INTRODUCCIÓN
El 1 de octubre de 1975, la Plaza de Oriente de Madrid volvió a convertirse en el epicentro de una de las mayores concentraciones políticas del franquismo. En un contexto marcado por la presión internacional, las condenas por las últimas ejecuciones de miembros de ETA y FRAP, y el evidente deterioro de la salud del Jefe del Estado, cientos de miles de personas —según algunas fuentes, más de un millón— acudieron para mostrar su apoyo al régimen.
Aquel acto no solo representó una respuesta a las críticas externas, sino también una demostración de fuerza en un momento clave de la historia de España. La presencia de Francisco Franco en el balcón del Palacio Real, acompañado por el entonces Príncipe Juan Carlos, convirtió la jornada en un episodio cargado de simbolismo: sería la última gran aparición pública del Caudillo ante una multitud.
Cientos de miles de españoles —RTVE los cifraría en más de un millón- respondían al llamamiento hecho por el alcalde de Madrid, Miguel Ángel García Lomas y diversas asociaciones patrióticas y acudían para llenar de nuevo la plaza mayor del patriotismo, la dignidad y el decoro nacionales, es decir la Plaza de Oriente, con el fin de expresar su adhesión al Jefe del Estado, Generalísimo Francisco Franco, al Príncipe de España y al Gobierno que presidia Carlos Arias Navarro, en la mañana del uno de octubre de 1975. El acto de afirmación nacional y patriótica era la respuesta del noble pueblo español a la feroz campaña internacional desatada, una vez más, contra los intereses de España. De nuevo, la Europa llena de complejos, guiada por el marxismo internacional y la masonería, ponía a España, a su régimen y a su Caudillo entre la espada y la pared con maldad, mentira e injusticia. El motivo, esta vez, la celebración de cuatro consejos de guerra contra varios terroristas asesinos de las organizaciones ETA y FRAP, en los que se aplicarían, según sentencias condenatorias, varias penas de muerte.
Con un insuperable cinismo, olvidándose de nuevo de los que sucedía en la URSS y sus terroríficos gulags para disidentes; en Hungría y Checoslovaquia, aplastados sus pueblos por los tanques del ejército soviético; en Alemana Oriental, -con su muro de la vergüenza-; en Rumania, en Cuba o China, donde los sanguinarios Erich Honecker, Ceaucescu, Castro, Mao Tse-Tung, ni respetaban vidas, haciendas, ni libertad; o en una Portugal incendiada por una revolución, la de los Claveles de abril de 1974, que pretendía implantar un estado comunista, esa caduca Europa, donde proliferaban, a pesar de sus amistosas relaciones, países enemigos seculares de España, sabiendo que el capitán de la nave española, el único militar en la historia vencedor del comunismo, estaba herido de muerte, volvían a intentar cercar a España en la defensa de vulgares asesinos y terroristas, curiosamente todos ellos militantes comunistas.
El primer consejo de guerra se iniciaría el día 28 de agosto en el Regimiento de Artillería de Campaña nº 63 de Burgos. En él fueron juzgados los miembros de ETA político-militar, José Antonio Garmendia Artola alias “Tupa” y Ángel Otaegui Echevarría alias “Cara quemada”, por el delito de asesinato del cabo del servicio de información de la Guardia Civil Gregorio Posadas Zurrón, sucedido en Azpeitia (Guipúzcoa), el 3 de abril de 1974. En torno a las seis de la tarde de ese 3 de abril, el cabo primero de la Guardia Civil Gregorio Posadas Zurrón conducía su coche por la calle Juan XXII, que se encontraba en obras, lo que obligaría a Posadas Zurrón a circular lentamente con su vehículo. De repente dos terroristas se colocaron en la calzada, delante de su coche, y le dispararon a quemarropa con dos ametralladoras. Gregorio, fue alcanzado de lleno, perdiendo el control de su vehículo, yéndose este a empotrar contra la puerta de un local cercano. Fue inmediatamente trasladado al Hospital Militar de San Sebastián, donde moriría dos horas después. Uno de los disparos le dio en la cabeza por lo que no pudo hacerse nada por salvarle la vida. Los dos terroristas huyeron en una moto Vespa que había sido robada previamente en la propia Azpeitia.
En agosto de ese año de 1974 Garmendia Artola, en compañía de otro etarra José María Arruabarrena Esnaola, “El Tanque”, serían detenidos en San Sebastián por la Policía, tras un tiroteo, quedando herido de gravedad el terrorista Garmendia al sufrir un balazo en la cabeza. El 18 de noviembre de 1974, la Guardia civil detendría Ángel Otegui, como uno de los presuntos colaboradores necesarios en el asesinato del cabo primero Posadas.
La sentencia condenó a muerte por el artículo 294 bis b) 1º del Código de Justicia Militar a Garmendia por ser el autor material de dicho atentado y a Otaegui por cooperación necesaria, por la preparación minuciosa y detallada del asesinato del cabo primero del Benemérito Instituto. A Garmendia se le conmutaría la pena de muerte por la de reclusión, debido a su estado de salud y Otaegui sería ejecutado por fusilamiento en Burgos el día 27 de septiembre.
En las dependencias militares de El Goloso, a escasos kilómetros de la capital de España, sede de los Regimientos de Infantería «Asturias» nº 31, y “Alcázar de Toledo” n.º 61, así como del Grupo de Artillería de Campaña Autopropulsado XII, se celebró los días 11 y 12 de septiembre, el segundo de aquellos sumarísimos Consejos de Guerra, en esta ocasión contra militantes del FRAP, para juzgar el atentado con resultado de muerte contra el Policía Armado Lucio Rodríguez Martín, en la madrileña calle de Alenza, el 14 de julio de 1975.
