INTRODUCCIÓN
La figura de Francisco Franco ha sido objeto de intensos debates históricos, políticos y sociales, pero más allá de las interpretaciones ideológicas, su trayectoria militar constituye un elemento clave para comprender su papel en la historia de España. Desde sus inicios en la Academia de Infantería de Toledo hasta su consolidación como uno de los mandos más influyentes del siglo XX español, su carrera estuvo marcada por una combinación de disciplina, formación constante y experiencia directa en escenarios de combate.
Este recorrido biográfico aborda el desarrollo de Franco como militar, analizando tanto su perfil humano como su evolución profesional. Su paso por África, su papel en la creación y consolidación de la Legión, y su capacidad organizativa y estratégica permiten trazar una imagen compleja de un personaje que, más allá de juicios posteriores, se formó en un contexto de exigencia extrema donde el liderazgo, la resistencia y la toma de decisiones eran determinantes.
General Carlos Alvarado
Boletín Informativo FNFF Nº 29
Como pago de mi deuda de gratitud hacia la persona —figura ya histórica y casi legendaria— que consagró su vida entera a la Patria; la hizo respetar come no lo habrá sido desde que en “Flandes se puso el Sol”; y la elevó a cotas de progreso y bienestar James conocidas dentro de sus fronteras y en mi deseo de reparar come militar, a titulo personal y en la medida de mis posibilidades, la ingratitud y los ultrajes de que este siendo objeto, y muy particularmente el vandálico, salvaje y alevosamente perpetrado, en Valencia, contra la estatua que un pueblo había levantado, por suscripción, porque tenia razones muy poderosas Para estarle agradecido.
Es ardua tarea la de trazar en unas pinceladas, siquiera breves, la figura militar de Franco, ese HOMBRE, de quien no es fácil encontrar parangón en nuestra historia, por mucho que en ella nos remontemos. Habría que llegar al Gran Capitán, y no sé si éste la daría tan cumplida, no obstante haber sido el creador de la moderna Infantería; buena lanza y caballero de pro en Granada, táctico en Tarento y estratega en Garellano, como dijo de él nuestro gran Villamartín en sus «Nociones del Arte Militar».
1.– Perfiles humano y militar de Francisco Franco
Cuando Francisco Franco llega a la Academia de Toledo el 29 de agosto de 1907, apunta ya, tras la envoltura física de un cuerpo menudo y un rostro pálido, algo más que los indicios de un recio carácter, todavía en formación pero bien cimentado ya. De ello nos da idea la anécdota que nos relata George Hills (pag. 34 de su obra «Franco: el hombre y su nación») y que transcribo:
«…fue apodado “Frasquito y, de forma igualmente fatal, un muchacho de talla tan corta, estudioso, introvertido y nada dispuesto a seguir a sus compañeros en sus diversiones sexuales o alcohólicas, no pudo evitar convertirse en blanco de maliciosas bromas y novatadas. Sus compañeros de alojamiento le escondieron los libros debajo de la cama. Fue castigado por no tenerlos en el lugar debido. Se los volvieron a esconder. Cuando el maestro de cadetes estaba a punto de sancionarle, Franco tomó una palmatoria y la arrojó a la cabeza del atormentador. Se produjo una pelea. Franco fue llevado al Comandante en Jefe. Se le dijo que “su comportamiento era ejemplar al negarse a revelar la identidad de sus atormentadores ;…. Se salvó de severas medidas disciplinarias por la intervención de sus compañeros , admiradores ya de su coraje».
Esta anécdota pone bien de manifiesto que el nuevo cadete no sólo era capaz de encorajinarse ante un abuso reiterado, tras haber acreditado cumplidamente su paciencia, sino que lo era también de enfrentarse a cualquier situación, por difícil y desventajosa que ésta se presentara. Tenía capacidad de aguante —sabía dominarse— pero no le faltaban ni decisión ni arrojo.
Demuestra también que el joven Franco tenía conciencia muy clara, por un lado, de lo que es la lealtad al compañero aunque éste no se lo merezca; y, por otro, de su derecho a gobernarse por sí mismo en materia que afecta a la propia dignidad y a la propia conciencia; es decir, al honor y a las creencias.
No es eso sólo. Cuando llegó a Toledo, Franco tenía ya un elevado concepto del deber, base del amor a la responsabilidad —y, por supuesto, base también de la disciplina— y estímulo, a su vez, de la iniciativa.
Ese concepto le había sido inculcado en el hogar desde muy niño, como también el espíritu de servicio y el sentido cristiano de la vida, bases, análogamente, de la fe en la Patria y en Dios.
Es curioso notar que George Hills no parece estar muy convencido de la profunda fe religiosa de Francisco Franco. Basa su apreciación en el hecho de que en el «Diario de una Bandera» el autor no habla nunca de Dios, y sólo en tres o cuatro ocasiones hace alusión a hechos o anécdotas relacionados con la religión. A la misma conclusión le lleva la no alusión a la persecución religiosa, que España venía padeciendo, en el manifiesto del 18 de Julio de 1936, difundido por Radio Tenerife. Yo confío en que a la vista del testamento de nuestro Caudillo, Hills habrá cambiado de opinión. Y mucho antes lo hubiera hecho de haberse leído el prólogo a «Guerra en el Aire» de García Morato, donde dice:
«El sentimiento de la Patria y del Deber, es cierto, da hombres valerosos; pero los héroes verdaderos, los conscientes y voluntarios para el sacrificio surgen en el campo de los creyentes.»
Otros datos a tener en cuenta a la hora de definir el perfil humano de Francisco Franco en el momento de incorporarse en la Academia de Infantería, son su afición al dibujo y a los libros de Historia y su «introversión».
Ambos datos, la afición a la Historia y la afición al dibujo, los estimo muy interesantes. El primero porque nos ayudará a comprender muchas cosas a lo largo de su vida. El segundo —su habilidad para el dibujo— porque lo considero utilísimo para un oficial de Infantería.
En cuanto a lo de la introversión, que Hills atribuye a las circunstancias que rodearon la infancia de nuestro personaje, creo que si de veras existió, en modo alguno llegó al ensimismamiento. La proverbial frialdad que se ha atribuido al Caudillo estimo que tiene o ha tenido su origen en el dominio acusado de sí mismo, en la autoeducación de su carácter y, en definitiva, en una titánica fuerza de voluntad que se manifestaba tanto en el dominio de la efusión sentimental como en la tenacidad y la perseverancia para llevar a feliz término sus proyectos. Era dueño de sí mismo.
Queda por señalar una circunstancia que recoge también Hills al referirse a la partida para Toledo:
«Franco salió de El Ferrol teniendo ya inculcado ese patriotismo; pero, al mismo tiempo, un tanto desencantado. Su ambición de ser el primero de su familia en ascender al puente de un buque de guerra había sido frustrada. Partía para una academia de Oficiales de Infantería cuando su amor apasionado era el mar.»
Indudablemente —añado yo— «Dios escribe derecho con renglones torcidos».
A ese perfil humano, a ese basamento que no va a quedar anclado ahí sino que continuará enriqueciéndose y modelándose hasta su muerte, va a unirse en Toledo, fusionándose con él, la incipiente personalidad militar de Francisco Franco. Más tarde se les unirá, en una ósmosis perfecta, el Franco estadista, para dar lugar a ese personaje tan admirado y tan discutido que ha de brillar con luz propia en la Historia y que, ciertamente —y para desgracia nuestra—, será irrepetible.
