INTRODUCCIÓN
Las Islas Canarias y las colonias africanas españolas desempeñaron un papel decisivo en el inicio de la Guerra Civil. Su posición estratégica, la homogeneidad ideológica de los mandos militares y la debilidad relativa de las organizaciones obreras convirtieron estos territorios en uno de los primeros escenarios donde el golpe de Estado de julio de 1936 se consolidó con rapidez. Desde Gran Canaria y Tenerife hasta La Palma, La Gomera y los enclaves africanos de Guinea, Ifni y el Sáhara, la sublevación se impuso mediante una combinación de control militar, represión de la resistencia popular y una temprana coordinación con los centros de poder del bando franquista. Este proceso permitió a los golpistas asegurar enclaves clave para el desarrollo posterior de la guerra y para la proyección exterior del nuevo poder militar.
La importancia de las islas para los golpistas era indudable, pues el triunfo de la sublevación era prácticamente seguro por la casi unanimidad ideológica de los mandos militares, la escasez de fuerzas de orden público y la relativa debilidad del movimiento obrero y campesino[1]. Durante los meses anteriores se estaban introduciendo armas destinadas a los conspiradores. El 17 de julio se recibió en Gran Canaria un telegrama de Madrid advirtiendo del golpe militar en Marruecos. El gobernador civil de Las Palmas, el republicano Antonio Boix Roig, avisó a los dirigentes de la Federación Obrera. Además, envió a unos policías para vigilar a Franco en el Hotel Madrid, donde estaba alojado para asistir al funeral del gobernador militar de Gran Canaria, el general Balmes, que, según la versión oficial, murió el día antes al intentar desencasquillar su pistola cuando efectuaba prácticas de tiro.
Entre las cinco y las seis de la mañana del día 18 de julio, uno de los jefes militares sublevados, el general Luis Orgaz, se personó en el Gobierno Civil anunciando la próxima proclamación del estado de guerra e instando al gobernador a ceder el mando, a lo que este se opuso. A las seis de la mañana se difundió el bando declarando el estado de guerra, firmado por el general Franco, acudiendo los sublevados nuevamente al Gobierno Civil. El gobernador insistió en resistir. Cogió el bando y, sin leerlo, lo rompió, diciendo al oficial: «Dígale usted a su general lo que he hecho con el bando».
Una vez que el general Franco montó en el Dragon Rapide, el general Orgaz quedó al mando de las tropas sublevadas. Rápidamente ordenó emplazar dos cañones frente al Gobierno Civil. Al mismo tiempo, sus tropas ocuparon el Ayuntamiento de Las Palmas, donde se había atrincherado un grupo de guardias municipales, así como los principales puntos estratégicos de la ciudad. En el resto de la ciudad y de la isla, los trabajadores siguieron la consigna de huelga general dispuesta por la Federación Obrera, y cerca de mil trabajadores se manifestaron frente a la Comandancia Militar antes de ser disueltos a tiros.
Después de horas de negociaciones, los resistentes del Gobierno Civil depusieron su actitud el día 19, tras haber obtenido el compromiso de Orgaz de que ni siquiera se les iba a detener, promesa que sería incumplida. Al día siguiente se produjeron los incidentes más graves en la capital, al morir dos soldados en un tiroteo ocurrido en la zona portuaria entre militares y obreros. A las pocas horas, el Ejército dinamitó la Casa del Pueblo de ese barrio, centro de la resistencia.
En el resto de la isla se produjeron nuevos intentos de resistencia, como en Telde, donde un grupo de obreros armados con pistolas y escopetas ocupó la ciudad tras un tiroteo que produjo la muerte del derechista José Suárez. El 19 de julio una columna de soldados y falangistas ocupó la ciudad. En el distrito municipal de San Lorenzo, grupos de trabajadores tomaron el Ayuntamiento, la Central Telefónica y otros edificios públicos hasta ser desalojados por los militares sublevados.
