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Todos los españoles tienen derecho al trabajo. Las entidades públicas sostendrán necesariamente a quienes se hallen en paro forzoso.
Mientras se llega a una nueva estructura total, mantendremos e intensificaremos todas las ventajas proporcionadas al obrero por las vigentes leyes sociales.
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Todos los españoles no impedidos tienen el deber del trabajo. El Estado Nacional-Sindicalista no tributará la menor consideración a los que no cumplen función alguna y aspiran a vivir como convidados a costa del esfuerzo de los demás.
El Caudillo, al terminar la guerra, lanzó la consigna de: «producir, producir y producir». Esa consigna está en pie, señalando una de las obligaciones más fundamentales de todo español. La producción de riquezas es tan esencial para un pueblo que, cuando no alcanza para satisfacer sus propias exigencias vitales, se ve dominado, intervenido o desaparece, bajo otro poder terreno más fuerte.
A España se la llamó en tiempo «granero de Roma»; Castilla estaba poblada de árboles, nuestros sistemas de riegos eran modelo en el mundo; producíamos navíos que sirvieron para destrozar escuadras y romper la incógnita de lo desconocido; nuestros tejidos eran apreciadísimos y las ricas sedas fueron orgullo de nuestro Levante; aprendimos de los fenicios la minería, y Tharsis, recordando a Tartesos, logró fama de fabulosas leyendas. Nuestras lanas merinas alimentaban una artesanía que equipaba Ejércitos de brazos y esforzados luchadores, que conquistaron Europa. Se trabajaba por nuestro litoral y teníamos artes de pesca propios, únicos en el mundo, como ocurrió desde siglos, con las almadrabas, para pescar el atún. El ingenio y el trabajo español fueron orgullo de nuestros mayores.
Pero un día este trabajo lo trasplantamos a un Nuevo Mundo, y se fundaron ciudades, se labraron tierras, se profundizaron minas, se conquistaron almas, se mantuvieron guerras; se creó un Imperio. El esfuerzo y la sangre española regó un continente. ¡Había oro! ¡Mucho oro y plata había en el Potosí! Galeones cargados llegaban a Lisboa, Sevilla y Vigo. Hubo por entonces quien pensó que no merecía la pena trabajar en España si con sólo pasar el Atlántico se lograba oro, metales preciosos, que eran la principal base de la riqueza. Y esta idea fué compartida por muchos.
Mientras esto ocurría en España, había otras naciones en las que los hombres advirtieron a sus pueblos; en Inglaterra hubo uno que dijo: «la causa de todo valor es el trabajo»[1]. En Francia exaltaban a la agricultura como fuente de riqueza.
Pasaron los años y, al cabo del tiempo, ocurrió lo que suele pasar a los pueblos cuya producción es insuficiente para sus exigencias vitales: Nos mancillaron nuestra soberanía los ingleses, haciendo de las claras aguas del Estrecho y de las arenas limpias de Algeciras una colonia, en Gibraltar; se independizó América y nos invadieron los franceses.
Desde entonces España está penando el grave error que cometió al creer que el oro, la plata, el platino, eran la base del poder y de la riqueza.
Ya por Tharsis no se habla español, se oye el inglés y se toma el té todas las tardes, y el Río Tinto corre con sus aguas rojas indicando cómo se desangra nuestra Patria para que los ingleses puedan jugar cómodamente al «bridge» en su espléndido aislamiento. En España hay otros muchos Gibraltares económicos que nos robaron los sudores: el trabajo.
Por ello, cuando se han fecundizado nuevamente nuestras tierras, cuando las nuevas gentes afirmaban ante la historia, con hechos y realidades evidentes, lo bello que resulta morir por España, ya contábamos con la voz de JOSE ANTONIO que había puesto en el trabajo la esperanza y promesa del futuro. Por ello, JOSE ANTONIO nos dijo que el español tenía derecho y deber de trabajar y que el Estado Nacional Sindicalista no tributaría la menor consideración a los que no cumplan función alguna y aspiran a vivir, como convidados, a costa del esfuerzo de los demás. (Punto 16).