El agente de la Policía Armada Lucio Rodríguez cumplía su turno de vigilancia frente a las oficinas de la compañía Iberia situadas en el número 14 de la calle Alenza de Madrid. Su jornada concluía a las 22.00 del día 14 de julio, pero habían pasado ya veinte minutos y el compañero que tenía que relevarlo aún no había acudido. Fue entonces cuando un Seat 127 se estacionó en las cercanías de la mencionada calle. De él bajaron dos individuos, que abrieron fuego contra el agente. El policía, que tenía 23 años, había nacido en la localidad toledana de Villaluenga y planeaba casarse con su novia en septiembre de ese mismo año. El joven agente, no llevaba ni un año en el cuerpo.
Los asesinos, todos ellos miembros del FRAP, habían robado un vehículo en la calle del Pez Volador y después de deambular por diferentes sitios de la capital, decidieron ejecutar al primer Policía Armado que encontrasen en condiciones favorables para llevar a cabo su vituperable acción. El comando estaba formado por los terroristas Pablo Mayoral Rueda, José Humberto Baena Alonso y Fernando Sierra Marco, que actuaría como conductor. Todos ellos habían sido reclutados para la siniestra organización a principios del año 1975 por Manuel Blanco Chivite y Vladimiro Fernández Tovar, al cual nombró Chivite, como jefe del comando que se dedicaría a asesinar Policías Armados y Guardias Civiles.
Al anochecer del día 10 de julio, Blanco Chivite entregó a Pablo Mayoral Rueda un revólver “Cádix”, con la numeración borrada, calibre 22 largo con tambor para nueve balas, así como abundante munición, Con la misma acordaron que el día 14 de julio a las cinco y media de la tarde tendría que reunirse el comando, en las cercanías del Hospital Gómez Ulla, para robar un vehículo y proceder al asesinato de algún policía.
A la reunión acudieron tan sólo Mayoral Rueda, Baena Alonso y Sierra Marco, puesto que ni Chivite ni Fernández Tovar se presentaron en el lugar, alegando que se hallaban reunidos planeando otras acciones. Ante ello, los otros tres terroristas decidieron actuar y al no encontrar un vehículo fácil de sustraer en Carabanchel, se dirigieron en bus al barrio de la Estrella, donde vieron, en la calle del Pez Volador, un SEAT 127 con la llaves puestas en el contacto, apoderándose del mismo y emprendiendo veloz huida al comprobar que un individuo les seguía corriendo. Después de diferentes vueltas por numerosas calles de la capital sobre las diez y cuarto de la noche cuando circulaban por la calle Alenza, vieron en la puerta de las oficinas de IBERIA a un Policía Armado que resultó ser Lucio Rodríguez Martín.
Al avistar al agente y después de dar varias vueltas con el coche para garantizarse bien la huida, decidieron volver sobre sus pasos y ejecutar al servidor del orden. Estacionaron su vehículo en las cercanías de la oficina de la compañía aérea, quedando al volante Sierra Marco y apeándose de vehículo Baena Alonso, que portaba el revólver y Mayoral Rueda, que llevaba una navaja automática para proteger la acción de su compañero y si fuera necesario emplearla contra el Policía. Al cruzarse con Lucio Rodríguez y una vez el Policía les dio la espalda, Baena accionó el disparador no llegando a producirse el disparo, sin duda por deficiencias de la munición. Al intentar volverse el Policía, Baena descargó sobre él las ocho balas restantes que lo hirieron en la cabeza, cuello, hombro, brazo y abdomen. Con Lucio Rodríguez en el suelo, Baena intentó apoderarse del arma reglamentaria del agente, algo que no pudo lograr al tener que huir de forma precipitada del lugar de los hechos. Los tres miembros del FRAP dejarían abandonado el vehículo robado en la calle Pedro de Valdivia. Unas horas después eran detenidos por efectivos de la Policía. Mientras los terroristas huían, Lucio Rodríguez logró caminar hasta la calle Cristóbal Bordiú, donde finalmente se desplomó herido de muerte. Falleció en el Hospital Central de la Cruz Roja a donde fue trasladado con urgencia.
Por dicho atentado el Consejo de Guerra condenaría a la pena de muerte, como autores de un delito de insulto a fuerza armada con resultado de muerte del artículo 308, número 1º del Código de Justicia Militar a los cinco procesados José Humberto Baena Alonso, Manuel Blanco Chivite, Vladimiro Fernández Tovar, Pablo Mayoral Rueda y Fernando Sierra Marco. A los cuatro últimos se les conmutaría la pena de muerte por reclusión mayor. Solamente se mantendría la pena de muerte para Baena Alonso, autor material del asesinato, que sería ejecutado el 27 de septiembre por fusilamiento en Hoyo de Manzanares (Madrid).
Igualmente, en dichas dependencias militares de El Goloso, se celebró el día 18 de septiembre, el tercero de aquellos Consejos de Guerra sumarísimos contra otros militantes del FRAP, por el atentado con resultado de muerte del teniente de la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil, Antonio Pose Rodríguez, en el barrio madrileño de Carabanchel, el 16 de agosto.
Antonio Pose Rodríguez, teniente de la Guardia Civil, regresaba a su casa tras terminar su jornada en la Agrupación de Tráfico. Tras aparcar y bajarse de su vehículo, varios jóvenes se acercaron y le dispararon con una escopeta delante de un niño de doce años. El oficial, de 50 años de edad, quedó tendido en el suelo, ensangrentado, mientras sus atacantes huían por un paso subterráneo y lanzaban a su paso propaganda del FRAP (Frente Revolucionario Antifascista Patriota). El teniente Pose fue trasladado al Hospital Militar Gómez Ulla, donde se certificó su fallecimiento.
