Con todo, la atención al que se ha convertido en frente principal de la guerra la ha de simultanear Franco con varias reuniones en las que se decide la marcha integral de la guerra en su vértice. Los nacionales –rebeldes– ni tenían Estado (no habían heredado ninguna de las estructuras centrales, que los revolucionarios de izquierdas orillaron y malbarataron por meses y meses) y ni siquiera poseían verdadero mando militar central, más allá de una laxa Junta. El crecimiento de sus fuerzas y la prolongación de la lucha exigían un mando militar y un gobierno únicos.
La cuestión del mando único se trataba abundantemente en muchas reuniones y contactos de los jefes y generales nacionales, hasta la convocatoria de una reunión extraordinaria para el caso, que precisó de una segunda para definir más las atribuciones del Generalísimo a nombrar y poner fecha a la publicación del acuerdo.
Entre esos contactos de mandos, en los que se pudiera abordar la cuestión, se catalogan cuatro viajes de Franco, los dos últimos con seguridad dedicados a ello, que han de intercalarse entre los anteriores:
––– En la hoja de vuelos de Haya consta que el sábado 12-IX-36 voló en el Douglas DC-2 de Cáceres a Burgos, especificándose que con el Generalísimo Franco (entonces no lo era aún, luego la hoja de vuelos se ha cumplimentado por lo menos algo después), y que habría realizado el vuelo de regreso el mismo día, transportando tanto a Franco como a Mola y haciendo escala en Corcos (Valladolid), para que este regresara a su cuartel general. Las relaciones de actividades de Mola efectuadas por Maíz y Fernández Cordón colocan este viaje de Franco con asistencia a la Junta de Defensa Nacional en el día 14-IX. Y el vespertino Diario de Burgos del día lo confirma (p. 3), especificando que la reunión tuvo lugar entre las 11:30 y las 15:00, perfectamente compatibles con la ida y vuelta en el día. El error esta vez se halla en la Hoja de vuelos de Haya, cuyas entradas diarias no son aquí consecutivas.
––– El 20-IX, domingo, aparece un vuelo, con el mismo avión y piloto, de ida y vuelta a Sevilla. Coincide con la información de Franco Salgado en su hoja de servicios. Por si hiciera falta confirmarlo, en la página 9 del ABC sevillano de 22-IX (el día anterior, lunes, no hubo prensa) se lee: “Los generales Franco y Millán Astray hicieron a Sevilla una nueva y brevísima visita”.
¿A qué atribuir esta vuelta a Sevilla de Franco? Sus relaciones con Queipo eran tensas. O, mejor, las de Queipo con Franco, con Varela –cuyos humildes orígenes despreciaba– y al que consideraba inepto en general, y en particular por su actuación ante Castro del Río (6/8-VIII-36)[1]. También censuraba a Sáenz de Buruaga por su actuación en la operación sobre Peñarroya desde Cerro Muriano[2]. Creemos que este viaje se relaciona con la orden de Franco recibida por Varela al día siguiente de incorporarse al Ejército Expedicionario, abandonando el del Sur antes de que se completaran las operaciones de Ronda que estaba dirigiendo[3]. Lo cual, a su vez, indicaría que acariciaba el propósito de entregar el mando de las columnas a un general, retirándoselo a Yagüe, ya antes de llegar a Maqueda.
––– El lunes 21-IX Haya vuela en el ‘Douglas’ de Cáceres a Salamanca y vuelta. Se trata nada menos que de la reunión en el aeródromo de San Fernando (dicho de Salamanca, pero en una dehesa de los Pérez Tabernero, a muy considerable distancia), para decidir sobre el mando único y elegir a quien lo desempeñaría [F 061]. Como hemos analizado ya, la idea de que Franco había estado por la mañana en el frente de Maqueda no se sostiene.
––– El 28-IX, el avión Douglas y el piloto Haya empalman tres transportes: Talavera – Cáceres, Cáceres – Salamanca y Salamanca – Cáceres. Sin ninguna duda, los dos últimos se refieren a la comparecencia de Franco en la segunda reunión del aeródromo salmantino, a la que voló acompañado de Orgaz, Kindelán y Yagüe[4]. También para este día hay quien cree que Franco llegó directamente de saludar a los héroes del Alcázar con idéntica falta de fundamento. Es muy propio de las leyendas el tomar cuerpo mudable en diferentes fechas y lugares. [F 062]
Elección y nombramiento
No está de más dejar resumidos ciertos hechos respecto de la elección y el nombramiento, porque no basta simplemente con saber cómo acabó todo. Y la versión comúnmente admitida hasta hoy ha sido puesta en cuestión desde sus cimientos.
1.– Comencemos por las circunstancias de lugar, fechas y horas.
Las dos reuniones tuvieron lugar con una semana de intervalo en un barracón del aeródromo improvisado. La población más próxima es Aldehuela de la Bóveda, aunque pertenezca a otro término. La situación exacta es 40o 50’ 51” N – 6o 1’ 1” W. Está a 32 km en línea recta de la torre de la Catedral.
Antes de trasladarse al campo de aviación, Mola y Saliquet llegaron a las 09:00 al café Novelty de la Plaza Mayor de Salamanca. Luego, en el cuartel de Ingenieros (ocupado por el regimiento de Caballería ‘Calatrava’ desde mayo de 1936) recibieron al presidente de la Junta de Defensa Nacional, Cabanellas, y se les unieron los generales Dávila, Gil Yuste y Valdés Cavanilles.
Los generales procedentes del Sur (Orgaz, Queipo, Franco y Kindelán) llegaron directamente al aeródromo de San Fernando.
La junta comenzó a 11:30, se interrumpió para comer a 15:00 en la casa del ganadero Antonio Pérez Tabernero, a quien pertenecía la finca; se reanudó sobre las 16:00 y sólo entonces se abordó primero la conveniencia del mando único, se votó la cuestión y a continuación la persona que había de desempeñarlo, aunque se decidió posponer la publicidad del acuerdo.
Queda por añadir lo referente a las reliquias de la reunión. Las reuniones se efectuaron en un barracón de madera que servía para centro de comunicaciones del aeródromo de fortuna (el cual, por encharcarse, fue sustituido al llegar el invierno por el de Matacán). El barracón no sobrevivió a la intemperie muchos años, y en el centro de su solar se erigió como monumento conmemorativo, antes de 1954, un hito de la Aviación y otra piedra granítica con una inscripción debida a los alcaldes de la provincia salmantina. Y una ermita a Santiago, que aún perdura. Para 1956, con motivo del vigésimo aniversario, se levantó una réplica del barracón original, en el cual se efectuó una jornada conmemorativa, rodada por NODO[5].
En 1981 esa réplica del barracón y los dos monumentos pétreos grabados fueron trasladados al Museo de Aeronáutica y Astronáutica de Cuatro Vientos, donde todavía se exhiben, bien que bajo una cubierta protectora de la intemperie desde 1992[6].
2.– Es más importante centrarse en los asistentes que decidieron el destino de la máxima magistratura española.
Los reunidos fueron los generales de división Germán Gil y Yuste (70 años), Miguel Cabanellas (64), Gonzalo Queipo de Llano (61), Andrés Saliquet (59) y Francisco Franco (43) y los de brigada Fidel Dávila (58), Alfredo Kindelán (57), Luis Orgaz (55) y Emilio Mola (49). Además de los coroneles de Estado Mayor Federico Montaner (52) y Fernando Moreno Calderón (56).
Otras figuras, como los generales Valdés Cabanillas o Millán Astray y el coronel Yagüe, se congregaron en torno a las dos reuniones, pero sin participar en ellas. Destaca el hecho de que el más joven con diferencia de todos los citados, coroneles incluidos, fuera Franco (consecuencia de sus ascensos por méritos de guerra) y que Mola fuese el segundo en juventud.
En los anexos presentamos un gráfico [gráfico 6] de las circunstancias que concurrían en los asistentes y aquí comentaremos algunos extremos que surgen de su contemplación.
Como no podía ser de otra manera, la reunión resultó tan extraordinaria como lo eran las circunstancias. Se reunieron generales de Brigada con los de División, pero no eran desparejos como veremos. Se puede considerar una reunión extraordinaria de la Junta de Defensa propiamente dicha, aun cuando no asistieron todos sus integrantes y sí participó otro que no había sido nombrado para ella, Kindelán, al que nadie presentó objeciones[7]. Todo era informal, como lo es de suyo una rebelión, y no puede esperarse otra cosa. Desde luego, no era un colegio electoral reglado y menos aún para elegir jefe del estado. Por cierto: ningún militar creyó oportuno proponer que se escucharan siquiera voces civiles para ese segundo aspecto.
¿Hasta qué punto eran los reunidos representativos de los alzados? Desde luego, no podían serlo de todo el Ejército: habían sido más los opuestos a su Alzamiento, ya fuera por principios políticos, decisión de obediencia inquebrantable al gobierno o por tibieza y vacilación.
Para responder hace falta primero familiarizarse algo con los generales del Ejército existentes en 1936, su participación en el Alzamiento y su suerte posterior. [gráficos 7 ABC]
De los 103 generales en activo del ejército español en 1936, declararon el estado de guerra un total de 25 generales con mando de tropa (5 de ellos de división) que no llegaban a la mitad de los que poseían tal condición.
Los números no deben afirmarse sin más, sino respaldarse al principio con un recuento y enumeración (obsérvese que no llegó a hacerlo un solo general con mando en Madrid, Levante ni Marruecos):
En la 2ª División Orgánica (Andalucía), Queipo de Llano (que era Inspector General de Carabineros); secundado por López-Pinto, Patxot e incluso Campins (forzado). Total: 4.
En la 4ª División Orgánica (Cataluña), los generales Fernández Ampón, Legorburu y Fernández Burriel (jefes respectivamente de las brigadas de Montaña, Artillería y Caballería): 3.
En la 5ª (Aragón), la totalidad de sus generales: Cabanellas, de Benito, Álvarez Arenas y Martín: 4.
En la 6ª (Burgos), Mola, Carrasco Amilibia, García Benítez y Ferrer (estos dos de sendas brigadas de la División de Caballería): 4.
En la 7ª (Castilla), los subordinados Barro, García Álvarez y Ravassa (ninguno con especial protagonismo), aparte del jefe de Zona de la Guardia Civil, Cruz Boullosa: 4.
En la 8ª (Galicia y León), Bosch, Morales e Iglesias: 3.
Y en los archipiélagos, Goded, Bosch y Franco: 3.
Todos ellos figuraron como unidos a la sublevación, lo que no significa que más de uno no fuera a ella forzado o titubeante y por ello separado más tarde, y aun preso y ejecutado.
Fueron bien auxiliados por 5 generales en situación de disponibles.
Fanjul, Dávila, Orgaz, Varela y, aparte, González de Lara, que no se alzó como general, sino que se unió al Alzamiento de Guadalajara (que le sacó de la prisión) como simple combatiente y murió al final de la defensa.
Igual protagonismo cobraron los ya retirados García Herrán –que encabezó el alzamiento de los cantones de Madrid–, Dávila o Ponte. A los que se unirían inmediatamente otros retirados como Kindelán y Gil Yuste, siendo después muchos más los llamados de nuevo al servicio por Decreto.
Secundaron pasivamente, como no podía ser de otra manera, los pertenecientes a las Inspecciones Generales residentes en Zaragoza y Valladolid: generales de Ingenieros Moya y Otero-Cossío (éste separado luego por desafecto), intendente general Gallego e inspectores médicos Castellví y Del Río. Y el interventor general Hernández-Torre, destinado en Madrid, al que el Alzamiento sorprendió en zona nacional.
Ahora bien, de esos 30 generales adheridos al Alzamiento, 8 habían sido vencidos y quedado en zona enemiga, donde ya habían sido ajusticiados o asesinados. A saber: Goded, Fanjul, González de Lara, Patxot, Bosch, Fernández Ampón, Legorburu y Fernández Burriel.
Y los mismos nacionales habían fusilado a Campins por opuesto y renuente, y encarcelado a Carrasco, por vacilante.
