Las celdas de tortura eran casi todas similares: hondos y angostos antros subterráneos, de gruesos muros tapizados de telarañas y de moho, chorreantes de agua viscosa y fétida, sin ventanas ni resquicio alguno por el que pudieran salir al exterior los alaridos de los torturados. El que aparece aquí da idea de los demás, ya que, según queda indicado, son semejantes todos ellos. Sin embargo, hay que rememorar especialmente algunas variedades inventadas por sutiles refinamientos de crueldad. He aquí dos de ellas, pertene- cientes a la Tcheka de Stavropol:
1a «La cueva ardiente».- Ésta consistía en un celda obscura, en el fondo de un sótano, de tres metros de larga por metro y medio de ancha. En el suelo hay cavados tres escalones. Para la tortura se encerraba en esta celda a diez personas a la vez, de tal modo que les era imposible apoyar los pies en el suelo, y algunos tenían que sostenerse en el aire apoyados en los hombros de otros presos. Naturalmente, el aire de esta celda estaba tan enrarecido, que cualquier luz se apagaba inmediatamente y era imposible encender una cerilla. Los presos eran tenidos en esta celda dos o tres días, no sólo sin alimentos, sino también sin agua, y no se les dejaba salir un minuto, ni aun para satisfacer sus necesidades naturales. En algún caso se comprobó que fueron encerradas mujeres con los hombres en la «cueva ardiente».
2ª «La cueva fría».– Esta fosa era un antiguo heladero. Se desnudaba casi por completo al condenado; se le hacía descender a la fosa por una escalera de mano, que luego se retiraba, y, desde arriba, se le vertía agua sobre el cuerpo. Esto se practicaba en invierno, en plena helada. Se comprobó también que hubo ocasión en que algún preso recibió hasta ocho cubos de agua.
Celda de tortura en Kiev.
Esta celda de tortura es descrita así por un visitante autorizado, Nilostonski: Suelo cubierto de sangre, despojos de osamentas y cerebros. El primer objeto que en el local saltaba a la vista (también en la fotografía es bien visible) era un tajo sobre el cual se colocaba la cabeza de la víctima para machacarla a golpes de palanca. (También debía de emplearse la espada, según indica lo que en la fotografía aparece sobre el tajo.)
«Al pie del tajo había una fosa (sin duda, la que se ve en el centro del grabado) llena hasta los bordes de restos de cerebros. Era allí donde caía la masa encefálica al ser rotas las cabezas.
» He aquí la descripción que hace un periodista de otra celda de tortura en la Transcaucasia:
«En los sótanos obscuros, húmedos y profundos, del local de la Tcheka, el preso destinado a la tortura está encerrado durante semanas enteras sin alimento, y, frecuentemente, sin agua. Nada de camas, ni de mesas, ni de sillas. Sobre el suelo desnudo, en el fango sangriento, que les llega hasta las rodillas, están echados los infelices que por la noche han de librar verdaderas batallas con las ratas hambrientas. A veces se le hace descender al preso a un sótano más hondo, completamente obscuro. Al cabo de algún tiempo, la sangre del torturado se hiela, se le sube sin conocimiento, se le reanima y se repite la operación hasta que el paciente muere o hasta que, al fin vencido, deja escapar algo comprometedor, aunque sea lo más inverosímil.»
Otra celda de tortura y ejecuciones de Odesa.
Las celdas de tortura solían ser también, en muchos casos, lugares de ejecución, ya por medio de la espada o del sable, ya por disparos de pistola o ya por fusilamientos en regla. Este último sistema fue empleado en ese sótano de Odesa, en el que aparecen informes restos humanos, amon- tonados entre dos barricas que contenían ácidos corrosivos para quemar los cadáveres, con el fin, sin duda, de evitar el escándalo y las protestas de la población ante el enorme número de víctimas, por el fusilamiento secreto de éstas y la desaparición de sus restos.
