El morir por la Falange, debe ser considerado como un Altísimo Hоnor que la Providencia nos depara. Arrancará del corazón del pusilánime, el terror de la muerte; ésta no es más que un Acto de Servicio.
Fernando Zamacola, encarnación auténtica del Nacional-sindicalista: fiel expresión del concepto de un hombre de la Falange como deseó siempre nuestro José Antonio; caballero de esta santa Cruzada que cabalgaste sin descanso, y en jornadas agotadoras, sobre la ilusión ardiente de tu noble corazón.
Por la regeneración de España, a la que amaste sobre todas las cosas, ofreciste tu vida con una insistencia tal que forzosamente la Patria tuvo que aceptar pues comprendió mejor que nadie cual era tu verdadero puesto, y que tu vida, con ser muy necesaria en la tierra siempre lo era más en las Centurias celestiales.
Desde allí, con tu inconfundible estilo, sabrás ser exigente con tus camaradas que quedamos aquí para que tus prédicas en las horas dificiles por que atravesó España-en las calles, en las cárceles, en los campos de batalla, en todos los sitios y en todos los momentos de tu vida falangista-fiel reflejo de tus acciones, nos muevan, y sin pensar en la muerte, y sin claudicaciones, cumplamos lo que para tí fué un anhelo constante: la doctrina de nuestro Ausente cuyo nombre pronunciabas siempre con deleite y ante el cual no supiste transigir jamás con las injusticias, vinieran de donde vinieran.
Fuiste leal y caballero, amante de la justicia y un perfecto camarada. Defensor de los humildes y exigente con los traidores de España, fuiste siempre el primero en el combate y en el peligro. Y en la ofrenda de la vida no se puso nadie antes que tú; a tu vera sí, muchos que cayeron con la alegría de seguirte en tu gesta de guerrero del Imperio español.
Tuviste enemigos, señal inequivoca de tu valer, pero con tu desdén infinito hacia lo pequeño y ruín no torciste jamás la senda que te llevaba a la cita con la muerte. Sólo supiste de grandezas espirituales, y tu alma como tu corazón eran de las que sirven para forjar Imperios… Por eso ibas impasible con tus quince rosas marcando el camino de la gloria que ya nadie te discutirá; estas rosas en forma de haz las recoge la Falange como depósito sagrado y como recuerdo fecundo de los que en ella supieron cumplir con su deber.
Con tu alma de obrero ejercitabas tus robustos brazos en los duros trabajos de la cantera, sin tener nada propio que defender, y tu corazón guerrero formado en la lucha diaria sintió el anhelo de sacar a España de la ignominia en que se hundía; y acudiste sin reservas a la cita de la muerte; y supiste con tus bravos leones, camaradas elegidos por tí, dar días de gloria a España que retendrá tu nombre para siempre.
Fernando Zamacola: leal entre los leales diste toda tu sangre para engrosar el río de sangre generosa que hará fecundo el gran Imperio español, obra del Nacionalsindicalismo y ansia suprema de nuestro Ausente.
CAMARADA FERNANDO ZAMACOLA,
¡PRESENTE!
ALFÉREZ DE REGULARES
La muerte, verdad suprema en que se funden todas las verdades y que nos explica con claridad meridiana la evolución ideológica de una juventud en sazón…
El nombre de los muertos que cayeron por Dios y por la Patria, permanecerá para siempre entre los suyos.
Entre las manos humedecidas de llanto apretaremos un cuajarón de luz sagrada.
La luz de su memoria que no se apagará jamás de nuestros días.
Ante Dios, que mide nuestra sangre, su nombre estará pleno de fresca eternidad.
Será para sus camaradas norma y garantía, espada y antorcha, voz y eco, mandato y consejo, Ilamada y exigencia, estímulo y aliento, disciplina y gozo, flecha y yugo.
Para que tu yida fuera terminada necesitabas este coronamiento de la muerte, Fernando Zamacola. Tus quince heridas eran demasiado precio para una vida inmaculada.
Ya estaba bien. Completo. Acabado. Y así te ofreciste al ejemplo de tus camaradas. Tenías que entrar, héroe, donde sólo los escogidos entran.
¿A que llorar si el destino necesita de esta luz que sólo la compañía de los ángeles enciende?
