Por ser dos hechos íntimamente relacionados y considerarse probado que uno es consecuencia directa del otro, hablaremos en este mismo apartado del secuestro de José Antonio Ortega Lara, que ya hemos mencionado brevemente al principio. Contaremos no obstante unos detalles acontecidos en el transcurso de su cautiverio y de como “estuvo a punto de acabar todo”, en una odisea que para él comienza el día 17 de enero de 1996 en el garaje de su casa en Burgos, y según dice él mismo “aún no ha terminado”, pues sometido a un estrés postraumático constante todos los días se enfrenta de nuevo a esa situación.
José Antonio Ortega Lara ya sabía que era un objetivo potencial de aquella banda de asesinos, de profesión Funcionario de Prisiones ya habían sido muchos sus compañeros asesinados en el pasado y muchos más los que de forma diaria soportaban las constantes amenazas que de manera impune proferían los presos de la banda por el simple hecho de no favorecerles o no proporcionarle privilegios penitenciarios para los que no estaban autorizados. Debemos sumar por si fuera poco, su militancia en el Partido Popular desde 1987 no siendo necesario decir que era objetivo “por partida doble”. En el momento en que les preguntó a sus secuestradores por las razones de su secuestro estos le manifestaron sin más y con bastante desinterés que había sido por formar parte del aparato represor del estado, como si fuera una frase hecha que estuvieran acostumbrados a pronunciar todos los días.
La investigación comienza el mismo día de su secuestro, y se sigue de forma paralela con el de José María Aldaya, que permanecía secuestrado desde el día ocho de mayo de 1995. Si bien en el secuestro de este último la banda pedía el pago de un rescate, en el del primero aparece nuevamente la reivindicación del acercamiento de los presos a cárceles cercanas a su lugar de origen. Es más de un año después cuando la Guardia Civil, tras innumerables horas de trabajo de decenas de agentes y seguir múltiples líneas de investigación logra relacionar con pruebas fehacientes la relación del secuestro con un terrorista en concreto, y lo hace a través de una agenda intervenida en Francia a uno de los líderes de la banda Daniel Derguy.
En una de las páginas y de forma muy discreta aparecía la anotación “Ortega 5K”, y en otra parte de la misma y alejada de la anterior la inscripción “Bol”, entre otros muchos apuntes y reseñas. Pero es en esto en lo que se fijan los investigadores, y aunque no fue difícil intuir que de esa primera inscripción se desprendía el pago de “5 Kilos para mantener secuestrado a Ortega”, más lo fue relacionar en esos momentos lo de la otra parte de la anotación con una pista fiable; y lo que ahora para nosotros cae de cajón tras ser partícipes del “culebrón” que entre 2012 y 2015 se vivió con la enfermedad de aquel sucio terrorista de apellido “Bolinaga”, no fue en aquellos momentos tan fácil ni directo para la Guardia Civil.
Los investigadores deciden seguirle con mucha discreción, era mucho lo que se jugaban, y el dispositivo da sus frutos pocos días después al ver que el sujeto acude varias veces al día a una nave industrial de Mondragón, (Guipúzcoa). Lo hace tras efectuar algunas compras en almacenes de alimentación saliendo a continuación del lugar sin estos productos, pero frecuentando él mismo a continuación otros establecimientos de hostelería o llegando a su propio domicilio puntualmente a la hora de la comida. Era obvio que tenía que ser ese el lugar, logrando desvelar además las mismas conductas en otras personas que luego se demostró que formando parte de la banda también eran los responsables de mantener en cautiverio a nuestro Ortega Lara.
Es en plena noche cuando se produce el asalto, con los medios oportunos y la intervención de la Unidad Especial de Operaciones, (UEI), de La Guardia Civil, el equivalente al GEO en la Benemérita. Asaltan la nave con todas las precauciones por si en el interior se encontraran “elementos armados”. Tan solo un perro y maquinaria pesada de las utilizadas décadas atrás es lo que se halla en la nave, no obstante realizan minuciosamente un registro ante la seguridad y la certeza de las pistas que hasta allí le condujeron.
Josu Uribetxeberría “Bolinaga”, conducido hasta allí en calidad de detenido junto con sus tres cómplices para presenciar el registro, no se da por derrotado y no facilita la ubicación del zulo donde varios metros de tierra y hormigón más abajo Ortega Lara sigue encerrado sin ser partícipe de lo que ocurre más arriba.