No se explica bien, sin embargo, esta precaución en Odesa, que fue uno de los puntos donde el terror alcanzó el más alto grado de violencia e intensidad públicamente. Aquella Tcheka contaba con numerosos verdugos, entre ellos el negro Johuston, monstruo de crueldad y de fanatismo, que tenía la especialidad de desollar a las víctimas, cortarles los pies y las manos, etc.
Una mano destrozada en la celda de tortura de Kharkov.
«Cada Tcheka tenía, por decirlo así, su especialidad torturadora. Eran innumerables, y a cual más cruel, los medios de tortura, porque los tchekistas parecían empeñados en una atroz competencia de refinado ensañamiento. Pero, entre todos ellos, descollaba Saenko, jefe de la Tcheka de Kharkov, cuya especialidad era arrancar la piel de la mano como se saca un guante.
» Esta última tortura es elocuentemente denunciada por el trozo de la mano deshecha de una víctima que aparece en esta fotografía de la celda de tortura de Kharkov, tomada inmediatamente después de la marcha del ejército rojo.
«Golpes, costillas y piernas rotas, cráneos magullados, manos y pies cortados, cabezas sólo sujetas al tronco por un jirón de piel, quemaduras producidas por un hierro al rojo blanco, espaldas surcadas por anchas quemaduras.»
La cochera de la Tcheka de Kiev, convertida en lugar de tortura.
Esta cochera trágica es descripta así por Nilostonski, quien afirma que era llamada oficialmente «matadero»:
«…Todo el suelo de cemento del gran Garaje (se trata del «matadero» de la Tcheka Departamental) estaba inundado de sangre. Esta sangre no corría, sino que formaba una masa de algunas pulgadas: era una horrible mezcla de sangre, de cerebros, de trozos de cajas craneanas, de mechones de pelos y de otros despojos humanos. Todas las paredes, agujeradas por las balas, estaban salpicadas de sangre, con trozos de masa encefálica y jirones de cuero cabelludo adheridos.
«Un canalillo de 25 centímetros de anchura y otros tantos de profundidad, con una longitud aproximada de diez metros, iba desde el centro del garaje a un lugar contiguo, en el que había un tubo de desagüe. Este canalillo estaba lleno de sangre hasta los bordes en toda su longitud… Al lado de este lugar de horror, en el jardín del mismo inmueble, yacían los cuerpos de las últimas 127 víctimas de la matanza… Lo que más me sorprendió es que todos los muertos tenían el cráneo machacado, algunos aplastado por completo… Ciertos cuerpos no tenían cabeza, pero ésta no había sido cortada, sino arrancada…»
Calabozo de un condenado a muerte.
La perspectiva de ese calabozo, estrecho y sombrío como un nicho de cementerio, no es menos angustiosa y escalofriante que la entrada a la celda de tortura vista en una de las páginas anteriores.
La descripción del «calabozo de los condenados a muerte», en Kiev, por Nilostonski, da una idea de lo que solía ser tal calabozo:
«Los condenados son encerrados en subsuelos, en calabozos o en sótanos completamente obscuros. En uno de esos calabozos de cuatro archinas de largo por dos de ancho, eran amontonadas de quince a veinte personas. Entre ellas había ancianos y mujeres. No se dejaba salir a estos desdichados ni un momento y tenían que evacuar allí mismo sus necesidades naturales. En Petersburgo, después de la lectura de la sentencia, se dejaba aún allí a los condenados un día y medio. No se les daba de comer ni de beber. ¿Un condenado a muerte no es un hombre acabado?»
Los calabozos de la calle Gorkhovaia, de Petrogrado, donde se encuentra la prisión de la Tcheka local, parecen ataúdes de madera.
Inscripción hecha por un ejecutado, en una pared de su calabozo, en Kiev.
