1.
El problema inmediato que se planteaba a Mola era cómo sacar a Franco de Canarias. El 5 de julio de 1936 Torcuato Luca de Tena, propietario de ABC, pasó un encargo delicado a Luis Bolín, que se encontraba en Londres: fletar un avión civil que estuviese en Casablanca el día 11 preparado para ir a Canarias a recoger un pasajero importante. El piloto no necesitaba conocer más que la contraseña, «Galicia saluda a Francia». Por medio de un comandante inglés retirado, Hugh Pollard, que sabía de la conspiración mucho más de lo que su mutismo daba a entender, fue alquilado un De Havilland, clase Dragón, con piloto incluido. Con él se organizó una excursión turística a Portugal, África y Canarias; los expedicionarios, ingleses y español, irían acompañados por dos bellas jóvenes, Diana Pollard, hija del comandante, y Dorothy Watson, amiga de ésta, a las que nada se explicó. Tampoco al piloto Bebb; cobraba precisamente para guardar silencio.
El 12 de julio, tras dos escalas, en Burdeos y Portugal, el avión llegaba a Casablanca. Su próxima etapa era el aeropuerto de Gando, en la isla de Gran Canaria. En este momento se produce en Madrid, en una de las luchas callejeras, la muerte del teniente José Castillo, de los Guardias de Asalto, instructor de las milicias comunistas. Algunos compañeros del difunto, unidos a pistoleros políticos, deciden entonces llevar a cabo el asesinato de los jefes de la oposición. José María Gil Robles, avisado desde el Ministerio de la Gobernación, se ocultó. José Calvo Sotelo fue detenido en su domicilio en la madrugada del 13 de julio por policías de uniforme que no tenían mandamiento judicial pero que, según nota del Gobierno, se hallaban de servicio aquella noche, y que le asesinaron en el mismo camión en que le conducían. El cadáver quedó depositado a la puerta del cementerio del Este.
Casares Quiroga, de acuerdo con Azaña, suspendió las sesiones de las Cortes por una semana, asumiendo los poderes correspondientes a una situación de alarma. De acuerdo con la Constitución quedó instalada una Diputación permanente en lugar del Parlamento. Aunque se designó un tribunal especial, y aunque los nombres de algunos asesinos, por lo menos, fuesen conocidos, ninguna medida fue tomada para el castigo de los culpables.
En la nota oficial que se publicó el 13 de julio se establecía el paralelismo entre la muerte del teniente Castillo y la de Calvo Sotelo como si fuesen meros sucesos particulares. España entera se vio sacudida por el impacto de la noticia, porque no revestía la misma gravedad la muerte en tiroteo de un oficial de la policía que el asesinato del jefe de la oposición, llevada a cabo por agentes de uniforme, en un vehículo de la policía, con nocturnidad y alevosía en medio de la pasividad de las autoridades. Dos periódicos de la derecha, Época y Ya, que intentaron protestar, fueron suspendidos. Por su parte Claridad daba, en la página 16, la noticia del magnicidio con estas palabras: «anoche, a las 3 de la madrugada fue sacado de su domicilio y muerto —la palabra es importante— el jefe visible del fascismo y ex-ministro de la Dictadura, don José Calvo Sotelo». Esta valoración de los hechos debe ser tenida en cuenta.
2.
Fue precisamente el 14 de julio, cuando la noticia del sepelio de Calvo Sotelo, que había dado origen también a nuevos enfrentamientos y disturbios, estaba siendo comentada en los periódicos, el día en que Franco comenzó la preparación del manifiesto que debía acompañar al bando que proclamaba el estado de guerra. La palabra era estremecedora, pero de guerra civil se trataba. Los que en ella iban a tomar parte, empeñaban la vida. El general, que no esperaba clemencia ni respeto en el caso de que fracasaran, comenzó a pensar en el modo de poner a salvo a su mujer e hija.
El día 15 el Dragón aterrizó en la pista de Gando; las autoridades de este aeropuerto le inmovilizaron con pretexto de ciertos defectos en la documentación. Era miércoles. El jueves 16 se reunió en Madrid la Diputación Permanente de las Cortes, ante la cual Gil Robles desplegó de nuevo con valor la elocuencia de los datos sobre una encuesta de violencias que culminaba, por ahora, en el asesinato de Calvo Sotelo. Los socialistas intentaron, según las consignas establecidas, poner el contrapeso de la muerte de Castillo, como si una muerte justificara a la otra, pero acabaron prometiendo su apoyo al Gobierno en sus esfuerzos por restablecer el orden. Casares Quiroga creyó encontrar un respiro: llegaba el fin de semana y acaso hubiera en él un paréntesis de tranquilidad.
3.
Se planteaba ahora a Franco un problema, el de trasladarse desde Tenerife a Las Palmas sin despertar sospechas y eludiendo una posible emboscada. Proyectó un programa de visitas a las distintas guarniciones del archipiélago, cursando a la superioridad la reglamentaria petición de permiso. Pero inesperadamente, el general Amado Balmes, gobernador militar de Las Palmas y jefe preconizado del Alzamiento en esta ciudad, murió por accidente, al dispararse una pistola que trataba de desencasquillar.
El Subsecretario del Ministerio de la Guerra comunicó la noticia a Franco, y éste anunció que asistiría al entierro que iba a tener lugar en la mañana del viernes 17. De hecho se hizo acompañar en este viaje por su mujer e hija, su ayudante jurídico Lorenzo Martínez Fuset. A toda prisa se cursaron órdenes secretas para que el general Luis Orgaz, separado del servicio y desterrado en Canarias, sustituyese a Balmes en el mando de la sublevación.
Franco instaló su despacho en la comandancia militar de Las Palmas, alojándose en cambio con su familia en el Hotel París. Probablemente no sabía que, al otro lado del mar, un impaciente Joaquín Ríos Capapé, producto típico de la Legión, se encaminaba, al frente de un Tabor de Regulares, a Villa Sanjurjo, de la que se apoderó sin disparar un tiro. A las once Franco presidió el cortejo fúnebre del general Balmes; las fotografías para los periódicos demuestran que se había reunido mucho público.
Inmediatamente después recibió la visita del cónsul inglés en Las Palmas; venía a protestar de que los jefes militares del aeropuerto tuviesen retenido desde hacía dos días a un avión británico De Havilland clase Dragón, con pretextos especiosos, causando perjuicio a los pacíficos turistas que en él viajaban. Franco le respondió que estaba esperando los informes jurídicos correspondientes y que entre tanto nada podía hacer. Pero la visita revelaba una posible intervención poco oportuna.
Almorzó con su familia y, después, muy ostensiblemente, como si nada tuviera que hacer salvo disfrutar del agradable clima de la isla, permaneció largo rato en un café.