Dicho comando estaba integrado por; José Luis Sánchez Bravo Sollas, alias “Hidalgo”, responsable del grupo, convicto y confeso del hecho. Manuel Cañaveras de Gracia, alias “Ramiro”, acusado de ser cómplice en el asesinato por ser v quien había proporcionado la escopeta homicida. Ramón García Sanz, alias “Pito”, quien se declararía, tras la detención de todo el comando, convicto y confeso como autor material del crimen; Concepción Tristán López, María Jesús Dasca Pénelas y José Fonfrías Díaz.
En el consejo de guerra se les aplicaría el artículo 294 bis b) 1º del Código de Justicia Militar, siendo condenados a muerte José Luis Sánchez Bravo Sollas, Ramón García Sanz, Manuel Cañaveras de Gracia, Concepción Tristán López y María Jesús Dasca Pénelas. José Fonfrías Díaz, seria condenado a veinte años de reclusión. A Manuel Cañaveras de Gracia, a Concepción Tristán López y María Jesús Dasca Pénelas, estas por encontrarse en estado de gestación, se les conmutaría la pena de muerte por la de 30 años de reclusión.
El 19 de septiembre de 1975 en el Gobierno Militar de Barcelona, tenía lugar el cuarto y último de los consejos de guerra sumarísimos contra el miembro de ETA político militar Juan Paredes Manot alias “Txiki”, para juzgarle por un atraco en la sucursal del Banco Santander de la calle Caspe de Barcelona, el 6 de junio de ese año, perpetrado por terroristas pertenecientes a ETA, de resultas del mismo moriría el Cabo Primero de la Policía, Armada Ovidio Díaz López. Era la primera vez que ETA provocaba una víctima mortal en Cataluña.
Ese día, seis o siete terroristas entraron en la entidad bancaria con la intención de robar, había en caja 425.000 pesetas, y una cantidad superior no contada, recién traída por un transporte blindado, estaba en unas sacas colocadas en el suelo. Los miembros de ETA alertaron a clientes y empleados de la sucursal bancaria de que aquella acción se trataba de un atraco político. Intimidándoles con revólveres del 38 especial y una metralleta; los pusieron contra la pared y desarmaron al guardia jurado. Pero la alarma interior, conectada a la Jefatura de Policía, fue activada por una empleada y, desde allí, se envió una patrulla que se encontraba en esos momentos en los alrededores de la oficina. Además, justo en el bar de enfrente a la entidad bancaria, el Bar Fausto, dos agentes de la Brigada de Investigación Social estaban tomando café, y también salieron a impedir que se consumase el atraco.
Cuando los etarras abandonaban la entidad bancaria, se encontraron de frente con los agentes y se inició un denso tiroteo que acabó con la vida del cabo primero Ovidio Díaz, alcanzado por siete disparos, uno de ellos en el corazón. La presencia de dos mujeres que transitaban por la acera de la entidad bancaria en esos momentos hizo que la Policía cesase en su tiroteo lo que aprovecharon los delincuentes para escapar.
En su precipitada huida dejaron abandonadas dos pistolas, dos revólveres y una bolsa que contenía las 425000 pesetas que habían sustraído de la caja fuerte de la entidad bancaria. Uno de los grupos de asaltantes detuvo a un vehículo SEAT 600, que conducía una señora a la que obligaron a que les trasladara en su coche, dejándolo abandonado en las inmediaciones de la Plaza Urquinaona. El otro grupo de asesinos se dio a la fuga en otro vehículo que estaba aparcado en los alrededores de la calle Caspe.
El 30 de julio Paredes Manot seria detenido en la calle Boada de Barcelona, cerca de la plaza Lluchmayor junto al también etarra, Iñaki Pérez Beotegi, alias “Wilson”, uno de los principales participantes en el asesinato del presidente del Gobierno, Almirante Luis Carrero Blanco. A Paredes Manot, que confesaría su participación en la acción armada, se le aplicaría en el juicio el art. 294 bis c) 1º del Código de Justicia Militar, siendo condenado a muerte y ejecutado el sábado 27 de septiembre, en un bosque cercano al cementerio barcelonés de Sardañola del Vallés.
En total en los cuatro consejos de Guerra se impondrían once penas de muerte. El Consejo de Ministros celebrado el viernes 26 de septiembre de 1975, indultó a seis de los condenados a muerte, conmutando sus penas por la de reclusión y dio el «enterado» para los otros cinco condenados a muerte. Dichas penas de muerte como hemos apuntado con anterioridad, se ejecutaron por fusilamiento al día siguiente, el sábado 27 de septiembre.
Una vez conocidas las sentencias, en las que se conmutaban seis penas de muerte, manteniéndose cinco, la izquierda, extrema izquierda, masonería y los seculares enemigos de España, convocaron en varias ciudades europeas unas violentas y grandes manifestaciones.
La respuesta de algunas naciones fue injusta, canallesca y malintencionada El presidente de México, Luis Echevarría, miembro del izquierdista PRI (Partido Revolucionario Institucional) y masón, quien había tenido una participación decisiva como secretario de Estado en la matanza de estudiantes acaecida el dos de octubre de 1968, en la plaza de Tlatelolco o de las “Tres culturas” de Ciudad de Méjico, solicitó la expulsión de España de la ONU, algo que no conseguiría, pero si prohibiría que los vuelos de la compañía Iberia aterrizaran en México. 14 países, República Federal de Alemania, Gran Bretaña, Francia, Italia, Bélgica, Portugal, Irlanda, Holanda, Dinamarca, Austria, Luxemburgo, Suiza, Suecia y Noruega, llamaron a consulta a sus embajadores en Madrid.
Olof Palme, primer ministro socialista sueco, que se comportaría como un energúmeno malvado, recorrería las calles de Estocolmo con una hucha pidiendo solidaridad para con los familiares de los asesinos. Once años después de aquella indigna y grotesca acción de la hucha, el 28 de febrero de 1986, Palme seria asesinado por un desconocido mientras paseaba en compañía de su esposa por la capital sueca.