La angustia y la desesperación de los presos sometidos a crueles torturas físicas y a la moral no menos cruel de la inminencia de la muerte, a falta de otras expansiones que les eran imposibles, ya que sus gemidos y gritos eran vanos y ahogados frecuentemente a golpes, tenían un emocionante reflejo en las trágicas inscripciones que solían hacer en las paredes de los calabozos.
Ese medio gráfico de desahogar su sufrimiento, corrientemente empleado por los presos en las cárceles de todos los países, se había de imponer más que en ningún otro caso en las terribles circunstancias que concurrían en las prisiones tchekistas, cuyos ocupantes eran por lo general sañudamente torturados y los más de ellos tenían ante los ojos la pavorosa perspectiva de la muerte inmediata, precedida y acompañada por atroces tormentos.
He aquí una desgarradora muestra de esas inscrip- ciones, con fúnebre patetismo de autoepitafio, hecha por un condenado a muerte en la pared de su calabozo: «Fusilado el 23 de marzo, a las siete de la tarde, a los veintitrés años».
¿Hay que mostrar el trágico horror que implica esa consignación previa de las circunstancias de su muerte, hecha por un joven en el primaveral florecimiento de su vida?
Otras inscripciones hechas por presos en las paredes de sus calabozos.
El desahogo de las inscripciones murales, en las que los condenados reflejan de modo conmovedor y perdurable sus sufrimientos, abunda mucho en los calabozos de las Tchekas, y ello es muy explicable por las razones apuntadas más atrás.
La colección de esas lamentaciones gráficas es tan varia como copiosa, dentro de la uniformidad de su tono dramático y patético. Nada más emocionante que esas persistentes huellas del dolor humano. La reproducción fotográfica de algunas de ellas es, por ende, un documento de tanto interés como emoción. He aquí una bien nutrida hecha en un calabozo de Kiev. Y he aquí a continuación las expresiones literalmente traducidas de algunas de ellas:
«Durante cuatro días se me ha molido a golpes, hasta hacerme perder el conocimiento; se me ha dado a firmar un acta preparada; yo la he firmado; no podía ya resistir el dolor». «Yo he soportado alrededor de ochocientos golpes dados con la baqueta de un fusil y ya no era más que una masa de carne.» «Celda de torturas.» Y, finalmente, ésta, que parodia la sentencia de desesperada fatalidad imaginada como signo supremo del horror infernal por el genio del Dante: «Los que entréis aquí, perded toda esperanza.»
Victimas de la Tcheka de Zhigomir, en 1919.
La ola del Terror Rojo, que asoló el vasto territorio moscovita desde 1918 a 1924, tuvo tal densidad y tanta extensión, que haría falta una incalculable cantidad de espacio y de tiempo, no ya para reseñar, sino para registrar, siquiera sumariamente, todos sus estragos conocidos, sin contar los que se han hurtado hasta ahora, y tal vez por siempre, al conocimiento público.
De ahí que no haya más que una ligera referencia a Zhigomir, ciudad no incluida en la relación de los desmanes bolchevistas entre las castigadas particularmente por éstos. Y, sin embargo, en ella, como en tantas y tantas otras poblaciones no mencionadas siquiera en la presente exposición de atrocidades, las hubo también, según delata con terrible elocuencia esta fotografía.
El grupo de cadáveres que aparece en ella demuestra, además, la intensidad y la violencia de tales atrocidades, por la descomposición de todos ellos, y, sobre todo, por la monstruosa hinchazón del que ocupa el primer término, que son indicios indudables de que su muerte fue precedida de torturas o seguida de mutilaciones, o, al menos, que estuvieron abandonados en el lugar de su ejecución durante mucho tiempo, lo que indica, a su vez, que su caso no fue excepcional cuando tal indiferencia acusa en sus verdugos y en sus conciudadanos.
Torturadores y verdugos de ambos sexos, de Eupatoria. (Crimea).
En realidad, el sovietismo no fue muy escrupuloso en la elección de sus funcionarios y secuaces. Ya dijo el mismo Lenine: «El partido no es una pensión para señoritas nobles. La canalla puede sernos útil, precisamente por ser canalla».