De los 20 restantes –ignorando a los que pertenecían a las Inspecciones generales–, uno era general de la Guardia Civil. Así pues, por los 19 a considerar se reunían 9, aunque subían a 13 los generales de brigada participantes que no concurrieron.
En esas circunstancias resulta muy discutible la afirmación de Guillermo Cabanellas:
“una pequeña parte del Ejército decidiría, por el voto de sus jefes, quién iba a ser el Caudillo que los dirigiera”[8].
Aunque no fuera una ‘Junta Universal de generales’, los generales que se reunieron en Salamanca eran fundamentalmente los de la Junta de Defensa y éstos, a su vez, los que habían participado en la conjura. Ni había muchos más, ni esos otros se habían distinguido de ningún modo.
Consideremos ahora los asistentes a la reunión de Salamanca en función de su representatividad: 4 procedían del Sur (Queipo, Franco, Orgaz y Kindelán) y del Norte 5 (Cabanellas, Mola, Saliquet, Dávila y Gil Yuste).
En realidad, la lógica de la asistencia se explica en detalle así:
––– Cabanellas era la cabeza formal de la Junta;
––– Dávila era el vocal permanente residente en Burgos y la cabeza más atenta a los aspectos civiles del golpe desde su primer nombramiento como gobernador civil burgalés;
––– Queipo, Franco y Mola eran los jefes de los tres ejércitos de operaciones (y el último la cabeza de la conspiración);
––– Queipo era al tiempo jefe de la 2ª División Orgánica y por tanto el portavoz natural de sus generales subordinados: López Pinto y Varela[9].
––– Del mismo modo, Saliquet estaba al mando de la 7ª División, por lo que hablaba por los tres generales de sus brigadas.
––– En las divisiones 5ª y 6ª la situación era parecida:
Por los jefes de las tres brigadas aragonesas ya estaban en la reunión su jefe natural Cabanellas y su fugaz sucesor Gil y Yuste.
Si acaso, hubiera debido asistir su presente jefe, Ponte, además vocal titular de la Junta. Las fechas de las dos reuniones correspondieron a las de la crisis en la defensa de Huesca: el 13-IX había caído definitivamente Siétamo, retirándose al conjunto de posiciones de ‘Estrecho de Quinto’, también cercadas y a sólo 6 km de la catedral oscense, cuya resistencia e intento de socorro sólo terminaron el día 30-IX con la retirada rompiendo a viva fuerza las líneas que las rodeaban. Creemos que ésa debe ser la explicación de la ausencia[10].
Y en el territorio de la 6ª División sólo figuraban dos generales subordinados, al mando de sendas brigadas de la División de Caballería, y de sobra representaba Mola a esa División Orgánica, como verdadera cabeza natural, aunque su jefe era desde el 16-VIII el general De Benito, procedente de Huesca.
––– Como vocales titulares de la Junta figuraban Orgaz (jefe organizador de las fuerzas marroquíes) y Gil Yuste.
––– Kindelán se había incorporado a Marruecos desde Cádiz vía Algeciras, mandaba la Aviación, que había cobrado una importancia trascendental, y nadie le recusó. La iniciativa de invitarle correspondió a Franco, quien así lo había pedido a la Junta.
De uno u otro modo quedaba representado todo el generalato insurgente con una sola excepción: la 8ª División. En Pontevedra, León y Ferrol los respectivos generales se habían alzado con lo que se consideró poca energía y constatables vacilaciones, esperas y titubeos; los tres serían dados de baja, o pasados a la reserva por su edad, entre los siguientes diciembre y febrero.
Los nueve generales electores podían considerarse entre sí como pares: miembros de la Junta o con mandos propios no subordinados los unos a los otros (Orgaz sí lo estaba a Franco y, como Kindelán, aumentaba su peso).
| Ejércitos | Divisiones | Junta de Defensa Nacional | Graduación | Personas | Asistentes | Postura en la votación |
| Presidente | G. División | Cabanellas | Asistió | Abstención, contra Franco | ||
| Vocal | G. División (R) | Gil y Yuste | Asistió | Contra Franco | ||
| Vocal | G. Brigada (R) | Dávila | Asistió | ¿? Franco prob. | ||
| Sur | 2ª | Vocal | G. División | Queipo | Asistió | Contra Franco |
| Norte | Vocal | G. Brigada | Mola | Asistió | ¿? Franco prob. | |
| 5ª | Vocal | G. Brigada (R) | Ponte | No asistió | ||
| 6ª | ––– | G. Brigada | De Benito | No asistió | ––– | |
| 7ª | G. División | Saliquet | Asistió | ¿? | ||
| 8ª | ––– | G. Brigada (R) | Lombarte | No asistió | ––– | |
| Expedicionario | Vocal | G. División | Franco | Asistió | [Franco] | |
| Marruecos | Vocal | G. Brigada | Orgaz | Asistió | Franco | |
| Aire | ––– | G. Brigada | Kindelán | Asistió sin recusación | Franco | |
| Flota | Vocal | Capitán navío | F. Moreno | No asistió | ––– | |
| Vocal | Coronel E.M. | F. Montaner | Asistió | No votó | ||
| Vocal | Coronel E.M. | F. Moreno | Asistió | No votó |
Una última y algo sorprendente consideración:
De los 25 generales con mando adheridos al Alzamiento –rápidamente reducidos a 17–, sólo 4 participaron en las reuniones de Salamanca.
En cambio, de los 5 en situación de disponible que participaron en el Alzamiento, hubo 2 que votaron en la elección: Saliquet y Orgaz.
¡Y todavía más! 3 miembros de aquel colegio elector extraordinario no pertenecían ya formalmente al Ejército, retirados por edad o voluntad propia (Gil Yuste, Dávila y Kindelán).
Es decir: mientras que de los generales en servicio y con mando sólo participaron las cabezas naturales (Cabanellas, Mola, Queipo y Franco)[11] y ninguno de los que se subordinaron a sus decisiones, estuvieron sobrerrepresentados los conspiradores disponibles o retirados.
Debe subrayarse mucho la extraña condición de esa mayoría, que pudo ser todavía mayor. Ponte, que no asistió, era tanto vocal de la Junta y jefe de la 5ª D.O. como participante en la ‘Sanjurjada’ de 1932. Y si Varela hubiese sido convocado ¡estaba detenido en prisión militar el 18 de Julio! Sin duda se valoró mucho la oposición desde antiguo al curso de la política republicana.
La anterior constatación sugiere dos reflexiones importantes:
*** Los rebeldes estuvieron escasos de generales inicialmente. El Alzamiento no nació ni tuvo su fuerza en los cuadros de los generales; por el contrario, tuvo su alma en las filas de los capitanes.
*** Es totalmente extraordinario que militares fuera de servicio sean llamados a cubrir los puestos máximos de una rebelión, devenida guerra. Que no estuvieran olvidados en el Ejército y que fueran acatados y reclamados por jefes y oficiales, pasados ya varios años de su ausencia, indica, una vez más, que la República nunca llegó a verse como asentada. En el Ejército sucedía lo mismo que con la bandera tricolor, que no había alcanzado arraigo como bandera de todos.
Todo coincide en apuntar, una vez más, que los cinco años de II República no fueron sino una larga agitación revolucionaria de sectarismo izquierdista, en lugar de un régimen de alternancia democrática con vocación nacional.
3.– Conviene reconstruir el proceso de la toma de decisión.
Durante 75 años la versión comúnmente aceptada ha sido la de Kindelán, protagonista de aquellas reuniones, por ser la única existente por escrito desde 1945.
En 1973 y 1977, Guillermo Cabanellas, hijo del general Cabanellas, republicano convencido y activo, antes y después de 1936 (hasta el punto de tener que abandonar la España de Franco en 1937), se detuvo en la cuestión criticando los errores de detalle de Kindelán e historiadores posteriores, y acentuando cuanto pudiera ser contrario a Franco[12]. Pese a haber acompañado a su padre en su regreso de Salamanca a Burgos el 28-IX-36[13], no aporta novedades mayores a la narración de los sucesos, sólo el prisma acerbamente antifranquista de su presentación.
La versión universal también fue combatida, en parte, por el último libro de Maíz (2007), que es una voz –demasiado apasionada– del entorno de Mola, sin que necesariamente sea la de éste.
En 2021, el nieto del general Dávila Arrondo (relevantísima y discreta figura del mando nacional) ha publicado dos cartas cruzadas por éste y Orgaz entre las dos reuniones[14] y también un resumen del asunto, en cuartillas manuscritas, que dan pie a una versión algo distinta de los hechos, más humana en las disensiones que refleja, pero no menos patriótica y unánime en la aceptación final como única viable.
Según la versión de Kindelán, durante la mañana del 21 se discutió la oportunidad del mando único y se concluyó votándolo favorablemente, con la sola oposición de Cabanellas. A la tarde tuvo lugar la elección del hombre que desempeñaría el puesto. Los dos coroneles, que formaban parte de la Junta y estaban presentes, excusaron su voto por su inferior graduación.
En este punto, de la narración de Kindelán parecería desprenderse que tras su voto inicial por Franco se le unieron todos, salvo la abstención de Cabanellas.
La presunta voz de Mola –a través de Maíz– sería que la elección de Franco se decidió por un voto: cinco a su favor y cuatro por Mola[15]. No se puede sacar mucho más de eso contra Franco: si se votó a sí mismo, también lo habría hecho Mola. A no ser que éste rechazara expresamente la posibilidad de alzarse con la jefatura, votando a Franco.
No había existido unanimidad, pero sí patriotismo sincero y cumplido en el paso atrás de Mola y el acatamiento a la resolución tomada. Se mantenía todavía la discrepancia respecto a los poderes que se conferían al Generalísimo y su duración. El acuerdo al respecto y la publicación de la elección se dejaron pospuestos. Franco rechazaba un cargo de generalísimo con limitaciones.
A la semana, la segunda reunión se convocó porque la necesidad del mando único no estaba en elegirlo, sino en que se publicara, asumiera y empezara a operar.
La renuencia a aceptar las condiciones de Franco, en cuanto a la concentración de todos los poderes, fue vencida por la reconocida necesidad acuciante y por la inercia misma de toda asamblea: una propuesta se termina imponiendo a todas las oposiciones cuando se convierte en el eje de la discusión, sin que se presenten alternativas.
El testimonio de Kindelán, protagonista directo de la elección, se publicó muy tempranamente (1945, databa de 1941), aunque censurado. Y así se citó universalmente durante cuarenta años. Como colofón, conviene recordar el pasaje en su integridad, como vio la luz en 1982 (en cursiva lo que se había censurado):
“Tampoco, creo, en justicia, que mi intervención fuese decisiva. Motivó, acaso, un adelanto cronológico en sucesos que eran inevitables y cuya fatalidad no parecía estorbada por ninguna resistencia ni oposición sólida. Franco, sin mi intervención, hubiese sido Generalísimo y quizá Jefe del Estado algunas semanas más tarde.
“No tomen estas razones los enemigos de Franco, que me han hecho cargos por haber contribuido tanto a nombrarlo, como un mea culpa que entono arrepentido. No lo estoy, poco ni mucho; el propósito que me guió, ganar la guerra, quedó brillantemente alcanzado. Tampoco me cabe, en último término, plena responsabilidad por el Decreto que apareció en el Boletín Oficial, que no fue el que yo propuse, sino el siguiente”[16].
La existencia de dos reuniones con una semana de intervalo es hecho irrefutable. Y la explicación dada, única facilitada, acabó por ser admitida, por más que sea rara si se vuelve sobre ella: unos jefes militares toman una decisión sobre cuestión vital y urgente, y a continuación difieren su puesta en ejecución indefinidamente.
La versión de Dávila Álvarez podría ser más verosímil en cuanto a ese punto inicial: en la reunión del 21-IX no se decidió –por falta de acuerdo– nada definitivo, por eso se hizo necesaria la del 28-IX –a la cual Franco y sus partidarios acudieron ya con la firme determinación de imponerse– en la que se efectuaron debate y votación; con posterioridad a éste, Mola, Dávila y Franco cerraron la cuestión de la Jefatura del Estado anexa. La iniciativa al respecto habría sido de Dávila[17], Mola habría coincidido con su criterio y Franco aceptado el cargo adicional. En posteriores consultas individuales, Dávila habría comprobado que la mayoría de los generales se sumaban a su criterio[18].