Como dice Hills, la formación del Oficial de Infantería en aquel entonces, y como en la mayor parte de las academias militares europeas, incluía la esgrima, la equitación, la instrucción, el tiro y la gimnasia. Se daba mucha importancia a la Historia, sobre todo a la militar, pero desde un punto de vista mucho más memorístico y narrativo que analítico, cosa que confirma el propio Franco en «Raza»
Al igual que en Sandhurst —continúa Hills— figuraban también en el programa de estudios la táctica, la topografía y el servicio en campaña, «pero en Inglaterra se daban en forma práctica, mientras que en España se enfocaban más hacia la teoría…» «Resultaba más probable que el cadete acabase más con unas nociones superficiales de Molke y con el nombre de Clausewitz en los labios que con los conocimientos prácticos que podrían hacer de él un competente jefe de sección». (Juicio respaldado por Mola en «El pasado, Azaña y el porvenir»).
En cuanto a la formación moral, el mismo Hills afirma que se apoyaba mucho más en las virtudes romano-visigóticas que en la moral católica: «Como oficial —señala— sería en todo tiempo guardián del honor de la Patria, que era considerado como una extensión del honor de la propia madre.»
Sin negar lo mucho de verdad que hay en esa afirmación, yo más bien creo que sobre una base espiritual católica se superponían dosis equivalentes del idealismo kantiano, que dominó en Europa en la primera mitad del XIX; de la ética neoescolástica de la responsabilidad; y de una reactivación del nacionalismo. El himno de Infantería con su… «entonemos el himno sacrosanto del deber, de la Patria y del honor»… nos da una idea clara de cual era la ética imperante. No olvidemos que este himno fue obra de la promoción de Franco.
En definitiva, que los tres años de Academia nos van a dar un Franco que ama a su Patria con pasión pero también cerebralmente; a un Franco que cree en la vocación, en la misión ecuménica de su Patria y se dispone a servirla sin reservas; a un Franco con inquietudes y con ambición, pero por el camino de la responsabilidad y no por el del favoritismo; a un Franco, en fin, que ama la disciplina, pero la disciplina que no supone decir a todo que sí, particularmente en las cosas que afectan al honor y a la esencia de la Patria. A un Franco, también, que no se va muy satisfecho de la forma poco práctica en que se enfocan algunas enseñanzas en la Academia
El joven segundo Teniente pidió ir voluntario a Marruecos. No se lo concedieron; era demasiado joven.
2.– Franco educador, instructor y Jefe
Cuando Franco llega por segunda vez a África (10-10-1920) han transcurrido diez años largos desde su salida de la Academia de Toledo. Ha pasado año y medio por la vida de guarnición en su pueblo natal, El Ferrol, donde no encuentra suficientes alicientes para su vida de inquietudes. Siente la llamada de África y después de varios intentos fallidos, tras los incidentes de Casablanca, Fez y Agadir, a los que España replica con la ocupación de Larache, consigue ser destinado al Regimiento de África número 68, merced a los buenos oficios del que había sido su director en Toledo y a la sazón Jefe de aquel Regimiento.
Incorporado en Tifasor (Melilla) el 24 de Febrero de 1912, pronto tiene ocasión —14 de Mayo— de llamar la atención del entonces Coronel D. Dámaso Berenguer, que es quien dirige la operación, por las disposiciones tomadas y la «reglamentaria perfección de la maniobra» con que condujo su sección en la acción de Haddtit-Alial-U-Kaddur. Curiosamente, en la operación tomaron parte también el primer Teniente de Regulares, Emilio Mala, y los Comandantes, Sanjurjo y Queipo de Llano.
Pasa destinado a Regulares en Abril de 1913, y seguidamente interviene en las operaciones de pacificación que se llevan a cabo en la Zona Occidental (Ceuta). Por su actuación destacada y decisiva en la acción de Izarduy (12-3-1914) es propuesto para el ascenso a Capitán y ascendido a este empleo el 15 de Abril de 1915. El 26 de Junio de 1916, se distingue en la acción de El Biutz, proximidades de Ceuta, en donde salva una situación extremadamente comprometida merced a su decisión y arrojo, y a esa intuición vertiginosa que tienen los grandes genios para captar el peligro y ver la forma, no menos intuitivamente, de resolverlo o evitarlo. A cambio, recibe un balazo en el vientre que en principio se creyó mortal pero que, milagrosamente —hay que decirlo así—, la bala en su penetración hizo malabarismos y no afectó a ningún órgano vital.
Ascendido a Comandante por méritos de guerra, no encuentra puesto en África y regresa a la Península: ahora a Oviedo. Aplica allí las experiencias adquiridas en sus cinco años de campaña, que fueron acogidas con sumo interés por sus compañeros y subordinados. Enviado a pacificar a los mineros —huelga revolucionaria de 1917—, adquiere una nueva experiencia y una nueva preocupación: la indagación de las causas que llevaban a las personas decentes y normales —son palabras suyas— a la huelga y a los actos de violencia. A su regreso a Oviedo emprende la lectura de libros sobre asuntos sociales, políticos y económicos para buscar alguna solución. «Las que presentaban los socialistas sólo podían conducir al caos»…, son sus palabras.
Asiste a un curso de tiro en Valdemoro, en Septiembre de 1918. Coincide, allí por primera vez con el Comandante Millán Astray; intervienen juntos en la redacción del informe y entablan sincera amistad. Ambos habían llegado a la conclusión de que los libros de texto de la Infantería tenían que ser revisados.
De regreso en Oviedo, solicita el ingreso en la Escuela de Guerra, pero no es admitido porque —le contestaron— solo podían ingresar en ella capitanes y tenientes.
En septiembre de 1920, cuando ya tenia solicitado el reglamentario permiso para contraer matrimonio y Ia novia tenia el consentimiento paterno, un telegrama de Millán Astray le ofrece el puesto de Lugarteniente suyo en la Legión. Accede sin vacilación a la llamada y la boda se aplaza «sine die».
En Algeciras toma el barco en el que viaja también un nutrido grupo de futuros legionarios. Los observa cómo se funden en franca camaradería, como juegan, como Ken y bromean, y los clasifica. Entre ellos hay de todo: «al lado —dice— de los trajes azul mahón, blanquean los sombreros de paja, trajes claros, rostros morenos curtidos por el sol, hombres rubios de aspecto extranjero y jóvenes mozalbetes de espíritu aventurero»… Los contempla, en fin «con la simpatía de los que van a encaminar sus vidas juntos».
Al entrar en el puerto de Ceuta, Milian Astray agita su gorro en el aire desde una gasolinera. En el muelle se abrazan. Allí esta el Jefe, y en el barco llega el material pare la obra».
Los primeros días son de organización, de encuadramiento. El 16 de Octubre salen para Riffien las tres primeras compañías ya organizadas. Constituirán la primera Bandera; su Jefe será el Comandante Franco.
Desde este momento hasta mayo de 1922 vamos a ver a Franco como educador, instructor y jefe.
Educador
Lo primero que tiene que hater Franco con aquellos hombres es crear en ellos una moral. Una moral de victoria, para combatir, para sufrir y para morir. Pero…, ¿morir por quien…? y… ¿cómo crear esa moral…?
Hace años —1964— el director de Formación contestó a un juicio impertinente de Josefina Carabias, publicado en “Ya» el 1 de septiembre de aquel año, con un articulo editorial que no me resisto a transcribir. Se titulaba «Moral del Combatiente». Decía así:
«Copiamos de la crónica del 1 de septiembre de la corresponsal de YA en Paris, done Josefina Carabias:»
«… éstos —se refiere a los franceses—no tengan el menor deseo de batirse ni sentían hervir dentro de si ese odio, ese ansia de aplastamiento del vecino que, siendo sentimientos muy reprobables y absolutamente anticristianos, son necesarios para las aventuras de esa clase y reciben el honroso título de moral del combatiente».
«¿Está segura doña Josefina Carabias de que la moral del combatiente se edifica sobre el odio y el ansia de aplastamiento?».
No sabemos si la moral del combatiente francés se habrá alzado alguna vez sobre tan frágiles pilares, pero si le aseguramos que la del combatiente español jamás se ha inspirado en motivos tan ruines y deleznables.
