Las peripecias de viaje del DH-89 Dragon Rapide, matrícula G-ACYR, son bastante conocidas, pero aquí es preciso comenzar por recapitularlas, restableciendo la versión más fidedigna.
––– Para ello hay que remitirse en primer lugar a las memorias del organizador del vuelo: Luis Bolín, España: los años vitales (pp. 25-68, 169 y 171-183), complementado con Albores de la gesta española, colección de artículos publicados en el diario tinerfeño La Tarde en 1937 por Víctor Zurita.
Para la posterior trayectoria del G-ACYR, después de dejar a Franco en Tetuán, existen memorias de dos de los viajeros en él: Pedro Sáinz Rodríguez, Testimonio y recuerdos (pp. 232-240 y 385-387) y Así empezó… de José Ignacio Escobar, marqués de Valdeiglesias (pp. 55-128).
Sobre todo, existe una seria monografía histórica sobre el mentado vuelo, que es fundamental, la cual explora y corrige todas las fuentes: Antonio González-Betes, Franco y el Dragon Rapide (1987).
Este mismo autor presentaría un resumen de su investigación en la revista de historia aeronáutica Aeroplano (nº 10, 1992) bajo el título “El histórico vuelo del Dragón Rapide”[1].
Además, en el Archivo Histórico del Ejército del Aire se custodia una carpeta (1346/4) que reúne múltiples recortes relacionados con el vuelo del G-ACYR y el D-APOK desde Canarias. En ella se conservan, entre otras cosas, artículos de 1977 en la revista Reconquista: “El vuelo inicial del alzamiento” del general Fernando Querol (nº 329, julio/agosto) y “El porteador de Franco” de Pedro Lazo Brito y Francisco Monzón Ortega (nº 332, diciembre), aunque la más interesante pueda ser el borrador, cuidadosamente razonado sobre las fuentes, del trabajo del general Querol.
Interesa el estudio en nuestros días con óptica inglesa que se contiene en Los amigos de Franco de Peter Day, más centrado en las ejecutorias personales y lazos entre ellos de los personajes involucrados.
Y en la segunda edición de su libro El primer día de la guerra, Miguel Platón dedica un compendio muy ajustado de todo el tema atinente a la participación de Franco y su viaje, cuidado y extenso, bien que repartido en muchos cuadros entre otros simultáneos[2].
Franco, conspirador
Ante todo, abordemos que las imputadas vacilaciones de Franco en participar en la conjura del Alzamiento no se debían a diferencias en sus convicciones o los fines propuestos, sino que lo eran para considerar que se había llegado al punto de no retorno y en fijar su fecha, lo cual es algo bastante distinto. Los demás conjurados soportaban mal sus pegas, pero no dejaban tampoco de esperarle.
Las elecciones de febrero de 1936 habían transcurrido entre el fraude y la violencia[3]. Los integrantes del Frente Popular eran aquellos que, cuando existió un gobierno legal de centro derecha en la República –no llegaba a dos años antes–, habían desencadenado, mediante consignas establecidas de antemano, una insurrección armada –nada de simple huelga, ni de espontánea– contra la misma República, cuya bandera arriaron para izar la roja o la separatista, sustituyendo las autoridades existentes –legales– y no sólo las personas que las pudiesen detentar, por instituciones ajenas –los consejos obreros o la República catalana– a la Constitución de 1931[4]. La amnistía a aquellos insurrectos (término que equivale y supera al de golpistas) era la manifestación de la impunidad de aquella rebelión y la connivencia con sus fines; además, fue promulgada de urgencia y aplicada en el acto y a veces ‘directamente’ por el hecho consumado. Tras ese signo primero de ‘legalidad’, el gobierno dejó sistemáticamente impunes todas las tropelías izquierdistas.
La primera vuelta de las elecciones tuvo lugar el 16 de febrero; antes de celebrarse la segunda vuelta, Azaña ya había constituido el primer gobierno del Frente Popular (19-II) y entre sus primerísimas medidas estuvo la de alejar de Madrid a Franco (relevándole de la jefatura del Estado Mayor Central) y a Goded (decretos con fecha 21-II). El 28-II se retiraría a Mola de la jefatura de las fuerzas de todo Marruecos, trasladándole a Pamplona.
Antes de partir para Canarias, Franco asistió a la importante reunión de los generales conjurados de la que provendría el Alzamiento tal y como se produjo (8-III-36) y, aunque no se comprometió todavía formalmente, ni la denunció ni se desentendió, sino que estableció corresponsales, enlaces y claves, con las cuales cruzó mensajes continuos en los meses siguientes.
Dicha reunión es otro de los hitos del itinerario de Franco universalmente aceptado, pero insuficientemente pormenorizado:
Tuvo lugar en casa del candidato de la CEDA por Madrid José Delgado (Calle General Arrando nº 19) y se reunieron por cinco horas generales de distinto rango (y no todos en activo) además del teniente coronel Valentín Galarza, como representante de la UME.
Sin embargo, al pasar a enumerar a los presentes existen divergencias: puede que participaran Mola, Franco, Fanjul, Orgaz y Varela (que dijo llevar la representación de Sanjurjo), pues se habla de la postura manifestada por cada uno de ellos. Con la seguridad que da la concordancia de todas las fuentes, sólo tres: Franco, Mola y Varela.
También se cita –o lo parece– a otros generales cuya mención puede deberse a su asistencia real, a la postura coincidente o a formar parte de la junta que quedó constituida a continuación. Citan como reunidos, además: Gil Robles nombra a Villegas; Jorge Vigón a Villegas, Rodríguez del Barrio, González Carrasco, Ponte, Saliquet y García de la Herrán, pero no como reunidos al tiempo, sino como entrevistados por Mola a su paso por Madrid; Arrarás a Villegas y González Carrasco, junto con los comandantes Lapatza y Carrasco Verde, disponibles forzosos, que se mantuvieron fuera de la habitación. Ricardo de la Cierva[5] se inclina por incluir como asistentes a todos los generales precitados y más, hasta nueve o diez: Franco, Mola, Orgaz, Fanjul, Varela, Villegas, Saliquet, Rodríguez del Barrio, González Carrasco y Kindelán, pero no a García de la Herrán. En todo caso, pese a que se pueda afirmar a la ligera lo contrario, Goded había partido ya para Mallorca y Rodríguez del Barrio estaba internado en el Hospital Militar, donde le visitó Franco.
