dos calles o plazas. Veamos algunos casos: San Miguel por Ferrer i Guardia, calle de los Capuchinos por calle de los hermanos Ascaso (militantes anarquistas), San Lorenzo por Karl Marx…
Cabe subrayar que la gravedad de la cuestión no estriba en el nombre escogido para relevar al antiguo: radica en el rechazo a mantener el nombre de origen sin que esté vinculado a un personaje concreto, sino a una larga tradición histórica y popular. Subyace una vez más la firme voluntad de eliminar el rastro del cristianismo, un objetivo mucho más ambicioso que la secularización de la sociedad prevista”. Tomado de Jordi Alberti. La iglesia en llamas.
El hecho es que, en la supuestamente civilizada Cataluña, se produjeron un tercio de las víctimas eclesiásticas habidas en toda España durante la guerra civil. Y en general, es el lugar con mayor porcentaje de asesinatos en la retaguardia republicana a lo largo del conflicto fratricida. Y lo que lo hace más sorprendente a la vez que significativo, es que precisamente se trataba de una región alejada del frente de combate, que no puede alegar como justificación las distorsiones emocionales que podría provocar la cercanía de la lucha. No, Cataluña era retaguardia pura. El terror, con diferencia el mayor experimentado por la población en todo el bando republicano, no tiene justificación más que en el odio irracional de las fuerzas anarquistas que campaban a sus anchas y en la dirección política de la Generalidad, responsable de todo ello.
Miles de muertos que tienen un principal responsable político evidente: Luis Companys Jover, líder de Esquerra Republicana y presidente de la Generalidad de Cataluña. La misma Esquerra que apoya en la actualidad al Gobierno del socialista Pedro Sánchez, y que sigue inmersa en la historia interminable de su traición a España.
Pero ¿quién era este personaje cuyo nombre es incensado en todos los templos de la modernidad catalana del siglo XXI, convertido en un icono de santidad laica y en símbolo de la independencia de Cataluña?
Jiménez Losantos lo describe muy elocuentemente como un individuo “esmirriado y charlotesco, histriónico en los mítines y propenso a los ataques de nervios, con gran aparato de llanto y contorsión”, opinión que confirma con la reseña que efectúa el catalanista Joan Puig Ferreter, dramaturgo reconvertido en político que ocupó escaño en el Parlamento catalán, en las filas de Esquerra, y que fue nombrado consejero de Asistencia Social en el Gobierno de Companys. Ferreter, en sus Memorias Políticas, se refiere a su presidente de la siguiente manera: “Companys era pequeño, voluble, caprichoso, inseguro y fluctuante, sin ningún pensamiento político, intrigante y sobornador, con pequeños egoísmos de vanidoso y sin escrúpulos para ascender. Su ignorancia enciclopédica y la poca profundidad del hombre no daban para más”.
Ciertamente resulta chocante la ascensión a la preeminencia política de una persona sin especiales méritos intelectuales o culturales. Hijo de acomodados propietarios rurales de Lérida, su formación académica de abogado le permitió iniciar su actividad en las agrupaciones políticas republicanas cercanas al catalanismo, llegando incluso a militar en el Partido Reformista de Melquíades Álvarez Asesinado, como sabemos, en la cárcel Modelo de Madrid y presentarse como candidato a las elecciones, sin ser elegido. Ejerció el periodismo en varios semanarios, como La Publicidad, La Barricada y La Lucha y se acercó políticamente al anarcosindicalismo de los violentos primeros años veinte, defendiendo en los tribunales a varios pistoleros de los sindicatos obreros y de la CNT. Quizás no por casualidad, en el futuro que habría de llegar los anarquistas de la CNT vieron el campo abonado para cultivar su violencia asesina en la Cataluña gobernada por Companys. Fue fundador de la Unión de Rabassaires, el principal sindicato agrícola de la región y, posteriormente en 1931, ya cercano a Francesc Maciá, el padre del independentismo moderno aglutinado en torno a Esquerra Republicana, formó parte de su dirección ejecutiva. Poco tiempo después fue el fundador y director de La Humanitat, órgano vespertino de ERC, lo que le ayudó a reforzar su peso político en el partido.