Uno de las pocas Naciones que ofreció a España su solidaridad, afecto y cariño, expresándolo de forma pública y sincera fue Chile. El presidente General Augusto Pinochet envió una carta al Generalísimo Franco donde le reiteró «la más absoluta solidaridad del pueblo y del Gobierno de Chile con el pueblo y el Gobierno de España» ante una infame campaña internacional que enfrenta España». El Caudillo respondería afectuosamente el mensaje de la querida Nación chilena, formulando su “agradecimiento personal y el del Gobierno y pueblo español formulando a mi vez votos por la ventura personal de Vuestra Excelencia y el engrandecimiento de la República de Chile” Por su parte los Estados Unidos mantendrían oficialmente silencio y no entrarían en aquella infame campaña.
En Paris hubo graves enfrentamientos entre manifestantes y policía, al igual que en Marsella, El consulado español en Toulouse fue cercado por una turba de izquierdistas. En Roma los manifestantes arrojaron varios cocteles Molotov contra la embajada de España, al igual que en Copenhague, sufriendo algunos daños la legación hispana.
Otras manifestaciones convocadas y jaleadas por los partidos socialista y comunista, recorrieron otras ciudades europeas como Bonn, Frankfurt, Colonia, Atenas, Bruselas, Milán, Florencia, donde el Consulado español fue asaltado. El primer ministro holandés participó en la manifestación celebrada en Utrech. También hubo manifestaciones en la zona que servía de refugio a la banda terrorista ETA, en el sur de Francia, en ciudades como Hendaya, Perpignan, Burdeos, San Juan de Luz.
Sin embargo donde adquirían consecuencias dramáticas sería en Lisboa, donde unos tres mil manifestantes, que exhibían banderas rojas con la hoz y el martillo, ante la pasividad de la policía portuguesa y las autoridades de una nación que se debatía entre el caos y la anarquía, destrozaron y quemaron la embajada de España, tras asaltar primero nuestro consulado. Al masivo lanzamiento de piedras contra el Palacio Palhava, construcción de finales del siglo XVII, sede de la embajada, desde 1918, tras adquirirlo el estado español, siguió el asalto a los jardines donde se derribaron y rompieron estatuas y el posterior saqueo y quema del Palacio donde rompieron jarrones orientales, finísima porcelana y realizaron actos de pillaje y bandidaje tanto en la embajada como en la residencia del embajador Antonio Poch y Gutiérrez de Caviedes, que tuvo que refugiarse en casa del joven diplomático, recién llegado a Lisboa, Inocencio Arias.
La embajada, clasificada como la más bella de todas las embajadas de Lisboa, estaba decorada con tapices, muebles barrocos y cuadros cedidos por el Museo del Prado, entre ellos una “Adoración de los Pastores”, de Juan Pantoja de la Cruz, el gran retratista del Rey Felipe II; una copia de Pablo Veronés del “Moisés salvado de las aguas”. Seis obras de batallas del gran pintor barroco napolitano Lucas Jordán, autor de once bóvedas del monasterio del Escorial. “Embarque de Carlos III en Nápoles hacia España” del italiano Antonio Joli, del siglo XVIII. Siete de una serie realizada entre 1608 y 1617 por Bartolomé González Serrano de hermanos y parientes de la reina Margarita de Austria, basándose en unas miniaturas que poseía el rey Felipe III, y que se encontraban en la Galería de la Reina del Alcázar de Madrid en el año 1636; dos de Antonio Mengs, pintor de cámara del rey Carlos III; ocho lienzos de Mariano Sánchez con Vistas de España, encargados por el rey Carlos III en 1760: una “Natividad” de Juan Carreño, de segunda mitad del siglo XVII; uno de Vicente López de principios del siglo XIX y otro de Federico Madrazo, pintor de cámara de la Reina Isabel II; una colección de tapices flamencos de la serie llamada de “Galerías”; muebles de estilo, donde destaca un espectacular consola del XVIII; un raro y aparador escritorio de palosanto.
Todo fue pasto de las llamas y de la destrucción, lanzando muebles por las ventanas y quemando las obras de arte, tapices, documentos, e innumerables libros en grandes hogueras que se formaron en los jardines del palacio. En la fachada del palacio pintaron insultos contra Franco y cruces gamadas y unos individuos izaron una bandera republicana que llevaba impresas las siglas del F.R.A.P. La Policía, que tenía varias comisarías en las cercanías de la embajada, se cruzó de brazos, pues al parecer no tuvo orden de intervenir. Los bomberos no pudieron hacer su trabajo de extinción del fuego al impedírselo los enfurecidos e impunes asaltantes. Tarde, mal y arrastro cuando ya estaba todo consumado, llegaron fuerzas del Ejército, que dispersaron a los manifestantes incendiaros con disparos al aire.
El diario madrileño ABC que titularía al día siguiente ‘Impune destrucción de la embajada y el consulado español en Lisboa” en un durísimo editorial culparía de aquellos actos a activistas de ultraizquierda, minoritarios pero muy agresivos, apoyados por terroristas españoles afincados en Lisboa.
El papa Pablo VI, propulsor de forma injusta, como reconocería años después con aquella frase “creo que nos hemos equivocado con este hombre” en alusión a Francisco Franco, del abandono, no exento de traición de la Iglesia católica, hacia un católico ejemplar según aquella misma iglesia, galardonado con el gran collar de la Orden Suprema de Cristo, por el Papa Pio XII en 1954, quien había salvado a la propia Iglesia española de la persecución más horrible perpetrada de forma consciente y deliberada por los partidos que conformaban el frente popular (PSOE, partido Comunista, Federación Anarquista Ibérica, CNT, Esquerra Republicana y PNV), durante la guerra de liberación española, que asesinaron, en muchos casos después de terribles torturas y vejaciones físicas y morales, a cerca de 10.000 sacerdotes, religiosos y religiosas, pidió clemencia para los condenados.
