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Hay que elevar a todo trance el nivel de la vida del campo, vivero permanente de España. Para ello adquirimos el compromiso de llevar a cabo sin contemplaciones la reforma económica y la reforma social de la agricultura.
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Enriqueceremos la producción agrícola (reforma económica), por los medios siguientes:
Asegurando a todos los productores de la tierra un precio mínimo remunerador;
Exigiendo que se devuelva al campo, para dotarlo suficientemente, gran parte de lo que hoy absorbe la ciudad, en pago de sus servicios intelectuales y comerciales;
Organizando un verdadero crédito agrícola nacional, que al prestar dinero al labrador a bajo interés con la garantía de sus bienes y de sus cosechas le redima de la usura y del caciquismo;
Difundiendo la enseñanza agrícola y la pecuaria;
Acelerando las obras hidráulicas;
Ordenando la dedicación de las tierras por razón de sus condiciones y de la posible colocación de los productos;
Orientando la política arancelaria en sentido protector de la agricultura y de la ganadería;
Racionalizando las unidades de cultivo para suprimir tanto los latifundios desperdiciados como los minifundios antieconómicos por exiguo rendimiento.
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Organizaremos socialmente la agricultura por los medios siguientes:
Distribuyendo de nuevo la tierra cultivable para instituir la propiedad familiar y estimular enérgicamente la sindicación de labradores.
Redimiendo de la miseria en que viven las masas humanas que hoy se extenúan en arañar suelos estériles, y que serán trasladadas a las nuevas tierras cultivables.
Al comentar, camaradas, ante vosotras los Puntos 17, 18 y 19 de la Falange, no vamos a hablar de las medidas económicas y jurídicas que debe tomar el Estado para hacer una Reforma Agraria. Otros podrán hablaros de ella con un puro sentido económico que ponga en oposición el interés material de los hambrientos con el interés patrimonial de los que poseen, como pusieron unos y otros, dentro de la Patria, clase contra clase en pugna mortal para la Patria misma. Nosotros, la Falange, al comentar aquellos Puntos, venimos a hablaros de libertad; pero no de la libertad como concepto jurídico o político, deshumanizado y literal, que no os interesa, sino de la libertad en el total, humano y religioso, con que se encierra en la intimidad profunda de todos los problemas que otros plantearon con carácter exclusivamente patrimonial y económico.
La Falange, que no es liberal, dice, sin embargo, que ha de comenzarse lo primero por el individuo, y tenéis que entender cómo esta afirmación forma, sin concesiones, en el contenido del «modo de ser nuevo», y cómo este concepto que, en boca de muchos, es un lugar común, recobra su sentido en cuanto se le centra en la Falange misma, y, por fin, cómo las medidas económicas y jurídicas que un problema requiere pierden en sustantividad desde el momento en que aquél deja de examinarse como problema patrimonial y adquiere categoría de problema humano.
Entendedlo, pues, camaradas, el problema de la Reforma Agraria encierra otro más hondo, más vivo, más humano: el de la libertad del individuo y de la Patria.
Por esto la Falange al plantearse la Reforma Agraria, al comprometerse a «redimir de la miseria a las masas humanas que hoy se extenúan en arañar suelos estériles», habla en primer término del hombre del campo, de la vida en el campo, que hay que elevar a todo trance, porque el campo es el «vivero permanente de España»: ¡recordad nuestra guerra!
Por lo mismo también, a los que se acercaban a la Reforma Agraria con solo un criterio económico y a los que se defendían de ella con un puro sentido patrimonial, al mundo viejo, en fin, delicuescente y turnante [sic] de los partidos de la República, oponía la Falange su modo de ser nuevo, llamando «monstruosa a la pugna, que aquellos sostenían, de interés material con interés material, como si sólo de eso se tratara; monstruoso que quienes se defendían contra la Reforma Agraria alegasen sólo títulos de derecho patrimonial, como si los de enfrente, los que reclaman desde su hambre de siglos, sólo aspirasen a una posesión patrimonial y no a la íntegra posibilidad de vivir como seres religiosos y humanos»[1].
«La Reforma Agraria, le decía a aquel mundo JOSE ANTONIO, no es sólo un problema técnico, económico…, es un problema entero, religioso y moral»; es un problema humano y por esto la Falange llamó Revolución, a lo que aquellas gentes denominaron tan sólo reforma, porque frente a un problema humano pierden inmediatamente validez cualesquiera defensas económicas o jurídicas, incluso para los que se defienden. Para la Falange es, pues, un hecho la «subestimación jurídica de la propiedad territorial» y por ello no siente respeto hacia las posiciones económicas que se amparan en ese título jurídico subestimado.
Lo económico y lo jurídico han perdido así, para nosotros, la sustantividad que le atribuían los últimos restos políticos de la decadencia liberal, en el problema de la Reforma Agraria, y han recuperado, de este modo, su posición normal de medios o instrumentos perfectamente manejables y absolutamente sometidos a la necesidad que mueve aquel problema.