Con la llegada de Azaña a la presidencia del Gobierno en Madrid, Companys fue nombrado por este como ministro de Marina. Un nombramiento explicable en el juego de equilibrios, que tan bien conocemos en la actualidad con el Gobierno de Pedro Sánchez y su dependencia aritmética parlamentaria de los grupos catalanes. Su etapa en el ministerio, como reconoció Osorio y Gallardo, la ejerció “con desgana y sin interés”.
La muerte de Maciá lo convirtió en su sucesor natural. A partir de ahí su ascenso fue imparable. Luego, ya convertido en presidente de la Generalidad, vendría su declaración de independencia proclamando el “Estado Catalán dentro de la República Federal Española”, convertido todo ello en un sainete ridículo, que terminó con sus huesos en la cárcel y la posterior liberación tras la victoria del Frente Popular en febrero de 1936.
Después, durante la Guerra Civil, Companys constituyó siete Ejecutivos cuya composición política fue variando a tenor de la coyuntura, pero siempre con los anarquistas de la CNT en su Gobierno. Hasta mayo de 1937, la CNT fue la fuerza hegemónica y con ella pactó ERC haciéndose cómplice, por tanto, de sus crímenes. A partir de los episodios de mayo de 1937, con el enfrentamiento a muerte en plenas calles de Barcelona de anarquistas contra comunistas, estos, victoriosos en la lucha, se convirtieron en los principales aliados del Gobierno de Companys, que abandonó a sus antiguos aliados convirtiéndose en el colaborador indispensable de la dura represión estalinista ejercida sobre la CNT y amplios sectores de la población catalana.
Se pueden exhibir muchos artilugios verbales para eximir a Companys de responsabilidad sobre la tragedia desbocada que sufrió Cataluña (como hace la propaganda de sus panegiristas y correligionarios muchos años después, hasta el extremo de colocarlo en un pedestal de integridad moral). Todo es mentira. Como el barrio gótico, como la sardana, como el Día Nacional de Cataluña.
La verdad es muy distinta, salvo para las mandíbulas acostumbradas a tragar los sables del embuste programado. La verdad es la criminal responsabilidad del ridículo aprendiz de presidente en los miles de asesinatos y en el terror sufrido por la población. Las listas negras de desafectos asesinables surgidas de la propia Generalidad, la incompetencia sectaria de su Gobierno, su propia culpabilidad individual reflejada en las sentencias de muerte firmadas por su puño y letra, y su enloquecido fanatismo siempre dispuesto a pactar con quien pudiese remar en su nave de conveniencia personal.
Los comentarios que hace de él en sus memorias el político independentista y líder del Partido Nacionalista Catalán, Josep María Xammar Sala, concuerdan con los referidos por otros lideres de la época que lo conocieron personalmente: “Visité a Companys (…) le eché en cara la vileza de la dejación de poder para someterse al vilipendio de unas fuerzas incontroladas, enemigas de Cataluña e incompatibles con todo sentido de la responsabilidad. Me alejé de Companys con el convencimiento de que Cataluña no tenía un presidente sino un granuja dispuesto a mantenerse en su cargo aún a costa de la propia y ajena dignidad de su patria”. Federico Jiménez Losantos. Memoria del Comunismo. De Lenin a Podemos. La esfera de los libros. Madrid. 2018.
Con todo, quizás sea la descripción de Joan Solé Pla (médico, diputado de Esquerra Republicana, y amigo íntimo de Francesc Maciá) la que sea más explícitamente descriptiva de una personalidad que haría explicables, en el ámbito de la patología psiquiátrica, los desmanes cometidos durante el mandato de Companys en Cataluña:
“Companys en el fondo es un enfermo mental, un anormal excitable y con depresiones cíclicas; tiene fobias violentas de envidia y de grandeza violenta, arrebatada, seguidas de fobias de miedo, de persecución, de agobio extraordinario y a veces ridículas. ¡Cuántas veces el señor Maciá, con energía, regañándolo, excitándole el amor propio le había tenido que sacar de ese aplanamiento en que lloraba y gemía como una mujer engañada!” Ibíd.