Ante aquellas injerencias, asaltos, destrozos y atentados contra embajadas y legaciones hispanas, la ciudadanía española se revolvió una vez más contra la insidiosa campaña, acudiendo en masa a la plaza de Oriente.
A pesar de que la concentración estaba fijada para las doce del mediodía, desde primeras horas de la mañana comenzaron a congregarse numerosas personas en los alrededores de la Plaza de Oriente. La mayor parte de ellas se tocaban con gorras, pañuelos y bufandas con los colores nacionales y abundaban las banderas nacionales, de Falange y del Requeté, así como gran cantidad de pancartas alusivas a la campaña antiespañola orquestada en el extranjero.
Ventanas y balcones de edificios de la plaza de las calles que confluían a la plaza del Oriente, lucían banderas nacionales, al tiempo que algunos vehículos recorrían con megáfonos, banderas y símbolos patrios las calles de Madrid, lanzando octavillas en apoyo de la manifestación.
Un elevado número de autobuses, venidos desde muchos lugares de España, estacionaban cerca de la plaza, que se encontraba con un gran despliegue de fuerzas de la Policía Armada, Miles de madrileños a través de autobuses de la empresa municipal y del Metropolitano, iban llegando en riadas al lugar de la concentración.
Muchísimos manifestantes portaban pancartas, cuyos textos se referían especialmente al presidente mejicano Echeverría, al que se recordaban los muertos de Tlatelolco, y también a Portugal, así como adhesiones a Franco y al Gobierno y protestas contra las injerencias extranjeras, En muchas de ellas se leía: “Cada nación en lo suyo y Dios en lo de todos”, “Sabemos gobernamos sin injerencias de fuera”, “De continuar viviendo en paz nos encargamos los españoles”, “Frente a toda Europa dividida, España unida”, “España, unida a su Gobierno”, “El odio del comunismo no nos asusta”, “España está en Europa, pero no es su colonia”, “No queremos una Europa podrida; España es de los españoles. Franco, el mejor”. “¿Es pedir demasiado qué nos dejen en paz”?, “Españoles: La Patria no está en peligro. Tenemos a Franco”, «Por la paz de España unidos siempre», “Se van embajadores, ya volverán. La razón y la justicia al fin se impondrán”, “La España del 18 de Julio no se rinde”, “Somos el futuro y estamos aquí”, “Que nadie se oponga a nuestra España en paz”. “Nosotros también queremos Gibraltar”, “Estamos con los defensores del orden”, “Los europeos nos tocan…”. “El 18 de Julio del 36 engrandeció a España; aquí estamos contigo siempre, Franco; Arriba España”, “Contra los cabrones, nuestros cojones”, “Pretenden asustarnos quemando embajadas; España tiene muchos huevos y no se asusta de nada” “No a la contaminación de la chusma europea”, En lugar destacado de la plaza frente al palacio Real, otra de gran tamaño, con una bandera argentina, que decía: “Hoy como ayer, Argentina con España”.
A las once menos cinco llegaron al Palacio Real los Príncipes de España, para presidir el “Te Deum” que tendría lugar en la capilla del Palacio Real.
Don Juan Carlos, que llevaba uniforme de general del Ejército de Tierra, fue cumplimentado, a la puerta de la capilla del Palacio de Oriente, por el Gobierno, con su presidente Carlos Arias Navarro y el de las Cortes Alejandro Rodríguez de Valcárcel, así como por otras autoridades. Don Eloy del Moral, capellán del Regimiento de la Guardia del Jefe del Estado, ofreció al Príncipe agua bendita y le dio a besar el “Lígnum Crucis”. A la ceremonia religiosa, junto con numerosas personalidades nacionales, asistió el Cuerpo diplomático encabezado por el nuncio de Su Santidad el Papa. Había también varios prelados, entre ellos el cardenal primado de España, Monseñor González Martín. Ofició el “Te Deum” el arzobispo vicario general castrense, Monseñor José López Ortiz.
En la plaza una sección de la Policía Armada se colocó ante el Palacio y fue recibida con vivas a la Policía Armada, a la Guardia Civil y al Ejército. A la plaza continuaba afluyendo gente que, una y otra vez, entonaba el “Cara al Sol” y los himnos de la Legión e Infantería y gritaba “Franco, Franco, Franco”, “la ETA, al paredón”, “No queremos clemencia”, “España unida, jamás será vencida”. “Unidad nacional” “ETA y FRAP al paredón” y daba vivas a España, al Ejercito y a las fuerzas del orden público.
En los accesos de la plaza de Oliente la, Cruz Roja de Madrid instaló puestos de socorro con el fin de atender a aquellas personas que necesitasen asistencia sanitaria durante la concentración.
A las once en punto, llegaron al Palacio el Jefe del Estado y su esposa, quienes entraron sin descender del automóvil, mientras sonaba el Himno Nacional y el gentío prorrumpía en vítores, y gritos de “Franco, Franco, Franco”, a fin de presidir la recepción con motivo del XXXIX aniversario de la exaltación del propio Caudillo a la Jefatura del Estado.
Numerosos antiguos ministros acudieron al palacio real para sumarse a la gran manifestación. Se reunieron en uno de los salones de la planta baja de palacio, al lado de la entrada, aunque no participaron en la recepción por no desempeñar cargo oficial alguno. Entre ellos figuraban Raimundo Fernández Cuesta, Vicente Mortes, José Utrera Molina. Licinio de la Fuente, Gonzalo Fernández de la Mora, Tomás Garicano, Fernando Liñán, José María Gamazo, Agustín Cotorruelo, y Alfredo Sánchez Bella, entre otros., quienes serían saludados de forma muy efusiva por el Generalísimo Franco.