Resulta curiosísimo que la versión de Dávila Álvarez deja a Franco todavía en mejor lugar que antes:
- Hasta la segunda reunión no habría impuesto el debate del mando único y su candidatura;
- La Jefatura del Estado anexa habría sido iniciativa de Dávila y no ambición propia;
- Y el irregular procedimiento final –que disminuye la libertad de opción– y la última redacción del Decreto, ya en trámite, también habrían sido cosa de aquél.
La versión de Dávila Álvarez resulta más realista en varios extremos:
- Una resistencia mayor al mando único, a la persona de Franco y a otorgarle el poder político.
- Un final abrupto de la junta, comprensible en la medida en que los decepcionados por el resultado quisieran marcharse cuanto antes.
- El voto negativo, sin paliativos, acerca de la última cuestión por parte de Cabanellas, Queipo y Gil Yuste (los cuales –apostillaremos– eran los otros tres generales de división, más antiguos que Franco).
- El patriotismo existió en el acatamiento: no precisaba ser entusiasta para ser verdadero y laudable.
Incidentalmente, si “la única noticia que trascendió de aquella reunión fue que se había discutido si el avance de las tropas nacionales debía dejar a un lado Toledo y seguir hacia Madrid, o si era preciso liberar antes la vieja ciudad y su noble Alcázar, llegándose a la conclusión de hacer esto último”[19], Franco quedaría absuelto de todos los reproches por su desvío y pérdida de tiempo, que ya no sería suyo o sólo suyo. Desgraciadamente, Dávila Álvarez se reserva la fuente por la que nos transmite esa noticia, que habría trascendido. Y las críticas generalizadas que recibió la decisión entre otros generales no abonan un respaldo colegiado de la misma.
¿Hasta qué punto queda en entredicho la versión de Kindelán y su figura con la publicación de los documentos de Dávila? Porque subsisten detalles que se explican mejor por una elección ya efectuada el 21-IX.
Lo cierto es que la aportación de Dávila Álvarez no es completamente satisfactoria ni segura, por cuanto no ha querido publicar la respuesta íntegra de su abuelo a Orgaz y tampoco podemos saber con certeza la fecha de las páginas manuscritas del relato. Lo más seguro es que correspondan a un borrador con motivo de su entrevista de 1961[20], de la cual ya se había hecho eco Cabanellas. Y la fecha de éstas es importante para saber si los recuerdos fijados por escrito estaban frescos o no. También enumera entre los presentes a Ponte, sobre el cual existe unanimidad en que no asistió[21]. [F 063]
Cuando Kindelán publicó sus Cuadernos de guerra en 1945 estaba vigente una censura que protegía celosamente al entonces jefe del Estado. Pero la edición de 1982 ha aportado los párrafos suprimidos entonces. Se está olvidando que pueden existir otras censuras –y autocensuras– aparte de la que ejerce la autoridad pública suprema. Entre los militares –particularmente, aunque no exclusivamente– rige un acusado espíritu de cuerpo y compañerismo. Y si en su versión se trataba de proteger –por el ocultamiento– alguna reputación, no tenía que ser necesariamente la de Franco. En la época, con casi todos los protagonistas vivos, habría sido poner en evidencia a algunos de ellos, y escandaloso para el público reflejar las disensiones y la oposición a Franco. Razón más que suficiente para omitirlas.
Creemos que se puede observar en las memorias de Kindelán una nitidez en el relato de las acciones propias y una difuminación de las ajenas, compatible con las reivindicaciones de Dávila. Kindelán se presenta como abierto abogador del mando único y de que recayera en Franco; también como redactor de un proyecto de decreto con poca fortuna. En cambio, respecto de los demás generales es enormemente vago sobre las posturas existentes, sus sostenedores y la votación final.
Algún detalle externo sí sabemos de la segunda reunión del lunes 28-IX: El Adelanto salmantino del día siguiente dio cuenta de que Cabanellas (presente con Dávila y Montaner) arengó a la población –que gozaba de fiesta decretada por la liberación del Alcázar el día antes– en la Plaza Mayor. [F 062] Por la hora, nosotros podemos saber que volvían de la reunión del aeródromo, pero en aquel momento la noticia toledana oscureció completamente el motivo de la presencia en la ciudad de estos generales y, además, se ignoró a los que llegaron y partieron directamente en avión.
4.– Inicialmente, lo que se precisaba con urgencia era el mando único militar. El liderazgo político hacia el interior y el exterior se concibió como un anexo natural en las circunstancias de guerra. Una asunción de poder político era necesaria para poder formalizar las ayudas internacionales ya iniciadas, que eran absolutamente necesarias.
Las reticencias comenzaban por la jefatura del mero Gobierno o del Estado.
La mera jefatura del Gobierno implicaba una acefalia, una indefinición peligrosa entre República y Monarquía, y el recurso a una Junta Militar de Gobierno Político, de tres o cinco miembros. Si esta última, colectiva y decidiendo por votos, se situaba por encima del Generalísimo militar, antes o después terminaría interfiriendo en sus decisiones estratégicas, logísticas o de nombramientos. Históricamente, los directorios o triunviratos han sido transiciones efímeras.
De ahí que naturalmente la inicial Jefatura del Gobierno del Estado se convirtiera en Jefatura del Estado, sin necesidad de leyendas rocambolescas. Por otra parte, la neta expresión “todos los poderes del nuevo estado”, logomaquias aparte, no dejaba lugar a otra cosa que a una dictadura personal.
Desde luego, esto no era lo previsto y acordado en la conspiración urdida y negociada por Mola. Sucede que las circunstancias habían cambiado y la realidad se imponía. Para ganar una guerra larga y áspera –y dudosa– se precisaban mando único y dictadura.
––– Ya no estaba Sanjurjo, ni tampoco cabía pensar en el Gabinete Militar apolítico, con suspensión de los partidos y reestructuración del país, desechando el sistema parlamentario, cuya duración sería la necesaria para conseguir estos objetivos, según el programa enunciado en la carta de Sanjurjo a Mola de 9-VII-36.
––– Y la Dictadura Republicana de un Directorio Militar de cinco miembros de la carta de Mola a Fal Conde de 5-VI-36, en la que se preveía un “Parlamento constituyente elegido por sufragio” quedaba aún más lejos: ninguno de los dos bandos hacía ya la guerra para someter después su victoria a un plebiscito o a un parlamento en el que cupiera la posibilidad de tener que someterse a la mayoría contraria[22].
De otro lado, basta con asomarse muy por encima a lo que los protagonistas narran de sus contactos previos para constatar no sólo que las pretensiones eran harto dispares y totalmente encontradas, sino que incluso los compromisos a los que creían haber llegado no coincidían.
Una objeción a la dictadura de Franco se convierte en el mejor argumento a su favor. Maíz pone en boca de Mola la imposibilidad de que la Junta de Defensa Nacional pudiera transmitir más poderes de los que poseía[23]. Donoso formalismo, porque ningún régimen revolucionario recibe su partida de nacimiento legitimada del régimen anterior. Del propio hecho revolucionario extrae su legitimidad y aun así la comunidad nacional tiene que seguir poseyendo todos los poderes que le son propios y necesita.
5.– El otorgamiento formal del poder sin ninguna limitación temporal, ni siquiera vaga, fue, en realidad, la concesión más grave que se hacía a Franco. El precio de la salvación de España vino a ser una dictadura vitalicia[24]. Precio perfectamente asumible para aquella media España que apoyaba a los alzados, pero pronto insufrible para las minorías con acentuadas ideas propias, bien que en el momento del Alzamiento hubieran dicho que estaban dispuestas a desaparecer o posponer sine die sus pretensiones.
Que sepamos, no se ha aludido por escrito al efecto que el amargo final de la Dictadura de Miguel Primo de Rivera, desasistido por Alfonso XIII, pudo dejar en Franco. La temporalidad y el dejar el poder eran de suyo un peligro para la estabilidad patria, pero también una ocasión de desagradecimiento y revancha que debían evitarse. Cuando D. Juan reclamaba a Franco que se echase a un lado, quien lo hacía era el hijo del rey que había sacrificado a Primo de Rivera sin agradecimiento y sin evitar por ello el propio exilio al poco. Poca autoridad tenía para ello.
6.– Por último, cosa muy diferente era lo que se sobreentendía o lo que latía en las mentes de muchos. Cosa que no sólo es eminentemente subjetiva, sino también indiscernible. Que el Generalísimo dejara de ser un primus inter pares no fue cosa instantánea.
No todos los generales se sentían igualmente obligados para con Franco, ni le miraban como un Caudillo superior indiscutible.
Durante una larga década posterior la inquietud de los generales más politizados cristalizó en diversas conspiraciones, si bien nunca pasaron a los hechos, ni sobrepasaron los conciliábulos.
Nunca habrían tenido hondo apoyo: arriesgar la estabilidad lograda era muy peligroso y Franco supo revalidar en las maniobras políticas su prestigio en las maniobras militares.
A título de comparación ilustrativa de conjunto, los generales de los rusos blancos, menos de una veintena de años antes, se encontraron en una tesitura parecida. En su seno existió clara rivalidad entre Denikin y Wrangel. Eligieron un generalísimo –la palabra no es capricho franquista– de todos los ejércitos, que actuó con la función anexa de Jefe del Estado y sin previsión de plazo para su efectiva dictadura. Como curiosidad adicional, para sustituir a Denikin, después de recibir la aquiescencia de los generales, Wrangel reclamó que se nombramiento tuviera la forma de designación de sucesor por Denikin, para evitar, siquiera fuera formalmente, ser elegido por los que habrían de ser sus subordinados.
Queremos, sin embargo, volver al principio. Son tantas las salvedades, objeciones, censuras y acusaciones que se han hecho desde las filas de su propio bando a la elección de Franco –a posteriori– que parece que la unidad de mando no hubiera sido ni importante ni acuciante, que nadie le hubiera votado y que no hubiera sido la mejor opción, casi obligada, por todos los factores que enumeraremos más abajo.
Recordemos, pues, que, según su declarado adversario Queipo, le votó “Porque no quedaba más remedio… ¿A quién íbamos a nombrar”[25] y la respuesta de Dávila hubiera sido “Con Franco nos salvamos; sin Franco nos hundimos”[26].
¿No es esto suficiente y decisivo? Ante semejantes juicios, lo demás es cavilar por gusto.
Todas esas salvedades, objeciones e impugnaciones son críticas que proceden de un descontento por el desarrollo posterior de la completa dictadura que se le otorgó. Y es que los expedientes de urgencia, vistos sin el apremio de las circunstancias, tienden a parecer excesivos, pero no pueden ser de otro modo en su momento.
La ambición de Franco y sus avales
Llegados a esta cuestión, parece obligado abordar la ambición de poder de Franco. Resulta abusivo que para algunos ésta sea la clave interpretativa indiscutible, incluso artículo de fe y prejuicio absoluto. Punto de partida que termina justificándose a sí mismo.
La verdad es que el mando único del bando alzado era una cuestión pendiente, que Franco era el que poseía más bazas a su favor, y que no le estaba moralmente vedado, ni a él ni a ningún otro, presentar su propia candidatura, que no sería sino una expresión más de la “honrada ambición” de la que hablan las Reales Ordenanzas[27].
Cualquier otro que le hubiera disputado esa jefatura suprema y pudiera haber sido elegido adolecería de la misma ambición. Lo cierto es que a todo liderazgo le es muy conveniente un punto de ambición, con tal de que sea honrada en fines y ordenada medios. Y particularmente en los mandos que gozan de mayor independencia e iniciativa, como lo es el supremo. Un jefe sin ambición puede ser un muy buen segundo, pero no va a ser buen caudillo, ni de una partida de guerrilleros ni de un ejército. Y lo mismo ha de decirse de los políticos.