Más que en una imprudente reunión multitudinaria de generales, debemos pensar que las referencias lo son a diversas entrevistas, muy próximas, de Mola y de Franco, que se agrupan a la hora de redactar.
La novedad radical era, precisamente, la participación por primera vez de Mola y Franco en estos conciliábulos, de los cuales los otros eran ya veteranos. Y se puede decir que esa participación resultó decisiva para el posterior Alzamiento. Hasta entonces el resto de los generales era bien conocido –y vigilado– por su oposición a la República. Mola no sólo terminaría imponiendo su talante organizador, sino su criterio de movimiento amplio contra el Gobierno, pero no contra el Régimen. De este modo se pudieron captar las colaboraciones de dos generales de historial claramente republicano: Queipo de Llano y Cabanellas, que no levantaban sospechas y aportaban mandos de tropas –como hacían Franco y Mola solamente–, y no sus meras personas.
Ese amplio espectro demostraría que la preocupación por el rumbo tomado por la República no era una opinión prejuiciosa limitada a ‘las derechas de toda la vida’. Como contrapartida, engendraba una tensión potencial entre unos comprometidos y otros, para padecimiento de Mola, único al tanto de todas las posturas y que debía conjugarlas. La bandera a enarbolar era el aspecto más visible. Así, sin los militares republicanos no se podría haber dado siquiera el golpe a medias que desembocó en guerra civil; otra cosa es que al poco la base popular se inclinara absolutamente por la bandera rojigualda y cuanto significaba.
Que Franco sentó enseguida las bases en Canarias para su alzamiento se desprende de las providencias que fue adoptando y, en particular, de dos trascendentes reuniones:
- Con motivo de las maniobras anuales de la Flota, Franco cumplimentó a bordo del acorazado Jaime I al vicealmirante Salas, jefe del Estado Mayor de la Armada (4-V-36), con el que la entrevista a solas duró dos horas; al día siguiente la oficialidad de la Escuadra fue recibida en la ‘Capitanía General’, con brindis de Franco que alcanzó gran resonancia. [F 023]
- y el almuerzo colectivo en los pinares del monte de La Esperanza (17-VI-36) [F 024], que tuvo para la oficialidad canaria un carácter de preparación moral en torno a Franco comparable a la del Llano Amarillo para las guarniciones de Marruecos.
Nótese bien que nunca se trató de que Franco vacilara entre oponerse al Frente Popular o plegarse a él, por ausencia de convicciones y guarda de su interés. Estuvo desde el principio ligado a la conspiración.
Con más exactitud, quiso esperar a considerar agotados los medios pacíficos de rectificación –de ahí su carta de 23-VI-36 al jefe del gobierno, Casares Quiroga, que significativamente acumulaba ya la cartera de Guerra–, y dar tiempo a que la conjura poseyera suficiente extensión y organización para que no quedara en otro 10 de agosto. Sin respuesta por parte de Casares, pasados unos días, Franco empieza a preparar activamente su participación: una carta suya desencadena la búsqueda del aparato que le trasladase al Protectorado, sin embargo, Mola ya parece contar con él en sus directrices para Marruecos, que se fechan el 24 de junio.
A posteriori, visto cómo actuaron tantos militares a partir del 18 de Julio de 1936 –con tantas vacilaciones, e incluso defecciones, pese al asesinato de Calvo Sotelo– puede darse por cierto que un desencadenamiento previo hubiera sido todavía menos extendido y unitario de lo incompleto que resultó después. Franco tenía razones para su cautela. Del mismo modo en que desde el primer momento en que se alzó se abstuvo de optimismos y predijo una lucha dura y larga.
En ese sentido debe interpretarse su mensaje a Mola “Geografía poco extensa” del 12-VII, enmendado inmediatamente de conocer el asesinato de Calvo Sotelo. Es inexacto y malévolo decir que Franco no se sumó a la conspiración hasta el último momento; lo correcto es decir que participó en la conspiración desde su momento inicial, pero no se decidió a sumarse a la acción en tanto la vio abocada al fracaso por falta de organización, de adhesiones y de coyuntura política adecuada (no se habían traspasado ninguna de las líneas rojas acordadas en marzo)[6].
Para Franco, sublevarse no se podía hacer sin ton ni son. ¿Sería encomiado en vez de censurado si hubiera tenido un talante aventurero en la materia? Después del 10 de Agosto, Sanjurjo le había solicitado que le defendiera, pese a que se había negado a unírsele. Su negativa habría sido de este tenor: “No le defenderé porque usted merece la muerte; no por haberse sublevado, sino por haber perdido”[7]. Cuando un hombre con semejante criterio pasa el Rubicón no lo hace a la ligera y sí con toda determinación.
Los que quieren denostar a Franco también en esto, deberían añadir a continuación que los hechos posteriores dieron la razón a su diagnóstico y que, una vez decidido actuó con una determinación y alcance superiores a todos, incluido el propio Mola, que declaró formalmente el estado de guerra 24 horas después que él.
Ante el Alzamiento se muestran ya sus posteriores características como general en jefe: apegado a sus planes, no era voluble y los mantenía con reiteración de esfuerzos; pero cuando las circunstancias le imponían variarlos, el cambio era instantáneo y se empeñaba a fondo, sin vacilación ni vuelta atrás en los nuevos objetivos.
El caso es que a 24 de junio Mola había firmado una circular en daba como seguro que “Jefe de todas las fuerzas de Marruecos será, hasta la incorporación de un prestigioso general, la persona a quien va dirigida esta instrucción”. A pesar de las pegas esperaba contar con Franco, al cual reclamaban específicamente por jefe los comprometidos del Protectorado. Y aquél, a principios de julio, empezó a preparar ya su participación para cuando se produjera, comunicando sus planes a la oficialidad canaria, tomando disposiciones y dictando consignas.