El General Fernando Fuertes de Villavicencio, Jefe de la Casa Civil del Jefe del Estado anunció la entrada del Generalísimo en el Salón Rojo de Palacio. Eran las doce y media del mediodía cuando el Jefe del Estado, que vestía uniforme de gala de capitán general, acompañado por el Príncipe de España Don Juan Carlos; del teniente general Luis Diez Alegría Jefe de su casa Militar; general José Ramón Gavilán segundo jefe de su casa Militar; general Nicolás Cotoner, marqués de Mondéjar, jefe de la casa del Príncipe de España; Ricardo Catoira, segundo jefe de su casa civil y ayudantes de servicio.
El Generalísimo y el Príncipe, saludaron allí al presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro y al de las Cortes Españolas, Alejandro Rodríguez de Valcárcel; ministros, consejeros del Reino, cardenal primado de España y los presidentes del Tribunal de Cuentas y del Consejo de Economía Nacional, mientras la Unidad de música del Regimiento de la Guardia del Jefe del Estado, situada en la Plaza de la Armería, adonde daban las ventanas del salón rojo, interpretó el Himno Nacional.
Seguidamente el Jefe del Estado con las autoridades acompañantes, pasó al salón azul, donde le cumplimentaron los embajadores y jefes de misiones extranjeras. Idéntica ceremonia se efectuaría, poco después en el salón de tapices, donde el Caudillo fue cumplimentado por diversas corporaciones y relevantes autoridades civiles y de las fuerzas armadas.
Con el Generalísimo situado ya en el salón del Trono, con el Príncipe Juan Carlos a su derecha dio comienzo la recepción, desfilando ante el Caudillo de España el Gobierno y el Consejo del Reino, que posteriormente se situarían a su izquierda, Tribunal de Justicia, Consejo de Estado, Tribunal de Cuentas del Reino, Consejo de Economía Nacional, Consejo Supremo de Justicia Militar y Alto Estado Mayor, arzobispos y obispos; tenientes generales y almirantes; cuerpo diplomático; académicos; las Mesas de las Cortes y del Consejo Nacional; representantes Sindicales; altos cargos de los Ministerios, Ayuntamiento de Madrid, Diputación Provincial de Madrid y otras autoridades y representaciones.
Hacia las once y veinte de la mañana, un grupo formado por unas doscientas personas, con banderas y pancartas da repulsa a los gobiernos italiano, portugués y francés, rompía los escaparates de ia entidad bancaria “Credit Lyonnais”, situada en la Carrera de San Jerónimo. Después, los manifestantes se dirigieron a la cercana Puerta del Sol, entonando himnos patrióticos. Al pasar a la altura de la Dirección General de Seguridad lanzaron vivas a las fuerzas del orden. Al mismo tiempo, otro grupo destrozaba los escaparates de las oficinas, de Aeronaves de México, donde colocaron un cartel alusivo a las declaraciones del presidente mejicano Luis Echeverría.
Las calles de Arenal y Bailén, se hallaban abarrotadas de gente. Los manifestantes Habían llegado muchos de ellos en autobuses desde la totalidad de las provincias españolas. Se repartían adhesivos, cintas, y gorras con los colores nacionales y los emblemas de diferentes grupos políticas. Grupos de ex combatientes y jóvenes con pegatinas con la bandera Nacional donde se leía “Fuerza Nueva”, entregaban ejemplares de la revista Fuerza Nueva y del diario El Alcázar.
Una avioneta procedente de Cuatro Vientos, con una pancarta en la que se leía ‘España adelante, sobrevoló durante largo rato la concentración, lo mismo que un helicóptero de la Policía.
Grupos de personas entregaban tarjetas postales dirigidas a diferentes Jefes de Estado extranjeros, escritas en tres idiomas, donde podía leerse: “Excelentísimo señor: la campaña antiespañola que se desarrolla en su país va contra los derechos humanos más fundamentales, al solidarizarse con unos asesinos que han derramado sangre inocente. Exijo en nombre de la justicia une declaración que condene a los terroristas”.
A las doce menos cuarto, a duras penas, llegó ante la puerta de Palacio la manifestación formada en la Plaza de la Villa, con el Ayuntamiento de Madrid en Corporación al frente, que también fue recibida con aplausos y vivas. A partir de ese momento, el gentío rompió el cordón de seguridad y ocupó totalmente la calzada de la calle Bailen, llegando a situarse muy cerca de la entrada del Palacio Real.
En las primeras filas de manifestantes que se hallaban bajo los balcones del Palacio Real se situaron varias personalidades de la vida política, entre ellas Gonzalo de Borbón y el antiguo ministro Federico Silva Muñoz.
A las doce y cuarenta minutos los altavoces instalados en la plaza anunciaron que el Jefe del Estado pronunciaría unas palabras, noticia que fue acogida por los asistentes con grandes gritos de vivas y ovaciones.
Un emotivo e impresionante flamear de pañuelos, banderas y una ovación atronadora, muy larga, con gritos ininterrumpidos de “¡Franco, Franco, Franco!” acogió la presencia del Jefe del Estado en el balcón principal. Con él salieron su esposa, los Príncipes de España; los presidentes del Gobierno y de las Cortes, varios ministros, el alcalde de Madrid, los jefes de las Casas Civil y militar y varios ayudantes militares de su Excelencia el Jefe del Estado . En otros balcones se situaron los componentes del Consejo del Reino y otras personalidades.