La resistencia más dura y prolongada se dio en la zona norte, la más poblada y de mayor concentración obrera. En los pueblos de Arucas, Guía, Gáldar y Agaete se requisaron armas y se formaron partidas para resistir a las fuerzas militares. El día 20, un avión lanzó octavillas en las que el general Orgaz prometía el perdón a quienes se rindieran. Inmediatamente, el guardacostas Arcila bombardeó la carretera de Arucas a Guía y la montaña de Gáldar, lo que provocó la inmediata rendición de estas localidades. Agaete se rindió a los pocos minutos ante las amenazas de sufrir un bombardeo.
En Tenerife, a partir de la una de la madrugada del 18 de julio, se reunieron los mandos militares en la Comandancia Militar. Cuatro horas después, las tropas salieron a la calle, ocupando los lugares estratégicos de la ciudad —el Cabildo, el Ayuntamiento, la central eléctrica y los teléfonos— y proclamando el estado de guerra. Las fuerzas militares sublevadas, procedentes de distintos cuarteles, se dirigieron al Gobierno Civil. Frente al edificio emplazaron varias ametralladoras y una pieza de artillería. El comandante Ureña comunicó al gobernador civil su destitución y arresto por orden del comandante militar. La primera autoridad de la provincia no ofreció resistencia.
A última hora de la mañana, la situación parecía controlada por las fuerzas sublevadas tanto en Santa Cruz como en los principales pueblos. Se enviaron expediciones militares al sur de la isla y, en Granadilla, el núcleo de población más importante de la comarca, se situó de guarnición permanente un batallón pertrechado de ametralladoras y artillería que serviría para el control de la zona.
A las seis de la tarde del mismo 18 de julio, cuando toda la isla parecía en calma, surgieron los primeros focos de resistencia en la capital. Espoleado por las noticias y rumores del fracaso del golpe, el teniente de la Guardia de Asalto González Campos salió del cuartel de los Guardias, situado en la calle San Francisco, al mando de un grupo de unos sesenta efectivos, con la intención de recuperar el Gobierno Civil y restaurar la legalidad republicana. Al mismo tiempo, un grupo de obreros se concentró frente al Gobierno Civil, dando gritos a favor de la República. Se inició un tiroteo en el que murieron el cabo de Asalto Antonio Serrano y el falangista Santiago Cuadrado. Tres paisanos resultaron heridos de bala. Fracasado el intento, los guardias se retiraron a su cuartel, donde fueron detenidos al día siguiente.
La autoridad militar procedió a la clausura de las sociedades obreras y sindicales, incautándose de sus edificios. Los elementos más significativos del Frente Popular fueron detenidos. La tranquilidad era ya absoluta en Santa Cruz, aunque en los días posteriores se cometieron diversos actos de hostigamiento contra las patrullas militares, disparadas desde las azoteas y atacadas con piedras.
Por la tarde también reinaba la tranquilidad en La Laguna, segundo núcleo de población. Los artilleros del Grupo de Montaña de Tenerife, acantonados en la ciudad, se apoderaron la mañana del día 18 de todos los lugares estratégicos de la localidad sin encontrar ningún tipo de resistencia.
En la isla de La Palma, los militares comprometidos preveían contar con veinticinco soldados, el refuerzo de doce guardias civiles y la colaboración de ocho o diez civiles armados, fuerzas escasas ante la esperada respuesta comunista, pues en la capital, Santa Cruz de La Palma, se concentraba el foco marxista mejor organizado del archipiélago canario. Los militares consideraron fundamental el factor sorpresa, lo que no consiguieron. El mensaje dirigido a los implicados el 18 de julio fue interceptado por el jefe de Telégrafos, quien lo entregó al delegado del Gobierno.