¿Cree acaso que era odio lo que alentaba en los pechos de los que formaron el cuadro para morir ametrallados por los cañones del príncipe de Conde en Rocroy…? ¿Estima que fue ese el verdadero estimulo de los defensores de Gerona y Zaragoza…?
¿Considera que fue el odio quien inspire la resistencia inconcebible de los héroes de Baler y del Caney…? ¿El que empujó conscientemente al sacrificio a los marinos españoles en Trafalgar, Cavite y Santiago de Cuba…? ¿El que iluminó el acto heroico de Eloy Gonzalo —¡el de Cascorro!— y el sacrificio reflexivo y sublime del cabo Novel…?
¿Es posible que brotara del odio el fuego que encendió los pechos de los defensores del cuartel de Simancas, del Alcázar toledano, del Santuario de la Cabeza, de Oviedo y del seminario de Teruel…?
¿Se ha fijado, por Ventura, en nuestros himnos mas populares…? Repase estrofa por estrofa y palabra por palabra nuestro incomparable himno de Infantería; repase el de la Legión, la canción del legionario y cuantos himnos vibraron virilmente al brotar de las gargantas de los soldados españoles. En ellos encontrara encendidas alusiones al deber, a la patria, al honor, a la redención por el fuego, al abrazo con la muerte, al saber morir…, pero ninguna que hable de odio, desprecio ni menoscabo del enemigo.
Admita, cuando menos, que la moral del combatiente se apoya en unos valores humanos idealizados: Deber, patria, honor, dignidad, compañerismo, independencia, libertad…
Admítalo, pero sepa también que los militares españoles nunca nos hemos conformado con valores simplemente humanos, porque sabemos que son caducos —y hasta cierto punto, artificiosos— y se desmoronan fácilmente cuando las cosas vienen mal dadas. Por eso hemos buscado siempre un basamento inconmovible para nuestra moral y la de nuestros soldados; un basamento que es anterior a nuestra vida y que va más allá de nuestra muerte. Escuche. De él le va a hablar un malogrado filosofo militar del siglo XIX, nada sospechoso de parcialidad por cuanto fue admirador de Hegel y ferviente partidario de las corrientes liberales de su época (1833-1872). Oiga al Comandante D. Francisco Villamartín, en sus Nociones del Arte Mikan Leale sin esfuerzo, porque era también poseedor de un estilo Iliterario directo, penetrante, de un estilo que encendía lumbres:
«…es preciso dar a esos hombres, que viven en el sufrimiento y mueren en la flor de su edad…, la fuerza espiritual que solo se halla en las creencias Auras, en la fe religiosa, en el culto a Dios, único ser que sabe el nombre del infeliz héroe anónimo que muere en el hospital de sangre o en la brecha de asalto, ignorado de todos, hasta de su madre muchas veces»
«Es imposible que un ejercito irreligioso no degenere; sostendrá más o menos tiempo su vigor moral con una idea política; pero cuando el desengaño de esta idea llegue, y el desengaño siempre llegue para todos los principios sociales y para todas las aspiraciones humanas, ¿en nombre de quién se le va a decir al soldado: sufre y muere?».
La variedad de procedencias, de principios y de creencias de los hombres que Franco había de formar, no aconsejaban ciertamente ajustar estrictamente su formación moral a la del Evangelio, máxime cuando eso no se hada en el resto del Ejercito. Habría que aproximarse a ella todo lo posible, pero de una manera indirecta, dejando siempre alguna válvula de escape, pues no era posible ni prudente convertir el campamento de legionarios en un noviciado.
Había que acudir al artificio, abiertamente, con sinceridad. Pero… ¿Cuál había de ser?…; ¿en qué había de inspirarse?…; ¿En el deber?; ¿la Patria? ¿Qué Patria?…; ¿El honor?… La mayoría de ellos lo habían perdido y perdido no se recupera; se redime. Selo cabía una solución: Idealizar, elevar a lo sublime, la REDENCIÓN POR EL FUEGO, el HEROÍSMO, la MUERTE…; exaltar el valor, el compañerismo, la lealtad, el sufrimiento, pero no como fines en sí sino como medios para lograr la victoria. Y nada el Himno de la Legión; y nació, también, el Credo Legionario.
Se diré que muchos de los puntos de ese credo no están muy de acuerdo con la ortodoxia cristiana. Opino que según como se miren. Por de pronto, en ninguno de ellos se hace apología del matar, ni se desprecia al enemigo. En realidad solo se busca la exaltación hasta lo sublime de determinados valores humanos.
De cómo consiguió crear esa moral dan testimonio claro infinidad de anécdotas del «Diario de una Bandera». Me limitare a transcribir lo que nos dice del refuerzo y defensa del blocao de Dar Hamed («el Maio»), situado al pie de las laderas rocosas del Gurugti Ocurrió en la noche del 16 al 17 de septiembre de 1921:
«El 14 de septiembre fue relevado el blocao y guarnecido por un oficial con tropas del Disciplinario y en la noche del 15 al 16 es de nuevo atacado.
En la tarde de este día avisan al Atalayón que el blocao tiene herido al oficial y necesita auxilio. El teniente Águila, que manda las fuerzas de la Legión destacadas en este ultimo punto, quiere ir en su socorro; no se lo permiten; sus hombres son necesarios en la defensa de su position. Entonces refine a la tropa y pide voluntarios para ir con un cabo a reforzar el blocao durante la noche. Todos se pelean por ir; entre ellos escoge a un cabo y catorce legionarios que ve mas decididos: es el cabo Suceso Terrero, cuyo nombre ha de figurar con letras de oro en el Libro de la Legión. Saben que van a morir; antes de marchar, algunos soldados hacen sus últimas recomendaciones; uno de ellos, Lorenzo Camps, había cobrado días antes la cuota y no había tenido ocasión de gastarla; hace entrega de las 250 pesetas al oficial, diciéndole:
—Mi teniente, como vamos a una muerte segura, ¿quiere usted entregarle en mi nombre este dinero a la Cruz Roja? Anochece cuando llegan al blocao; el enemigo lo ataca furiosamente y dos soldados caen heridos antes de cruzar las alambradas, pero son recogidos; cuando entran en el blocao encuentran al oficial gravemente herido y otros soldados están ya muertos.
La noche ha cerrado y el enemigo ataca más vivamente; un enorme fogonazo ilumina la posición y un estampido hace caer a tierra a varios de sus defensores; los moros habían acercado sus cationes y bombardeaban el blocao furiosamente; en pocos momentos del Melo» había desaparecido, y sus defensores quedaban sepultados bajo los escombros… ¡Así se defiende una posición! ¡Así mueren los legionarios por España!».
Instructor
La labor del instructor en el Ejército no puede desligarse de la del educador. Se instruye y educa siempre; en todos los actos, aún en los más rutinarios: de día, de noche, a todas horas. Lo mismo puede decirse de la acción del jefe: se ejerce en todo momento.
Que Franco, Comandante, fue un gran instructor es indudable. Tenía vocación y preocupación; era un gran observador y tenia experiencia. Una gran experiencia, adquirida precisamente en la guerra.
Franco sabía cómo era el enemigo; cómo aprovechaba los accidentes del terreno; cómo cuidaba su arma y administraba sus municiones; cómo era maestro en la sorpresa y cómo multiplicaba sus efectos psicológicos con gritos y alaridos; y cómo, en fin, se acobardaba y huía ante el que se le enfrentaba y acometía con el cuchillo bayoneta.
Franco sabía, también, que el combatiente necesita elevada moral, fortaleza y resistencia física, y adiestramiento específico para el combate. De la primera ya hemos hablado. De Ia segunda sabemos que se adquiere por la vida ordenada, regulada, y por el ejercicio y el entrenamiento físico: gimnasia, deportes, manejo del arma, orden cerrado y sobre todo, tratándose del soldado de infantería, por las marchas. Puede asegurarse que el soldado que marcha bien combate bien; tiene un setenta y cinco por ciento a su favor.