Al respecto, valga un juicio absolutamente objetivo del marqués de Valdeiglesias, que no era partidario de Franco. Lo remite al 12-VIII-36, comunicado a Eugenio Vegas y Jorge Vigón:
“Ya tiene desde ahora Sanjurjo sucesor y nuestro movimiento jefe. ¿Sabéis quién es? Franco ¿Y sabéis por qué? Porque Franco, que tantas veces, por cualquier pequeño detalle, aplazó la hora H, cuando al fin se lanzó lo hizo aceptando todas las consecuencias de su decisión y asumiendo todas las responsabilidades, fueran las que fueran, decidido a no retroceder ante nada. Trató de igual a igual con Alemania sin intimidarse, como no se arredró por el cierre del Estrecho a causa de la catástrofe de la Escuadra. Mola, en cambio, sólo estaba preparado para organizar la primera fase del golpe militar. El desarrollo que ha tomado nuestra contienda le ha aterrado. Él tiene valor físico […] Pero no tiene valor para afrontar la responsabilidad política de dirigir una empresa de las dimensiones que está adquiriendo nuestra guerra”[28].
El frío realismo de este comentario resulta laudatorio: la ambiciosa decisión de Franco proporcionaba algo que hacía falta.
* * * * *
También se han sugerido exceso de maquinaciones rodeando la designación de Generalísimo, como si hubieran abundado las ocasiones y sobrado el tiempo.
Y como si hubieran cabido muchas posibilidades más:
De los generales sublevados supervivientes (ejecutados Goded, Fanjul y Fernández Ampón, y asesinado en una saca Patxot) sólo tres lo eran de División: Cabanellas, Queipo de Llano y Franco. [F 064] Mola les era equiparable, pero sólo en la práctica, no mostró interés por el puesto y apoyó a Franco.
- Él era el más moderno de los tres –también el más joven de todos los generales presentes–, pero había logrado el alzamiento unánime de su circunscripción –en lo que sólo le igualaba Cabanellas–;
- Había desempeñado recentísimamente el máximo cargo militar, Jefe del Estado Mayor Central;
- Poseía ascendiente personal sobre muchos oficiales procedentes de la Legión (extensiva a las fuerzas africanas) o de la Academia General Militar, por él fundadas y dirigidas[29];
- Conducía la fracción de fuerzas más poderosa, que había conseguido pasar a la Península y amenazar Madrid desde el Sur (en el Norte, Mola había quedado detenido en la Sierra), apuntándose por el momento rápidas y estratégicas victorias significativas: el Convoy, Badajoz y Talavera, que oscurecían la trabajosa conquista de Irún y San Sebastián;
- Políticamente, había avalado la restauración de la bandera bicolor dos semanas antes que la Junta;
- Popularmente, Franco había sido distinguido desde el principio por muchos como cabeza natural y hombre de referencia.
Ya en la conspiración, los contactados preguntaban por la actitud de Franco[30], de modo que Mola no pudo desentenderse de su concurso y lanzarse adelante.
Después del Convoy de la Victoria la recepción en Burgos fue apoteósica.
Ningún otro general, en momentos en que eran objeto de encomios sin cuento, era citado con expresiones espontáneas tan categóricas como ésta, tomada al azar entre muchas otras posibles: “jefe supremo de las tropas españolas”[31]. A ningún otro general en ningún otro lugar se le exaltó desde el primer momento de modo tan singular, salvo que se exhiba ejemplo en contrario.
- Finalmente, en el orden diplomático, sus emisarios habían llegado los primeros a Roma y Berlín, había obtenido los primeros auxilios de armamento, y él había sido tomado como único interlocutor al respecto por los alemanes, sin que Mola hubiera disputado tal arrogación, cuya trascendencia era evidente[32]. Muy razonablemente, italianos y alemanes reclamaban, para comprometer su ayuda, un mando único con una cabeza visible y habían tomado ya por tal a Franco. Ello se tuvo también muy presente.
- También constituía un éxito diplomático trascendental el que un rebelde hubiera impuesto al Comité de Control internacional de Tánger la expulsión de la flota republicana, perteneciente a una de las potencias signatarias, en nombre de la ‘neutralidad’. En la práctica, ahí comenzó la consideración del golpe como guerra civil y la postura de ‘neutralidad’ entre gobierno y rebeldes de Inglaterra, y aun de Francia, por mucho que formalmente no se aceptara nunca la beligerancia de los nacionales.
Con perspectiva política, los nueve generales representaban un abanico muy amplio contra el gobierno del Frente Popular: a los viejos adversarios de la República, los indisimuladamente monárquicos (que se acogieron a la ‘Ley Azaña’, intervinieron en el 10 de Agosto de Sanjurjo y conspiraron sin interrupción), se habían sumado, por la fuerza de los sucesos, otros de significado ‘republicano’, bien por sus ideas, actividades previas al 14 de abril y puestos recibidos del nuevo régimen (Queipo, Cabanellas), bien por su ‘posibilista’ aceptación de la misma en principio (Mola o Franco).
En ese abanico, Franco resultaba una figura ‘centrista’: monárquico en el fondo, no hizo valer decididamente esa opinión hasta el momento oportuno, de modo análogo a como se comportó respecto a la oportunidad del Alzamiento.
Si atendemos a las oposiciones que encontró para su elección se pueden observar dos motivaciones coincidentes:
Cabanellas, Queipo y Gil y Yuste (éste añadido por el testimonio de Dávila, pero al que Guillermo Cabanellas presenta favorable a Franco) eran los tres generales de división de más edad y antigüedad, que podían abrigar el parecer de que el puesto les correspondía a ellos por ese criterio. Al fin y al cabo, era el criterio que había seguido Sanjurjo en su intentona, colocándose él a las órdenes teóricas de Barrera, y el que imperaba todavía en abril de 1936, cuando la conjura la capitaneaba Rodríguez Barrio.
Y Cabanellas, Queipo, y hasta Mola, eran ‘republicanos’ de ideas. El Movimiento, aunque de amplio espectro, se fue decantando hacia la masa derechista, católica y monárquica que la República había preterido y hostigado. Franco fue elegido por el firme apoyo de los monárquicos sin embozo, como Orgaz y Kindelán, que demostraron no equivocarse respecto a su candidato, aunque se decepcionaran mucho por el retraso en ver ‘la constitución de España en Reino’ (Ley de Sucesión, 1947) y más en designar sucesor a un nieto de Alfonso XIII (1969), descartando a su padre D. Juan por su manifiesta oposición a Franco.
Cabanellas era demasiado ‘izquierdista’[33] para el conjunto de sublevados militares que llegó a encabezar formalmente –y eso sin hablar del componente civil del Movimiento iniciado–, de modo que el único rival verdadero habría sido Queipo por su audacia en Sevilla y su consolidación de Andalucía, que facilitaron la cabeza de puente a las fuerzas de Marruecos; pero el recuerdo de su pasado de conspirador antimonárquico le restaba apoyo[34]. Mola, ‘el Técnico’ de la conjura, pero de inferior graduación, mostró desinterés personal por el cargo supremo
De otra parte, lo cierto es que Franco, una vez llegado a Tetuán, actuó con la independencia y desenvoltura del jefe supremo en ciernes (ayudas internacionales, laureada al Gran Visir[35], presión sobre Tánger, etc.), dejando asentar en dicha idea a sus partidarios. Así, cuando envió sus emisarios a Alemania (conocía la muerte de Sanjurjo y no la constitución de la Junta de Defensa Nacional) afirmó a sus interlocutores alemanes que España sería regida por un directorio que él presidiría junto a Mola y Queipo de Llano[36].
Parece que desde su paso por los despachos del Ministerio de Guerra se había despertado en Franco un interés por la política que no había mostrado anteriormente, fruto, cuanto menos, de la visión global de los intereses del Ejército y de España. El caso es que hay que reseñar el intento de oponerse políticamente al Frente Popular, que lo acababa de destituir: en abril de 1936 quiere presentar su candidatura como independiente en la lista de Gil Robles para la repetición de las elecciones por Cuenca; finalmente, desiste a los pocos días ante el criterio contrario de José Antonio Primo de Rivera.
Puestos a sugerir maniobras ambiciosas, perversas y desleales por parte de Franco se subraya la presencia en el aeródromo de dos partidarios suyos que no participaron en la segunda reunión, pero sí en la comida: Millán Astray y Yagüe.
Yagüe, relevado en ese momento del mando del Ejército Expedicionario, seguía siendo el jefe de la Legión (‘Tercio’ entonces, todavía) y se ha sugerido que su presencia tuvo la finalidad de intimidar a los reunidos, amenazando con un golpe de fuerza de los legionarios. Conste que en ese momento no había en el aeródromo de San Fernando legionario alguno y sí tropas de Aviación acompañadas de voluntarios carlistas y falangistas, por lo que se ha modificado la versión anterior para hacer a los generales reunidos rehenes de esas fuerzas dispares (aunque si bien la Aviación seguía a Kindelán, los carlistas habían tomado devoción a Mola y los falangistas no eran particularmente franquistas). Es una malevolencia sin mayor fundamento[37].
Se ha llegado al punto de recoger acríticamente y repetir la historieta de que un emisario en motocicleta llegó a la imprenta y alteró alevosamente el título del nombrado en el Boletín Oficial. Ahora bien: el presunto suceso habría ocurrido en Burgos, donde residía Cabanellas, en la noche del 29, en que Franco estaba todavía en Cáceres y con él Kindelán, Millán Astray y Yagüe, ¿cómo tenía allí Franco secuaces poderosos tan parciales y decididos? ¿De quién salieron las instrucciones y la orden? Lo explica sin mayor énfasis el testimonio de Dávila.
Nadie modificó la fórmula “Jefe del Gobierno del Estado Español”, pues esas palabras son las que constan tanto en el sumario del número como en el artículo primero del Decreto 138 de 29-IX-1936, y nadie ha exhibido un solo ejemplar de la presunta edición trucada del número 32 del Boletín Oficial de la Junta de Defensa Nacional de España de 30-IX-36. En cuanto al valor restringido que debiera tener ‘Jefe del Gobierno del Estado’, diferente de ‘Jefe del Estado’, cae por su base cuando el mismo artículo establece que “asumirá todos los poderes del nuevo Estado”[38]. Lo que sí parece que se eliminó en el último momento de la redacción fue la limitación temporal “mientras dure la guerra” de la jefatura del estado anexa al cargo de Generalísimo, lo cual no era menos importante.
Por lo demás, se repite con demasiada frecuencia otro tópico sobre las bazas de Franco para su elección que corresponde deshacer. La contemporánea liberación del Alcázar le proporcionó un plus importantísimo de popularidad. Pero que ello fuera ‘un tanto’ que le avalara en la elección por sus pares depende de si aceptamos la versión Kindelán o la versión Dávila para la fecha del acuerdo, puesto que la liberación (27-IX) fue posterior a la primera reunión en el aeródromo salmantino (21-IX), aunque sus resultados se conocieran más tarde que ella.
Podría llegar a decirse, en todo caso, que la conversión sobre Toledo de Varela, desde Maqueda y Torrijos (22-IX), fue la primera decisión estratégica del Generalísimo. Se podría decir, si en un mensaje de Franco a Mola (21-VIII), justo un mes antes del presunto dilema, no constara ya el propósito de liberar Toledo[39].
Sí es cierto que ante el público de su zona y la opinión internacional las dos noticias aparecieron estrechamente unidas, pero no hubo tal relación de causa – efecto.
Cerremos el capítulo de la ambición de Franco con la suerte de la Junta de Defensa Nacional y los generales que le eligieron. Ciertamente, la Junta, sin que ninguna disposición que lo estableciera, quedó sin función y disuelta de facto[40]. Por el contrario, a título individual los generales participantes en la elección no fueron postergados, salvo Queipo de Llano, que se manifestó descontento de manera temprana y destemplada al acabar la guerra y sólo recibió el nombramiento de Teniente General (1939), la Laureada (1944) y el título de marqués (1-IV-1950), pero ningún cargo hasta su muerte en 1951.