Es este “el preciso momento” en que todo pudo haber cambiado y si las cosas hubieran acabado así posiblemente estaríamos hablando de José Antonio Ortega Lara como si de Miguel Ángel Blanco Garrido se tratara. Más tarde el propio Bolinaga diría que su intención en ese momento era cumplir sus órdenes hasta al final y dejar morir al “cautivo” de hambre.
Pero el destino no quiso que fuera así y cuando el allí presente Juez de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón con cara de “reproche” insta a los sesenta agentes a abandonar el lugar, estos, con el por entonces Capitán Sánchez Corbí a la cabeza insisten y comienzan de nuevo otra inspección palmo por palmo de la nave hasta que uno de ellos, por ver que en una zona del suelo falta algo de “polvo”, manipula una de esas máquinas y al mover una palanca se despeja un túnel que se hunde en el suelo de la nave y conduce a un pequeño túnel.
En ese momento cambia la cara de los agentes y del juez, es uno de ellos quien se introduce en el agujero y llega a un habitáculo de algo más de dos metros de largo y un mecho ochenta de alto, si el miedo para los de arriba era encontrarse al rehén sin vida para el de abajo el miedo era otro diferente, y es que pensaba que había llegado la hora de su muerte, la que resignado aceptaba como una liberación.
Hubiera sido digno de ver la cara de los dos, sobre todo la de satisfacción del Guardia Civil al encontrar a este agazapado en un rincón, pero con vida, y más tarde la de sus compañeros después de comunicarle que habían cumplido con éxito la misión, y también la del Juez, ¿quizás le mirarían a él ahora con “reproche”? Contaron que una vez asomó la cabeza por el agujero abrumado de tanto gentío volvió a introducirse nuevamente hasta el fondo del zulo, nos tendremos que conformar con la mirada perdida que vimos en los noticiarios de esa mañana y a lo largo del día cuando se encontraba con sus familiares después de 532 días. Su hijo al verle no le reconoció.
La mirada perdida y de desesperación de quien creyó que tenía todo perdido durante 532 días.
La casualidad quiso que esta liberación coincidiera, aunque la banda desconocía que se estaba llevando a cabo la operación de la que hablamos, con la liberación del abogado Cosme Delclaux Zubiría, que es encontrado seis horas antes en las proximidades de Elorrio, (Vizcaya), tras el pago por parte de su familia de la cantidad de entre “ochocientos y mil millones de pesetas. El Mencionado Cosme Delclaux había relevado a José María Aldaya en las fauces de la organización terrorista.
Una de las preguntas que se formuló en su momento y que quizás sigue siendo necesaria tantos años después es: ¿Qué hubiera pasado si los secuestradores detectan el seguimiento de que están siendo objeto? No cabe más que agradecer la dedicación, el esfuerzo y el buen hacer de estos profesionales que encuadrados en nuestros Fuerzas y Cuerpos de Seguridad realizan de forma anónima y diaria sus labores de la mejor manera y son un orgullo a nivel mundial. En todo caso, el responsable de la operación de aquel día, ya con el grado de “Coronel” y con una extensa carrera en la Guardia Civil es destituido años después de su cargo de “Jefe de la UCO” por el ministro del interior Fernando Grande Marlaska, alegando este último “pérdida de confianza” para tomar esa decisión.
“Veintitrés kilos” fueron los que perdió Ortega Lara en su cautiverio, pérdida de masa muscular y densidad ósea incluida, unido a ese estrés postraumático del que ya hablamos. Junto con fases de depresión, ansiedad y trastornos del sueño, son las secuelas que le han quedado y que le han hecho pasar poco después de su liberación a la situación de jubilado como víctima del terrorismo por ser incapaz de realizar su trabajo.
En un acto de sinceridad y valentía él mismo contó alguno de los detalles vividos en aquel habitáculo en el que solo podía dar tres pasos hasta chocar con las paredes y que por tener el techo en caída únicamente le permitía ponerse de pie en el centro. Contaba también que le pasaban por la mañana agua para asearse y beber, comida tras veces al día predominando las frutas y legumbres, medicinas básicas cuando las necesitaba, recibía también la prensa diaria y algún libro que leía bajo la pobre luz de una lamparilla.
También contó que al principio mantuvo largas charlas con sus torturadores, pero fue él quien decidió suprimirlas por razones de higiene mental. Le obligaban a firmar documentos dirigidos al gobierno y a hacerse fotos con periódicos del día y vídeos pronunciando frases previamente escritas para demostrar que seguía vivo. Después de su negativa a todo ello en alguna ocasión llegaron a ofrecerle vino a cambio de que lo hiciera, pero no consiguieron nada.