De la tercera, Franco conocía la importancia de la precisión en el tiro contra un enemigo que solo se dejaba ver fugazmente, como el relámpago. Conocía igualmente el valor que tenía la buena utilización del terreno, el adaptarse a el y confundirse con el. Precisamente el enemigo vigilaba muy bien y tiraba muy bien.
Sabía también que ahí radicaba el fallo de las Unidades que llegaban de la Península, aparte de que su moral distaba mucho de ser la de los Tercios de Flandes: les faltaba instrucción.
El fallo obedecía fundamentalmente a que la preparación del hombre para el combate no es nada fácil. Exige vocación y tesón en el oficial; preparación cuidadosa de los ejercicios y, en consecuencia, una entrega total del instructor a su tarea. Al no hacerse así, la instrucción degenera hacia lo cómodo, lo esquemático y lo rutinario. Franco lo sabía, y de ahí la importancia que siempre dio a la vida de campamento.
El Jefe
La misión del Jefe es mandar, pero mandar bien. Y para mandar bien no basta con dar órdenes; hay que saber lo que se ordena. O sea, hay que poseer una preparación adecuada y, además, saber hacerlo: guardar las formas.
En definitiva, hay que tener prestigio. Este, puede tenerse ya adquirido en un momento dado. De no ser así hay que conquistarlo con el ejercicio diario.
Cuando Franco se hace cargo de la primera Bandera de la Legión tiene ya un prestigio acreditado que conoce toda España. Lo había adquirido en los empleos de Teniente y Capitán, y muy especialmente en las acciones de Haddut-Alial-U-Kaddur, Izarduy y El Biutz. En ellas había acreditado pericia y valor.
La pericia la tenía en gran parte por su intuición —ve siempre el momento oportuno— y, en parte, por su preparación, observación, meditación y estudio.
El valor que, según nos dicen, poseía Francisco Franco es el que Villamartín define como:
… «valor frío, severo, del que se presenta en medio del peligro como extraño; parece que la muerte no figura en sus cálculos como dato».
Por mi parte lo expresaría de esta otra forma:
«actitud serena y resuelta, responsable y dinámica, ante una situación grave o de peligro, con riesgo probable o evidente de la propia vida».
En el Oficial de Infantería el valor tiene que ser siempre o casi siempre temerario, acometedor, arrollador —nuestro soldado es muy exigente— sin dejar por eso de ser sereno y responsable. En otros casos tendrá que ser estoico, impertérrito, inmutable: es el que conviene a los mandos elevados.
Francisco Franco demostró que poseía el primero en la acción de El Biutz. Volvió a demostrarlo en la de Taxuda, el 10 de Octubre de 1921. Del segundo dio prueba mil veces en nuestra guerra de liberación, entre ellas en la dirección – del paso del Estrecho por el «Convoy de la Victoria».
Ese prestigio que Franco tenía ya conquistado debió despertar en los nuevos legionarios curiosidad, admiración y res-peto.
Pero eso no basaba. Si quería la colaboración y entrega de sus hombres, tenía no solo que mantener ese prestigio sino que debía acrecentarlo.
¿Cómo? Siendo firme en el mando, pero guardando las formas.
Que Franco era firme en el mando nos lo dicen muchas anécdotas del «Diario de una Bandera», del que entresacamos la que mejor refleja esa firmeza:
«La noche no es para todos de reposo (…) y la compañía nombrada de servicio reparte sus puestos avanzados y las patrullas recorren el campamento, don-de de tarde se escucha el ¡alto! de los centinelas. El servicio de noche se hace a punta de lanza; nadie duerme, y un oficial, constantemente levantado y fuera de su alojamiento, recorre los puestos y cumple su servicio. Esta es la vida virtuosa y activa de los oficiales de la Legión.»
Franco era muy exigente para toda clase de servicios. Estoy, incluso, seguro de que muchas veces empleó o acompañó la voz de mando con interjecciones fuertes —que en determina-dos casos son muy estimulantes—, pero nunca utilizó expresiones ofensivas, y mucho menos humillantes y denigrantes: guardaba las formas.
De ahí que no solamente fuera admirado y respetado; fue también querido por sus legionarios y oficiales.
A ello contribuyó decisivamente el ejemplo, porque, se tratara de lo que se tratara, estuvo siempre —lo diremos en frase gráfica muy utilizado por él— «al pie del cañón»: de día, de noche, con lluvia, con frío, con sol abrasador.
Se ha hablado muchas veces de la frialdad de Francisco Franco, probable-mente por su impasibilidad aparente y por su parquedad en los elogios, en los parabienes; en una palabra, porque no prodigaba las «palmaditas en el hombro». Estimo que esa es una gran virtud en un Jefe. El que se excede en los elogios, el que no los administra bien, termina por desprestigiarse. El subordinado, que no es tonto, se da cuenta muy pronto de que lo que el Jefe busca es el aplauso, la pleitesía, llenar su vanidad.
Aparte de lo dicho, puede afirmarse que detrás de una frialdad aparente se escondían una gran sensibilidad y una gran modestia. Mil ejemplos podrían extraerse del« «Diario de una Bandera». Me voy a limitar a dos: el primero tuvo lugar el día 29 de Junio de 1921 en la operación de Muñoz Crespo (Territorio de Tetuán); el segundo, el 10 de Octubre del mismo año (ocupación de Gurugú) en Taxuda. Veamos el primero:
«Es ya de noche cuando nos retiramos. A nuestro paso tropezamos varias camillas; una de ellas descansa en tierra, y en ella vemos al joven teniente García y García de la Torre, del grupo de Regulares. Este pobre chico, herido en el vientre, se ha caído dos veces de la artola, matándose el mulo que lo conducía, y le llevan ahora en la camilla dos moros pequeños y poco resistentes que se cansan de su pesada carga. Nos paramos a su lado; el teniente coronel González Tablas, allí presente, le dirige palabras de consuelo:
— No es nada, adelante; dentro de un mes está usted paseando con el guayabo.
— Yo no veré más al “guayabo”; el mulo me ha tirado dos veces; mi herida es mortal, pero no importa —dice el mu-chacho con su sonrisa triste—. Le anímanos un poco y encargamos de su conducción a cuatro legionarios fuertes; un sargento con otros ocho escoltan al herido, y en las sombras de la noche vemos perderse la camilla con la preciosa carga.
Hacia el fondo del valle las hogueras de los poblados en llamas alumbran nuestro camino y bajando la interminable cuesta, al recordar al héroe que marcha en la camilla, pensamos en el dolor del “guayabo que le espera…».
En cuanto al segundo, esta es la versión del Comandante Francisco Franco:
«Unos harqueños que se han corrido por la izquierda disparan varios tiros desde retaguardia; dos soldados son heridos en los sostenes; esto produce cierta confusión entre las reservas, y al mismo tiempo el enemigo, concentrado en las barrancadas del frente, efectúa enérgica reacción sobre nuestras líneas.
Las compañías de la izquierda ven aparecer de pronto a pocos metros las cabezas enemigas; el enemigo, con gran arrojo, ataca por todos lados; el coeficiente moral de las tropas peninsulares es sobrepasado y el frente de la izquierda vacila en algunos puntos.
Los momentos son de gran emoción, y en el sector amenazado volcamos nuestros hombres y nuestro espíritu; los sostenes de las unidades de legionarios acuden al lugar en peligro y acometen al enemigo; los acemileros de nuestras compañías de ametralladoras y tren de combate, abandonando sus mulos, se suman a la reacción, y el ataque es rechazado en todo el frente.»