Los generales del aeródromo de San Fernando constituyeron siempre la cúpula militar de la Cruzada:
––– Antes de acabar el año (15-XII-36), Mola, Dávila, Orgaz y Ponte ascendieron a generales de división, como el anfitrión salmantino, Valdés Cabanillas. El ascenso de Kindelán se retrasó hasta el 22-V-37.
––– Queipo, Mola, Dávila, Saliquet y Orgaz mandaron Ejército (y Kindelán el del Aire); Gil Yuste (+1948) fue Secretario de Guerra y para Ponte (+1952) no hubo ningún mando de Ejército disponible, pero sí el del Cuerpo de Ejército de Madrid, primero y más potente. Cabanellas, creado Inspector General del Ejército, murió pronto, en 1938
––– Cinco de esos generales recibieron títulos nobiliarios (Dávila, Queipo, Saliquet y Kindelán, marqueses; Mola, duque). No fueron los únicos, como se sabe.
––– Todos alcanzaron el rango de Teniente General, pero, excepto Dávila, que lo volvió a ser del Ejército otra vez, años después de la guerra, ninguno fue ministro.
El tramo final al caudillaje
Al anochecer del 27-IX-36 las primeras tropas de socorro enlazaron con los sitiados del Alcázar. En Cáceres, al darse a conocer la noticia, se organizó una manifestación hasta el Cuartel General de Franco, a la cual dirigió unas palabras a las que sucedieron intervenciones de Millán Astray y Yagüe (que estaba en ese momento retirado del mando). Éste pronunció dos frases que anunciaron la próxima proclamación de Franco como Generalísimo:
“La noticia de hoy es grande, la de mañana será mayor”.
“Mañana tendremos en él [Franco] a nuestro Generalísimo, al jefe del Estado, que ya era tiempo que España tuviese un jefe del Estado con talento”[41].
Frases que poseen importancia considerable para discernir… que es muy difícil dilucidar plenamente el proceso de designación de Franco. Se explicarían mejor si Franco ya estuviera designado desde el 21 (versión de Kindelán), pero también pueden reflejar simplemente la voluntad de culminar un proceso que había encontrado resistencias y para lo que Franco ya había asumido la voluntad firme de imponerse, con el firme apoyo de sus colaboradores inmediatos. Sin duda debilitan algo la versión de Dávila, de que el tema todavía no había sido decidido. Desde luego, muestran que la cuestión estaba en el ambiente[42]. Más sintomáticas aún son las alusiones a la jefatura del Estado: frente a los infinitos y exquisitos distingos de hoy, los impulsores y receptores de la medida asociaban la condición de jefe del Estado (“regente”) a la de Generalísimo.
En cualquier caso, el 28-IX Franco recibe de los generales nuevamente reunidos –o le es confirmada sin limitaciones– la designación de Generalísimo, tras desplazarse en avión a Salamanca.
Y el 29-IX Franco, habiendo viajado de nuevo en avión, visitó el Alcázar toledano liberado, almorzó con Moscardó, Varela y Millán Astray entre otros en el Hotel Castilla y regresó a Cáceres[43]. [F 065]
En este punto la hoja de servicios de Franco Salgado vuelve a pecar de parquedad y sus memorias, al cabo de tantos años, de imprecisión:
La primera reza: “En la tarde del mismo día regresa Cáceres y al siguiente se traslada a Burgos…”. En las segundas concreta –y se equivoca– así: “En la tarde del día 30 de dicho mes de septiembre nos trasladamos Franco, el coronel Martínez Moreno [sic] y yo en avión de Salamanca a Burgos…”[44].
No es exacto: de camino a Burgos, Franco se detuvo en Valladolid (30-IX), donde pernoctó. Era el Cuartel General de Mola como jefe del Ejército del Norte y convenía cambiar impresiones con éste una vez más.
No sólo habla detalladamente de esta escala Vegas[45], sino que su breve arenga desde el ayuntamiento vallisoletano apareció en la prensa, y no sólo la local. En cuanto al medio de transporte, también volvemos a tener que puntualizar a Franco Salgado: Iribarren nos habla de una comitiva de doce coches desde Valladolid –en los que marchaba él también–, de ahí que llegaran juntos a la ceremonia en Burgos (1-X-36) Franco y Mola[46]. El viaje debió ser mixto: en avión hasta Salamanca (como consta en la hoja de servicios del capitán Guerrero) y luego proseguiría en automóvil a Valladolid. [F 066]
Este último tramo de su itinerario desde Gran Canaria hasta la exaltación a Generalísimo y Jefe del Estado es el único que no cubrió en avión como los anteriores. De otro modo, se podría hablar de un Caudillo llegado por aire de Canarias a Burgos, lo cual va a hacer mucho más notorio el completo abandono posterior de ese medio de transporte.
Y en torno a este viaje todavía se añade una variante más: “El día 30 [Franco] buscó emplazamiento para su Cuartel General en Salamanca, y siguió a Valladolid”[47], lo cual posee, al menos, verosimilitud geográfica.
Digresión: constataciones, juicios y futuribles políticos
Introduciremos aquí una digresión, que nos apartará del mero establecimiento con seguridad de hechos referentes al itinerario de guerra de Franco. Nos apartamos por unas páginas de la disciplina de la Historia, pero ésta no es un fin en sí misma. Ni un capricho curioso. La historia es la maestra de las ciencias sociales. La dignidad humana y la trascendencia y complejidad de las sociedades impiden[48] experimentar con ellas. De modo que sólo les cabe tomar como fuente la experiencia de las sociedades, fundamentalmente a través de la Historia.
Lo que fue, frente a lo que hubiera podido ser
Que Franco fuera la mejor opción al puesto de Generalísimo no implica que cuanto aconteció al respecto fuera necesidad metafísica:
––– Que sus colegas le votaran patrióticamente no implica que dejaran de criticarle antes y después. Tanto Queipo como Mola –y Yagüe– le achacaron lentitud en las operaciones y criticaron el desvío hacia el Alcázar. Lo cierto es que después de la liberación de Oviedo (17-X-36) los nacionales que estrenaban el caudillaje de Franco encajaron cinco largos meses de frustraciones ante Madrid. Hasta la entrada en Bilbao, casi nueve meses después, la única victoria nacional neta fue Málaga. Claro es que los republicanos también competían y combatían por la victoria, obstaculizando la marcha de los nacionales ¿o no?
––– Franco insistió en hacerse cargo de la jefatura política de la España Nacional además de la suprema dirección militar. Y lo consiguió con mucha más renuencia. Precisamente, en esos nueve meses de parón y lentitud, sus victorias más claras tuvieron lugar en el orden político: reconocimientos diplomáticos y Decreto de Unificación.
––– Es un hecho que Franco se encumbró sobre el movimiento que había preparado y anudado Mola y para cuya cabeza se había previsto a Sanjurjo.
Ahora bien, Sanjurjo nunca llegó a dirigir nada, y con la muerte de Mola desapareció el depositario de todos los compromisos entre militares y con los civiles que habían desembocado en el Alzamiento. De modo que el Nuevo Estado que creó Franco no sólo estuvo libre de cualquier servidumbre respecto a la política del pasado, sino que se encarnó en un liderazgo supremo que se consideraba desligado de cualquier otro compromiso de futuro (Junta Militar temporal y su programa; contactos, negociaciones y acuerdos con los carlistas, monárquicos alfonsinos y falangistas), de los cuales podía decir que no había estado al tanto siquiera y a los que no se sentía atado.
De modo, a su vez, que toda la legitimidad originaria del Régimen posterior quedó derivada de la elección de Generalísimo. El Régimen se configuró exclusivamente en torno a la persona de Franco, y a su medida y criterio. Y la prolongación de la guerra y las muertes a las que se han llamado malévolamente ‘providenciales’: Balmes, Sanjurjo, Alfonso Carlos I, José Antonio Primo de Rivera y Mola, dejaron consolidada esa situación. Sería Franco quien convertiría su dictadura, auténtico reinado en un paréntesis de apaciguamiento y desarrollo en orden a una Segunda Restauración (la cual dejó pronto de sentirse agradecida y obligada por ello).
* * * * *
Tras de esas constataciones ha de venir el enjuiciamiento histórico. Y conviene que se haga sin miedo ni excusa desde las filas que se sientan herederas de aquellos ‘nacionales’. Porque para los republicanos de entonces y los pro-republicanos de hoy es demasiado cómodo confundir ‘nacionales’ con ‘franquistas’, alternativamente y a conveniencia, siempre que sea en perjuicio tanto de la cabeza como del bando entero.
Queremos dejar introducida aquí esta importante cuestión pendiente, que no es cuestión de zanjar en esta digresión con la brevedad que obliga.
––– Franco tenía un sentido muy agudo del ‘mando’.
Franco alcanzó el máximo poder por una serie de coincidencias.
Y Franco consolidó su régimen personal por la prolongación de la guerra.
Cierto todo.
Cuestiones diferentes son si buscó deliberada y sin reparar en medios esas circunstancias que le favorecieron.
¿Verdaderamente mandó asesinar a Balmes, sabotear el avión de Sanjurjo, envenenar al piloto de Mola, obstaculizó el rescate de José Antonio y hasta se conchabó con un camionero vienés para atropellar a D. Alfonso Carlos?
¿Prolongó la guerra por pura incapacidad? ¿Por agudísimo y retorcido cálculo? ¿O porque los republicanos no se lo pusieron fácil y los recursos de la España nacional eran limitados? ¿Acaso conocía el futuro y gobernaba las circunstancias, incluso las internacionales?[49]
Las anteriores son cuestiones fáciles de abordar y no tan difíciles de zanjar, salvo que, dejándose guiar por una animadversión extrema, se persista en difundir vagas alusiones suspicaces.
–––– Franco no restauró rápidamente la monarquía alfonsina.
Ni entregó la regencia a D. Javier.
Ni realizó la poco definida revolución nacionalsindicalista.
Cierto todo.
Cuestión más interesante es evaluar las posibilidades políticas a las cuales su dictadura personal, tal y como se configuró, cerró el paso.
La palabra ‘posibilidades’ posee en castellano dos sentidos. Metafísicamente, es cuánto puede acontecer, por improbable que sea. Por el contrario, cuando se habla vulgarmente, tener o no tener posibilidades encierra una valoración que excluye lo muy dificultoso y las coincidencias muy improbables. Las posibilidades ‘razonables’ no son las posibilidades ‘racionales’ en el orden puramente teórico[50].
Ante todo, al organizar el régimen de la España nacional durante la guerra y con vistas a su desenlace es imposible olvidar la existencia de ’media España’[51] radicalmente disconforme y que, aun vencida, debía mantenerse sometida hasta que se asimilara o conformara gradualmente. Las alternativas que pasaran por un enfrentamiento demasiado agudo entre los vencedores, sin cuidarse de esa otra media España, subsistente dentro y operante fuera, podían terminar siendo perjudiciales para todos ellos, y la inmensa mayoría de los ‘nacionales’ menos politizados la hubiera visto como antipatriótica[52].
¿Qué posibilidades razonables –a veces ni siquiera en absoluto– hubiera tenido en la España de 1939 cualquiera de las grandes facciones de llevar a término la integridad de su programa?
Es muy importante contestar con veracidad y sinceridad a la siguiente cuestión: ¿Qué consideración y puesto reservaba cada ‘familia nacional’ a los otros compañeros de armas?
¿La conversión por arte de magia, por ser el pensamiento propio el mejor?
¿La completa prohibición y represión hasta llegar a la práctica asimilación con los vencidos, sometidos sin más por el poder?
¿Acaso un régimen de partidos, pero solamente de los vencedores?
¿Una oposición informal, tolerada e inoperante al mismo tiempo?
En el fondo, esas cuestiones también estaban planteadas en el otro bando y su derrota impidió a los muy dispares ‘republicanos’ (a los cuales se vio más que dispuestos a usar las armas entre ellos por dicha cuestión) tener que hacerles frente.
