No cabe conclusión en un trabajo como el realizado que no desarrolla tesis alguna. Lo que nos traslada la documentación y la Hoja matriz de servicios resulta más que evidente, sin necesidad de mayores comentarios. Sí cabe una pequeña reflexión, que el lector puede completar, antes de cerrar estas páginas.
A lo largo de la paciente revisión de legajos —hoy cajas o documentación digitalizada—, a veces frustrante por no encontrar lo buscado, realizando una investigación en paralelo que pronto verá la luz, complementaria y deudora de este trabajo, resulta para el historiador más que evidente que, ni la relación de documentos que se han citado en esta obra, ni la reproducción de muchos de ellos, ni las distinciones del mando consignadas, agotan el «acta notarial» de lo que fue la biografía militar de Franco entre 1907 y 1939.
No todos los partes con menciones a Franco, ni todas las propuestas unipersonales, tienen eco en su Hoja matriz de servicios, ni tan siquiera en ella están recogidas todas sus intervenciones en hechos de armas, como hemos ido señalando oportunamente. Ejemplo de ello es la mención que el 14 de diciembre de 1922 recibe el entonces comandante Franco y que es devuelta porque no se encontraba en la oficina de referencia su hoja de servicios: «Todo entusiasmo maneja emplea y dispone con singular acierto las fuerzas a sus órdenes. Se muestra incansable en activar los trabajos de fortificación, dirige personalmente la instalación de las fuerzas que habían de quedarse en las posiciones y protege brillantemente el repliegue de la columna». Se trata de la última mención de distinción antes de dejar el mando de su Bandera, así como el mando interino del Tercio por ausencia de Millán Astray.
Tras el desembarco de Alhucemas, en 1925, en el parte correspondiente, el general Saro Marín, anotó: «hago especial mención del coronel Franco que, en su brillante acción en este combate, confirmó una vez más la opinión que todos, sin excepción, tenemos de su competencia, habilidad, valor, serenidad y todas las excepcionales cualidades que hacen de él un Jefe merecedor de toda alabanza».
Si nos atenemos a la documentación consultada no resulta aventurado afirmar que pudo ascender al empleo de general antes de cumplir los 33 años. Era el general más joven de su tiempo, según tantas veces se ha reiterado. No se trata de un elogio sino de una constatación. Algo que, según Ramón Salas Larrazábal, en el siglo XX, «resultaba insólito y casi escandaloso». Lo usual era no llegar al generalato hasta rondar los cincuenta.
Si repasamos, aun cuando sea someramente, el escalafón de la época, con la salvedad de algún error individual, estimamos que del centenar de generales que alcanzaron el empleo desde la guerra de Marruecos a la guerra civil, solo un 18% lo consiguieron antes de 1926. La inmensa mayoría lograron el ascenso después de Franco, siendo prácticamente todos mayores que él. De los jefes que provenían de las fuerzas de choque solo José Sanjurjo fue general antes de 1926, pero tenía 14 años más que Franco.
Es de sobra conocido por los historiadores militares, quizás no tanto por los demás y por el público interesado, que las guerras aceleran las carreras en todos los ejércitos, que se multiplican las grandes unidades abriendo la promoción al generalato. Sucedió en la I Guerra Mundial, en la Guerra de Marruecos, en la Guerra Civil y en la II Guerra Mundial. Utilizando la historia comparada, cabría decir que, a pesar de ello, prácticamente, en su tiempo, nadie tuvo una carrera militar como la de Francisco Franco. Tampoco es un halago, es solo la constatación de una realidad.
Si prestamos atención a la biografía de los principales generales hispanos en los años 20 y 30, casi todos ellos orlados con los ascensos por méritos de guerra, nos encontraremos con que Goded tenía, cuando alcanzó el generalato el mismo año que Franco, 44 años; con 40 años lo hicieron Emilio Mola y Dámaso Berenguer; Vicente Rojo con 43, al igual que Antonio Cordón; Fanjul, 46; Queipo de Llano estaba por los 48 y Castro Girona tenía un año más; Sebastián Pozas fue general con 50; Domingo Batet andaba por los 53 y José Miaja uno más; Carlos Masquelet, 59; García Valiño casi 40 y Muñoz Grandes rondaba los 43; Enrique Líster, por su parte, se aproximaba a los 37.
Similar es la comparativa si nos aproximamos a otras figuras importantes de la milicia en su tiempo o después. Apellidos sonoros como De Gaulle, Eisenhower, Patton, Graziani, Guderian, Jold, Pétain, Bradley, Rommel, Doolittle, Tojo, Manstein, Lyautey, Pinochet o Montgomery, casi todos mayores que Franco. Todos alcanzaron el generalato rondando o sobrepasando los cincuenta años. El carismático general MacArthur lo hizo a los 38 y Maxwell D. Taylor, el general de la 101ª División Aerotransportada americana en Normandía, 41. Más recientemente, en el último tercio del siglo XX, Norman Schwarzkopf superaba también los 40 cuando alcanzaba el empleo equivalente a general de brigada y Colin Powell los 42. Ni siquiera el más brillante general israelí, en una situación bélica prolongada, Ariel Sharon alcanzó el generalato con menos años que Franco pues caminaba hacia los 39. Solo Moshé Dayán obtuvo el empleo con una edad similar a la de Franco, 34 años. Casi todos habían obtenido también ascensos por méritos de guerra.
Franco llegó, aunque a veces se olvide en toda su extensión, a Generalísimo, el equivalente a general del Ejército o general de cinco estrellas en las fuerzas norteamericanas; lo hizo con 43 años, con 45 sería Capitán General. Cuando Omar Bradley pasó a ser general de cinco estrellas tenía 57 años. Eisenhower frisaba los 54; Marshall y MacArthur los 64. El carismático Patton, al fallecer en diciembre de 1945, quedó como general de cuatro estrellas, grado obtenido con 60 años. El general Lyautey fue mariscal de Francia con 67 años y Pétain con 63. Más recientemente Colin Powell alcanzó el grado de general de 4 estrellas casi cumpliendo los 52 años (su carrera estuvo cimentada por nombres como Vietnam, Libia, isla de Granada o la Guerra del Golfo).
Durante la II República Franco fue promovido a general de división con 41 años, fue Jefe del Ejército de África y Jefe del Estado Mayor Central. En representación del ejército español estuvo presente, en 1936, en los funerales del rey Jorge de Inglaterra. Robert Hogdson, agente británico en España y, posteriormente, autor de una biografía sobre Franco, al conocerlo en 1938, anotó: «A mi juicio, parece exactamente lo que es: un militar profesional». Es lo que básicamente fue a lo largo de su vida.