Veamos ahora lo que decía el corresponsal de Manuel Aznar en «El Sol», sobre la misma acción:
«El peligro era de una intensidad tal, que no se me alcanza el modo de expresarlo. Sanjurjo y Castro Girona, que comprendieron lo que ocurría, seguidos de todos los oficiales del Cuartel General, se echaron al encuentro de nuestros soldados, y en unos segundos de energía conseguían hacer reaccionar a nuestras fuerzas.»
«¡A la bayoneta! ¡Arriba mis valientes! ¡Viva España! El Comandante Franco enronquecía a la cabeza de sus bravos. La lucha fue cuerpo a cuerpo. La cresta, ocupada por el enemigo, era tomada otra vez, y de pie en ella Franco y sus tropas se coronaban de gloria.»
Aquella noche —añade Manuel Aznar—recibí del aludido corresponsal una nota en que me explicaba:
«Lo de Franco en Taxuda ha sido maravilloso. El ha salvado la situación. Cuan-do pasó el peligro sonreía nuevamente entre sus legionarios; pero con una sonrisa que casi me daba miedo, por-que expresaba una serenidad imperturbable, pero, al propio tiempo, una cólera fría. Era una mezcla de tranquila seguridad en sí mismo y de la más violenta voluntad de vencer. No sé sí acierto a explicarme bien».
De dicho corresponsal puntualizaba Manuel Aznar líneas más arriba: «Hallábase éste sistemáticamente sometido a las destructoras campañas en que se agitaban incansablemente la cobardía y la traición» (Prólogo a la edición Doncel de 1976. Pág. 16).
3.– Franco organizador, táctico y estratega
Organizador
Para ser buen organizador hay que llevar el orden dentro y Franco lo llevaba. Se advertía en su compostura, en su forma de andar, accionar y expresarse, y en su vida ordenada, sin duda alguna programada.
Se necesita, además, tener ideas, pero ideas útiles, adecuadas, ni locas ni desproporcionadas. La idea surgen con la observación y se depura con el estudio y la meditación, cualidades que Franco poseía en grado sumo.
Es preciso, también, contemplar las cosas o las situaciones globalmente y en sus precisas dimensiones, virtud suficientemente acreditada por nuestro personaje.
Sus dotes de organizador fueron puestas a prueba en la creación de La Legión; en la de la Academia General Militar, en la sofocación de la Revolución de Octubre de 1934; y a todo lo largo de nuestra Guerra de Liberación.
Es indudable que en el caso de la Legión la idea brotaría de la mente febril de Millán Astray, pero la depuración, la ordenación y la realización, fueron obra de Francisco Franco, que contó, eso sí, con excelentes auxiliares; entre otros, el entonces Capitán D. Camilo Alonso Vega.
Cómo sería la obra, que Millán Astray no vaciló en conceptuarle como «su gran ingeniero», aunque su verdadera vocación fuera la de «arquitecto urbanista». No me extraña nada que así lo calificara, pues Millán Astray sabía o conocía perfectamente el gran sentido de la ordenación que tienen los ingenieros, tanto los civiles como los militares.
No fue menor su sentido de la organización en la creación de la Academia General Militar, tanto por lo que con-cierne a las instalaciones, primeras que en España se construyen con destino a la enseñanza militar —hasta entonces no se había hecho otra cosa que adaptar alcázares, conventos y viejos palacios—, como en lo que se refiere al plan de estudios, en el que se daba a los ejercicios prácticos una importancia «verdaderamente revolucionaria —dice Hills—en todas las secciones de la educación española y no sólo en la militar». Que la obra, tanto en un sentido como en el otro, fue una cosa lograda lo demuestran los elogios que mereció de destacados personajes extranjeros; entre ellos M. Maginot, célebre por la famosa línea defensiva que pasó a la Historia sin pena ni gloria; mejor, con más pena que gloria.
Pero donde se manifiesta ese sentido de la Orgánica de forma clara y esquemática es en las disposiciones que toma y en las órdenes que da, desde un gabinete improvisado, para la selección, adecuación, articulación y entrada en acción de los medios por él elegidos para el cumplimiento de una misión que él mismo les asigna, en una decisión que en su planteamiento es esencialmente estratégica y, en gran parte de su ejecución, también. Se trata de la acción militar conducente a la sofocación de la Revolución de Octubre de 1934. En esquema, la decisión se define así:
— Designación de un Mando táctico:
General López Ochoa.
— Concurrencia hacia el foco de la rebelión de cuatro grupos de fuerzas, en las direcciones:
— León — Oviedo
— Santander — Oviedo
— Lugo — Oviedo
—Gijón — Avilés} — Oviedo.
Este grupo transportado desde Ceuta con apoyo de la Escuadra.
— Coordinación de esos movimientos hasta ponerlos a disposición del Mando táctico, pese a la carencia —más bien ausencia— de medios adecuados.
Y donde se consagra definitivamente es en nuestra Guerra de Liberación, desde que toma el avión en Gando, el 18 de julio de 1936, hasta el Parte de la Victoria el 1 de Abril de 1939. Puede decirse que crea un Ejército de la nada y lo conduce hasta la Victoria contra un enemigo que lo tenía todo. Con razón pudo decir Prieto por radio: «No comprendo qué pretenden los rebeldes. Han perdido la cabeza. ¿Cómo esperan salvarse? Tenemos en nuestro poder las ciudades más importantes, los centros industriales, todo el oro y la plata del Banco de España, reservas ilimitadas de hombres, la flota…» etc.
Era verdad, pero también lo era que enfrente tenía a un hombre con un prestigio arrollador y una voluntad de hierro, que simultáneamente irá creando la base logística y la herramienta operativa. Y no solamente la crea, sino que la hace intervenir victoriosamente hasta la derrota total del enemigo y su rendición incondicional.
Táctico
Si aceptamos como válida la definición del Reglamento Táctico de Infantería de 1929, Táctica es el «Arte de disponer, mover y emplear las tropas sobre el campo de batalla con orden, rapidez y recíproca protección, combinándolas entre sí con arreglo a la naturaleza de sus armas y según las condiciones del terreno y disposiciones del enemigo».
Para mí es correcta la definición. No obstante, cambiaría «sobre» por «en» y añadiría algunas precisiones más a partir de «con arreglo». La definición, entonces, resultaría así:
«Arte de disponer, mover y emplear las tropas —Unidades— en el campo de batalla, con orden, rapidez y recíproca protección, combinándolas entre sí con arreglo a la misión recibida —con sus limitaciones. en espacio y tiempo—, naturaleza de sus medios y apoyos que puedan recibir, las condiciones del terreno y naturaleza y disposiciones arel enemigo. »
La definición, pues, más o menos completa, más o menos discutible, está clara. Pero… ¿cómo se aplica a la hora de la verdad? ¿Cómo la aplicó o interpretó Francisco Franco, Teniente, Capitán, Co-mandante, Teniente Coronel y Coronel?
Porque lo difícil no es la comprensión de la regla o norma sino la ejecución en los casos concretos. Y lo es porque la guerra y el combate son, ante todo, lucha y obra de voluntades. No basta la intuición. No basta con ver pronta y claramente la maniobra adecuada, ni con formularla o expresarla con precisión, primero, y organizarla y adaptarla a la evolución de la situación, después.
Es necesario que los mandos subordinados la asimilen bien; que se compenetren bien con ella, sobre todo con la idea directriz del Jefe, y que vean claramente la finalidad que se persigue, antorcha ésta que ha de orientar sus iniciativas para que la acción de con-junto no se quiebre ni se debilite.
Es necesario que esos mandos —e incluso el soldado— conozcan lo mejor posible el terreno por el que se va a actuar, cosa que en Marruecos resultaba muy difícil tanto por lo intrincado y abrupto del relieve y de las formas como por la falta de cartografía. De ahí la importancia que para el Jefe y el oficial de Infantería tenía el ser diestro en la confección de croquis a mano alzada.