La dictadura personal de Franco, como árbitro impuesto y molesto sobre las diversas facciones, resultó parcialmente beneficiosa para todos ellos, salvo para las cúpulas más altas de cada grupo, convertidas en opositoras. Desde luego, para la inmensa mayoría de católicos y gente de orden fue más que satisfactoria. E incluso para los vencidos menos radicalizados no fue peor, en orden a depuraciones y represiones, que la victoria de una facción exclusiva, ganando unos y otros la evitación de las consecuencias de otro conflicto (recordemos que Queipo fue menos dado a la clemencia que Franco). De ahí la estabilidad de base del Régimen, apoyado en el Ejército y la Iglesia y, más tarde, en los acuerdos con Estados Unidos.
Ninguna de las grandes familias políticas que se agruparon en el bando nacional (militares, carlistas, falangistas, alfonsinos, democristianos, incluso republicanos de derechas) vio satisfechas sus aspiraciones máximas, pero sí partes relevantes de su programa y aspiraciones, y todos pudieron participar en los puestos del Nuevo Estado salvo los que se autoexcluyeran o se mostraran particularmente molestos para con Franco (y esto último tampoco parece muy de extrañar).
La dictadura de Franco se perfila como posibilista en su esencia, pero también como el desenlace posible con más facilidad y beneficios.
Su defecto más grave no fue la falta de seguimiento estricto de una escuela de pensamiento de las varias que competían. Puede, incluso, que eso fuera un laudable no-ideologismo, pues las tendencias a comportamientos ideológicos existieron, existen y existirán en los seguidores de todas las escuelas de pensamiento, incluso si teóricamente denuncian los defectos del ideologismo.
Creemos que su mayor defecto a largo plazo estribó en la desmovilización de ‘las derechas’, acostumbradas por décadas a que velar por el bien, promoverlo y guardarlo fueran cometido exclusivo de la autoridad y no de toda la ciudadanía. Ha hecho falta más de una generación para que reaparezca una opinión combativa contra ese consenso netamente izquierdista en el cual han participado los partidos de ‘centroderecha’, con líderes ganados por el pensamiento ‘moderado’.
Pero reconozcamos también que abrirse a la participación ciudadana, recién acabada una guerra civil tan profundamente incubada y tan cruel y prolongada como la nuestra, era difícil y temeroso: ¿cómo convocar elecciones municipales, corporativas o a Cortes –sin hablar de referendos constituyentes o para restaurar la monarquía–? ¿con libertad absoluta de candidatos y propaganda? ¿o con limitaciones para las personas y opciones de la media España con tanto esfuerzo vencida?
Meditar sobre esta cuestión puede ser una de las aportaciones teóricas más interesantes que puedan hacerse para salir de cualquier eventual dictadura. En ese sentido, deberá compararse el abrupto final por ‘Reforma Política’ del Régimen de Franco con la salida de Pinochet de la presidencia de la República de Chile, manteniendo determinados resortes. Sólo Finlandia constituye una excepción llamativa a la conclusión en dictadura de las guerras civiles ideológicas del siglo XX, desde Hungría a Corea.
El gobierno de Franco en la historia de España
Las naciones no son sino tradiciones asumidas. Va siendo hora de dar lugar a Franco en la historia de España con un criterio tradicional (distinto aquí de ‘tradicionalista’). Porque su Régimen ya es cosa del pasado, institucional y sociológicamente. Nadie sensato pretende restaurarlo, aunque se pueda reivindicar su memoria. La gigantesca campaña de ‘memoria histórica’ (orientada en realidad a destruir y prohibir recuerdos) se centra en Franco como símbolo y pretexto. En realidad, apunta a descalificar a todos los nacionales que acaudilló, para dejar sin referencia próxima a los que se opongan a esa ‘democracia’ que se identifica en todo con lo ‘progresista’.
Incluso al margen de los sucesores de los ‘nacionales’ un juicio apurado encontrará defectos concretos de los que huir y aciertos involuntarios juzgados como tales.
*** Si la tradición nacional la han de elaborar sola y exclusivamente los tradicionalistas; y si el criterio último es que el partido tradicionalista y la tradición nacional se identifican, dicha tarea no es nada difícil:
Franco disolvió la Comunión Tradicionalista como tal e impidió su reconstitución independiente. Aunque se limitara a detenciones, multas y confinamientos, su ataque al partido tradicionalista ha sido esencial, a su misma existencia, y por lo tanto más grave que cualquier otro (incluso de los ‘republicanos’ de todo pelaje que, al parecer, sólo pretendía acabar con la existencia de todos y cada uno de los tradicionalistas). En este sentido da igual que durante su Régimen vivieran y dejaran obra grandes figuras tradicionalistas, porque su Régimen ha sido el mayor enemigo del partido como tal y, por lo tanto, el veredicto no puede ser sino tajante: Franco y su Régimen no pertenecen a la tradición nacional, tampoco fueron parcialmente tradicionales, y ni siquiera falsos tradicionales por error, sino seudotradicionales por pérfido designio. Ni siquiera se puede tomar en consideración que se aunaran las posibilidades restringidas, los errores de formación y juicio y la mala voluntad: sólo existió esta última.
*** Igualmente, si las naciones son colectividades y sociedades que dejan de poseer tradición cuando dejan de estar gobernadas por los tradicionalistas, Franco no tiene lugar en la tradición española. Pero es que la misma España no existe, se halla –todo lo más– en animación suspendida desde 1833 cuanto menos.
Claro es que hay otros que opinamos que la tradición –proceso y legado– es un mecanismo social natural, propio de todas las comunidades, y por tanto independiente y previo a la conversión de una comunidad al catolicismo.
Y también es cierto que hay católicos y estudiosos que afirman que la historia en detalle de las épocas tradicionales nunca fue tan pura como para resistir los exigentes tamices de ciertos tradicionalistas hodiernos. Antes de 1833 todos los periodos del reinado de Fernando VII merecen muchísimos reparos de todo género; con Carlos IV España mantuvo una repetida alianza estratégica con el poder revolucionario europeo (Directorio e Imperio); el reinado de Carlos III es el del despotismo, la Ilustración y la persecución de los jesuitas. Y así hasta donde se quiera. Si hubiera hombres perfectos, habría generaciones perfectas y tradiciones perfectas.
Y si la solución para los tradicionalistas es prescindir también de todo el siglo XVIII y de los borbones mismos (aceptando como histórica una interpretación ideológica y falsa de la guerra de Sucesión), habremos de decir que vienen a coincidir con aquellos falangistas que pretendían empalmar selectivamente con los tiempos imperiales, ‘saltándose’ los eslabones intermedios mediante los cuales los heredamos. Los tradicionalistas pueden ser incluso más exagerados que ellos todavía: la Historia del Tradicionalismo Español de Melchor Ferrer y otros llega a decir en algún pasaje (tomo I, 1941, p. 26) que
“La Edad Media, en realidad, tuvo su plenitud en los siglos XIII y XIV. […] Al llegar al periodo de los Reyes Católicos no le queda a la Tradición española más que el impulso de sus tiempos pretéritos, sin hallar en sí misma elementos para renovarse […] todo ello influye para que, a partir de los Reyes Católicos, la tradición inicie su declinar”.
Es sólo la herida infligida a su propia Comunión la que hace ciegos a los tradicionalistas respecto a la aportación del Régimen de Franco (regido por él, pero obra de muchos) a la tradición de España.
Mucho más católico en principios y obras que el cesaropapismo de Carlos III; aliado eventual de los totalitarios Hitler y Mussolini con mucho menos compromiso que Carlos IV con la Francia revolucionaria; ciertamente, abolió el concierto económico que regía desde Espartero (dudoso origen para tanto apego) en Guipúzcoa y Vizcaya –pero no en Álava y Navarra–, pero no hizo más que hicieran Felipe II cuando recortó los fueros de Aragón, o Felipe V al abolir los catalanes y valencianos –sin tocar los navarros y vascos–. ¿Por qué esos reyes no deberían ser orillados íntegramente de la tradición española y Franco sí?
Franco fue católico convencido, hizo de la Religión principio reconocido de la vida social y favoreció y reverenció a la Iglesia. Si el nacionalcatolicismo cometió excesos contraproducentes, deberán achacarse a los clérigos y religiosos, que los reclamaban y practicaban, tanto o más que a la autoridad que se plegaba a respaldar sus demandas.
Centralista, y a menudo más estatista de lo debido, sin duda. Pero el unitarismo como contrario al escalonamiento federalista intermedio entre los municipios y el Estado ha sido siempre una opción lícita para los hijos de la Iglesia, y de su oportunidad práctica y frutos se debe juzgar con prudencia política adecuada a las circunstancias: el número de opciones prácticas es limitado y, además, también queda de algún modo condicionado por las que adoptan los enemigos. Incluso dentro de un panorama regionalizado, los límites y la amplitud de las regiones pueden variar en número y tamaño, como puede haber varios escalones regionales entre Municipio y Estado o sólo uno.
Durante más de un siglo, antes y después de Franco, se ha venido comprobando que las posturas regionalistas y federalistas en España concitan un apoyo provisional del nacionalismo como paso previo al independentismo; es suicida engañarse y volverse a engañar. Las realidades sociales de nuestra época permiten dilatar y fundir entidades territoriales un tiempo diferenciadas, en tanto los ideologismos disolventes hacen hoy bandera de todos los identitarismos.
Finalmente, la misión general del gobernante es proteger el derecho y favorecer la prosperidad.
Franco no sólo impuso una larga paz externa, de suyo beneficiosa, sino que reconoció el derecho natural en cuanto tal, es decir, las raíces justas de la paz.
Del enriquecimiento general de los españoles durante la segunda mitad de su Régimen no cabe ninguna duda. Algunos críticos ven en ello una de las causas de la decadencia moral concomitante. Pero el pauperismo deliberado no puede ser política de gobierno, como si el gobernante tuviera por misión hacer de los gobernados, imperativamente, tan austeros –a la fuerza– como justos y benéficos. El gobernante debe facilitar el desarrollo económico de los ciudadanos, pero serán éstos los que deban responsabilizarse de mantener sus virtudes personales a resguardo de las tentaciones del bienestar.
En último término, Franco capitaneó la victoria en lucha abierta defendiendo la patria de la ofensiva revolucionaria y centrífuga, además de renegar del liberalismo. Precisamente, esos ejemplos de combate y de éxito serían ya, por sí solos, aportaciones luminosas que retener, ya que no se supieron mantener después las posiciones adquiridas en orden a una restauración tradicional mayor. La Cruzada y el Régimen de Franco serían buen ejemplo de que la reconquista es posible, si no hubiera ya un periodo entero de nuestra historia que así está bautizado (que también molesta, empezando por el nombre).
Como hemos avanzado más arriba, quizá el servicio más grande que el Régimen de Franco pueda prestar a la tradición española sea el ser sometido a estudio para crítica. No crítica acerba y sesgada de principio, sino curiosa y justa, para aprender de su experiencia, aciertos y errores.
Acabada la extensa digresión sobre la tarea pendiente en cuanto al significado político y tradicional del caudillaje de Franco, volvemos a nuestro propósito de iluminar su recorrido militar.
[1] Vid. Jorge Fernández-Coppel, Queipo de Llano. Memorias de la Guerra Civil, pp. 205-207 y 349.
[2] Como se desprende de la carta de respuesta de Franco de 6-X-36, que lo reivindicaba, igual que de pasada a Varela (Vid. Francisco Torres, Franco. La hoja de servicios de un soldado, p. 392).
[3] Martínez Roda llega a decir por dos veces que Franco ‘sacó’ a Varela del Ejército del Sur para que no estuviera a las órdenes de un jefe que no lo apreciaba (Varela. El general antifascista de Franco, pp. 136, 140 y 476).
[4] La reunión empezó esta vez se inició hacia las 12:00. Durante la mañana hubo intentos de dar largas al asunto y rechazo generalizado al proyecto de decreto presentado por Kindelán. Sólo después de la pausa de la comida se produjo la concordia y se llegó a un acuerdo. Cabanellas se comprometió a publicar en dos días un decreto en consecuencia, como hizo.
Para esta segunda ocasión se había hecho concurrir al aeródromo una centuria de falangistas y otro contingente de carlistas, que desfilarían después ante Franco, junto con una unidad de Aviación. Gestión que se atribuye Kindelán, o que pudo hacer Nicolás Franco, que llegó un día antes. Y se tomaron fotografías en el aeródromo.