Pero esta sumisión de los instrumentos hace también que alcance a su manejo «la entera política para la humanidad labradora» que ha venido a cambiar el concepto, incluso económico, de la Reforma Agraria, porque hasta los días en que fué fundada la Falange no se había concebido a España en lo económico.
Antes, las soluciones marxistas y populistas, las dos enfiladas sobre la misma línea con una sola diferencia de ritmo, habían reducido la Reforma Agraria a meros problemas de repartos de tierras, intentando una solución exclusivamente social del problema económico y social de la tierra: los socialistas, sobre todo, tenían que cumplir su declaración de derechos que comprendía el principio de «la tierra para el que la trabaja», sin que, por cierto, les importara perpetuar su miseria.
Ahora nuestra Revolución Nacional, que no cumple compromisos sino funciones, anticipando las soluciones económicas a cualquier declaración de derechos, ha de enriquecer primero la producción agrícola por todos los medios que señalan los Puntos 18 y 19, para trasladar en seguida «a las nuevas tierras cultivables las masas humanas redimidas».
A un criterio cuantitativo, de reparto puro y simple, nosotros oponemos, puesto que se trata de un problema humano, otro cualitativo que no excluye el reparto, pero que exige como condición previa que las tierras repartidas no sean tierras yermas que hagan el trabajo estéril, sino tierras feraces que le devuelva en frutos su humana calidad fecundante y al hombre que trabaja su libertad moral, y no sólo política, al servicio de España.
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Emprenderemos una campaña infatigable de repoblación ganadera y forestal, sancionando con severas medidas a quienes la entorpezcan e incluso acudiendo a la forzosa movilización temporal de toda la juventud española para esta histórica tarea de reconstruir a la riqueza patria.
Una de las cosas que más falta le hace a España son los árboles. Extensiones inmensas de tierra están calvas de arbolado, eriales tremendos inútiles para cualquier cultivo y montes inmensos sin un solo árbol, y así pedazos y pedazos de la Patria, que se calcinan de calor en verano y se hielan en invierno, y miles y miles de pueblos grises, sin una sombra donde cobijarse en cien kilómetros a la redonda, tan desapacibles, que hasta sus mismos nombres denotan esta soledad del paisaje, como Calvarrasa.
Pues bien, España no era así. En España había bosques inmensos que además de servir para su ornamentación, eran una gran riqueza para la Patria.
Pero como en todo, la dejadez y la mala política acabó con los bosques. Por eso es tarea de la Falange, que todo lo renueva, repoblar a España de árboles; llenarla de pinos, de chopos, de arbolado de todas clases que produzcan madera y frutos para aumentar la riqueza de España.
Infinidad de productos que se sacan de la madera hay que traerlos del extranjero, porque España no tienes bosques. Millones y millones de pesetas se van todos los años en importar materias que España podría producir.
Uno de los mayores desastres, consecuencia de la guerra, ha sido la quema de los bosques, porque se destruye una casa y vuelve a rehacerse deprisa, entre otras cosas porque el hombre tiene necesidad de vivir bajo techado; pero se quema un árbol, y como el español no siente la necesidad del árbol, no se planta otro, y aunque se plante tarda años y años en crecer.
Pues bien, la Falange está dispuesta a movilizar obligatoriamente a toda la juventud para que se planten de nuevo estos árboles que necesita la Patria.
Y aunque la tarea es lenta, no importa que nosotros no la veamos; lo importante es que se haga. La Falange no emprende obras con el solo fin de exhibirlas; la Falange quiere la transformación de España a fondo, aunque todo esto sea obra de cincuenta o sesenta años; pero eso no importa, porque el tiempo no debe contar entre nosotros, ya que la obra de la Falange tiene que ser duradera como sean los siglos, y es que esta plantación de árboles nuevos sería una de las obras más revolucionarias y más fundamentales realizadas por la Falange.
Otra de las grandes tareas que se propone someter [sic] el Partido, según este Punto, es la repoblación ganadera.
También le hacen falta a España animales seleccionados que pueden producir riquezas inmensas para la Patria. Ganado vacuno, lanar, de cerda, aves, conejos. Millones y millones de pesetas se gasta España también en traer huevos y otros productos del extranjero. Y esto se resolvería sencillamente con que cada familia campesina tuviera sus animales bien cuidados y seleccionados.
No hacen falta grandes granjas, la producción familiar abastecería España en todas sus necesidades.
Así, pues, la solución de este problema lo tiene en sus manos la campesina. Bastaría con que tuviera un poco de interés y con que pusiera cariño en el trabajo, para que ésto se remediara.
La familia que se preocupa de mejorar los productos caseros y de seleccionar las razas de animales, no sólo consigue un mayor bien para ella, sino que contribuye a elevar el nivel de la producción española y evita también el que se traiga del extranjero aquello que puede producir España. Porque en esto como en todo tenemos que procurar mejorar el nivel de la vida familiar, no solamente por el bien que esto puede proporcionarnos individualmente, sino por lo que supone para el mejoramiento total de España.
[1] Discurso de José Antonio con motivo de la clausura del II Consejo Nacional de la Falange (17 de noviembre de 1935).