Debe apreciarse también otra cara de la moneda: la cautela de Franco exigía una fuerte personalidad, porque no debió ser fácil resistirse al ambiente general de sus compañeros urgiéndole.
La preparación del avión y otras dificultades
El domingo 5 de julio, telefónicamente desde Biarritz, Bolín, corresponsal de ABC en Londres, recibe del propietario del diario, Luca de Tena, la misión de conseguir alquilar un avión para llegar de Canarias a Ceuta[8]. Esa misma noche, Bolín consultó el encargo con La Cierva, prestigioso aviador afincado en Inglaterra para fabricar su autogiro.
El día 6, descartados los hidroaviones, La Cierva aconseja dirigirse a la empresa Olley Air Service, que dispone de los mejores aviones privados en alquiler para el caso. Bolín viaja al aeropuerto de Croydon donde aquella radica y efectúa el primer contacto con su propietario.
El 7 La Cierva marchó a París en rápido viaje conspiratorio con Luca de Tena. Durante el regreso percibió la necesidad de que, además de no hacer escala en suelo español hasta Canarias por ningún motivo, el vuelo no atrajera la atención. Lo mejor era hacerlo pasar por un vuelo de placer. Y para ello conviene crear una pantalla inglesa, preferiblemente con señoritas incluidas, que lo hicieran más verosímil y distrajeran a los observadores.
La Cierva y Bolín consultan esa necesidad –sin explicar los motivos– a un editor católico y anticomunista, Douglas Jerrold, en una comida el 8-VII. Éste, inmediatamente propone a un militar retirado de pasado aventurero: Hugh Pollard, también católico y con experiencia de revoluciones y luchas secretas. Esa misma tarde se entrevistan con él en su domicilio campestre de Fernhurst (West Sussex) y se apunta sin dudar, llevando consigo a su hija Diana; para el caso, además, reclutará a una conocida, Dorothy Watson.
A la tarde del día 9, Luis Bolín contrató finalmente un vuelo de turismo: a cambio de 2.000 libras (que facilitó Juan March, así como seguros de vida a los tres viajeros ingleses) podría fijar libremente los pasajeros del avión y su ruta hasta el 31 de julio: veinte días.
Tras una jornada de preparación final, el famoso aparato modelo Dragon Rapide[9] partió el sábado 11-VII (07:15) de Croydon (al sur de Londres) pilotado por el capitán ‘Cecil’ Bebb, auxiliado por un ingeniero mecánico de vuelo[10] y un operador de radio. Con Bolín viajaba Pollard y las dos muchachas citadas
Ese día se detuvieron en Burdeos (10:30 – 11:45) y, tras repostar, realizar un conciliábulo a pie de pista bajo la lluvia con Luca de Tena y cuatro amigos suyos, de los que tomaron como pasajero al marqués de Mérito[11], encuentran mal tiempo sobre la Península y retroceden a Biarritz (14:45): bajo ningún concepto se debe tomar tierra en España. Al segundo intento alcanzan el norte de Portugal, tomando tierra en Espinho, al S. de Oporto (16:45 – 20:15).
El domingo 12 parten a 09:00, hacen escala en el aeropuerto de Alverca, cerca de Lisboa, donde se entrevistan con Sanjurjo (10:10 – 16:15), y continúan a Casablanca (19:45), en cuyo hotel Carlton se hospedan.
El día 13, cuando pensaban permanecer en Casablanca hasta recibir instrucciones, se enteraron del asesinato de Calvo Sotelo, que trastornó los planes: Bolín decidió llevar el avión a Canarias para que estuviera ya a disposición, sin más esperas[12].
El martes 14[13] partieron –a 07:55– exclusivamente los tripulantes y viajeros ingleses (Bolín quedó a la espera en Casablanca temiendo ser reconocido, el marqués de Mérito se dirigió a Tánger y el radiooperador fue despedido por embriaguez). Con escala en Cabo Juby (11:50 – 13:30), el avión alcanza Gando (14:40) ¡y allí quedó inmovilizado por falta de autorización para aterrizar! Fueron los expedicionarios ingleses, Pollard y las dos jóvenes, los que hubieron de moverse en barco a Santa Cruz en el correíllo interinsular nocturno para anunciar su llegada.
Muy de mañana (15-VII), Pollard transmitió una contraseña (‘Galicia saluda a Francia’) al doctor Luis Gabarda, en una clínica entonces sita en Viera y Clavijo nº 52[14]. Ninguno de los dos conocía su significado. Pero, a poco de transmitida, Pollard fue abordado en su alojamiento (Hotel Pino de Oro) por un oficial de paisano que le interrogó sobre las características del avión en que había alcanzado el archipiélago.
Entre tanto, el piloto también fue objeto de contactos por parte de los militares en Gran Canaria. El día 16 fue llevado a la casa de Antonio Bonny (en el municipio de Santa Brígida) para que lo entrevistara el general Orgaz, pero no se identificó. Y al día siguiente se le reunió Pollard, de vuelta de Tenerife, y ambos se pusieron en contacto con el cónsul inglés. Por la tarde de ese 17 los dos fueron convocados nuevamente ante Orgaz y esta vez se produjo la aclaración recíproca. Hospedado al llegar en el Hotel Metropole, fue trasladado al Hotel Esperanza de la localidad de Tafira, donde estaría más cerca de la residencia de Orgaz y resultaría menos conspicuo.