Y es que el español que no trabaja traiciona a España, permitiendo y colaborando a su debilidad y haciendo posible que continuemos siendo una colonia inglesa.
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Los factores de la producción, esto es, los medios indispensables para producir, como ordenara el Caudillo, cuando terminó la guerra, son: la naturaleza, el trabajo y el capital.
La naturaleza ha continuado dispensando a España los dones de sus favores, que sirvieron de base para nuestra grandeza en los días de esplendor.
El capital es una mera creación del hombre, por medio del trabajo, y ambos, combinados, colaborar en la producción. Si entre el capital y el trabajo no hubiera habido luchas, se habrían evitado muchos males; pero ocurrió que hubo hombre[s] que, cuando tuvieron capital, lo emplearon, no en su función natural, de medios de producir, sino como instrumento de dominación. Por eso el Estado Nacional Sindicalista, que tanto sabe de luchas provocadas entre el capital y el trabajo, valora en sus justos términos al primero y exalta al segundo, considerándolo fecunda expresión del espíritu creador del hombre, lo protege con la fuerza de la Ley, otorgándole las máximas consideraciones y haciéndole compatible con el cumplimiento de los demás fines individuales, familiares y sociales (núm. 4. Capítulo 1.º del Fuero del Trabajo).
El fin último que pretenden estas declaraciones programáticas no es otro que intentar hacer que el trabajo actúe sobre un medio ya conocido, en su estructura y rendimiento —el medio natural— para lograr la Patria Grande y Libre.
Sin el esfuerzo entusiasta de los buenos españoles, dirigido a un fin superior de interés nacional, continuaremos siendo un pueblo pequeño y dominado, en vez de Grande y Libre. De ahí la justificación, el porqué, del Fuero del Trabajo. De ahí, la necesidad de apreciar, en lo que vale, al trabajo, inculcando en las nuevas generaciones el respeto al mismo, en sus diversas formas de intelectivo, de dirección, manual, etc.
Misión muy fundamental de las jerarquías femeninas ha de ser defender el amor y el respeto al trabajo; haciendo cumplir íntegramente el Punto 16 del Nacional Sindicalismo; procurando apartar a los que no cumplen función alguna y aspiran a vivir como convidados, a costa del esfuerzo de los demás, y prestando amplia colaboración a las iniciativas individuales, al deseo y afán de trabajar.
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En cuanto a las declaraciones del Punto 15, referentes a que las entidades públicas sostendrán necesariamente a quienes se hallen en paro forzoso, hemos de acordarnos siempre cómo no ha habido en España ninguna otra forma de gobernar anterior que realice de manera efectiva la labor de las grandes organizaciones de nuestro Partido: Auxilio Social y Sección Femenina.
Aún no se ha llegado a la nueva estructura total de que habla el Punto 15. Aún nuestra organización económica y sindical lucha contra los resabios marxistas y capitalistas, por eso se han mantenido e intensificado todas las ventajas proporcionadas al obrero por las pasadas leyes sociales (Punto 15, párrafo 2.º). Pero es más, se ha mejorado notablemente la legislación social. Así, ya funciona el subsidio familiar, se revisan las bases de trabajo. Se creó la Magistratura del Trabajo[2], rodeándola de competencia, honorabilidad e independencia judicial y apartándola del germen de lucha de clase que representaba el criterio informativo que inspiró a los suprimidos Jurados Mixtos y Comités Paritarios. Nuestras leyes de previsión avanzan cautelosamente, logrando, en un estudio sereno, más que las grotescas huelgas y luchas provocadas en situaciones anteriores. El CAUDILLO se preocupa de todo ello como se desveló por nosotros cuando estábamos en guerra, y las casas baratas, las viviendas protegidas, van extendiéndose por España, en beneficio de los más modestos, como si fueran mensajeras de paz.
[1] Adam Smith.
[2] Prevista en la Declaración VII del Fuero del Trabajo y creada por el Decreto de 13 de mayo de 1938 [art. 4.b)], a propuesta del Ministro de Organización y Acción Sindical (BOE de 29 de mayo de 1938).