«Se podía, como hizo Zaks, cuando reemplazó a Dzerjinski, estimular el exterminio de esos «canallas» que corrompen todo el aparato soviético, y, a la par, reconocer perfectamente que, sin esos «canallas» el aparato no puede existir. ¡Cuántos casos es posible registrar en los que condenados a muerte por actos criminales fueron puestos en libertad e inmediatamente destinados a un puesto importante.»
«El estudio de los tipos de agentes de la Tcheka, hombres o mujeres, ofrece ciertamente un interés excepcional para el psicólogo y el historiador. Todos esos Jakovlev, Stasov, Samailova, Ostrovska y otros comunistas revestidos con la toga de la Tcheka pueden figurar en una página todavía insuficientemente estudiada de psicología y de patología general». «Cuando recuerdo las facciones de los miembros de la Tcheka: Ardhokine, Terekhov, Asmolov, Nikiforov, Ongarov, Abnaver o Gousing, escribía una enfermera de la Cruz Roja de Kiev, tengo la convicción de que eran criaturas anormales, sádicas, cocainómanas, seres que no tenían nada de humanos.»
«Entre los verdugos encontramos numerosos sujetos con signos marcados de degeneración; me acuerdo de un verdugo de catorce años, encerrado en la prisión de Boutirsky. Aquel chiquillo medio idiota no se daba, naturalmente, cuenta de sus actos y hablaba de ellos como de proezas que hubiera realizado.»
Con los degenerados alternaban los analfabetos y los criminales. Había tipos como un antiguo plomero, juez instructor de la Tcheka Departamental de laroslav, que no sabía firmar, era borracho y llevaba con él para no aburrirse cuando iba a interrogar a los acusados, a un amigo, borracho también, que tocaba un acordeón para amenizar los interrogatorios; otros más peligrosos, como Alberto, agente secreto de la Tcheka de Ekaterinoslav, jefe de una banda de malhechores; Taraboukine, jefe de un tribunal revolucionario, antiguo bandido; el bandido famoso Miguel Vinnistsky, secretario de la Tcheka de Odesa, con el falso nombre de Midika lapoutchik; Kosarev, alto funcionario de la Comisión de revisión, que había sido condenado anteriormente a diez años de trabajos forzados por robo y asesinato de una anciana, y tantos otros más. En Moscú, los agentes de la Tcheka se vieron comprometidos en procesos de bandidismo. En Odesa, testifica uno de los empleados de la Tcheka, que entre los agentes de la Sección de Operaciones había numerosos criminales de derecho común.
«Un clown de circo de Turkestán o un dueño de mancebía no son excepciones en el efectivo del personal de la Comisión Extraordinaria…» «Los agentes podían no ser todos criminales, como el antiguo cochero convertido en juez de instrucción de la Tcheka de Odesa, no lo era probablemente. Pero siempre y en todas partes, entre los agentes de más viso era fácil descubrir bandidos, asesinos, ladrones, rateros…»
«En Moscú existía cerca de la Tcheka Suprema un estado mayor de prostitutas. Las mujeres tchekistas se distinguieron especialmente por su ferocidad. Así, Rebeca Plastinina, enajenada, maldecida por millares de madres y de esposas, superó en crueldad a todos los hombres de las Comisiones Extraordinarias… En Arkhangel mató por su propia mano a 87 oficiales y a 33 vecinos de la ciudad y echó a pique un barco cargado con 500 fugitivos y soldados. En Odesa, sólo una mujer verdugo, una joven llamada Vera Grebenmonkova (Dora) podía rivalizar con el negro Johuston… Despedazaba literalmente a sus víctimas, les arrancaba el pelo, les cortaba las manos, los pies y las orejas, les rompía las mandíbulas… En dos meses y medio mató ella sola más de 700 personas.»