Puede que Franco tardara mucho en decidirse, pero él y los monárquicos alfonsinos, de rápidas y eficientes gestiones, no hicieron sufrir a Mola más que los carlistas con sus tensas negociaciones, varias veces al borde de la ruptura definitiva, que también implicaron emisarios con cartas y múltiples viajes, finalmente por avión, y sólo se decidieron, igualmente, tras el asesinato de Calvo Sotelo:
El 9 de julio, cuando se contrataba el Dragon Rapide, las negociaciones entre Mola y Fal Conde habían quedado rotas, pero, inmediatamente antes, Fal Conde ya había comisionado a Lizarza a Estoril para entrevistarse con Sanjurjo y el primero se había entrevistado con Rodezno para ‘puentear’ a Fal. Sanjurjo despidió el 11 a Lizarza, con cartas para Fal y Mola, que dejó en San Juan de Luz y Pamplona, y el 12 se entrevistó con Bolín al paso de su avión inglés, pero ese mismo día Mola dudó de la autenticidad de la carta y Fal ordenó cancelar toda ulterior relación, en tanto la Junta Regional de Navarra solicitaba a D. Javier la autorización para participar en el movimiento militar. El 14, después ya del magnicidio de Calvo Sotelo, Franco abandonó su reluctancia, Mola envió a Fal y D. Javier su conformidad con los puntos de Sanjurjo y aquéllos contestaron con el compromiso en firme de la Comunión, que llegó al día siguiente:
“La Comunión Tradicionalista se suma con todas sus fuerzas en toda España al movimiento militar para la salvación de la Patria supuesto que el Excmo. Sr. General Director acepta como programa de gobierno del Directorio Militar el que en líneas generales se contiene en la carta dirigida al mismo por el Excmo. Sr. General Sanjurjo, de fecha nueve último, lo que firmamos con la representación que nos compete.
“San Juan de Luz, catorce de julio de 1936.
“Javier de Borbón-Parma – Manuel J. Fal Conde”
Todavía, a la hora de la verdad, el Alzamiento se anticipó intempestivamente en Melilla el 17 por la tarde y esa misma noche, con rápidos reflejos, dominó todo Marruecos; el 18 fue Franco –en Las Palmas– el primer general sublevado y a la tarde Queipo iniciaba el golpe de Sevilla, que obtuvo un éxito oportunísimo y prodigioso.
El 19 Franco se hacía cargo del mando de Marruecos y Mola se alzaba en Pamplona con el entusiasta apoyo de multitudes carlistas; Fanjul y Goded lo intentaban, y fracasaban, en Madrid y Barcelona; el Alzamiento triunfaba por completo en las dos divisiones orgánicas Vª y VIIª (dependientes de Zaragoza y Valladolid), pero fracasaba en la mitad de las provincias de la VIª y no se intentaba siquiera en la IIIª (Valencia), en tanto la VIIIª (Galicia, León y Asturias) esperaba todavía al día siguiente.
Es de justicia indicar que los primeros –y exiguos– civiles en acción de guerra eran ya, antes que los organizados carlistas y las vanguardias falangistas, los 42 voluntarios capitaneados por Carlos Miralles, muchos de ellos alfonsinos, como toda la trama de personalidades que hemos visto, que el 17 y 18 ya montaban guardia armados en Somosierra y efectivamente resistirían con valor, aunque cedieran en aplastante inferioridad. Es una muestra característica de la facción alfonsina, que compensaba su escaso tirón popular con las posibilidades que le brindaban sus integrantes de los medios sociales relevantes merced a puestos clave, contactos adecuados, buena información y capacidades económicas.
Respecto a la peripecia del avión Dragon Rapide, con justeza, Saiz Cidoncha ha apostillado[15]:
“Evidentemente, la idea de que Franco se trasladara a Marruecos no presuponía para nada la sublevación en Canarias. De haber sido así no hubiera hecho falta tanto disimulo ni subterfugio, Franco hubiera podido esperar el triunfo de la misma y luego desplazarse cómodamente al Protectorado a bordo del Ford 4-AT de línea de LAPE presente entonces en el archipiélago. La aventura del Dragon Rapide parecía pensada para salir clandestinamente de un territorio dominado por la República”.
En realidad, su perspicacia se limita a recordar que los acontecimientos conocidos no siguieron los planes previstos:
- El marqués de Mérito debía procurarse en Tánger una avioneta para llevar a Franco al Llano Amarillo y el Dragon Rapide debería haber recogido a Franco en Tenerife. En cuanto a la consigna “el 17 a las 17”, era de acuartelamiento, no de rebelión.
Lo cual significa que Franco no pretendió esperar a que se comprometieran sus inferiores para volar y asumir el mando; al contrario, parece que iba a encabezarlos tras salir de Canarias, todavía clandestinamente, y entrar de igual modo en el Protectorado. Un cúmulo de casos fortuitos, adversos unos y favorables otros, condujo al curso de los acontecimientos hoy conocido.
- La observación citada también pone de relieve otro factor: la clandestinidad del movimiento no se debía sólo a eludir al Gobierno y sus agentes legales, sino también a los criminales.
Ningún adivino había profetizado que Franco terminaría jefe del Estado y había que cortarle el paso, sino que era de dominio universal que el golpe socialista de Octubre de 1934 fue vencido por la conjunción de los generales López Ochoa y Franco. El primero estaba procesado y sería sacado del hospital Gómez Ulla de Madrid, donde se hallaba internado, y asesinado, paseando luego su cabeza cortada. Contra el segundo habían menudeado los gestos desafiantes y las amenazas desde su misma llegada al archipiélago, y hasta se había registrado un intento de irrupción nocturna (o dos) en su residencia de la Comandancia General[16].
Al final de todo, si el Frente Popular era el que motivaba la conspiración, apreciado como apoteosis de los insurrectos de 1934, ahora con complicidad desde el gobierno, el asesinato policial de un jefe de la oposición crispó los ánimos, decidió a muchos vacilantes y trastornó los planes de Alzamiento por el adelanto de Melilla. El crimen cometido con Calvo Sotelo justificaba con creces, a posteriori, todas las prevenciones adoptadas.
En marcha
El 16-VII falleció en accidente el general Balmes en Las Palmas[17], de modo que Franco no tuvo que escabullirse en demanda del avión[18]: a la noche tomó el barco para trasladarse a Gran Canaria con toda normalidad, en comisión oficial y autorizada, para presidir, en la mañana del 17-VII, las exequias de aquél[19]. [F 027] Se alojó –antes y después– luego en el Hotel Madrid (en la plaza del Cairasco) y por la tarde estuvo ilocalizable, para cenar en la plaza de San Telmo.