Cortad todos los suspiros, madres, porque este hijo nuestro traspasó el olvido y como un perfume la tierra exhalará en todas las auroras su cálida presencia.
Y este mar inmutable, en los ocasos, su incansada esperanza. Este mar, y estos pinos enlutados hoy por su quejido.
¡No lloréis! Que la palabra está dicha, camaradas. Ya Dios hay que escucharle, presentadas las armas. Es Dios el que habla.
Y ha dicho así en el Libro de la Sabiduría: (Cap. III-1-10.)
«Las almas, empero, de los justos están en la maпо de Dios; y no llegará a ellas el tormento de la muerte.»
La diestra del juicio último señala la mansión serena de los bienaventurados. El mar de las presencias remansa, la inquietud inacabada de su vida.
«A los ojos de los insensatos pareció que morían; у su tránsito, se miró como una desgracia.
Y como un aniquilamiento su partida de entre nosotros; mas ellos, a la verdad reposan en paz.»
¡Al cielo de un golpe! Maestro de caminos difíciles, allí aprenderá del sabor inefable de encontrar en una sola esencia todos los valores. El Principio y el Fin. Ya está permitido el descanso.
«Y si delante de los hombres ha padecido tormentos, su esperanza está llena de inmortalidad.
Su tribulación ha sido ligera y su galardón será grande; porque Dios hizo prueba de ellos, y hallólos dignos de sí.
Probólos como al oro en el crisol, y los aceptó comо victima de holocausto; y a su tiempo se les dará recoтpensa.»
Jamás dudó cuando la vida torció su vicisitud, ni cuando el pobre juicio humano quedóse estrecho en su grandeza.
Rebosante cada mañana, colmó para todos los afanes su copa del primer sol.
«Brillarán los justos, como centellas que discurren por un cañaveral.
Juzgarán a las Naciones, y señorearán los pueblos; y el Señor reinará con ellos eternamente.
Los que confian en Él entenderán la verdad; y los feles a su amor estarán unidos con Él: pues que la gracia y la paz es para sus escogidos.
Mas los impios serán castigados a medida de sus pensamientos: ellos que no hicieron caso de la Justicia y apostataron del Señor.»
Por esto es inmarcesible. Y tiene anudada la constelación de su nombre a la gran voz que ante el Padre y el Hijo y el Santo Espíritu coronó de alas su angélica prestancia.
ELOGIO DE FERNANDО ZAMACOLA
FERNANDO Zamacola, una estrella de oro como un ascua de sol. Dos yugos de plata como dos reflejos de luna. Alférez de Regulares y Jefe del Tercio glorioso de tu nombre. Norma perfecta del nacionalsindicalista. Camarada austero, estilo purísimo de la Falange, síntesis estricta de nuestro Juramento, ¡PRESENTE!
Hace hoy ocho días que tu envoltura de asceta reposa plácidamente en tu tierra de adopción: en el Puerto de Santa María, entre pinares de dunas, a la vera del río histórico y guerrero…
14 de Junio. El cielo está de gala. ¡ Qué luminoso estuvo esa noche el Firmamento! Una constelación de quince estrellas, -un lucero por cada brecha de tu cuerpo, -se alineó en el cielo español.
Y ascendiste, por entre doble fila de ángeles erectos y de camaradas presentes, por el camino más corto, por el de los elegidos y los señalados por la mano del Señor.
España está en peligro, en peligro de muerte. Fernando Zamacola está en la cárcel. Al grito de guerra y con un estridente ¡ Arriba España! cortó sus ligaduras y su magra figura de joven Quijote salió a romper lanzas para rescatar la honra de la Patria.
Y junto a tí se congregaron tus cachorros del Puerto y tus leones de Rota, y mozos de Jerez, y chavales de todas las riberas de dos ríos y dos mares, porque tú reclutabas «gente para el sacrificio, para la dura pelea e incluso para la muerte».
Y saliste tierra adentro, hacia la sierra difícil y terrible, en diálogo altanero con la muerte y el peligro.
Y escalaste las rígidas alturas de Benaocáz, donde José Antonio hablase un día a gentes silvestres y sencillas.
Y después en Huertas de Benamahoma.
Y en la madrugada de ese 14 de septiembre, cuando la trágica encerrona de tus tres centurias de Rota, entras en Grazalema-embudo de riscos y peñascos-con tus veinticinco muchachos del Puerto cantando los maitines de «cara al sol».