[5] Se trató del noticiario número 718 B de 8-X-1956 (https://www.youtube.com/watch?v=ANPZ0-XTDSE).
[6] Lo anterior es resumen del estudio realizado por Pilar Alguacil Ratón y publicado en el Boletín del Museo de Aeronáutica y Astronáutica nº 74 (2013) pp. 18-23.
Vid. https://publicaciones.defensa.gob.es/boletin-del-museo-de-aeronautica-y-astronautica-74.html
[7] No hubo representante alguno de la Marina, ni parece que se pensara en ella: Moreno, el jefe de la Flota, era vocal pero sólo capitán de navío y estaba embarcado; en cualquier caso, tampoco se convocó a los contralmirantes al mando de las Bases Principales, ni al vicealmirante Cervera, que había sido Jefe del Estado Mayor de la Armada y de la Base Principal de Cartagena, destituido por el Frente Popular. La pérdida de la Flota debilitó entre los nacionales por completo la posición de la Armada, que hubo de aguantar agrios reproches, de modo que toda su actuación bélica tuvo un tinte reivindicativo de su figura.
La presencia de Gil Yuste, el de mayor edad y ya retirado (en 1932), se puede explicar porque, al pasar Cabanellas a Burgos como presidente de la Junta, le dejó la 5ª División a Gil Yuste, seguramente por su graduación. Antes de transcurrir un mes hubo de ser sustituido por alguien con más empuje: Ponte, que procedía del frente de la Sierra, y de ahí que se le ‘destituyera hacia arriba’ como vocal de la Junta.
Se cita a veces a Valdés Cavanilles, que no había sido invitado, pero ello se explica por ser el anfitrión a su llegada a la ciudad, en tanto comandante militar de Salamanca, sin que eso signifique que llegara a participar en las deliberaciones y votaciones del aeródromo.
Según Maíz, se invitó a Varela –que no formaba parte de la Junta– si bien no pudo asistir por estar operando todavía en la serranía de Ronda. Pero ninguna otra fuente le acompaña en su muy tardío recuerdo, además de que la toma de Ronda databa del 16-IX y las posteriores fueron operaciones de consolidación. (Vid. Félix Maíz, Mola frente a Franco, pp. 288-290).
[8] La guerra de los mil días, p. 649; Cuatro generales, tomo II, p. 333.
[9] En esas jornadas Varela estaba siendo transferido de la jurisdicción de Queipo a la de Franco.
Del general Manuel Llanos –que estaba disponible en Valencia, pero se encontraba en Granada en los días del Alzamiento–, no encontramos el menor rastro de su actuación; sólo su pase a la reserva acabada la guerra.
[10] Algunos han querido entender que el decreto nº 18 de la Junta de Defensa Nacional (18-VIII-36) por el que se decidía que Ponte “se haga cargo del mando de la Quinta División Orgánica, cesando en la comisión que actualmente desempeña” equivaldría a una exoneración de la propia Junta, aunque más bien pensamos que se refiere a su mando en el Alto del León.
[11] Queipo era Inspector general de Carabineros, cuerpo disperso que no se manifestó demasiado proclive al Alzamiento. En realidad, actuó usurpando osadamente el mando de la 2ª División Orgánica.
[12] Guillermo Cabanellas, La Guerra de los mil días, pp. 640-663 y Cuatro generales, tomo II, pp. 321-347. No sólo son dos capítulos centrados en la misma cuestión y publicados con escasa diferencia de años, sino que los párrafos idénticos o casi, en una y otra versión, son mayoritarios, aunque permuten su orden.
[13] Vid. La Guerra de los mil días, pp. 74 y 655.
[14] La carta de Orgaz tendría fecha 22-IX, al día siguiente de la Junta, en tanto que la respuesta de Dávila –que no reproduce íntegra como aquélla– tuvo lugar “a vuelta de correo”. Lo cierto es que la respuesta de Dávila no es todavía favorable a un mando único para toda España: “de acordarse el mando único, se ejercería éste de hecho sobre los que actúan hoy día en las Castillas y Extremadura”, pero habría que “otorgar autonomía adecuada” a los frentes del Norte, Aragón y Andalucía. (Vid. Rafael Dávila Álvarez, La Guerra Civil en el Norte, pp. 183-185).
[15] Ante todo, ese presunto resultado, que suma nueve votos, es discrepante con la presunta abstención de Cabanellas ‘para cargo que reputaba innecesario’.
Por Franco estuvo claramente Kindelán y lo estaría Orgaz sin ninguna duda. Por su parte, Queipo no habría votado a Franco sin disgusto.
Los generales del norte de España presentes eran Cabanellas, Mola, Gil Yuste, Dávila y Saliquet. Es necesario que al menos dos de ellos hubieran preferido a Franco, pese a llevar dos meses en la órbita de Mola. O al menos uno, si el propio Mola votó a Franco. Dávila fue desde entonces depositario de la confianza de Franco, hasta hacerle ministro en 1938… El lector puede intentar proseguir donde se detiene el autor. Lo que sí parece claro es que hubieron de ser Mola y los dos generales de su órbita (Dávila y Saliquet) los que estaban llamados a inclinar la balanza.
[16] Alfredo Kindelán, Mis cuadernos de guerra (1982), p. 110.
[17] La trayectoria de Dávila entre los alzados hasta la muerte de Mola hizo de él el general más atento a los aspectos civiles (políticos y diplomáticos) involucrados: gobernador civil de Ávila, miembro de la permanente de la Junta de Defensa, y, por fin, presidente de la Junta Técnica. Tiene sentido que se interesara por la Jefatura del Gobierno y del Estado, pensando en la gobernación y el reconocimiento internacional. También que –según dice– los otros generales le propusieran que asumiera él ese puesto.
[18] Resumimos el largo pasaje de Rafael Dávila Álvarez, La Guerra Civil en el Norte, pp. 179-194, que merece leerse íntegramente por su novedad, interés y coherencia interna.
[19] Rafael Dávila Álvarez, La Guerra Civil en el Norte, p. 182.
Consideramos dudosa tal afirmación. En realidad, más parece un eco deformado de la lectura de Iribarren. Efectivamente, éste en tono de elogio y admiración expresa una suposición por su parte: “Quizás esta resolución de ir a salvar Toledo y el Alcázar, dejando a un lado la capital de la nación (resolución personalísima de Franco), fue expuesta y aprobada en una célebre reunión que, el mismo día en que se entró en Maqueda, tuvo lugar en Salamanca” (José María Iribarren, Mola. Datos para una biografía…, p. 232 (p. 267 de 1963). La palabra inicial resume todo el valor del párrafo.
[20] Publicada en La Voz de España (San Sebastián), 1-X-1961, firmada por Juan Blanco. Puede consultarse en el enlace https://w390w.gipuzkoa.net/WAS/CORP/DKPAtzokoPrentsaWEB/argitalpen/179902/data/-260413200000 (última página, concluye en la 9). Se comprueba fácilmente que es un resumen de pluma ajena, pero que sigue –condensadamente– el contenido y orden de las cuartillas ahora publicadas. [F 063]
[21] El historiador Dávila Álvarez, militar y general, pudo entrar en el barracón conmemorativo hoy custodiado en el Museo del Aire, lo cual se ha denegado a este autor, no militar. Sí se le ha facilitado gentilmente la lista de los retratos conmemorativos de los asistentes que allí cuelgan, en una reconstrucción al fin y al cabo cuidadosa y preparada para los supervivientes. Lista que no incluye a Ponte. La discrepancia al respecto tiene su importancia pues indicaría la lejanía del recuerdo de Dávila Arrondo en su narración: o él o su nieto se han dejado arrastrar por la inercia de copiar los miembros de la Junta entre los presentes.
[22] Los escritos cruzados, con sus textos, pueden verse en Antonio de Lizarza, Memorias de la conspiración, pp. 78-95.
[23] “Señores, esto está claro. ¿Puede alguien traspasar lo que no tiene? Hasta la instauración del directorio provisional previsto, la Junta de Defensa Nacional, y previa consulta con los elementos integradores del movimiento nacional, no puede crear mandos que puedan influir en los destinos políticos” (Félix B. Maíz, Mola frente a Franco, p. 297).
Pues en su decreto nº 1 de 24-VII-36, en su artículo único, la Junta de Defensa Nacional que se constituye “asume todos los Poderes del Estado y representa legítimamente al País”, los mismos que en su decreto 138 de 29-IX-36 transmite al General de División Francisco Franco Bahamonde: “asumirá todos los poderes del nuevo Estado”. No existe alusión o reserva en favor de un Directorio Militar previsto, cuyo preconizado jefe ya estaba muerto, así como Goded.
[24] Indefinida al menos. Y en esto –tan criticado en Franco por haberlo realizado– tampoco se separaba mucho su criterio de sus conmilitones, como se comprueba en el acopio de alegatos que presenta contra Franco: Mola indicaba que la reconstrucción nacional debía ser en sus inicios tarea reservada únicamente a los militares; Queipo llegó a declarar que los militares asumirían directamente la responsabilidad del poder por un largo y fecundo periodo histórico de renovación: unos 25 años (Guillermo Cabanellas, La Guerra de los mil días, t. I, pp., 641-642).
[25] Eugenio Vegas Latapie, Los caminos del desengaño, p. 87. Reproduzcamos su testimonio completo:
“Cuatro años más tarde, finalizada ya la guerra y antes de que marchara Queipo a Roma en misión extraordinaria, tuve ocasión de charlar con él en uno de los salones del Hotel Ritz de Madrid, en presencia de otras varias personas. Como se expresara muy duramente contra Franco, no pude menos de preguntarle:
–Muy bien, mi general; pero entonces, ¿por qué le votó usted para generalísimo?
Sin vacilar un segundo me respondió:
–Porque no quedaba más remedio… ¿A quién íbamos a nombrar? … Cabanellas no podía serlo. Además de republicano, todo el mundo sabía que era masón… A Mola no podíamos tampoco nombrarlo, porque hubiéramos perdido la guerra. Y yo… estaba muy desprestigiado…”
[26] Rafael Dávila Álvarez, La Guerra Civil en el Norte, p. 192.
[27] La expresión procede de las Reales Ordenanzas de Carlos III. En la redacción de 1978 la expresión se encontraba en sus artículos 31 y 36, y en la vigente de 2009 persiste en el artículo 19: “Ejercerá su profesión con dedicación y espíritu de sacrificio, subordinando la honrada ambición profesional a la íntima satisfacción del deber cumplido. Deberá tener amor al servicio y constante deseo de ser empleado en las ocasiones de mayor riesgo y fatiga”. El artículo 31 de 1978 la prescribía expresamente: “Ha de ser abnegado y austero para afrontar la dureza de la vida militar, tener mucho amor al servicio, honrada ambición y constante deseo de ser empleado en las ocasiones de mayor riesgo y fatiga”.
En redacciones anteriores, acreditar esa honrada ambición se consideraba el medio mismo para ganar la estimación de sus jefes (Tratado II, Título XVII, artículo 3º). La versión original de 1768 dice: “Los Oficiales tendrán siempre presente que el único medio para hacerse acreedores al concepto y estimación de sus Gefes, y de merecer nuestra gracia [del Rey] es el cumplir exactamente con las obligaciones de su grado; el acreditar mucho amor al servicio, honrada ambición y constante deseo de ser empleados en las ocasiones de mayor riesgo y fatiga, para dar a conocer su valor, talentos y constancia”.
[28] José Ignacio Escobar, Así empezó…, pp. 122-123.
[29] Se ha escrito que de los 720 oficiales salidos de la Academia General Militar (con Franco de director), en julio de 1936 seguían en activo 700 y de ellos “666 participaron en la sublevación y sólo 34 apoyaron al Gobierno” (Miguel Platón, El primer día de la guerra, p. 176).