En el mismo barco interinsular, Viera y Clavijo, habían pasado desde Tenerife a Gran Canaria tanto su séquito militar y oficiales voluntarios de escolta[20], como su esposa e hija, e independientemente, los tres pasajeros ingleses del Dragon Rapide, cumplida su comisión.
Sobre las dos de la madrugada del 18 llegó a conocimiento de Franco el alzamiento de Melilla y de Marruecos. Se vistió y pasó con su familia y séquito a la comandancia. Desde ella dictó las órdenes para declarar el estado de guerra en todo el archipiélago e hizo emitir su primer manifiesto. Entre otras tempranísimas providencias cuidó de enviar una compañía a custodiar el aeródromo de Gando y convocó a Bonny para que trajera a piloto y mecánico al Gobierno Militar, desde donde los tres serían conducidos a Gando alrededor del mediodía, por carretera y sin incidentes.
La resistencia al Alzamiento se focalizó en el Gobierno Civil, a menos de doscientos metros de la Comandancia, en la acera de enfrente[21]. Una vez encarrilado el movimiento, Franco, sin esperar a su rendición[22], se embarcó sobre las 11:00, casi allí mismo, en el remolcador de altura España II[23] para alcanzar Gando evitando cualquier encuentro con disturbios frentepopulistas en la carretera que atravesaba Telde. [F 028] [mapa 03]
El avión despegaría a 14:05. A Franco le acompañaron solamente su ayudante Francisco Franco Salgado y el capitán aviador Antonio Villalobos Gómez, experto en aquellas rutas aéreas[24]; los viajeros ingleses quedaron en tierra[25]. Tampoco Martínez Fuset viajó con él, pese a lo que algunos escriban, sino que acompañó a la esposa e hija de Franco hasta Francia.
Franco viajaba ahora de paisano y además se afeitó el bigote[26]. El asunto se puede tratar con mofa por los excesos de cautela. Se olvida que era ya un general públicamente sublevado desde la madrugada –y a esa hora todavía el único– que iba a hacer escala en una posesión de Francia gobernada por otro Frente Popular. Y que su prudencia volvió a acertar: en la escala de Agadir (16:55 – 18:55) habría podido coincidir embarazosamente con los Fokker de la Escuadrilla Colonial que el gobierno republicano había hecho partir hacia Sevilla para bombardear a los alzados en Marruecos.
Cosa diferente es que tal lance no acaeció, aunque los que han percibido la posibilidad no han dudado en narrar y adornar la presunta coincidencia como real. Los dos aparatos que estaban en Cabo Juby e hicieron escala en Agadir estaban ya llegando a Sevilla cuando el G-ACYR aterrizó en el puerto marroquí; en cuanto al tercero, que estaba destacado en Villa Cisneros, partió hacia 09:30, e hizo escalas en Cabo Juby y Agadir para pasarse finalmente a los sublevados al aterrizar en Larache. De este último vuelo no poseemos horarios exactos, pero la posibilidad de que llegara a coincidir sobre la pista de Agadir con el avión de Franco, aunque exista, es muy pequeña, y probablemente debía haber partido antes del aterrizaje de aquél.
Por ir volando en horas más avanzadas, y por sus diferentes características, el G-ACYR se detuvo a hacer escala en Casablanca, ya anochecido (21:00).
Y en la madrugada del 19 partieron a 05:00 sin entretenerse; Franco se puso a bordo el uniforme con su faja, se cercioró de que el comité de recepción en Tetuán lo era de bienvenida y ordenó aterrizar en el aeródromo de Sania Ramel a las 07:00.
Como el avión estaba alquilado hasta fin de mes, los alzados siguieron encomendándole misiones desde ese mismo día dos horas más tarde, como veremos más adelante.
Se repite mucho que, a continuación de su llegada, partió para Ceuta, y no parece exacto. Primero estableció su cuartel general en la Alta Comisaría –hoy desaparecida–, y protocolo y conveniencia exigían que inmediatamente presentara sus respetos al jalifa, príncipe Mulay Hassan ben Medí. De camino a Ceuta (o de regreso) revistó a la Legión en su cuartel solariego de Riffién (al sur de Castillejos).
Los ingleses y Franco
No podemos concluir este capítulo dedicado al ‘vuelo del Dragon Rapide’ sin aludir a que se ha relacionado a Bebb, y sobre todo a Pollard, con los servicios secretos ingleses[27].
Ciertamente, el mayor Pollard había trabajado para el MI-7 (departamento de propaganda) durante la Primera Guerra Mundial. Católico y aventurero, antes había participado en la revolución mexicana y después en la represión de la insurrección irlandesa, para convertirse por fin en experto forense en armas de fuego. Durante la Segunda Guerra Mundial se incorporaría al MI-6.
Aparte de eso, el resto del libro de Day sobre la cuestión no es sino una acumulación de informaciones que pretende sugerir e inducir, pero no es nada concluyente. Que en los círculos católicos y anticomunistas se favoreciera el Alzamiento después, y que en ellos buscaran sus apoyos los conspiradores desde antes entra en la misma naturaleza de las cosas. Como que esos medios estuvieran entrelazados por relaciones bien familiares, o militares, o profesionales, de negocios o de círculos sociales, etc[28].
Lo que no tiene recibo es afirmar en la primera página del primer capítulo que “Es imposible que el MI6 no estuviera al tanto de aquel almuerzo que tenía lugar a menos de cuatrocientos metros de la residencia del primer ministro en Downing Street”. Eso es una solemne estupidez ¿hasta que radio de los centros de gobierno están al tanto los servicios secretos de los almuerzos que se celebran en todos y cada uno de los establecimientos y de lo que en ellos se trata?
Que los agentes secretos se recluten entre militares retirados y aventureros con experiencias variadas y exóticas parece de lo más lógico. También debería parecerlo, entonces, que, hasta ser reclutados, los futuros agentes de los servicios de información no hayan actuado como tales[29].
Los antecedentes, relaciones y vínculos posteriores de Jerrold, Pollard o Bebb son hechos que no discutimos, pero que quizá tengan una significación opuesta a la intención con que se airean:
––– El Reino Unido era entonces la potencia hegemónica mundial, y también sus servicios secretos eran los más capaces. Por eso no habría sido de extrañar que en el contacto de ingleses con ciertos extranjeros tuviera situados sus contactos.