Es necesario que todos conozcan bien al enemigo, su manera de combatir y de reaccionar, cómo se envalentona y cómo se encoge para prevenir sus reacciones, abortarlas, si es posible, y explotarlas en beneficio propio.
Y, naturalmente, hay que conocer a los propios medios y, sobre todo, a los hombres, con sus virtudes y debilidades. De esta forma se evitarán las sorpresas y se obtendrá de ellos el máximo rendimiento.
Francisco Franco tuvo todo eso en cuenta desde la acción de U-Kaddur, en donde recibió, creo, su bautismo de fuego. No es, pues, de extrañar que pronto se convirtiera en un táctico con-sumado —unánimemente reconocido por sus jefes y subordinados— como lo acreditó en las acciones de Izarduy, Nador y Monte Arbos; Casabona, la conquista por sorpresa del Monte U isan con sus fortines y con sólo tres muertos y seis heridos, Tizzi Azza, y Tifaruin; la retirada de Xauen en que mandó la retaguardia, sin otro contratiempo que el provocado por el Teniente Fermín Galán al tomar una iniciativa que le había sido expresamente prohibida, y, en fin, en la preparación y en la ejecución del desembarco de Alhucemas, en donde mandó la vanguardia de la de-echa.
Avaro de las vidas de sus hombres, en todas esas acciones sacó la mayor ventaja posible de la maniobra y de la treta, pero cuando fue preciso lanzarse al asalto a la bayoneta —porque no quedaba otra solución— lo hizo con arrojo impresionante, como ocurrió en El Biutz el 29 de junio de 1916 y en la reacción heroica de Taxuda el 10 de octubre de 1921, por citar dos ocasiones en que salvó situaciones harto comprometidas. De ahí que no descuidara la preparación de sus oficiales y legionarios para ese acto supremo del combate que, ciertamente, arrugaba al marroquí envalentonado.
De su visión táctica y de su preparación en este campo nos dan cumplida idea los Comentarios Generales con que cierra su «Diario de una Bandera», sus artículos en la «Revista de Tropas Coloniales», sus «Comentarios al Reglamento de grandes unidades» y su «ABC de la Batalla Defensiva».
Estratega
Los tratadistas militares no se han puesto de acuerdo a la hora de definir los conceptos «Estrategia y Táctica», y mu-cho menos a la de señalar o fijar sus límites; donde termina la una y donde empieza la otra. Y es que ocurre con ellos lo que con todo lo que es especulativo. Para unos no existe diferencia; para otros sólo hay táctica; alguno, incluso, se declara ateo en estrategia. Unos dicen que estrategia es lo grande y táctica lo pequeño. Estos afirman que la estrategia actúa sobre la geografía, y la táctica sobre la topografía y, más concretamente, sobre el terreno. Aquéllos aseguran que estrategia es dirección y táctica, ejecución; y otros —entre los cuales me encuentro— que estrategia es la idea táctica, la realización. Perfilando un poco más esto último, diré que, en mi concepto, estrategia es la idea directriz de un proyecto a plan y táctica, la realización práctica de ese plan.
De acuerdo con lo dicho, el campo de acción de uno y de otro concepto es universal; es decir, que no se limita en exclusiva a lo militar. Así, se hace estrategia en lo político, en lo económico, en la educación, en la conducción de la guerra, de las operaciones, de la batalla y del combate, cuando nos referimos a la idea directriz que preside los respectivos proyectos o planes, y táctica, cuando se ponen en ejecución.
Yo, por mi parte, sostengo que se hace estrategia hasta en el pelotón de fusileros y, por supuesto, también táctica.
Estrategia hace el jefe del pelotón cuando concibe y decide la forma de actuar dentro del pequeño campo de iniciativa —que para él es un mundo— que siempre se le concede. Y hace táctica cuando realiza el «encaje de bolillos», la obra de artesanía que supone avanzar combinando las acciones simples de fuego y movimiento que llevan a cabo sus hombres desde que abandonan la Base de Partida hasta que ponen pie en el objetivo; o sea, en la posición enemiga.
Este concepto de estrategia no es, naturalmente, aceptado por todos, y para ponernos de acuerdo no ha habido más remedio que acudir a unos conceptos convencionales, y reservar el de estrategia para la dirección de la guerra y de las operaciones en los escalones más elevados, generalmente de la Gran Unidad Ejército para arriba.
Por extensión se llaman acciones estratégicas las que en conjunto —y en algunos casos aisladamente— llevan a cabo los núcleos de fuerzas que actúan o se reservan a disposición de esos mandos; objetivo estratégico el que afecta o es decisivo para la conducción y resolución de la guerra o de la batalla; y Unidades o fuerzas estratégicas las que se reservan o se ponen en un momento dado a disposición del mando de la defensa; del teatro de operaciones o del que dirige la batalla. Pueden considerarse como fuerzas estratégicas —y lo son—las que en paz están puestas a disposición del Presidente de los Estados Unidos para intervenir a sus órdenes en cualquier parte del globo.
Refiriéndonos concretamente a Francisco Franco como Generalísimo de los Ejércitos y, aún antes, desde que se hizo cargo del mando del Ejército de Marruecos el 19 de Julio de 1936, todas sus decisiones logísticas y operativas fueron decisiones de carácter estratégico.
George Hills (obra citada, págs. 129 y siguientes) le atribuye —aunque en forma dubitativa— la idea estratégica del desembarco en Alhucemas e incluso la elaboración del plan táctico en tierra. En cuanto a lo primero, yo no lo creo así porque del desembarco empezó a hablarse ya en 1911, cuando Franco acababa de salir prácticamente de la Academia. Planes concretos se redactaron varios desde ese año, aun-que algunos se limitaran a acciones demostrativas, o poco más, en beneficio de otras acciones principales que se llevarían por tierra. Sin embargo, hubo uno muy completo en 1913, que se debió al General Gómez Jordana —Co-mandante General de Melilla aquel año—, y que sirvió de base, según parece, al que se llevó a cabo en 1925. Todavía en 1923, el General Martínez Anido —Co-mandante General de Melilla, también—elevó otro proyecto al Ministro de la Guerra. Este incluía dos planes alternativos, uno por tierra y otro por mar. El de mar coincidía en esencia con el de 1913 y el que se llevó a cabo en 1925.
Es muy probable que Francisco Franco interviniera de alguna forma en la elaboración del de 1923, toda vez que desde que acudió con su Bandera en socorro de Melilla, permaneció en la Zona Oriental del protectorado hasta febrero de 1923. Resulta muy significativo a este respecto que en las Consideraciones Generales con que cierra el «Diario de una Bandera» (1921-1922), escriba en letra bastardilla:
«Alhucemas es el foco de la rebelión antiespañola, es el camino a Fez, la salida corta al Mediterráneo, y allí está la clave de muchas propagandas que terminarán el día que sentemos el pie en aquella costa.»
En cuanto a su participación destacada en la elaboración y preparación del plan definitivo, debe darse por segura (George Hills, obra citada, págs. 129 y 130).
Otra concepción estratégica digna de destacarse y que además se llevó a la práctica fue la ya comentada al tratar de Franco Organizador. Me refiero a la decisión que acabó con la revolución de Octubre de 1934.
Pero pasemos a nuestra Guerra de Liberación. En ella podemos encontrar cientos y cientos de decisiones de índole estratégico que se prestan a análisis y comentarios. Las más destacadas por orden cronológico y a nuestro parecer, son:
— Creación del Puente Aéreo sobre el Estrecho.
— Paso del Estrecho por el Convoy de la Victoria.
— Marcha sobre Madrid vía Mérida (560 kms.).
— Maqueda: ¿dirección Madrid o dirección Toledo?