El servicio de megafonía intentó, sin lograrlo, imponer silencio. Finalmente, al amainar el griterío ensordecedor el Jefe del Estado pronunció el siguiente discurso: “Españoles: Gracias por vuestra adhesión y por la serena y viril manifestación pública que me ofrecéis en desagravio a las agresiones de que han sido objeto varios de nuestras representaciones y establecimientos españoles en Europa, que nos demuestran, una vez más, lo que podemos esperar de determinados países corrompidos que aclara perfectamente su política constante contra nuestros intereses”.
“No es la más importante, aunque se presenta en su apariencia, el asalto y destrucción de nuestra Embajada en Portugal realizada en un estado de anarquía y de caos en que se debate la nación hermana y que nadie más interesado que nosotros en que pueda ser restablecido en ellos el orden y la autoridad”. Una cerrada ovación y gritos de “España unida, nunca será vencida” interrumpieron al Caudillo.
“Todo, obedece a una conspiración masónica izquierdista en la clase política en contubernio con la subversión comunista-terrorista en lo social, que si a nosotros nos honra, a ellos les envilece.” De nuevo un griterío ensordecedor y gritos de ¡Franco! ¡Franco! ¡Franco!, “ETA y FRAP al paredón”, “la ETA al paredón”, llenaron la plaza de Oriente, obligando al Generalísimo a pedir silencio con la mano para continuar con su discurso.
“Estas manifestaciones”-continuó Franco-“demuestran, por otra parte, que el pueblo español no es un pueblo muerto, al que se le puede engañar, que está despierto y vela sus razones y confía que la valía de las fuerzas guardadoras del orden público y suprema garantía de la unidad de las Fuerzas de Tierra, Mar y Aire respaldando la voluntad de la nación, permiten al pueblo español descansar tranquilo”.
“Evidentemente el ser español ha vuelto a ser hoy algo en el mundo. “¡Arriba España!”.
Largas ovaciones, aclamaciones continúas, interrumpieron una y otra vez, a Franco, obligando al Caudillo de España a solicitar con la mano, en dos ocasiones, silencio para poder continuar. Durante su corto discurso, que no pudo oírse con claridad debido a los constantes gritos y aclamaciones de la multitud, el Jefe del Estado fue interrumpido en seis ocasiones con largas ovaciones y gritos de “Franco, Franco, Franco”. “España, unida, jamás será vencida”, “la ETA al paredón” “F. R. A. P., asesinos”, “España, España, España”
Tras su discurso, la multitud entonó brazo en alto el “Cara al Sol”, retirándose posteriormente Franco al anterior del palacio, pero las constantes aclamaciones de la multitud obligaron al Jefe del Estado a salir de nuevo a corresponder a las ovaciones de la multitud. De seguido hizo uso de la palabra el alcalde de Madrid, Miguel Ángel García Lomas, quien, en un breve parlamento, agradeció a Franco su capitanía, su victoria, su paz y la prosperidad de España. Terminó con gritos de “Arriba España” y “Viva Franco”.
A través de los altavoces se escuchó de nuevo el “Cara al Sol” que fue entonado por el Caudillo de España y los miles y miles de españoles presentes en la plaza. Finalizado el bellísimo himno falangista, el Jefe del Estado dio los gritos de ritual, que fueron unánimemente coreados por la multitud.
Ya dentro del palacio, el Jefe del Estado, visiblemente emocionado, tras haber finalizado su alocución a los manifestantes, abrazó al Príncipe de España. El cardenal primado de España y arzobispo de Toledo, Monseñor Marcelo González Martin que se encontraba en el balcón de autoridades, se acercó a Franco y, tras abrazarle, le dijo: “Que Dios le bendiga, Excelencia, por toda su obra en favor de España.” El Jefe del Estado, en una de las aclamaciones finales, levantó los brazos para posteriormente cruzar sus manos a la altura de su frente, y después saludar a todos como intentando realizar un saludo de despedida.
A la una menos cinco de la tarde, Franco se asomó por última vez al balcón, esta vez en compañía del Príncipe de España, para corresponder a las constantes aclamaciones que se reprodujeron cuando, cinco minutos más tarde, ambos abandonaron el Palacio Real.
El Caudillo, su esposa y los Príncipes de España, fueron despedidos al pie de la escalera por el Gobierno, los presidentes del Gabinete y de las Cortes, el cardenal primado y otras autoridades militares y civiles. En la plaza de Oriente y sin ningún tipo de incidentes, la enorme multitud iría poco a poco abandonando la plaza y diseminándose por las calles de Madrid, entonando otra vez, el “Cara al Sol”.
De la plaza arrancaron en marcha nutridos grupos de manifestantes. Uno de ellos, muy numeroso, con pancartas y banderas nacionales y de Falange Española y de las JONS, se dirigió por la calle de Bailén hacia Capitanía General, en la calle Mayor, donde se cantó el “Cara al Sol” y se dieron nuevos vivas a España, al Caudillo Franco, y al Ejército. En ella figuraban, además del alcalde y corporación municipal de Madrid, el Consejero Nacional del Movimiento y fundador de Fuerza Nueva, el notario Blas Piñar, rodeado de grupos de jóvenes que llevaban adheridas a sus camisas azules, pegatinas de Fuerza Nueva. También se observó entre los manifestantes la presencia de Inspectores del Cuerpo General de Policía con su placa en la solapa.
Un grupo de manifestantes arrancaron un cartel exterior del Instituto Italiano de Cultura, abucheando al Instituto y profiriendo gritos hostiles contra el gobierno italiano.