––– El libro en cuestión deja claro que ni la iniciativa ni la financiación corrió a cargo de ingleses, y mucho menos de sus autoridades. Lo más que puede creerse, como mucho, es que la inteligencia británica pudiera estar al tanto de parte de la trama y llegara a sospechar el resto. Y también que no hizo nada para entorpecerla, si es que tuvo conocimiento suficientemente anticipado, lo cual se puede dudar por la premura con que se obró. Y aun eso, si hubiera sido de su interés.
––– Franco no aparece pues, de ningún modo, como una marioneta nazifascista. Los hechos son tozudos: Mussolini primero negó su auxilio, concedido sólo en segunda instancia y después del alemán. Algo ciertamente muy raro si esperaba un golpe preparado o pactado por él. Y Hitler ni siquiera sabía quién fuera Franco cuando recibe emisarios suyos solicitando aviones.
––– En cambio, Franco sí era mínimamente conocido en los altos círculos de Gran Bretaña, siquiera porque en enero de ese mismo año había asistido a los funerales del rey Eduardo VII como enviado oficial de la República, en su categoría de Jefe del Estado Mayor Central. Y es allí donde consiguieron los partidarios de la sublevación alquilar un aparato para llevarle a Marruecos.
Si de esto último se concluye una colusión con el gobierno inglés hay que sacar las únicas conclusiones posibles: Para el gobierno británico el Frente Popular español no era un régimen democrático y amigo, sino más bien peligroso, y por eso favorecían su derrocamiento. Inferencia lógica que no compartimos, pero que señalamos.
Ésa es la tragedia de los apologistas republicanos cuando abordan la Guerra Civil: explicar la actitud de Inglaterra, que arrastró a Francia a la No Intervención, la cual objetivamente perjudicó a los republicanos, poniendo al gobierno legal y a los insurgentes a la misma altura. Y es que la opinión pública inglesa no era nada favorable al comunismo, aunque todavía abominara más del nazismo porque su régimen totalitario era, además, instrumento de la amenaza geopolítica germana. Y, por encima de todo, no deseaba verse conducida a una nueva guerra de ningún tipo. Lo suyo era la indignación pacifista.
La democracia inglesa, la más antigua del continente, no se sintió movida a solidaridad con la República Española. Fue así porque antepuso su interés de no llegar al enfrentamiento directo –al menos, no todavía—con Alemania e Italia. Pero también porque no veía como gobierno democrático al Frente Popular; menos aún, cuando estalló la guerra. Son los pro-republicanos de hoy los que deben meditar por qué sus admirados republicanos de entonces no consiguieron dar la impresión de verdadera democracia…
En esa línea, Inglaterra vio como un peligro el conflicto español, temiendo su extensión, pero nunca estuvo radicalmente en contra de los nacionales, a los cuales hubiera podido reducir a la impotencia con sólo la intervención activa de su flota. Según los nacionales fueron cobrando ventaja, y los emisarios ingleses recibieron seguridades de que España no sería un mero satélite alemán, las relaciones británicas con Franco fueron consolidándose. Por lo tanto, si a ese mismo resultado se hubiera llegado sin guerra que propiciara la intervención germanoitaliana, como hubiera sido el breve Alzamiento proyectado –y no la guerra prolongada en que derivó– apoyarlo, no impedirlo, o reconocerlo, hubiera coincidido exactamente con los intereses del Foreign Office…
Todo esto no es más que hipótesis, concediendo sin discusión la pretendida intervención o conocimiento de los servicios secretos ingleses en el vuelo del Dragon Rapide: aparece un Franco como favorecido por la democracia inglesa, favorable al acuerdo con ella y sin lazos originales con el nazismo.
Lo que aparece también así, en todo caso, es la visión que en los altos círculos británicos se tenía de una España republicana peligrosamente orientada al comunismo… como pensaban los españoles que se alzaron.
De todos modos, las insinuaciones, por muy repetidas que sean para suscitar sospecha,s no bastan para eliminar las interpretaciones más sencillas. Así, la empresa Olley Air Service no estuvo tan ligada a los nacionales, más allá de este famoso contrato de alquiler, que no vendiera un mes más tarde a los republicanos uno de sus aviones Dragon DH-80 (no confundir con el Dragon Rapide DH-89), el G-ACNA[30].
[1] Vid. https://bibliotecavirtual.defensa.gob.es/BVMDefensa/es/catalogo_imagenes/grupo.do?path=71353
[2] Vid. Miguel Platón, El primer día de la guerra, pp. 112, 118-122, 213-216, 229-230, 234-239, 248, 266-270, 282-283, 291-293, 295, 313-314, 317, 319-320, 326-334, 350-352, 354-356, 358-359, 370-371, 386-387, 445, 489-490, 498-499, 514-518, 520-522, 525-532, 543-545, 550-551, 577-578, 582-584, 589-590, 595, 597-600, 601-605, 608, 617-618 y 632-635.
[3] Sustancialmente, las conclusiones de la obra de los profesores universitarios Álvarez Tardío y Villa García, en 2016, Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular, coinciden en cuanto a los episodios claves para considerar falseada la cámara surgida de ellos, con los que ya había considerado tales en 1939 el Dictamen de la Comisión de ilegitimidad de los poderes actuantes en 18 de Julio de 1936 creada por Serrano Suñer el 21-XII-1938.
Vid. http://www3.uah.es/jmc/dictamen.pdf .
[4] El Alzamiento de 1936 se limitó a sustituir a las personas que ostentaban los cargos de alcaldes, concejales y gobernadores civiles. En cuanto a la bandera, no lo hizo hasta un mes más tarde.
[5] Vid. pp. I, 414-416 de 1972, pp. II, 187-189 de 1982 y pp. 141-142 de 1986.
[6] Vid. Miguel Platón, El primer día de la guerra, pp. 291-293.
[7] Vid. Ricardo de la Cierva, Franco (1986), pp. 119-121.