— Intentos por el Noroeste y por el Sureste de Madrid.
— Traslado al Norte del centro de gravedad de las operaciones.
— ¿Cataluña, Levante, o Alcalá-Madrid? Tras la llegada al mar, ¿Valencia o Cataluña? — Batalla del Ebro: ¿contraofensiva o desgaste? — El empleo del Arma Aérea.
El examinar uno por uno estos casos haría esta exposición interminable. De ahí que me limite a unas breves consideraciones sobre estos cuatro:
Maqueda-Toledo
En cuanto a la alternativa Maqueda-Madrid o Maqueda-Toledo, para mí no hay lugar a dudas. Tratándose de nuestra guerra —viviéndola, no «contemplándola desde la barrera»— la elección no era dudosa. De las tres posibilidades que señala Martínez Bande en la Monografía de la Marcha sobre Madrid, yo elegiría siempre —como él lo hace— la que eligió Franco: primero Toledo, después Madrid. Yo estoy seguro, como George Hills, que, antes de decidir, Franco se acordó de aquel 26 de Julio de 1921 en que se le prohibió socorrer a aquellos restos del «desastre» que aún se defendían en Nador. En aquella ocasión tuvo que «sacrificar el corazón», pero ahora la liberación de los héroes estaba en su mano y no lo dudó: se fue a Toledo.
Para mí, Franco obró no sólo sentimentalmente sino muy juiciosamente. Para él ya no había duda de que, si se dirigía a Madrid, Toledo sucumbiría. Y sucumbiría sin que, por otra parte, pudiera abrigar muchas esperanzas de llegar a tiempo y conquistar la capital. Los diez o quince días —a lo sumo— que difícilmente hubiera podido ganar con una punta de lanza incisiva, sí, pero acosada por los dos flancos, no hubieran sido suficientes. Además, los ejemplos de Badajoz y Talavera no dejaban lugar a dudas sobre la capacidad de resistencia enemiga en núcleos de población de cierta importancia.
Por otra parte, la caída del Alcázar hubiera supuesto para la misma columna que se dirigía a Madrid una derrota moral de efectos mucho más graves que la detención ante el Manzanares, que no influyó apenas en esa moral.
Eso sí, yo nunca me hubiera quedado en la línea del Alberche, ni retrocedería a ella después de liberar Toledo. Aparte de la derrota moral, se dejaba al bando rojo una base de operaciones compacta, bien cubierta por el arco montuoso y montañoso que desde el recodo del Alberche circunvala la cabecera del Tajo, y con un importantísimo nudo de comunicaciones radiales en su centro, que le hubieran permitido maniobrar holgadamente por líneas interiores y amenazar gravemente zonas vitales del bando nacional.
Después de Toledo había que continuar a Madrid aunque no se entrara. La sola llegada a donde se llegó y los ensanches de la cuña, primero hacia el Noroeste y después por el Sureste y Este, fueron suficientes para arrebatarle a la capital casi todo su valor estratégico: quedó anulado su valor como objetivo político y, también, como nudo de comunicaciones, que quedó estrangulado. Prácticamente, a partir de ese momento fue para el bando rojo mucho más servidumbre —abastecimiento, etc.—que ventaja estratégica.
¿Valencia o Cataluña?
Tras la —por todos los conceptos—brillantísima ofensiva de Aragón y la llegada al mar, ¿qué camino tomar?
Estimo que es la única decisión —o por lo menos la más importante— que puede discutírsele a Franco, pero sin que pueda uno considerar, honradamente, más acertada la una que la otra, porque no vale juzgar por lo que después pasó. Hay que hacerlo con las cartas que entonces se barajaron, y no con aquellas mas las que después entraron en juego.
La prioridad por Valencia figuraba ya en la mente de Franco antes del 11 de Agosto de 1936. Se la vuelve a dar en la Instrucción del 14 de Marzo de 1938 para la ruptura de la línea del Alfambra, y la confirma en su decisión del 15 del mismo mes para llevar a cabo la explotación general del éxito entre el Pirineo y Teruel, cuya primera fase culminó con la llegada al Segre y al mar. La segunda debía conducir hasta Sagunto, previa reducción del Maestrazgo.
Puede que el Generalísimo al decidirse por Valencia infravalorara tanto las posibilidades de recuperación general del Ejército Rojo, como la resistencia que le iba a oponer en el Maestrazgo el Ejército de
Levante apoyado por el de Maniobra (rojos ambos), como el volumen del material de guerra —300 aviones y 26.000 toneladas. (G. Hills, pág. 322)—que iba a entrar en Cataluña por la frontera, vía Canal del Midí, entre el que §e contó cantidad nada despreciable de procedencia alemana.
En general, los Mandos del bando nacional (entre ellos el General Kindelán) se inclinaban por la acción sobre Cataluña. Franco decidió Valencia. «La posible razón de la aparente sin razón», nos la da el Coronel Martínez Bande con la Monografía n° 12 de la Guerra de España, después de un examen minucioso y muy documentado, en el siguiente párrafo:
«En definitiva, Cataluña al comenzar el mes de abril de 1938 era, tanto como un objetivo estratégico para el General Franco, un avispero, un peligro de que la guerra de España se internacionalizara. Y ello tenía que ser evitado a toda costa, aun a riesgo de prolongar la lucha civil.»
La batalla de desgaste del Ebro
Según nos relata George Hills, el bando rojo llegó a crear tres cabezas de puente al Oeste del Ebro. La más septentrional entre Mequinenza y Fayón: unos dieciséis kms. de frente por ocho de profundidad. La segunda, entre Fayón (río Matarraña) y Cherta: treinta y siete a cuarenta kilómetros de frente por veinte de profundidad. La tercera (Amposta) no llegó a consolidarse.
La septentrional fue reducida —o sea, eliminada— en los días seis y siete de Agosto (1938).
En cuanto a la segunda o central, el piar de Franco —nuevamente según George Hills— puede explicarse así:
«Consideró al enemigo…, como envuelto por la línea norte-sur ocupada por las fuerzas nacionales entre Fayón y Cherta, y el gran arco que describía el Ebro entre ambas poblaciones. Si el Ebro era mantenido bajo constante bombardeo aéreo y artillero, los 80 ó 100.000 hombres que ocupaban el área quedarían encerrados como en una bolsa. Para tensar las cuerdas, deseaba que sus tropas avanzaran sobre los dos flancos.»
Se trataba en definitiva de imponer al enemigo una batalla de desgaste y «acabar de una vez».
El plan así concebido pareció «en exceso revolucionario» a algunos de los mandos nacionales. Hills cita concretamente a Yagüe y Vigón (D. Juan). Franco accedió a un compromiso o solución intermedia que se definía así:
— La aviación (alemana e italiana) «debía mantener los puentes enemigos bajo constante ataque» (interdicción). — «La infantería no debía hacer ningún intento de ataque sin contar con un considerable apoyo de bombardeos aéreos y artilleros». — Poner a disposición de los Cuerpos de Ejército «Marroquí» (Yagüe) y «Maestrazgo» (García Valiño) una masa artillera que jamás se había conocido en España: 69 baterías el 3 de septiembre y 87 el 3 de octubre. (Hills. págs. 326 y 327).
Aunque los efectos producidos por los bombardeos —acciones de interdicción sobre los puentes— no fueron los desea-dos, y la reposición de municiones, sobre todo para los materiales artilleros de mayor calibre, no alcanzó el ritmo apetecido, la bolsa fue eliminada en tres fases: 3-13 de septiembre; 18 de sep-tiembre-14 de octubre; y 30 de octubre-16 de noviembre. Las fuerzas nacionales tuvieron 40.000 bajas y las rojas 70.000 (G. Hills, obra citada, págs.. 325, 326 y 327).