Los sublevados decidieron esperar a la noche para maniobrar mejor y, además, aumentar sus fuerzas con varios guardias civiles más procedentes de algunas localidades de la isla y con civiles voluntarios. Sin embargo, a la hora convenida para salir a la calle, la Guardia Civil no se decidió. Los voluntarios civiles no pudieron acercarse al cuartel, rodeado este por afiliados de la Federación de Trabajadores de La Palma. La Guardia de Asalto se puso a disposición de las autoridades republicanas. De este modo, la toma de la ciudad por los sublevados quedó frustrada y los militares rebeldes no tuvieron otra alternativa que acuartelarse a la espera de refuerzos. El golpe de Estado había fracasado.
Las patrullas armadas rodearon el cuartel de San Francisco durante una semana, la denominada «Semana Roja». Las autoridades republicanas intentaron la rendición de forma dialogada, sin conseguirlo, mientras esperaban que refuerzos militares redujesen la guarnición sublevada. Sin embargo, llegó antes el cañonero Canalejas, el 25 de julio, con la misión de reducir a las fuerzas y autoridades republicanas. Las organizaciones obreras intentaron resistir, desplegadas por el muelle. El comandante del Canalejas ordenó bombardear los alrededores de la ciudad, lo que bastó para conseguir la rendición. Las tropas desembarcadas por el cañonero tomaron sin lucha la capital de la isla.
Una vez tomada Santa Cruz de La Palma, los sublevados armaron a un grupo de falangistas que recorrió los pueblos de la isla clausurando las sedes de las organizaciones políticas y sindicales y sustituyendo a las autoridades municipales, tras las oportunas detenciones.
En La Gomera, el golpe militar tuvo su principal centro de seguimiento en el pueblo de Hermigua. El día 18 amanecieron todos los falangistas armados, en número de sesenta y cinco, con fusiles facilitados en el cuartel de la Guardia Civil. En Vallehermoso, la noche del 22 de julio, el brigada de la Guardia Civil Francisco Mas García decidió hacer frente con sus fuerzas a las tropas sublevadas, lo que permitió mantener, de forma temporal, la legalidad republicana. La Guardia de Asalto se encargó de patrullar las calles. Al día siguiente llegaron a La Gomera las fuerzas militares sublevadas procedentes de Tenerife, que marcharon hacia Vallehermoso, donde las organizaciones obreras habían organizado la defensa de la localidad. En esta población fueron recibidas a tiros el día 24. Dos días más tarde, las fuerzas y autoridades republicanas se rindieron.
En el resto de las Islas Canarias —Lanzarote, El Hierro y Fuerteventura— apenas se produjeron incidentes en julio de 1936. Sus escasas fuerzas militares se sumaron sin más al alzamiento, y las autoridades republicanas desaparecieron sin que se produjera ningún tipo de oposición organizada.
A la altura de 1936, España aún conservaba en África las colonias de Guinea, Sidi Ifni y el Sáhara. En especial en Guinea, su lejanía y casi absoluto aislamiento respecto del Gobierno central y de la vida política nacional hacían que se prestara mayor atención a los acontecimientos de las colonias francesas y británicas cercanas que a los sucesos de la metrópoli. Las noticias del 17 y 18 de julio fueron recibidas con una notable indiferencia, similar a la mostrada ante otros acontecimientos peninsulares anteriores. «Era más importante la cosecha de café y la aburrida vida social de Santa Isabel que lo que pudiese ocurrir en Madrid o Sevilla»[2].
En Guinea, el alzamiento triunfó en la isla de Fernando Poo, donde residía el gobernador Luis Sánchez Guerra, aunque de forma tardía: tres meses después de los sucesos de la metrópoli. En el continente, por el contrario, fracasó, quedando la colonia dividida tanto territorial como ideológicamente.
El gobernador fue destituido por el Gobierno tras la fuga de los mandos del crucero Méndez Núñez, fondeado en Santa Isabel desde el 24 de junio. La marinería había logrado detenerlos por sus simpatías con los militares sublevados. La sustitución del gobernador por el excoronel Estanislao Lluesma, cargo que ya había desempeñado con anterioridad, llevó a ciertos sectores del antiguo funcionariado colonial, junto con la totalidad de la Guardia Colonial y pequeños grupos de plantadores, a sublevarse a favor del bando franquista el 19 de septiembre de 1936. El teniente coronel Luis Serrano, jefe de la Guardia Colonial, declaró el estado de guerra y sumó la isla al bando nacional. Hubo una leve resistencia, que se saldó con un herido de bala en una pierna.
