La Carta de Su Santidad Pablo VI a Francisco Franco, fechada el 31 de julio de 1973, constituye uno de los documentos diplomáticos más relevantes de las relaciones entre la Santa Sede y el Estado español durante los últimos años del franquismo. En ella, el Pontífice responde a la correspondencia mantenida con el Jefe del Estado español y expone la posición del Vaticano respecto a la evolución de la Iglesia en España, la aplicación de las orientaciones del Concilio Vaticano II y la necesaria colaboración entre las instituciones eclesiásticas y el Estado.
A lo largo del texto, Pablo VI manifiesta su estima hacia el pueblo español, expresa su preocupación pastoral por la vida de la Iglesia en España y aborda cuestiones como la autonomía eclesial, las relaciones institucionales entre la Santa Sede y el Estado, la revisión del Concordato y la búsqueda de un clima de entendimiento y cooperación. Se trata de un documento de notable interés histórico para comprender el contexto político y religioso de la España de comienzos de la década de 1970.
Al Excelentísimo Señor
Don FRANCISCO FRANCO BAHAMONDE
Jefe del Estado Español
La visita que nos hiciera su ministro de Asuntos Exteriores, el día 12 de enero del presente año, ha adquirido relieve especial por la Carta autógrafa de Vuestra Excelencia, que él depositó en nuestras manos juntamente con otros numerosos documentos. Queremos ahora asegurar a Vuestra Excelencia que la hemos recibido y considerado con la atención y respeto debidos a las altas intenciones que le han movido a abrirnos su ánimo, en una materia que llevamos tan dentro de nuestro corazón.
En el período de tiempo transcurrido desde entonces, hemos continuado siguiendo con inmutable afecto y siempre con atenta solicitud el desarrollo de la vida de la Iglesia en esa Nación tan querida para Nos.
Por nuestra parte, desearíamos exponer ahora a Vuestra Excelencia nuestro pensamiento, al mismo tiempo que le manifestamos nuestros sentimientos de estima hacia su persona y de intenso afecto hacia todo el pueblo español.
Nos es grato recordar cómo durante el pasado año, con ocasión de la tradicional visita ad limina, hemos tenido el gozo de encontrar a muchos obispos de ese país. Examinando sus relaciones sobre el estado de las respectivas diócesis, escuchando y preguntando a tan dignos pastores, ha sido toda la España católica la que hemos visto como desfilar ante Nos; nombres ilustres de ciudades y de instituciones que han evocado en nuestro espíritu memorias de noble historia cristiana, de ínclitas generaciones de santos y misioneros; imágenes de belleza en toda la variedad de regiones, de tradiciones, de monumentos de arte y de fe.
Pero era además —y quisiéramos decir sobre todo— la España de hoy, la que se nos presentaba delante en el cuadro vivo de su gente, dedicada con fervor a las actividades que los tiempos modernos exigen con urgencia para la vida del espíritu no menos que para la otra material.
Es precisamente esta vitalidad espiritual del pueblo español —que, tal como nos ha parecido, no desmerece de las grandes tradiciones del pasado, a la que deseamos rendir homenaje—.
En efecto, no podemos ocultar a Vuestra Excelencia nuestra satisfacción al ver a la Iglesia en España empeñada en llevar a la práctica la renovación deseada por el Concilio Ecuménico Vaticano II. Hemos podido comprobar el esfuerzo generoso que el Episcopado español está poniendo en esta labor, para dar una respuesta adecuada a los problemas pastorales planteados por los profundos cambios de la sociedad, según las características de ese país.
Queremos asegurar a Vuestra Excelencia que la Santa Sede no cesa de seguir con atención esta acción de los Obispos, con el debido respeto a sus responsables iniciativas, fruto de decisiones pastorales tomadas a veces no sin afán.
En medio de este cuadro de actualización y de búsqueda es cierto que la Iglesia en España —como por lo demás en otros países— se halla ante perspectivas nuevas e, inspirándose en las normas conciliares, siente la necesidad de afrontarlas, con la autonomía que compete a su misión religiosa.
Por su parte, Vuestra Excelencia ha creído deber manifestar la preocupación de que en este aspecto no queden suficientemente salvaguardadas las prerrogativas del Estado. Piensa Vuestra Excelencia que ha llegado el momento para una más clara delimitación de los campos que corresponden a la acción propia del mismo Estado y de la Iglesia.
Por lo que se refiere a esta auspiciada clarificación, Nos estamos de acuerdo —lo mismo ahora que en el pasado— y estamos también dispuestos a dar nuestra contribución para realizarla —en armonía con los principios del Concilio—, abrigando el ferviente deseo de que la Iglesia en España, en consonancia con su propia misión e incumbencia, pueda cooperar con el Estado al bien común del pueblo español.
Del mismo modo, en cuanto a las relaciones de esta Sede Apostólica con España, nos sentimos en el deber de afirmar ante Vuestra Excelencia que su disposición no ha cambiado en absoluto: sigue teniendo como sello característico un sincero deseo de amistosa cooperación. Esta actitud de la Santa Sede supone fidelidad rigurosa a la norma de no interferir, por su parte, en la soberanía y autonomía del Estado español y a la vez significa también buena voluntad de resolver las cuestiones pendientes, entre ellas el problema de la revisión del Concordato…
El porvenir de la Iglesia en España donde queremos volver la mirada; por encima de los motivos de temor, creemos que prevalecen los signos de la esperanza.
Dejando atrás —y, si es necesario, olvidándolo— cuanto en algunos episodios concretos haya podido turbar la serenidad y la concordia de los espíritus en el campo religioso, Nos quisiéramos —y estamos seguros de hallar eco profundo en Vuestra Excelencia— ver a todos empeñados en instaurar un ambiente sanamente constructivo, dentro del cual el pueblo español pueda moverse unido hacia horizontes altos y tranquilizadores.
Presentamos al Señor estos votos en nuestras oraciones por España; los confiamos también al espíritu de ponderación y a la inspiración cristiana de Vuestra Excelencia, con la seguridad de que buscará el modo de favorecer su cumplimiento, mientras de corazón le otorgamos nuestra Bendición Apostólica.
Del Vaticano, 31 de julio de 1973.
PAULUS PP. VI

Para responder a la pregunta sería necesario -mejor dicho imprescindible- leer la carta de Franco a S.S. que genera la respuesta, paradigma de la “diplomacia vaticana”
Pero leyendo la respuesta, se infiere el texto de la carta de Franco.
Y a la vista del extravío de la Iglesia, desde entonces a la actualidad, (iglesias vacías, falta de vocaciones, prácticamente nula influencia de la Iglesia en los católicos)
que las advertencias de Franco cayeron “en saco roto”
S.S. así lo reconoció, cuando tras la muerte de Franco dijo aquellas inquietantes palabras: “Nos hemos equivocado con este hombre”
Este plural mayestático hace pensar en un tardío arrepentimiento.
Porque no resulta creíble que estuviera compartiendo su yerro con el Espíritu Santo.