[8] Por ningún lado aparece que lo hubiera solicitado Franco ni se le hubiera consultado. Más parece, como dice Sacanell, que se trataba de empujarle a la acción definitiva mediante un hecho consumado.
Según el mismo autor, al recibir Mola el mensaje de Franco en el que se consideraban inmaduros los preparativos, se consideró poner esa aeronave a disposición de Sanjurjo, para llevarlo a Marruecos a encabezar el Alzamiento en África. El avión se le enviaba a Franco, confiando en que tomaría parte (Vid. Enrique Sacanell, 1936. La conspiración, pp. 119 y 123).
[9] Dragon Rapide no era el nombre del aparato (en todo caso el ‘nombre’ sería su matrícula: G-ACYR) sino el modelo entre los del fabricante De Havilland. Con analogía para los automóviles sería, como hablar del ‘Ibiza’ (y ni siquiera ‘SEAT Ibiza’), apelativo útil, pero no perfectamente identificativo. De hecho, durante los días del Alzamiento veremos que hubo al menos otros tres Dragon Rapide facilitando cruciales viajes sobre España.
[10] Recientemente se ha discutido si este puesto lo cubría George Ovey, como dijeron las fuentes más antiguas, o Walter Petre, pero esto carece de mayor trascendencia.
[11] José López de Carrizosa y Martel, también marqués de Valparaíso. Para hacerle sitio, el mecánico llegaría a Casablanca en vuelos de líneas regulares.
[12] El asesinato de Calvo Sotelo no fue la causa del Alzamiento. La conspiración venía de antes, como la tiranía y mayores amenazas aún del Frente Popular. El asesinato produjo una conmoción que decidió a muchos vacilantes, y aun así no a todos.
Hoy se relata el hecho como si la relación de causas y efectos fuera natural, tan sólo porque ocurrió así. El asesinato del teniente Castillo –clarísimamente comprometido con las milicias socialistas– entraba en la lucha, ilegal y criminal entre partidos. No justificaba una represalia dictada y ejecutada desde organismos intermedios del Estado.
Y las mismas armas que se argumenta que el Pueblo había dado a los militares, y éstos levantaron contra él, eran las que los ciudadanos habían entregado a la Guardia de Asalto para protegerlos y no para asesinarlos.
Los ya predispuestos contra el Frente Popular creyeron fácilmente que el crimen había sido ordenado por el Gobierno. Y otros también. No parece que fuera así. Lo que nadie puede negar hoy tampoco es que ese Gobierno tomó medidas para prevenir reacciones inducidas por ese asesinato, pero no para condenarlo y perseguirlo. Se llegó al punto de que el Gobierno ordenara, mediante la censura legal existente, que la prensa no empleara el término ‘asesinato’ para referirse a su muerte. Sin entrar en especulaciones anteriores, puede decirse que el Gobierno pretendió que las derechas asumieran la muerte de un diputado y líder de partido como un hecho consumado, camino, además, de la impunidad.
[13] Seguimos aquí a González Betes, que corrige la versión habitual de que el viaje continuó el 15. Si el asesinato de Calvo Sotelo generaba la urgencia suficiente para anticipar la presencia del avión sin esperar al previsto contacto, no se entendería que se esperara en Casablanca toda una jornada para apresurarse. Además de desconfiar de la incongruencia, González Betes ha podido documentar la realidad de la salida el 14 por los apuntes de la agenda de la compañía de Olley y por el eco de la llegada a Tenerife de los turistas ingleses en el diario La Tarde (Vid. Antonio González Betes, Franco y el Dragon Rapide, pp. 126-130). La verdad es que si hubieran llegado el 16 no habrían llegado a pernoctar en la isla, habrían llegado por los pelos a cuanto sucedió y no se explicaría la sensación de espera que transmite Bebb de su estancia en Gran Canaria.
[14] El edificio ya no existe y, al parecer, la numeración de la calle ha cambiado.
[15] Aviación Republicana, tomo I, p. 73
[16] Había sucedido el mismo 13-VII, a las veinticuatro horas de que asesinaran a Calvo Sotelo. Pero las amenazas también se habían extendido a su esposa e hija. Por eso las llevó a Las Palmas y las hizo embarcar en un mercante de bandera alemana hacia Lisboa. Pasaron la noche a bordo del guardacostas Arcila de la Armada, en el cual llegó a prepararse una rebelión, abortada el 23-VII. En el cuaderno de notas del Jefe de Máquinas se encontró escrito: “¡Qué ocasión desperdiciada! La señora y la niña que estuvieron en el barco eran la mujer y la hija de Franco…” (Vid. Fernando y Salvador Moreno de Alborán, La guerra silenciosa y silenciada, tomo I, p. 143). Los temores no eran baladíes ni se reducían a su persona.
De ahí el evitar el tránsito por tierra hasta Gando. Todo ello no hace sino probar la inseguridad que dominaba en España: en cualquier momento se podía topar con manifestaciones, algaradas, barricadas o ‘controles’. Así era la ‘normalidad democrática salvo algunos incidentes’.
[17] Insinúese lo que se quiera, en 1934, para las operaciones contra los revolucionarios, precisamente Balmes había sido el designado por Franco para relevar al general Bosch, fracasado en el socorro a Oviedo desde León. No parece un antecedente muy ‘republicano’, en ocasión en que muchos otros militares se mostraron pasivos y algunos se negaron a actuar ‘contra el pueblo’.
[18] El avión no se había situado en Tenerife (aeródromo de Los Rodeos) por precaución: su meteorología con abundantes nieblas podía impedir la salida cuando conviniera. De todos modos, Franco había solicitado la autorización para girar una inspección de las islas orientales del archipiélago, Fuerteventura y Lanzarote, para lo cual debía pasar por Las Palmas.
Ese día 16 se entrevistó con Franco el diplomático José Antonio de Sangróniz, llegado a la isla el día antes, que le facilitó su pasaporte, en el cual se sustituyó su fotografía por la de Franco.