Y trepaste las reconditeces más ásperas que rodean Villaluenga del Rosario.
Y así, de peña en peña, saltando montes y barrancos con ímpetu sin par, entras en Cortes y en Gaucín y Algatocín.
Y rompes el cerco de Casares-epopeya magnífica -para tomar Manilva, y San Pablo de Buceite, y Juscar y Arroyo Baquero, hasta tocar el mar en Estepona…
Y no hay un rincón de la sierra de Cádiz y de las serranías de Ronda que no sepa de tu valor y no bebiera de tu sangre.
Y después, al frente de tu Tercio temible y temido fuíste herido en Villaharta; y en las tierras cordobesas de Chimorra y Lomas de Buenavista supiste de gloria, pero también supiste de tristezas inefables…
Y después, dialogando siempre con la muerte y el peligro, en gesta sublime, entre sonoridades de acero y entre banderas victoriosas, escalaste el Paraíso diffcil, y allí estás verticalmente, como los ángeles, en pie y con espada…
¡Camarada Fernando Zamacola: en ese Paraíso donde jamás se descansa, vestido de azul y arma al brazo, vigila a la Falange!
De tí puede decirse que te abrazaste y obligaste a la Falange con votos solemnísimos y perpetuos de militar en ella sin abandonar nunca la senda más difícil en la más difícil misión. Tu vocación de falangista fué tan decidida y rotunda; tan copiosamente te empapó nuestra doctrina, que llegó a estigmatizarte. De aquí tu naturalidad, de aquí tu estilo magnífico, sereno, impаsible, combativo.
Tenías el santo afán de José Antonio y practicabas su credo con ansia y con fervor. Con tanta unción, que a pesar de tu palabra tosca, pero cálida, conseguías enfervorizar a los que te rodeábamos.
Austero en tus maneras; austero y grave en tu andar; austero en tu vida y en tu mirar recatado y humildoso. Tus ademanes y tu voz nos hablaban de la pureza y castidad de tu espíritu selecto, y tus modales todos reflejaban la sobriedad ascética de tu vida.
Sentías como nadie la hermandad, nuestra santa Hermandad, y cuando de ella hablabas tus palabras adquirían valor ritual, con ecos de celda y parapeto, porque en tí se había hecho el milagro de «mitad monje y mitad soldado».
«Fernando Zamacola!» «Allí va Zamacola»… «Ese es Zamacola»… Así tu nombre mágico, el sortilegio de tu nombre con sabor de romance, cruza sierras y atraviesa valles, y corre de boca en boca por pueblos y ciudades, e invade España nimbado de valor y de emoción de héroе.
Y en los campos de batalla, junto a tu valor indómito y a tu disciplina sin par, ejercías el sacerdocio de la Falange con todas sus virtudes.
Y en las primeras líneas formas una escuela nacionalsindicalista en tu Tabor de Regulares.
Y tu prestigio adquiere valores místicos que arrebatan al cristiano y conmueven al musulmán.
Y si en el santoral de la Falange eres un santo, en nuestro martirologio eres un mártir.
Y de tu martirio y santidad nacionalsindicalista solamente podrá hacer tu panegírico el camarada jefe Joaquín Bernal, el maestro sin par en la difícil y exaсta línea de la Falange.
Y el día de tu ascensión Iloró el Guadalete en su más alta marea, y el campo de Los Blázquez oyó el llanto del Islam…
Caíste por la causa santa de la Fe, de la Patria y de la Revolución Nacionalsindicalista, a la que entregaste tu corta vida. Vida fructífera que España y la Falange tendrán presente por la magnífica lección de tu silencio: te fuíste calladamente… Esta lección de los caídos, que, como dijo José Antonio, «para tener todo decoro, se reviste con el supremo derecho del silencio».
Tu muerte es una lección que la Falange va siempre a recordar.
Fernando Zamacola, una estrella de oro como una ascua de sol. Dos yugos de plata como dos reflejos de luna. Alférez de Regulares y Jefe del Tercio glorioso de tu nombre. Norma perfecta del nacionalsindicalista. Camarada austero, estilo purísimo de la Falange, síntesis estricta de nuestro Juramento,
¡PRESENTE!