En la Puerta de Sol, donde se les uniría otra gran manifestación que de la plaza de Oriente circulaba por la calle del Arenal, ante la Dirección General de Seguridad realizaron un homenaje de adhesión a las Fuerzas de Orden Público, aplaudiendo calurosamente a los agentes de la Policía Armada que encontraba a su paso, dando vivas a este Cuerpo. Muchas personas se aproximaban a ellos para estrecharles la mano y abrazarles, repitiéndose por todas las personas que presenciaban estas muestras la simpatía los aplausos y vivas. Varios de estos agentes no pudieron contener las lágrimas. La manifestación continuaría por la Carrera de San Jerónimo, calle de Sevilla para salir a la calle de Alcalá, en dirección a los ministerios de Educación y Secretaria General del Movimiento, para finalizar en la plaza de la Cibeles ante el ministerio del Ejército, delante del cual cantaron el “Cara al Sol“, dieron vivas a España, Franco y el Ejército. Desde la Plaza de Cibeles, en cuya estatua de la Diosa colocaron una gran bandera Nacional, el frente de la manifestación cuya marcha abrían numerosas motocicletas y vehículos que tremolaban al viento banderas Nacionales, continuó por la calle Castellana arriba, profiriendo gritos de “Ea, ea, ea, Europa se cabrea”, «De noche y de día, el cabrón de Echeverría”. “Portugal al paredón”. “Franco si, ETA no”. “La ETA y el FRAP al paredón” “España Unida jamás será vencida”, y exhibiendo carteles con insultos al presidente de Méjico y a varios países.
Tras la concentración, otros grupos de manifestantes se dirigieron a protestar a determinados lugares de la capital, donde se encontraban las embajadas de varios países, así como oficinas de empresas con intereses y vinculación con determinadas naciones. Por ejemplo ante las oficinas de las oficinas de “Aeronaves de México” en la Plaza de España y en las de “K.L.M.” y “T.A.P.”, en la Gran Vía, que se encontraban fuertemente vigiladas por efectivos de la Policía Armada, Los manifestantes profirieron gritos contra los gobiernos mejicano, holandés y portugués, sin registrarse incidentes.
Otro grupo de más de cinco mil personas, que portaba banderas de España, Falange Española y pegatinas de Fuerza Nueva y Unión Nacional Española, se congregó ante las puertas de la embajada de Portugal, que se encontraba protegida por una compañía de Reserva de la Policía Armada. Allí profirieron gritos contra el gobierno Portugués y corearon gritos de “Justicia, justicia”, “España unida jamás será vencida”. Tras entonar el “Cara al Sol”, un joven franqueó el cordón policial, llegando hasta la verja de la Embajada donde entregó la bandera de España que portaba a un Policía Armado de los que prestaban servicio delante de la legación portuguesa. El Policía colocó la bandera sobre la puerta de entrada a la Embajada, entre una gran ovación de los manifestantes que también aplaudieron y abrazaron a un grupo que portaba una bandera Portuguesa, y que gritaron “Portugal no es comunista”, y “Viva la liberación de Portugal” “Portugal hermano de España”.
Otro grupo de manifestantes obligaría, tras la ruptura de una luna, al hotel Castellana Hilton, situado frente a la Embajada portuguesa, a la retirada de la bandera portuguesa de los mástiles exteriores del hotel, donde ondeaban otras banderas que también seria retiradas por la dirección, dejando tan solo la bandera española.
Tras su paso por la embajada portugués, un número inferior de manifestantes se dirigieron a la embajada italiana, en cuya verja colocarían dos banderas de España, entonaron de nuevo el “Cara al Sol”, profirieron gritos y realizaron varias pintadas con spray en el suelo contra el gobierno italiano de Aldo Moro.
Los manifestantes pasaron posteriormente por la calle de Velázquez, donde una mujer asomada a una ventana, hizo ondear una bandera de España entre los aplausos de los manifestantes, dirigiéndose a la embajada de Chile donde gritaron “Chile. Chile” “Viva Chile”. “Chile sí, comunismo no” y entonaron el “Cara al Sol”, En un balcón de la embajada apareció el embajador de Chile quien saludo a los manifestantes. Desde otro balcón una persona tremolo una bandera de Chile que fue vitoreada y ovacionada por los manifestantes.
Los manifestantes finalizarían su recorrido delante de la embajada de Francia fuertemente protegida por la Policía Armada con material antidisturbios, Los manifestantes profirieron insultos contra el presidente Valéry Giscard d’Estaing y el primer ministro francés Jacques Chirac y gritos como “España unida jamás será vencida” y “Franco, sí, comunismo no”. Sobre las seis de la tarde Madrid volvería a su vida normal tras una jornada sin duda histórica. La última aparición multitudinaria del Caudillo Francisco Franco ante su pueblo.
El mismo día de aquella gigantesca manifestación en apoyo de la unidad de España y frente al terrorismo, que se repitió en todas las capitales de provincia y otras ciudades de la geografía Nacional, un nuevo grupo marxista leninista llamado G.R.A.P.O,, (Grupo de Resistencia Antifascista Primero de Octubre), escribía por primera vez su siniestro nombre en la historia del terrorismo español, asesinando en la capital de España a los Policías Armados Antonio Fernández Ferreiro, Agustín Ginés Navarro, Joaquín Alonso Bajo, que prestaban servicio en entidades bancarias. Un cuarto servidor del Orden, Miguel Castilla Martin, también tiroteado por la banda de asesinos comunistas, fallecería unos días después al no poder superar sus gravísimas heridas.
CONCLUSIÓN
La concentración de la Plaza de Oriente del 1 de octubre de 1975 quedó grabada como el último gran acto de movilización del franquismo. En ella se mezclaron la reafirmación política, la tensión internacional y la inminencia de un cambio histórico que ya se vislumbraba inevitable.
Pocas semanas después, el fallecimiento de Franco abriría una nueva etapa en la historia de España, dando paso a un proceso de transformación política que culminaría en la Transición. Así, aquella jornada no solo simbolizó el cierre de un ciclo, sino también el preludio de una nueva era.
Analizar este episodio permite comprender mejor la complejidad del final del régimen y el clima social y político que acompañó los últimos días del franquismo en España.