[19] El accidente tuvo lugar en el campo de tiro, sito en la Isleta; el herido fue trasladado primero a la casa de socorro del Puerto de la Luz (calle Albareda, 71, en el istmo) y luego al Hospital Militar de Las Palmas, donde falleció. La capilla ardiente fue instalada en la Comandancia Militar. El concurridísimo entierro, tras rezarle un responso en la iglesia de san Telmo, transcurrió por delante del Gobierno Civil y de la Catedral hasta despedirse el duelo en la plaza [de la Virgen] de los Reyes. Se le enterró en el cementerio próximo, conocido entonces como de la Vegueta.
[20] Su séquito era, solamente, el teniente coronel Franco Salgado, ayudante, y el comandante jurídico Martínez Fuset. La escolta la componían dos capitanes y dos tenientes de Infantería y Artillería (uno de cada graduación y Arma). Un guardia civil se encargaba de proteger a su familia.
[21] El edificio hoy no existe. Se encontraba en la calle Triana, frente al nacimiento de la calle Domingo J. Navarro. Desde aquellas fechas se han ganado unos doscientos metros de terreno al mar, de la calle entonces de Ceniceros y hoy de Francisco Gourié hasta la Avenida de Canarias, que actúa como paseo marítimo. Por eso el muelle en el que embarcó Franco en el remolcador (de San Telmo o de Las Palmas) ha quedado absorbido en tierra firme y se ha convertido en una calle con ese nombre. Por eso, también, se insiste en que el barco estuvo a tiro de las ametralladoras que la Guardia Civil y de Asalto tenía en lo alto del Gobierno Civil, que no hicieron fuego.
[22] El Gobierno Civil se mantuvo sitiado hasta que finalmente el gobernador civil se rindió junto con los jefes de la Guardia Civil y la Guardia de Asalto, que habían rechazado repetidamente unirse al Alzamiento, ya en la mañana del 19, pero no llegaron a intercambiarse disparos.
[23] Lo requisó el alférez de navío Cardona, auxiliado por tres marineros, todos ellos procedentes de la dotación del cañonero Canalejas. Se conservan sus testimonios, que no superan lo anecdótico.
[24] Como en todas las Canarias no había guarnición aérea, era éste el único piloto español que se encontraba en las islas por otras circunstancias, y además procedía de la ‘Escuadrilla Colonial’ basada en Cabo Juby. Algún material referente a él se conserva en la citada carpeta 1346/4 del AHEA. Aunque participó en uno de los vuelos que llevaron socorros y mensajes al Alcázar de Toledo, no permaneció en la Aviación, retornó a su arma de origen y murió en campaña.
Según Miguel Platón (El primer día de la guerra, p. 791), cayó el 5-V-37, ya como comandante, en las filas del VII tabor de Regulares de Larache, en el sector de Escamplero (Asturias). Creemos que debe haber errata en la fecha o en la identificación del tabor, pues no parece que la unidad citada cubriera dicha línea en esa fecha.
[25] Ni tenían plaza, ni era ya necesaria su cobertura frente a sospechas. El mayor Pollard, su hija Diana y su amiga Dorothy salieron de Las Palmas en el vapor Highland Brigade de la Royal Mail Lines, que procedía de Argentina y Brasil, el 24-VII, y llegaron a Londres el 30-VII. El piloto y el mecánico no habían regresado antes que ellos, pues estuvieron efectuando los otros vuelos que veremos.
Cerremos nuestra referencia a ellos diciendo que Bebb recibió con motivo del segundo aniversario del Alzamiento la Cruz de la Gran Orden Imperial de las Flechas Rojas (luego del Yugo y las Flechas) y, más tarde, fue recibido por Franco en 1957, que le concedió entonces la Cruz de Mérito Aeronáutico de primera clase con distintivo blanco. A Pollard y las dos jóvenes se les otorgó la condición de caballero –o la medalla– de la Orden Imperial de las Flechas Rojas en 19-V-1939, fecha del gran desfile de la Victoria en Madrid.
Por su parte, Franco dejó en Gran Canaria a su esposa e hija, que le habían acompañado desde Santa Cruz a Las Palmas. Hasta las cuatro de la tarde permanecieron en las habitaciones privadas del Gobierno Militar y a esa hora pasaron al guardacostas Arcila fondeado en el Puerto de la Luz. Allí pasaron la noche del 18, y el domingo 19 entró de mañana el mercante alemán Wadai; a la salida de éste, a las 14:00, fueron transbordadas a él para el que Franco les había reservado pasaje con antelación. Iba rumbo a El Havre; en este puerto las recibió ocho días después Barroso, que había renunciado como agregado militar en París y pasaría al Cuartel General del Generalísimo, y las estableció en Bayona bajo nombres falsos. El 20-IX pasaron acompañadas la frontera y cenaron en Pamplona. Franco encomendó a ‘Pacón’ que las recogiera en Valladolid y el 23-IX llegaron a Cáceres. Desde ese momento le acompañaron ininterrumpidamente en los sucesivos cuarteles generales de Salamanca, Burgos y Pedrola.
[26] Cosa muy distinta es que arrojase al mar su uniforme en una maleta, pues se lo volvió a poner sobre el protectorado español de Marruecos. Y pretender que se vistiera con ropas morunas es no menos grotesco.
[27] Sobre ello se ha escrito el libro de Peter Day, Los amigos de Franco, en el cual nos basamos a continuación. Veremos que es de los libros que prometen más de lo que concluyen: el subtítulo de su portada anuncia “Los servicios secretos británicos y el triunfo del franquismo”.
[28] Enrique Sacanell (1936. La conspiración, pp. 121-122) recoge, en todo caso, la implicación, no del gobierno inglés, sino de un círculo privado: la Anglo-German Fellowship.
[29] Miguel Platón escribe de Pollard sin más referencia: “Colaboraba esporádicamente con el servicio, al que informó de su vuelo en el Dragon Rapide. Esto último fue reconocido oficiosamente por el MI-6 ochenta años después, a petición del que era embajador de España en Londres, el ex ministro de Defensa Federico Trillo” (El primer día de la guerra, p. 283).
[30] Vid. Justo Miranda y Paula Mercado, Aviones en la Guerra Civil Española 1936/1939. Ingleses – checos – polacos (Madrid, Aldaba, 1990), p. 95.