Esta batalla seguirá siendo muy discutida tanto en su planteamiento como en su ejecución, pero hay una cosa cierta: «Franco había destruido un ejército»; su moral no se repondría ya. ¿Qué hubiera sucedido si el plan se hubiera llevado a cabo tal como lo había concebido Franco en un principio?
No comento las soluciones alternativas que se han propuesto por no alargar esta exposición. Algunas me han parecido meras elucubraciones.
El empleo del Arma Aérea
Toco este punto, que no es de mi especialidad, porque a lo largo de la biografía del Caudillo escrita por George Hills se sacan a relucir con harta frecuencia las discrepancias que —el autor las acredita documentalmente— existieron entre Franco y los políticos y mandos militares y aéreos alemanes e italianos sobre la forma de conducir la guerra y las operaciones. Uno de los caballos de batalla fue, según ellos, la lentitud de las operaciones; otro, el empleo de las fuerzas aéreas.
Yo no sé el concepto que Franco tendría en aquel entonces sobre el empleo de las fuerzas aéreas. Alguna experiencia ya tenía de África, en donde, al menos en embrión, se empleó ya la aviación en misiones de reconocimiento, apoyo aéreo fuego directo, apoyo fuego interdicción, bombardeo estratégico y transporte.
Franco sabía eso y en algún lugar de sus comentarios y artículos, de aquel entonces, hace alusión a ese tipo de acciones. El mismo había utilizado el avión o el hidroavión para los reconocimientos desde el aire y, en cuanto al apoyo fuego directo, estoy seguro de que tuvo parte en la idea de la creación de la famosa «cadena», tan temida por los camba-tientes rojos como celebrada por los nacionales. De ella no me parece aventurado afirmar que fue el preludio de los bombardeos y ataques en picado.
No se puede negar que en los primeros meses de nuestra guerra hubo un poco de anarquía en todo, como consecuencia de la no existencia de un mando único o centralizado y, también, como humana reacción a la superioridad aérea del bando rojo, cuya aviación apoyaba a sus fuerzas de tierra mientras nuestras columnas —que sufrían las consecuencias—carecían de ese apoyo. Las peticiones eran insistentes y había que satisfacer-las de alguna manera.
A lo que Franco se opuso hasta la ira, fue a los bombardeos indiscriminados, masivos y de saturación, contra poblaciones e instalaciones vitales para la nación.
De ahí sus enérgicas palabras al embajador italiano Cantalupo:
«Franco no hace la guerra .a España, sino que la libera. No debo destruir…, ni las ciudades, campos, industrias, ni medios de producción. Por eso no pue-do obrar apresuradamente. Si lo hiciera, sería un mal español; si me apresurase no sería un patriota, me comportaría como un extranjero.»
Y, «pálido de ira», al Coronel Funck cuando el bombardéo de Guernica:
«No, haré la guerra contra mi propio pueblo».
De ahí que se opusiera también, terminantemente, al bombardeo de las columnas de fugitivos que desde Bar-celona se dirigían a la frontera francesa, no obstante saber que mezclados en esas columnas huían 200.000 comba-tientes.
4.– Franco, maestro
Que Franco ejerció el magisterio a lo largo de toda su vida de soldado y en todos los órdenes del deber y del saber militar, es cosa que está fuera de toda duda.
Lo hizo en los duros momentos del combate y en las intensas actividades del vivac y del campamento; en la soledad nocturna de la chabola o de la tienda de campaña y en la menos incómoda pero no menos agotadora del despacho diario; en la tribuna en que preside los desfiles y conmemoraciones y en las largas e interminables audiencias; en los días tristes y aciagos de la llegada a Melilla tras el desastre, y en los del júbilo y de los ihurras! de sus legionarios en los momentos que siguieron al asalto victorioso y por sorpresa del monte Uisan, con sus fuertes y fortines, y con sólo tres muertos y seis heridos; en los días en que cosechó laureles y en los que sufrió persecución; en las vigilias tensas de la guerra y en las horas difíciles de la paz; en el triunfo, en la enfermedad, en la agonía y en la muerte.
Lo hizo con el ejemplo permanente de una vida consagrada por entero a la patria y al deber; de una vida cargada de virtudes acrisoladas; con la palabra, con la pluma, con el saber y el hacer. Lo hizo creando doctrina e impartiéndola. El, que era un autodidacta, que no pudo ingresar en la Escuela de Guerra porque, prestando servicios de guerra que daban prestigio a España y al Ejército, se le había pasado el grado aunque no la edad. El, que, no obstante no asistir a cursos, fue sin embargo un alumno aventajado que supo aprovechar las enseñanzas teóricas y prácticas del combate y de los que fueron sus jefes, contrastándolas en el crisol de la lucha, mejorándolas y ampliándolas.
Ahí ha dejado su incomparable «Diario de una Bandera»; ese librito que sobrecoge por lo sobrio, por lo pausado, por lo sentido y por lo ¡profundo de sus enseñanzas. Es una lástima que no se hayan conservado los croquis a mano alzada —que a mi juicio tuvieron que existir—, en los que el autor debió recoger los datos que después pasaría a limpio, robándole horas al sueño, a la luz mortecina de una lámpara o candil.
Ahí sus «Instrucciones a la Legión», en Lo hizo en los duros momentos del las que recopila, depura y difunde, para combate y en las intensas actividades que sirvan de norma a sus oficiales en la dura tarea de formar soldados, las experiencias que el vivió y anotó en el «Diario» antes citado.
Ahí sus artículos sobre temas militares e históricos, publicados en la «Revista de Tropas Coloniales», en los que expone con claridad y personal criterio las experiencias por él vividas y las conclusiones a que le llevan.
Ahí sus «Comentarios al Reglamento de Grandes Unidades», escritos durante la guerra —y a no se sabe qué horas—para orientar y aclarar dudas a unos Mandos que habían iniciado la guerra con el grado de Comandante, o de Teniente Coronel a lo más.
Ahí su «ABC de la Batalla Defensiva», que revoluciona la concepción lineal de la defensa convirtiéndola en otra más profunda; que logra imponerse y que viene a ser el resultado de inscribir en el terrero —adaptándolo a éste— un orden de combate ofensivo, generalmente con mayores frentes y fondos. En este ABC se plasman, después de muchas horas de meditación y depuración, las observaciones por él obtenidas en Marruecos sobre el valor táctico de las crestas topográficas y militar, la pendiente y la contrapendiente, las vaguadas y las barrancadas, la posición circular y el mismo blocao.
Ahí queda «Raza», el guion cinematográfico en donde se enaltecen las virtudes del hogar, el amor a la Patria, el heroísmo y la fe en Dios.
Ahí sus prólogos, sus cartas, sus entrevistas, sus discursos militares en los que se hace apología de todas las virtudes, y ahí el monumento postrero de su Testamento, testigo imperecedero de su fe en Dios, de su amor a la Patria y del saber morir como cristiano, que es el epílogo consecuente con el que cierra una vida consagrada por entero al servicio de España.
¡Que Dios te lo premie, mi General! Yo así se lo pido con toda mi alma y toda mi fe.
CONCLUSIÓN
La biografía militar de Francisco Franco revela a un personaje cuya evolución estuvo profundamente ligada a la experiencia directa del combate, la disciplina castrense y la formación en valores tradicionales del Ejército de su tiempo. Desde sus primeros años como cadete hasta su consolidación como mando superior, su trayectoria refleja una combinación de capacidad organizativa, conocimiento táctico y adaptación a contextos cambiantes.
Independientemente de las interpretaciones históricas posteriores, su perfil militar muestra a un oficial que destacó por su constancia, su sentido del deber y su habilidad para desenvolverse en situaciones complejas. Analizar esta dimensión permite comprender mejor no solo su figura individual, sino también el contexto militar y político en el que se desarrolló una parte decisiva de la historia contemporánea de España.
