Defendemos la tendencia a la nacionalización del servicio de Banca, y mediante las corporaciones, a la de los grandes servicios públicos.
En una economía nacional basada en el cambio, como son la mayor parte de las economías nacionales de los países modernos —a excepción de Rusia—, los bienes y los servicios se compran y se venden en lugares apropiados en los que se fija un precio donde se reúnen los compradores y vendedores de productos y servicios, y se denominan mercados. Por extensión se da el mismo nombre al conjunto de compradores y vendedores de un mismo artículo o servicio.
Hay así mercados para toda clase de bienes y de importancia mayor o menor según la extensión a que se refieren. En unos, como en los mercados semanales de las aldeas, el comprador y el vendedor se ven personalmente y ajustan el precio de los productos que necesitan. Pero en otros, y para ello no hace falta que sean muy desarrollados, aparecen, al lado de los locales de reuniones, medios de transportes o instituciones auxiliares del cambio, los intermediarios, los comerciantes. Estas instituciones personales del cambio y de la producción se colocan, podemos decir, casi materialmente entre los productores y los consumidores de bienes y de servicios y contribuyen a facilitar, cuando funcionan normalmente, el cambio y la misión del mercado.
Pues bien, lo mismo que existen mercados de productos y de servicios, existen también mercados de dinero o quizá mejor de crédito, ya que el dinero reviste esta forma de economía moderna. Y en esos mercados de dinero los intermediarios son los bancos. Por lo menos los intermediarios más importantes. Tiene por misión poner en relación a las dos partes del mercado de crédito. Los vendedores, que en este caso son los prestamistas, que ofrecen dinero a crédito, con los compradores o prestatarios que piden dinero a crédito.
Ahora bien, el dinero pedido a crédito puede servir lo mismo para comprar, por ejemplo, primeras materias, que el transcurso de pocos meses convertirá en productos determinados y, con su venta, el dinero prestado podrá ser devuelto; semillas que al recoger la cosecha pueden permitir el reembolso del crédito, que [sic], por ejemplo, para construir casas o adquirir maquinaria, o realizar mejoras agrícolas, o sean bienes cuyo valor y duración son tales que no podrán permitir reembolsar el préstamo en pocos meses y necesitarán, por tanto, un crédito a largo plazo. Esta diferencia de plazo y de destino del dinero prestado, determina que puede hablarse en realidad de dos mercados de crédito diferente: el mercado de crédito propiamente dicho, que sirve para proporcionar a los empresarios dinero a corto plazo o capital circulante, y el mercado de capital que proporciona crédito a largo plazo, o sea crédito para construir o adquirir capital fijo duradero.
Naturalmente suelen ser distintas las personas que proporcionan el dinero a corto plazo que las que lo proporcionan a largo plazo. Sin embargo, todas se parecen en que son ahorradoras.
Ahorran por corto plazo, colocando en los bancos las sumas líquidas que no necesitan de momento, y han de requerir en plazo breve o bien llevan sus ahorros a los bancos y no pretenden disponer de ellos en plazo inmediato, sino al cabo de largo tiempo. Por esto no tiene gran trascendencia, porque siempre hay medios y órganos en una economía nacional de atender a los posibles cambios de opinión de los ahorradores, en cuanto al intento de colocación de sus ahorros, así por ejemplo: las bolsas de valores.
Tanto en el mercado de crédito, como en el de capitales, intervienen los bancos y se encargan de distribuir entre las funciones y ramas de la producción, los recursos líquidos en dinero del país. En las economías nacionales tradicionales, esta misión la realizan los bancos privados, libremente, sin otra dependencia del Estado que la sumisión a las normas de política monetaria y bancaria dictadas por el Banco Central de Emisión del país (en España, el Banco de España).
Aquí tenemos una nueva pieza y la más importante en la organización del mercado de crédito y del mercado de capitales, que viene a ser el coronamiento de la estructura bancaria del país. El Banco Central de Emisión. Este Banco realiza, además de las funciones bancarias comunes a los demás Bancos, otras funciones especiales y del mayor interés para la economía nacional. Estas funciones específicas del Banco Central de Emisión, durante el siglo XIX y quizá hasta la guerra del 14, eran: ejercicio del privilegio de emisión de billetes (como indica su nombre), concentración de las reservas metálicas del país y defensa del comercio exterior.
La evolución de las economías nacionales europeas después de la guerra del 14 ha llevado a ampliar e incluso a rectificar estas funciones. Así se ha pretendido que el Banco Central, aparte [de] otras misiones técnicas, como garantía de la elasticidad de la circulación, debía estabilizar los precios, para evitar no sólo la depreciación del dinero y sus consecuencias sociales, sino también librar a la economía del país de las fluctuaciones económicas y las crisis, y aún más en los países que pretendían dirigir y orientar la producción nacional, sustrayéndose total o parcialmente a la iniciativa privada para fines de política económica o para fines de organización del país para la guerra.
Resumiendo esta tendencia puede asegurarse que al acrecentar las funciones del Banco Central y al extenderse su esfera de actuación, no sólo a la circulación del crédito, sino también a la producción del país, ha aumentado la conexión del Banco Central con el Estado, órgano supremo rector de la política económica. Esta conexión entre el Estado y la Banca Central, ha revestido distintas formas. Desde la intervención del Estado en la marcha del Banco Central, por delegados o representantes, hasta la nacionalización del Banco Central, convirtiéndose en propiedad del Estado, pasando por formas intermedias mixtas en las que el interés del Estado y el interés de los Bancos particulares, de los productores y empresarios, tienen representación.
Pero por otra parte, así como la tendencia a la nacionalización del Banco Central no encuentra quizá oponentes y recibe más general asentimiento, aun en los países capitalistas, la nacionalización de la Banca privada tiene otro sentido. Su realización completa ha tenido lugar solamente en Rusia. De modo parcial, para cierta clase de Bancos que afectan a la producción nacional de modo destacado o bien por determinados Bancos que han sido salvados de la quiebra, durante la crisis, o para instituciones destinadas a prevenirlas se ha aplicado en Italia (Banco de Roma, Banco Comercial, Instituciones de Financiación de la Industria, son ejemplo de ellos).
Indudablemente, dada la organización de la Banca privada y su sometimiento a las normas del Banco Central, el Estado puede influir a través de éste en el funcionamiento de la Banca privada, sin que ésta deje de estar en manos del capital privado y, por tanto, combinando la agilidad de actuación de la empresa privada y su capacidad técnica con el servicio de los intereses nacionales, realizando así una verdadera nacionalización práctica.
Estím[e]se, no obstante, que la iniciativa privada no puede realizar adecuadamente su misión en el mercado de crédito y en el país de los capitales, por discrepancia del interés privado con el nacional o por no poder someter el interés mediante los órganos oportunos al servicio de la política económica nacional, o porque la regulación y dirección del país corresponde al Estado en todas o en las más importantes ramas de la economía nacional, sólo en este caso correspondería realizar la nacionalización efectiva total o parcial de la Banca privada.