[30] A modo de ejemplo, el coronel de Estado Mayor Martín Moreno se negó a unirse a los conspiradores marroquíes, y sólo lo hizo a Franco en persona cuando éste llegó a Tetuán. Maíz aporta una frase importante cuando indica que el coronel Tutor sólo se integró en el movimiento cuando se enteró que ‘el Director’ era Mola: “Era uno más entre tantos jefes que no decidió su postura hasta saber quién era” (Mola, aquel hombre, p. 275), pero sucedió mucho más con Franco. El prestigio de los jefes era capital para comprometerse en la conspiración.
[31] Diario Ideal de Granada, 29-VII-36, p. 2, refiriéndose al primer viaje de Franco a Sevilla el día anterior; y eso que se publicaba en la Andalucía de Queipo de Llano y que en la página anterior se comunicaba la formación de la Junta de Defensa Nacional, si bien de esta peculiar manera: “El general Franco ha participado oficialmente a las autoridades diplomáticas la constitución del Gobierno español en Burgos, bajo la presidencia del general Cabanellas, que es el más antiguo”.
[32] Cuando el marqués de Valdeiglesias supo que en la primera conferencia telefónica entre Franco y Mola (11-VIII-36) éste había aceptado que para no duplicar gestiones las relaciones con el extranjero las llevara exclusivamente Franco, concluyó inmediatamente que la jefatura del movimiento militar recaería en él y así se lo dijo a Mola (José Ignacio Escobar, Así empezó…, pp. 118-123 y 151).
[33] Eso no era una impresión subjetiva de algunos: lo cierto es que no era un militar profesional y apolítico, ni que tuviera sólo sus ideas al respecto, sino que se había llegado a presentar a las elecciones como candidato del Partido Radical y obtenido un escaño (por Jaén, noviembre de 1933), aunque renunciara a los seis meses. Aunque dicho partido llegó a gobernar en alianza con la CEDA y a enfrentarse a la Revolución de 1934, poseía una historia izquierdista –y radical– que se había moderado con los años.
[34] Ya hemos citado su propia opinión al respecto, reflejada por Vegas Latapie en el segundo volumen de sus memorias.
[35] Justo es recordar que por su parte Queipo de Llano se la prometió a Vara del Rey por su actuación en Tablada.
[36] En realidad, todavía no se había constituido. Como hemos visto, ese 23-VII el D-APOK salió de Tetuán y llegó a Sevilla al tiempo que Cabanellas aterrizaba en Burgos. Allí se constituiría la Junta, cuyo decreto fundacional lleva fecha del 24 y se publicó el 25.
Guillermo Cabanellas, cuando recuerda esa pretensión de Franco, perfectamente documentada y no ocultada, de encabezar el Alzamiento en ese momento de acefalia y falta de comunicación recíproca, le atribuye no sólo una política de “hechos consumados”, sino mala fe: “Franco, oportunista entonces y después, fracasó en aquel momento inicial; porque en el norte de España se había constituido, sin tenerlo a él en cuenta, una Junta que, presidida por Cabanellas, representaba al bando alzado en armas. Franco, a su vez, desconocía todos y cada uno de los compromisos que Mola había adquirido al organizar la sublevación militar” (La Guerra de los mil días, t. I, pp. 640-641). Pero la mala fe es más bien suya, por no atender a las fechas indicadas, aunque la tensión que subraya sí sea real y atendible.
[37] Sobre la Legión como presunta espada de Damocles sobre la elección, vid. José Ignacio Escobar, Así empezó…, p. 150 y Luis E. Togores, Yagüe, el general falangista de Franco, pp. 342-343.
[38] Y nadie ha querido reparar tampoco que en las escuetas palabras de transferencia del poder, Cabanellas dijo: “Excelentísimo señor jefe del gobierno del Estado Español: en nombre de la Junta de Defensa Nacional os entrego los poderes absolutos del Estado”. ¿Qué cabe añadir?
[39] “Tememos fuerte concentración Villanueva Serena hostilice flanco, y en Oropesa, primer avance que haremos. Segundo: Talavera. Tercero: Maqueda – Toledo. Cuarto: Navalcarnero, Torrejón de la Calzada, Valdemoro, Pinto, Alcorcón, Leganés, Villaverde” (Vid José Manuel Martínez Bande, La marcha sobre Madrid, 1982, p. 152).
Como hemos visto, al día siguiente prometió su ayuda a los defensores en mensaje arrojado desde avión.
Ahora bien, diez días antes todavía no pensaba así. En telegrama a Mola de 11-VIII había escrito: “Ignoraba siguiese defendiéndose Toledo. Avance nuestras tropas, que coincide en dirección general con la que me dices descongestionará y aliviará Toledo sin distraer fuerzas pueden necesitarse”. ¿Había sugerido Mola la liberación en su mensaje, que no se conserva?
Si pronto pasó a considerar una etapa del avance la línea de Maqueda con Toledo, más tarde todavía, ante la prolongación de la defensa, cada vez más apurada y meritoria, la idea del socorro no podía sino fortalecerse.
[40] Se trata sólo de una constatación formal. En realidad, creemos que cuando se cede un poder ya no se retiene: la Junta había entregado todos sus poderes, ¿en qué iba a basar su supervivencia, que parecieron esperar?
[41] Las palabras de aquella noche no se publicaron fuera de Cáceres y varían según los testigos. La reproducida más arriba es la versión más compuesta que transmite Ricardo de la Cierva (Franco, 1986, p. 178).
Los investigadores cacereños Antonio Manuel Barragán-Lancharro y Moisés Domínguez Núñez recogen este testimonio:
“El entonces teniente coronel Yagüe dijo a los allí presentes: «Ya tenemos nuestro Caudillo. Ya tenemos nuestro mando único». Millán Astray se dirigió a los allí congregados diciendo: «Pueblo de Cáceres, gritad conmigo: Franco, Franco, Caudillo de España». Para terminar con los gritos «Viva Franco”, “Arriba España»”.
Y también que, en el diario Extremadura del día siguiente, 28 de septiembre, apareció un artículo bajo el título de “Balcón histórico” en el que se escribió: “Yagüe poderoso y profético, precursor del salvador de España, anuncia urbi et orbi que, dentro de unas horas, la nación tendrá a su cabeza su primer magistrado, y el ejército invicto su indiscutido generalísimo. ¡Balcón viejo de Cáceres, he ahí escrito, para el uso del cicerone de mañana, el último capítulo de su historia ¡Habrás visto proclamar ritualmente a la hora propicia, al general Franco regente de España! ¡Evidentemente…! Yagüe dijo: Mañana tendremos un generalísimo y un Jefe de Estado en la persona de Franco”.
[42] La popularidad de Franco no la dictaba una simple manifestación callejera. También los discursos de Mola por la liberación de San Sebastián fueron aclamados. Y cualquier militar que hubiera anunciado esa noche la liberación del Alcázar lo hubiera sido.
[43] Franco Salgado dice que volaron a Maqueda en sus tardías memorias, no siempre exactas, y no especifica nada en su Hoja de servicios. La Hoja de servicios del capitán Guerrero reza así: “el día 29 efectúa tres servicios de reconocimiento frentes de Cáceres – Talavera – Navalmoral, llevando de pasajero a S.E. el Generalísimo Franco”. Debe tratarse de este viaje de Franco, pero deja la incógnita sobre el itinerario exacto.
Parece más probable que condujera y recogiera a Franco en Talavera, puesto que Maqueda sólo hacía ocho días que había sido tomada y estaba en la misma línea del frente. Guerrero mismo debió completar la jornada en Cáceres, puesto que al día siguiente partió de allí, pero parece que hubiera hecho una escala en Navalmoral (la alusión a tres servicios desconcierta). Consideraremos, pues, que Guerrero condujo a Franco en avión a Talavera desde Cáceres, y al retorno hizo escala en Navalmoral, y que de Talavera a Toledo el viaje se completó por carretera.
[44] Mi vida junto a Franco, p. 210.
Es interesante observar que, antes de partir de Cáceres, Franco hizo enviar un telegrama de saludo como “General en Jefe Fuerzas Nacionales” a cinco destinatarios que no dependían de ningún otro general: las comandancias militares de Canarias y Baleares (cuyo mando había ostentado en la República y en las segundas ejercido a distancia durante el desembarco republicano); a Varela, jefe de la Columna de Madrid; a la comandancia militar de Badajoz, plaza conquistada por su ejército y restablecida por él, y al ¡Jefe de la Flota Nacional!, que acababa de conquistar el dominio del Estrecho el día anterior con los cruceros Canarias y Almirante Cervera, al cual parece –en ese contexto– considerar de algún modo bajo su dependencia.
[45] Eugenio Vegas, Los caminos del desengaño, pp. 88-90.
[46] José María Iribarren, Mola. Datos para una biografía…, p. 239 (273-274 de 1963); Ricardo de la Cierva, Franco, p. 181.
[47] Vid. Jesús Salas Larrazábal, Guerra aérea 1936/39, tomo I, p. 184.
[48] O deberían hacerlo: la URSS fue el mayor experimento del mundo Y hoy hay demasiados políticos ideológicos que entienden su tarea no como un servicio a las sociedades sino como la posibilidad de cambiarlas de acuerdo con la misión a la que se creen llamados. Misión que ya no es mesiánica –salvadora– sino de imitadores de Procusto: mutiladores y protésicos al mismo tiempo.
[49] La guerra, difícil y larga, advino como consecuencia natural del fracaso del Alzamiento tal y como fue proyectado. Entre otros factores, coadyuvó a ese fracaso, e hizo inevitable la guerra larga, el fracaso casi completo en la Marina. El rápido cruce del Estrecho podría haber decidido rápidamente la suerte de las armas; luego, salvado el Estrecho, sin dominio del mar, era imposible asfixiar al enemigo y hacerle capitular rápidamente.
De todos modos, las acusaciones contra Franco por prolongar la guerra deben concordar por lo menos consigo mismas. Cuando se lee el libro póstumo de Maíz se le acusa de insistir sobre Madrid en vez de tomar el camino –¿acaso más breve?– de eliminar el Norte.
Y la tesis de la prolongación deliberada de la guerra debe atreverse a afirmar con claridad que en el Manzanares o el Jarama se pudo penetrar más o avanzar más deprisa, no todo puede quedar en el desvío a Toledo.
Subrayar que Franco se retrasó 19 días en África es una simpleza: si el Convoy de la Victoria no cruzó antes no fue por culpa de Franco, que llevaba instando a ejecutarlo varias veces; tampoco fue ese cruce más que único y no resolutivo. El retraso se debió a la defección de la Flota. Y a Franco se le debe todo lo contrario: no amilanarse, apresurarse a crear el Puente Aéreo y recabar más aviones para él. Si la tardanza se pudo percibir desde la zona Norte y en su momento como ‘de Franco’, con lo que sabemos hoy es insostenible achacársela.
Y creer que Franco demoraba a propósito su avance siempre será despreciar por completo al Ejército Popular de la República y desmerecer a sus combatientes.
[50] ¿Acaso era absolutamente imposible que Stalin se convirtiera? Pues lo mismo que ha de servir para que los alfonsinos reconocieran por regente a D. Javier, o que éste designara sucesor de mejor derecho a D. Juan, o que los falangistas se hicieran monárquicos en bloque. Y, posibilidad de posibilidades, que las tres anteriores concurrieran.
[51] En sentido amplio, vago y discutible: habrá quien piense que ‘el pueblo’ en su mayoría era por naturaleza de izquierdas o que era conservador, conformista o apolítico cuando menos. No hay modo de despejar esa incógnita matemáticamente.
[52] Quiero dejar por escrito una ‘posibilidad’ que he oído más de una vez a los falangistas de palabras más radicales: si los republicanos hubieran sido hábiles, habrían enviado a José Antonio a zona nacional para ponerle las cosas difíciles a Franco en su retaguardia.
Afirmar semejante cosa, además de pasión más ciega que inmoderada, supone creer que José Antonio se habría prestado a alzar disensiones en el bando nacional después de haber abominado de la guerra civil entre nacionales y ‘rojos’; creer que habría encontrado seguidores para emprenderla, y afirmar desde el presente que eso hubiera sido ‘bueno’. Sólo ponerlo por escrito amenguará mucho esos ardores a los afectados de ellos.