Los hechos ocurridos en Santa Isabel, capital de la isla, fueron pronto conocidos en Bata, capital del territorio continental, donde la rápida actuación del subgobernador Hernández Porcel hizo inviable el intento de los mandos de la Guardia Colonial de seguir las órdenes del teniente coronel Serrano. No obstante, los sublevados lograron imponerse en los territorios de Kogo y Benito. Para reforzar la posición republicana en la mayor parte del territorio continental llegó el vapor Ciudad de Ibiza, cargado de víveres y tropas. Tras un breve combate entre la marinería republicana y la Guardia Colonial en las orillas del río Ecucu, todo el continente quedó en poder de la República.
Se produjo entonces un canje de prisioneros y la salida de los partidarios del bando nacional por medio del vapor alemán Wakama y del sueco Aodrin, rumbo a Camerún y Gabón, para pasar poco después a Santa Isabel. La situación quedó así definida y la colonia dividida en dos zonas enfrentadas que, sin ayuda directa de la metrópoli, carecían de capacidad para emprender una acción decisiva una contra la otra.
En Ifni y el Sáhara, la guarnición terminó decantándose por el bando de los militares sublevados tras algunos incidentes entre los propios efectivos, dado que existían partidarios de ambos bandos. La tropa acantonada estaba compuesta por varias unidades indígenas, así como por unidades disciplinarias o procedentes de Canarias, a las que se sumaba un reducido contingente de aviación formado por cuatro aviones Fokker estacionados en Villa Cisneros. Apenas existía población civil, salvo algunos empleados de las pesquerías o de empresas marítimas y, en el Sáhara, un pequeño número de presos políticos en régimen de semilibertad, ya que durante la República esta colonia había sido utilizada como campo de deportación.
En Sidi Ifni, el 15 de agosto, el capitán Molero Pimentel, jefe del II Tabor, proclamó la adhesión a la «España nacional» ante todas las tropas formadas en el patio del cuartel, aprovechando la ausencia del jefe del Batallón de Tiradores, Montero, que se encontraba realizando una inspección de rutina. Al día siguiente, el capitán Muntaner lanzó un ataque con su tabor, destacado en Asaka y Tiliuín, contra los sublevados. En el enfrentamiento se produjo un muerto y un herido entre los tiradores, pero Muntaner fue derrotado al pasarse su oficialidad al bando de los alzados.
En Cabo Juby, Villa Cisneros y La Agüera, los militares vivían en estrecha dependencia de las Islas Canarias, por lo que, desde el momento en que estas se adhirieron a la sublevación, las guarniciones de estos puestos costeros se inclinaron por la causa de los sublevados. En Cabo Juby, el enclave más importante, donde se encontraban el delegado del Gobierno y la plana mayor del territorio, el capitán Burguete decidió obedecer las órdenes recibidas desde Sevilla y enviar de inmediato a esa ciudad los cuatro aviones Fokker disponibles en la zona.
CONCLUSIÓN
La rápida adhesión de Canarias y de buena parte de las colonias africanas al alzamiento militar evidenció la importancia estratégica de estos territorios para el bando sublevado. La neutralización de la resistencia obrera, la ocupación de los principales centros de poder y la consolidación del mando militar permitieron a Franco y a sus colaboradores asegurar bases fundamentales para el desarrollo de la guerra. Aunque en lugares como La Palma o el territorio continental de Guinea se produjeron episodios de resistencia republicana, el aislamiento geográfico y la falta de apoyo exterior impidieron que estas zonas alterasen el desenlace final. La incorporación temprana de Canarias, Ifni y el Sáhara al bando franquista no solo facilitó la logística militar, sino que contribuyó a afianzar la proyección del nuevo régimen desde sus primeras semanas de existencia.