Así pues, recapitulando: A partir del 6 de octubre de 1934 (el momento en que Companys tuvo poder gubernamental efectivo) semejante individuo promovió, usando la fuerza de las armas, un golpe de Estado contra el Gobierno de la República española. La consecuencia fue más de un centenar de víctimas, entre muertos y heridos. Por estos hechos, calificados como “rebelión militar”, Companys pudo haber sido condenado a la máxima pena. Así hubiera sido en aplicación del código penal de 1928. Finalmente, el Tribunal de Garantías Constitucionales de la República condenó a Lluís Companys a 30 años de reclusión mayor, en sentencia fechada el 6 de junio de 1935.
Otros militares a sus órdenes, como Enric Pérez Farràs, comandante de artillería y jefe de los Mozos de Escuadra, o Frederic Escofet, capitán de caballería y comisario general de orden público, no tuvieron esa suerte, pues fueron condenados a muerte tras un consejo de guerra de carácter sumarísimo, en aplicación del Código de Justicia Militar de 1890, vigente en ese momento. Pero el presidente de la República española, Niceto Alcalá-Zamora, ejerció medidas de gracia e indultó a los condenados el 5 de noviembre, conmutando la pena capital por la de 30 años de prisión. Por su parte, Lluís Companys pudo beneficiarse de la amnistía promovida por el Gobierno del Frente Popular, que accedió al poder tras las fraudulentas elecciones de 1936, obteniendo la libertad y recuperando su cargo. Los recientes sucesos del “proceso catalán” son la chusca analogía contemporánea de aquel criminal episodio.
Sin embargo, tuvo la ocasión de devolver la generosidad recibida cuando, el 19 de julio de 1936, se produjo el fracaso del levantamiento militar en Barcelona, encabezado por el general Manuel Goded. El Consejo de guerra fue efectuado en el buque-prisión Uruguay, el mismo donde fue hecho prisionero Companys y sus consejeros tras el golpe de 1934. Los generales Manuel Goded, Justo Legorburu y Álvaro Fernández Burriel fueron condenados a muerte. En este caso, Lluís Companys no hizo el menor gesto de clemencia hacia estos militares derrotados, y los generales fueron fusilados el 12 de agosto de 1936 en el foso de Santa Eulalia del castillo de Montjuich.
Anteriormente, durante las dos últimas semanas de julio de 1936 habían sido fusilados otros oficiales militares. Algunos sin juicio previo, como Francisco Jiménez Arenas, que fue presidente accidental de la Generalidad de Cataluña (nombrado por el Gobierno de la República tras fracasar el golpe de Companys) desde el 7 de octubre de 1934 al 2 de enero de 1935. Jiménez Arenas fue sacado del barco-prisión Uruguay, donde había sido recluido tras el fracaso de la sublevación del 19 de julio en Barcelona, y asesinado por milicianos anarcosindicalistas en la madrugada del 2 de septiembre, siendo enterrado su cuerpo en el cementerio de Moncada i Reixach. Con posterioridad, fue juzgado “en rebeldía”, en enero del año siguiente, por el Tribunal Popular Especial de Barcelona y condenado a muerte. La sentencia se ejecutó, pues, cinco meses antes de la condena judicial, en un mágico alarde de transustanciación jurídica izquierdista.
https://www.historiadors.cat/historia/2021/09/lluis-companys-martir-o-criminal-de-guerra-i/
Luego vino la Guerra Civil y la retahíla de crímenes bajo su mandato, acomodado en el sillón de la Generalidad y convertido en el principal responsable. Tras esta, capturado en Francia por los alemanes y entregado a las autoridades españolas después de un juicio sumarísimo, Companys sería también fusilado en el mismo foso de Santa Eulalia del castillo de Montjuich donde lo habían sido los militares alzados, como si una especie de justicia cósmica decidiese burlarse de los destinos humanos. Desde entonces se ha convertido en el mártir laico de la Cataluña independentista, y todo buen catalán envuelto en la estrellada, se siente levitar cuando pronuncia su nombre.