Intentó suicidarse en varias ocasiones, en alguna de ellas perdió el sentido tras cortarse las venas con una pieza metálica de la cama que había limado contra el suelo, pero recobró el conocimiento ensangrentado, fingiendo una hemorragia nasal para que sus carceleros no se dieran cuanta de sus intenciones. Con el tiempo consiguió tejer una cuerda para ahorcarse y se había fijado un plazo que afortunadamente no llegó a cumplirse por producirse su liberación.
En todo caso y como epílogo resaltaremos que si valiente fue rememorar lo anterior, más lo fue sin duda que de su propia voz se escuchara decirle al por entonces Ministro del Interior Jaime Mayor Oreja estas palabras: “Muchas gracias por no negociar”, “Me ha tocado a mí y ya está”, Finalmente también relataría que fue su meditación y su creencia en Dios lo que le hizo resistir tanto tiempo en aquellas condiciones.
Julián Achurra Egurola, (alias “Pototo”), y José Luis Aguirre Lete, (alias “Isunza”), fueron los que dieron las órdenes al resto del comando para perpetrar el secuestro, son condenados por la Audiencia Nacional al cumplimiento de 32 años de prisión, se consideró además probado que dieron también órdenes para la construcción del zulo. En la localidad de Lekeitio, (Vizcaya), se organizó con fecha 11 de julio de 2021 un homenaje al primero por llevar ya “veinticinco años en prisión”. Ambos cumplen desde el año pasado sus condenas en lugares próximos a sus lugares de origen en virtud de la nueva política penitenciaria del gobierno.
Las otras cuatro condenas por este secuestro lo fueron también a 32 años, y se impusieron, empezando por aquel que habiéndole negado los derechos más básicos a otra persona fue capaz de pedir para sí mismo clemencia y apelar a la humanidad de las gentes cuando cayó enfermo:
Josu Uribetxeberría Bolinaga, tras huelga de hambre es liberado el día 17 de agosto de 2012, momento en que la asociación de Víctimas del Terrorismo, (AVT), le recordó vivamente los detalles descritos en estos últimos párrafos. Fallece de cáncer en el propio Mondragón tres años después. Fue quien junto a Erostegui y a punta de pistola le agarró por el cuello y le introdujo por la fuerza en el maletero de su propio coche coche.
José Miguel Gaztelu Ochandorena, que sale de prisión en 2017, tuvo su homenaje en su localidad natal de Bergara. (Guipúzcoa). Fue quien permanecía vigilante mientras dos de sus compañeros perpetraban la acción.
Javier Ugarte Villar Oñate que abandona la prisión en julio de 2019 y que también tuvo su homenaje en su localidad natal de Erandio, (Vizcaya). De guardia a la salida del centro penitenciario es quien da aviso al resto de sus cómplices de que el objetivo está en camino puntualmente.
José Luis Erostegui Bidaguren, que no tuvo homenaje alguno por coincidir su liberación con el decreto del estado de Alarma por Covid-10 en 15 marzo de 2020. Fue quien junto a Bolinaga le agarró por el cuello y le amordazaron de pies, manos y boca y le introdujo por la fuerza en el maletero del coche del propio funcionario
Daniel Derguy, a quien incautaron la agenda que contenía la anotación que sirvió de base en la investigación, no fue condenado por estos hechos pero ingresó en prisión en Francia con otras condenas, salió de prisión en 2008.
Todos tenían órdenes de la dirección de la banda de asesinarlo o dejarlo morir de hambre. En el momento de su liberación le fue incautada al comando una pistola con la que ya habían asesinado el día 6 de diciembre de 1985 en el propio Mondragón al Guardia Civil Mario Manuel Leal Baquero, también fueron condenados por este crimen.
José Antonio Ortega Lara, aunque manifestó en varias ocasiones que no guardaba rencor a sus captores, jamás padeció el denominado “síndrome de Estocolmo”. Lo dijo así fue por considerarlos unos “parias”, responsabilizando vivamente a los jefes de la banda de asesinos que así lo ordenaron.
En este capítulo hemos descrito con detalle dos hechos y por coincidir en el espacio temporal hemos mencionado de soslayo otros dos, como han visto hubo varios finales diferentes, pero fueron 76 secuestros, y según otras fuentes algunos más.
